Doña Clara tenía los ojos llenos de lágrimas.

--¿Qué sucede aquí?--murmuró don Gaspar de Guzmán dando el brazo á doña

Clara.

Y siguió hacia una puerta por donde se había llevado la duquesa de

Gandía á don Juan.

Se dirigían por el interior de las habitaciones á la cámara pública de

audiencia.

La duquesa iba de prisa.

Al pasar por una galería obscura, la duquesa, que iba muy delante del

conde de Olivares y de doña Clara, dijo con acento cortado:

--Por piedad, caballero, no me engañéis; ¿por qué habéis querido que

vuestra esposa se ponga esas joyas hoy?

--Porque... va á ser presentada á la corte, y en la corte puede estar mi

madre--dijo balbuceando el joven.

--¿Y amáis mucho á vuestra madre?--dijo llorando la duquesa.

--¡Por Dios, señora! ¡por vuestro honor!... vamos á salir á los salones.

--¡Ah!--exclamó la duquesa.

Y deteniéndose de repente, asió la cabeza de don Juan y le besó en la

boca.

Después apresuró el paso.

Cuando salió á los salones, se mostraba serena; pero severa, sombría.

Poco después los novios y los que representaban como padrinos á los

reyes, fueron presentados á éstos.

Después doña Clara tomó la almohada de dama de honor.

Cuando el conde de Olivares se llevaba á don Juan para presentarle á su

compañía de arcabuceros de la guardia española, la duquesa le dijo:

--Espero que iréis, en cuanto estéis libre, con vuestra esposa á mi

casa.

--Iré, señora, iré.

Y el joven salió.

CAPÍTULO L

DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO QUISO DAR PUNTO Á UNO DE SUS ASUNTOS

Cumpliendo lo que había prometido á la duquesa, don Juan y doña Clara

salieron una hora después del alcázar en una litera.

Era la litera enorme.

Los esposos iban sentados en el testero; los asientos delanteros iban

vacíos.

Entrambos iban silenciosos y pensativos.

De repente una voz muy conocida, dijo al lacayo que guiaba á la mula

delantera:

--¡Eh, conductor de venturas! ¡para, para, que la desdicha te lo manda!

El lacayo paró.

Una cabeza asomó á la portezuela, y una mano tocó á los cristales.

Don Juan abrió la portezuela.

--¿Es decir, que quepo?--dijo don Francisco de Quevedo.

--Donde quiera que estemos nosotros, cabéis vos; pero entrad, que

llueve.

--Desde que llegué á Madrid, que fué el mismo día que llegásteis

vos--dijo Quevedo entrando--, no ha cesado ni un punto de llover; hambre

tengo de cielo, y hambre de que no me lluevan desdichas; lastimado ando,

y espantado y sin sueño aunque no duermo. ¿A dónde vais?

--Casa de la duquesa de Gandía.

--¿Vais casa... de la duquesa?...--dijo Quevedo con acento hueco á doña

Clara.

--Yo no he tenido la culpa--dijo la joven.

--¡Cómo! ¿de qué no has tenido tú la culpa, Clara mía?--dijo don Juan.

--Don Francisco lo sabe todo.

--¡Cómo! ¡sabéis!...

--Sí por cierto, sé...

Y Quevedo se detuvo.

--Sí, sabe que la duquesa de Gandía es... tu madre...

--¿Os ha dicho acaso mi padre?...

--Sí, sí... vuestro padre... eso es...--dijo Quevedo, que no quería que

don Juan supiese que el tío Manolillo conocía aquel secreto.

--Mi padre ha hecho mal...--dijo don Juan.

--¡Joven!--exclamó severamente Quevedo--; secretos hay entre vuestro

padre y yo que importan tanto, como que él es el duque de Osuna, el

grande Osuna, y yo soy don Francisco de Quevedo, su secretario; y si yo

no fuera secretario de secretos, no secretearía, y si el duque no

tuviera secretos, no me tendría por secretario, y, por último, tan duque

soy yo, como el duque es Quevedo, y Dios dirá y ya veremos, y pasemos á

otra cosa. ¿Cómo está su majestad la reina?

