aterró; aturdido, embrollado su pensamiento, llegó á creer lo que no
había visto claro; esto es: que en efecto y por una terrible casualidad,
hermana de las inauditas que le estaban abrumando desde que llegó á
Madrid su sobrino postizo, había matado sin quererlo, sin sospecharlo
siquiera, al amante de su mujer. Vió que todas las apariencias estaban
en contra suya, y se echó á llorar.
--Ha sido un asesinato meditado, llevado á cabo con una frialdad
horrible--dijo el bufón--: á un asesino tal, se le ahorca...
--¡Que me ahorcarán!... ¡Dios mío! ¡y no hay remedio!
--La ley es rigurosa y expresa... y no era necesario que vuestro proceso
estuviese en manos del terrible alcalde de casa y corte, Ruy Pérez
Sarmiento, que se perece por ahorcar gente; cualquier otro alcalde, por
bueno y por compasivo que fuese, os entregaría al verdugo.
--¿Y habéis venido á decirme eso, cuando yo, ¡triste de mí! creía que
veníais á salvarme?
--Sois mezquino y cobarde, que si no lo fuérais, yo os salvaría.
--¡Vos!
--¡Yo!
--¿Y podéis?
--Puedo.
--Os daré mi caudal.
--Yo no quiero vuestro oro.
--Pues ¿qué queréis? Vos queréis algo.
--Quiero vuestra conciencia.
--¡Mi conciencia!
--Sí, quiero que matéis á la persona que una persona que yo os diré, os
nombre.
--¡Matar! yo no tengo valor para matar... yo no he matado á nadie.
--Habéis matado hace dos horas...
--Sin saberlo, sin quererlo, ¡Dios mío!
--Lo que no impedirá que vayáis al patíbulo.
--¡Dios mío! ¡Dios mío!
--Ya que habéis matado un hombre, matad una mujer, y nada os
acontecerá.
--Pero ya os he dicho que no me atreveré nunca... ¡oh! ¡no! no tengo
valor.
--No será necesario que la hiráis.
--No os entiendo.
--Un cocinero puede matar...
--¡Ah!
--Con un guiso hecho por su propia mano...
--¡Ah! pero... el veneno... yo no he pensado jamás en eso...
--Buscad el veneno.
Montiño se acordó entonces de que tenía en el bolsillo los polvos que le
había dado envueltos en un papel el paje Cristóbal Cuero.
--¡El veneno!--exclamó--¡un veneno que mata en cinco minutos! ¡como
murió ayer el paje Gonzalo!...
--Eso es...
--No... y cien veces no...
--Pues á la horca por asesino.
--¡Dios mío! pero dejadme pensarlo.
--Ni un momento.
--Pues bien--dijo Montiño--, sobre vuestra conciencia caerá ese
asesinato... no seré yo quien mate, sino vos... que me dáis á elegir
entre mi muerte... una muerte horrible, y la muerte de otro.
--En buen hora; yo cargo sobre mi conciencia con ese crimen.
--Y si sabéis que es un crimen, ¿por qué le cometéis?
--Señor Francisco, no hablemos más de esto; dentro de dos horas estaréis
en libertad.
--¿Absuelto de la acusación?... es muy justo.
--No, absuelto no; se os pondrá en libertad bajo fianza, pero tendréis á
Madrid por cárcel, y os guardaré yo; os juro que en el momento que
queráis huir, os prendo.
--¿Es decir, que me tenéis sujeto?...
--Cuando me hayáis servido, el proceso se rasgará.
--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--exclamó trémulo, anonadado, el cocinero
mayor--. ¡Tened compasión de mí!
--Hasta mañana, que iré á veros á vuestra casa--dijo el bufón llamando á
la puerta de la habitación en que se encontraban.
Abrió el que hasta allí había llevado al cocinero mayor, y el bufón le
dijo:
--Dejad aquí á ese hombre; no le bajéis al encierro; dentro de poco
saldrá de la cárcel con fianza. Adiós.
El bufón desapareció.
El carcelero cerró la puerta.
