las adulaciones de los miserables; pero la sed del corazón no la calma
el oro. Ni un maravedí quiero tuyo. Y escucha: como dentro de un
momento no esté preso don Juan Téllez Girón, que está en el alcázar y en
el cuarto de su esposa, y ese Quevedo no duerma preso esta noche, obro,
duque, obro y ¡ay de ti en el momento que yo obre!
--¡Y no hay medio en lo humano!
--Ninguno.
--Bien; será lo que quieras.
--¡Presos don Francisco y don Juan!
--¡Presos!
--¡Al momento!
--¡Al momento!
--Pues vete y manda extender las órdenes.
--¿Y te quedas aquí?
--Sí, no quiero asustarte desapareciendo delante de ti.
--Debe haber aquí alguna puerta secreta.
--Pues bien; ¿qué importa? bastante seguro te tengo. Mira.
El bufón se levantó, llegó al secreter de la derecha, oprimió un resorte
y el secreter giró dejando descubierta una obscura entrada.
--Adiós, duque, adiós--dijo el bufón desapareciendo por ella--, y no te
atrevas á desobedecerme.
El secreter volvió á girar.
El duque quedó aterrado.
Parecíale, ó mejor dicho, quería que le pareciese aquello un sueño.
Pasóse la mano por la frente, hizo un violento esfuerzo, se resignó y
salió y abrió la primera puerta.
--Que entre Ledesma--dijo á uno de los oficiales.
Y se volvió al camarín y se puso á papelear para disimular su turbación.
Entró Ledesma.
--Sentáos--le dijo el duque--y tomad nota.
Ledesma se sentó.
--Levantamiento del destierro del conde de Lemos--dictó el duque;
reposición en su oficio de ayo del príncipe de Asturias á don Baltasar
de Zúñiga; reposición en su oficio de caballerizo mayor al conde de
Olivares; nombramiento de confesor de su majestad la reina al reverendo
padre fray Luis de Aliaga, y por último, reposición en su oficio de
ayuda de cámara de su alteza el príncipe don Felipe, al duque de Uceda.
--Ya está, señor--dijo Ledesma.
--Ahora aparte: comuníquese urgentemente orden al alcalde mayor, para
que luego haga prender, donde los halle, á don Francisco de Quevedo y
Villegas y á don Juan Téllez Girón, como causantes de la herida de don
Rodrigo Calderón, y pase de oficio para que sin levantar mano se empiece
á formar el proceso; que cada oficial extienda una de esas minutas y
traédmelas para el despacho de su majestad.
Ledesma salió asombrado, comprendiendo la razón de la malísima cara que
tenía el duque.
Poco después, en vista de las minutas que se estaban extendiendo, se
daba por segura en las secretarías de Estado la caída del ministro
universal duque de Lerma.
Lerma entre tanto, encerrado de nuevo, buscaba en vano el resorte del
secreter que cubría el pasadizo por donde había desaparecido el bufón.
CAPÍTULO LXIV
DE CÓMO QUEVEDO BUSCÓ EN VANO LA CAUSA DE SU PRISIÓN, Y DE CÓMO CUANDO
SE LO DIJERON SE CREYÓ MÁS PRESO QUE NUNCA
Antes de entrar en la materia de este capítulo, debemos dar algunas
noticias á nuestros lectores á la manera de sueltos de periódico:
--Don Juan Téllez Girón fué preso aquel mismo día, en el aposento de su
esposa doña Clara de Soldevilla, como acusado del estado en que se
encontraba don Rodrigo Calderón, y en el momento en que preparaba un
viaje, circunstancia agravante que el alcalde encargado de su prisión
hizo constase en la diligencia del escribano que le acompañaba.
--Doña Clara Soldevilla solicitó una audiencia del rey y no pudo
conseguirla.
--Dorotea esperó en vano toda la tarde al duque de Lerma y á don
Francisco de Quevedo, con la mesa puesta, y ya cerca de la noche se puso
verdaderamente mala y se metió en el lecho.