--Buena y contenta--contestó doña Clara.

--¿Y no está pálida?

--Nunca ha tenido más hermosos colores.

--Pues que paren la litera.

--Pero yo no os entiendo--dijo don Juan.

--Entiéndome yo; vóime donde iba, y adiós.

Y abrió la portezuela.

--Para--dijo al lacayo.

La litera paró, salió Quevedo, se embozó en su capa y echó á andar.

Cerró don Juan la portezuela, y la litera siguió.

Quevedo, pisando lodos, atravesó con pena algunas calles, se detuvo en

una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entró.

Poco después, una doncella decía á la condesa de Lemos:

--¡Don Francisco de Quevedo!

--Haced, señora, que me den tintero y papel--dijo Quevedo entrando.

--Os lo daré yo--dijo la condesa--. ¿Pero qué es esto, amigo mío?--dijo

cuando quedaron solos.

--Esto es, que como no tengo más casa que la vuestra, ni más alma que

vuestra alma, aquí me vengo á hacer mis cosas; por delante, es decir,

por el zaguán, cuando es de día; por detrás, cuando es de noche. Vos me

fortificáis y me consoláis... y yo me convierto en niño para vos; pero

dejadme que sea por algún tiempo hombre y cumpla con mi obligación; que

escribir tengo al duque... y largo... y de tal modo que le digo que me

espere.

--¡Cómo! ¿os vais, don Francisco?

--Y me alegro.

--No digáis eso, porque creeré...

--Debéis creer que os amo mucho.

--Tenéisme vuestra....

--Por lo mismo; porque vos no sois vuestra siendo mía, os lo digo: que

si yo no os amara... Oíd: el alma... lo que se llama alma, tiene más de

una corcova.

--No os entiendo.

--Quiero decir... que lo mejor que puede hacer una criatura, es

enderezar su alma.

--¡Ah!

--Si vos no fuérais quien sois...

--Don Francisco--dijo la condesa--, mirarlo debísteis antes; vos me

caísteis como llovido.

--En esta aventura de aventuras, ha llovido de todo. Así estoy yo de

calado; el agua me llega ya á las narices, y á poco más me ahogo. Pero

dadme licencia para que escriba, que os lo afirmo, importa. No tiene

trazas de dejar de llover, y como no quiero morir ahogado de este

diluvio, dejadme que fabrique mi barca.

--Y esa barca...

--Ha de serlo una carta. Y en ella heme de salvar yo huyendo de vos: y

habéos de salvar por mi huída, y á más han de salvarse ciertos recién

casados, que no andan muy seguros...

--¿Conque es cosa decidida?...--dijo de mal talante la condesa.

--Bien veo que os enojo; pero en este pueblo de orates algún loco ha de

haber con barruntos de juicio. Si sólo se tratara del conde mi señor...

merecido lo tiene, pero vos... vos sois distinta cosa... y creedme, doña

Catalina... cuando dos almas se casan no hay nada que las divorcie;

búscanse, se juntan, se acarician, por más que los cuerpos que las

aprisionan anden lejos... y la memoria... ¡bendiga Dios la memoria,

consuelo de desterrados!...

--Tormento de mal nacidos...

--¿Por mal nacida os tenéis?

--Mal nace quien nace para penar.

--Penárais más á mi lado; escorpión nací... hortiga crezco... hiel

lloro... ponzoña respiro. Maldición debo de tener encima, que si

escribo muelo, si obro rajo... donde piso no nace hierba. Pidiera á Dios

razones, si Dios con su lengua muda no me las diera, y paciencia si ya

no tuviera callos en el alma. Cansado estoy de vivir, y tengo para mí

que de cansado, sin haberme muerto, hiedo, y que se me puede sacar por

el olor á poco que se me trate. Tomad á sueño lo que ha pasado, señora,

como yo lo tomo á locura y maldición mía, y entendedme y no me digáis

que no os amo, que al revés de otros, mi amor os pruebo cuando de vos me

aparto, y con esto, dejadme que mi barca fabrique, que la tormenta

arrecía y el puerto está lejos, y no por mí, sino por otros, á piloto me

meto. Dadme, pues, papel, no lloréis, que tragos de hiel son para mí

vuestras lágrimas, y si me provocáis á beberlas, matáranme, porque

olvidaré mi propósito y todo se llevará el diablo y no hay para qué

tanto.

