El duque quedó aterrado en medio de la cámara.
--¿Qué tal, eh?--dijo una voz detrás de un tapiz.
Miró Lerma al lugar de donde salía la voz, y vió que el tapiz se
levantaba y que de detrás de él salía un hombrecillo.
Aquel hombrecillo era el bufón del rey.
CAPÍTULO LXIII
DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA VIÓ AL BUFÓN DE SU MAJESTAD EXTENDERSE, CREAR,
TOCAR LAS NUBES... ETC.
Estuvieron mirándose durante algunos segundos el ministro y el bufón.
Los ojos del tío Manolillo relumbraban como brasas.
Sus mejillas no estaban pálidas, sino verdinegras.
Miraba al duque con una fijeza y una insolencia tales, que el duque se
irritó.
--¿Qué me queréis?--dijo Lerma con acento duro.
--¡Eh! ¿Qué os quiero yo? nada; vos sois quien me queréis á mí.
--¡Yo!
--Sí, vos me necesitáis.
--¿Que os necesito yo?
--Sí por cierto. ¿No es verdad que nuestro buen rey tiene de vez en
cuando ocurrencias insufribles?
--¡Cómo! ¿Sabéis...?
--Vaya si lo sé; como que estaba allí, detrás de aquel tapiz, y no he
perdido uno de los gestos, una sola de las convulsiones que os ha
causado el ver al rey hecho por un momento rey. Y el bueno de Felipe,
traía su lección bien aprendida; no ha olvidado nada; y es que los
tontos tienen muy buena memoria.
--¡Ah! ¿Han hecho aprender á su majestad una relación de memoria?
--Sí, excelentísimo señor.
--¿Y quién le ha enseñado esa lección?
--Excelentísimo señor, yo.
--¡Vos! ¿Pero á quién servís?
--Me sirvo á mí mismo.
--Pero si el rey dice que ha hablado con el duque de Uceda...
--Y tiene razón; como que yo le he metido al duque de Uceda en su
recámara.
--Venid, venid conmigo, bufón, y hablemos donde de nadie podamos ser
escuchados.
--Eso quiero yo.
--Seguidme.
--No por cierto. No nos deben ver salir juntos de la cámara del rey.
Sois muy torpe, excelentísimo señor. Nos veremos, sin que nadie lo sepa
ni lo entienda, en vuestro camarín de la secretaría de Estado. Hasta
dentro de un momento. Adiós.
Y el bufón levantó el mismo tapiz por el que había aparecido, y
desapareció tras él.
--¿Qué sucede en palacio, señor? ¿Qué hay aquí--exclamó el duque--, que
me veo obligado á tratar con ese miserable?
El duque hizo un violento esfuerzo, salió de la cámara real, bajó á la
planta baja del alcázar, y se entró en la secretaría de Estado.
--¡Ledesma!--dijo á uno de los oficiales que trabajaba en la primera
sala--; cuidad de que nadie vaya á interrumpirme, y estad dispuesto para
cuando yo os llame.
Ledesma, que se había levantado como todos á presencia del duque, se
inclinó profundamente.
Lerma atravesó otras dos salas, en las cuales los oficiales se
levantaron con el mismo respeto que los de la primera, llegó á una
puertecilla, sacó una llave, abrió la puerta, entró y cerró.
Atravesó después un largo corredor, abrió otras dos puertas, y se
encontró al fin en un pequeño aposento, en el cual había únicamente una
gran mesa cubierta de papeles y legajos en el testero de la mesa, un
sillón de terciopelo carmesí, con las armas del duque bordadas; detrás,
en la pared, un retrato de cuerpo entero del rey; á los dos lados,
contra la pared, dos secreteres de ébano incrustados de plata, nácar y
concha, y delante de la mesa, un sillón más modesto, destinado sin duda
á un secretario; una magnífica alfombra y algunos excelentes cuadros,
completaban el aspecto de aquel aposento, que era el camarín reservado
de despacho del secretario universal del rey.
