del que la pronunciaba, los tudescos dominados dejaron pasar al bufón.
Quevedo, á pesar de la deformidad de sus pies, que le impedía andar de
prisa, corrió.
En la puerta de la cámara de la reina, se entabló otra lucha con los
ujieres.
La autoridad de Quevedo fué allí inútil.
El bufón apeló á la fuerza.
Tiró á un ujier á un lado, y á otro á otro, y entró también.
Pero entre la inocente detención causada por Quevedo, la de los tudescos
y la de los ujieres, había pasado mucho tiempo.
El paje había desaparecido.
Cuando el bufón entró, se precipitó á la mesa y se arrojó sobre ella.
La reina dió un grito.
El padre Aliaga, que almorzaba con la reina, se puso de pie.
El tío Manolillo buscó con ansia un plato entre los que cubrían la mesa
de la reina, y vió uno solo puesto delante del plato de Margarita de
Austria.
Aquel plato estaba adornado con berros.
Era una perdiz que tenía todas las patas.
El bufón le agarró, y al apoderarse de él dijo con una admirable fuerza
de espíritu, soltando su hueca carcajada de bufón:
--¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡he ganado! ¡he ganado! ¡para mí! ¡para mí!
Y haciendo como que devoraba al paso la perdiz, dió á correr exclamando:
--¡Para la reina no! ¡para mí!
Y soltó una larga y estridente carcajada que hizo temblar á todos los
que la oyeron, y escapó.
--¡Oh! ¡esto es ya demasiado!--dijo la reina.
--Perdonad, señora...--dijo Quevedo--yo no le he podido contener; ¡el
tío Manolillo está loco!
Y Quevedo, saludando profundamente á la reina y antes de que ésta,
reponiéndose de su sorpresa, le pudiera contestar, salió.
Quevedo buscó inútilmente en la parte baja del alcázar al tío Manolillo,
y subió á su aposento, á cuya puerta llamó inútilmente repetidas veces.
Al fin Quevedo gritó:
--Si estáis ahí, tío Manolillo, abrid, hermano, abrid á Quevedo.
Oyéronse violentos pasos y se abrió la puerta.
Apareció el bufón pálido y desencajado.
--¡Entrad! ¡entrad!--exclamó--; entrad y pensemos en la venganza... hoy
ha amanecido un día de muerte...
--¡Tenéis sangre en las manos!--exclamó Quevedo...
--¡Es poca!--exclamó el bufón--¡es poca! ¡venid!
Y tiró de Quevedo, le llevó á lo último de su aposento, y le mostró una
fuente de plata puesta sobre una mesa.
--Mirad ésto; faltan las pechugas... mirad aquéllo, y señaló en un
rincón un pedazo de perdiz, junto á la cual estaba echado, impasible, un
gatazo rodado.
[imagen:...¡para mí! ¡para mí!]
--El _Chato_ devora cuanto halla, porque es un gato pobre, y no ha
querido ese pedazo de perdiz. Los animales conocen la muerte. ¡Que Dios
tenga piedad de la reina!
--¿Y qué hacer?
--¿Qué hacer?... yo no sé... ¿quién dice?... ¿quién declara?... ¡Oh!
¡no! ¡sentenciarnos á ser tenidos por cómplices, á morir deshonrados!...
¡hemos hecho cuanto podíamos hacer... y acaso... acaso nos hayamos
engañado!... pero no... no... el _Chato_ no ha comido... ¡Dios mío!...
--Sois cobarde...--exclamó Quevedo--; suceda lo que quiera, yo voy á
buscar al médico de su majestad... guardad esa perdiz, guardadla; sobre
todo, quitadla de esa fuente, que es de plata...
El bufón quitó los restos de la perdiz de la fuente, los echó en una
escudilla, y con ellos el pedazo que había arrojado al gato.
Entre tanto, Quevedo había desaparecido.
Un paje de la reina se presentó poco después.
--Tío Manolillo--dijo--, os aconsejo que os escondáis por algún tiempo.
