haberla tenido el duque, Jerónimo Martínez Montiño, empeñado en saber
quién era la madre de don Juan, se trasladó á Madrid, y tanto preguntó á
amigos, á conocidos, acerca de una dama á quien hubiese amado mucho el
duque de Osuna en cierta época, que hubo de saber que el duque había
andado enamorado de la duquesa viuda de Gandía, pero sin obtener nada.
Entonces Jerónimo quiso conocer á la duquesa, y la conoció.
Vió que los cabellos de la duquesa eran rubios, del mismo color que el
rizo que estaba encerrado en el medallón.
Después preguntó quién era ó había sido el joyero del duque de Gandía.
Dijéronselo, y le buscó, y en secreto le preguntó, presentándole un
brazalete, si lo había él fabricado.
--En efecto--dijo el platero--, este brazalete es una de las alhajas del
aderezo completo que hice para el casamiento de la señora duquesa de
Gandía.
--Pues devolved estos dos brazaletes á la duquesa--dijo Jerónimo, que
comprendió que era el mejor medio de escapar, y dejando las dos joyas,
salió de la tienda y se perdió.
El platero llevó al momento las joyas á la duquesa.
Al verlas doña Juana, tembló, palideció.
--¿Quién os ha dado esto?--le dijo.
--Un hombre á quien no conozco, que me ha encargado de hacer devolución
de ello á vuecencia.
--Pero su nombre...
--No le conozco, señora.
--Os haré prender.
--¡Ah, señora! eso sería muy injusto.
--Id, id con Dios--dijo la duquesa meditando que si se empeñaba en
averiguar por dónde habían venido aquellas joyas, podía descubrir su
secreto.
Pero doña Juana quedo en una ansiedad mortal.
¿Habría muerto su hijo, aquel hijo á quien amaba tanto?
Doña Juana, pues, no era feliz.
Y de repente se le habían revelado dos grandes misterios, por medio del
aderezo usado por doña Clara Soldevilla.
Había conocido á su hijo.
Era un mancebo hermosísimo, capaz de enloquecer á una madre; noble,
generoso, honrado por el rey, casado con una dama sin tacha, por más que
no fuese muy de la devoción de la duquesa, por ser amiga doña Clara de
la reina y conspirar contra el duque de Lerma.
¿Y aquel mancebo era hijo del duque de Osuna?
Nada tiene de extraño, pues, que doña Juana de Velasco se sintiese mala
al ver su aderezo sobre doña Clara; nada, pues, que esperase con tanta
impaciencia á los dos jóvenes.
Tenía, á pesar de su prevención hacía ella como conspiradora, gran
confianza en doña Clara; sabía cuánto era noble y pura, y en cuanto á
hermosa...
Como madre, tenía lleno el corazón doña Juana con la esposa de su hijo.
Pero... se veía obligada á defenderse delante de ellos; había llegado el
momento de la defensa y temblaba.
Al fin se abrió una puerta, y un maestresala dijo:
--El señor don Juan Téllez Girón y su señora esposa están en la cámara
de vuecencia.
CAPÍTULO LVII
AMOR DE MADRE
Doña Juana fué allá desolada.
Sin embargo, se detuvo cobarde antes de levantar el tapiz de la puerta
exterior.
Vió á don Juan que miraba los retratos de familia de sus abuelos, y á
doña Clara que los miraba también hechiceramente apoyada en el hombro de
su marido con el más delicioso abandono.
--¡Oh Dios mío!--dijo la duquesa--¡y es preciso, preciso de todo punto!
Y adelantó.
Los dos jóvenes se volvieron.
La duquesa miró á don Juan, hizo un ademán de arrojarse en sus brazos;
pero se arrojó de repente en los de doña Clara.
La joven la estrechó entre ellos, la besó en la frente con ternura y la
dijo exhalando su alma en su acento y en su voz, que sólo la duquesa
pudo oír:
--¡Oh! ¡madre mía!
La duquesa se levantó de entre los brazos de doña Clara, y la miró al
través de sus lágrimas.
