con el venturoso que de tal modo os hace desventurada, antes del medio
día, llegó á la noche; Francisco Martínez Montiño, que debió haber
estado en su casa, y recibido á su sobrino postizo á la hora de la cena
del rey, estaba dando un banquete de Estado al duque de Lerma. Las
circunstancias eran además gravísimas. La reina se encontraba
grandemente comprometida por una endiablada intriga de don Rodrigo, y
doña Clara Soldevilla había salido sola á la calle por el compromiso de
la reina, y seguida por don Rodrigo Calderón, al primero á quien
encontró, de quien se amparó, como se hubiera amparado de otro
cualquiera, fué de don Juan. Solos de noche, por esas calles de Dios;
generoso y valiente él, generosa y ansiosa de amor ella, protegida por
don Juan, puesta en contacto íntimo con él, que es impetuoso, y noble, y
valiente como su padre, apasionado como vos, y como vos hermoso,
aconteció lo que no podía menos de suceder: se enamoró ella de él con
tanta más fuerza y más pronto, cuanto ella estaba ansiosa de un amor que
no había podido encontrar en la corte, de un amor digno de ella. El
enredo se había hecho terrible cuando yo encontré en el zaguán de la
casa del duque de Lerma á don Juan, que como yo había ido allí en busca
del cocinero de su majestad, y se agravó hasta hacerse negro, lúgubre,
al caer don Rodrigo bajo la espada de don Juan. Entonces lo temí todo,
todo: empecé á buscar una ayuda para salir del atolladero, y en cierta
casa donde me refugié por el momento, supe que vos érais la mujer
codiciada, la mujer envidiada por todos al duque de Lerma, á quien
engañáis siendo amante de Calderón. Entonces dije: de seguro la Dorotea,
aquella hermosa niña á quien yo conocí en el convento de las Descalzas,
tiene gran poder ó puede tenerle para con don Francisco de Rojas; y en
cuanto á Calderón, yo que le conozco, mucho me engaño si no es para
Dorotea uno de esos hombres á quienes una mujer ama mientras no se le
presenta otro mejor. Nuestro don Juan está terriblemente atollado; pues
bien, procuremos que él mismo se desatolle enamorando á la Dorotea, y
entonces me vine aquí y llamé á don Juan, y sucedió más de lo que yo
creía: que vos os enamorásteis de él, y él se deslumbró al veros. Los
sucesos han hecho que don Juan sea esposo de doña Clara, y que vos os
encontréis con el alma negra, deshecha, desesperada. Yo no creí que
ninguno de los tres valiéseis lo que valéis: mi mundo, el mundo de mi
corazón y de mi amor, que se reducía á una persona, se ha aumentado con
otras tres: y la que más amo, porque es la más débil, sois vos, hija
mía, vos que me habéis sorprendido, que me habéis enamorado con el
corazón que me habéis dejado ver. De modo que no me pesa de lo que ha
sucedido, no; pero estoy aterrado, aterrado por vos.
--¡Aterrado por mí!
--¡Ah! si vos creéis que yo tengo el alma helada, os engañáis; que la
tengo muerta, que sólo ha sobrevivido en mí lo malo, os engañáis,
Dorotea, os engañáis; mi vida es una vida poderosa, insoportable,
insaciable, una calentura continua; mi vida necesita espacio donde
extenderse, y no le halla; mi vida está comprimida, encerrada como en
una caja de hierro: cada corazón digno de mí que encuentro, es un poco
de espacio que se dilata en esa caja terrible, en esa prisión que no
puedo romper por más que hago; y al mismo tiempo es una amargura más,
una amargura infinita; habéis dicho que yo os sacrifico á sangre fría, y
al veros sufrir, al veros de tal modo desesperada, tengo el corazón
apretado, siento ansias, y me pregunto qué razón desconocida hay para
que el hombre se alimente del hombre el alma del alma, la alegría del
dolor, la vida de la muerte, me digo y me espanto al decirlo: ¿por qué
Dios no nos ha dado otros sentimientos más fáciles de satisfacer? ¿por
qué esta continua carnicería? ¿por qué esta durísima é interminable
batalla? Os habéis engañado respecto á mí; insensible, duro, cruel, si
se quiere, para todos, pero no para vos, no para vos que, como os he
dicho, sois mi aire de vida. Yo haré con vos todo lo que pueda hacer: os
haré menos infeliz.
