--Esa pobre chica me da compasión y me siento además agradecido;

confiésola una gran mujer; deberémosla, por los buenos oficios que nos

hace, el salir de este atolladero, sin sacar de él más que el lodo; pero

con arrojar en Nápoles las botas, hemos concluído; paréceme que

resurrezco, que por envuelto me he dado y á pique de desconfiar de mí

mismo: el médico de su majestad dice que no hay que tener cuidado

alguno; que Margarita se encuentra en muy cabal salud... por aquí la

divina Providencia ha evitado un crimen... un crimen horrible; Lerma

está confiado y sigue durmiendo; Dorotea, aleccionada por mí le engañará

de tal modo, que tendré tiempo para llevarme á los recién casados;

después... si mi doña Catalina me ama... vamos, no hay que pensar en

ello... llevármela sería tocar á badajo perdido la campana del

escándalo... será necesario que se cure, y yo también necesito

curarme... el tiempo y la paciencia y la conformidad... bendito sea

Dios, que nos ha criado para pelota, en manos de chicos... vamos

adelante, vamos... yo haré que la Dorotea se cure... y olvide... doña

Catalina olvidará... y yo... yo... ¡bah! ¿qué importo yo? Seguiré

vengándome de lo que el mundo me hace sufrir, obligando al mundo á que

se ría, como un necio, de sí mismo.

Llegaba entonces al alcázar y entróse resueltamente en él, con la frente

descubierta y alta, como quien no tiene por qué temer.

Sin embargo, reparó en que en el zaguán de la puerta de las Meninas, por

donde se había metido en el alcázar, había dos alguaciles de corte.

--¿Cuervos tenemos?--exclamó--; cerca anda carne muerta... tormenta está

aparejada para alguno. Dios le ayude.

Y se encaminó con su forzada lentitud á la primera escalerilla.

No sabía Quevedo, no podía pensarlo, después de lo que había oído en la

casa de la comedianta, entre ésta y el duque de Lerma, que la tormenta

se preparaba para él; que él era la carne muerta; esto es, el hombre

preso á cuyo olor iban aquellas aves de rapiña.

Apenas se perdió Quevedo por las escalerillas, cuando uno de los

alguaciles se echó fuera del alcázar más ligero que un rehilete.

Entre tanto Quevedo, atravesando callejones y galerías, se entró en el

aposento de doña Clara Soldevilla.

Don Juan se calentaba al brasero y doña Clara escribía.

--Consuela este olor--dijo Quevedo entrando.

--¡Ah, mi buen amigo!--dijo don Juan.

--¡Ah, don Francisco!--exclamó doña Clara--: ¿de qué olor habláis?

--Huele aquí á contento, á paz, á alegría, á amor... Dios os bendiga,

mis amigos, que tenéis sol claro en día de lluvia, y que vivís mientras

otros se aperrean. ¿Y qué bueno hacéis, diosa?

--Escribo á mi padre largamente: antes habíale escrito una brevísima

carta, pero no me basta. Estoy impaciente porque mi padre sepa punto por

punto...

--¿Es decir que os habéis metido á letrado?

--No os entiendo.

--Explicaréme: la historia de vuestro casamiento, mis buenos amigos, es

un proceso. Largo habréis de escribir si de todo habéis de dar cuenta, y

es grande lástima que la tinta ponga negros unos dedos tan rosados.

Dejadlo eso para mí, señora, que todo lo tengo negro, hasta la

esperanza, y veníos aquí al amor de la lumbre y escuchadme, que tenemos

harto que hablar.

Dejó doña Clara la pluma y luego la mesa, y fué á sentarse junto al

brasero entre su marido y Quevedo.

--¡Vive Dios!--exclamó Quevedo--, que estoy viendo en vos una

experiencia, doña Clara.

--¡Una experiencia!

--¡Sí pardiez! los ojos y la razón engañan.

--Explicáos.

--¡Si sois más doncella hoy que ayer!--dijo Quevedo mirando de una

manera profunda á doña Clara.

Púsose la joven vivísimamente encendida.

--Con las mujeres me reconciliáis, señora; yo las tendría á todas por

partículas del diablo, y confiéseme engañado: si queréis ser más feliz,

don Juan, sois usurero, y no merecéis respeto, que en vuestra mujer

tenéis un cielo.