--Pues ¿qué pasa, hijo?--contestó dominándose el bufón.
--Que habéis dado un susto á su majestad, y no ha acabado de almorzar;
se ha dejado casi todo lo que tenía en el plato cuando entrásteis vos.
--¿Pechugas de perdiz?...
--Eso es... ¡una perdiz que olía tan bien!... me la he comido, tío.
--¿Cómo te llamas, hijo?
--Gonzalo.
--¿Y te has comido la perdiz que quedaba en el plato de la reina?
--Sí... al salir... no me veían...
--¿Y quedaba mucho?...
--Casi una pechuga... y me ha hecho mal... ya se ve... ¡comí tan de
prisa, porque no me vieran!
El paje, en efecto, empezaba á ponerse pálido.
--¿Y por qué vienes, hijo?--exclamó el tío Manolillo, haciendo un
violento esfuerzo para dominar su horror.
--Por la fuente de plata que os habéis traído.
--¿Y comió mucho la reina?
--¡Quia! no... ni el padre Aliaga...
--¿Y te has comido las dos?...
--Sí.
--Ven, hijo mío, ven... ven á las cocinas... voy á darte aceite, que es
bueno para que arrojes... ¡Oh! ¡Dios mío!...
--Tengo ansias, tío...
El bufón asió al mozo y le arrastró consigo.
Pero al llegar á las escaleras, el paje dió un grito, avanzó, cayó
rodando por las escaleras, y con él la fuente de plata.
El bufón se retiró precipitadamente, fué á su aposento y se puso á rezar
por el alma del paje.
CAPÍTULO XLVIII
DE CÓMO MUCHAS VECES LOS HOMBRES NO REPARAN EN EL CRIMEN AUNQUE SUS
VESTIGIOS SEAN PATENTES
Pasó mucho tiempo sin que nadie subiese por las escaleras por donde el
paje había caído.
Al fin subió una moza de retrete.
La escalera era obscura.
La moza tropezó en la bandeja, que sonó.
Recogióla la moza.
--¡Calla!--dijo--¡una bandeja de plata! ¡y sucia!... ¡llena de grasa!
¿cómo está aquí? La llevaré á la repostería.
Y siguió subiendo, y tropezó de nuevo.
Pero tropezó en un cuerpo humano.
Aquel cuerpo estaba frío.
La moza empezó á dar gritos.
A los gritos de la moza acudieron algunos de la servidumbre.
Muy pronto corrió la voz de que se había encontrado muerto un paje de la
reina en las escaleras de las cocinas.
Y junto á ésta, corrió otra voz no menos escandalosa.
El aposento del cocinero mayor estaba abierto y abandonado, rotas
algunas puertas, roto un gran cofre y vacío.
La mujer y la hija del cocinero mayor habían desaparecido.
El alcaide de palacio, el guarda mayor y el mayordomo mayor del rey, se
habían presentado en los lugares de estas dos catástrofes.
A nadie se le ocurrió que entre la muerte del paje y la desaparición de
la familia y el robo del cocinero mayor, podía haber una relación
íntima.
A nadie se le ocurrió tomar acta de haberse encontrado junto al paje
muerto una fuente de plata del servicio de mesa de la reina.
Los médicos declararon que, según los vestigios que quedaban en el
cadáver, el paje había muerto de repente á consecuencia de un ataque
cerebral.
Y tenían razón: porque el veneno que Guzmán había dado á Luisa, y Luisa
al galopín Aldaba, y el galopín Aldaba al paje rubio, y éste á la mesa
de la reina, y la mesa al paje Gonzalo, había obrado sobre el cerebro de
este último produciéndole una violenta congestión.
El paje fué conducido al depósito de muertos de la parroquia de Santa
María.
La fuente de plata entregada en la repostería y lavada.
Los únicos vestigios del crimen quedaban en una escudilla de madera en
el cuarto del bufón.
