Un nuevo terror disipó el anterior terror de Montiño.

Aquella perdiz verde que le presentaba la inflexible mano del tío

Manolillo, le devoraba, le mordía, le magullaba el alma, por decirlo

así.

Pálido, contraído, yerto, con la boca dilatada, los ojos fijos,

desencajados, espantosos, los brazos extendidos, crispados los dedos,

erizados los cabellos, temblando todo, estaba horrible por el terror que

sentía; detrás de aquella perdiz verde veía un cadáver... el cadáver de

la reina, y detrás del cadáver de la reina, los dos palos escuetos y

rojos de la horca.

--¡Infame Cosme Aldaba!--exclamaba con un acento indefinible--. ¡Infame

Cosme Aldaba!... ¡él ha sido!... ¡yo no!... ¡yo no!... ¡no he parecido

por las cocinas en dos días!

--¡Pero habéis sido ciego... miserablemente ciego!...--exclamó con

acento de desprecio y de cólera el bufón--habéis sido ciego, y por

vuestra ceguera ese infame Guzmán ha podido volver loca á vuestra

esposa... ha podido hacerla un instrumento de muerte... y todo por

vos... por haber sido tonto.

--¡Oh Dios mío! pero su majestad...

--Esa perdiz se ha servido en el almuerzo de la reina--dijo el bufón.

--¿Pero ese difunto... ese difunto de que hablábais?...--dijo Montiño

levantándose.

--Ha sido un paje.

--¡Ah!--exclamó el cocinero--¡un paje!...

--Sí, un paje que se ha comido las pechugas que habían quedado en los

platos de la reina y del padre Aliaga.

--El padre Aliaga está perfectamente bueno--exclamó con alegría el

cocinero mayor.

--¿Que está bueno el padre Aliaga?...

--¡Sí, acabo de hablar con él!

--¿Y la reina?... yo no me he atrevido á preguntar... no me he atrevido

á hablar... pero el alcázar está tranquilo... ¡oh! ¡si hubiese querido

Dios que el golpe se hubiese frustrado!...

--¡Sí, sí, Dios lo habrá querido!...--exclamó el cocinero--¡porque Dios

no querrá que nos ahorquen inocentes!

La horca era el pensamiento fijo de Montiño.

--¡Que nos ahorquen! ¡No, no puede ser! se ha perdido el rastro.

--¡Que se ha perdido el rastro, y tenéis ahí en esa escudilla los restos

envenenados de la perdiz!

--Tenéis razón, tenéis razón, Montiño--dijo el bufón-; pero esto

desaparecerá, desaparecerá, yo os lo juro.

Y yendo á un negro fogón que le servía para condimentar su pobre comida,

el tío Manolillo hizo fuego, y puso sobre él la escudilla de madera con

los restos de la perdiz.

--¿Y no queda más señal que esa?--dijo el cocinero viendo arder con

ansiedad la escudilla.

--No... el veneno sólo queda ahí... y en las entrañas del paje muerto...

Pero, según he oído, se han llevado el paje á la parroquia sin que nadie

sospeche; cuando le hayan enterrado....

--¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pero mi mujer! ¡Mi hija!

--¿Aún amáis á vuestra mujer?...

--No la amo... no... pero siento una horrible sed de venganza... La

miserable... la desagradecida... yo que la había sacado de la miseria...

y luego el hijo que lleva en el seno...

--Vos nunca habéis tenido hijos.

--¡Cómo! ¿No es hija mía Inés?

--Vuestra primera mujer os engañó, como os ha engañado la segunda.

--¡Dios mío! ¡Dios mío!

--De modo que debéis alegraros de que se os haya escapado.

--¡Pero se ha escapado robándome!...--exclamó en una de sus

acostumbradas salidas de tono el cocinero mayor.

--¡Bah! consoláos; ya tendréis algún dinero empleado por ahí.

--No tengo ni un sólo maravedí... había pensado retirarme.

