--¡Oh! no temáis, señor; yo no sé cómo lo he dicho á vuecencia; ¡estaba

loco!.., pero ahora, con el amparo de vuecencia, es distinto... distinto

de todo punto... empiezo á vivir de nuevo.

--Id, pues, á ver á doña Ana, y convenid con ella á qué hora podré verla

esta noche.

--Iré, señor.

--Y volved á avisarme.

--Volveré.

--Buscad á don Juan Téllez Girón, y dadle de mi parte esa cruz.

--Le buscaré.

--Podéis iros, Montiño, confiando en mí.

--Perdonad, señor; pero antes tengo que deciros algo.

--¡Qué!

--¡La Dorotea!...

--¡Dorotea!

--Sí; sí, señor: Dorotea la comedianta me ha dado para vuecencia esta

carta.

El duque la leyó.

--¡Dorotea!--exclamó para sí el duque--; Dorotea es... yo no sé lo que

Dorotea es del bufón del rey... esta muchacha me ama... la deslumbro...

pues bien... me conviene ir á verla... Tranquilizáos é id en paz--dijo

en voz alta dirigiéndose á Montiño.

--Beso las manos á vuecencia, y le doy las gracias por tanto bien como

me hace.

--Id, id con Dios, buen Montiño--dijo el duque abriendo una puerta para

que el cocinero saliera--, y confiad en mí.

Montiño salió haciendo reverencias al duque.

Cuando el duque quedó solo, mandó poner una litera, y cuando ésta estuvo

corriente, salió de su casa, sin acordarse de revocar la orden de

prisión que á instancias de su hija había dado contra Quevedo.

Lerma estaba tan trastornado con lo que le acontecía, como con sus

asuntos el cocinero mayor.

La duquesa de Gandía, por el momento había interpuesto en balde,

respecto á Quevedo, su influencia para con el duque.

Este se hizo conducir en derechura á casa de la Dorotea.

CAPÍTULO LIX

DE CÓMO DOROTEA ERA MÁS PARA CON EL DUQUE, QUE EL DUQUE PARA CON EL REY

Dijimos al final del capítulo LV, que cuando Casilda, la doncella de

Dorotea, anunció á su señora la llegada del duque de Lerma, la Dorotea

escondió á Quevedo en su dormitorio, á fin de que pudiese oír su

conversación con el duque de Lerma, y que luego, quitado de en medio

cuanto podía parecer extraño al duque, se sentó en el hueco de un

balcón, y se puso á estudiar su papel de reina Moraima.

El duque entró al fin, grave, espetado y con el sombrero puesto como

tenía de costumbre.

Al verle la Dorotea se levantó, arrojó el papel sobre una silla y se

inclinó ceremoniosamente en una cumplida reverencia ante su hinchado

amante.

--Mil gracias, señor--le dijo--, pues al fin os dejáis ver de esta pobre

mártir.

Y puso un sillón al duque.

--¿Cómo os va, Dorotea?--dijo éste sentándose y extendiendo hacia la

joven una mano, que ésta estrechó con respeto.

--Me va muy mal--dijo la Dorotea sentándose bruscamente en un taburete á

los pies del duque--, y esto no puede continuar así.

--¿Qué decís, señora?

--No me llaméis señora--dijo la Dorotea--; yo no soy señora, soy una

comedianta; una mujer que ha nacido para vivir libre como los pájaros,

cantando siempre de rama en rama... para estar alegre, para gozar...

para tener un amante... un verdadero amante que la ame, y no la trate

con esos insoportables miramientos con que vos me tratáis... que no se

pase los días sin verla... que no la olvide por nada... que no se vea

obligada á llamarle señor, más que de su alma... y esto dulcemente... en

fin, que no la aburra, que no la entristezca, que no la fastidie.

--Indudablemente estáis de muy mal humor, Dorotea.

--Tenéis razón, estoy de un humor endiablado.

--¿Y qué queréis?...

--Que acabemos de una vez; yo no sé aún lo que soy para vos.

--¿Que no lo sabéis?

--Quiero no saberlo, aunque vos me lo decís claramente con vuestra

conducta.

--Pero en fin... ¿qué creéis vos?

--Creo que yo para... vuecencia... soy... así, como una cosa que se

tiene por vanidad... porque cuesta muy cara.

--¡Oh! ¡oh!

