--Retiráos--dijo la duquesa--; cerrad la puerta, y que nadie entre bajo

ningún pretexto sin que yo le llame.

--¿No almuerza la señora?

--No.

La dueña salió admirada.

La pobre duquesa empleó todo el día en componer su carta con las letras

cortadas, pegándolas como había hecho el duque de Osuna sobre un papel.

--Guardó cuidadosamente lo que podía indicar su trabajo, quemó la carta

del duque de Osuna y el original de la suya, llamó y comió algo.

--¿Ha venido Esperanza? doña Agueda--dijo mientras comía la duquesa á la

dueña que la había dado la primera noticia de la desaparición de la

joven.

--No; no, señora--dijo la dueña--; ni parece á pesar de que se han

enviado algunos lacayos á buscarla. Parece que se la ha tragado la

tierra. Será necesario dar parte á la justicia.

--No, no: respetemos á su pobre padre... ocultémosle su desgracia--dijo

la duquesa--; que nadie hable de ello... ya veremos lo que tenemos que

hacer.

--Muy bien, señora.

--¿Ha dejado su cofre?

--Lo ha dejado todo.

--Pues bien: sacad ese cofre, que lo descerrajen delante de vos, y que

me lo traigan. Yo sola he de verlo.

--Muy bien, señora.

Poco después la duquesa tenía en su habitación el pequeño cofre de

Esperanza, descerrajado.

Quedóse sola, y fué sacando la pequeña hacienda de la joven.

Consistía en escasa ropa blanca, algunos abanicos, y otras joyuelas.

Pero en un rincón del cofre, la duquesa encontró un pequeño envoltorio;

un envoltorio pesado.

Le abrió, y encontró quince doblones de oro de la cruz, una rica sortija

y una cadena de diamantes.

La duquesa lo adivinó todo.

--¡Oh!--dijo profundamente--; la ha deslumbrado, la ha engañado, se la

ha llevado consigo para que no hable: ¿quién será este hombre que tan

villanamente obró conmigo aquella noche funesta, y que con tanta

hidalguía cuida de que nadie, ni el aire pueda sospechar de mí? ¡Oh,

Dios mío! ¡Dios mío! ¡si fuera el rey!... dicen que el rey es muy dado á

las mujeres, muy enamoradizo... pero el rey no se recataría tanto... no,

no... ¿quién será, Dios mío? ¿quién será?

Y ni por sueños pasó por la imaginación de la duquesa, que aquel hombre

pudiera ser don Pedro Téllez Girón.

Tan imprudente le creía doña Juana, que á habérsela ocurrido aquel

pensamiento, le hubiera desechado como absurdo.

Y eso que siempre tenía en la memoria al duque de Osuna, porque le

amaba.

Pero para ella sola, con un amor encerrado en el fondo de su alma.

La duquesa guardó el dinero y las dos alhajas, puso de nuevo en el cofre

lo que de él había sacado, y mandó que lo pusiesen entre sus cofres de

uso diario.

Luego esperó con impaciencia á que diesen las doce de la noche.

Poco antes ocultó la luz, se asomó á la reja y esperó.

Al dar las doce, se oyeron pasos en la calleja, apareció un bulto, y se

detuvo debajo de la reja donde estaba asomada la duquesa.

Esta, temblando, dejó caer la carta.

El bulto la recogió, y la dijo con voz desfigurada:

--Mañana te contestaré, adorada mía; á las doce echa un cordón donde yo

pueda poner mi carta.

Y cuando la duquesa, atropellando por todo, iba á contestar, el bulto

desapareció.

Doña Juana se entró despechada en su dormitorio, se acostó, pero no

durmió.

A la noche siguiente, en punto de las doce, al entrar el duque de Osuna

en la calle, al pararse bajo la reja, sintió abrir la del piso bajo.

--Caballero, quien quiera que seáis--exclamó la duquesa de Gandía, que

ella era--, escuchadme en nombre de vuestro honor.

El duque, sobresaltado, guardó silencio por algunos segundos.

