Pasó algún tiempo y la duquesa se heló de espanto; conoció que era

madre. ¡Madre de un bastardo, sin culpa, sin más culpa que la de un

aturdimiento hijo de su misma pureza! ¡madre y viuda!

¡Y sin conocer al padre de su hijo!

Confesamos que la situación de doña Juana era excéntrica, excepcional,

terrible.

Llegó un momento en que la duquesa tuvo miedo de que conociesen su

estado, y se retiró de la corte, se encerró en su casa.

El duque de Osuna, al no ver en la corte á la luz de los ojos, quiso

verla en el hogar doméstico.

Pero encontró cerrada la puerta del hogar de doña Juana.

Esperó, pero pasó algún tiempo, y doña Juana no se dió á luz.

Entonces el duque tuvo una sospecha: la de si el retiro de doña Juana

tendría por objeto ocultar un estado embarazoso.

Bajo la influencia de este pensamiento, don Pedro se encerró en su

camarín más reservado, tomó unas tijeras y en un libro, y provisto de

una escudilla de plata con engrudo, se puso á cortar, á aislar, á

descomponer una por una las letras de imprenta, y luego pegándolas con

el engrudo sobre un papel, compuso la siguiente carta:

«Juana de mi alma, corazón mío: Yo soy el dichoso y el desdichado que te

encontró en una galería de El Escorial una noche de que es imposible que

te olvides. Como has desaparecido de la corte, como te has encerrado,

temo que sea una verdad dolorosa lo que sospecho. Si la deshonra te

amenaza confía en mí: yo te salvaré. Pero contéstame. Mañana á la noche

estaré, después de las doce, á los pies de tus ventanas que dan á la

calle excusada.

Tanto tardó el duque en componer esta carta, que ya era de noche cuando

concluyó.

Vistióse de negro, envolvióse en una capa parda, cubrióse con un ancho

sombrero, y se fué en derechura con su carta cerrada á casa de la

duquesa de Gandía, ó más bien á la calle donde la casa estaba situada.

Esperó en un zaguán, y cuando salió un lacayo le siguió y le dijo,

fingiendo la voz de tal modo que no podía ser reconocido:

--Yo soy tal persona, que puedo hacerte mucho daño si te niegas á

servirme, y rico si me sirves bien.

Y diciendo esto, puso en las manos del lacayo algunos doblones de á

ocho.

--¿Y qué puedo hacer, señor?--dijo el lacayo vencido completamente.

--Dime: Esperanza, la doncella de la duquesa, ¿tiene amante?

--Sí, señor--dijo el lacayo--, y está para casarse.

--¡Malo!--dijo para sí el duque--; ¿y con quién se casa Esperanza?

--¿Con quién ha de ser, sino con el señor Cosme Prieto?...

--¿Quién es ese Prieto?

--El ayuda de cámara del duque difunto.

--¡Ah! ¿un vejete?...

--Sí, señor.

--¿Y con ese se casa doña Esperanza?

--¿Qué queréis? tanto robó á su excelencia, que es muy rico.

--¡Ya! pues mira: vas á buscar ahora mismo á Esperanza.

--Muy bien.

--La darás esta sortija y la dirás: el caballero que os envía como

señal esta sortija, espera hablaros un momento por una de las ventanas

que dan á la callejuela excusada.

--Muy bien, señor.

--Pero al instante, al instante.

--En el momento en que vuelva de avisar al médico de la señora duquesa.

Dióle un vuelco el corazón al duque, pero temeroso de comprometer á doña

Juana, no preguntó ni una sola palabra más al lacayo, y recomendándole

que concluyera pronto, se fué á esperar á la calleja.

Pasó más de una hora.

Al fin el duque sintió abrir una de las maderas de una reja y luego un

ligero _siseo_ de mujer.

El duque se acercó á la reja, y con la voz siempre fingida dijo:

--¿Sois vos Esperanza?

--Yo soy, caballero--contestó de adentro una voz de mujer que, aunque

fresca y sonora, no tenía nada de tímida--; ¿y vos sois quien me ha

enviado un recado con el lacayo Rodríguez?