--Menos infeliz ¡y cómo!
--Procuraré prestaros parte de mi fortaleza; emplearé con vos todo el
tesoro de consuelos de que mi alma está llena; os enseñaré á encontrar
la alegría en la tristeza, el placer en el dolor; haré que,
reconcentrada vuestra alma, busquéis la vida en vos misma; os daré el
filtro que hace soñar, levantando vuestra alma; seréis mi hija, y yo
seré vuestro padre; os retiraréis del teatro, y no entraréis en un
convento, viviréis en el mundo, dominándole, despreciándole,
engrandeciéndoos á vuestros propios ojos, con la comparación interna de
lo que vos valéis, y lo que el mundo vale. Llegará un día en que vos no
seréis la amante de don Juan, sino su hermana, en que pondréis á sus
hijos sobre vuestras rodillas, y los amaréis como si fueran vuestros; en
que purificada por el martirio, levantaréis á Dios la frente lavada,
blanca y resplandeciente por el Jordán del sufrimiento. ¡Oh! ¡Dorotea!
¡Dorotea! ¡hija mía! si viérais mi corazón, si apreciárais su amargura y
su despecho, si supiérais cuánto esta insoportable amargura y este
despecho frío están dominados, puestos en silencio... si viérais cuántas
terribles ambiciones, cuántos proyectos inconcebibles se agitan, rugen
en mi cabeza, y al mismo tiempo me viérais estudiar, buscar ansioso la
ciencia, que siempre me parece poca, reir, y hacer reir á los demás,
convertir las lágrimas en burlas... ¡oh! yo os aseguro que os
compadeceríais de mí, que encontraríais injusta la maldición que sobre
mí pesa, y poco todo el aire de la creación para dar á mi pecho el
aliento que necesita.
--Conque, ¿sólo me hicísteis conocer á don Juan para salvarle?--dijo
Dorotea, que no podía apartarse de su pensamiento dominante, de su
pensamiento desesperado.
--Sí, ¡por Dios vivo!--contestó Quevedo.
--Pues habéis hecho bien, muy bien, y os pido perdón por el odio que os
he tenido, por las injurias que me habéis escuchado.
--¡Bah! no podéis injuriarme.
--Y decidme: ¿habéis venido también á que yo siga salvando á don Juan?
--Sí.
--¿Y de qué modo puede ser eso?
--Impidiendo que me prendan. Porque preso yo, don Juan queda sin
consejo, sin ayuda.
--No os prenderán ó he de poder poco.
--Se necesita además...
--¡Qué!...
--Que engañéis á vuestro... ¿qué sé yo lo que es vuestro el tío
Manolillo?
--¡Ah! ¡infeliz!
--Es necesario que le digáis, que le hagáis creer que nada os importa ya
don Juan.
--Os comprendo, os comprendo, descuidad.
En aquel momento sonó el ruido de una carroza y Casilda entró azorada.
--¡El duque de Lerma!--exclamó.
--El duque... lleváos al momento esta mesa... y vos... vos don
Francisco, escondéos aquí.
--¡Cómo! ¿en vuestro dormitorio?
--Sí, sí, desde ahí podréis oír y ver. Desde ahí podréis juzgar si soy
digna de que me apreciéis.
Don Francisco entró.
Poco después, quitada ya de en medio la mesa, sentada en el hueco de un
balcón, Dorotea estudiando su papel de reina Moraima, entró el duque de
Lerma.
CAPÍTULO LVI
EN QUE EL AUTOR RETROCEDE PARA CONTAR LO QUE NO HA CONTADO ANTES
Cuando entró en su casa doña Juana de Velasco, duquesa de Gandía, de
vuelta de palacio, se encerró diciendo á su dama de confianza:
--Cuando vengan don Juan Téllez Girón y su esposa doña Clara Soldevilla,
introducidlos y avisadme.
A seguida se sentó en un sillón, y quedó inmóvil, pálida, aterrada, muda
como una estatua.