Luego, desfigurando completamente la voz, contestó:

--¡Oh! ¡y qué imprudente eres, y á qué terrible prueba me sujetas!

--Habladme como queráis--dijo la duquesa--; yo no puedo evitarlo; soy

vuestra esclava.

--Perdonad, ¡ah! perdonad, señora--dijo el duque--, pero os amo tanto...

--¿Y por qué siendo yo viuda, antes de llegar al punto á que habéis

llegado...?

--¿No os he dicho mi amor... no es verdad? sois tan virtuosa, señora,

tan insensible...

--Soy lo que debo de ser, pero no se trata de eso: ¿quién sois vos?

--Un hombre que os ama.

--¿Os conozco yo?

--No.

--¿Ni acudís á lugares donde yo pueda hablaros?

--No.

--¿Sois sin embargo, rico?...

--Y noble: pero el ser rico y noble no supone que haya uno de entrar en

los salones del rey.

--¡Ah! si sois rico y noble, ¿por qué no os casáis conmigo?

--Porque no puedo.

--¿Sois casado?

--No.

--¿Pues si no sois casado?...

--Mi cabeza está sentenciada...

--¡Sentenciada! ¿Por qué delito?...

--Por haber puesto mano á la espada contra el rey.

--¡Ah! ¿y sois noble?

--Porque soy noble; la misma noche en que fuísteis mía...

--¡Callad!... pero si es cierto... yo preguntaré...

--Nada sabréis, porque el rey y yo estábamos solos.

--¿Y no puede el rey perdonaros?...

--El rey me hará ahorcar el día que me coja...

--Sois cruel; sois miserable... habéis cometido conmigo un crimen

inaudito y no lo queréis reparar.

--No puedo... pero nadie conocerá...

--Eso es imposible.

--Os juro que el secreto quedará únicamente entre los dos.

--¿Por qué no me habláis con vuestro acento natural?

--Si os hablo sin desfigurar la voz, soy perdido.

--¿No cederéis?

--No.

--¡Que os castigue Dios!

--Bastante castigado estoy, señora.

--¡Oh! ¡qué situación tan horrible la mía!--exclamó la duquesa.

--Horrible, sí, muy horrible--exclamó el duque--; horrible para los dos.

--Porque... porque vos habéis sido un infame--dijo la duquesa, que no

pudo contenerse más, llorando.

--Culpad á Dios, que os ha hecho tan hermosa.

--Concluyamos, caballero, concluyamos--dijo la duquesa--; os habéis

burlado de mí... ya no tiene remedio; yo no me vengaré, yo no os

maldeciré... pero Dios os castigará.

--Ya os he dicho que estoy harto castigado.

--¿Pero no os dais á conocer? Os juro que no me quejaré, que me

resignaré... pero vuestro nombre...

--No puedo... no debo... no lo diré...

--Yo debo conoceros, puesto que con tal cuidado fingís la voz.

--No, no me conocéis. Pero veamos, señora, lo que hemos de hacer; lo que

importa es salvar vuestro honor.

--¡Ah, Dios mío! ¿y cómo?

--Nadie sabe por mi parte que yo os he escrito; para que mi carta llegue

á vuestras manos ha sido preciso que yo engañe á una de vuestras

doncellas.

--¡Esperanza! la habéis seducido, la habéis comprado...

--¡Cómo sabéis!..

--Sí, sí por cierto... y os entrego el dinero y las alhajas que la

dísteis.

--Yo guardaré como preciosísimas estas alhajas y estas monedas que han

estado en vuestro seno y que guardan su dulce calor--dijo don Pedro,

tomando aquellos objetos que le daba la duquesa, y estrechando de paso

una de sus manos, que la duquesa retiró vivamente.

--¡Ah!--exclamó con indignación--¡no os basta el haberme perdido, sino

que aún me seguís insultando!

--¡Perdonad, señora, pero os amo tanto!

--¿Y desde cuándo me amáis?...

--Desde la noche en que...

--De modo que cuando me encontrásteis, por mi mala ventura...