Al abrir el duque la puerta del camarín, retrocedió y tembló.
Sintió pavor á impulsos de una impresión supersticiosa.
Sentado en el sillón del duque, arreglando unos papeles, estaba el tío
Manolillo.
El camarín no tenía más entrada que aquella por donde había ido el
duque: una reja le daba luz, y aquella reja tenía vidrieras de colores.
Los hierros de la reja eran demasiado espesos para que pudiese haber
entrado por ella el bufón, y las vidrieras estaban cerradas.
--Cierra y siéntate--dijo el tío Manolillo al duque de Lerma--. Aquí no
puede oírnos ni vernos nadie. Eres mi secretario, duque.
--¿Qué significa esto?--exclamó Lerma--; ¿en qué poder confiáis para
atreveros á tanto?
--Es singular, singularísimo tu orgullo, duque. Cualquiera al
escucharte, no viéndote, creería que no tenías miedo. Y estás temblando,
Lerma. Temblando como un ratón delante del gato. Sin duda me crees
brujo, ¿no es verdad? porque tú guardas como un tesoro las llaves de
este camarín, donde escondes todos tus secretos en los secretos de esos
secreteres, y sabes que nadie puede entrar aquí si no le das tú las
llaves de esas tres puertas; y esas tres llaves no se separan de ti
desde hace trece años: desde que eres favorito del rey más desfavorecido
de ingenio que ha criado Dios para ejemplo de reyes imbéciles y torpes.
--No comprendo... no comprendo cómo...
--¿Cómo estoy aquí? Yo soy brujo, duque.
Desconcertóse de una manera tal Lerma, que el tío Manolillo soltó una
carcajada hueca, larga, pero de un sonido, de una expresión tal, que se
le crisparon los nervios al duque.
--Estoy aquí--dijo el bufón--, porque estoy: te tengo en mis manos,
porque eres un traidor, un villano.
El duque se creía delante de un poder sobrenatural y no pudo irritarse;
le faltaba completamente el valor.
Adelantó vacilante, y se apoyó en el sillón destinado al secretario.
--Siéntate, siéntate y no tiembles--dijo el bufón dulcificando su voz--;
nada te sucederá si tú no quieres que te suceda.
El duque se sentó maquinalmente.
--Yo sé todos los secretos de palacio--dijo el bufón--; como que no hago
otra cosa que ver y escuchar. Del mismo modo que he hecho que el rey
vuelva á llamar á su alrededor á tus enemigos, puedo hacer que el rey
los mande encerrar; y del mismo modo, duque, si quiero, puedo llevarte
al patíbulo.
--¡Al patíbulo!
--Sí, por traidor al rey y por ladrón.
--¡Ah! ¡ah! ¿y qué pruebas...?
--Oye, tengo preparadas las pruebas; están aquí. Primera: carta de
milord, duque de Bukingam, al excelentísimo señor duque de Lerma.
--¡Ah! esa carta...
--¡La España vendida á los ingleses, duque!
--Pero esa no es una carta.
--Es una copia de la carta.
--Pero la carta...
--Está con otras tres de Bukingam y cuatro de milord conde de Seymur y
otras varias, que prueban cumplidamente que tú, más que secretario del
rey de España, eres secretario del de Inglaterra; estas cartas están tan
bien guardadas que no las encontrarás á tres tirones. Se trata, en esta
que he traído de muestra, del casamiento de la infanta doña Ana, de
ciertos tratos vergonzosos entre Bukingam y tú, de condiciones
recíprocas, de infamias... ¿quieres que te la lea, don Francisco de
Sandoval y Rojas?
--No, no; pero eso es imposible--dijo el duque abalanzándose al secreter
de la derecha y abriéndole.