Nada tenía esto de extraño; la caía de repente encima el hijo
involuntario que le había procurado una fatal casualidad, una fatal
sorpresa, un sobrecogimiento funesto, una inaudita audacia de las
mocedades del duque de Osuna.
Nunca una mujer se había visto en tales y tan originalísimas
circunstancias.
Es el caso que la duquesa, si tenía mucho por qué desesperarse, no tenía
nada por qué acusarse, por qué avergonzarse.
Ella no tenía la culpa absolutamente de aquello; ella no la había
autorizado; es más, ella, hasta que vió el aderezo funesto sobre doña
Clara y supo que el esposo de doña Clara era un Girón, no sabía, no
podía imaginarse quién era el padre de aquel hijo completamente
fortuito.
Entonces comprendió doña Juana la razón de ciertas sonrisas
intencionadas que el duque de Osuna se había permitido hablando en la
corte con ella, después de la aventura de que había sido oculto testigo
en El Escorial el tío Manolillo. Ella, irritada por el recuerdo de
aquella enormidad, sin atreverse á mirar á nadie frente á frente,
temerosa de que el hombre á quien mirase fuese el autor de su vergüenza,
con el duque de Osuna había sido con el único que había hablado sin
empacho.
En verdad que el duque de Osuna se había permitido enamorarla aun antes
de ser viuda del duque de Gandía; pero el noble don Pedro, á pesar de
que era joven é impetuoso, sabía enamorar á doña Juana sin que ésta se
ofendiese, de la manera más delicada, más discreta, más respetuosa, más
peligrosa, sin embargo, para la mujer objeto de aquellos amores que
nadie conocía, más que el duque que los alentaba, y doña Juana causa de
ellos.
Y luego estos amores tenían disculpa.
El duque de Osuna no había conocido á doña Juana hasta que después de
casado la presentó en la corte su marido, y parte de esto, doña Juana
era una mujer sumamente peligrosa.
A una hermosura delicada, espiritual, resultado de una maravillosa
combinación de encantos, unía un candor y una pureza de ángel; se había
casado crecida, más que crecida, á los treinta años, veinticuatro de los
cuales los había pasado en un convento, y era, sin embargo, una niña, y
tenía en su mirada, en su sonrisa, en su expresión una fuerza
imponderable de sentimiento; dormía bajo su inexperiencia, bajo su
timidez, una alma vivamente impresionable, ardiente, apasionada, por lo
dulce y por lo bello, pero sin aspiraciones, sin comprender su deseo,
sin irritarle.
El duque de Gandía, su esposo, era un señor antiguo, provecto, que se
acordaba del emperador continuamente, que no sabía hablar más que del
emperador, y que miraba con desprecio á los que no habían nacido en
aquella generación de gigantes, en aquella época de gloria, en aquel
período de embriaguez de las Españas.
Soltero siempre, porque no había sentido nunca el amor, porque su alma
de plomo, por decirlo así, no podía sentirle, se casó cuando era viejo
con el único objeto de tener un hijo á quien transmitir su nombre, un
hijo que impidiese que sus Estados pasaran á sus parientes bilaterales,
á quienes aborrecía lo más cordialmente posible; entonces se encaminó á
la casa del conde de Haro, condestable de Castilla, hombre viejo, tan
duro y tan excéntrico como él, y que por una casualidad se había casado
joven, y le dijo:
--Amigo don Iñigo: los médicos me dicen que cuando más, cuando más,
puedo prometerme cuatro años de vida.
--Los médicos quieren robaros, amigo don Francisco--contestó el conde.
--Podrá ser; pero sucede endiabladamente que yo pienso lo mismo que
ellos; me siento mal, muy mal; me pesa cada pie un quintal, y cuando
quiero andar derecho como _in illo tempore_, me da un crujido el
espinazo, y el dolor me hace volver á encorvarme un tanto; el peso del
arnés y del yelmo son malos, muy malos, amigo mío, bien lo sabéis,
porque vos, como yo, los habéis llevado mucho tiempo; además, este
respirar dificultoso, este hervor en el pecho; yo estoy muy malo y voy á
hacer cuanto antes el testamento.