--Me deslumbrásteis, señora; yo no os conocía... os vi... y...

--Fuísteis un infame.

--Tenéis razón; pero no fuí yo... fué un impulso superior á mis

fuerzas... no hablemos más de eso...

--Pero en la situación en que me encuentro...

--Os salvaré de ella...

--Alguien habrá de saber...

--Dios, que lo sabe todo, vos y yo.

--¿Y qué pensáis hacer? decidme.

--Por el momento, alejar á Esperanza de Madrid. Para eso necesito irme

con ella, estar á su lado algún tiempo.

--¡Ah!

--Un mes á lo menos. Hoy estamos á primeros de Abril; el primero de Mayo

á las doce de la noche en punto, estaré en esta reja. Adiós.

--¿Os vais?

--Sí...

--Y si os dijese que... que os amo...--dijo con gran dificultad la

duquesa.

--Yo sé que no me amáis; yo sé que mentís... perdonadme, pero esta es la

verdad; que mentís para arrancarme mi nombre; vos no me amáis.

--No... no miento--exclamó toda turbada la duquesa.

--Pues bien, señora, yo tengo la llave de ese postigo; si es cierto que

me amáis, permitidme que llegue hasta vos.

--¡Ah! ¡no! ¡no! ¡imposible! si queréis que yo sea vuestra, hablad,

descubríos el rostro, que yo os juro ser vuestra esposa.

--¡Ah! ¡si eso pudiera ser! Pero adiós, señora, adiós.

--¿Volveréis?

--Volveré... dentro de un mes; el primero de Mayo á esta misma hora, por

esta misma reja. Adiós.

--Adiós.

El duque de Osuna notó que doña Juana se quedaba en la reja.

Tuvo intenciones de volver.

De decirla: soy yo; yo el hombre que os ama; el hombre á quien amáis.

Porque el duque de Osuna había llegado á comprender que doña Juana le

amaba.

Pero había comprendido también que doña Juana tenía fuerza sobrada para

contener su amor.

Que era capaz de morir antes que deshonrarse.

El duque, pues, no se había atrevido á darse á conocer.

El amor tranquilo de la duquesa, expresado por una tierna amistad, se

hubiera convertido en odio al saber ésta que él era el causador de su

situación horrible; doña Juana se hubiera negado á verle, y don Pedro no

se atrevió á romper el incógnito.

Trasladóse á la calle de la Palma Alta, á la casa donde tenía á

Esperanza.

La joven dormía profundamente, y en su boca, entreabierta por el sueño,

lucia una sonrisa de deleite.

--Dejémosla dormir--dijo el duque de Osuna--, y entretanto dispongámoslo

todo para apartarla de aquí.

Y bajó, abrió una reja y dió una palmada.

Acudió un hombre.

--¿Eres tú, Díaz?--dijo el duque.

--Sí, excelentísimo señor.

--¿Sabe alguien quién es la dama que está conmigo en esta casa?

--Yo mismo no lo sé; vuecencia tenía la silla de manos dispuesta en una

encrucijada; la noche en que vine era tan obscura, que aunque hubiera

querido...

--Muy bien; ahora mismo buscarás un coche de camino.

--Muy bien, señor.

--Que el mayoral y los mozos sean extraños, que no me conozcan.

--Muy bien, señor.

--Necesito ese coche dentro de una hora.

--¿Y el equipaje del señor?

--No necesito equipaje. Toma esta llave, entra en mi recámara, y abre el

armario; en uno de sus tableros hay un cofre pequeño muy pesado,

tráetelo.

--¡Oh, y sin perder un minuto, traeré también á vuecencia equipaje!

--Bien, escucha: pon algunos trajes de corte; es posible que sin

descansar me plante en París.

--¿Y va á ir vuecencia solo?

--Enteramente solo; pero ve, mi buen Díaz, ve que estamos perdiendo el

tiempo.

El criado del duque partió á la carrera.

Don Pedro volvió á subir al aposento donde dormía Esperanza, se acercó á

la luz y miró la muestra de un enorme reloj de oro.