--Ni más ni menos; vos supísteis que había en la corte una mujer que

había despreciado las ofertas, los regalos, las súplicas de los señores

más principales, y os dijísteis... por vanidad, por pura vanidad: es

necesario que esa mujer sea mía, cueste lo que cueste, valga lo que

valga; es necesario que, como soy el dueño de la primera persona del

reino, lo sea también de esa dificultad viviente. Es necesario que yo

humille la vanidad de los demás.

--¿Y me habéis llamado para esto?

--Cierto que sí; para deciros que de vanidad á vanidad, la mía es mayor

que la vuestra.

--¡Ah! ¡vuestra vanidad!

--Ciertamente; ¿habíais creído que yo os amaba?

A esta inesperada pregunta de la Dorotea, el duque puso un gesto

imposible de describir, en que lo que más se determinaba era una

contrariedad terrible.

La Dorotea soltó una larga carcajada.

--Pues no os amo, ni os he amado nunca, ni os puedo amar--dijo

inmediatamente después de la carcajada.

--¡Señora!--dijo el duque pálido de cólera.

--No me llaméis señora, ya os lo he dicho; llamadme Dorotea; no os

irritéis tampoco; debéis apreciar el que yo os diga la verdad. Y

además, si no os amo, no es porque no quiero amaros, sino porque no lo

merecéis.

--¡Que no lo merezco!

--No, porque no me amáis. El corazón se rinde al amor, y el amor es tan

libre, que todos los tesoros del mundo no bastan para comprarle; ¿cómo

he de amaros yo, si desde que os conocí estoy quejosa de vos?

--¡Quejosa! ¿Qué habéis querido que no lo hayáis tenido?

--¡Bah! si yo he aceptado vuestros regalos, no ha sido porque me hagan

falta, sino porque mi vanidad se halaga con los sacrificios que vuestra

vanidad hace por mí.

--¡Sacrificios! ¿creéis que me he visto obligado á hacer sacrificios

para complaceros?

--Sí.

--Os equivocáis.

--Cuando se me ocurrió tener una casa mía, amueblada á mi gusto,

ostentosamente, como la de un grande de España, con bodega y despensa

provistas de los mejores vinos y de los mejores manjares del mundo, os

vísteis apurado.

--Os juro que no.

--No me dijísteis ni una palabra en contra, ni hicísteis nada, ni

siquiera un gesto que pudiera indicar que mi petición os disgustaba; por

nada del mundo hubiérais pronunciado la palabra _no quiero_. Yo lo

sabía, pero quería que la vanidad de decir, de que supiese todo el mundo

que yo era vuestra querida, os costara muy caro; y no me contenté con la

casa, y con los muebles, y con la cocina, y con los criados, y con la

carroza, y con el camarín forrado de raso en el coliseo; no, no, señor:

os pedí diamantes, y perlas, y brocados, y sedas, y plumas, y encajes...

habéis gastado conmigo un tesoro, sólo por hacer rabiar á los otros

grandes y decirles: yo soy más que vosotros, mucho más que vosotros; yo

tengo todo lo que vosotros no podéis tener, desde el rey hasta la

cómica... y ellos rabian... y como lo que me habéis dado es el precio de

la rabia que hacéis tener por mí á más de tres, no os agradezco lo que

me habéis dado, y lo doy á mi vez á quien quiero.

--Si sé para lo que me llamábais, no vengo.

--Y yo creo que vos no habéis venido porque os he llamado; que os he

llamado otras veces, y no os ha faltado pretexto para no venir: creo que

habéis venido para algo que os conviene... sobre todo de día y viéndoos

las gentes...

--Dejemos esta conversación, Dorotea.

--Por el contrario, sigámosla para que lleguemos á donde debemos llegar.

--¿Pues qué, tenemos que llegar aún á alguna parte?

--¡Vaya...! pero continuemos. A mi no me hacía falta, absolutamente

falta nada de lo que me habéis dado; me trataba muy bien antes de

conoceros, y tan cierto es esto, que os he llamado para devolveros todo

eso, y salir antes que vos de esta casa, si no quedamos en lo que hemos

de quedar.

--¡Qué decís!

--Digo... que... si no sois enteramente mío como el rey lo es vuestro,

tomo ahora mismo por amante... ¿á quién diré yo...? á un aposentador muy

rico que anda enamorado de mí, y á quien puedo arruinar en tres días.

--¿Pero estáis loca?