--¿Y venís á preguntarme sin duda, á cuál de vuestros parientes?...
--¿Qué? Ni por pienso; si me heredan será porque yo no puedo hacer otra
cosa.
--Pues no veo el medio de evitar... ¿Tenéis algún hijo incógnito?...
--¡Quia! no; yo no he amado nunca; no comprendo para qué se quiere una
mujer, como no sea para hacerla mujer madre; como una cosa; para un
objeto de utilidad; por eso nunca me he acercado á una mujer, como no
haya sido á las reinas que he conocido, y eso en los días de corte para
besarlas la mano.
--Pues por más que hago, no adivino la razón de que hayáis venido á
hablarme de vuestro testamento.
--Para hacer testamento á mi gusto, necesito tener un hijo, y vengo á
que vos me deis ese hijo.
Púsose en pie de un salto el conde de Haro.
El duque de Gandía no se movió del sillón en que estaba sentado.
--Sí, sí señor, vengo á que me deis un hijo por medio de una de vuestras
hijas.
--¡Ah!--exclamó sentándose de nuevo el conde de Haro--; eso es distinto;
ahora lo comprendo; pero decidme, amigo don Francisco, ¿estáis seguro,
es decir, tenéis probabilidades de obtener hijos?
--Al menos los médicos me lo han asegurado.
--Bien; ¿y cuál de mis hijas queréis?
--La más hermosa.
--La destino para monja, y si no ha profesado ya es porque todavía no ha
salido de ella; no quiero violentarla.
--¿Pero tiene hecho algún voto?
--No.
--¿Sabe ella vuestra voluntad?
--No, porque yo quiero que haga la suya.
--¿Habéis hecho alguna promesa á Dios?
--Tampoco, porque no puedo prometer lo que otro ha de cumplir, y mucho
más cuando ese otro es hija mía.
--¿De suerte, que sólo tenéis un ligero deseo de que sea monja?
--Es tan candorosa, tan sencilla mi hija doña Juana...
--Pues mejor, mucho mejor; yo sólo sabía, porque lo había oído á muchas
personas, tratándose de vuestra familia, que teníais una hija que era un
portento... Como para mí la mujer es completamente inútil, sino para
madrear, ni reparé en ello, ni sentí absolutamente deseo por conocer á
ese portento de vuestra hija; pero cuando empecé á pensar en que yo
debía tener un heredero, y para ello me era forzoso casarme, sin saber
cómo, se me vinieron á la memoria los elogios que acerca de una de
vuestras hijas había oído.
--Pero si la mujer es para vos completamente indiferente, si sólo os
casáis mecánicamente--dijo el conde de Haro, que era un tanto
socarrón--, casáos con la menor de mis hijas; tiene veinte años, es fea,
fuertemente fea de cara, pero robusta, llena de vida, y á propósito,
decididamente á propósito para la maternidad. Me quitaríais de encima un
cuidado, porque aunque la he dotado mejorándola, para contrapesar con
dinero lo que la falta de hermosura, no hay un cristiano que cargue con
ella; vos es distinto; á vos, para quien no existen los encantos de la
mujer, ¿qué más os da?
--Amigo don Iñigo, yo he sido muy buen mozo.
--Ya lo sé.
--Y quiero que mi hijo ó mi hija lo sean.
--Es muy justo.
--Porque á más de la nobleza de la sangre, es conveniente tener la
nobleza natural de la hermosura.
--Sin duda.
--Ahora bien; un chiquillo se parece á su padre ó á su madre, ó á los
dos; si se parece el que yo tenga de una hija vuestra á mí cuando tenía
treinta años, estoy satisfecho; pero si le da la gana de parecerse á su
madre... Es necesario que sea hermosa.
--Esto se parece á la manera cómo se hacen los caballos de la cartuja de
Jerez--dijo el conde de Haro, á quien convenía una alianza con el duque
de Gandía, y á quien la tiesa extravagancia de éste hacía feliz.
--En efecto, quiero un heredero robusto y hermoso; por lo mismo os pido
esa hermosísima hija que tenéis... que se quedará viuda pronto con un
título ilustre y con cien mil ducados de renta.