--Sí, busca, busca; encontrarás ahí alhajas que yo no he querido tomar,
á pesar de que soy muy pobre, porque no soy ladrón, pero las cartas de
que te hablo y otros importantísimos papeles, no están ahí; los tengo
yo: auténticos, con tu firma, porque en todos ellos, ó en todas ellas,
porque son cartas, has cometido la torpeza de escribir: «_Contestada en
tal fecha.--Lerma._» El rey podrá encontrar en esos papeles el secreto
de la expulsión de los moriscos, las causas de su desavenencia con
Francia, el por qué de los reveses que sufre en todas partes donde hace
la guerra España; el rey sabrá que de los tributos que saca á sus
vasallos la tercera parte es para el rey, otra tercera parte para los
corregidores, alcaldes mayores y demás exactores, y la otra tercera
parte para el nobilísimo, el excelente señor don Francisco de Sandoval y
Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, del consejo de Estado, su
protonotario en Indias, su secretario universal, su favorito, su todo;
sabrá el rey... aunque me mates, porque los papeles se presentarán solos
al rey, que ha criado en ti un cuervo, que ha levantado á su enemigo, y
como el rey, aunque es débil, no es malo y no le gustan los bribones, y
como el rey, aunque no es rey, tiene grandes humos de rey y de rey
poderoso; y como el rey es del último que llega, nada tendrá de extraño
que su majestad retire de ti su protección y te arroje al verdugo;
porque tú has hecho lo bastante, mi buen duque, para ser primero
degradado y después ahorcado.
--Sin duda tienes algo muy grande que pedirme; sin duda me necesitas
para mucho, cuando así me hablas; ¿qué quieres?
--Creo que nos entendemos. Ahora voy á decirte lo que quiero.
--Si puedo, si está en mi mano...
--Oye; tú conoces á una mujer á quien yo conozco también. Yo quiero que
esa mujer sea feliz.
--¡La reina!
--¿Qué me importa la reina? ya la he salvado hoy.
--¿Conque era verdad?
--Verdad, verdad; quisieron envenenarla.
--¡Envenenarla! ¿Pero quién ha querido cometer ese atentado?
--Tu buen secretario don Rodrigo Calderón.
--¡Pero si ese atentado se ha intentado hoy y don Rodrigo está en el
lecho mal herido!
--Pero no estaba mal herido el sargento mayor don Juan de Guzmán, que ha
estado yendo y viniendo al lecho de don Rodrigo, y como don Juan de
Guzmán era amante de Luisa, la mujer del imbécil cocinero de su
majestad, y como de las cocinas baja la vianda para la reina, Luisa pudo
hacer que ciertos polvos entrasen en uno de los platos del almuerzo de
su majestad. Quevedo y yo, que éramos muy amigos, nos hemos visto negros
para salvar á Margarita de Austria; pero tales eran los polvos, que un
pobre paje á quien se le apeteció lo que había quedado sobrante en los
platos de la reina y del padre Aliaga, ha muerto en momentos.
--¡Horrible! ¡horrible!--exclamó el duque.
--Yo no sé si tú has tenido parte en esa infame tentativa de asesinato,
ó si ha sido únicamente cosa de don Rodrigo Calderón.
--¡Yo! ¿me creéis capaz de esa infamia?
--Te creo, por tu vanidad y por tu ambición, capaz de todo.
--¡Oh! ¡oh! esto es demasiado, demasiado faltarme al respeto.
--La reina te estorba tanto como á don Rodrigo; la reina conspira contra
ti, y la temes.
--Pero jamás llegaría á ese punto, jamás; me calumniáis.
--Quiero creerte, porque hasta ahora, si has sido traidor y ladrón, no
has sido asesino.
--En muestra de ello, quiero las pruebas, las pruebas del crimen de
Calderón; las pruebas para enviarle al cadalso.
--No hay pruebas.
--Vive la mujer del cocinero mayor, y aunque prófuga, se la buscará, se
la encontrará, se la sujetará á la prueba del tormento.