--Las tres y media--dijo--; á las cuatro y media está aquí el coche; aún

no es de día ni con mucho. Hay el tiempo preciso para que esa muchacha

se vista.

Y entrando en la alcoba la despertó.

--¡Ah, sois vos, señor!--dijo Esperanza--; apenas puedo ver claro.

--Sí, yo soy; levántate y vístete; nos marchamos.

--¿Que nos marchamos? ¿Y á dónde?

--Donde pueda vivir libremente á tu lado, Esperanza mía--contestó con

ternura el duque.

--Oh, cuánto te amo--dijo Esperanza, colgándose del cuello del duque.

--Sí, sí; pero aprovechemos el tiempo.

--¿Y á dónde vamos, señor?--dijo Esperanza, saltando casi vestida de la

cama.

--A París.

--¡A París!

--Sí, á una hermosa ciudad... muy noble y muy populosa... que vale algo

más que Madrid.

--¿Y allí no os conocen?

--Sí, por cierto; pero en París es difícil encontrarse con los

conocidos.

--¿Pero vos no podéis estar siempre en París?

--No; pero iré á verte largas temporadas. Tú puedes llevar á tu familia,

vivir en un palacio.

--¡Oh, Dios mío!

--Quiero que pases por una dama principal.

--¡Oh, descuidad!... no os avergonzaré, no diré á nadie que he estado

sirviendo.

--Lo quiero... no por mí, que eres tú harto hermosa para que pueda

disculparme, sino por ti.

--Sí, por ti y por mí. ¡Oh, Dios mío y qué feliz soy! ¡Cuando pienso que

he estado á punto de casarme con Cosme Prieto!

--Eso hubiera sido una atrocidad.

--¡Bendita sea lo hora en que el gran duque de Osuna me vió!

--El amor iguala á los bajos con los altos, y si no fuera yo casado...

--¿Te casarías conmigo?

--No; pero no me casaría con otra.

--Yo os quiero así, mi señor... yo me muero por vos, y aunque no fuéseis

rico ni duque, os amaría del mismo modo.

--Oye: es el ruido de un coche. Mientras concluyes de vestirte voy á ver

si falta aún algo.

El duque bajó á obscuras y abrió la puerta.

Entre la sombra vió un enorme coche de camino, y detrás un carro.

La zaga del coche era un promontorio.

--¿Qué es esto, Díaz?--dijo.

--He concluído en menos de una hora. Como las ventas de España son tan

malas, he cargado un carro de comestibles y vino; además he buscado un

cocinero, y cuatro lacayos.

--¿Y todo eso en media hora?

--Como que hemos sido diez trabajando á un tiempo.

--¿Y sabe esa gente que me acompañará quién soy yo?

--No, señor.

--¿Y qué es eso que abulta en la zaga?

--Es un equipaje completo; el cofre pesado que estaba en el armario está

en el cajón del coche, y ésta es la llave; he puesto además un talego

lleno de ducados y otro de doblones de á ocho en el mismo cajón.

--Bien, bien, Díaz; que esté todo dispuesto para marchar. Cuando salga

yo con esa dama, cierra esta casa y vete; si pregunta alguien dónde

estoy, responded que me he ido á caza.

--Muy bien, señor; ¿y si la señora duquesa?...

--Dí á Alvarado, mi secretario, que la diga que no he podido despedirme

de ella porque he partido en posta con un encargo secreto del rey para

la corte de Francia. Adiós.

--Que vuecencia lleve buen viaje.

Poco después salió Esperanza cubierta con la capa del duque, y asida á

su brazo entró en el coche.

Las mulas se pusieron en movimiento, sonaron las campanillas, rechinaron

las ruedas y el pequeño convoy, compuesto del coche y del carro, salió

de Madrid.

Quince días después entraba en París.

El duque tomó una hermosa casa en la calle de San Dionisio.

Es decir, la compró.

La hizo amueblar magníficamente en dos horas.