--No hablemos de eso--dijo poniéndose serio el conde de Haro--; mi hija
llevará á vuestra casa en dote, las buenas tierras de un mayorazgo de
hembra que posee, cuya renta sube á trescientos mil ducados.
--No hablemos de eso--dijo el duque de Gandía--; yo no necesito más que
la hermosura y la nobleza de vuestra hija.
--Tiene treinta años.
--Mejor.
--Pues entonces... ¡Sanjurjo! ¡Sanjurjo!
El llamado era el secretario del conde de Haro.
--Poned una carta para la abadesa de las Descalzas Reales, en que la
diréis que entregue mi hija la señora doña Juana, al aya doña Guiomar;
al momento, al momento, y que me perdone si no voy yo en persona porque
el catarro no me deja.
Escribió Sanjurjo, firmó el conde y partió la carta, y los dos grandes
quedaron departiendo y arreglando aquella alianza improvisada.
Porque es de advertir que los dos eran hombres de fibra y aficionados á
ver realizados cuanto antes sus deseos.
Dos horas después, entró de repente en la cámara una joven, una
divinidad, vestida con un hábito, un velo y una toquilla de educanda y
se detuvo al ir á arrojarse en los brazos del conde de Haro, al ver que
había con él otro respetable señor, que la miraba ni más ni menos que
como hubiese podido mirar á una yegua de raza, sin mover una pestaña.
Doña Juana se puso encarnada, hizo una profunda reverencia al duque de
Gandía, y adelantó con menos apresuramiento hasta su padre, y se
arrodilló y le besó la mano.
--¿Te han dicho que no volverás al convento, hija?--la preguntó el
conde.
--Sí, señor.
--¿Y te pesa?
--No, señor.
--Dilo sin reserva, sin temor.
--Yo no tengo más voluntad que la de mi buen padre.
--Se trata de que cambies de estado.
--Muy bien, señor.
El conde besó á su hija en la frente, la levantó y la sentó junto á sí.
Doña Juana permaneció con los ojos bajos.
--Este caballero es mi antiguo amigo, mi hermano de armas don Francisco
de Borja, duque de Gandía, de quien me has oído hablar tantas veces con
nuestra parienta la abadesa de las Descalzas.
Doña Juana levantó la cabeza, miró de una manera serena á don Francisco,
que no había cesado de examinarla, y le saludó de nuevo.
--Este caballero--añadió el conde--, te pide por esposa.
Pasó por los ojos de doña Juana algo doloroso, pero tan recatado, tan
fugitivo, que ni su padre ni el duque lo notaron.
Pero no pudieron dejar de notar el vivísimo color que cubrió las
hermosas mejillas de la joven.
--¿Qué respondéis á eso?--dijo el conde.
--Que vuestra voluntad es la mía, padre y señor--contestó doña Juana.
No se habló más del asunto, porque no era necesario hablar más.
Dióse parte á deudos y amigos de estas bodas, encargáronse galas á
Venecia, se renovaron muebles y se aumentó la servidumbre de la casa del
duque de Gandía, con lo que hacía muchísimos años, desde la muerte de su
madre, no había tenido, esto es: con dueñas y doncellas, y dos meses
después de la petición, doña Juana de Velasco fué duquesa de Gandía.
Entonces, y sólo entonces, la conoció don Pedro Girón.
Conocerla y codiciarla, fué cosa de un momento.
Codiciarla y poner los medios para obtenerla, fué subsiguiente.
Pero el terrible duque de Osuna encontró una barrera insuperable á sus
deseos, en las costumbres, en el candor, en la pureza de doña Juana.
Cuando el duque, aprovechando una ocasión, la decía amores, doña Juana
se callaba, se ponía encendida y buscaba en la conversación general una
defensa contra las solicitudes del duque.
Si éste la encontraba sola en su casa, doña Juana llamaba inmediatamente
á sus doncellas.
Si el duque la seguía á la iglesia, la duquesa no levantaba la vista de
su libro de devociones.
Llegó á contraer un empeño formidable el duque de Osuna.
Y lo que era peor, un amor intenso.