Montiño, inmóvil, con los escasos cabellos erizados de horror, se quedó
en el sitio donde le había dejado el bufón, murmurando:
--¡Desdichado de mí! para librarme del castigo de ese crimen que no he
cometido, me veo obligado á cometer un crimen horroroso. ¿Y quién será
esa persona que quieren que mate yo?
CAPÍTULO LXXI
DE CÓMO QUEVEDO DEJÓ DE SER PRESO POR LA JUSTICIA PARA SER PRESO POR EL
AMOR
Iba Quevedo en la litera y á obscuras, aunque sin ir en la litera á
obscuras hubiera también ido por lo tenebroso de la noche, y luchando
con un millón de conjeturas, á ninguna de las cuales encontraba una
explicación razonable.
Esto sucedía al principio de la noche.
La litera, según podía juzgar Quevedo por el silencio que le rodeaba,
sólo interrumpido de tiempo en tiempo por lejanos ladridos de perros
campestres y por lo sordo de los pasos de las cabalgaduras de sus
guardianes, adelantaba por un camino.
Oíase además el lento, monótono y acompasado rumor de aquella lluvia
tenaz que no había cesado durante cuatro días.
La soledad y el silencio, turbado sólo por estos ruidos melancólicos,
influyen de una manera poderosa sobre el pensamiento, le concentran, le
entristecen, le dan un giro especial en armonía con las impresiones
externas.
Quevedo meditaba lentamente.
Sentía en su cerebro el embrión de algo cuyas formas no podía
determinar, embrión que con su misterio le traía cuidadoso, y más que
cuidadoso, cobarde.
Pasó muy bien una hora sin que sobreviniese ningún incidente, pero de
improviso sonó muy cerca un arcabuzazo, y tras éste un grito de dolor, y
tras el grito un golpe sordo como el de un cuerpo humano que hubiese
caído desplomado desde un caballo á tierra.
La litera se detuvo.
Sonaron otros dos tiros, y otros dos gritos, y otras dos caídas y
algunas voces confusas.
--Pues esto es peor, mucho peor--dijo Quevedo--; paréceme que en esto
andan mis enemigos y que perderme quieren; achacaránme resistencia á la
justicia, embrollaránme el proceso y bien podrá ser que algo más que
negro me sobrevenga. España está en manos de bandidos; en nada se
repara; artes del diablo se ponen en uso y lo mismo se derrama la sangre
de los hombres para cualquier enredo villano, que agua de lavadero.
Malhayan de Dios los reyes tontos, que dan ocasión á la soberbia y á la
codicia de los pícaros. ¿Pero quiénes serán éstos? Paréceme que andan en
litera.
En efecto, sonaba una llave en la portezuela.
Esta se abrió.
La luz de una linterna penetró en el interior.
Quevedo miró profundamente al bulto que estaba pegado al brazo que tenía
la linterna.
Pero nada vió más que el bulto.
--¡Ah! ¡vive Dios!--exclamó una voz ronca--. Por bien empleado doy el
trabajo que me ha costado encontrar la llave en la ropilla de uno de
esos alguaciles, á quien el diablo hospeda sin duda en estos momentos en
la mejor cámara del infierno.
--¡Ah! ¡voto á!... ¿eres tú, Juan de Francisco?--dijo Quevedo
reconociéndole por la voz.
--Humilde criado de vuesa merced--contestó el matón.
--Pues si mi criado te confiesas, mándote que te entres, que lugar hay
en este calabozo andante, y que me expliques...
--Con mil amores, don Francisco; pero esperad, voy á dar á mis bravos
muchachos la orden de que nos volvamos á Madrid.
--¿Conque á Madrid nos volvemos?
--De orden superior.
--Como quien dice, de orden de su majestad el dinero.
--¿Pues á quien otro obedezco yo?
--Despacha, hijo, y ven y entendámonos.
Francisco de Juara se separó de la litera y dió algunas órdenes en voz
baja y rápida.
Luego, á obscuras, entró en la litera, se sentó á tientas al lado de
Quevedo, cerró la portezuela é inmediatamente ésta se puso en marcha.