--Según me han dicho, ha quedado un cofre muy pesado, que se encontró en

vuestro aposento, que los ladrones no pudieron abrir porque es de

hierro, y que no se atrevieron á llevarse por su tamaño, en poder del

mayordomo mayor.

--¡En todo tiene suerte ese mancebo... mi sobrino postizo!--exclamó con

una rabia angustiosa el cocinero mayor--; me roban á mí, encuentran su

dinero en mi aposento cuando me roban y no pueden robarle á él. ¡Dios

mío, Dios mío! me quedo solo en el mundo, y pobre y viejo.

--En primer lugar, don Juan Téllez Girón, vuestro sobrino postizo, os

debe todo lo que es. Vos habéis sido la causa de las casualidades que le

han hecho esposo de doña Clara Soldevilla y favorito de la reina, y qué

sé yo qué más cosas... pero ya se ha quemado la escudilla con lo que

contenía, ya no queda rastro por aquí del veneno... el alcázar se me cae

encima; salgamos... salgamos de aquí, Montiño.

--Llueve que es una maldición. Llovía cuando llegó á Madrid mi

sobrino... quiero decir, don Juan Girón; y yo tengo para mí que mientras

llueva no cesarán las desdichas.

--Ya veremos dónde nos metemos. Arregláos los cabellos y el vestido, que

los tenéis desordenados, ponéos la capa y el sombrero, y vamos.

Púsose el bufón una caperuza, envolvióse en una capilla, salió de su

aposento con Montiño y cerró la puerta con llave, murmurando:

--Ahí te quedas, terrible secreto; tú, aposento miserable del bufón, no

hablarás, como tampoco hablará la tumba del paje. Vamos, Montiño, vamos;

¿pero á dónde vais?

--A las cocinas. ¿Queréis que cuando me veo arruinado, abandone el único

recurso que me queda?

--¡Dios ayude al bolsillo de su majestad!

--¡Otros diez años de cocinero, solo, triste, viejo!... ¡Otros diez años

para reunir la décima parte de lo que me han robado!--exclamó Montiño

con desesperación.

Y no habló una palabra más hasta llegar á las cocinas.

Ni allí habló otras palabras, que las referentes al servicio.

Lo miró todo, lo inspeccionó todo, dió órdenes, y todos le escucharon

con un silencio terrible, con un silencio de espanto, porque á pesar de

que el desdichado no decía una sola palabra de su desgracia, ni nadie

se atrevía á recordársela, su rostro estaba espantoso.

Se pintaba en él no sólo una desesperación profunda, sino el principio

de una insensatez horrible.

Sus miradas vagaban inciertas sobre los objetos, sus mejillas habían

como enflaquecido, sus cabellos como blanqueado, habíase afilado su

nariz, temblaba de tiempo en tiempo el mezquino, y repetía una misma

orden, é iba de acá para allá, volviendo siempre á un mismo punto.

Hasta su voz se había alterado.

Cuando salió, el oficial mayor dijo en medio del silencio general:

--¡Pobre señor Francisco! ¡está loco!

Y aquella palabra _loco_ retumbó fatídicamente en las cocinas, repetida

por todos.

Entre tanto, Montiño decía, asiéndose al brazo del bufón:

--Vamos á donde vos queráis--le dijo--; afortunadamente entre tanta

desgracia la vianda del rey está lista, no falta nada y... no me

despedirán... tendrán lástima de mí...

--¡Infeliz!--murmuró enteramente desarmado el tío Manolillo.

Y entrambos, en silencio, se encaminaron á la salida del alcázar.

CAPÍTULO LIII

EN QUE SE DEJA VER CLARO EL BUFÓN DEL REY

El tío Manolillo había aceptado la situación.

Había comprendido que para dominar los sucesos necesitaba dominarse á sí

mismo, y se había dominado.

