horribles creces! primero... en el primer momento se me ocurrió matar...
cuando me hieren, lo primero que se me ocurre es matar; pero después...
la reflexión, la calma,.. ¡matar! ¡hacer morir! ¡es decir, exterminar!
¡no, no! ¡es poco! yo creía que tenías más alma... y tienes el alma
débil... no has sabido sacrificarte para sacrificarle... para
sacrificarla á ella...
--¡Oh! ¡ella! ¡ella! pensar que ella le posee por completo, delante del
mundo, con la frente alta, siendo su orgullo...
--Tienes que contentarte con matarla... y esto es poco, muy poco.
--¿Pero qué hubiérais vos hecho?
--Le he estado observando desde allí, temblaba, temblaba estremecido de
deseo... sus ojos devoraban tus ojos, se fijaban en tu cuello, en tu
seno... sufría... está loco por ti... no te ama... tiene hambre de ti y
nada más.
--¡Eso es mentira!
--¡Pobre loca! porque ella le ama, porque le ama con toda su alma, cree
que él... ¡él! lo más puro que él siente por ti, es lástima... y eso es
humillante...
--¿Pero qué queríais que hubiera hecho?
--¡Qué! mantenerme firme, hacerle comprender, aunque fuera mentira, que
te importaba poco que se hubiera casado... empezaste muy bien... yo
estaba diciendo allí, detrás de los cristales... ¡qué buena cómica es mi
hija!... ¡qué pobre hombre es ese don Juan! ¡pero luego lo has echado
todo á perder, le has dejado ver tu desesperación, y se gozaba en ella
sin saberlo! ¡oh! ¡qué felicidad tan incomprendida es para algunos
hombres, magullar á una pobre mujer como el gato que magulla á un ratón!
¡Oh! ¡cuán felices, cuán felices son algunos hombres, y qué poco merecen
su felicidad!
La excitación febril del tío Manolillo asustó á Dorotea, la asustó por
don Juan; comprendió que debía engañar al bufón.
--Veamos qué hubiérais vos hecho mejor, qué he debido yo hacer.
--Oye: el hambre pasa cuando se satisface, pero cuando no, se irrita; el
que muere de hambre... el que muere de hambre, no niega nada al que le
ofrece un pedazo de pan.
--Seguid, seguid, me parece adivinaros; veamos si me he engañado.
--Tú irás misteriosamente á ver á ese hombre. Debes ir. Yo te buscaré el
lugar.
--¡Ah! no, no--dijo Dorotea.
--Bien, no insisto... no quieres ser expiada... no quieres sermones...
bien, mejor... buscarás un lugar retirado: lo embellecerás, lo
perfumarás, enloquecerás en él con tu don Juan; te resignarás á todo, lo
olvidarás todo, porque le amas con el amor más humilde del mundo; tu don
Juan, esperará impaciente los primeros días la hora de verte; le será
muy cómodo lograr tus amores sin que lo sienta la tierra, sin que pueda
tener celos su doña Clara; después, á medida que vaya pasando el tiempo,
le parecerás menos hermosa, y esperará con menos impaciencia la hora de
verte; luego irá por ir, por lástima, te hará esperar, después le
esperarás en vano algunos días, y te volverás á tu casa, humillada,
desesperada, celosa, al fin y al cabo te abandonará, hastiado de ti...
--¡Oh!
--Matarás á doña Clara; puedes matarla... pero esa no es la venganza que
tú necesitas...
--Seguid--dijo Dorotea, con el alma helada, por decirlo así--. Decidme,
¿de qué otro modo más horrible me puedo vengar?
--¿De qué otro modo? Oye: procura buscar un retiro á propósito; el lujo,
las pinturas, los perfumes, todo esto favorece á una mujer y la hace más
hermosa, cuando es tan hermosa como tú; vístete, además, como te vistes
cuando quieres que el público te aplauda sólo al verte: los hombros
desnudos, los brazos desnudos; perlas en el cuello; diamantes en los
brazos, y en la cabeza flores; una corona de flores es lo mejor que
puede llevar una mujer hermosa; allí, en aquel hermoso gabinete, más
hermosa tú por tu atavío, una cena exquisita; vinos... pero tú no
bebas... no bebas... conténtate con arrojar sobre él la doble embriaguez
de tu hermosura y de licores... y en medio de todo esto... desespérale,
irrítale, háblale continuamente de su mujer... llámale tu hermano...
llegará un día en que no podrá sufrir más, un día en que, loco, no podrá
negarte nada... en que podrás dictarle condiciones.