--Y declarará que don Juan de Guzmán era su amante, que la dió unos
polvos, que ella los dió al galopín Cosme Aldaba, que, en ausencia de su
marido, le introdujo en la cocina. Siguiendo el hilo, prendiendo á Cosme
Aldaba, atormentándole, se sabrá que el tal Cosme envenenó en las
cocinas una perdiz destinada al almuerzo de la reina, que la entregó
para que la sirviera el paje Cristóbal Cuero, y el paje, preso y sujeto
al tormento, declarará que puso en la mesa de su majestad la perdiz
envenenada; pero todas las pruebas recaerán en el sargento mayor don
Juan de Guzmán.
--Se le prenderá, se le hará pedazos para que declare.
--Eso es imposible.
--¡Imposible!
--Sí; ¿no has reparado en que cuando me he referido al sargento mayor,
he dicho: ¿_era_, no _es_? El sargento mayor ha muerto.
--¡Muerto!
--A mis manos, á puñaladas.
El bufón, que había crecido de una manera imponderable á los ojos del
duque, aumentó otro tanto en tamaño.
Se había convertido para Lerma en un gigante.
--Por lo que toca á la reina--continuó el bufón--, el negocio está
perfectamente concluído; un paje ha muerto y se le ha enterrado... nadie
ha sospechado... no asustemos á su majestad; sírvate esto para conocer á
don Rodrigo Calderón y guardarte de él. La mujer, pues, á quien ambos
conocemos y por la que he procurado tenerte en mis manos, por la que he
penetrado aquí, en este lugar que tú creías tan seguro, y he abierto
valiéndome de mis artes, artes acaso del diablo, esos secreteres, y me
he apoderado de esas cartas, obteniendo con ellas armas bastante fuertes
para rendirte, para hacerte mi esclavo; la mujer, pues, que á tal punto
nos ha traído á los dos, no es la reina, aunque muchas veces represente
reinas.
--¡Dorotea!
--Cabalmente, Dorotea; esa pobre niña que es tu querida públicamente, y
mi corazón, mi alma en secreto.
--¿Qué sois vos de esa mujer?
--¡Qué soy yo! ¡su padre! ¡su hermano! ¡su mártir!
--¡Ah!
--La amo... más que á mí mismo: la deseo con todo mi deseo, con toda mi
sed de gozar, y sin embargo, devoro y comprimo mi deseo. Vivo de su
felicidad, y sus lágrimas me despedazan el alma. Dorotea sufre; Dorotea
es infeliz. Se han valido de ella como de un instrumento, la han
despedazado el alma... ama á un hombre y le roban ese hombre.
--¿Y qué hombre es ese?
--Don Juan Téllez Girón.
--¡Siempre ese hombre!--exclamó con desesperación el duque.
--Sin embargo--dijo el tío Manolillo--, á ese hombre debes el empezar á
ser algo.
--¡Cómo!
--Sí, sí ciertamente. Si ese hombre no hubiera venido á Madrid, no
hubiera conocido á doña Clara Soldevilla, y no hubiera podido ayudarla,
cuando esa mujer servía á la reina con su vida, con su honra; no hubiera
encontrado á Quevedo, y sin Quevedo, no hubiera herido á tu buen
secretario don Rodrigo Calderón; si no hubiera herido á don Rodrigo, si
no le hubiera arrebatado las cartas que tenía de la reina...
--¡Cómo! ¿ese caballero ha quitado á Calderón las cartas?...
--Sí, las cartas que yo acaso no hubiera podido arrancarle. Y don
Rodrigo, armado con aquellas cartas, obrando por cuenta propia, era
omnipotente: hubiera dictado condiciones á Margarita de Austria, te
hubiera vencido, hubiera ocupado acaso ya tu lugar, un lugar que, si no
le pones fuera de combate, ocupará algún día; ¿comprendes ahora todo lo
que debes á ese afortunado joven?
--¡Oh! ¡oh! ¡y yo ciego!...