--Sí; sí, señora.

--¿Y qué me habéis enviado?

--Un diamante que vale cien doblones.

--¿Eso habrá sido por algo?

--Indudablemente.

--¿Me conocéis?

--Sí, sé que sois muy hermosa. La hembra mejor que ha venido de

Asturias.

--Muchas gracias, caballero: ¿y vos quién sois?

--¡Yo!... ¿qué os importa?

--¡Vaya!

--Soy joven; no tengo ninguna enfermedad contagiosa, ni me huele el

aliento.

--¿Y por qué fingís la voz?

--Porque no quiero que me conozcáis.

--¿Os conozco yo?

--No; pero no quiero que me podáis conocer mañana.

--¿Pero?...

--Os amo.

--¿Que me amáis? Si sois un caballero principal, no querréis más que

burlaros de mí.

--Vamos claros. Tú te casas con repugnancia con el viejo Cosme Prieto.

--¡Ah! sí, señor; con mucha repugnancia.

--Tú eres muy joven y puedes esperar.

--Como que no tengo más que diez y ocho años.

--Pero apuesto cualquier cosa á que si Prieto se casa contigo, es porque

no ha podido ser tu amante.

--¡Bah! bien lo ha querido y me ha ofrecido dinero.

--Pero poco; ¿no es verdad?

--Es muy mísero.

--Vamos, yo soy muy rico y muy generoso: ¿quieres ser mi querida?

--¡Señor!

--No tendrás que casarte contra tu voluntad, y mucho menos con ese

escuerzo de Cosme Prieto.

--¿Pero qué dirán mis padres?

--Vamos, toma esta buena bolsa de doblones de oro.

--¡Señor!

--¿No la quieres?

--Sí; sí, señor.

--Pues entonces tómala.

Salió una mano por la reja, y tomó la bolsa.

--Ahora, ábreme--dijo don Pedro.

--¡Ah, no! ¡no, señor!--exclamó vivamente Esperanza.

--¡Ya, ya te entiendo! ¿Te parece poco el diamante y el bolso, ó temes

que pueden ser falsos?

--No; no, señor, es que soy una doncella honrada.

--Oye, acaban de dar las ánimas; desde aquí á las doce de la noche van

cuatro horas; ¿puedes tú bajar á las doce á esta reja?

--¡Por esta reja! ahora su excelencia está en el oratorio, y he podido

bajar; pero á las doce su excelencia estará en su dormitorio, y el

dormitorio de su excelencia da á un corredor, y este corredor á unas

escaleras que están aquí orilla.

--¡Ah! ¿conque tu señora se ha venido á lo último de su casa?

--Vive muy retirada.

--¿Y no te atreves á venir por esta reja?

--No, señor.

--¿Pues por cuál?

--Por la última, seis rejas más allá.

--Pues vendré á las doce.

--Venid; pero no os abriré el postigo; bajaré á hablar.

--Bien, muy bien; me basta.

--Pues quedáos con Dios, que temo que mi señora me llame.

--Ve con Dios, y no te olvides de mi cita.

--No lo olvidaré; á las doce, por la última reja del lado de allá; ésta

es la primera.

--Hasta luego.

--Hasta luego.

La reja se cerró.

--¡Conque junto á esta reja hay una escalera que da á un corredor al que

sale una puerta del aposento de mi ingrata amante! es necesario pensar

en ello... es necesario que ya que por una locura, por una pasión

violenta la he comprometido, la salve; y que la salve sin que nadie

medie, con mi ingenio, con mi dinero y con la ayuda de Dios... sí, sí;

la honra de doña Juana ha de quedar intacta. Pero observemos bien esta

reja, que no se me despinte; encima hay otra con celosías. Otra reja

volada; no se me confundirá. Además es la primera.

Y el duque se separó de la reja, tomó el camino de su casa y se entró en

ella por un postigo sin ser sentido de nadie.

Abrió un pequeño guardajoyas que tenía en su aposento para su uso

diario, y tomó una rica cadena de diamantes y la guardó en su escarcela.