Porque doña Juana de Velasco lo merecía todo.
Irritábale aquella resistencia, porque él estaba acostumbrado á llegar,
ver y vencer, como César.
La conducta fría, tiesa, sostenida de doña Juana, le sacaba de quicio.
Y, sin embargo, doña Juana le amaba con toda su alma; desde el momento
en que le vió guardó su recuerdo, reposó en él, acabó en fin, por
enamorarse; pero pura, y digna, y acostumbrada á las rígidas prácticas
del convento, guardó su amor dentro de su alma, le combatió, le dominó
si no le venció, y ni el mismo hombre amado pudo apercibirse de él, ni
aun el confesor tuvo noticia alguna.
Porque decía doña Juana:
--La honra de un esposo es un depósito tan sagrado, que no debe
menoscabarse ni aun delante del confesor.
La duquesa se confesaba directamente con Dios, y le pedía fuerzas para
resistir al duque, que no cesaba en su porfía.
Y Dios se las daba.
Y cuenta que junto á doña Juana no había nada extraño que concurriese á
defenderla.
El duque de Gandía, rara vez, y aun así por pocos momentos y tratándola
ceremoniosamente, entraba en sus habitaciones.
No era un marido, ni mucho menos un amante, ni siquiera un amigo.
Doña Juana para el duque de Gandía, no era más que un medio.
Y como aquel medio había respondido admirablemente á su intento, puesto
que al poco tiempo de casada, los médicos declararon que la duquesa se
encontraba encinta, el duque, logrado su deseo, se fué á sus posesiones
de Andalucía á pasar el invierno, y dejó en completa libertad y en
absoluta posesión de su casa á su esposa.
Esto tenía sus peligros, que no se ocultaban á la duquesa.
Don Pedro Téllez Girón no era un amante vulgar.
Irritado como se encontraba por la resistencia de doña Juana, debía
poner en juego todos sus recursos.
Doña Juana, que era sencilla, pero no simple; modesta y dulce, pero no
cobarde; callada y circunspecta, pero no torpe, se entró un día sola en
el aposento del duque su esposo, tomó un pistolete y lo llevó á su
aposento, después de cerciorarse de que estaba cargado.
Doña Juana se había puesto en lo peor.
Y como todo el que se pone en lo peor, había acertado.
El duque, no encontrando ya persuasión ni insistencia que bastasen para
ablandar á aquella roca, apeló al oro, y corrompió, enriqueciéndola, á
la servidumbre particular de la duquesa.
Esta oyó una noche rechinar levemente una puerta.
Cuando el duque, que era el que había hecho rechinar aquella puerta,
entró en el aposento de doña Juana, se encontró á esta vestida de blanco
de los pies á la cabeza, más hermosa que nunca, pero terrible.
Doña Juana tenía un pistolete amartillado en la mano, y apuntaba con él
al pecho del duque, á dos pasos de distancia.
--¡Bravo recibimiento me hacéis!--dijo el duque, á quien de antiguo no
imponía espanto el peligro--; contaba con resistencia, porque os conozco
bien; pero no creía que me presentáseis batalla.
--Si no os vais, os mato--dijo la duquesa con la voz más serena y más
sonora del mundo.
--Habéis de ser mía--dijo el duque, y se fué.
La duquesa desarmó el pistolete, y se acostó como si tal cosa.
Al día siguiente, las dueñas y las doncellas del cuarto de la duquesa
fueron despedidas por el mayordomo.
--Pero, ¿por qué se nos despide?--dijo una doncella que había sido
envuelta sin culpa en el naufragio universal.
--No lo sé, señoras mías--dijo el mayordomo--; no sé más, sino que su
excelencia acaba de decirme que despida á sus dueñas y á sus doncellas.
Y el mayordomo decía la verdad.
No sabía absolutamente nada.
El duque se dió á los diablos, y tomó el prudente partido de esperar.
Mientras esperaba, la duquesa dió á luz un hijo varón.
El duque de Gandía no pudo saber si su heredero, para el cual había
escogido con tanto cuidado una hermosa madre, era feo ó hermoso.