--Tú, torpe y confiado, creyéndote en tu vanidad asegurado en el favor
del rey y superior á todo... pero continuemos y te convencerás de cuánto
es lo que debes al bastardo de Osuna, sin que él, que porque es amigo de
Quevedo te aborrece, sepa, ni por pienso, que te ha hecho el más leve
servicio. Por otra parte, don Juan Téllez Girón, hiriendo á don Rodrigo,
te ha hecho otro inmenso servicio: don Francisco de Quevedo, que conoce
la corte, tuvo miedo al ver herido, sin saber si era muerto ó vivo, á
don Rodrigo, y como sólo había venido á Madrid por encargo del duque de
Osuna para buscar á ese don Juan, y con el sólo objeto de llevársele
consigo á Nápoles, quiso ponerle á cubierto de toda eventualidad, y
acordándose de Dorotea concibió un terrible pensamiento.
--¡Dorotea!
--Sí por cierto. Como don Juan es joven y hermoso, con esa hermosura que
deslumbra á las mujeres...
--No le conozco.
--¡Oh! pues es un mancebo hermosísimo; ya ves: cuando en tres días ha
llegado á ser marido de doña Clara Soldevilla, á quien todos, menos yo,
creían de nieve, y ha enamorado á Dorotea, que no había amado nunca...
--¡Pero Dorotea le ama!--exclamó con cierta celosa impaciencia Lerma.
--Con toda su alma, con toda su vida, de tal modo, que si le pierde
muere.
--¿Pero qué se proponía Quevedo al hacer conocer á Dorotea ese hombre?
--Que se enamorase de él, y lo consiguió.
--Pero no entiendo el objeto de Quevedo al pretender que Dorotea se
enamorase de ese hombre.
--Estás cada día más torpe, duque.
--No tenéis razón para llamarme torpe, porque es incomprensible el
objeto de Quevedo.
--Lo que á ti te falta de ingenio, le sobra á Quevedo, Lerma.
--Pero en esta ocasión...
--Dime: ¿no es tu querida Dorotea?
--Sí.
--Aún no me comprendes. Será necesario llegar al fin. Dime: ¿no harás tú
cualquier locura por evitar que Dorotea te humillase despidiéndote?
--Según, según.
--No hay según. Tú eres todo soberbia. Tú hubieras hecho lo que hubiera
querido Dorotea, y como Dorotea, una vez enamorada de don Juan, debía
procurar que no le prendiesen por sus heridas á don Rodrigo...
--¡Ah!
--Has comprendido al fin, gracias á Dios y á mi paciencia. Pues bien,
Quevedo ha tenido suerte: Dorotea ama como una loca á don Juan, le ama
más que á sí misma, y es capaz de cometer cualquier terrible desacierto,
porque tiene celos.
--¡Celos!
--¡Oh! ¡si Dorotea no tuviese celos! ¡si la amase don Juan, el primer
hombre á quien ha amado, como ella le ama! Entonces yo le amaría
también, porque haría feliz á mi Dorotea, y amaría á Quevedo que los
había puesto en el caso de amarse, y procuraría que, como don Juan te ha
robado el corazón de Dorotea, te robase el corazón del rey. ¡Pero ya se
ve! don Juan había visto antes que á Dorotea á doña Clara: habían andado
de aventura por esas calles de Dios... y doña Clara es tan hermosa... no
es más hermosa que Dorotea, no; pero no es cómica, ni tu querida, ni lo
ha sido de nadie: doña Clara... yo he visto á todos, altos y bajos,
mirarla con codicia... y el mismo rey...
--¡El rey!
--Sí, el rey ama á doña Clara: tibiamente, eso sí; pero la ama cuanto
puede amar, como no ha amado á ninguna mujer... ya ves: cuando siendo
tan devoto y tan temeroso de Dios se ha atrevido á arrojarse á
pretensiones... la mujer que ha sido capaz de sacar de quicio á su
majestad, tiene no sé qué poder, que Dorotea no tiene... Dorotea, pues,
amando al marido de doña Clara es una mártir, y ya que no puedo evitar
su martirio, quiero vengarla, y la vengaré.
--¿Que la vengarás? ¿y cómo?
--Valiéndome de ti.
--¡Ah! creo que también te vales de otra persona.