--El cocinero de su majestad fué á avisar al excelentísimo señor duque
de Lerma, que doña Ana de Acuña recibiría á obscuras al rey á las doce
de aquella noche.
Al salir Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, de
casa del excelentísimo señor duque de Lerma, se encontró manos á boca
con el tío Manolillo, bufón del rey, que le asió por un brazo y le metió
en una taberna, donde se encerró con él en un aposento.
El tío Manolillo hizo vomitar al cocinero de su majestad cuanto sabía
acerca de la cita que el duque tenía aquella noche con doña Ana de
Acuña.
Al salir de la taberna, separáronse el cocinero mayor y el bufón, y este
último se fué en busca de un alcalde de casa y corte.
Conocidas de nuestros lectores estas noticias, entraremos de lleno en el
asunto del presente capítulo.
La silla de manos en que había sido metido Quevedo, y en que Quevedo se
había dormido, anduvo hasta parar en un lugar de que no podía darse
cuenta Quevedo; primero, porque con su cansancio, su largo desvelo y su
admirable fuerza de ánimo, dormía profundamente; y segundo, porque
aunque hubiera estado despierto, la silla de manos estaba herméticamente
cerrada y á obscuras.
Pero de repente Quevedo hubo de despertar al contacto de una mano que le
movía.
Abrió los ojos, se los restregó, se desperezó, y... se encontró todavía
á obscuras.
--Salid, don Francisco--dijo la voz del alcalde Sarmiento.
--¡Ah! ¡conque hemos llegado! ¡pues me alegro! quitáos de delante no
tropiece con vos, licenciado Sarmiento, que lo sentiría por lo que de mí
se os pudiese pegar, y dígame vuesa merced, si no le enoja: ¿se han
acordado de poner cama?
--Aquí os quedaréis--dijo el alcalde.
--Sea por minutos, amigo. Y como no me contestáis y os despedís, id con
Dios.
--Que Dios os guarde.
Sintió Quevedo el ruido de las pisadas de algunos hombres, y luego
cerrarse una puerta.
--¿De donde vendrá ese chubasco?--dijo para sí, palpando en torno
suyo--; no lo sé... no adivino; una silla... pues señor, estoy en mi
casa... una cama mullida... afírmome en lo dicho... y á obscuras... me
afirmo más; calabozo tenemos, guardados estamos, y... sueño tengo;
dejémonos de suposiciones inútiles, y acostémonos, y continuemos el
sueño interrumpido.
Y Quevedo se acostó, no así como quiera, sino desnudándose como si
hubiera estado en su casa.
Pero por esta vez no se durmió.
Había descabezado, como suele decirse, el sueño en la silla de manos; la
situación en que se encontraba era grave por más de un concepto, y su
poderosa imaginación empezó á dar vueltas.
Pero las vueltas de su imaginación se agitaban en un laberinto obscuro,
en el que se perdía más y más cuanto más pugnaba por encontrar la
salida.
Y como la imaginación es tan libre que se agita más cuanto más
pretendemos sujetarla, la cabeza de Quevedo llegó á convertirse en una
devanadera.
Pasáronsele muy bien dos horas sin que pudiese atinar con la causa de su
prisión, porque para él era indudable que el prenderle no convenía al
duque de Lerma, y que siendo el duque tan apegado á su conveniencia, no
era ni aun razonable creer que su prisión proviniera de él.
Ocurriósele, y acertó, que doña Catalina podía ser la causante, pero
Quevedo tenía, como todos los hombres, dentro del cuerpo, el enemigo
mayor del género humano: el amor propio.
Y su amor propio decía á Quevedo que doña Catalina estaba rendida á su
voluntad, que lloraría mucho, que buscaría todos los medios imaginables
para retenerle á su lado, pero que jamás obraría en contra suya.