--¿Quién ha armado todo esto?--dijo Quevedo.
--Una mujer que os ama.
--¡Ah! por mis pecados, condesa de Lemos--dijo Quevedo--, que no sabía
yo que tan valiente érais.
--Las mujeres son diablos, don Francisco--repuso Juara.
--Y aun archidiablos; una perdió al mundo y sus nietas siguen
perdiéndole; aconsejadas siguen por el diablo. ¡Audacia como ella! Pero
cuenta, hijo, cuenta; así entretendremos el tiempo. ¿Cómo te me he
venido yo á las manos? ¡Lance más donoso!
--Esta mañana--dijo Juara--, en la hora en que fuí á comer mi olla,
encontréme con un criado de la condesa de Lemos, antiguo amigo y
compañero mío. Este tal me dijo sin rodeos: traigo para ti treinta
doblones.
--Pues quiera Dios que yo los pueda tomar, que harto bien me
vienen--repliqué--, y los doblones no llueven así como se quiera; ¿de
qué se trata?
--De un empeño bravo--me contestó mi amigo--; esta noche al obscurecer,
irás á ponerte en el lugar que mejor te parezca del camino de Segovia;
no tardará mucho en pasar una litera resguardada por cuatro alguaciles á
caballo: quitas á esos alguaciles el preso que irá en la litera, y vente
con él por el portillo de la Campanilla.
Como vuesa merced conoce, don Francisco, todo era negocio de ir á
galeras; yo las conozco ya y ellas me conocen, y no era cosa, por temor
de volver á _gurapas_, de despreciar treinta buenos de los de á ocho, de
presente, y otros treinta de añadidura, una vez cumplido el empeño.
--¿Por supuesto, que tu compadre te daría alguna luz?--dijo Quevedo.
--Diómela sin quererlo, haciéndome él el encargo; porque habéis de
saber, don Francisco, que como os he dicho, yo sabía que es criado de la
condesa de Lemos.
--¡Ta! ¡ta! ¿y qué sabías tú?...
--Olía de una legua el encargo á faldas... yo soy muy práctico en estos
negocios... lo que no pude adivinar, fué que vos fuéseis el galán que
había de robar á la justicia. ¡Suerte tenéis!...
--¡Como mía!
--¿Os quejáis aún? preso os llevan, y una mujer os salva, tan hermosa
como la condesa. Otro en vuestro lugar, vería el cielo abierto.
--Veríale yo, si la litera abrieses, y en Madrid pudiese encerrarme y
perderme; que si tal hicieras, doble habías de ganar de lo que has
ganado.
--No hablemos de eso una palabra, porque no me conviene serviros de ese
modo... temo á la condesa más que á una daga huída, y por nada del mundo
me atrevería á ponerme en su desgracia. Pero otros medios hay, don
Francisco, y en dejándoos yo en poder de quien me paga, os serviré de
balde.
--¿Y de qué modo?
--Haciendo que la condesa os suelte.
--Antes soltará un ala de las entrañas; empeñada y resentida anda
conmigo, y mucho será que no tengamos encierro, duende y comedia para
rato... y cada minuto me parece ahora una eternidad; anímate, hijo, y
cuenta por tuya una razonable cantidad de los de á ocho y una bandera en
los tercios de Italia.
--Os cojo la palabra.
--Entonces, si quieres cogerme, suéltame.
--Os soltaré, ¡vive Dios!
--Pues avisa que paren en llegando á las tapias de la villa.
--No me habéis entendido... yo por mí no puedo soltaros; pero haré que
otros os suelten.
--El siglo que viene.
--Quizá dentro de pocas horas.
--Explícate.
--Suceden en la corte cosas, que el diablo que las entienda; entre
ellas, me lo ha dicho el criado de la condesa, sucede que el duque de
Lerma ha hecho al rey que levante el destierro al conde de Lemos.
--¿Es decir, que tendremos aquí á don Fernando de Castro dentro de un
mes?