--¿Del rey? cierto que sí. Su majestad no puede ver á don Juan desde que
sabe que le ama doña Clara. Y anoche, que fueron las bodas, no durmió.
Sabe además su majestad que Quevedo ha tenido gran parte en ese
casamiento, y no puede ver á Quevedo.
--¡Por eso me ha mandado prenderlos!
--Ya lo creo, como que se lo he aconsejado yo.
--Y si teníais interesado al rey, ¿á qué imponerme condiciones á mí?
--Esa es una pregunta de simple. El rey nuestro señor, no es más firme
que una caña; le mueve hacia un lado el más ligero vientecillo, y otro
vientecillo no mayor, le inclina al lado contrario. Hoy manda prender á
don Juan y á Quevedo porque yo he sabido irritarle. Presos serán, porque
el rey, aunque no sea rey, se llama al fin rey, y es necesario
obedecerle cuando manda. Pero hubiera sobrevenido doña Clara,
sobrevendrá, se arrojará á los pies del rey, llorará, le besará las
manos... y el rey se derretirá y revocará la orden de prisión, y será
capaz de honrar á don Juan y á Quevedo por añadidura. Es necesario que
el rey no pueda hacer nada.
--¿Y cómo?
--¿Cómo? poniendo entre la gracia del rey y don Juan, la justicia
ofendida.
--Es decir, ¿formando proceso á don Juan por la herida de Calderón?
--Y por añadidura, á don Francisco de Quevedo.
--Y si todo eso sucede, ¿me devolveréis esas cartas que me habéis
robado?
--Cuando Dorotea posea completamente á don Juan, ó cuando yo la haya
vengado de él.
--¿Pero no consideráis que si la Dorotea sabe que su amante está preso,
interpondrá todo su influjo para salvarle?
--Eso quiero yo. Que Dorotea tenga ocasión de demostrar á don Juan hasta
qué punto le ama.
--¡De modo que me veo reducido á coaligarme con vos!
--Sí, sí por cierto, noble y poderoso señor duque de Lerma; conmigo el
bufón, el loco, el miserable, el despreciable. Conmigo, que he sabido
levantarme á vuestros ojos fuerte como un león. Conmigo, comadreja del
alcázar, que puedo perderos.
--El duque no estaba en estado de regatear, ni aun podía defenderse; lo
que le sucedía, le tenía aterrado; y lo que más le humillaba era verse
obligado á ayudar los amores de su querida.
--Haré, haré lo que pueda--dijo al fin.
--Tú harás lo que yo quiera; prenderás á don Francisco de Quevedo.
--En verdad, en verdad que ya he dado la orden de prisión, y á pesar de
que una persona, á quien no puedo negar nada, me había comprometido á
que no le prendiese, me he olvidado de revocar la orden.
--Adivino cuáles son las dos mujeres que te han pedido la una la prisión
y la otra la seguridad de don Francisco.
--Si sabéis eso, es necesario concederos mucho poder.
--Con saber á quien interesa que sea preso y que no sea preso don
Francisco, se sabe quién es quien ha obrado en su favor y quién en su
contra. Voy á decirte los nombres: La condesa de Lemos, tu hija, te ha
obligado sin duda á que prendas á Quevedo, y la duquesa de Gandía, la
buena, la inocente doña Juana de Velasco, ha sido, sin duda, quien te ha
exigido la promesa formal de no meterte en prenderle.
En vano el duque quiso ocultar su turbación, producida por la sagacidad
del tío Manolillo; sin embargo, se dominó y dijo riendo:
--¡Bah! ¿y qué les importa ni á la condesa de Lemos, ni á la duquesa de
Gandía que Quevedo sea preso ó no?
--¿Qué si les importa? Voy á revelarte dos secretos.
--¿Dos secretos más?
--¿No te he dicho que soy la comadreja del alcázar, que velo mientras
los otros duermen, que todo lo veo y lo oigo? Pues bien; por esa razón
sé que tu hija es querida...