Su amor propio, como ven nuestros lectores, engañaba á Quevedo,
sobreponiéndose á su sagacidad y á su prudencia, que de una manera
instintiva le decía, y le había dicho, que todo debía temerlo de la
rabia y el despecho de la condesa de Lemos.
Ni asaltó el pensamiento á don Francisco que el bufón podría tener
interés alguno en que le hiciesen preso, ni pudo, por consiguiente,
encontrar una solución satisfactoria que justificase su prendimiento.
--Hanme preso--decía--por recelos muchas veces; hánme traído de acá para
allá; pero en esas ocasiones, si no he mordido, he conspirado, y si no
he conspirado he pensado en conspirar. Ahora no tengo contra mí nada,
absolutamente nada, porque, según el viento que corre, lo de la herida
de Calderón no hay que tomarlo en cuenta. Temí por don Juan, pero puse
en planta lo que sobra para tener descuido, y ó yo me he vuelto tonto, ó
mi prisión no entiendo, ó anda por la corte algo que yo no veo. Por
fortuna, no hay bien ni mal que cien años dure; alguno ha de hablar
conmigo, que no han de tenerme emparedado, y entonces ya sabré yo lo que
me pasa, más por lo que no me digan que por lo que me quieran decir.
Interrumpió á Quevedo el ruido de una llave en una cerradura, sintió
pasos y una voz desconocida que le dijo:
--Sígame vuesa merced, señor don Francisco de Quevedo y Villegas.
--Del hábito de Santiago, señor de Juan Abad y poeta--contestó Quevedo.
--Espera á vuesa merced quien le ha de llevar á otra parte.
--Pues espérese el que ha de llevarme á que me vista, que yo me creía en
casa y habíame desnudado; y si quieren que despache pronto, tráiganme
luz, que no se ponen bien las agujetas á obscuras.
--A obscuras habéis de vestiros como á obscuras os habéis desnudado, y á
obscuras habéis de ir como habéis entrado á obscuras.
--Obscuridad cerrada tenemos, en el caos andamos; alguna creación anda
cerca; y ¿á dónde habéisme de llevar, señor mío?
--No lo sé yo eso; que no traigo orden más que de sacaros de aquí, y
hágame vuesa merced la gracia de no preguntarme más, porque tendré el
dolor de no poderle responder.
--¿Adolecedor sois? Pues con alguacil no trato; hombre de bien tengo al
canto; hidalgo barrunto; huélgome de ello, que siempre es bueno, aun en
lo más malo, al dar con gente bien criada.
--Pero vuesa merced se vale de eso para vestirse con gran espacio, y yo
rogaría á vuesa merced que abreviara, que la jornada es larga, la noche
mala, y los caminos con tanto llover de los diablos.
--¿Es decir que Madrid se me escapa?
--Fuera de Madrid va vuesa merced.
--Pues quien de Madrid me saca debe ser persona que puede.
--Gran secreto se tiene con vuestra prisión--dijo el hombre misterioso,
acercándose más á Quevedo--; interés hay en que vuesa merced se
pierda...
--Pues no es eso fácil, que no nací yo para perdido.
--Traspapelar quieren á vuesa merced; pero yo, que soy algo dado á
papeles, y por algo letrado me tengo, y me he regocijado mucho con los
versos de vuesa merced, y aprendido muy mucho más con los discursos de
vuesa merced, no soy mío por más que me hayan mandado que calle, y
quiero advertir á vuesa merced.
Púsose en guardia Quevedo, á quien parecía un tanto sospechosa aquella
facilidad en soltarse de lengua, en quien tan severo había empezado, y
dijo:
--Páguele Dios, hermano, la buena voluntad que me tiene, si es que yo no
puedo pagársela, que sí podré, que estas son tormentas que pasan, y
dígame lo que quiera, que aprovechará.
--Breve tiene que ser, porque esperan y pudieran sospechar.
--Con media palabra entiendo yo. ¿Por quién soy preso?
--Por el rey.