Y el bufón, vuelto al fin en sí de tan violentas impresiones, se lavaba
las manos borrando un vestigio de otro crimen, mientras la fuente se
lavaba en la repostería.
Entre tanto el alcaide de palacio y el mayordomo mayor del rey, á quien
se había dado parte de lo acontecido en el aposento del cocinero mayor,
hacían extender testimonio á un escribano de cómo:
«El día 17 de Diciembre de 1610, llamado, etc. (aquí el largo fárrago
curial), yo el infrascrito, entré con su excelencia el señor mayordomo
mayor del rey y con su señoría el señor alcaide de palacio y con los
señores Lope Ríos y Diego Luque, camareros del rey, en el aposento que
en palacio habita el señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de
su majestad el rey nuestro señor, que Dios guarde, y los expresados y el
infrascrito escribano hallamos que la puerta del dicho aposento no
estaba cerrada, sino abierta y franca; y en la primera habitación
hallamos, á más de los muebles conocidos del uso de dicho Montiño y su
familia, un cofre de hierro muy pesado, cerrado, sobre el cual se veían
señales de haberle querido forzar, el cual cofre fué entregado en
depósito al excelentísimo señor mayordomo mayor. Y entrados en el
siguiente aposento hallamos los muebles revueltos, y algunas prendas de
ropas esparcidas, con más un ejemplar impreso del arte de cocina,
pastelería, bizcochería y conservería que ha compuesto el dicho cocinero
mayor; y pasando á las otras habitaciones, las hallamos en el mismo
desorden, y á la ventana de una de ellas, atado un pañuelo encarnado de
algodón; y en otra habitación más interior hallamos un gran cofre
descerrajado á viva fuerza de sus tres cerraduras, y el cofre vacío y
sobre la mesa algunos papeles y libros de dinero puesto á ganancia; y
otrosí: halláronse dos espadas y un arcabuz, y examinadas aquéllas y
éste, hallóse ser de la marca que mandan las pragmáticas; y otrosí: acá
y allá esparcidos halláronse seis doblones de á ocho y cuatro escudos de
cruz, y veinte maravedises de plata, de todo lo cual y de los muebles y
efectos se hizo el inventario adjunto y quedó entregado de todo el dicho
excelentísimo señor mayordomo mayor, por cuyo mandato libro la relación
presente de que doy fe. En testimonio de verdad.--_Pero Ponce Lucas._»
Libróse asimismo testimonio de haber desaparecido:
Del cuarto del cocinero, su mujer, Luisa Robles, y su hija Inés
Martínez.
De las cocinas, el galopín Cosme Aldaba.
De la servidumbre de la reina, el paje Cristóbal Cuero.
Y se tomaron declaraciones, y por estas declaraciones se averiguó que la
cocinera tenía un amante, que se llamaba Juan de Guzmán.
Que el paje Cristóbal Cuero era el amante de la Inés Martínez.
Que el galopín Cosme Aldaba andaba en inteligencias con los unos y con
los otros, que había sido despedido por el cocinero mayor y que su mujer
le había enviado á las cocinas.
En vista de lo cual, sumariamente averiguado, y teniendo de ello
conocimiento el rey, mandó su majestad que esta sumaria pasase á un
alcalde, el cual alcalde mandó que fuesen presos donde fuesen habidos
los expresados don Juan de Guzmán, Luisa Robles, Inés Martínez, Cosme
Aldaba y Cristóbal Cuero, por delito de robo y otros, cometidos contra
la hacienda y en la honra y en otros extremos y particulares del
cocinero mayor de su majestad.
Pero en cuanto á la entrada exabrupta del tío Manolillo en la cámara de
la reina, tomóse á gracia y la misma Margarita de Austria cambió su
enojo en risa.
Y en cuanto á lo del paje, creyóse en lo de la muerte casual y violenta
y se le enterró; diéronse á su madre de orden del rey ciertos
maravedises para lutos; diéronse otros á un capellán para que dijera
misas por el alma del difunto y no se habló más de ello, ni á nadie se
le ocurrió pensar en venenos ni asesinatos.