Para dominarse había hecho el siguiente raciocinio:

--Según todas las apariencias, el plan de los asesinos ha fracasado; la

reina ha comido muy poco, y es ya viejo aquello de que: poco veneno ni

mata ni daña... podrá suceder que á la reina... pero en fin... ¿y qué me

importa á mí la reina? ¿qué favores la debo? he cumplido con lo que Dios

me manda, procurando evitar el crimen. Si no lo he denunciado con tiempo

ha sido por excusarme de un proceso... de una prisión... de un tiempo

perdido durante el cual no podría velar por Dorotea... por ella, que es

todo lo que me interesa en el mundo... por ella, que es... mi vida, mi

pensamiento único... á la que me he sacrificado, que es desgraciada...

no, no; yo he debido conservar mi libertad á todo trance... he hecho

bien en callar... el crimen ha pasado sin que nadie le conozca...

Guzmán, el incitador de este crimen, está muerto... no puede

traslucirse... puedo, pues, consagrarme entero á Dorotea. Francisco

Montiño podrá darme luz acerca de ciertas cosas que yo no comprendo...

es necesario que yo utilice á este nombre... que le ayude... para todo

esto debo estar muy sobre mí... pues sobrepongámonos á todo.

Después de este razonamiento consigo mismo, el semblante del bufón tomó

su aspecto vulgar, su aspecto de todos los días, como podríamos decir.

Pero no aconteció lo mismo á Montiño.

Continuaba desencajado, contraído, fuera de sí.

Bastaba ver su semblante para comprender su situación.

--¡Mi dinero! ¡mi mujer!

Esta era la exclamación que de tiempo en tiempo se escapaba de sus

labios.

Hécuba, la desventurada esposa de Príamo, la madre sin hijos, la reina

esclava, no tuvo nunca el corazón tan desgarrado como lo tenía en

aquellos momentos el infeliz cocinero de su majestad el rey don Felipe

III.

Cuando salieron del alcázar, continuaba lloviendo ni más ni menos que

como tres días antes de entrar don Juan Girón en Madrid.

Montiño no sintió la lluvia.

Pero el bufón, que tenía sobre sí un dominio inmenso, apresuró el paso

para ponerse cuanto antes á cubierto de ella.

El cocinero mayor se quedó atrás.

--¡Eh! ¡señor Francisco!--dijo el bufón--; ¿en qué pensáis? andad de

prisa, amigo mío, andad de prisa, que necesitamos aprovechar el

tiempo... y sobre todo... si queréis que se os haga justicia...

--¡Que si quiero que se me haga justicia! pues ya lo creo; ¡á Dios la

pido! ¡á Dios clamo por ella!... y estaré clamando hasta que la

consiga...

--Pues aligerad.

--¿A dónde me lleváis?

--A casa de otra alma desconsolada.

--No hay alma más desconsolada que la mía.

--¡Quién sabe, Montiño! ¡quién sabe! pero andad, andad.

--¿Y quién es esa otra alma desconsolada?

--Una mujer que está enamorada de vuestro sobrino.

--¡Ah! ¿y quién es?

--La Dorotea.

--¡La querida del duque de Lerma!

--Eso es.

--¡Y esa mujer...!

--Está loca por don Juan.

--¿Y esa mujer puede...?

--Ya lo creo... pero si os ayuda, será necesario que vos la ayudéis.

Y el rostro del bufón, al decir estas palabras, tenía algo de terrible.

--Vamos, pues, vamos--dijo Montiño alentando una esperanza--; ¿y está

muy lejos la casa de esa comedianta?

--No, no por cierto; en la calle Ancha de San Bernardo.

--Pues he aquí que estamos en la plazuela de Santo Domingo.

--Y dentro de poco estaremos á su puerta.

En efecto, poco después el bufón llamaba á la puerta de la Dorotea.

Salió á abrir Casilda.

--¡Oh! ¡bien venido seáis, tío Manolillo!--dijo la joven--; no sabíamos

qué hacer con la señora; está terrible. Entrad, entrad. Pero ¿quién es

ese que viene con vos?