La joven había tenido la delicadeza de no llevar el aderezo de bodas,
aquel terrible aderezo.
Pero en cambio llevaba uno no menos rico de su madre.
--Sí, sí; ¡mis hijos!--exclamó la duquesa--; pero hablad bajo... muy
bajo... vos...--añadió dirigiéndose á don Juan--hacedme el favor de
cerrar por dentro aquella puerta. Ahora venid, venid conmigo á mi
recámara, donde nadie pueda escucharnos.
Los dos jóvenes siguieron á la duquesa.
Esta llevaba asida de la mano á doña Clara.
Cuando estuvieron solos, en un reducido y bellísimo gabinete, la duquesa
no pudo contenerse; se arrojó entre los brazos de don Juan, le besó,
lloró, rió y por último cayó desvanecida sobre el estrado.
--¡Agua! ¡agua! ¡Clara mía!--exclamó don Juan--¡mi pobre madre!...
Doña Clara buscó agua, y no encontrándola, sacó de su seno un pomito de
agua de olor y la esparció sobre el rostro de la duquesa.
Al poco tiempo, como el desvanecimiento había sido ligero, doña Juana
volvió en sí.
Vió á los jóvenes y se ruborizó.
Ellos conocían su secreto.
La duquesa se había visto obligada á llamarlos.
Su honor exigía una explicación, una revelación.
Y en medio de la situación difícil en que se encontraba, gozaba un
placer infinito, una alegría inmensa, inefable, como nunca había
experimentado.
Al fin era madre y tenía delante á su hijo.
Y su hijo era hermoso.
En su ancha y noble frente se reflejaba la grandeza de su raza: en sus
ojos brillaban la generosidad, el valor, cien nobles pasiones.
Y aquellos ojos, fijos dulcemente en ella, inundaban de un placer
desconocido el alma de la duquesa, la inflamaban en un amor infinito.
Era el purísimo amor de una buena madre, que había llorado veinticuatro
años por su hijo á quien no conocía, y que le era tanto más querido,
cuantos más sacrificios de todo género le había costado.
Junto á sí, y esposa de su hijo, tenía á aquella admirable mujer,
modelo de la dama española, tipo por desgracia perdido, con su belleza
espiritual, con su noble aspecto, con la delicada atmósfera de
distinción que vemos aún en los retratos contemporáneos de Pantoja, de
Velázquez y de otros tantos.
Doña Juana, pues, sufría y gozaba; lloraba y sonreía, se avergonzaba, y
sin embargo su alma se dilataba, reposaba en una dulce confianza.
Doña Juana entonces estaba en el cielo, sin haber desaparecido de la
tierra.
Asió las manos de los dos jóvenes, los atrajo á sí, los estrechó á un
tiempo contra su pecho, y partió con los dos sus besos y sus lágrimas.
Después, separándolos dulcemente de sí, les dijo:
--Necesito justificarme ante vosotros.
--¡Madre y señora!--exclamó don Juan.
--¡Justificaros vos! ¿y de qué?--dijo doña Clara.
--Vos, don Juan, sois noble y á más de noble, hombre de honor; no
desmentís la ilustre sangre que por vuestro padre y por mí corre en
vuestras venas. Estoy segura, no tengo duda de ello, que os pesa de ser
mi hijo.
--¡Ah! ¡no! ¡no!--exclamó don Juan.
--Y vos, doña Clara; vos, cuya fama brilla pura y resplandeciente como
el sol; vos, hija mía, vos tan hermosa, que no hay hermosura que os
iguale en la corte; vos tan noble como yo y como su padre; vos
pretendida por tantos ilustres caballeros, y tan insensible con todos,
vos casada con don Juan, enamorada... porque no tenéis que decírmelo...
la felicidad brilla en vuestros ojos... enamorada con toda vuestra alma
de vuestro esposo, sin duda seríais más feliz si vuestro esposo no fuera
mi hijo.
--Os juro, mi buena, mi amada madre, que no.
--Y sin embargo, hemos sido enemigas.
--¡Enemigas!--dijo don Juan.