Entonces se puso á trabajar de nuevo, esto es, á componer con letras

pegadas, bajo lo que había compuesto antes en la carta que había llevado

consigo lo siguiente:

«Me he procurado un medio de penetrar hasta la puerta de vuestro

dormitorio, sin que nadie sepa que por vos he entrado en la casa; mañana

habrá desaparecido de vuestra servidumbre la doncella Esperanza; no la

busquéis porque no la encontraréis; no temáis nada por vuestra honra,

porque esa Esperanza cree que estoy enamorado de ella y que sólo por

ella voy. Sed prudente por vos misma, que ya podremos comunicarnos sin

que os comprometáis.»

Eran cerca de las doce cuando el duque de Osuna acabó de componer las

anteriores líneas. Volvió á salir secretamente por el postigo, llegó á

la calle á donde daban las rejas posteriores de la casa de la duquesa,

reconoció aquélla por donde había hablado Esperanza cuatro horas antes,

la dejó atrás y se detuvo junto á la última y esperó.

Al dar las doce el duque sintió pasos indecisos de una mujer en el

interior; acercarse aquella mujer á la reja, detenerse un momento como

irresoluta, y abrir por fin las maderas.

--¿Sois vos?--dijo con voz trémula Esperanza.

--Yo soy--contestó con la voz siempre desfigurada el duque.

--Pero ¿por qué si me queréis os ocultáis?

--Ya me conocerás. Entre tanto toma esta cadena.

--¡Una cadena!

--Que vale trescientos doblones.

--¡Ah! ¡trescientos doblones!--dijo Esperanza tomando con ansia la

cadena.

--Ya conocerás que quien tanto te da debe amarte mucho.

--¡Oh! ¡y qué buena suerte la mía, señor!

--No es la mía tan buena.

--¿Por qué? yo... os quiero ya... os quiero bien.

--No lo dudo. Pero me parece que no me querrás tanto que me recibas esta

noche.

--¡Ah, señor! no he tenido tiempo de buscar la llave del postigo.

--¿Pero la tendrás mañana?

--Sí; sí, señor.

--Y dime, ¿nos podrán sorprender por esta parte?

--No; no, señor; por aquí no viene nadie; ese postigo no se abre nunca;

por lo mismo, es necesario buscar la llave.

--Cuento con que mañana...

--¡Oh! sí; sí, señor.

--Pues entonces, hasta mañana después de las doce.

--Hasta mañana.

El duque se fué, y la doncella se subió á su aposento con el corazón

latiéndole con impaciencia por el regalo que la había dado su extraño

amante.

Cuando tuvo luz; cuando estuvo sola, miró estremecida la cadena y ahogó

un grito de asombro.

--¡Dice que vale trescientos doblones!--exclamó--y bien lo creo; esto es

muy bueno, muy hermoso, ¿pero por qué me da tanto ese caballero? ¿si

serán falsas estas piedras? Yo soy bonita, es verdad (y la muchacha no

mentía), pero nadie me ha ofrecido tanto; cuando á una le dan para vivir

toda su vida, cuando puede ser rica... y luego... debe ser hermoso... yo

le veía los ojos en la sombra y me abrasaban... como que creo que le

quiero... pero si fueran falsas estas piedras...

Esperanza no durmió en toda la noche; al día siguiente se levantó muy

temprano, y se fué á una platería.

--Un caballero que me solicita--dijo al platero--me ha dado estas joyas:

yo he temido que sean falsas.

--¿Falsas? ¡eh, señora! si queréis ahora mismo por ellas doscientos

doblones...

--¿De veras?

--Tan de veras como que os los doy.

--No, no las vendo; quedáos con Dios.

Y Esperanza volvió loca de alegría á su casa.

Entretanto, el duque de Osuna decía á su mayordomo:

--Oye: ¿no tengo yo ninguna casa en Madrid desalquilada?

--Sí; sí, señor: en la calle de la Palma Alta tiene vuecencia una.