Sabían el crimen y los asesinos, don Francisco de Quevedo, el bufón y
Dios, que lo sabe todo.
CAPÍTULO XLIX
DE CÓMO LA DUQUESA DE GANDÍA TUVO UN SUSTO MUCHO MAYOR DEL QUE LE HABÍAN
DADO «LOS MIEDOS DE SAN ANTÓN»
Doña Clara Soldevilla era feliz.
Feliz de una manera suprema.
Estaba consagrada enteramente al recuerdo de su felicidad.
Apenas si había hecho, desde que había salido aquella mañana de su
aposento su marido, más que pensar en él, sentada en un sillón junto al
brasero.
Ya bien entrado el día creyó que era un deber suyo dar parte á su padre
de lo que le acontecía, y tomó la pluma para escribir una larga carta.
Pero una vez puesta á ello sólo pudo escribir lo siguiente:
«Padre de mi alma: Mi lealtad y la reina me han obligado á casarme; pero
al casarme no he hecho un sacrificio. Soy feliz. Mi marido se llama don
Juan Téllez Girón. No puedo escribiros más, mi buen padre. Estoy
aturdida con lo que me sucede; enviad vuestra bendición, señor, á
vuestra hija que os ama y queda rogando á Dios por vuestra
vida.--_Clara_.»
Cerró esta carta y llamó.
--Que venga al momento Anselmo--dijo.
Presentóse poco después un escudero como de cincuenta años.
--Monta al momento á caballo, mi buen Anselmo--dijo Clara--, y ve á
llevar á mi padre esta carta.
--¿Pues qué sucede, señora?--dijo Anselmo cuidadoso, porque era un
antiguo criado de la casa.
--Sucede que doy á mi padre la noticia de mi casamiento.
--¡Cómo! ¿La señora se casa?
--Me he casado ya.
--¿De secreto?
--No, por cierto; me casé anoche delante de testigos en la capilla real.
El escudero se puso pálido y no se atrevió á preguntar más.
--Pero... me olvidaba... esta carta no puede ir sin otra suya, y él no
ha venido.
En aquel momento entró en el cuarto una dama de la reina que venía de
ceremonia.
--¡Ah, doña María!--exclamó la joven.
--Vengo, doña Clara, primero á daros la enhorabuena... una triple
enhorabuena... qué sé yo cuántas enhorabuenas...
--¡Oh! ¡Muchas gracias, señora! Anselmo, vete fuera. Sentáos, doña
María.
--No, por cierto; estoy en el tocador de la reina y la reina me envía.
Di á doña Clara Soldevilla, me dijo, que no nos haga esperar; que se
vista como conviene á una recién casada que va á ser presentada con su
marido á la corte y á tomar la almohada de dama de honor, mientras que
su marido toma el mando de la tercera compañía de guardias españolas. He
venido, pues, doña Clara, contenta porque vos debíais estarlo mucho.
--¡Oh, sí! ¡gracias á Dios!
--¿Conque casada?
--Anoche...
--¡Y no haber conocido al novio!... ¡Reservada siempre!
--En cambio, señora, conoceréis al marido.
--Pues vestíos, vestíos, doña Clara; dentro de poco vendrán por vos y
por vuestro esposo, el conde de Olivares representando al rey, la
duquesa de Gandía representando á la reina, como que son vuestros
padrinos. Además, permitidme un momento--y doña María salió y volvió á
entrar trayendo un cofrecillo en las manos--, la reina me encarga que os
prendáis estas joyas que os regala. Y es un bello aderezo... muy
bello... su majestad os ama mucho.
--No sé cómo pagar á su majestad... y siento, siento mucho no poder
complacerla... pero mi marido me ha regalado otro aderezo.
--¡Ah! ¿Conque es rico?... Os doy otra nueva enhorabuena. ¿Y seréis tan
reservada respecto á vuestras galas de novia, como respecto á vuestros
amores?