--¡Pluguiera á Dios que nunca hubiérais venido!--dijo la de Lemos

levantándose y sacando papel de un cajón.

--Pecados ajenos me trajeron, y pecados ajenos me llevan, como si no

bastaran y aun sobraran para llevarme y traerme mis pecados propios. Y

Dios os lo pague por el papel, y dadme licencia para que escriba.

La condesa no contestó; fuése al hueco del un balcón y se puso á llorar

de espaldas á Quevedo.

Quevedo escribía entre tanto al duque de Osuna lo siguiente:

«Señor:

»Con ansias os escribo, y bien podéis creerlo cuando yo lo afirmo, que

ya sabéis que en lo de _garlar_ soy duro, y no se me pone tan fácilmente

en el _ansia_. Pero tal se ensaña conmigo mi suerte pecadora, que tengo

para mí que tendré que irme á un desierto, y aun allí, ya que no haga

daño á las gentes, se lo haré á las piedras. Víneme á Madrid desde San

Marcos, no sin algún escrúpulo é inapetencia, porque no ha habido vez en

que yo haya vuelto á Madrid desde que salí de él á aventuras, que no me

haya sucedido una desventura. Apenas llegado, topéme con vuestro hijo, y

halléle ya tan enredado y tan en palacio metido y á tanto puesto, que me

entró miedo de si podría desatollarlo, y esta es la hora, en que no sólo

desatollarlo no he podido, sino que con él atollado me veo, y eso que

aún no hace tres días cabales que entrambos estamos en la corte; tal

turbión de enredos ha caído sobre nosotros, que estoy enredado y aun con

telarañas en los ojos, y tan pegajosas y tales, que por más que

restrego no aprovecha. Punzó el mozo, y de tal manera, que de la

punzadura anda Calderón en un grito, boca arriba en el lecho, con un

ojal en el costado que por poco es de pasión, lo que dudo mucho que

llegue á ser de escarmiento. Salvóse por la caía la reina, que no menos

que la reina anda en el lance, pero fué salvación de comedia de sustos,

que no se sale de un peligro sino para caer en otro. El malaventurado

cocinero del rey, hermano del fingido padre de nuestro mozo, se ha

encontrado cogido por los enredos, y como es de pasta quebradiza y

cicatera, ha cantado de plano, y vuestro hijo sabe quién es su padre y

sábelo la corte, y sábelo todo el mundo, y lo único que ha sucedido á

derechas y de lo que me alegro, porque el mancebo parece nacido con

buena ventura, anoche le casó la reina con la hija del coronel Ignacio

Soldevilla, que por ahí anda á las órdenes de vuecencia en los tercios

de Nápoles. Y lo que más de espantar es, que siendo ella una dama de

acero, donde se han mellado hasta ahora los dardos de Cupido (quiero

decir, el diablo), es cera para su esposo, y le ama como si de encargo

hubiera nacido para amarle, y está loca y encariñada con él, y él no

acertando á mirar ni á ver más que á su doña Clara. ¡Vive Dios que los

chicos me dan envidia, y que será gran lástima que tanta miel se

acibare! Gran parte para evitar esta desdicha, será el apartar de la

corte al recién casado, y que vuecencia le ponga bajo su mano, y nos

marchemos de aquí todos; que vos, señor, lo conseguiréis con escribirle,

y él se apresurará á obedeceros, que en cuanto á mí, he hecho cuanto he

podido, metiéndome por sacarle de donde yo por mi voluntad no me hubiera

metido. Pero me descuaderno y me voy de un lado para otro, y no puedo

más, y á vuecencia recurro. Venga la orden por la posta, y cuanto antes

logre yo poder decir á vuecencia lo que no es para escrito, sino para

relatado, y aun así en voz baja y á puerta cerrada. Réstame por deciros,

que el mozo es un oro, que si su sangre pudiese honrarse, la honraría, y

que es gran pena, que en vez de ser hijo á trasmano, no lo fuese de mi

señora la duquesa doña Catalina. Y como me tarda que ésta llegue á manos

de vuecencia, abrevio el tiempo poniendo punto final.--Guarde Dios á

vuecencia.