--Es un amigo.

--No creo que esté la señora en disposición de que nadie extraño la vea.

--¡No importa! ¡no importa! entrad, señor Francisco, entrad--dijo el

bufón viendo que Montiño se había detenido al escuchar la observación de

la criada.

--Vamos á juntarnos dos locos, por lo que veo--dijo entrando Montiño.

Cuando entraron en la sala la encontraron revuelta; estaba llena de

cofres abiertos, de trajes sobre los sillones, de objetos sobre las

mesas.

Todo aquello era rico, relumbraba, punzaba la vista con los vivos

colores y lo brillante de las telas; era, en fin, un magnífico equipaje

de comedianta pagado por un gran señor.

--¡Ah!--dijo Montiño--, bien se conoce que aquí no ha habido ladrones.

La Dorotea, destrenzados los cabellos, desarreglado el traje, iba de acá

para allá pálida, sombría, llorosa, sin acuerdo de lo que hacía, obrando

maquinalmente, irritada, poseída por una pasión tremenda.

No vió ni al tío Manolillo ni á Montiño.

El bufón adelantó, y en un momento en que la Dorotea estaba de pie,

inmóvil, con la cabeza inclinada, sostenida sobre una de sus manos, con

el otro brazo abandonado á lo largo del cuerpo, era un vivo trasunto de

una estatua pagana, representando á una mujer maldecida por los dioses y

meditando de una manera terrible, blasfema é impía, sobre la causa de su

desgracia.

El bufón se acercó á ella.

--¿En qué piensas, hija mía?--la dijo.

--¡Yo no sé!--contestó con acento de desesperación Dorotea.

--¡Pero estos cofres, estas ropas!

--Es necesario huir de aquí...

--¡Huir! ¿y á dónde?...

--¿A dónde? ¡No lo sé! ¡no he pensado en ello!

Guardó un momento silencio, y luego dijo con un arranque de resolución

terrible:

--¡Sí; sí, sé á dónde! ¡á un lugar donde pueda ocultarme!... ¡donde

nadie sepa que estoy!... ¡pero cerca de él! ¡cerca de ella! ¡á un lugar

desconocido para todos, del cual pueda salir de noche, silenciosa,

envuelta en mi manto... sola con mi venganza! ¡No sé dónde! ¡pero no

importa! ¡cuando haya vendido todo esto!... ¡lo estoy sacando de los

cofres para venderlo!... ¡cuando mis ricos trajes, mis perlas, mis

diamantes, estén reducidos á dinero!... ¡porque para vengarme es

menester dinero!... ¡entonces!... ¡entonces!... ¡saldré de esta casa...

y encontraré donde ocultarme! ¡oh! ¡sí! ¡villano! ¡infame! ¡hacerme

conocer el amor y abandonarme!

--¡Pero no os ha robado!--dijo el cocinero mayor, que tenía el amor

propio de creer que era la suya la desgracia mayor que podía acontecer á

un mortal.

--¿Que no me ha robado?--gritó Dorotea clavando en Montiño una mirada

resplandeciente de fiereza, que hizo temblar al cocinero mayor--, ¿que

no me ha robado? ¿y mi alma? ¿y mi corazón?

--Os queda á lo menos dinero para vengaros.

--Vamos, vamos--dijo el bufón--; esto es una locura, Dorotea... tú no

has pensado, tú no has meditado.

--Yo no puedo meditar, yo no quiero meditar; me basta saber que se ha

casado con otra...

--Debes, pues, despreciarle.

--No se desprecia lo que se ama.

--Lo mismo digo yo--exclamó Montiño.

--Vos estáis sentenciado á no decir nunca más que necedades. ¿Qué tiene

que ver lo que á vos os sucede?...

--¡Pues podía sucederme más!... mi mujer, mi hija...

--¡Cómo!--exclamó Dorotea--; ¿vos también, pobre señor, habéis sido

ultrajado... abandonado... insultado?...