--Y todo el mundo dirá, conociéndoos, al ver que os dejo: mal debe de

andar el duque de Lerma; su querida, que es una cómica interesada donde

las hay, le ha dejado por un aposentador... luego el duque puede menos;

ved de qué modo una cómica puede poner á vuecencia, secretario de Estado

universal del rey, por debajo de un cualquiera, de un hombre burdo, de

un aposentador.

--¿Y seríais capaz...? ¿habláis seriamente?

--Tan seriamente, que voy á empezar á deciros lo que quiero.

--Veamos, veamos lo que queréis.

--Quiero, en primer lugar, ocupar el lugar que me corresponde.

--¿Pues qué, no le ocupáis?

--No por cierto. Las queridas de los grandes hombres, son ó deben ser

más que sus queridas. Deben partir con ellos el poder, la autoridad,

deben ser omnipotentes. ¿Qué importa que la querida sea una cómica? al

elegirla, el grande hombre la ha igualado á sí; esto no admite réplica,

porque la querida de un grande hombre debe ser una gran mujer, y si no

lo es, algo hay de vano en el hombre á quien todos tienen por grande.

--Esa mujer puede tener, como vos, una gran hermosura...

--No me extraviéis, no me respondáis. No será muy grande su hermosura,

si no enloquece al grande hombre.

--Los negocios no son para las mujeres: para las mujeres las delicadezas

de la vida, la buena casa, la buena mesa, las joyas, las galas, las

sedas, las pieles... y el amor. Los cuidados graves, deben quedar para

los hombres.

--Decís bien, cuando los hombres no son torpes.

--¡Cuando los hombres no son torpes! explicáos mejor; ¿me tenéis por

torpe, Dorotea?

--Por torpísimo; y como yo soy orgullosa, sumamente orgullosa, me

mortifica que mi poderoso amante sea burlado.

--¡Burlado!

--Como que no sabéis dónde estáis de pie.

--¡Vos también! ¡vos también os habéis convertido en esa voz que por

todas partes me avisa!

--¡Sí... sí por cierto: yo os aviso con más interés que nadie!

--¿Pero de qué me avisáis?

--Os aviso de que... debéis mudar de amigos.

--¡De amigos!

--Porque los que os fingen amistad, os venden.

--Hablad más claro.

--Don Rodrigo...

--¡Herido!... ¡medio muerto!...

--A causa de sus traidores enredos.

--Creo que érais muy amiga suya, Dorotea, y aun algo más que amiga.

--Pues ahí veréis: cuando yo de repente me vuelvo en contra de don

Rodrigo, algo debe de haber. Don Rodrigo, como pretendió robaros la

querida, ha pretendido y pretende robaros de una manera villana el favor

de su majestad.

--Hablad, hablad, Dorotea; decidme todo lo que sepáis.

--Para abreviar, sólo os diré que desconfiéis de todos los que hasta

ahora se han llamado vuestros amigos, y que busquéis para ayudaros,

porque no hay hombre sin hombre, á alguno que os haya dicho frente á

frente que es vuestro enemigo.

--¿Habéis querido que os pregunte quién es ese hombre?

--Puede ser.

--Pues bien, decidme cómo se llama.

--¿No conocéis entre vuestros enemigos alguno tan noble y tan grande que

no pueda confundirse con ninguno otro?

--¿El duque de Osuna?

--Sí, pero no os hablo de él; aunque el que yo digo anda cerca de él.

--¡Quevedo! ¡Pero si Quevedo no quiere ser mi amigo!

--Mereced su amistad.

--¡Merecer su amistad!--dijo con orgullo el duque.

--Sí por cierto; bien merece Quevedo, por sabio y por ingenioso, que se

merezca su ayuda.

--¿Conocéis también á ese hombre?

--Sí por cierto, y porque le debo muy buenos consejos, creo que vos

podréis debérselos también, si conseguís que os trate con la buena

amistad que á mí me trata.

--Ese hombre es tenebroso.

--Para los que no tienen ojos para mirarle.

--Le temo.

--Hacéis mal en temerle, porque es el único hombre que os puede salvar.

--Pero, señor, ¿qué ha dado don Francisco á todo el mundo, que así todo

el mundo me habla de él, y las personas que más estimo, que más quiero,

se ponen de su parte?

--Eso consiste en que tenéis personas que os aman, que saben que vuestro

favor con el rey está amenazado, que quieren salvaros y que no

encuentran otro mejor medio de salvación que don Francisco de Quevedo.

--¿Dónde vive don Francisco?--dijo Lerma profundamente pensativo.