--¿Sabéis que venís muy adulador, don Francisco?

--Adulado me vea yo, que es el mayor desabrimiento que puede probar el

que no ha nacido tonto, si no son borbotones del corazón mis palabras, y

fálteme aire si no es verdad que el corazón no me cabe en el pecho. ¡Ah,

manos de marfíl vivo!--exclamó tomando entre las dos suyas una de las

hermosas manos de doña Clara--; y qué corona de gloria habéis puesto

sobre la frente de mi amigo!

--Pues no soy completamente feliz--dijo don Juan.

--Alumbradme ese concepto á fin de que yo le vea, que tenebroso es y

encrucijado y capaz de hacer perderse en un laberinto al más diestro.

¿Mayor felicidad pedís que una mujer toda alma, tan delicada como el

alma el cuerpo, y tan hermosa como el cuerpo el alma? ¿qué más blancura

que la de la nieve que nadie ha pisado? ¿qué calor más dulce que el de

este sol de primavera al que no empañan nubes?...

--Muy poeta andáis, don Francisco, amigo mío--dijo doña Clara--: ¿me

hacéis la merced de que hablemos de otra cosa?

--Poeta de verdades soy cuando os admiro, hija mía, y dígoos hija,

porque aunque casi soy mozo en años y negros tengo los cabellos, péinome

hace mucho tiempo canas en el alma, y desengaños padezco y experiencias

lloro. Ni he tenido yo como don Juan la fortuna de encontrarme dentro de

un jardín tal como vos, que si encontrádome hubiera, echado me habría á

su sombra sin que cosa en el mundo fuera bastante á despertarme del

sueño. Espántame, pues, y razón tengo, de que don Juan pida más

felicidad teniéndoos á vos, y conjúrole á que su concepto me explique,

porque tanto le quiero que me dolería haberle de tener de aquí en

adelante por tonto ó por malo.

--No soy completamente feliz--dijo don Juan--, porque me creo de poco

valor comparado con mi doña Clara.

--¡Ah!--dijo la joven.

Y aquella exclamación era protesta dolorosa.

--Perdonarse deben las necedades á los que aman, porque el amor ciega;

escrupuloso andáis más que monja, y os metéis á apreciar lo que á vos no

toca. Bien me sé yo que doña Clara no piensa otro tanto.

--¡Oh! ¡no!... pero os ruego, don Francisco...

Sí, sí por cierto... vamos á lo que importa: es el caso que yo tengo

mucho sueño.

--¡Oh! ¡tenéis sueño, amigo mío!... pues bien, en vuestra casa estáis;

voy...

--Estáos queda... tengo mucho, muchísimo sueño: necesito urgentemente

dormir, y en Madrid no duermo... es decir, no paso en Madrid esta noche,

á lo menos por voluntad mía.

--¿Cómo? ¿nos dejáis?

--¡Dejaros! ¡dejárame yo primero las antiparras, sin las cuales soy

hombre muerto! ¡buena cuenta daría yo al duque de Osuna! llévoos

conmigo, y por lo tanto, os dije que cartas eran vanas; que la mejor

carta para el duque, lo serán sus hijos: asunto es no más que de algunos

cientos de ducados y de camisas limpias. Dejemos á Madrid á obscuras,

amanezcamos muy lejos, y veamos á Neptuno dentro de ocho días,

embarcados con rumbo á Nápoles: que os afirmo que mientras aquí estemos,

ni duermo, ni descanso, ni vivo: cerrado está el cielo, de llover no

cesa, y temo que esto pare en diluvio que nos ahogue. Conque sus, y en

vez de hacer procesos, señora, haced cofres, y mientras se pide licencia

á sus majestades, el coche se apareje y huyamos, antes de que llegue el

caso de que cuando queramos huir, no sea tiempo, y creedme y no

disputemos, que allí tenéis entrambos los padres, y si vos dejáis de ser

dama de la reina, doña Clara, seréis señora en vuestra casa; y á falta

de la tercera compañía de la guardia española, tendréis vos allí, don

Juan, los no menos bravos alabarderos de la guarda del virrey.