--¡Ay, Dios mío, no! Si queréis ver antes que nadie esas joyas, os daré
gusto. Isabel.
Apareció una doncella.
--Trae un cofrecillo que hay en mi retrete, aquel cofre de sándalo donde
yo guardo mis alhajas. ¿Y decís--continuó doña Clara--que la duquesa de
Gandía vendrá por nosotros como madrina en nombre de la reina?
--Así me lo ha dicho su majestad.
--Ved el aderezo de que os he hablado--dijo doña Clara, abriendo el
cofre.
Doña María, que había sabido con envidia el casamiento de doña Clara con
un joven capitán de la guardia española, y con disgusto su nombramiento
de dama de honor, que las igualaba á entrambas, vió con despecho las
ricas alhajas que la mostró doña Clara con la mayor lisura, sin alegría
y sin orgullo.
--Sois completamente afortunada--dijo--, y os repito mis enhorabuenas.
Pero me voy; ya os he dado el mensaje que os traía, y me espera su
majestad--y salió.
Apenas había salido doña María, cuando entró una doncella.
--Señora--dijo--, un caballero pregunta por vos; yo le he dicho que no
acostumbrábais á recibir visitas, pero me ha contestado riendo, que
estaba seguro que vos le recibiríais.
--¿Cómo se llama ese caballero?
--Se llama don Juan... don Juan...
--¿Téllez Girón?
--Eso es.
--Pues que entre al momento.
--¿Llamo á vuestra dueña?
--No.
La doncella salió escandalizada; doña Clara jamás había recibido visitas
de hombre.
Introdujo, sin embargo, á don Juan, y salió.
Pero se quedó mirando por el quicio de la puerta y su escándalo creció
cuando vió que su señora y el joven caballero se asían tiernamente de
las manos, y que el caballero se atrevía á dar un beso á su señora.
--¡Oh, qué hermoso y qué gentil vienes, mi don Juan!--dijo doña Clara,
mirando arrobada al joven--. Y cómo se conoce la ilustre sangre que te
alienta. Yo también voy á engalanarme, á prenderme las hermosas joyas
que me has regalado.
La doncella, escandalizada, se fué á decir á los demás criados, al
rodrigón, á la dueña y al escudero, que su dama había recibido á solas á
un caballero que la besaba, y lo que era peor, que la regalaba joyas.
Pero cuando estaba en lo más ardiente de su acusación fiscal, entró la
dueña cojitranqueando, y dijo:
--Todo el mundo al cuarto de la señora.
El mundo todo aquel á que se refería la dueña, eran un rodrigón que ya
conocemos, dos doncellas, dos escuderos, dos criados y un paje.
Todo el mundo entró con cuatro palmos de curiosidad en el aposento de la
joven.
Don Juan estaba lisa y llanamente sentado junto al brasero y con el
sombrero puesto.
Como el señor en su casa.
Los criados miraban á don Juan con asombro.
--Amigos míos--dijo doña Clara--, anoche, mientras vosotros dormíais,
apadrinada por sus majestades, me casé con este caballero... con don
Juan Téllez Girón, que siendo mi esposo y mi señor, es vuestro amo.
--Sea por muchos años--exclamó el rodrigón, que era el más viejo y el
más autorizado--; que Dios haga muy felices á sus mercedes... este es el
segundo casamiento que veo en la casa... cuando la señora madre de vuesa
merced se casó...
--Os dió muestras del aprecio en que os tenía; yo os las daré también;
ahora idos; quedáos vosotras--añadió, dirigiéndose á las doncellas--;
necesito vestirme.
Los criados salieron por una puerta, y doña Clara y las doncellas por
otra.
Quedóse solo el joven.
Una gravedad que hasta ahora no hemos conocido en él, había acabado por
ser la expresión de su semblante.