--En mi casa.

--¡En vuestra casa!

--Sí por cierto; aquí le doy mesa y lecho; pero no para un momento; anda

en ciertas diligencias del duque de Osuna, y concluidas que sean, marcha

á Nápoles. Por lo mismo, es necesario que os apresuréis á atraérosle.

--¿Y está por acaso en casa?

--No por cierto.

--¿Pero vendrá?

--Vendrá indudablemente á la tarde.

--A la tarde vendré yo. Entre tanto, y ya que en tal asunto nos hemos

entremetido, Dorotea, voy á deciros francamente la razón de haber yo

venido á veros.

--¡Ah! ¡ya sabía yo que no veníais porque yo os había llamado!

--Hubiera venido más tarde, á la noche.

--Veamos á qué habéis venido.

--¿Qué es vuestro el bufón del rey?

--¿El tío Manolillo? Es mi padre.

--¡Vuestro padre!

--Es decir, padre en toda la extensión de la palabra, no; pero ¿qué

nombre queréis que dé al que me ha criado á costa de privaciones de todo

género, al que vela por mi, al que me ama como ninguno es capaz de

amarme?

--Tenéis razón; y decidme: ¿cómo haré yo para atraerme ese hombre?

--Siendo desde ahora todo mío; haciéndole creer que me hacéis feliz.

--Lo creerá. Decidle que vaya esta noche á verme encubierto á mi casa,

al obscurecer.

--No le dejarán entrar.

--Que presente esta sortija en mi casa--dijo el duque, quitándose una

del dedo y entregándola á Dorotea.

La joven conoció á primera vista que aquella sortija era de gran valor.

--Procuraré dejaros tan satisfecho de mí--dijo el duque levantándose--,

que no queráis poner en mi lugar á ese aposentador.

--Lo veremos...¿Pero os vais?

--Sí, es ya tarde y voy á palacio.

--No quiero deteneros, señor; ¿pero volveréis?

--Sí, esta tarde; si para cuando yo llegue ha venido don Francisco,

cuento con que me le tendréis entretenido.

--Se me ocurre una idea: comed hoy conmigo; os trataré bien, y sobre

todo, Quevedo comerá con nosotros.

--Convengo en ello; comeremos juntos los tres, pero por ahora, adiós.

--Id con Dios, señor duque.

Lerma salió, y Dorotea le acompañó hasta la puerta. Cuando oyó el ruido

del carruaje del duque, volvió á la sala.

En ella estaba ya Quevedo.

--Confieso que merecéis mucho, hija Dorotea--exclamó--; habéis evitado

que me prendan, del modo que más me convenía á mí, y que menos os

compromete á vos. En cambio, yo prometo curaros de ese amor homicida que

se os ha metido por el alma, que es lo que más necesitáis y lo mejor que

se puede hacer por vos.

--¡Ay, don Francisco, que creo que este amor me va á costar la vida!

--El amor no mata más que en las comedias de autor tonto; no se despega

á tres tirones el alma de la carne, y el tiempo... vamos, vamos, no hay

que pensar mucho en ello; y como tengo harto que andar y estoy seguro de

que no me han de prender, quedad con Dios, hasta la tarde, en que hemos

de comer juntos, el duque, vos y yo.

Y Quevedo salió.

--Casilda--dijo Dorotea cuando se quedó sola--, que vaya Pedro al

coliseo, y que avise de que esta tarde no puedo representar. Estoy muy

enferma.

CAPÍTULO LX

LO QUE HACE POR SU AMOR UNA MUJER

Con tanto accidente habíasele olvidado al duque de Lerma revocar la

orden que había dado á Santos, su secretario, para que prendiesen á

Quevedo.

Y esto no tenía nada de extraño.

El pobre duque estaba tan acosado por todas partes de recelos, tan

asustado por avisos; y era tan grave lo que acerca de la reina le había

dicho Francisco Martínez Montiño, que su cabeza se había convertido,

como decimos los españoles, en una olla de grillos.

El único, el exclusivo pensamiento de Lerma cuando salió de casa de la

Dorotea, fué encaminarse á palacio en busca de algo exacto, de algo que

ver por sí mismo.

El duque de Lerma no había visto nunca nada, por más que había procurado

ver, y sin embargo, reincidía en poner á prueba su mala vista.

Pero si el duque de Lerma se había embrollado, no aconteció lo mismo á

su hija doña Catalina.