--¡Oh! sí; sí, señora--dijo plañideramente Montiño--; abandonado...

ultrajado y robado.

--¡Vengáos!--exclamó roncamente Dorotea, saliendo de su inercia y

continuando en su exhibición de trajes de los cofres á las sillas.

--No, yo no quiero vengarme... si yo recuperara mi dinero...

--¿Quién es ese?--dijo la Dorotea escandalizándose de que un hombre en

tales circunstancias se acordase de otra cosa que de vengarse, y

perdiendo de todo punto el miramiento al cocinero mayor.

--Es Francisco Martínez Montiño--dijo el bufón.

--¡Cómo! ¡su tío!

--¿Tío de quién?--exclamó el cocinero...

--De Juan Montiño.

--De don Juan Téllez Girón, querréis decir, señora--dijo el cocinero

mayor.

--De Juan Montiño digo--repitió con impaciencia la Dorotea.

--Juan Montiño, hija mía--dijo dolorosamente el tío Manolillo--, es don

Juan Téllez Girón.

Una palidez biliosa, lívida, terrible, cubrió las mejillas de la

comedianta; sus ojos irradiaron una mirada desesperada, tembló toda, y

exclamó con acento opaco:

--¡Conque me ha engañado!... ¡conque me ha mentido!... ¡ya lo sospeché

yo!... Quevedo le trajo ayer á mi casa... sí, sí, veo claro... muy

claro... ¡ya se ve!... ¡como yo soy... ó era la querida del duque de

Lerma!... ¡oh! ¡han querido tener en mí un instrumento!... ¡ese maldito

don Francisco, que lee en el alma... que adivinó que yo me enamoraría de

él... que me volvería loca por él!... ¡oh! ¿quién había de creer que

Quevedo fuese tan villano? ¡oh! ¿quién había de pensar que un joven de

mirada tan franca y tan noble, sucumbiría á tal bajeza... á tal

crimen?... ¡enamorar á una pobre mujer que vive tranquila, resignada con

su fortuna... hacerla odioso su pasado y desesperado su presente...

matarla el alma!... ¡oh! ¡qué crimen, qué crimen... y qué infamia! ¡Es

necesario que aunque yo me pierda se acuerde de mí! ¡Es necesario que yo

me vengue!...

--Sí, es necesario que te vengues--dijo el bufón, que enloquecía por

Dorotea--; si no es necesario que me vengue yo...

--¡Vos!--exclamó la joven--; ¡os ha hecho también desgraciado ese

hombre!

--¡Oh! sí, ¡muy desgraciado!

--Vuestra desgracia, sea cual fuere, no puede compararse con la

mía--dijo Dorotea, que tenía el doloroso egoísmo de creer que su

desgracia era la mayor de las desgracias posibles.

--¡Oye!--exclamó el bufón, asiendo de una mano á Dorotea--; oye... y oye

tú sola--añadió llevándosela al hueco de un balcón, mientras Montiño,

desvanecido por lo que sucedía, se dejaba caer sin fuerzas sobre un

cofre cerrado aún--: oye, Dorotea, y sabe que tus desgracias son humo,

viento, nada, comparadas con las mías.

Y la mano del bufón estrechaba ardiente y calenturienta la mano de

Dorotea, y sus ojos cruzados, encendidos, extraviados, se fijaban en

ella con una ansia dolorosa, y en su boca entreabierta, por la que salía

una respiración ronca, asomaba ligera espuma blanca.

La joven se aterró al ver el aspecto del bufón, y quiso desasirse.

--No, no; escucha--dijo el bufón--; es necesario que escuches: es

necesario que conozcas el infierno que arde en mi alma... es necesario

que lo conozcas para que comprendas que, á pesar de lo que acontece, de

lo que te desespera, de lo que te hace creerte la más desventurada de

las criaturas, tu infierno, comparado con el mío, es la gloria; tu

amargura, comparada con la mía, es miel; tu desgracia, comparada con la

mía, es una ventura envidiable.