Quedáronse atónitos los dos jóvenes á estas palabras de Quevedo, y

guardaron por algún tiempo silencio.

--¡Tan pronto! ¡tan de repente!--dijo al fin doña Clara--. ¿Qué motivo

puede haber?...

--Motivo y aun motivos. Es el primero, que yo no estoy muy seguro, y

tanto, que si no estoy preso, en engaños consiste que no pueden durar

mucho tiempo.

--¿Pero esos motivos?

--¿Olvidáis que don Rodrigo Calderón está malamente herido, y que es

vuestro esposo quien así le ha maltratado?--dijo Quevedo de una manera

profunda.

--Pero hasta ahora...--dijo don Juan.

--Sí, hasta ahora... y gracias á que el duque de Lerma está mareado,

nadie nos ha dicho una palabra; pero en la corte, los mareos salen por

donde entran; se amaña en minutos lo que parecía imposible, y el viento

cambia de tal modo, que el que era céfiro blando para alguno, se le

convierte de repente en huracán que le echa por tierra; particularmente

yo, si paro algunas horas más en Madrid, dóime por embargado, y por

algún tiempo, porque yo no he de hacer ni puedo hacer lo que sería

necesario hacer para no ser encerrado. Y si me encierran, yo no respondo

de nada; porque enemigos crueles tenéis vos, doña Clara; y vos, don

Juan, aunque sólo hace tres días que estáis en la corte, no los tenéis

menos. Creedme, que yo nunca hablo en balde, y pienso mucho en lo que

digo antes de decirlo, y cuando pienso mucho, no me engaño. No

disputemos, por Dios uno y trino; improvisemos nuestro viaje salvador, y

no nos chanceemos con la fortuna, que como mujer es mudable, y suele

dar sinsabores tales como ha dado dulzuras.

--¡Pero dejar abandonada á su majestad!...--dijo doña Clara.

--Dios vela por los reyes... ¿creéis vos que la reina tiene en vos un

escudo?

--Tengo valor, y mi vida es de su majestad.

--Pues bien; mientras vos estábais entregada á vuestra felicidad, Dios

ha salvado de una manera extraordinaria á Margarita de Austria.

--¡Salvado!

--Sin la misericordia de Dios, su majestad hubiera sido villanamente

asesinada.

--¡Asesinada!

Quevedo contó punto por punto á los dos esposos la tentativa de

asesinato contra la reina, y el modo extraño y providencial de su

salvación.

--¡Oh!--exclamó doña Clara--, ahora menos que nunca me separo de su

majestad.

--Dejad, dejad á Dios que la proteja; tened fe en la misericordia

divina, y además, por salvar á la reina, no expongáis á perecer á

vuestro esposo, al padre del hijo que acaso empieza ya á ser de vuestras

entrañas; que sin duda vive ya, porque os amáis demasiado, y sois harto

buenos para que Dios no haya bendecido vuestro amor.

--¡Ah! ¡me hacéis temblar, don Francisco!--dijo doña Clara.

--Procurad que vuestro hijo, si vive, no sea huérfano.

--¡Dios mío!

--Hombres como don Juan, que son caballeros desde el seno de su madre,

están siempre expuestos á morir sin gloria y sin combate, asesinados

entre el cieno de esta infame corte. Creedme, y no vaciléis más.

--Partiremos--dijo doña Clara.

--Pues bien; mandad preparar lo necesario; pedid, entre tanto, la

licencia á sus majestades, y adiós, que yo voy á otro lugar que me

interesa.

Y Quevedo, seguro de que había asustado lo bastante á doña Clara, para

que no se dilatase por su parte el viaje, salió.

Iba contento atravesando las calles.

--¿Qué puede suceder--decía--en tan poco tiempo? Iré á comer esta tarde

á casa de la Dorotea, y de tal manera me mostraré amigo del duque, que

acabará de creerme y me dará tiempo suficiente para dejarle burlado.

Ahora volvamos junto á la pobre loca Dorotea, y concluyamos por aquel

lado con lo que debemos á nuestro corazón.

Pero al entrar en la calle Ancha de San Bernardo, Quevedo vió venir

hacia él un alcalde de casa y corte con sus alguaciles.