--Eso ya me lo sabía, que á nadie se prende sino á nombre de su
majestad; que el nombre de su majestad hace ya mucho tiempo que sirve
para embozar cosas malas.
--Os han preso con justicia.
--Cierto es que con alguaciles me prendieron.
--Con razón.
--Tenéis razón, que razón es que los tales prendan, que si no
prendieran, no serían corchetes.
--Quiero decir, que vos tenéis la culpa de haber sido preso.
--También decís verdad, que por dejar yo la espada presa, he dado en
prisiones.
--No es eso, don Francisco; habéis cometido un delito.
--Estáis echando un río de verdades. Gran delito es, en efecto, el venir
en estos tiempos á la corte.
--Habéis malherido á don Rodrigo Calderón.
--No fuí yo... pero quiero tomar mi parte en esa buena acción, porque al
fin ayudé á ella. ¿Y por haber sangrado á un pícaro me prenden? ¿Y á
esto llaman delito?
--Las cosas han variado.
--¿Priva de nuevo Calderón?
--El alcázar se ha vuelto de arriba abajo.
--Gran suceso y grande espectáculo. ¿Echádose ha el alcázar á
volatinero?
--Más de lo que pensáis. En fin, y para abreviar, que ya nos detenemos
demasiado, habéis sido acusado por el duque de Lerma, juntamente con
don Juan Téllez Girón, de homicidio contra don Rodrigo; y como don
Rodrigo se va por la posta...
Pues si se va me alegro, que nosotros por aquí nos quedamos, y á fe mía,
que no ha de faltar quien pague las costas. Gran servicio habremos hecho
con la ida de tal, al rey y á la patria.
--Pues piden vuestra cabeza.
--Menores cosas he pedido yo, y heme quedado sin ellas; que si á todo el
que pide le dieran, pronto se echarían todos á pedir y no quedaría quien
pudiera dar. ¿Y á dónde me llevan?
--A Segovia.
--Honrosa cárcel me dan. Y con esto y no tener ya nada que ponerme salvo
la daga y la espada que me han quitado, recibid mi agradecimiento,
alguacil desalguacilado, y vamos, que el moverme me hará provecho.
--Acercad y asíos de mi capa.
--Téngoos ya.
--Pues marchemos, y silencio.
--Silencio y marchemos.
Tiró para adelante el hombre, á cuya capa iba asido Quevedo, y siguióle
éste pensando para sus adentros:
--Póneme más en cuidado que nunca la amistad de éste; paréceme que se
han propuesto asustarme... ¡y vive Dios! que lo han conseguido... por
mí, acostumbrado estoy á estas aventuras... pero don Juan... preso
también... ¡pueden salir de aquí tantas cosas!...
--Señor alcalde--dijo en aquel punto el hombre que guiaba á Quevedo--:
aquí tiene vuestra merced al preso.
--¿Sois vos don Francisco?--dijo la voz ronca y tiesa, por decirlo así,
del licenciado Sarmiento.
--Yo soy, á menos que no me equivoque, amigo.
--Entrad en esa litera.
--Pónganme junto á ella; pero ya la topo; adentro voy; buenas noches y
buen viaje.
--¡Si sois vos el que os vais!
--No, licenciado Sarmiento; vos sois el que os vais de mí... y me
alegro. Guardéos Dios.
Estaba ya dentro Quevedo y se cerró la puerta de la litera.
Esta se puso en movimiento.
Durante algún espacio, Quevedo oyó el ruido de las gentes que pasaban,
y el viento que zumbaba en los aleros de las calles.
Después, aquel ruido cesó: oíase el zumbar del viento, largo, extendido,
como en el campo, y sólo se oyeron los pasos de las mulas de la litera y
los de algunas cabalgaduras que marchaban constantemente junto á ella.