DON FRANCISCO DE QUEVEDO.»

Plegó esta carta, la cerró, y se fué hacia doña Catalina.

--¿Lloráis?--la dijo.

--¿No os basta que os esconda mis lágrimas--dijo la condesa--, sino que

venís á buscarlas?

--Ellas me ahogan y ellas me dan vida. Llorado me vea por vos, yo, á

quien no llorará nadie, y quiera Dios que por vuestro recuerdo, salgan

de mi pecho las lágrimas que me hinchan.

--¿Pero no volveréis?

--No.

--Pues... adiós...

--Adiós...

La condesa se quedó llorando; Quevedo salió atusándose el bigote

distraído.

--Si me ama--dijo--es feliz y no hay por qué dolerse... si no me ama,

otro vendrá y le enjugará los ojos.

Y haciendo un nuevo ademán que podía traducirse por la frase:

_adelante_, enérgicamente pronunciada, salió á paso lento de la casa.

Quevedo había tomado su resolución, y dejaba abandonado á tiempo un

instrumento que ya no le servía.

CAPÍTULO LI

EN QUE ENCONTRAMOS DE NUEVO AL HÉROE DE NUESTRO CUENTO

El padre Aliaga salió del alcázar inmediatamente después de haberse

turbado de una manera tan extraña, por el tío Manolillo, el almuerzo de

la reina.

El confesor del rey estaba aturdido con lo que le acontecía.

El bufón había llegado á hacerse para él un gigante.

Aquel hombre había leído en su alma.

Aquel hombre había visto su fondo tenebroso.

Además, el hombre que se había creído amado por la reina, don Juan

Téllez Girón, el hombre por quien acaso la reina se interesaba, el que

se había casado con doña Clara Soldevilla para cubrir acaso á Margarita

de Austria; el recuerdo de aquel hombre, roía el alma del padre Aliaga.

Porque el padre Aliaga, desesperado y loco, estaba celoso.

Y los celosos desconfían de todo, y aun en el mismo sol ven sombras.

El padre Aliaga hizo por lo mismo prender al cocinero mayor.

Porque tenía celos.

De modo que, el mísero de Francisco Martínez Montiño, estaba

constantemente pagando pecados de otros.

El alguacil del Santo Oficio le había llevado en derechura al convento

de Atocha, le había metido en la celda, y se había quedado guardándole

por fuera.

Cuando se vió allí Montiño, respiró un tanto.

--Vamos--dijo--, estos son asuntos del inquisidor general. ¿Pero y mis

asuntos? aquel Cosme Aldaba metido en las cocinas... y había en mi casa

un no sé qué... yo estoy en ascuas... ¡y cuánto tarda el padre Aliaga!

¡Dios mío!

Y el pobre Montiño tuvo que esperar más de tres horas, esto es, desde

las ocho hasta las once, sin atreverse á moverse del rincón de una de

las vidrieras de los balcones de la celda donde se había pegado, viendo

cómo caía el agua continua sobre la tierra de la huerta.

El ver llover da tristeza.

El cocinero mayor, que tenía más de un motivo para estar triste, se puso

más triste aún.

Sus monólogos fueron tomando un no sé qué de insensato.

Sus ojos miraban de una manera singular la compacta cerrazón del cielo,

como si ella hubiera tenido una relación directa con el nublado que

envolvía su alma.

Acabó por adormilarse, que no eran para menos la inacción en que se

encontraba, la insistencia de un mismo pensamiento, esto es, su casa y

su cocina, y el lento, contínuo, incesante rumor de la lluvia.