--¡Querida!--exclamó el duque afectando una explosión de dignidad
ofendida.
--Querida, manceba, moza, entretenimiento, como quieras, de don
Francisco de Quevedo.
--¡Mentira!
--Vamos: lo sabías--dijo el bufón--; debe de habértelo dicho tu misma
hija.
--¡Que yo sé esa deshonra!
--¡Si en ti todo es deshonra y fango y podre, cubierto por un manto
ducal! La manera que tienes de negar esa deshonra que, lo confieso, es
grande, me prueba que la conocías.
--¡Oh! ¡oh! ¡yo te juro que esa es una calumnia!
--No disputemos. Debe herirte demasiado lo que hago contigo, y yo, que
adoro la venganza, reconozco el derecho y la necesidad que tienes de
vengarte de mí. Cuando puedas, mátame, hazme pedazos; pero entre tanto,
sírveme.
El duque no contestó; estaba lívido de cólera, se le saltaban los ojos
de las órbitas.
El bufón continuó:
--Como doña Catalina es una dama muy discreta y tiene mucho ingenio, y
es intrigante y enredadora y sagaz donde los hay, nada tiene de extraño
que haya averiguado que Quevedo sólo ha venido á Madrid á buscar al hijo
del duque de Osuna para llevárselo á Napóles. Y como doña Catalina ama
mucho á Quevedo, con toda su alma ardiente, á la que tan mal dueño has
dado en tu sobrino el conde de Lemos, naturalmente, para no perder sus
amores, te ha obligado, Lerma, porque tu hija puede obligarte, á que
prendas á Quevedo.
El duque se movió violentamente en el sillón.
--Por lo que sufres, conozco que he acertado en todo; voy ahora á
decirte las razones que tengo para creer que la duquesa de Gandía te ha
obligado á que no prendas á Quevedo. La duquesa de Gandía es madre
natural de don Juan Téllez Girón.
Dió un salto sobre el sillón Lerma y volvió á caer desplomado.
Aquella noticia le espantó.
Tal concepto tenía formado de la duquesa de Gandía, que le pareció un
sacrilegio la revelación del tío Manolillo.
--Eso es imposible; imposible de todo punto; tu lengua ponzoñosa nada
respeta; es una calumnia infame. La duquesa de Gandía es una santa.
--Pero cuando una santa se encuentra á obscuras en una galería apartada
con un hombre, tal como el duque de Osuna, por lo mismo que es una
santa, se encuentra sin saber cómo en la situación en que se halla la
duquesa de Gandía. Pregunta á tu hija, que sin ser una santa, es y lo
será siempre una mujer honrada, á pesar de ser querida de Quevedo, lo
que son tales encuentros: ¡bah!, Lerma, tú te estremeces porque estás en
la misma situación que un hombre atado por cada uno de sus remos á
cuatro caballos. No te asustes; al pedirte yo lo que te pido, he
pensado, primero, en procurarte los medios de hacerlo, porque yo no soy
tan insensato que pida imposibles. Por eso he abierto camino al duque de
Uceda hasta el rey. Por eso he procurado que tus enemigos, sin vencerte,
se crean de nuevo en posición de hacerte la guerra. Para que volviese á
la corte el conde de Lemos, era necesario hacer todo eso. Y yo necesito
que el conde de Lemos vuelva. Entonces doña Catalina estará más
contenida, porque un marido al fin es un marido, y, si pretende hacer
algo, yo la haré callar. Del mismo modo haré que la duquesa de Gandía te
sirva de cabeza. Conque ayudémonos resueltamente, duque, y no disputemos
más. A cambio de tu favor con el rey, la prisión de don Francisco de
Quevedo y don Juan Téllez Girón ante la justicia, como homicidas de don
Rodrigo Calderón.
--Lo haré...--dijo el duque--¿pero esas cartas, esos secretos?...
--Las unas y los otros los guardo yo como armas preciosas.
--Escucha--dijo el duque--; yo puedo enriquecer á Dorotea, enriquecerte
á ti...