CAPÍTULO LXV
DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO NO HABÍA DADO SU OBRA POR CONCLUÍDA
A penas el licenciado Sarmiento había entregado á cuatro alguaciles de á
caballo la guarda de Quevedo, con la orden verbal de que le recibiese
preso el alcaide del alcázar de Segovia, y se había alejado de la casa
con su ronda de alguaciles, cuando se le plantó delante de la luz de la
linterna (porque era ya de noche) un hombre pequeño, cubierto con un
sombrero gacho, y envuelto en una capa negra.
--¿Qué me queréis?--dijo secamente el licenciado.
--¿Es vuesa merced, como lo parece, alcalde de casa y corte?--dijo aquel
hombre, cuyo acento era indudablemente afectado.
--Tal soy--dijo el licenciado.
--Pues tomad este pliego y enteráos de él en servicio del rey y de la
justicia.
Tomó el alcalde el pliego, y apenas le hubo tomado, cuando el
desconocido, volviéndole rápidamente la espalda, dió á correr con una
velocidad maravillosa.
--¡Síganle y agárrenle!--gritó el alcalde.
Siguiéronle algunos alguaciles, pero volvieron á poco diciéndole que
aquel hombre se les había perdido.
Puso preso el alcalde á aquellos alguaciles, por el delito de no haber
tenido tan buenas piernas como el huído, y después de esto fuese á su
casa, encerróse en su despacho, sentóse delante de una mesa cargada de
procesos, y sacando el pliego que el hombre misterioso le había dado,
leyó en él lo siguiente:
--«Señor alcalde: Un hombre ha sido asesinado...»
Al leer esto el licenciado Sarmiento, le bailaron los ojos de alegría.
Porque el licenciado Sarmiento era alcalde en cuerpo y en alma, y se
alegraba de los delitos, como los médicos se alegran de las
enfermedades, los clérigos de los entierros, y los sepultureros de los
muertos.
La alegría le hizo detenerse un momento, y luego prosiguió:
«Un hombre ha sido asesinado á traición. Este hombre es el sargento
mayor don Juan de Guzmán. El causante de este asesinato, ó los
causantes, han sido don Francisco de Quevedo y Villegas...»
La alegría nubló de nuevo los ojos del licenciado, porque, como todos
los tontos á los hombres de ingenio, tenía suma ojeriza á Quevedo.
Después, prosiguió:
«Los causantes han sido, don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito
de Santiago, y don Juan Téllez Girón, homicidas, al menos por intento,
de don Rodrigo Calderón. El medio del asesinato ha sido Francisco
Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, por instigación de los
tales don Francisco y don Juan, y el lugar del asesinato donde, si se
busca bien, se encontrará el cadáver del dicho sargento mayor, la casa
de doña Ana de Acuña, aventurera y manceba á un tiempo del duque de
Uceda y del difunto, en la calle de Amaniel. Esté vuesa merced atento, y
verá cómo á la media noche entran algunos en su casa por el postigo.
Guarde Dios á vuesa merced.»
--¡Oh! ¡oh! ¡oh!--exclamó el alcalde--; ¡asesinato de hombre casa de la
querida del duque de Uceda, y á manos del cocinero mayor de su majestad!
Este tal cocinero es muy rico, y el duque podrá ser que se interese
harto por su manceba. ¡Oh! ¡oh! ¡oh!
Y el licenciado se quedó gratamente abismado en la contemplación del
resultado futuro de un negocio en que podrían cruzarse sendos doblones.
Pero como todo lo que tenía de salvaje en la acepción completa de la
frase el licenciado, lo tenía de activo, hizo llamar á aquella hora, que
ya era bien entrada la noche, á un escribano, empezó por encabezar el
proceso con la declaración testimoniada de lo que le había acontecido
con el hombre de la capa, sin olvidarse de unir la denuncia original, é
_incontinenti_ con el mismo escribano y diez alguaciles, fuese á la
calle de Amaniel, y con las linternas cerradas y la mayor cautela,
escondiéronse él y sus gentes, de tal modo, que nadie, como no hubiera
tenido la cualidad de oler á la justicia, hubiérala creído en aquellos
lugares.