--Si no enemigas, yo no la he querido bien, y ella me ha querido mal.
--No; no, señora: todo consiste en que vos sois amiga de Lerma, y yo
amiga de la reina... pero eso nada importa; vos habéis querido separarme
de la reina... esto era natural. La reina tenía y tiene en mí un apoyo
muy fuerte; porque es fuerte todo aquel que lleva su amistad, su amor
hasta el punto de sacrificarlo todo por la persona á quien ama, y una
prueba de ello ha sido mi casamiento.
--¡Ah!--exclamó la duquesa.
Don Juan se sonrió, y miró de una manera elocuentísima á su mujer.
--Digo, señora, que una prueba de mi amor á su majestad, ha sido la
causa de mi casamiento con mi don Juan; yo me hubiera casado con
cualquiera en las circunstancias en que su majestad se encontraba...
--No os comprendo...
--Tiempo tendré de explicarme. Digo que en las circunstancias en que se
encontraba la reina, con cualquiera me hubiera casado; pero al casarme
por obligación con don Juan...
--¡Por obligación...!
--Antes he sido su esposa ante Dios y los hombres, que su mujer.
--¡Ah! perdonad; pero suceden, aun á la mujer más pura, cosas tan
extraordinarias... y él, un Girón... audaz y apasionado como su padre...
os repito que no os comprendo.
--Sin tener comprometido mi honor, me he visto obligada, por salvar á su
majestad, á casarme con vuestro hijo. Pero he sido tan afortunada, que
ansiaba ese casamiento, que ardía en amores por él... que al darle mi
voluntad, mi libertad, mi vida, delante de Dios, no era yo quien daba,
sino quien tomaba; no era yo quien hacía feliz, sino quien se hacía á si
misma dichosa.
--¡Cómo!--exclamó don Juan.
--Hace ya algunas horas que somos uno en dos: marido y mujer; don Juan,
estoy delante de vuestra madre, que siéndolo vuestra lo es mía; nadie
nos oye más que nuestros corazones. Ya os lo puedo decir, os lo debo
decir: cuando os vi por primera vez... cuando vuestra torpeza os hizo
perderos hace tres noches en palacio...
--¡Cómo! ¿no os conocíais hasta hace tres noches...?--exclamó la
duquesa.
--No, madre mía, no--dijo don Juan.
--Si no hubiera sido torpe... no nos hubiéramos visto.
--Si mi tío fingido hubiera estado en palacio, no nos hubiéramos
conocido.
--Y si no nos hubiéramos conocido, no seríamos tan dichosos, tan
completa, tan inmensamente dichosos. Perdonad, señora--añadió doña
Clara--, pero yo no le debo ocultar nada; me parece ahora, ahora que le
veo delante de mí, que es mío... mirad, madre, me parece que estoy
entregada á un sueño dulce, y mi vida se llena de no sé qué delicia,
que me embriaga, ¡y soy tan feliz! ¡Dios mío! ¡tan feliz! ¡tan feliz!
Doña Clara se puso vivamente encendida, y ocultó su rostro embellecido
por la felicidad y por el pudor, en el seno de la duquesa.
--Sois un tesoro, doña Clara--dijo la duquesa, levantando entre sus
manos la hermosa cabeza de doña Clara y besándola en la boca.
Don Juan, dominado por su amor, por sus sentidos, apoyó un brazo en el
sillón, y en su mano la cabeza.
--Como debo decírselo todo, es necesario que sepa, delante de vos que
sois su madre, como quisiera que viera mi alma entera... ¿por qué no he
de decirlo...? que al abrir la mampara de la cámara de la reina, al
verle delante de mí, me sentí herida, no sé cómo, de una manera
dolorosa, y al mismo tiempo dulce; que le amé... que le amé cuanto se
puede amar... y después... después... cuando amparada de él corrí á
obscuras las calles de Madrid apoyada en su brazo... yo... le amo desde
que le vi... y si no hubiera sido su esposa, me hubiera metido monja...