--¡Quia! el conde de Lemos estaba en Alcalá; por la mañana, antes del
alba, salía de allí, y por trochas y sendas llegaba hasta mediar el
camino de Madrid; yo he ido á llevarle muchas veces cartas de don
Baltasar de Zúñiga y del secretario Céspedes, y de otros varios; el
conde esperaba que de un momento á otro le levantasen el destierro; por
la tarde se volvía, y ya de noche entraba otra vez en Alcalá. Hace un
mes que está sucediendo esto. Por lo mismo, apostaría cualquier hacienda
á que el conde está en Madrid y en su casa á estas horas.
--Pues eso es peor, mucho peor. Guardaráme más profundo la condesa.
--Ya encontraremos hurón que llegue hasta lo último de la madriguera.
--Paréceme que me engañas, Juara.
--No por cierto, don Francisco, porque os temo; aún tengo sobre mí los
cardenales de los cintarazos que me apretásteis la noche pasada, y sé
que conviene estar bien con vos, porque yo tengo para mí que aunque os
metieran en una botella y taparan con pez encima, habíais de escaparos.
Os serviré, pues, de miedo; pero como me parece que marchamos ya sobre
el puente de Segovia, que empedrado suena bajo el peso de las
cabalgaduras, dejadme salir, don Francisco, y confiad en mí, y haced lo
que podáis, que yo no he de dejar de ayudaros.
El matón hizo parar la litera, salió de ella, y cerró de nuevo con
llave.
--Paréceme--dijo Quevedo--, que este tunante quiere vengarse de la
paliza que le apliqué hace cuatro noches; pues días pasan y días vienen,
y los tiempos andan, y alguna vez nos encontraremos, racimo de horca. ¡Y
pensar que don Juan está abandonado á sí mismo y acaso preso! ¡Válgame
Dios! ¿y con qué cara me presento yo, si acontece al muchacho una
desgracia, á don Pedro Girón?
--¡Alto allá!--dijo de repente una voz robusta en el camino.
Dejó Quevedo de pensar para poner su atención en lo que pasaba fuera, y
oyó que algunos hombres hablaban amigablemente.
--Ha llegado, por lo que veo--dijo Quevedo--, la hora de la entrega, y
pronto llegará la de la presentación. Si ese Juara no me engañase... si
ese Juara me sirviese... y estoy más indefenso que un ratón cogido en
trampa.
Abrióse la litera.
Un bulto se acercó á ella.
--Salid, caballero--dijo á Quevedo.
Este no conoció la voz del que le había hablado, pero salió.
--Asíos de mi brazo, que la noche está lóbrega--dijo aquel hombre--y
sois torpe de pies.
--Y de cabeza, lo que no creía, y me ha hecho creer el verme perdido en
estos enredos--dijo don Francisco asiéndose al brazo de quien le había
hablado--; ¿y á dónde vamos, amigo? Alegraríame que fuese cerca, porque
llueve que cala y ciegos andamos.
--¿No oís?
--Campanillas.
--De mulas de coche.
--Muy ruidoso me hacéis.
--No hay por qué taparse.
--Alégrome.
--Pero ya llegamos. ¡Eh, Andresillo, la meseta á este caballero para que
suba!
--No veo--dijo Quevedo.
--Guiaréos yo; delante tenéis la meseta.
Quevedo levantó el pie y le puso sobre una pequeña mesa, que entonces y
mucho después servía de estribo á los empinadísimos coches de nuestros
abuelos.
Al ir á entrar Quevedo por la portezuela se sintió asido, y escuchó un
suspiro, y al mismo tiempo aspiró un delicado olor á dama (porque en
todos los tiempos las damas se han dejado conocer á obscuras), lo que
hizo pensar á Quevedo lo siguiente:
--La tragicomedia empieza... ella es... por el olor la saco; veamos de
qué modo puedo engañarla, aunque no me parece fácil; ello dirá.
Y se entró en el coche.
--Pues no, este coche no es suyo--dijo Quevedo palpando la badana usada
de los asientos--. Cállome y veamos.
Pero la mujer que en el coche estaba no habló.