--¡Otra bandada de cangrejos!--exclamó--; está de Dios que nunca hayan

de dejarme los tales. Y es el bueno Ruy Pérez Sarmiento, asno injerto en

lobo, y alcalde de casa y corte por la gracia de Lerma; ¿y qué me querrá

éste? paréceme que se arroja á hablarme.

En efecto, un alcalde de casa y corte avanzaba, vara enhiesta, hacia

Quevedo. A poca distancia le seguían sus alguaciles, y venía detrás una

silla de manos.

--Guárdeos Dios--dijo el alcalde á Quevedo parándose delante de él--,

¿me conocéis?

--Hace mucho tiempo, por el servidor más ciego de la justicia.

--¿Creéis que un alcalde de casa y corte puede prender á toda persona

viviente en los reinos de su majestad y por su real mandato?

--Artículo de fe es ese de que no he dudado nunca--dijo Quevedo, al que

pasó por los ojos tal cosa, que dió ocasión á que le rodeasen y asiesen

de él de improviso los alguaciles.

--¡Eh! ¿qué es esto? ¿habréme convertido en doblón cuando con tal ansia

me echáis mano?--dijo Quevedo.

--Os habéis convertido en hombre preso por el rey.

--Su majestad viva, y pues su majestad lo quiere, preso me reconozco.

--Metedle en la silla de manos.

--Meteréme yo, que aún no estoy impedido; que si yo rey no respetara...

--¿Qué decís?...

--Digo que nada digo, y concluyan y vamos y demos todos gusto al rey,

que no hay para qué menos.

Y Quevedo se entró en la silla de manos.

Inmediatamente cerraron la portezuela, y como no tenía celosías ni

vidrieras, Quevedo se quedó á obscuras.

--Al menos es blanda--dijo sintiendo el almohadón mullido de la silla--,

y puesto que no podemos hacer otra cosa, y la alcoba nos cierran y á

obscuras nos dejan, durmamos.

La litera echó á andar en aquellos momentos.

Poco después Quevedo, consecuente á su propósito y cansado y

trasnochado, roncaba.

CAPÍTULO LXII

DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA SE ENCONTRÓ MÁS DESORIENTADO QUE NUNCA

Don Francisco de Sandoval y Rojas atravesó las antecámaras de palacio en

medio de los más profundos saludos y de las reverencias más profundas de

los cortesanos.

Hasta allí todo iba bien: se le consideraba por los pretendientes, que

son un barómetro, como señor omnipotente, en el pleno goce del favor del

rey.

Los ujieres se mostraron con él, y del mismo modo, profundamente

respetuosos.

Los gentileshombres le saludaron con sumo respeto.

Pero cuando entró en la cámara real, la encontró desierta.

El rey acostumbraba á estar siempre en la cámara cuando llegaba Lerma.

Lerma se alarmó al no encontrar al rey en su cámara.

Porque en las raras ocasiones en que se había entibiado para él el favor

de su majestad, si bien es cierto que nunca el rey le había hecho hacer

antesala ó antecámara, le había hecho hacer cámara.

Tomólo primero su orgullo á casualidad: pero pasó un cuarto de hora, y

esto era ya mucho; pasó media hora, y esto era ya demasiado.

Lerma, á quien la cólera hacía audaz, se acercó á la mesa real, tomó la

campanilla de oro, y la agitó como si hubiera estado en su casa.

Se presentó un gentilhombre.

--¿Qué manda vuestra majestad?--dijo sin reparar, en su servil

apresuramiento, que el rey no estaba en la cámara.

--No, no es su majestad quien llama--dijo Lerma mordiéndose los

labios--. Soy yo.

--¡Ah! ¡perdone vuecencia! ¿qué desea vuecencia?

--¿Habéis avisado al rey de mi llegada?

--Sí; sí, señor: en el momento en que llegó vuecencia.

--¿Dónde está el rey?

--En su recámara.

--¿Con quién?

--Con el duque de Uceda.

--¡Con mi hijo!

--Sí, señor.

--Gracias, caballero, gracias.

El gentilhombre salió.