Llamó modistas y vistió á Esperanza de un manera regia.

Después la mostró un cofre lleno de alhajas y de doblones de oro.

--Esto--la dijo--es para ti; llama á tus padres y vive con ellos; no

digas á nadie que el duque de Osuna te ha traído, ni que has sido

doncella de servir; no te conviene. Yo además te enviaré ó haré que te

envíen todos los meses, mientras vivas, trescientos ducados.

--¿Cómo, señor, os vais?

--Necesito estar en Madrid á fin de mes.

--¿Y no volveréis?

--No lo sé.

El duque se puso aquel mismo día en camino.

Como no hemos de volver á encontrar á Esperanza, diremos cuál fué su

suerte.

Esperó durante algún tiempo al duque de Osuna siéndole fiel.

Pero como el duque no fué, acogió los amores de un par de Francia, no

tan rico, ni tan joven, ni tan hermoso como su primer amante grande de

España.

Arruinó al par, y después á un consejero del Parlamento, y luego á un

caballero de San Luis, y después á un tendero de la calle de San

Honorato, explotó cuanto pudo su hermosura hasta los veinticinco años,

en que rica y célebre, se casó con un hermoso oficial de mosqueteros que

encontró inoportuno pedir honra á una dama tan hermosa, tan rica y tan

pretendida.

El duque había logrado su objeto.

Esperanza se guardó muy bien de decir á nadie que había servido á la

duquesa de Gandía ni que había salido de su casa con el duque de Osuna.

El guardar el decoro de la duquesa había costado á don Pedro un tesoro.

Este volvió á Madrid de su expedición á París el mismo día en que lo

había prometido á la duquesa.

A las doce de la noche estaba en la reja.

Al llegar, la madera de la reja se abrió.

La duquesa de Gandía estaba esperando al duque.

--¡Oh vos, quien quiera que seais...!--exclamó la duquesa--es necesario

que me salvéis... vos que me habéis perdido... temo la mirada de

todos... mi mejillas empalidecen; ¡oh Dios mio! creo que todos conocen

mi deshonra.

--¡Oh! descuidad, señora--exclamó conmovido el duque, aunque siempre

desfigurando la voz... pero es necesario que pongáis de vuestra parte.

--¿Y cómo?

--He encontrado un medio...

--¿Cuál?

--Decid á vuestro confesor que habéis tenido una revelación.

--No os comprendo.

--Sí; he pensado mucho en vos... en vuestro compromiso.

--¡Oh! ¡Dios mío!

--Decid, pues, á vuestro confesor, que el santo de vuestra devoción se

os ha aparecido...

--¡Una mentira sacrílega!

--¡Para salvar el honor de una ilustre familia! ¡para salvar vuestro

perdido honor!

--Seguid, seguid.

--Diréis que el santo os ha revelado que vuestro esposo está en el

purgatorio.

--¡Ah!

--Que para salir de él, necesita que vos hagáis un año de penitencia...

--No os comprendo aún.

--Un año privada de la vista de todo el mundo.

--¡Dios mío!

--Os juro, señora, que no me perdonaré nunca el sacrificio á que os

obliga mi locura...

--No, no; merezco bien esa penitencia.

--¡Vos!

--Sí, yo; yo, al sentirme deshonrada, debí darme la muerte... y si no

fuera por el hijo que siento en mis entrañas...

--Pues bien, señora; yo os juro hacer tan grande y tan poderoso á ese

hijo...

--¡Ah, señor! ¿seréis acaso el rey?

--¡El rey! guardáos muy bien, señora, de indicar nada á su majestad; os

juro por la salvación de mi alma, que no soy el rey, ni mucho menos; que

el rey ninguna parte tiene en vuestra desdicha, que yo soy... yo solo...

el causador de ella.

--¡Sin embargo, podéis hacer grande al desdichado fruto de vuestro

delito!

--Sí; sí, señora; grande entre los grandes.

--Pero continuad, continuad; ¿cómo he de hacer yo para que nadie me vea?