Ella tenía muy buena vista, y además, tenía concentrada toda su

atención, todo su cuidado en un objeto: en que no se le escapara

Quevedo.

Y como no confiaba demasiado en su padre, no dejó abandonado á su padre

el negocio, ni se fió de otra persona que de sí misma.

Doña Catalina estaba enamorada, y á más de enamorada, irritada.

Temía haber sido burlada por Quevedo, y esto la hacía temblar de

indignación.

Le había abierto su alma y sus brazos, y la condesa de Lemos era

demasiado altiva, demasiado honrada, demasiado pura, para permitir que

el único hombre por quien se había olvidado de todo, se desprendiese de

sus brazos riendo.

Así, pues, cuando salió de casa de su padre y se metió en su silla de

manos, se hizo llevar á una tienda inmediata, donde tomó una silla y se

ocultó tras de la puerta.

--Rivera--dijo á un hombre embozado que acompañaba á la silla de mano--;

id, entrad casa del duque, buscad á su secretario Santos, y decidle de

mi parte que venga.

Rivera, criado de confianza de la condesa, fué á cumplir las órdenes de

su señora; poco después entró en la tienda con Santos.

La condesa se dirigió entonces á la tendera, que estaba admirada y aun

enorgullecida por tener á una tan gran señora y tan hermosa en su casa:

--Necesito--la dijo--un lugar donde hablar á solas con este hidalgo.

La tendera abrió la compuerta del mostrador, y manifestando

servicialmente á la condesa que su casa, ella y su familia estaban á su

disposición, la llevó á la trastienda.

Siguió Santos á la condesa, y cuando quedaron solos entre sacos de

garbanzos, castañas y judías, la condesa dijo al secretario del duque:

--¿Os ha dado mi padre alguna orden?

--Su excelencia me da muchas todos los días, señora--contestó

respetuosamente Santos.

--Una orden de... prisión.

--Efectivamente, señora: su excelencia me ha dado orden de que mande en

su nombre á un alcalde de casa y corte, que prenda á...

--¿Don Francisco de Quevedo?

--Sí, señora.

--Don Francisco es caballero del hábito de Santiago y no puede ir á la

cárcel--dijo doña Catalina.

--Se le prenderá en su casa.

--Don Francisco no tiene casa en Madrid... por ahora.

--Se le llevará á una torre del alcázar.

--Estaría demasiado cerca del rey.

--La torre de los Lujanes...

--Es demasiado honor para un simple caballero que le encierren donde ha

estado encerrado un rey de Francia.

--Le llevaremos á un convento.

--Quevedo se serviría de los frailes.

--Consultaré, pues, á su excelencia.

--¿El duque no os ha indicado el lugar de la prisión de Quevedo?

--No, señora.

--Ha sido un olvido. Mandad al alcalde que le envíe resguardado por una

guardia de cuatro hombres al alcázar de Segovia.

--Su excelencia no me ha dicho eso.

--Mejor... mucho mejor.

--No comprendo á vuecencia.

--¿Creéis que merece la pena el servirme á mí?

--¡Oh, señora! vuecencia puede disponer de mí como de un esclavo.

--Gracias, Santos, gracias: de mi cuenta corren vuestros

adelantamientos: por lo pronto guardad esto en memoria mía.

La condesa se sacó del seno un relicario de oro guarnecido de perlas y

diamantes y del hermoso cuello la cadena de que pendía.

Había algo de tentación en dar á un hombre una prenda tan íntima, cuando

podía haberle dado una de las ricas sortijas que llevaba en las manos.

Aquello podía tomarse por un favor.

Santos era joven, buen mozo é hidalgo, y las mujeres, aun las de más

alto coturno, han dado en todos tiempos tales ejemplos...

Santos, á quien doña Catalina parecía deliciosa como lo parecía á todo

el mundo, porque en efecto lo era, y mucho más cuando ella tenía interés

en parecerlo de una manera enérgica, se turbó, se puso pálido, guardó el

relicario en lo interior de su justillo por la parte del corazón, y

tartamudeó algunas palabras.

Doña Catalina le había dado un golpe rudo.

Y para hacer más terrible aquel golpe, los ojos poderosos de doña

Catalina, medio velados por sus sedosas pestañas negras, arrojaban sobre

él fuego; le miraban de una manera tal que... Santos hubiera dado su

alma al diablo porque aquellos ojos le hubiesen mirado de una manera más

clara, porque le hubiesen prometido, aunque remotísimamente, algo.