--¿Conque se me hace esperar en la cámara por Uceda, que está en la

recámara?--dijo el duque--; ¿con que el rey se olvida al fin de lo mucho

que me debe? y... mi hijo... ¿qué hubiera sido de mi hijo sin mí? ¡Esto

es infame! Vendido ó abandonado por todos... ¿y qué hacer? ¿qué hacer?

Esto de que me lancen del favor del rey, que me reduzcan á una vida

obscura... esto no puede ser, y no será... Quevedo... Quevedo tiene

ingenio bastante para dar al traste con toda esta falange de cortesanos

hambrientos y miserables... Quevedo me impondrá duras, durísimas

condiciones... pero no importa... más vale ceder en secreto ante un solo

hombre, que no caer en público combatido por tantos. ¡Oh! creo que debo

dar una lección al rey, que debo retirarme... mostrarme enojado; si yo

hubiera hablado ya con Quevedo, vería si podía atreverme á presentar al

rey mi renuncia del empleo de secretario de Estado universal; pero sin

contar con don Francisco, sería una locura. Lo que debo hacer

indudablemente es irme de aquí. Esto será decir sin palabras al rey que

no debe hacer esperar hasta tal punto al duque de Lerma.

Iba Lerma á poner en práctica su propósito, esto es, á irse, cuando se

levantó un tapiz, asomó tras él una persona, y sonó una voz que dijo:

--¿A dónde vais, mi buen duque?

Lerma se volvió, adelantó rápidamente, dobló una rodilla ante el hombre

que le había hablado, y le besó una mano.

Aquel hombre era su majestad católica, don Felipe III de Austria.

Había cierta quijotesca tiesura en el semblante del rey.

--¿A dónde íbais, pues, duque?--repuso Felipe III.

--Iba... como vuestra majestad estaba tan ocupado...

--Y tardaba, ¿eh?

--¡Señor!

--Hace un siglo que yo estoy esperando--dijo el rey--y no me impaciento;

y vos, porque graves negocios me impiden venir cuando me avisan que

estáis aquí, ¿os impacientáis?

--¿Y por qué tenéis vos que impacientaros, señor?--dijo Lerma

levantándose y permaneciendo de pie junto al rey, que se había sentado

en su sillón--; ¿no es ley vuestra voluntad? ¿No os obedecen todos

vuestros vasallos?

--No, duque, no, y esa es mi impaciencia; en vano pido á mis vasallos

que se avengan, que no luchen, que no se despedacen, porque yo deseo la

paz, la concordia; en vano los odios crecen, las enemistades se

aumentan, las quejas zumban alrededor mío, y me trastornan. ¿Sabéis que

he estado hablando con vuestro hijo el duque de Uceda más de una hora?

--Me lo habían dicho, señor.

--Es verdad, vos lo sabéis todo.

--Señor...

--¿Pero á que no acertáis cuál era la extraña pretensión del duque?

Tembló interiormente Lerma, porque el rey usaba cierto tonillo acre que

no acostumbraba mucho á usar.

--Lo ignoro, señor.

--Ya sabía yo que lo ignoraríais. Vuestro hijo se me quejaba de

injusticias.

--¿Y por qué el señor duque de Uceda no ha venido á mí, secretario

universal del despacho?--dijo ya con alguna irritación Lerma.

--Vuestro hijo sabe que yo no hago nada sin consultarlo con vos, y

encaminarse á mí, es punto menos que si á vos se hubiera encaminado.

--¿Pero de qué se queja el duque de Uceda?

--De que se le haya separado del cuarto del príncipe don Felipe.

--¡Ya! su excelencia quiere sin duda privar desde temprano con su

alteza, y esto es ya un principio de rebeldía.

--Pues ved ahí lo que dice el duque de Uceda: que al separarle del

príncipe se ha dudado de sus intenciones, que se ha supuesto lo que él

en su lealtad, no ha pensado; que las gentes creen ver en su separación

motivos ocultos y por lo tanto pretende... lo más extraño que puede

decirse, duque, es casi una rebeldía lo que vuestro hijo pretende.

--¿Y qué pretende, señor?--dijo Lerma, á quien pinchaban las palabras

del rey.