El coche se puso en movimiento; sonaron las campanillas de las mulas,
rechinaron los ejes y empezó á crujir toda aquella vieja armazón.
Quevedo adelantó las manos y tropezó con la mujer.
Esta le rechazó.
--Tormenta se prepara--dijo Quevedo para sí--, pues retirémonos y
estémonos quedos para que más pronto descargue.
La dama continuó callando.
Sólo de tiempo en tiempo dejaba oír un suspiro mal contenido.
--Esos son los relámpagos--continuó diciendo para sí Quevedo.
Al cabo de algún tiempo la mujer hizo un movimiento de impaciencia.
--Encima lo tenemos--murmuró Quevedo.
--¿Sabéis, caballero--dijo al fin la dama--, que sois el traidor peor
nacido que conozco?
--Ya lo sabía yo--dijo Quevedo.
--Pues yo quisiera haberlo sabido antes de... antes de haberme olvidado
por vos de lo que soy--dijo la condesa de Lemos.
--He dicho que ya sabía yo que no habíais de estaros callada mucho
tiempo, doña Catalina.
--¿Y es posible que yo guarde silencio cuando tengo tanto que echaros en
cara?
--Más valiera que á la cara no me hubiérais echado vuestra hermosura y
al alma vuestro amor, que tan caros me han salido.
--¡Qué mentir tan villano! ¿Hermosa llamáis á quien habéis despreciado?
¿Llamáis amor á una burla infame? ¡Y después de haberme ofendido de una
manera tan odiosa, os burláis aún! ¡He hecho bien en castigaros!
--Ved que castigándome os castigáis.
--¡Yo!
--Si no me amárais, ¿hubiérais hecho lo que hacéis?
--¡Qué necios y qué vanos son los hombres! Porque han tenido á una mujer
rendida creen que esta mujer no puede recobrar su dignidad al
conocerlos, aborrecerlos, procurar vengarse de ellos...
--¡Ay, Catalina de mis ojos! ¡Suspiras muy profundo para que yo te crea!
--Respetadme, caballero--dijo la condesa--, y no veáis en mí más que una
mujer que todo lo ha perdido por vos en un momento de locura y os
castiga.
--Si culpa hay entre nosotros, no sé quién está más castigado: si tú,
Catalina mía, viéndote obligada á prenderme por amor, ó yo, por amor,
viéndome obligado á huir de ti.
--Os aseguro que no huiréis.
--Entonces seremos los dos felices.
--No os entiendo.
--Si me prendes serás mi carcelera, porque no te fiarás de nadie; y si
eres mi carcelera, teniéndote al lado tengo contigo un cielo. ¡Que no se
muriera el conde de Lemos!
--Me estáis destrozando el corazón.
--Ya sabía yo que la tormenta acabaría en lluvia--dijo para sí
Quevedo--. ¿Lloras, alma mía?
--¡Lloro mi desdicha, mi desesperación! ¡Me pesa de haber nacido!
--¡Catalina de mi alma!
--¡Oh, cuánto, cuánto os amo aunque no lo merecéis!--dijo la condesa.
--No os amo yo menos.
--Eso es mentira.
--Sabe Dios que si alguna mujer me ha lastimado el corazón, has sido tú;
que si en algún vaso puro he calmado la sed de mis labios, ha sido en tu
boca; que si alguna luz ha iluminado mi alma, ha sido la luz de tus
ojos; que si en alguna parte ha descansado mi cabeza quemada por el
desprecio y el cansancio de todo, ha sido en tu seno. No miento,
Catalina, no miento; yo te amo, yo te adoro, yo te venero... ¡Dios lo
sabe!
Y Quevedo no mentía.
Amaba con toda su alma á la condesa.
--Pero amaba más á su ambición.
Su ambición estaba personificada en el duque de Osuna, y Quevedo servía
al duque en cuerpo y alma.
Importaba, por lo tanto, demasiado á Quevedo, salvar de los peligros que
le amenazaban á aquel hijo natural del duque, por el que únicamente
había ido á la corte.