--¡Y esas condiciones!
--¡Esas condiciones! ser suya cuando sea tuyo.
--¿Y cómo?
--¡Cómo! abandonando á su mujer... siendo tu amante delante de todo el
mundo... llevándote á todas partes...
--¡Oh!
--Entonces habrás matado su felicidad; doña Clara Soldevilla, la conozco
bien... te obligará á huir... pero él... él... te seguirá... ella...
ella... puede ser que no sea tan honrada... si llegas á herirlos en el
alma... porque se aman... ¡se aman! no necesitas más venganza... te
habrás vengado horriblemente.
--¡Pero si él quería seguir viniendo á mi casa!--exclamó la Dorotea.
--Y tú has cometido la imprudencia de decirle que el venir á tu casa
podía robarle la paz de la suya... tú no quieres vengarte.
--Os juro que me vengaré; que me vengaré de una manera cruel.
El bufón movió la cabeza en un ademán de duda, de incredulidad.
--Sí, me vengaré--insistió ella.
--¿Y cómo?
--Ya lo veréis.
--No... adivino.
--Yo haré de modo que en su vida me olvidará.
--¡Don Francisco de Quevedo!--dijo á la puerta anunciando Casilda.
--¡Ah! ¡ese hombre! ¡ese hombre!--exclamó el bufón.
--Dejadme sola con él--dijo Dorotea.
El bufón salió por la alcoba.
Dorotea le siguió.
--¡Ah! no quieres que te escuche--dijo dolorosamente el bufón--; pues
bien, adiós.
Y salió por la puerta de escape de la alcoba.
Después volvió á la sala.
Ya estaba en ella Quevedo.
CAPÍTULO LV
QUEVEDO, VISTO POR UNO DE SUS LADOS
El buen _ingenio_ llevaba sobre sí las señales de la ruda actividad á
que se había visto sentenciado desde su llegada á Madrid.
Sus ojos estaban un tanto hundidos, su nariz parecía más afilada; la
blanca golilla de su cuello estaba más de un tanto ajada, su traje
descuidado y todo él descuadernado y lánguido que no había más que
pedir.
Había movido el brasero y se calentaba y se restregaba las manos.
Cuando apareció Dorotea, don Francisco la miró con suma gravedad.
La comedianta adelantó, se detuvo junto á Quevedo y le miró
intensamente.
--_Mea culpa_--dijo don Francisco.
--Lo que quiere decir en castellano, que vos tenéis la culpa de todo lo
que me sucede.
--Trasladáis el latín al romance con grande licencia. Yo no tengo la
culpa de lo que os pasa.
--¿Pues quién trajo aquí á ese hombre?
--¿Y tengo yo la culpa de que os hayáis derretido como cera? Allá os las
compongáis.
--¿Os acordáis de lo que me dijísteis ayer en aquella taberna?
--Os confieso que estoy tan manoseado, tan traído, tan cansado, tan sin
sueño y tan con hambre, tan calado y tan frío, tan asendereado y
lastimoso, que no tengo memoria, ni siento más que los huesos que me
duelen, las ropas que me mojan, los ojos que se me cierran, el estómago
que pide más que cien frailes, y los pies que me chillan. Esto sin
contar la cabeza, que se me anda. Si mi amigo Miguel de Cervantes
viviese, juro á Dios, que al ver lo que me pasa, había de escribir un
libro intitulado «Trabajos de don Francisco», que le había de dar más
fama que el _Ingenioso Hidalgo_.
--Sin embargo, noto que no se os ha cansado la lengua.
--¡Ah, lengua mía! quemarála yo, si no me doliera, para que no tuviese
que hacerme arrepentir.
--¡Ah! conocéis que habéis hablado mal--dijo la Dorotea sentándose--, y
que vuestras malas palabras han hecho mucho daño.
--¿Y quién había de creer que ese don Juan era un milagro y una fortuna
insolente? ¿Quién había de esperar lo que ha sucedido? Cuando os digo
que estoy atónito, y espantado y medroso, y que de mí mismo recelo, y
que ya no sé qué decir, ni qué pensar, ni por dónde salir...