--Pretende que se le haga proceso, que en el tal proceso se demuestren

las causas por que se le ha quitado su oficio de ayuda de cámara del

príncipe... en fin, el duque dice que se va á presentar preso y á pedir

el proceso, si no se lo concedemos, al consejo de Castilla.

--El duque está loco, señor--dijo Lerma--, y como á tal no podéis

tenerle al lado del príncipe. Su petición demuestra su locura. ¿Pues

qué, vuestra majestad tiene necesidad de decir á un vasallo, por muy

alto que éste sea, ni debe decirle las razones que ha tenido para

quitarle un oficio que le había dado? Este es un crimen de lesa

majestad, señor, que debéis castigar con energía.

--Es que el duque de Uceda protesta hacia mí el más profundo respeto, y

dice... dice que sois vos su enemigo.

--Es decir, que el que comete un delito de lesa majestad contra su rey,

suponiéndole injusto, comete y debe necesariamente cometer otro no menor

delito: el de lesa naturaleza rebelándose contra su padre.

--Pues ved ahí: Uceda dice que no le miráis como hijo.

--Desgracia y grande ha sido para mí, que tal hombre sea hijo mío.

--Y añade, que quiere ese proceso para demostrar las razones que vos

habéis tenido para proponerme su separación del cuarto del príncipe.

--¡Razones contra mí!

--Sí; habla de pruebas...

--¿De pruebas de qué?

--Lo mismo pregunté á Uceda; pero pidiéndome perdón por no revelarme lo

que yo quería saber, me dijo que sólo presentaría las tales pruebas al

juez ó á los jueces que hiciesen el proceso.

--¿Es decir, que el duque de Uceda supone?...

--Que no me servís bien.

--Que presente, pues, las pruebas; que las presente--dijo conteniendo

mal su cólera por respeto al rey, Lerma--; entre tanto, señor, yo me

retiro á mi hogar, y dejo el honroso puesto que vuestra majestad me ha

dado.

--Ved, ved ahí por qué digo yo que hace un siglo estoy teniendo

paciencia; en vano me esfuerzo porque haya paz entre los míos; yo bien

sé que vos y vuestro hijo y todos los que me rodean, me quieren, son

leales, capaces de perder por mí la vida; pero todos reñís, todos os

mordéis, todos procuráis parecer los más leales, á costa de los otros; y

esto es un zumbar eterno que ya me atolondra, que me cansa, que me hace

infeliz.

--Por lo mismo, señor, admita vuestra majestad mi renuncia.

--No hay necesidad; yo no he desconfiado de vos.

--Sin embargo, señor... esas graves acusaciones exigen: ó que yo sea

juzgado, ó que lo sea mi hijo.

--¿Qué estáis diciendo, duque? ¿qué estáis diciendo?... ¿meterme queréis

en esos cuidados? yo os mando que sigáis ayudándome en el gobierno de

mis reinos.

--Y yo, señor, obedezco á vuestra majestad. Pero...

--¿Pero qué?

--Es necesario, para que tengamos paz, apartar de la corte á muchas

personas.

--La primera á don Francisco de Quevedo.

--¡Cómo, señor!

--Es muy aficionado á contar cuentos que nadie entiende.

--Don Francisco de Quevedo es uno de los vasallos más leales de vuestra

majestad.

--Paréceme, sin embargo, que le hemos tenido preso.

--Dos años. Es un tanto turbulento...

--Por lo mismo, dejémosle que se vaya con su duque de Osuna.

--Por el contrario, yo le guardaría...

--Pues prendedle otra vez, que no ha de faltar motivo. No sé qué he oído

de unas estocadas... ¡ah! ¡sí! don Rodrigo Calderón...

--En efecto, mi secretario Calderón, hace tres noches fué muy mal herido

y está en mi casa.

--Hirióle... ese bastardo de Osuna, ese don Juan, á quien yo no sé quién

ha hecho capitán de la tercera compañía de mi guardia española.

--Lo ha hecho, señor, la reina, por amor á su favorita doña Clara

Soldevilla.

--Esposa recientemente de ese don Juan... y á quien creo que ama

mucho... pues bien, prendamos á ese don Juan para poder prender á

Quevedo.

--¡Cómo!

--Como que dicen que Quevedo ayudó á don Juan á herir á don Rodrigo.