Pensando en esto, y para tener una ayuda, un medio, había sido audaz con
la condesa de Lemos, y cuando la condesa de Lemos se convirtió para él
en un inconveniente, la abandonó, abandonando su amor; la lastimó
lastimándose á sí mismo.
Se veía cogido por una mujer justamente ofendida y enamorada, y no sabía
cómo escapar de sus manos.
Apeló, pues, á la fascinación del amor.
Pero la condesa estaba ya escarmentada; no le creía, y el asunto iba
haciéndose negro para Quevedo.
Todo su ingenio se estrellaba contra el recelo de la condesa.
--Sí, sí, mentid cuanto queráis--le dijo doña Catalina--; pero esta vez
me convierto para vos en un tirano. Necesito vengarme, satisfacerme,
haceros sufrir tanto como vos me habéis hecho sufrir á mí; al menos
tendré el consuelo de que no me hayáis burlado de balde, vos que estáis
acostumbrado á burlaros á mansalva de todo el mundo.
--Porque zaherí á vuestro padre en un romance, escrito por mi
desesperación y por mis celos, cuando os vi casada con don Fernando de
Castro, hanme tenido dos años preso entre frailes; porque recobro la
razón y tengo valor bastante para apartarme de vuestros brazos, dejando
en ellos mi vida y mi ventura, me prendéis vos. No de balde me burlo,
sino que bien de veras pago el no tener el corazón de corcho, que si yo
no os amara tanto, no me acontecería esto.
--Pues bien... suframos los dos: yo, el teneros contra vuestra voluntad;
vos, en verme, cuando no quisiérais, á vuestro lado. Y como hemos
hablado todo lo que teníamos que hablar, y como yo estoy contenta todo
cuanto puedo porque os castigo, no hablemos más, que si más hablamos no
haremos más que ofendernos.
--Os voy á dar un consejo.
--¿Cuál?
--Que dejéis para más tarde vuestra venganza, ó que os venguéis de otro.
--No os comprendo.
--Han levantado el destierro á vuestro marido.
Guardó la condesa un silencio de espanto.
--¡Cómo!--dijo--; ¿el conde de Lemos vuelve á la corte? ¡pues bien, me
alegro, vuelve á tiempo, como que sólo hace cuatro días que vos habéis
venido!
--Oidme, por Dios, que importa; vuestro marido, si os obstináis en
retenerme, acabará por saber que yo... y que vos... que estoy en
vuestras manos. Aunque el conde de Lemos no os ama, porque los necios no
aman á nadie más que á sí mismos, tiene orgullo; y como el que seáis vos
mi amante sólo le da deshonra á secas, es natural que la tome por alto;
por embargarme os habéis valido de gentes en las cuales un secreto no
está más seguro que un doblón en medio de la calle... Sabrán...
--Que se sepa.
--¿Pero estáis loca?
--Si lo estoy, mi locura no tiene remedio.
--Oíd, prenda de mi alma. Ya que os decidís á todo, unámonos. Me importa
poco si á vos os importa menos; podrá ser cuando más asunto de
estocadas, y yo no soy miserable de ellas. En vez de tapujos y
encierros, entraréme yo á la luz del sol en vuestra casa... y así os
habréis vengado de don Fernando de Castro, que os ofendió casándose con
vos.
--Eso quería yo hacer, y vos no quisísteis.
--Temí por vos.
--Y hoy por vos tenéis miedo.
--Os ruego que lo penséis.
--Lo tengo pensado.
--¿Conque soy vuestro prisionero?
--Prisionero por amor.
--Sois, pues, mi Carlos V.
--Y vos, mi Francisco I; por lo mismo temo firmar con vos las paces, no
sea que vos me engañéis, como Francisco I engañó á Carlos V.
--¡Entendida sois en historia!
--Por mi desdicha; quisiera ignorarlo todo.
--Me dais miedo.
--¡Ah! ¡por fin!
--Mientras una mujer injuria ó llora ó se desespera, aún hay esperanzas
de dominarla; pero cuando, como vos, acaba por hablar á sangre fría, y
casi ríe...