--Menos lo sé yo.
--¿Sabéis las novedades que han ocurrido?
--Sé que es hijo del duque de Osuna y que se ha casado.
--¿Quién os lo ha dicho?
--¡El mismo!
--¡Ha estado aquí! No me espanta, esperado me lo había... ¡horror!
recién casado y...
--¿No es verdad que eso es terrible...?
--Lo peor será que vos seáis tan loca como él.
--No puedo remediarlo. La última desgracia que podría sucederme sería no
verle.
--¡Pobre Dorotea! debéis haber pecado mucho.
--¡Yo! ¡bah! yo no he hecho tanto como debería haber hecho; yo no he
hecho mal á nadie.
--¿Amáis mucho á don Juan?
--No debía amarle.
--No acabaremos nunca. Os pregunto...
--Y bien, le amo.
--¿Y pensáis disputársele á su mujer?
--No.
--Hacéis bien; lo demás sería indigno de vos.
--Vos habéis venido para algo, don Francisco.
--Ciertamente, he venido á que me deis de almorzar.
--¡Casilda! un almuerzo abundante--dijo Dorotea en el momento en que se
presentó la doncella.
--Sois un ángel, á quien es lástima hayan cortado las alas, pero me
tenéis cuidadoso.
--¡Cuidadoso!
--Estáis demasiado tranquila después de lo que os ha sucedido.
--¿Y qué queréis que haga?
--Que no hagáis nada.
--¿Y qué hago con esta aflicción que se me ha metido en el alma?
--Gozarla.
--¡Gozarla! decís--¡gozar los celos, la desesperación, la rabia!
--¡Ah! ¡todavía no sois bastante desdichada!
--¿No?
--No, porque no gozáis en la desdicha.
--¡Decís unas cosas, don Francisco!
--La desgracia es no sentir, tener el corazón de corcho, y la cabeza de
hielo; vivir por necesidad, por aquello de que por cien mil y más
razones es necesario vivir. ¡Ah! cuando nada os interese en el mundo,
cuando nada hostigue vuestro pensamiento, cuando todo os importe nada,
cuando no penséis en nada, cuando comáis por no morir y durmáis por que
se cierren vuestros ojos; cuando os hayáis convertido en un pedazo de
carne insensible á todo, que obra como una máquina; cuando el amor y las
locuras de los otros os den hastío, cuando no os encontréis bien en
ninguna parte, cuando vuestra alma haya muerto, entonces, entonces si
que podéis llamaros desgraciada. No sentir es no ver, no ver es no
vivir, no vivir es el sufrimiento mayor. Pero ahora que os abrasa la
vida, ahora que soñáis, que lucháis, que esperáis, que lloráis, que os
agitáis, ahora más que nunca vivís; hay algo en el mundo que os
deslumbra, que os atrae, que os hace gozar el gran placer del
sufrimiento. ¡Vos sois muy feliz!
--¡Oh! ¡y qué felicidad tan horrible!
--Pero siempre es una felicidad. Yo quisiera padecer.
--¿Cómo, no padecéis?
--Padezco, el que no padezco; pero dadme licencia, veo á vuestros
criados que adelantan con la mesa. Y traen dos servicios. ¿No habéis
almorzado vos?
--No por cierto.
--Habéis hecho mal; con el estómago frío, la cabeza está débil y vaga y
se pierde. Almorzad, almorzad conmigo, y después de almorzar ya veréis
cómo pensáis de otro modo.
--Sí, sí, es preciso--dijo Dorotea--y aunque sólo fuera por probar...
--Observo que en el estado en que nos vemos necesitamos más vino, una
botella es poco.
--Traed, traed más vino; cuatro botellas...--dijo Dorotea.
--¿De qué?--repuso Casilda.
--Puesto que tenéis bodega, que venga, si hay, Jerez--dijo Quevedo.
--Háilo y muy rico--dijo Casilda.
--Pues cuatro botellas, virtud sirviente; búscalas de las que estén más
empolvadas, y si tienen telarañas, mejor. ¿Y qué haces tú ahí?--añadió
don Francisco dirigiéndose á Pedro, que estaba detrás de la mesa con una
servilleta en el brazo.--La señora y yo necesitamos estar solos.
Pedro salió.