--Hazla amueblar, y luego tráeme la llave y las señas de la casa.

--Muy bien, señor.

A la noche, á las doce en punto, el duque de Osuna llegó á la calleja á

donde daba la parte posterior de la casa de la duquesa de Gandía.

Reconoció la primera reja por donde había hablado la noche anterior con

Esperanza; vió sobre ella el mirador con celosías, y arrancándose una

cinta del traje, la ató en un hierro; después, llegó á la última reja, y

esperó.

Pero tuvo que esperar muy poco, porque Esperanza, que ya le esperaba,

abrió al momento el postigo de la reja.

--¡Ah! ¡buenas noches!--dijo la joven--; os esperaba con impaciencia.

--¿Y me esperabas decidida á todo, luz de mi vida?--dijo el duque

fingiendo siempre la voz y haciendo una violencia para enamorar á la

doncella.

--Sí; sí, señor; pero vos no pensaréis mal de mí--dijo con cierto

embarazo Esperanza.

--No, de ningún modo--dijo con impaciencia el duque--; ¿tienes la llave?

--Sí, señor, trabajo me ha costado quitarla del manojo del conserje...

pero ya está aquí.

--Concluyamos entonces...

--¡Ah, señor!... si os sintiese...

--¿Decididamente consientes ó no en abrirme?

--¡Ah, sí, señor!... pero si me engañáseis...

--Mejor suerte has de tener que la que esperas...

--Pues bien... sí... sí, señor; id por el postigo. ¡Dios mío!

El duque de Osuna se acercó al postigo, latiéndole el corazón.

Esperanza abrió.

Cuando hubo abierto, el duque la asió una mano y tiró de ella.

--¿Qué hacéis?--dijo asustada Esperanza.

--Yo no me atrevo á entrar--dijo el duque.

--Y entonces, ¿para qué queríais que abriese?

--Para que salieras tú...

--¡Pero Dios mío!... yo no os conozco.

--¿Y qué te importa?...

--Sí, sí--dijo con energía Esperanza--; venís encubierto, podéis ser un

ladrón, haberme dado esas joyas y ese dinero para engañarme.

--Y tiene razón la muchacha--dijo para sí el duque de Osuna, pero sin

soltarla.

Esperanza estaba fuertemente asida al marco de la puerta y pugnaba por

desasirse del duque.

--Si no me soltáis, grito.

El duque se decidió á darse á conocer.

--Y si gritas y vienen y yo no te suelto, te encontrarán con el duque de

Osuna.

--¡El duque de Osuna! ¡Dios mío! ¡pero esto no puede ser! ¡no, no,

señor, vos me engañáis! ¡el duque de Osuna, cómo había de reparar en mí!

--¿Conoces tú al duque de Osuna?

--Le he visto entrar muchas veces en casa.

--Y yo te he visto á ti muchas veces, y me he enamorado de ti.

--¡Oh Dios mío!

--Entra un tanto, que me voy á dar á conocer de ti.

Entró Esperanza, el duque con ella, cerró el postigo, hizo luz con la

linterna que llevaba bajo la capa, se quitó el antifaz y dejó ver su

semblante á Esperanza.

La muchacha se estremeció y cayó de rodillas.

--¡Ah, señor! ¡perdonadme, perdonadme por haber dudado de

vuecencia!--exclamó.

--No me conocías--dijo el duque--, y nada tiene de extraño. Pero

abreviemos, estoy en ascuas... quiero verme fuera de aquí cuanto antes.

¿Te negarás ahora á seguirme?

--No, no, señor... pero no tengo manto... me he dejado arriba en mi

aposento, en mi cofre las joyas que vuecencia me dió...

--Nos espera una silla de manos muy cerca... en cuanto á las joyas no

importa... vamos.

--¡Ah, señor...! ¡voy á seguiros...! ¡no sé lo que me sucede! ¡pero no

me perdáis...!

El duque tiró de ella, llegó al postigo, tomó la llave de la parte de

adentro, la puso por la parte de afuera, cerró, guardó la llave y se

alejó con Esperanza.