Entre tanto, la hermosa doña Ana, sola, porque siguiendo los consejos
del bufón, había despedido á sus criados; aterrada, porque la situación
en que se encontraba, teniendo en las habitaciones inferiores el
cadáver, cosido á puñaladas, del sargento mayor, no era para menos;
halagando la sola esperanza de que el rey, á quien esperaba por anuncio
de Montiño, enamorada de él, la salvaría, ocupábase en acabar de
ataviarse de una manera magnífica, porque, aunque según lo convenido,
debía recibir al rey á obscuras, por el tacto, lo mismo que por la
vista, se aprecian las buenas telas y las ricas alhajas, y en echar
esencias en sus cabellos y en procurarse por todos los medios parecer
hermosa sin luz.
La situación de aquella desdichada no podía ser más espantosa, más
dramática; basta anunciarla para que se comprenda. Un terror profundo y
una ansiedad mortal... y sin haber comido, privada de sus criados; y sin
haber visto un sólo resquicio de salvación, entre las tinieblas de
horrores que la rodeaban.
Cada vez que resonaba un reloj á lo lejos, el corazón de doña Ana cesaba
de latir; cada vez que resonaban pasos en la calleja á donde daba el
postigo de su casa, una ansiedad mortal la devoraba. Los pasos se
acercaban, llegaban, se alejaban. No era el rey.
Al fin, dieron á lo lejos las doce de la noche.
La sangre de doña Ana circuló con fuerza, ardió, la dieron fuertes
latidos las sienes y el corazón; se nublaron sus ojos... Era la hora de
la cita; resonaron inmediatamente pasos en la calleja; doña Ana escuchó
con toda su vida apoyada en el alféizar de la ventana que daba sobre el
postigo; luego resonó una llave en aquel postigo; la alegría dió fuerzas
á doña Ana; la esperanza valor; se retiró precipitadamente de la
ventana; tomó la luz que había en la habitación, y entró en otra que era
su dormitorio; de allí pasó á otra que era su cámara; allí encendió una
linterna de resorte que tenía preparada, la cerró, la puso sobre una
mesa, apagó la bujía y se quedó á obscuras esperando impaciente en medio
de la cámara.
Resonaron al fin pasos en el dormitorio, crujieron las vidrieras al
tropezar en ellas una persona, y la voz cobarde, trémula del cocinero
mayor, dijo desde en medio de la obscuridad:
--¿Estáis ahí, señora?
Doña Ana hizo un violento esfuerzo sobre sí misma para que su voz no
temblase y contestó con acento dulce:
--Sí, sí, señor Francisco Montiño. ¿Viene con vos ese caballero?
--Tenéisme aquí impaciente, hermosa señora--dijo el duque de Lerma.
Debemos advertir que doña Ana no había oído nunca hablar ni al rey ni al
duque de Lerma; y que la voz del duque, por la soberbia de éste, y su
gran aprecio de si mismo, tenía un timbre particular, hueco, campanudo,
grave, que daba á conocer al gran señor que habla siempre mandando,
imponiendo, obteniendo inmediatamente una respetuosa obediencia.
--Retiráos abajo, Montiño--añadió el duque.
Y luego dijo:
--¿Dónde estáis, señora?
--Aquí, mi señor; venid, adelantad, tomad mi mano; yo os guiaré.
El duque, guiado por el sonido, buscó entre la obscuridad y tropezó
primero con un traje de brocado; luego con un hombro redondo que se
retiró de una manera nerviosa, y al fin, con un brazo desnudo de una
morbidez y una suavidad exquisitas, yendo á parar, por último, á una
mano incomparable por su forma, pequeña, gruesecita, cuajada en los
dedos de gruesos cintillos, que temblaba y estaba fría.
--¿Qué os espanta, señora?--dijo el duque mientras doña Ana le conducía
á tientas hacia un lado de la cámara.