--Entonces está resuelta... decís bien: y mi resolución es invariable.
--Pues bien, doña Catalina, os juro que os salvaré de vuestra propia
locura, antes de algunas horas.
--¿Y cómo?
--Escapándome.
--Os juro que no os escaparéis.
--Lo veremos.
--¿Y cómo haréis para escaparos? yo os guardaré por mí misma; viviré con
vos, comeré con vos... ni de día ni de noche me separaré de vos.
--Me escaparé.
--Queréis asustarme, pero no lo conseguís. Si vos sois valiente y
resuelto, yo no lo soy menos.
--Ello dirá.
--Pues va á decirlo pronto. El coche se para. Hemos llegado.
--¿Y á dónde hemos llegado?
--No quiero ocultároslo. A mi casa de campo del río.
--Creo que esta casa es del conde mi señor, y que la pintó y la amuebló
para vuestras bodas.
--Así es.
--¿Y aquí queréis tenerme?
--¿Y por qué no?
--Ocurrencia del diablo es.
--Dejadme bajar, que abren la portezuela.
--¿En galán os tornáis, y en dama me convertís?--dijo Quevedo.
--Sí por cierto; dadme la mano para bajar.
--Os la diera mejor para subir.
--Ya subiremos.
--Y aún llueve--dijo Quevedo.
--Y hace obscuro; por lo mismo os guío.
--¿Y las gentes que os acompañan?
--Se han ido.
--Misteriosa aventura.
--Y más misteriosa la felicidad que más allá de esta puerta me aguarda.
--Y la condesa abrió con llave el postigo de una cerca.
--Entrad--dijo.
Quevedo entró.
La condesa sintió que otra persona cerraba el postigo.
--Pero doña Catalina, corazón mío, ¿estáis en vos? Enterado habéis de
este lance á medio mundo.
--¿Y qué se me da? No soy yo mujer á quien mate su marido, ni el conde
de Lemos, un marido que mate á una mujer tal como yo; ni aun se
divorciará, porque divorciándose perderá la administración de mis
bienes. Por lo demás, me importa todo un bledo. Dirán: la condesa de
Lemos es querida de Quevedo; y bien, vos me habéis enseñado á despreciar
al mundo.
--Ya no llueve--dijo Quevedo.
--Como que estamos bajo techado--contestó doña Catalina--; ahora vamos á
subir... y yo os doy la mano.
--No hablaba yo de esta subida.
--Pues mirad, yo estoy muy contenta.
--No veo el motivo.
--Os tengo.
--¡Pero si decís que no os amo!
--No me amáis todo lo que yo quisiera... pero me amáis... sí; me
amáis... y yo os haré tanto... yo seré para vos tanto...
--¿Qué seréis para mí?
--El camino de los honores, del mando, del trono.
--¡Eh! ¿qué decís del trono, señora?--dijo Quevedo con un acento tan
singular como nadie hasta entonces había oído en él.
--Digo, que sin haceros rey, os pondré sobre el rey, y como el rey está
en el trono...
--¿Sabéis que esta escalera se parece á la subida de la montaña aquella
á cuya cumbre llevó el diablo á Cristo?--dijo con un doloroso sarcasmo
Quevedo.
--Muchas gracias, señor mío, por la galantería. Pero estáis irritado, y
con razón, y es menester perdonároslo todo. Entrad.
Y tiró de Quevedo, que se encontró de repente en un magnífico salón
completamente iluminado, y con una mesa servida.
Doña Catalina cerró la puerta por donde habían entrado, se aseguró por
sí misma de que las otras puertas estaban cerradas también, y luego
arrojó el manto, y apareció deslumbrantemente vestida.
--He aquí--dijo Quevedo--, que el sol sale á la media noche.
--Os he traído á mi cámara de bodas, y para ello me he vestido el mismo
traje de mis bodas.
Y luego, sentándose en un sillón y señalando otro á Quevedo, le dijo con
la mirada llena de amor, de embriaguez, de encantos:
--¡Cenemos!
--¡Oh! ¡qué feliz podía yo ser!--murmuró Quevedo.