Pero la intensa y ardiente mirada de la condesa era incomprensible.

--¿Estáis enterado de lo que debéis hacer? dijo doña Catalina cuando vió

que tenía á Santos rendido á discreción.

--Sí; sí, señora--contestó Santos reponiéndose--; pero suplicaría á

vuecencia me dijese claramente punto por punto...

--Oíd: iréis á buscar al alcalde de casa y corte más duro, más valiente,

más á propósito para no dejarse engañar por Quevedo.

--Ruy Pérez Sarmiento, es que ni pintado.

--Bien: diréis á ese señor... le mandaréis que sin perder un momento,

suelte por Madrid cuantas rondas de alguaciles pueda en busca de don

Francisco. Todos le conocen. Encargadle que los alguaciles sean bravos

por si Quevedo arrastra de espadas.

--Es decir, que le prendan muerto ó vivo.

--¿Quién ha dicho eso?--exclamó la condesa con impaciencia y cólera--que

le prendan vivo y sin tocarle con las espadas: seis hombres bien pueden

apoderarse de uno solo, por valiente que sea, sin herirle.

--¡Ah! muy bien, señora.

--En seguida... si es de día, que le metan en una litera y le lleven á

una de mis casas desalquiladas... mi criado Rivera os llevará á ella...

--Muy bien, señora.

--Luego... cuando sea de noche y en la misma litera, que le saquen

resguardado por cuatro alguaciles á caballo, para Segovia.

--¿Cuatro alguaciles no más? ¿y si se escapa?

--Que sean buenos los cuatro.

--Ahora bien; vuecencia comprenderá que sobre mí carga la

responsabilidad del envío á Segovia de don Francisco.

--No importa: si el duque de Lerma os hace cargo, decidle que habíais

entendido la orden de llevarle á Segovia.

--Su excelencia tiene muy buena memoria.

--Y bien: todo puede reducirse á que os despida, y á que si ahora sois

secretario de mi padre, lo seáis después mío.

--¡Oh, noble condesa!

--Conque ¿habéis comprendido bien lo que os he dicho?

--Sí; sí, señora; prender á don Francisco sin herirle ni maltratarle,

aunque resista; llevarle á donde Rivera me diga, y á la noche enviarle

en una litera, cerrada, con una guarda de cuatro alguaciles á caballo,

al alcázar de Segovia.

--Al punto de obscurecer.

--Muy bien, señora.

--Recordad que esto es lo primero que os mando.

--Soy enteramente vuestro, señora.

--Pues no perdáis tiempo.

--Guarde Dios á vuecencia.

--Adiós.

Santos salió embriagado, fascinado, loco, porque la condesa, sin

concederle nada, sin dar lugar á ninguna suposición de parte de Santos,

había sido con él una gran coqueta.

Después salió de la trastienda doña Catalina, dió algunas monedas de

plata á la tendera, se metió en la silla de manos y mandó que la

llevasen á su casa.

Cuando entró en ella, se encerró en su recámara con Rivera.

--Voy á encargaros--le dijo--de una comisión muy reservada, y tanto, que

si cumplís bien, os saco una bandera para Flandes, y antes de dos años

os hago capitán de infantería.

--Sin eso, señora, podéis mandar.

--¿Qué casa tengo yo desalquilada en un lugar retirado de Madrid?

--Vuecencia tiene una á la malicia en la calle de la Redondilla.

--Pedid las llaves de esa casa y con ellas idos á acompañar, encubierto,

á Pelegrín Santos, secretario del duque de Lerma, y haced lo que él os

mande.

--Muy bien, señora.

--En seguida, buscad un hombre bravo y de puños, que tenga conocimiento

con algunos como él, y avisadme cuando le tuviéreis.

--Muy bien, señora.

--Idos, pedid las llaves de esa casa y buscad en seguida, con ellas, á

Pelegrín Santos.

Rivera se inclinó y salió.

La condesa de Lemos, sobreexcitada, trémula, enamorada, se quedó

profundamente pensativa y devorada por la impaciencia, paseándose á lo

largo de su recámara.

CAPÍTULO LXI

DE CÓMO LE SALIÓ Á QUEVEDO AL REVÉS DE LO QUE PENSABA

Entre tanto, el buen ingenio había salido de la casa de la Dorotea,

pensando para sus adentros, mientras atravesaba las calles en derechura

del alcázar, bajo la tenaz lluvia que no había cesado hacia tres días:

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 50 / 66 段