¿cómo queréis que me pese que sea hijo de vos, de la madre que le ha
dado el ser para que haga mi ventura?
--Y aunque no os pese, hijos míos... ¿qué pensaréis de vuestra madre?
Los jóvenes bajaron la cabeza..
--Vuestra madre, don Juan, es digna de vuestro respeto; la madre de
vuestro esposo, doña Clara, es tan pura como vos... una violencia....
una locura... un mal pensamiento de vuestro padre, tiene la culpa de
todo. Yo no sabía, yo no he sabido hasta que he visto el aderezo con que
os presentásteis á la corte, hija mía, que era el duque de Osuna el que
tan cruelmente abusó del terror, de la debilidad, del aturdimiento de
una mujer en una ocasión funesta. Yo no he sido amante de vuestro padre,
don Juan, yo no tengo de común con él nada más que vos, que sois nuestro
hijo y os he reconocido... porque mi corazón de madre no ha podido
contenerse... os he llamado después para abrazaros, para veros junto á
mi á solas; para deciros: yo os amo, os amo con mis entrañas, con mi
alma, con mi vida... os amo desde el momento en que os sentí alentar en
mi seno; os amo más que á mi hijo don Carlos, más, mucho más, porque me
habéis sido más costoso, y al conoceros, don Juan, estoy orgullosa de
ser vuestra madre... y yo os veré, os veré todos los días... ¿no es
verdad que os veré?
--¡Oh! ¡sí!
--Y oíd... cuando vos os apartéis de vuestra esposa...
--¡Apartarse...!--exclamó con profunda energía doña Clara.
Todos sus abuelos han servido al rey.
--¡Ah, no, no! bastantes aventureros tiene España que vayan á matarse en
la guerra, en Flandes, en Italia y en Francia; don Juan es valiente...
don Juan es capitán de la guardia española junto al rey, y no saldrá de
Madrid, no saldrá de la corte; vos sois camarera mayor de la reina y yo
dama de honor; los tres unidos, viviremos muy felices, y luego... lo
dominaremos todo... ganará la reina y perderá Lerma.
Frunció el bello y pálido entrecejo doña Juana.
--Lerma abusa de vos, madre mía, de vuestra buena fe--dijo don Juan--.
Lerma es un ladrón duque, un miserable. Yo os convenceré, vos no debéis
servir á Lerma... y, además, si no os conociesen tanto en la corte, como
aún sois hermosa y joven...
--Cincuenta y seis años--dijo la duquesa.
--Sin embargo, podrían creer...
--¡Qué!
--Podrían creer que amábais.
--No... no pueden creer eso... eso no es verdad... yo no he amado á
nadie... más que á vuestro padre... y nunca lo ha sabido... no lo sabrá
jamás... porque vosotros, á quiénes debe interesar el honor mío, no se
lo diréis... ¿no es verdad?
--No; no, señora.
--No le digáis nunca... os lo pido con el corazón abierto, por Jesús
sacramentado, no le digáis nunca que doña Clara se ha puesto aquel
aderezo, que yo os he reconocido, don Juan... no le digáis nunca lo que
está sucediendo entre nosotros... lo que sucederá... jurádmelo, hijos
míos, jurádmelo.
--Señora--exclamó don Juan--: os lo juro por el nombre de mi padre, que
conservaré sin mancha; por vuestro amor, que guardaré en lo más profundo
de mi alma.
--Y yo os lo juro por mi honra y por la suya, madre mía.
--¡Oh! ¡pues entonces, soy la mujer más feliz del mundo!--exclamó, dando
un grito ahogado por las lágrimas, la duquesa.
Pero de repente palideció y tembló.
--¿Qué tenéis, madre mía?--exclamó don Juan.
--¡Oh! hay alguien que conoce no sé cómo este secreto--dijo la duquesa.
--¡Alguien! ¿y quién es?--dijo don Juan.
--No lo sé... no lo sé... antes de anoche... antes de anoche no
encontraba yo á su majestad en su cámara... la buscaba... de repente me
dejan caer el candelero de la mano, y oí una voz ronca, una voz que no
pude reconocer, y que me dijo, no he olvidado una de sus palabras, no he
podido olvidarlas: _si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble
duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y
oído esta noche_.