--Oíd: tendréis dos habitaciones enteramente provistas de cuanto

necesitéis; cuando queráis algo, lo pediréis por escrito; llamaréis y os

ocultaréis antes que puedan llegar.

--Y... os comprendo... no sospecharán...

--Vos sois piadosa, os habéis criado en un convento de monjas...

--¿Y si sobreviene alguna enfermedad?

--Dios no querrá, y si eso sucede, ya encontraré otro medio.

El duque y la duquesa acabaron de madurar su plan.

Al día siguiente doña Juana llamó á su confesor, y le dió parte de que

había tenido una revelación, que para salvar del purgatorio á su esposo,

se la había mandado recluirse durante un año, de tal manera, que no la

viese persona viviente; que había prometido hacerlo y que estaba

resuelta á cumplir su promesa.

El confesor, que era un reverendo fraile franciscano, bueno y crédulo,

aprobó la conducta de la duquesa, y no sólo la aprobó, sino que la

excitó á que la cumpliese cuanto antes.

Preparáronse dos habitaciones y empezó el encierro.

Cuando la duquesa se levantaba, llamaba.

Entonces la preparaban el almuerzo y la ropa blanca y lo que había

menester en otra habitación y cuando todo el mundo había desaparecido,

hacían señal con una campanilla.

La duquesa pasaba á la otra habitación, que estaba completamente á

obscuras, para evitar cualquier curiosidad reprensible; la duquesa

cerraba por una parte y otra dos puertas, y sólo cuando era imposible

que nadie la viese, abría las ventanas que estaban cubiertas por

cortinas.

El paso de una á otra habitación se hacía siempre así.

Era imposible que nadie comprendiese su estado.

Todo estaba previsto; hasta los menores detalles se llenaban.

Súpolo el rey y no lo extrañó, porque conocía la piedad de la duquesa;

celebrólo más bien.

Súpolo la corte y nadie sospechó, porque no podía sospecharse nada de

doña Juana.

Todos, en aquellos tiempos en que la religión estaba sostenida por una

fe ardiente, encontraron muy natural el sacrificio de la duquesa, y la

tuvieron por una santa.

¡Y cuánto luchó la desgraciada en aquel largo encierro! ¡cuánto sufrió!

¡cuánto gozó en su sufrimiento!

Había perdonado al causador de sus males, porque al fin se mostraba

generoso, y sentía una viva ansia por conocerle.

Pero el duque de Osuna, que iba recatadísimamente á verla por la reja

algunas veces en la semana y en las altas horas de la noche, conservaba

rigurosísimamente su incógnito.

En vano doña Juana pretendía desvanecer la sombra de aquel bulto negro

que se acercaba á la reja.

En vano pretendía recordar una voz conocida en aquella voz afectada.

El causador de su desdicha seguía siendo para ella un misterio, un

imposible, un pensamiento fijo.

Y por intuición, como por instinto, al sentir á su hijo en su seno, la

pobre madre pensaba involuntariamente con el corazón abrasado de amor en

el duque de Osuna, en aquel hombre á quien no podía pertenecer, que no

debía conocer jamás su amor.

Y nunca sospechó que aquel encubierto de la reja fuese el duque de

Osuna.

Pasáronse al fin seis meses desde el encierro de la duquesa.

Hacía ya algunos días que el duque ocupaba una casa frente por frente de

las rejas de la duquesa, desde donde á una señal debía acudir á todo

trance.

El duque conservaba aún la llave del postigo.

Desde hacía algunos días, el duque lo tenía preparado todo; la casa de

don Jerónimo Martínez Montiño, en Navalcarnero, una litera y mozos en la

casa vecina á la de la duquesa; cuanto era necesario.

Una noche del mes de Septiembre, que Dios quiso fuese obscura y lóbrega,

el duque acudió á la reja.

Abrióse ésta al momento, y la dolorida voz de la duquesa exclamó:

--Salvadme, caballero, salvadme; abrid el postigo; entrad; yo muero.

El duque entró, y encontró á doña Juana desmayada.