Y la voz del bufón al pronunciar estas palabras, era ronca, opaca, casi

imperceptible, y á pesar de esto, era poderosa y marcaba todas las

entonaciones, todas las gradaciones de la pasión.

Dorotea le escuchaba muda, aterrada, dominada por aquella pasión viva.

--Oye, la dijo el bufón--: yo amo.

Y pronunció de tal manera estas palabras, miró de tal manera al

pronunciar estas palabras á la joven, que ésta no pudo dudar que era

ella á quien de una manera tan terrible amaba el bufón.

Y ahogó un grito de espanto, y quiso desasirse.

Pero el tío Manolillo la detuvo.

--Yo amo--repitió con acento más concentrado--; amo con toda la

desesperación de Satanás; mi amor es más ardiente, más terrible, más

atormentador que el fuego del infierno: me consume, me abrasa las

entrañas, es un tósigo de muerte que llevo consigo; un dardo envenenado

que no puedo arrancarme.

El bufón se detuvo para tomar aliento, porque de todo punto había

enronquecido.

--Oye, oye: yo he visto crecer una mujer, crecer desde la cuna; la

arrebaté de los brazos de su infame padre.

--¡Mi padre!--exclamó Dorotea.

--El padre de aquella niña era un monstruo: la llevaba consigo para

abandonarla; aquella niña sin mí hubiera ido al hospicio...

--¡Ah!

--Yo fuí para la desdichada madre de aquella niña un hermano: comí pan

seco y duro, dormí sobre el suelo, anduve sin capa en el invierno, viví

en una calurosa buharda en el verano, llevé mi ración entera, y mi

soldada entera de bufón, á aquella pobre madre abandonada, y cuando poco

después murió, empeñé mi soldada por muchos meses para comprarla un

nicho en el panteón de la parroquia, donde durmiese tranquila.

--¡Ah!--exclamó Dorotea.

--La misma noche en que enterraron á Margarita... oye... oye bien,

Dorotea, oye con toda tu alma porque... vas á oír una cosa horrible--y

el rostro del bufón tomó toda la terrible expresión de un condenado--:

cuando tu madre...

--¡Oh! ¡no me había engañado!--exclamó la joven.

--Sí... sí... tu madre... pero más bajo, más bajo... ¿no ves que yo

devoro mi voz, cuando si estuviese solo rugiría?... cuando tu madre

estuvo sepultada... es el nicho de la segunda hilera, junto al rincón,

en la pared derecha de la puerta, conforme se entra... nunca olvido

aquel nicho... cuando estuvo sepultada... parecióme que me quedaba solo

en el mundo... no había amado nunca...

--¡Amásteis á mi madre!

--La amé... ¡oh! sí, como yo podía amar á una mujer que había conocido

amando á otro, con toda mi caridad, y cuando digo con toda mi caridad,

digo con todo mi corazón; la amé... ¡oh! sí, mucho, mucho... pero era un

amor que no me inquietaba... porque nada quería... más que proteger á tu

madre... consolarla, y protegiéndola y consolándola, y viéndola vuelta

hacia mí como su único consuelo... mi amor recibía toda la recompensa

que podía recibir... y al mismo tiempo... aquel amor puro, tranquilo...

aquel cuidado de una pobre enferma, me alentaba... me reconciliaba con

la vida... cuando perdí á tu madre, me encontré solo... salí del panteón

con el corazón oprimido... por el momento no pensé en nada... pero

luego... el frío de las noches de invierno, la lluvia, refrescan la

sangre, y cuando la sangre que arde se refresca, el pensamiento se calma

y la razón sobreviene... pensé y vi que no estaba solo en el mundo...

que vivías tú... que te habías quedado sola en tu cuna... tenía una

hija... una hija de quien Dios me encargaba... y yo no tenía dinero...

no esperaba tenerlo en mucho tiempo, porque había empeñado mi soldada

por mucho tiempo... para enterrar á tu madre.