--¿Y no habéis podido averiguar quién era ese hombre?
--No.
--Sin duda se referían á vuestras inteligencias con el duque de
Lerma--dijo doña Clara.
--¿Creéis vos que fuese eso?
--¿Y cómo podría ser otra cosa?--dijo don Juan--. Mi padre ha guardado
un profundo secreto: solamente yo he sabido por esta carta...
Y dió á la duquesa la carta del duque de Osuna que había encontrado en
el cofre.
--Pero aquí vuestro padre no me nombra; os dice sólo, que por medio de
un aderezo podréis reconocerme si yo quiero darme á conocer de vos.
--Ya veis, madre mía, que mi padre no ha podido ser más hidalgo.
--Sí, pero...
--No es posible que ese secreto...
--Sin embargo... ¿quién os ha dado esa carta?
--El cocinero mayor del rey.
--¡El cocinero mayor!
--Sí, Francisco Martínez Montiño.
--¡De modo que ese hombre--dijo doña Clara--os ha dado padres y esposa!
--Sin quererlo y sin saberlo.
--¡Cómo!--dijo la duquesa--. ¿Montiño no conoce esta carta?
--No, señora.
--¿Pues no os la dió?
--Sí; sí, señora, pero dentro de un cofre cerrado.
--¿Y no pudo haber abierto ese cofre?
--No, madre mía, porque la cerradura estaba cubierta con un papel
sellado, y en aquel papel había un testimonio de escribano con la fecha
de veinticuatro años ha.
--Es necesario, necesario que me expliquéis todo eso... pero otro día...
hoy estoy muy conmovida.
--Y yo... yo necesito ir á palacio, mi buena madre--dijo doña Clara.
--¡Esperad! ¡esperad un momento!
La duquesa se levantó y salió.
--¡Juan! ¡Juan de mi alma! el secreto de tu madre está vendido...--dijo
doña Clara.
--¡Vendido!...
--Sí... vendido... el hombre que dijo aquellas palabras á tu madre á
obscuras, en la cámara de la reina, era... ¡el tío Manolillo! ¡el bufón
del rey!
--¿Y qué interés tiene el tío Manolillo?...
--El tío Manolillo... perdóname, Juan de mi alma, perdóname... no creas
que tengo celos al decirte... al nombrarte á esa comedianta.
--¡Dorotea!--dijo don Juan, y se puso pálido.
Helóse el alma á doña Clara al notar la palidez de don Juan, pero no dió
indicio alguno de ello.
--Sí, Dorotea; esa mujer te ama.
--¡Oh! ¿y qué importa?--dijo don Juan ya completamente rehecho de su
turbación.
--Importa mucho, muchísimo--dijo gravemente doña Clara.
--¿Crees que yo?...
--¡Oh! ¡no! ¡no! yo sé que tu corazón, tu alma, tu pensamiento, todo tú
eres mío; pero el bufón del rey es padre ó pariente ó amante de esa
perdida... el tío Manolillo es terrible... ella te ama... tú te has
casado conmigo... si por vengarse ese hombre...
--¡Oh! te juro... te juro que el bufón no hablará; pero para eso es
necesario...
--¡Qué!
--Que don Francisco de Quevedo, mi amigo... mi buen amigo, pueda estar
seguro en la corte.
--¡Cómo!
--El duque de Lerma...
--¡Oh! descuida... pero tu madre se acerca.
En efecto, la duquesa venía cargada con una multitud de estuches.
--¿Qué es eso, señora?--dijo don Juan.
--Este es el dote de tu esposa que yo la doy.
--¡Ah! ¡no! ¡no! señora; yo estoy convenientemente dotada por mi padre.
--Tu padre... es rico... lo que se llama rico entre simples caballeros,
que no se ven obligados á sostener gran casa, gran servidumbre; pero tú
eres esposa de mi hijo...
--Me basta con eso.