--Os voy á hacer el plato--dijo Quevedo dirigiéndose á Dorotea--; este
jamón de Granada es sumamente confortante; se ceba con víboras, es un
plato que yo, que sólo gozo cuando como, le prefiero á todos; voy á
haceros la copa; este tintillo de Pinto es un gran vino de pasto;
refrigera y no predica. Vamos; arriba con esa copa y no lloréis ¡vive
Dios! que me lastimáis.
--Os hago feliz puesto que os hago sentir--dijo Dorotea enjugándose los
ojos y apurando de un trago la copa, después de lo cual tomó un pedazo
de jamón y se lo llevó á la boca.
Quevedo la miraba profundamente.
Dorotea arrojó el bocado sobre el plato.
--¡Oh! no puedo, no puedo; me mataría como si fuera un veneno.
--Tan llena está de despecho que no la cabe ni un bocado; es necesario
andar con cuidado con esta loca. Bebed más--añadió alto--, el beber os
dará apetito.
Y la llenó de nuevo la copa.
Dorotea apuró la mitad y luego puso los codos sobre la mesa, apoyó la
cabeza entre sus manos y quedó profundamente pensativa.
Quevedo entre tanto devoraba la enorme cantidad de jamón que se había
servido, y mientras comía pensaba.
Casilda trajo cuatro botellas, las puso sobre la mesa y se retiró.
--¿Sabéis, Dorotea--dijo de repente Quevedo--, que es necesario que
toméis una determinación? Estáis muy enferma, hija.
--Tengo ya mi determinación tomada--dijo Dorotea.
--¡Veamos si en medio de vuestra locura tenéis juicio!
--Pienso.. sufrir y callar y no vengarme de nadie... ni aun de vos.
--¡De mí! ¿y qué culpa tengo yo?
--Porque lo trajísteis á mi casa...
--¿Quién había de pensar?...
--Vos adivinásteis que me había yo de enamorar de él... y no os
engañásteis, porque no os engañáis nunca.
--Eso no es verdad, porque me he engañado con vos.
--¿Me creíais más perdida de lo que estoy?
--No os creía tan corazón y tan alma y tan voluntad...
--¡De modo que vos creísteis que mis amoríos con don Juan!...
--Serían sol que sale y sol que se pone... yo os necesitaba por un solo
día y creí que con teneros asida de cualquier modo de sol á sol...
--¡Ah! ¿hicísteis venir á propósito, con mala intención, á don Juan á mi
casa?
--Vamos claro: ¿os pesa de amar á don Juan?
--Por muy desgraciada que su amor me haga, no quiero verme curada de él.
--Bien, muy bien; respondéis á mis preguntas como un instrumento
perfectamente templado á la mano que sabe tocarle. Sigamos hablando, y
acabaremos por ser los dos más grandes amigos del mundo. Pero bebed,
hija, bebed; vuestro Jerez es un verdadero néctar de los dioses, se
conoce que se lo han regalado al duque de Lerma.
--¿A qué pronunciar ahora su nombre?
--Es que como todo tiene una causa en este mundo, el estado en que os
encontráis la tiene, y esta causa es el duque de Lerma.
--¿El duque de Lerma tiene la culpa de que yo me haya enamorado de él?
--Sí por cierto, porque yo... que he tenido gran parte en el estado en
que se encuentra don Rodrigo Calderón; yo, que he venido á la corte para
mucho, necesitaba tener asido á su excelencia; ningún asidero mejor que
vos...
--Muchas gracias--dijo dolorosamente Dorotea.
--Perdonad, que si yo hubiera sabido lo que iba á resultar... hubiera
hecho más para que os hubiérais empeñado por mi amigo.
--Gracias otra vez, don Francisco.
--Ya me habéis dicho que por nada del mundo os pesará el haberle
conocido; cuando no os pesa es que os alegra; cuando os alegra es que os
hace bien; cuando os hace bien... debéis estar agradecida á quien ese
bien os ha hecho: he sido yo... recibo vuestras gracias y me saboreo con
ellas... y tengo razón.
--Indudablemente--dijo la Dorotea mirando con una expresión de doloroso
candor á Quevedo--, creo que en parte tenéis razón cuando decís que vale
más sufrir que hastiarse.