La fortuna le sonreía; se encontraba poseedor de una mujer hermosa entre
las hermosas, noble entre las nobles, dificultad viviente que había
desesperado á los más peligrosos galanes de la corte; la poseía por
completo; doña Clara le había dejado ver todo el tesoro de ternura y de
amor de su alma, y le había dicho embriagada de no sabemos qué deleite:
--Vos habéis sido la mano que ha descorrido el velo de mi alma: os
habéis presentado en tan poco tiempo delante de mí, tan hermoso primero,
tan valiente, tan generoso, tan enamorado, tan noble después, que yo
tengo para mí que habéis ganado bien en veinticuatro horas lo que otro
no hubiera ganado tal vez en años.
Y cuando don Juan la replicaba:
--¿Y si la suerte nos hubiese separado?
--No os hubiera olvidado nunca; nunca hubiera dejado de sufrir al
recordaros.
Y don Juan asía la hermosa cabeza de su mujer entre sus dos manos, la
besaba y exclamaba entre aquel beso:
--¡Oh, bendita seas!
No podía ser más feliz don Juan.
Y esta felicidad le había hecho grave.
Contribuían, además, á esta gravedad, un remordimiento y una aspiración.
Aquella aspiración y aquel remordimiento estaban representadas por dos
mujeres.
La aspiración era por su madre.
Don Juan sabía que era una dama ilustre. Pero su nombre... el joven
hubiera hecho un doloroso sacrificio por saber el nombre de su madre.
El remordimiento estaba representado por Dorotea.
Doña Clara, después de haber asegurado, jurado el joven, que á nadie
amaba más que á ella, no le había vuelto á hablar de la Dorotea.
La Dorotea era una cosa pasada, olvidada.
Su deber le prohibía volver á los amores de la comedianta.
Y, sin embargo, don Juan sabía que la Dorotea le amaba; que le amaba con
toda su alma, que él había sido para ella una especie de regeneración;
que, en una palabra, en la Dorotea se había abierto para él un alma tan
virgen como la de doña Clara.
La comedianta, no era, es cierto, la mujer digna, pura, magnífica, el
tesoro, en una palabra; pero la Dorotea era un ser desgraciado; tenía en
su favor su infortunio... abandonarla era herirla... y luego...
digámoslo de una vez, ¡era tan hermosa la Dorotea!... ¡amaba de una
manera tan profunda, ten delicada, tan ardiente!...
Don Juan luchaba en vano con el recuerdo de la Dorotea, no podía
dominarle, no podía recusarle... y del recuerdo doloroso de la Dorotea
pasaba al misterio de su madre...
Don Juan estaba muy de mal humor.
Y cuando se hallaba en uno de sus momentos más tétricos se abrió la
puerta, y uno de los pajes dijo:
--Señor, la duquesa de Gandía.
Don Juan se quitó el sombrero, lo arrojó precipitadamente sobre la mesa,
y salió al encuentro de la duquesa.
Doña Juana de Velasco entró vestida, por decirlo así, de pontifical, y
contrariada, sumamente contrariada.
Su orgullo estaba lastimado.
Un mandato expreso de la reina, la obligaba á presentarse como madrina
en el cuarto de una joven dama de honor, á quien, como sabemos, tenía
ojeriza, á quien llamaba intriganta y enemiga del duque de Lerma.
Pero lo mandaba su majestad y era necesario obedecer.
Lo que por otra parte contrariaba grandemente á la duquesa, era que el
encargado de representar al rey como padrino, fuese el conde de
Olivares, otro intrigante, otro enemigo del duque de Lerma.
Así es que la duquesa no se cuidaba de disimular su disgusto.
Don Juan la saludó profundamente.
--¿Sois vos el novio, no es esto?--dijo sentándose en un sillón y
mirando al joven con el mismo aire impertinente con que hubiera mirado á
un ayuda de cámara.
--Sí, señora; yo soy--dijo don Juan, templando su acento al tono del de
la duquesa, porque en orgullo no cedía á nadie--; yo soy el marido de
doña Clara.
--No os conozco--dijo la duquesa--y, sin embargo, vestís como noble y
lleváis hábito, lo que nada prueba, porque hoy se da á todo el mundo una
encomienda.