De repente le hizo volverse despavorido una mano que se apoyó

fuertemente en su hombro.

Encontró delante de sí al padre Aliaga.

Pero no al padre Aliaga humilde, impenetrable, sencillo, sino á un varón

pálido, ceñudo, cuyos ojos brillaban de una manera terrible, y tenían

allá en su fondo algo que hizo temblar á Montiño.

--¿Por qué no me trajísteis anoche el cofre de que hablamos?--le dijo.

--¡Porque me lo robaron!--exclamó todo lagrimoso, asustado y

empequeñecido el cocinero mayor.

--¡Que os lo robaron!

--Sí, señor... en la Cava Baja de San Miguel. Pero miento; no me lo

robaron... es decir, sí me lo robaron...

--Tranquilizáos, Montiño, porque estáis diciendo disparates.

--Es que vuestra señoría me está mirando con unos ojos...

El padre Aliaga comprendió que el cocinero mayor estaba bastante

asustado para que fuese necesario asustarle más, y que seguir

asustándole sería dar motivo á que no dijese una palabra con concierto.

--Vamos, vamos; no os he hecho venir...

--Perdone vuestra señoría; me han traído preso.

--Pues bien, no os he mandado prender para manteneros preso, sino para

que viniérais. No pretendo haceros mal alguno.

--Así fueran todos como vos, padre, porque desde hace tres días todos me

están haciendo daño.

--Tranquilizáos, que yo os protegeré contra todos.

--¿Y mi mujer y mi hija? ¿Y el galopín Cosme Aldaba? ¿Y don Juan de

Guzmán?--dijo el cocinero recayendo en su pensamiento fijo.

--Ya hablaremos de eso. Sentáos aquí, junto al fuego, que hace frío, y

si tenéis apetito pediré de almorzar.

--No; no, señor, he almorzado ya, y por cierto con buen apetito... y si

no me encuentro al tío Manolillo que me animó...

--¡Ah! ¿habéis almorzado con el tío Manolillo?

--Sí; sí, señor... el tío Manolillo iba que centelleaba tras la

comedianta, tras la Dorotea... que iba con el sargento mayor don Juan de

Guzmán y se metió con ella en casa de doña Ana de Acuña.

El cocinero mayor, fuese por temperamento, fuese por debilidad, fuese

por cálculo, vomitaba todo lo que sabía.

--¡Ah!--dijo el padre Aliaga, cuya fisonomía había vuelto á ser

impenetrable y benévola--¿conque esa comedianta entró con el sargento

mayor en casa de doña Ana?

--Sí, señor.

-¿Y el tío Manolillo?

--Se entró conmigo en una taberna de enfrente, donde almorzamos.

--¿Y luego?

--Luego, el tío Manolillo se fué á la casa de doña Ana, llamó...

--¿Luego conoce?...

--Debe conocer, porque le abrieron.

--¿Y vos?...

--Yo me fuí al alcázar: llegaba á él, cuando me prendieron.

--Os trajeron... Montiño.

--Yo digo que me prendieron, y aunque alegué que tenía que estar á la

mira del almuerzo de sus majestades, y evacuar otros negocios, el

alguacil que me prendió, sólo me dejó dar una vuelta por las cocinas, y

llevar á mi casa el cofre, el famoso cofre, que había dejado en una

portería por irme con el tío Manolillo.

--¿Pues no decíais que os habían robado el tal cofre?

--Sí; sí, señor; me lo robaron.

--¿Y cómo le recobrásteis?

--No le recobré yo.

--¿Pues quién fué?

--Ese caballero, que no sé por qué razón acertó á venir con dos amigos

por la Cava Baja, cuando ya se llevaban el cofre.

--¡Don Juan Téllez Girón!

--¡Ah! ¿sabéis ya cómo se llama?

--Anoche le casé.

--¡Que le casásteis!

--Sí, con doña Clara Soldevilla.

--Pero, señor, ese mancebo ha caído de pies en la corte, todas le aman.

--Sigamos, sigamos--dijo el confesor del rey con voz ronca--. Le casé, y

al pedirle su nombre, me dijo: don Juan Téllez Girón.