--¡Ah! ¿Y quién duda acerca de eso? Para dudar de ello es necesario ser
tonto, y vos no lo sois; todo, hasta la salud, cansa; vos vivíais sin
rivales en la escena, sin rivales en la hermosura; poseíais una hermosa
casa, una buena mesa; os galanteaba en vano toda la corte; el duque de
Lerma es un amante muy cómodo, que se contenta con que todo el mundo
sepa que paga á la mujer codiciada por todos, que os visita poco, y
cuando os visita os habla de la última comedia de Lope, ó del tiempo, y
se va saludándoos gravemente, sin haber mortificado más que al sillón
donde su hinchada vanidad se ha sentado. Don Francisco de Rojas y
Sandoval, no os desea, ni os ha deseado nunca, ni nunca ha pasado de
vuestro recibimiento, ni se ha acercado á vos, ni conmovídose delante de
vos; os tiene como á su papagayo y á su negro y otras muchas cosas que
el buen señor tiene sólo por tener lo que cuesta caro.
--Pero ¿quién os ha dicho eso?
--Conozco demasiado á su excelencia.
--Aunque no hayáis acertado por completo, aunque siempre no haya sido
tan feliz como suponéis con la indiferencia del duque, es cierto que
para mí es más bien un gran señor que compra el derecho de entrar en mi
casa cuando quiere, que un amante. Vuestros ojos penetran en lo más
escondido.
--Y mis narices, que por algo son largas, huelen donde no huele.
Resulta, pues, que vos para don Francisco sois más la vanidad que el
deseo.
--Es verdad.
--Si vos dijérais al duque de Lerma: no volváis más á poner los pies en
mi casa, el duque, herido en su vanidad, sería capaz de hacer cualquier
desatino.
--¡Oh! el duque haría cuanto yo quisiera, sólo porque no pudiera nadie
decir: la Dorotea le ha despedido.
--Pues bien; ved ahí por qué he venido yo á veros.
--¿Para utilizarme?
--Para valerme de vos.
--¡Ah! ¿Me necesitáis?
--¡Dios me perdone si no me han seguido hasta vuestra casa cuatro
corchetes!
--¡Ah! ¡os quieren prender!
--Mucho me lo temo, y aunque estoy ya muy acostumbrado á encierros, os
afirmo que ahora sentaríame muy mal el ser guardado.
--Pues yo me alegraría... me alegro... os tendré preso algún tiempo sólo
por haceros rabiar, en cambio de lo que vos me hacéis sufrir.
--¡Ingratitud inaudita! os saco de vuestra cansada vida, os hago mujer,
os desentierro, os hago probar el divino fuego del amor y me aborrecéis.
No os creía yo mala.
--No os aborrezco--dijo seriamente la joven--, porque yo no he nacido
para aborrecer; no os estremecéis vos del daño que me habéis causado por
vuestro interés propio, porque... no veis mi alma, porque no sabéis qué
horribles pensamientos pasan por ella, ó porque, si lo comprendéis, no
tenéis corazón. ¿Qué os importa á vos, poeta que de lo más santo se
burla, que á lo más respetable zahiere, que arroja su chiste mordaz
sobre todo y todo lo calumnia; cortesano enredador que sobre todo pasa,
cuando encuentra un obstáculo en el tenebroso camino que sigue; sabio
que no ha sabido conservar la ternura, la caridad de su alma si alguna
vez la ha tenido; qué os importa, digo, que una pobre mujer, que si no
era feliz, no era desgraciada, se retuerza como una sabandija en el
fuego por vuestra causa, porque la habéis necesitado para vuestros
proyectos, y que caiga ante vos ensangrentada, palpitante, aniquilada?
¿qué importa? ¿qué importa? Adelante, don Francisco, adelante; vuestros
semejantes son para vos figuras que se mueven, que andan; despreciables
criaturas sobre las cuales, porque os humilla el estar confundido con
ellas, necesitáis levantar la frente maldita, pisarlas, destrozarlas
bajo el lento y pesado paso de vuestros pies; ¿qué os importa á vos,
alma fría, que yo sufra, que yo grite, que yo blasfeme, si os he servido
para algo? Yo no os aborrezco, no, porque os desprecio, porque lo que
habéis hecho conmigo os hace despreciable; yo no os temo, porque no
podéis hacerme más daño que el que ya me habéis hecho; yo no me vengaré
de vos, porque quiero ser más grande que vos; quiero heriros en vuestro
orgullo; quiero que tengáis el recuerdo de una víctima que ha caído
mirándoos frente á frente á vos, hombre funesto, mientras sus ojos han
podido mirar.