--Y mi hijo mañana será muy alto, muy grande...
--Mi padre, madre mía, me ha dado ya una renta--dijo don Juan.
--Si has recibido de tu padre, ¿por qué no recibes de tu madre?
--¡Ah!
--Mira: son mis mejores joyas; valen cientos de miles de ducados... yo
no las necesito ya... tengo las bastantes para presentarme de una manera
riquísima en los días de corte... toma, toma, llévatelas, hijo mío...
redúcelas á dinero... compra haciendas y dalas en dote á mi buena, á mi
hermosa hija... á mi pequeña enemiga.
--Meditad...
--¡Oh! ¡no me amas!... ¡me engañas!...
--Ya tenemos el magnífico aderezo...--dijo doña Clara.
--Y aquí van otros diez... más ricos que aquel...
--¿No creeréis que nuestro amor es interesado si aceptamos?
--Creeré que no me amáis si no recibís lo que os doy... lo que es tuyo
porque eres mi hijo... lo que te doy secretamente porque no puedo
dártelo de otro modo.
--Acepto, pues, madre mía.
--Además--dijo doña Juana acercándose á la joven, tomándola una mano, y
poniendo en uno de sus dedos una sortija--, quiero que tengas esto mío.
--¡Ah! ¿una sortija?
--Mi anillo nupcial.
--¿Y este blasón?
--El blasón de los Velasco, condes de Haro.
--¿Pero por este blasón?...
--Sabrán que la duquesa de Gandía ha hecho un regalo á su buena amiga
doña Clara Soldevilla: sólo vosotros sabréis que ese anillo dado por mi,
mi anillo nupcial, representa la bendición de vuestra madre. Ahora,
hijos míos... idos... estoy muy conmovida, necesito llorar á solas...
llorar de alegría.
--Una palabra, una sola palabra, madre mía--dijo don Juan.
-¿Cuál?
--Tengo que haceros un encargo muy importante.
--Un encargo importante...
--Don Francisco de Quevedo...
--¡Don Francisco!... ¡ese hombre!... ¡enemigo del rey!...
--Os engañáis, madre mía.
--Secretario del duque de Osuna...
--Secretario de mi padre.
--¡Ah! aún me parece un sueño que el duque de Osuna... pero y bien, ¿qué
hay que hacer por don Francisco?
--Antes de anoche... madre mía... herí malamente á don Rodrigo Calderón.
--¡Tú!
--Y me ayudó don Francisco.
--¡Cómo! ¡dos hombres contra uno!
--No; no, señora; dos contra dos.
--¡Ah!
--No podía ser de otro modo... la verdad del caso es que don Francisco y
yo estamos amenazados.
--¡Amenazado tú!
--Sabe Dios de qué, porque sabe Dios si morirá don Rodrigo.
--Pero, ¿por qué le heriste?
--Por miserable.
--¡Por miserable!
--Había comprometido la honra de...
--Mi honra--dijo doña Clara.
--No, tu honra no--exclamó con extremada energía don Juan--; la honra de
la reina.
--¡Cómo!
--Siendo traidor á Lerma, fué traidor á la reina... tenía en su poder
unas cartas de su majestad...
--Hiciste bien en matarle...
--No lo he conseguido por desgracia.
--Tú no tienes nada que temer.
--Para salvarme á mí, es necesario salvar á don Francisco.
--Le salvaré. ¡Hola, doña Violante! ¡Doña Violante!
Acudió una doncella.
--Mi manto, al momento; que pongan una carroza.
La doncella salió.
--¡Cómo, madre mía, vos!... ¿Vais á ir?...
--Sí; sí, yo en persona casa del duque de Lerma.
--¿Pero no sería mejor que él viniese?...
--No; no... quiero verle al momento... iré. Pero, toma esas joyas... y
la carroza tarda...
--La nuestra...
--¡Ah! ¿tenéis carroza?...
--Y muy bella.
--¡Oh! bien, muy bien... haz poner en esa carroza el escudo de los
Girones, hijo mío; es un noble escudo, ¡ay! ¡si pudiera ser unir á sus
cuarteles los del escudo de Velasco!