--Como que lo sabía... como que abrió el cofre y dentro encontró

papeles, y una carta del duque de Osuna, en la que le llamaba su hijo, y

un tesoro en joyas y en buenos doblones de oro, que es lo que queda

únicamente en el cofre, porque los papeles y las joyas se las llevó.

--¿Y por qué no vinísteis?

--Tenía miedo.

--¿Qué hicísteis, pues?

--Me volví á palacio, pero estaban las puertas cerradas, y me vi

obligado á meterme con el cofre y con mis gentes en donde mis gentes me

entraron, en una muy mala casa, señor, donde me dieron un jergón muy

malo, y pasé una muy mala noche y luego me hicieron pagar un muy buen

precio... desdichas y más desdichas... y cuando creía que iba á

descansar, he aquí que me prenden en nombre del Santo Oficio, y me

asusté, señor, porque sin que os ofendáis, el nombre del Santo Oficio

mete miedo, y me entran y me encierran en vuestra celda.

--De aquí saldréis libre y favorecido: pero me habéis de hablar con

verdad.

--Os diré cuanto sepa y más que supiere á trueque de que me amparéis,

que bien he menester de amparo.

--Antes de ir por el cofre consabido para traerle, ¿dónde estuvísteis?

--En el convento, por la carta de la madre Misericordia.

--¿Y luego?

--Fuí á casa del duque de Lerma, pero su excelencia no estaba en casa.

--¿De modo, que?...

--Tengo todavía en el bolsillo la carta de la madre Misericordia para el

duque, y otra carta de la misma madre para vos.

--Dadme, dadme.

--Tomad, señor.

El padre Aliaga abrió la carta dirigida á él, y encontró todo el fárrago

que nuestros lectores conocen.

--¡Ah! ¡ah!--dijo el padre Aliaga para sí--; ¿conque la de Lemos y

Quevedo mancillan los nombres de dos familias ilustres? ¡se aman!

¡Quevedo es amigo de ese don Juan, y la condesa de Lemos es camarera de

la reina!

El padre Aliaga se quedó profundamente pensativo y guardó la carta de la

abadesa.

--Llevaréis esta otra al duque de Lerma--dijo el padre Aliaga

devolviendo á Montiño la carta que la noche antes había escrito la madre

Misericordia para su tío, bajo la presión del temor causado en ella por

el Santo Oficio.

El cocinero se levantó súbitamente, porque le tardaba en verse en

libertad.

--Esperad, esperad todavía.

Montiño volvió á sentarse con pena.

--Cualquier cosa que os suceda, la remediaré yo, y si no puedo

remediarla, procuraré satisfaceros lo mejor posible.

--¡Ah! ¡señor! ¡Dios se lo pague á vuestra señoría!

--¿Para cuándo ha citado doña Ana de Acuña al duque de Lerma?

--Al duque de Lerma, no--dijo en una suave advertencia el cocinero.

--Al rey... eso es... es lo mismo... ¿cuándo debe ir el duque de Lerma á

hacer el papel del rey en casa de esa mujer?

--Tengo que avisarla.

--Id á llevar esta carta al duque.

Montiño se levantó de nuevo.

--Si el duque os envía á casa de doña Ana, avisadme.

--Avisaré á vuestra señoría de todo.

--Y como vivís en palacio, procurad no perder nada en cuanto os fuese

posible de cuanto haga ese don Juan.

--Serviré fielmente á vuestra señoría.

--Y como os quejáis de haber hecho gastos...

--Yo no me he quejado, aunque los he hecho...

--Tomad.

El padre Aliaga abrió un cajón y sacó un centenar de escudos que dió al

cocinero.

--¡Ah! ¡señor!--dijo Montiño--; yo no tomaría esto, si no fuera porque

estoy pobre.

Y en aquellos momentos el cocinero mayor decía la verdad sin saberlo.

--Id, id, que el día avanza, y tal vez os busquen.

--No lo quiera Dios: y puesto que vuestra señoría no me necesita, voy...

voy á dar una vuelta por mi casa...