--Me llamo don Juan Téllez Girón, señora.
--¿Sois pariente de don Pedro?
--Soy su hijo...
--¡Su hijo!... No conozco ningún hijo del duque que se llame Juan.
--Soy su hijo bastardo...
--¡Ah! ya decía yo...
--Pero es un bravo mozo, está reconocido por su padre--, digo, según me
han dicho--, y ha hecho grandes servicios á su majestad--dijo un
caballero que acababa de entrar.
--¡Ah! ¿sois vos, don Gaspar?--dijo la duquesa con sobreceño.
--Pésame mucho, mi señora doña Juana--dijo el llamado don Gaspar--, de
que su majestad se haya acordado de mí para representarle en este
padrinazgo, cuando su majestad la reina se ha acordado de vos para el
mismo objeto. Ya sé que no me queréis bien, y lo siento, porque yo os
estimo.
La duquesa se mordió los labios y no contestó.
--¿Y esa hermosa señora?--dijo el conde de Olivares dirigiéndose al
joven, y le dió la mano.
[imagen: El Conde de Olivares.]
--Se viste en este momento, señor conde--dijo don Juan.
--¡Ah! de modo que dentro de poco se nos aparecerá un cielo. Os doy la
enhorabuena, amigo, y veo que no me habéis olvidado. Hace tres días
ignorábais... creo que ignorábais...
--Ciertamente, señor conde.
--Pero no os habéis olvidado de mí... me alegro... soy vuestro amigo...
nos iguala la nobleza y el celo con que entrambos servimos á su
majestad. ¿Y... vuestro tío?--añadió sonriendo el conde--. ¡Pobre
Francisco Montiño! creo que le suceden grandes desgracias. Pero debéis
olvidar eso y tender las alas, que las tenéis poderosas. Aprovecho esta
ocasión para ofrecerme todo entero á vos; después que con vuestra esposa
hayáis sido presentado á la corte, el capitán general de la guardia
española y yo os presentaremos á vuestra brava compañía de arcabuceros.
--Gracias, señor conde.
--Pero me parece que vuestra esposa se acerca.
En efecto; se levantó un tapiz y apareció doña Clara, radiante de galas
y hermosura: llevaba un traje de brocado de oro sobre verde, con doble
falda y con segunda falda de brocado de plata sobre blanco; en los
cabellos, en la garganta, sobre el seno, en las brazos, en la cintura,
llevaba un magnífico aderezo completo.
--¡Señora duquesa! ¡señor conde!--exclamó la joven dirigiéndose á
ellos--¡cuánto siento haberos hecho esperar!
Pero de repente doña Clara se detuvo.
Los ojos de la duquesa de Gandía estaban fijos con espanto en ella.
Doña Juana de Velasco estaba pálida y temblaba.
--¡Qué joyas tan hermosas!--dijo--; sobre todo... ese collar de
perlas... y ese relicario... perdonadme... pero quiero ver ese
relicario...
La joven se acercó á la duquesa.
Doña Juana volvió el relicario.
Su mano temblaba.
--¿Quién os dado esas joyas?--dijo en voz baja y rápida á doña Clara.
--Mi marido, señora--contestó en voz muy baja y profundamente conmovida
doña Clara.
--¿Y sabe vuestro marido?... ¿sabéis vos?...
--Sí; sabemos que por estas joyas puede conocer á su madre.
--¡Ah!--exclamó la duquesa dando un grito, y retirándose bruscamente de
doña Clara.
--¿Qué es eso, mi buena duquesa?--dijo con gran interés el conde de
Olivares.
--Nada, no es nada; es un accidente que padezco... caballero--añadió
dirigiéndose á Juan--, ¿queréis darme vuestro brazo?... apenas puedo
sostenerme... y sus majestades esperan.
--¡Ah! señora--contestó don Juan turbado y conmovido, porque el acento
de la duquesa había cambiado enteramente para él.
Y la dió el brazo.
Temblaba tanto don Juan, como la duquesa de Gandía.