--¡Oh, Dios mío!--exclamó Dorotea.

--¡Qué debía yo hacer!--exclamó con acento roncó el bufón--ampararte,

criarte, velar por ti... y no tenía dinero... ¡el diablo á veces acude

al auxilio de los desesperados y acudió al mío!

Y el bufón soltó una carcajada opaca, silenciosa, horrible.

Dorotea se sentía estremecida por un terror inexplicable.

--Sí, sí--añadió el bufón--; el diablo acudió en mi socorro; al pasar

por delante de una tienda cerrada... en Santa Cruz... sentí contar

dinero... mucho dinero...

--¡Ah!--exclamó Dorotea, que empezó á adivinar la horrible verdad.

--Escucha, escucha--prosiguió el bufón--; no es eso sólo... no es

solamente lo que tú has sospechado... es más horrible... y todo por

ti... por ti...

--¡Oh! ¡más horrible aún!--exclamó Dorotea.

--Oye... Oye... el ruido tentador del oro me detuvo, me trastornó, me

atrajo... y... me quedé inmóvil, pegado á la pared... cerca de aquella

puerta... yo no sentía, no oía otra cosa que el ruido del dinero... y

tras él me parecía escuchar tu llanto desconsolado... me parecía verte

extendiendo tus bracitos... llamando á tu madre... ¡oh! ¡Dios mío!... yo

no sé cuánto tiempo pasé de aquel modo... al fin aquella puerta... la

puerta de la tienda se abrió y salió un hombre... la puerta se cerró y

el hombre que había salido se alejó solo; yo le seguí... le seguí

recatadamente... eran mis pasos tan silenciosos, que no podía oírme...

era la noche tan obscura, que aunque hubiera vuelto la cabeza no hubiera

podido verme... y una fascinación terrible, involuntaria, me acercaba

más á aquel hombre... de repente aquel hombre dió un grito y cayó de

boca contra el suelo... al caer se oyó un ruido metálico... el de un

saco de dinero... luego se oyó crujir de nuevo aquel saco, y otro hombre

dió á correr... el que había caído no volvió á levantarse... el otro no

volvió á pasar jamás por aquella calle... tres días después estabas tú

en las Descalzas Reales... porque yo... yo tenía oro... mucho oro... yo

era rico... y podía criar bien á mi hija.

--¡Matásteis por mí un hombre!...--exclamó Dorotea--¡algún desdichado

padre de familia!

--No sé quién era... ni aun oí hablar á nadie de aquella muerte... el

tiempo ha pasado... pero aquella sangre... aquella sangre está cada día

más negra é indeleble en mi conciencia. ¡Dicen que estoy loco! es

verdad... ¡loco! y es muy razonable que yo esté loco... porque he

sufrido mucho... mucho...

El bufón se detuvo fatigado.

Dorotea temblaba.

--Oye... oye aún...--continuó el bufón--. Durante los primeros años de

tu vida, te amé como á mí propio... más que como á mí propio... yo lo

empleaba todo en ti... el oro que había robado... mi soldada... tú eras

una pequeña dama... estabas mejor vestida, tenías más juguetes y más

ricos que las hijas de gente noble y poderosa que se criaban en el

convento... yo enloquecía por ti... porque tú eras para mí más que mi

amor: eras el recuerdo de un horrible crimen... yo veía sobre tu pura y

hermosa frente de ángel una mancha roja...

--¡Dios mío!--exclamó Dorotea, exhalando un grito de espanto, mirando

con terror al bufón--¡vos me habéis criado á precio de sangre humana, y

vuestra maldición ha caído sobre mí!

Y como Dorotea quisiese huir, el bufón la retuvo.

--Espera, espera--la dijo--; aún no he concluído; llegó un día en que ya

no fuiste una niña, sino una mujer, y una mujer hermosísima... entonces,

sin poderlo evitar te amé...

La Dorotea miró con espanto al bufón.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 42 / 66 段