A la revuelta de la primera calle, el duque dió una palmada.

Acercaron una ancha silla de manos, y Esperanza y el duque entraron en

ella.

La silla se puso inmediatamente en movimiento.

Esperanza guardaba silencio; el duque meditaba.

--Es necesario, necesario de todo punto--pensaba el duque--, que yo sea

por algún tiempo amante de esta muchacha, para que no pueda sospechar

nada, para que crea que todo esto lo hago por ella.

Y acercándose á Esperanza la abrazó.

Esperanza, en el primer movimiento instintivo, luchó por desasirse del

duque; pero luego se estuvo quieta.

--¡Diablo!--dijo don Pedro--, del mal el menos; es buena moza cuanto

puede pedirse, y parece honrada y buena... ¿qué diablos de

complicaciones...? una querida más... y una pensión más... porque si no

es mi querida, sospechará... podrá presumir, y es necesario que no

presuma.

Y tras este pensamiento, el duque enamoró de tal modo á Esperanza, que

ésta dijo al fin para sus adentros:

--Le parezco hermosa, y como estos señores son tan ricos y tan

orgullosos, ha querido tenerme sin que nadie lo sepa... pero esto durará

poco... y me dejará enamorada. ¡Dios mío! ¡y qué hermoso, y qué galán

es!

Y la muchacha suspiró.

--¿Por qué suspiras?--la dijo el duque.

--Porque os amo--dijo Esperanza dejando caer la cabeza sobre el hombro

del duque.

--Ya no me llamas excelencia, ni señor--dijo don Pedro--, y esto me

agrada.

--Por lo mismo lo hago, porque creo que estáis enamorado de mí.

--Pero aún queda ese enojoso vos.

--¡Hablaros yo de tú, como á Cosme Prieto! Es verdad que yo no soy como

otras que vienen á servir de mi tierra. Yo soy noble.

--¡Hola!

--Mi padre tiene una torre con almenas en la Montaña, nuestro solar es

muy antiguo; me llamo Esperanza de Figueroa.

--¡Ah! ¿Eso es cierto?

--Ya lo sabréis...

--¿Y servías...?

--Como doncella, á una grande de España; hay muchas damas sirviendo en

la corte, hijas de nobles pobres; no se nos trata como se debía... ¡la

necesidad...! somos siete hermanos... mi padre enfermo... mi madre

anciana...

--¡Ah! ¡ah! pues mejor, mejor... yo enriqueceré á tus padres... yo no te

abandonaré.

--¡Una sola palabra!

--¡Qué!

--¡Me amáis de veras!

--¡Sí!--dijo el duque.

--Pues bien; el amor iguala... yo no sé por qué te amo también, duque

mío.

--¡Diablo!--exclamó para sí el duque--; esta muchacha es más hechicera y

tiene más talento de lo que yo creía. Me va interesando ya... como puede

interesarme una mujer que no es la duquesa de Gandía.

Abrióse en aquel momento la puerta de una casa, y entró la silla de

manos.

Se detuvo, y los hombres que la conducían se alejaron, y volvió á

cerrarse la puerta.

El duque abrió entonces la portezuela, salió, hizo luz con la linterna,

y dió la mano á Esperanza.

--Estamos enteramente solos--dijo el duque--: los que nos han traído no

saben quién eres, ni de dónde sales.

Y esta era la verdad.

--¡Oh Dios mío, y qué locura!--dijo Esperanza asiéndose encendida y

trémula, al brazo que el duque la ofrecía.

Subieron unas escaleras.

Dos horas después el duque bajó por aquellas mismas escaleras, pálido y

pensativo.

--Una mujer da otra mujer: el corazón, por lleno que esté, siempre tiene

un hueco para la hermosura y para el corazón de otra mujer... ¡diablo!

¡diablo! me parece que me hace pensar demasiado seriamente esta

muchacha... será necesario enviarla cuanto antes y bien dotada á sus

nobles padres, antes de que tengamos una historia, y acaso un

remordimiento.

Y el noble don Pedro abrió la puerta y salió.