--Es necesario andar muy despacio en eso, señor; tales negocios pueden

salir al aire si se prende á don Francisco...

--¡Cómo! ¿también por ahí?

--Sí; sí, señor; don Juan, hiriendo á don Rodrigo, ha obrado como bueno

y leal, y como buen amigo suyo Quevedo, ayudándole... esto es...

midiéndose con otro hombre que favorecía á don Rodrigo.

--Pues mirad: podré engañarme, pero ese don Juan no me gusta.

--¡Y yo que traía á vuestra majestad para que la firmase una real cédula

de merced, para ese don Juan, del hábito de Santiago!

--Pues no; no hay que pensar en ello; ¿con que es decir que se nos lleva

la dama más hermosa de palacio, que se nos pone á la cabeza de la

compañía más brava de nuestros ejércitos, que nos hacemos los ciegos

ante un homicidio intentado por él y todavía queréis que le demos el

hábito de Santiago?

--No haríais más que doblárselo, señor, pues lo tiene ya.

--¡Cómo! ¿pues quién se lo ha dado?

--El gran don Felipe II, padre de vuestra majestad, lo concedió al duque

de Osuna para su hijo bastardo cuando aún no le había dado su madre á

luz.

--¿Y para qué dos mantos á un mismo hombre? eso es decirle que tiene

mucho frío y que queremos abrigarle.

--Eso quiere decir que vuestra majestad le cree digno del hábito por sus

hechos, como el gran don Felipe II le creyó digno de él por ser hijo de

quien era.

--Pero esto no estorba para que le prendamos.

--No; pero vuestra majestad no le debe prender.

--Dad, dad acá esa cédula--dijo el rey.

Lerma sacó un papel arrollado y le extendió delante del rey.

--Ahora--dijo Felipe III--necesito firmar otros dos papeles.

--¿Cuáles, señor?

--Dos órdenes de prisión.

--Creo que sean necesarias más.

--Pues bien, Lerma; decidme vos los que queréis que sean presos, y yo os

diré los que quiero tener encerrados y no disputemos más.

--Señor, yo no disputo con vuestra majestad.

--¿Pues qué estamos haciendo hace ya más de media hora? Disputar y no

más que disputar. Con que sepamos: ¿á quiénes queréis vos prender?

--Al duque de Uceda.

--Bien, prendámosle en el cuarto del príncipe.

--¡Señor!--exclamó completamente desconcertado por aquella salida del

rey, Lerma.

--Sí, sí, volvámosle su oficio al ayuda de cámara del príncipe don

Felipe.

--Pues cabalmente eso es lo que el duque desea.

--Pues porque lo desea, y para que nos deje en paz, concedámoselo;

mandad extender la provisión y traédmela al momento al despacho.

Lerma desconocía al rey.

El rey mandaba.

Lerma no estaba acostumbrado á aquello.

--Señor--dijo--, yo no puedo seguir siendo secretario de vuestra

majestad.

--Os lo mando yo--dijo el rey.

--Obedezco, señor.

--A fray Luis de Aliaga, le nombramos confesor de la reina--dijo el rey.

Estremecióse Lerma.

--Traednos el nombramiento. Al conde de Olivares le reponemos en su

oficio de caballerizo mayor.

--¡Ah, señor! ¡Dios quiera que no os pese!

--Al conde de Lemos, vuestro sobrino, levantamos su destierro.

--Todos son enemigos míos, señor.

--¿Y qué os importa, si es vuestro amigo el rey?

--Sea lo que vuestra majestad quiera.

--Envíense correos á don Baltasar de Zúñiga para que se vuelva á su

oficio de ayo del príncipe don Felipe.

Lerma, aterrado, se resignó.

Aquel era un golpe mortal.

Sus enemigos triunfaban.

¿Pero de qué medios se habían valido?

Ignorábalo el duque, y esta ignorancia le aterraba.

--Además--dijo el rey--, orden de prisión contra don Francisco de

Quevedo y don Juan Téllez Girón. Los enviaréis á Segovia.

Lerma no se atrevió á replicar.

--Id, id; extended todas esas órdenes y traérmelas al momento para que

las firme.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 51 / 66 段