--Me espanta--dijo doña Ana con su sonora y dulce voz de mujer
hermosa--, me espanta la situación en que me encuentro, que es horrible.
--¡Horrible! No alcanzo á comprenderos; ¿horrible porque yo estoy aquí?
--Sí; sí, señor, porque si mi situación no fuese horrible, no estaríais
vos aquí.
--¡Explicadme, explicadme, señora!--dijo el duque con cierta magnífica
majestad, porque suponía que todo aquello no era más que un prefacio de
costumbre.
--Si yo no hubiera necesitado de la protección de una alta persona,
cuando Montiño me trajo de vuestra parte el regalo que tengo al
cuello...
--¡Ah, señora!
--Podéis creer que el haber yo consentido ha sido por ese regalo; pero
os engañáis si creéis eso, señor; lo he aceptado porque me encontréis
humilde, porque queráis mejor ampararme.
--¿Pero qué os sucede?
--Estoy sola en el mundo; sola y amenazada de mil peligros. Cuando
Montiño me dijo que una altísima persona me amaba...
--Otros hay más altos que yo, señora.
--¡Oh, no, sólo Dios!
--¿Quién os ha dicho eso?--dijo con una gravedad eminentemente cómica el
duque, que quería pasar por rey...
--Nadie... pero... mi corazón...
--¡Vuestro corazón!
--Yo había ido muchas veces á la corte, señor; las mujeres somos locas,
insensatas; nos gusta, nos enamora lo grande, lo que deslumbra...
--¡Y os he deslumbrado yo!
--¡Ah, señor!, vos sois el sol de las Españas.
--¡El sol yo! ¡pero no veis que estamos á obscuras!
--Yo os veo claro, como si fuera de día... como si... estuviérais...
--¿Como si estuviera dónde?
--No me atrevo, señor, ¡habéis mostrado tal empeño en no ser
conocido!...
--Sin embargo, vos lo mostráis también en hacerme entender que me
conocéis.
--Porque en ello me va mi honra.
--¡Vuestra honra!
--Sí, sí por cierto; yo no podía ser esclava de otro que de vos.
--¡Ah! ¿pero quién créeis que soy yo?
--No me atrevo á decíroslo.
--Hablad, hablad sin temor, señora.
--¿Me dais vuestra noble palabra de no enojaros?
--Os la doy.
--Pues bien--dijo doña Ana arrodillándose de repente á los pies del
duque de Lerma--; yo soy vuestra, señor, en cuerpo y en alma.., porque
hace mucho tiempo que, loca, fuera de mí, amo á vuestra majestad.
--¡Mi majestad!--dijo el duque fingiendo el más profundo asombro--;
¡cómo, señora! ¿habéis creído que yo soy el rey?
--¡Ah, señor, señor!--exclamó doña Ana cubriendo de trémulos besos las
manos del duque; vuestra majestad me ha dado su real palabra de no
ofenderse.
--Y no me ofende más que el dolor de no ser rey, puesto que al rey amáis
vos; pero levantáos, señora, no sois vos la que debéis estar á mis pies.
--¿Es decir que tenéis empeño formal en que yo no os reconozca?
--Creed que hay en mí grandes razones para no querer ser conocido de
vos.
--Respeto esas razones, señor, las respeto, y me someto á vuestra
voluntad.
--¿Quedamos, pues, en que yo no soy el rey?
--Sí; sí, señor.
--Gracias, señora, gracias. Ahora decidme: ¿cuál es la situación
horrible en que os encontráis? Hablad, que aunque yo no sea el rey,
tengo poder bastante para salvaros.
--Juradme por vuestra alma que me salvaréis y que no desconfiaréis de
mí.
--Os lo juro.
--Voy á ser muy franca con vos.
--Os lo agradeceré.
--Yo, señor, no soy noble.
--Tenéis la nobleza de la hermosura.
--Nací en las playas de Galicia, señor, y Dios, sin duda para probarme,
me dió esta funesta hermosura.
--¡Vuestros padres fueron pobres!