--¡Pobre loca!--exclamó profundamente Quevedo, separando de sus labios
una copa que llevaba á ellos--; ¡pobre niña, digna de cuanto una mujer
puede alcanzar de menos malo en este mundo, donde todo es locura ó lodo!
¡pobre ciega, que deslumbrada por su desgracia no ve, no sabe distinguir
el oro del barro!
Y Quevedo se levantó y cerró las puertas.
Luego vino, se sentó frente á Dorotea que estaba doblegada.
--He cerrado las puertas, porque vais á oír lo que nadie ha oído; porque
vais á ver lo que nadie ha visto; vais á oír al hombre; vais á ver al
hombre en este pobre Quevedo, en quien todos ven lo que él quiere que
vean. Os confieso que sólo conozco cuatro personas dignas de que yo les
tienda la mano, de que yo las hable palabras de verdad, de que yo las
ame, de que yo me sacrifique por ellas. Tenéis razón; yo no veo en el
mundo, alrededor mío, aturdiéndome siempre con su charla insoportable,
dándome náuseas con su vanidad estúpida, repugnándome con sus
vergonzosos vicios, más que miserables divididos en dos mitades: los
comidos y los que comen; tenéis razón, yo no tengo alma ni corazón ni
más que indiferencia, ó hastío ó mala intención, para el mundo; pero yo,
en medio de ese mundo, tengo un pequeño mundo mío, que me consuela del
otro, por el que lucho, por el que vivo, para el que tengo alma,
corazón, amor, lágrimas; el uno, el primero de esos cuatro seres, es el
duque de Osuna, alma grande, noble y generosa, cuyo pensamiento
comprende el mío, cuyo corazón no late sino por lo grande, por lo
verdaderamente grande, y que tan grande es, que los que no le comprenden
le llaman extravagante; el duque y yo nos fuimos aproximando el uno al
otro insensiblemente, porque debíamos estrechar la distancia que nos
separaba; nos unimos al fin, porque era necesario que nos uniéramos, y
al cabo nos confundimos de tal modo, que el duque se reflejó en mí, y yo
me reflejo en el duque; que yo sin Osuna sería un filósofo arrinconado,
y Osuna sin mí un águila sin alas. No somos dos, sino uno; la desgracia
que suceda al duque debe necesariamente hacerse sentir en mí, como en el
duque la desgracia que á mí me suceda. Sabe Dios á dónde iremos á parar
don Pedro Téllez Girón y yo, pero nuestra suerte será igual: él me
comprende y yo le comprendo, él me ama como amaría á su cabeza, y yo le
amo á él como á mi brazo. Dióle Dios riqueza y poder, y cuna ilustre, y
á mí me dió ingenio y dominio sobre los demás, y ojos que saben mirar, y
oídos que sin escuchar oyen; somos, pues, uno solo.
--¿Y qué me importa á mí de todo eso?--dijo la Dorotea.
--Oíd, oíd, y esperad al fin. Como el duque no tiene para mí secretos,
sabía yo que tenía un hijo bastardo: llegó el tiempo de que su hijo
cumpliese sus veinticuatro años, y como quiera que por uno y otro
informe se sabía que era digno de su padre, cuando salí de mi última
prisión, recientemente, me encargó don Pedro que buscase á su hijo, que
le revelase el secreto de su nacimiento, y que me lo llevase á Nápoles.
Sin el señor Juan Montiño, que así se llamaba falsamente el hijo de don
Pedro, yo no hubiera venido á Madrid. Hubiera tomado postas para
Barcelona, y allí un barco para Nápoles. Pero vine, y encontréme á
nuestro hombre metido en enredos que me dieron susto. Estos enredos
produjeron las heridas de don Rodrigo Calderón, y los amores de don Juan
con su esposa.
--¡Ah!--exclamó Dorotea.
--De todo ello han tenido la culpa dos animales.
--¡Dos animales!
--Sí por cierto: un caballo viejo y cojo, á quien juro Dios se ha de
cuidar como á un rey hasta que se muera de viejo, y el cocinero de su
majestad.
--No os comprendo.