Eran las tres de la mañana.

Dirigióse rápidamente á la callejuela á donde le llamaba su amor, su

verdadero amor, la pasión de su alma, que no podían apagar las pasajeras

lluvias de amorcillos que caían á cada paso, á causa de su carácter y de

sus riquezas, sobre el duque.

Llegó, y antes de poner aquella llave que tan cara, y al mismo tiempo

tan dulcemente había comprado, se estremeció, dudó, retrocedió: temía

que un accidente cualquiera denunciase, descubriese aquella su entrada

subrepticia casa de la duquesa: pero el duque de Osuna, don Pedro, no

retrocedía tan fácilmente; antes que dejar abandonada á sí misma á la

duquesa, arrostró por todo: confiaba en su nombre, en su fama; ya en su

juventud, don Pedro Téllez Girón era un magnífico grande, á quien se

respetaba poco menos que al rey.

Una vez dentro, recorrió algunas habitaciones desamuebladas, húmedas, á

lo largo del muro de la calle, y fué reconociendo las rejas, ocultando

la luz de la linterna cada vez que abría una.

Al fin dió con aquella, en uno de cuyos hierros había puesto como seña

una cinta: quitóla, cerró, dió luz de nuevo, y buscó la subida de la

escalera; por la cual, según le había dicho Esperanza, se subía al

corredor donde correspondía una puerta de escape del dormitorio de la

duquesa.

Aquel corredor tenía dos puertas: una á cada extremo.

El duque en esta perplejidad se dirigió á la de la derecha, con paso

silencioso como el de un ladrón, oculta la luz de la linterna, con las

manos por delante.

* * * * *

En un ancho y magnífico dormitorio, en un no menos ancho y magnífico

lecho, dormía, mejor dicho, estaba acostada la hermosa duquesa de

Gandía.

Desvelábala el cuidado.

La espantaba el día en que, no pudiendo ocultar más su estado, la fuese

de todo punto indispensable confiar á alguien su secreto.

¿Y cómo hacer creer á nadie la singular manera como había acontecido

aquel terrible compromiso?

Doña Juana, que era virtuosa y honrada, no podía menos de afligirse

amargamente, y de llorar al verse sometida á aquella inaudita desgracia.

Pidió á Dios que hiciese un milagro para librarla de la deshonra, de una

deshonra á que ella no había dado lugar, sino siendo mujer, cuando oyó

dos golpes recatados en la puerta de escape de la habitación inmediata.

Doña Juana detuvo el aliento y escuchó de nuevo.

Pasó algún tiempo y los dos golpes se repitieron.

Por aquella puerta, condenada hacía mucho tiempo, y demasiado fuerte y

bien cerrada para que pudiese libertarla de tener miedo, no podía llegar

nadie como no fuese alguno de su servidumbre íntima, que tuviese interés

en decirla algo secretamente, sin pasar por las habitaciones donde

dormían la dueña y las doncellas de servicio.

Doña Juana se levantó, se echó por sí misma un traje y se acercó á la

puerta, á la que llamaban por tercera vez.

--¿Quién llama?--dijo en voz baja.

--Tomad lo que os doy por bajo de la puerta, y con ello mi corazón y mi

alma, hermosa señora--dijo una voz tan desfigurada, que la duquesa no

pudo reconocer.

Al mismo tiempo sintió el roce de un papel por debajo de la puerta.

Bajóse la duquesa y tomó el papel.

Era la carta que había compuesto para ella el duque de Osuna.

Se fué, latiéndola el corazón, á la luz, y leyó el doble contenido que

ya conocen nuestros lectores.

Apenas la leyó rápidamente, cuando corrió á la puerta.

Necesitaba conocer al hombre audaz, causa del compromiso horrible en que

se encontraba.

Pero aquella puerta estaba condenada, no tenía la llave, y la duquesa se

vió reducida á tocar á ella, á llamar levemente la atención de la

persona que suponía al otro lado.

Pero nadie la contestó.

Volvió á llamar, y obtuvo por repuesta el mismo silencio.