Entonces hizo salir la litera de la casa de enfrente, sacó á doña Juana

en sus brazos, la metió en la litera, cerró el postigo, y partió hacia

Navalcarnero.

Hizo el diablo, que en aquellos momentos pasase por la calle el tío

Manolillo, y lo viese todo, y siguiese á la litera.

Antes del amanecer, doña Juana volvió á su casa.

Había dejado á su hijo en Navalcarnero.

Doña Juana, exponiéndose á morir, no alteró la costumbre que desde el

primer día de su encierro había establecido.

Nadie pudo saber nada.

El tío Manolillo, que había cogido el secreto dos veces, su principio en

el Escorial, su fin en Navalcarnero, calló, porque el tío Manolillo

sabía que ciertos secretos valen tanto, que no deben malgastarse.

Durante algunas noches, el duque de Osuna entró por el postigo.

Cuando la duquesa estuvo restablecida, cuando pudo bajar las escaleras,

le habló por la reja.

--Os doy las gracias--le dijo--, por lo honrado que habéis sido; me

habéis salvado, después de haberme perdido, y os perdono enteramente.

Existiendo lo que entre los dos existe, ¿no podré saber quién sois?

--No--contestó con voz ronca el duque.

--No insisto; pero juradme que nada tengo que temer por mi hijo.

--El será grande y noble.

--Oíd; yo quiero alguna vez conocerle.

--No es prudente.

--Cuando ya sea hombre á lo menos.

--Hablad, señora.

--¿Cuando sea hombre ocupará un lugar distinguido en la corte?

--Sí, señora.

--Se casará, le casaréis con una dama.

--Sí; sí, señora.

--Pues bien, esperad.

La duquesa subió, y bajó á poco.

--Tomad.

--¿Y qué es esto, señora?

--La herencia que doy á mi hijo; el aderezo que llevé puesto el día en

que me velaron con el duque de Gandía.

--¿Y bien?...

--Si se casa mi hijo... nuestro hijo, con una dama, y esa dama concurre

á la corte, que lleve algunos días puesto este aderezo, y un medallón en

que hay un rizo de mis cabellos.

--Bien, muy bien, señora.

--Ahora, caballero, ahora que todo ha concluído entre nosotros, no

volváis á verme, sino para algo demasiado grave, para decirme, por

ejemplo, si soy tan desgraciada... nuestro hijo ha muerto.

--¡Ah! ¡no quiera Dios, señora, que muera el hijo de nuestro amor!

Después de algunos momentos de conversación, duque y duquesa se

separaron.

Y no volvieron á verse por la reja.

Pero cuando doña Juana acabó de cumplir su voto aparente, y se presentó

en la corte, el duque de Osuna se presentó á ella, galán y hermoso.

La duquesa palideció.

--¡Oh! ¡cuánto os amo!--dijo el duque con un acento salido del

corazón--; yo sabía que érais hermosa y pura; pero no sabía que érais

una santa... ¡y un año mortal sin veros!... y á fe á fe que me parecéis

más hermosa.

La duquesa se vió obligada á imponer silencio al duque, pero no sospechó

que él fuese el encubierto de la reja; nunca lo sospechó.

El duque creyó, por su parte, que nadie sabía el secreto de la duquesa.

Ignoraba que el bufón del rey lo sabía por completo, por dos extrañas

casualidades.

Ignoraba también que cuando dejó de socorrer á su hijo, con la intención

de que se acostumbrase á la lucha y á la pobreza, Jerónimo Martínez

Montiño, que amaba al bastardo como si fuera su propio hijo, fué traidor

al secreto por amor á don Juan.

Un día llamó al escribano Gabriel Pérez, que ya estaba viejo, y le

sedujo para abrir el cofre que le había dejado en depósito el duque.

El escribano, como que podía poner un nuevo testimonio, cedió por

curiosidad y por algunos ducados.

Abrióse el cofre, y encontraron la carta en que don Pedro revelaba á su

hijo que conociera á su madre por medio del aderezo de brillantes.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 47 / 66 段