Con tanta precipitación quiso hacer su viaje el duque de Gandía, que le
dió un causón en el camino, y se murió en una venta sin otro consuelo
sino que también en un mesón se murió el gran rey don Fernando el
Católico.
Trajéronle difunto á su panteón de Madrid, y doña Juana se puso el luto
sin alegría, pero sin sentimiento.
El que se alegró poco cristianamente, fué el duque de Osuna.
Muerto el obstáculo más grave, el duque creyó que los demás obstáculos
serían fáciles de vencer.
Dejó pasar algún tiempo, y un día, al fin, completamente vestido de
negro, y de la manera más sencilla, se hizo anunciar á la duquesa.
Doña Juana le recibió en audiencia particular; sólo que tenía vestido de
negro también, sobre sus rodillas, á su hijo.
Con el luto estaba la duquesa encantadora.
Don Pedro Girón, que era violento, se sentó temblando de pasión y de
deseo junto á ella.
--Os amo--dijo el duque de Osuna--, y os declaro que soy tan vuestro,
que no soy mío. Acoged propicia mi amor, que os juro que es tal, que si
se ve despreciado, dará lugar á alguna desgracia.
--Señor duque--dijo tranquilamente doña Juana--, mirad que os oye el
duque de Gandía.
Y señaló á su pequeño hijo.
--Pero sois libre...
--No por cierto, porque aún vive mi honor.
--¿No confiáis en el mío?
--El vuestro está tan enfermo, que dudo mucho que no muera si no le
curáis á tiempo.
--¿Qué decís, señora?
--Que si yo soy libre, vos no lo sois.
--¡Ah!
--Sí; doña Catalina, vuestra esposa, tiene en mí una buena guardadora
por lo que toca á sus derechos.
--¿De modo que si yo fuera libre?...
--Me esclavizaría con vos.
--¿Me amáis?...
--Me casé sin amor, y con vos, si pudiera ser, me casaría por tener un
noble apoyo. Pero como esto no puede ser, adiós, señor duque, y
perdonadme si no estoy más tiempo aquí.
Y la duquesa se levantó, saludó profundamente á don Pedro, y salió con
su hijo en los brazos.
El duque estuvo á punto de hacer un desacierto; pero como un desacierto
hubiera producido un escándalo, y el duque de Osuna era demasiado
principal caballero para atreverse á un escándalo, se contuvo, salió de
la casa, y después de haber dado vueltas á cien proyectos, y de haberlos
abandonado por inaceptables, se redujo al último recurso de todo el que
desea un casi imposible: á esperar.
Y no sabemos cuánto tiempo hubiera esperado, si el mar, los vientos y
los ingleses, no hubieran vencido á la _Invencible_; si por esto, doña
Juana, que era del cuarto de la infanta doña Catalina, no hubiera ido á
dar á su señora la nueva del fracaso, y no se hubiera encontrado sola en
una galería obscura, con un hombre que tuvo buen cuidado de matar la luz
antes de que pudiera reconocerle.
[imagen:--¡Bravo recibimiento me hacéis!--dijo el duque.]
Puede fácilmente suponerse el terrible efecto, la honda impresión, la
desesperación que causaría en la duquesa aquel lance tan serio, tan
grave, de tan terrible trascendencia.
¡Y luego no saber el autor de aquel desacato!
Doña Juana estuvo, como ya hemos dicho, muchos días avergonzada, sin
atreverse á mirar frente á frente á ningún hombre de los de la
servidumbre interior que habían estado de servicio la noche de su mala
ventura; doña Juana se había informado de quiénes eran aquellos nombres,
con gran reserva, se entiende; pero el duque de Osuna no había estado
aquella noche de servicio, ni en El Escorial por aquel tiempo.
Esto consistía en que el duque acababa de llegar á la ligera desde
Madrid al Escorial, cuando se tropezó en la galería obscura con la
duquesa, y después de su crimen, para no dar sospechas, se había vuelto
á Madrid sin ver al rey.
De modo que la duquesa no podía sospechar siquiera que el duque de Osuna
hubiese sido el reo de aquella enormidad.
Por lo tanto, era el único delante el cual se presentaba serena, y el
duque era el único que se sonreía dolorosamente delante de la duquesa.