--Id con Dios.

Montiño salió desolado.

A pesar de que estaba asendereado y molido, de que llovía, de que el

terreno estaba resbaladizo, de que hay una gran distancia desde el

convento de Atocha á palacio, Montiño recorrió aquella distancia en

pocos minutos.

Cuando estuvo en la puerta de las Meninas, se abalanzó por las escaleras

más próximas y subió á saltos los peldaños.

Cuando llegó á su puerta, llamó.

Nadie le contestó.

Volvió á llamar y sucedió el mismo silencio.

Entonces vió lo que en su apresuramiento, en la turbación, no había

visto.

Un papel pegado sobre la cerradura, en que se leía en letras gordas, lo

siguiente:

NADIE ABRA ESTA PUERTA, DE ORDEN DEL REY NUESTRO SEÑOR

Si hubiera visto la cabeza de Medusa, no hubiera causado en él tan

terrible efecto como le causó la vista de aquel papel.

Pero de repente se serenó y soltó una carcajada insensata.

--¡Vamos, señor!--dijo--he perdido el tino; en vez de venirme á mi casa,

me he venido á otra puerta.

Y siguió el corredor adelante.

Pero á medida que adelantaba se convencía de que estaba en el corredor

de su vivienda.

Entonces volvió á sobrecogerle el terror, y se volvió atrás, y volvió á

llamar, pero de una manera desesperada.

--¡Sí, sí!--exclamó--; esta es la puerta de mi aposento, y no hay nadie

en él, y luego este papel sellado; ¡Dios mío!

El cocinero mayor se agarró con entrambas manos la cabeza, como

pretendiendo que no se le escapara, y de repente dió á correr y se entró

en la cocina.

Oficiales, galopines y pícaros, hablaban en corros.

De repente, una voz desesperada, horrible, llamó la atención de todos.

Aquella voz había gritado con una entonación que partía el alma:

--¿Dónde está mi mujer? ¿dónde está mi hija?

Por el momento nadie le contestó.

Al fin, uno de los oficiales de más edad adelantó y le dijo:

--Señor Francisco, es menester que vuesa merced tenga mucho valor.

--¿Pero qué ha pasado?--gritó con más desesperación, con más miedo, con

más horror Montiño.

--Hace una hora se ha encontrado abierto el cuarto de vuesa merced y

robado.

--¡Robado!

Y aquel robado, no fué un grito, sino un aullido, ni un aullido tampoco,

porque no hay en ninguno de los sonidos que representan el dolor, el

terror, la muerte, el fin de todo, la agonía, cuanto puede sentir y

sufrir un ser humano, nada comparable al grito del cocinero mayor.

Luego dejó caer los brazos y la cabeza, y repitió aquel _¡robado!_, pero

de una manera ronca, grave, semejante á la preparación del rugido del

león.

Y luego, llorando como un muchacho á quien han roto su botijo, y teme la

cólera de su madre, repitió la frase ¡robado! y dió á correr sin saber á

dónde, como un gato espantado, tropezando en todo, dándose en las

paredes.

De repente se sintió asido como por unas tenazas de hierro, y lanzado

dentro de un aposento.

Luego se oyó la llave de una puerta, y le arrastraron á otro aposento.

Y al fin Montiño se vió delante del tío Manolillo, que con los ojos como

brasas, amenazador, terrible, le mostraba una escudilla de madera en la

cual había algunos berros, y los muslos, las patas, los alones y el

caparazón de una perdiz, todo verde, como los berros sobre que estaba.

--¡Rezad á Dios por el alma de un difunto!--exclamó con voz concentrada

el bufón--¡rogad á Dios! cocinero de su majestad.

--¡Cosme Aldaba!--exclamó Montiño, y cayó de rodillas y con las manos

juntas á los pies del bufón.

CAPÍTULO LII

DE CÓMO EMPEZÓ Á SER OTRO EL COCINERO MAYOR

«Un clavo saca otro clavo», se dice vulgarmente.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 41 / 66 段