La última exclamación de la duquesa representaba para los jóvenes el
corazón de una madre.
Para nosotros y para nuestros lectores y para la duquesa, aquella
exclamación salía del corazón de la madre y de la amante.
Porque doña Juana, enemiga política del duque de Osuna, le amaba;
continuaba amándole en secreto; el duque de Osuna era la pasión de toda
su vida.
Los recién casados dejaron á la duquesa de Gandía casa del duque de
Lerma; después don Juan dejó en palacio á doña Clara, y con el pretexto
de ir á esperar á su madre para llevarla á su casa, fué á casa de
Dorotea y marchó la carroza á las órdenes de la duquesa de Gandía á la
puerta del duque de Lerma.
CAPÍTULO LVIII
LAS AUDIENCIAS PARTICULARES DEL DUQUE DE LERMA
Acababa el duque de Lerma de apurar un almuerzo suculento, y se ocupaba
de hacer la digestión cómodamente arrellanado en su ancha y magnífica
poltrona, cuando entró su secretario Santos.
--¿Qué ocurre, amigo Pelerín--le dijo el duque--, que vienes tan serio y
cuando acabo de almorzar? ¿Tendremos algo extraordinario?
--Lo ignoro, señor; pero su excelencia la señora condesa de Lemos,
vuestra hija, pregunta por vuecencia y viene tras de mí y vestida de
casa.
--¡Vestida de casa!
--Sí, señor, y siento ya las fuertes pisadas que bastan para adivinar
que se acerca su excelencia.
--¡Oh! sí; mi hija es muy buena moza, ¿no es verdad?
--¡Señor, yo no he querido decir!...
--Demasiado buena moza, demasiado hermosa, por desgracia... pero ya está
ahí... vete... por ahí...
Y le señaló á Santos una puerta de escape.
La condesa entró en el despacho del duque, cerró la puerta, y asiendo un
sillón, le acercó al del duque y se echó el manto atrás.
--¿Qué es esto, Catalina? ¿qué es esto? ¡Pálida, llorosa, con los ojos
encendidos! ¿Qué tienes, condesa?...
--No me llaméis condesa, padre: malhaya la hora en que me casásteis con
el conde de Lemos.
--¡Ah!...
--Soy la mujer más desdichada de la tierra.
--¿Y por qué?
--Porque amo á un hombre.
--¡Catalina!
--Será todo lo escandaloso que queráis el que yo os diga esto... pero
vos, padre y señor, me habéis sacrificado.
--El hombre á quien amas, me dijo anteanoche, con la mayor desvergüenza,
que no se hubiera casado contigo por nada del mundo.
--¿Pero quién es el hombre á quien yo amo?
--Yo no extraño que le ames, porque yo también le amo; es decir, le amo
porque para el rey, para España, y por consecuencia para mí, sería
precioso si fuese mi amigo, en vez de serlo del duque de Osuna.
--¡Ah! ¡creéis que!...
--Sí... me consta que le amas, mancillando mi nombre, ultrajando á tu
esposo, confundiéndote con esas despreciables mujeres...
--¡El nombre, el nombre de quien amo!
--Don Francisco de Quevedo.
--Pues bien, sí, es verdad; le amo... más que eso; soy su amante.
--Irás de aquí á un convento--exclamó irritado el duque.
--No iré.
--¿Que no irás...?
--No, porque me necesitáis... no... porque sin mí no sabríais muchas
cosas que pasan en palacio... no... porque vos no tenéis derecho para
reprenderme... me habéis perdido.
--¡Estás loca!--exclamó el duque levantándose irritado.
--Loca, sí; fuera de mí... desesperada... ¿qué me importa todo...? se
va... me deja... me abandona... y no ha de irse.
Volvióse á sentar el duque.
--Afortunadamente están cerradas todas las puertas... pero eres
demasiado violenta, Catalina, y gritas... no grites... ya que te has
atrevido, ya que te atreves á presentarte sin pudor á tu padre...