Poco después oyó allá, desde el fondo de la calle, una voz intensa,

dolorosa, que exclamó:

--¡Adiós!

Doña Juana se precipitó á la reja, la abrió, miró á la calle, y vió á lo

lejos, en uno de sus extremos, entre lo obscuro, un bulto que

desaparecía.

Doña Juana permaneció un momento en la reja mirando de una manera

ansiosa al lugar por donde el bulto había desaparecido, como si hubiera

querido atraerle, y luego se retiró, cerró lentamente las maderas, y se

fué á la mesa, tomó su libro de devociones, cortó algunas hojas, y luego

buscó unas tijeras y se puso á cortar letra por letra.

Cuando tuvo una gran cantidad, las fué clasificando en montoncitos por

orden alfabético: como podría decir un cajista, distribuyéndolas, y

cuando las tuvo distribuídas, reparó en que no tenía con qué pegarlas

sobre el papel.

--No importa--dijo--, aprovecharé el tiempo: escribiré lo que he de

copiar con esas letras.

La duquesa de Gandía se puso á escribir su original, es decir lo que

debía después componer.

Y al escribirlo la infeliz lloraba.

Cuando estuvo concluida la carta, que no fué sino mucho después del

amanecer, porque la duquesa había pensado mucho, había rayado muchas

palabras, que por la delicadísima índole del asunto, la habían parecido

inconvenientes, resultó lo que sigue:

«Señor, que no puedo llamar de otro modo al que tiene por una casualidad

desdichada mi honra y mi vida, que todo es uno, en sus manos: Yo quiero

creer que sois noble y generoso, y que será verdad que no me habréis

comprometido valiéndoos, para hacer llegar á mis manos la carta vuestra

que contesto, de la liviandad de una de mis doncellas, á quien yo creía

por cierto más honrada. Quiero creer, que ni me culpáis por lo sucedido,

ni habréis revelado ni revelaréis á nadie, ni aun á vuestro confesor, lo

que sin conocernos ha pasado entre nosotros. En efecto, señor: lo que

teméis es una horrible realidad, soy madre: por el amor de Dios, señor,

ya que lo sucedido no tiene remedio, á vuestro honor me entrego; de vos,

que sois la causa de mis desdichas, espero la salvación, y si me

salváis, si nadie en el mundo más que vos puede saber lo que me sucede,

si queda secreto, yo os perdonaré. Entre tanto, señor, seáis quien

fuéreis, noble ó plebeyo, necesito saber vuestro nombre; necesito

conoceros, para no dudar, para no creer que todos los que me hablan

conocen mi desdicha. Cuando recibáis esta noche á las doce mi carta,

entrad, entrad como habéis entrado hace poco, y hablaremos con la puerta

de por medio, hablaremos y convendremos en lo que hayamos de convenir.

Adiós, señor, la desdichada á quien conocéis y que no os maldice, porque

no sabe maldecir; que no os odia, porque no sabe odiar.»

Después de escrita esta carta, la duquesa la guardó cuidadosamente,

envolvió cada suerte de letras de las que había cortado en su papel

correspondiente y las guardó, cerró asimismo el libro de devociones, y

se acostó.

Algunas horas después, ya muy entrado el día, cuando la despertaron, la

dueña más antigua la dijo toda azorada:

--¡Señora! ¡Esperanza de Figueroa ha desaparecido!

--¡Que ha desaparecido Esperanza!--exclamó la duquesa con tal asombro,

tan ingenuo y tan natural, como si aquella hubiera sido la primera

noticia.

--Sí; sí, señora: desaparecido completamente.

--Habrá salido...

--Sí, señora: pero es el caso que se ha dejado su manto.

--Esperad, que ya volverá: cuando vuelva la decís que la despido, y que

Bustillos corra con lo necesario para enviársela á su padre, con una

carta en que se diga por qué la vuelvo.

--Muy bien, señora.

--Haced que me traigan algo que sirva para pegar papel.

Trajeron á la duquesa almidón cocido.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 46 / 66 段