--¿Y el duque de Lerma?

--Cariñoso y solícito con don Rodrigo... por el duque no hay que temer;

es ciego.

--Sin embargo, ha enviado á don Baltasar de Zúñiga de embajador á

Inglaterra, ha sacado del cuarto del príncipe al duque de Uceda, y su

excelencia está dado á los diablos con su padre. Creo que hay un diablo

familiar que le aconseja. Anoche estuvo aquí hasta las tantas y me

dijo:--Por ahora es necesario echar la red por otra parte; el señor

duque de Lerma, mi augusto padre, nos ha conocido la intención;

paciencia: en cuanto á vos (se refería á mí), ya que no podéis ser la

maestra del señor príncipe, sed mi consuelo.

--¿Eso te dijo el duque?

--Vaya, y que hacía mucho tiempo que no podía olvidar mis ojos.

--¿Y tú qué le dijiste?

--Que procurase hacer que mis ojos le pareciesen feos.

--Es decir...

--Que no quiero galanteos con el duque de Uceda.

--Has hecho mal, muy mal. Tus amores con el duque valen más que tus

lecciones al príncipe don Felipe. Nos conviene saber lo que hace, lo que

no hace, lo que piense ó deje de pensar esa gente. Has hecho mal, muy

mal.

--¡Bah!--dijo doña Ana--; yo sé que he hecho muy bien, como sé que haré

muy bien en decirte que por algún tiempo no vengas á verme hasta que yo

te avise.

Pronunció de tal manera, con tal frialdad, con tal descaro doña Ana

estas palabras, que el rostro del sargento mayor se cubrió de una

palidez colérica.

--¿Qué viene á ser eso?--dijo con acento amenazador.

--Ya te irritas, querido mío--dijo doña Ana--. ¿Dudas acaso de que te

amo?

--Me parece que quieres engañarme.

--¿Y para qué te había de engañar? además de que te amo me sirves de

mucho, hijo, para que yo piense no enajenarme de ti. Pero...

--¿Pero qué?

--Espera.

Doña Ana se levantó, entró en el dormitorio, abrió un cofre, y del cofre

sacó una cajita, volvió, se sentó y abriendo la caja mostró su contenido

al sargento mayor.

--Mira el por qué de no haber querido yo por galán al duque de Uceda y

de pensar en que por algún tiempo no nos veamos.

--¿Quién te ha dado esta gargantilla?--dijo con acento ronco Guzmán.

--Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey.

--¡Ah! en verdad que ese hombre es muy rico--dijo el sargento mayor--;

pero según pienso y por los informes que tengo, dentro de poco no podrá

hacerte tales regalos.

--Es mucho lo que los celos entorpecen los sentidos--dijo doña Ana--; el

cocinero mayor, me ha dado, en verdad, esta joya, pero ha sido en nombre

de más alta persona.

--¡Del duque de Lerma!

--¡Más alto!

--¡Del rey!

--¡Del rey!

--¡Imposible! ¡de todo punto imposible! el rey no piensa más que en

cazar, en dormir y en rezar. Con presentarse muy hinchado y grave al

lado de Lerma en las audiencias, piensa que ya tiene hecho todo lo que

tiene que hacer para ser rey... pero á don Felipe III no se le conocen

galanteos... tan devoto... tan asustadizo... buena fortuna sería, y

estaríame yo sin venir á verte á tu casa, que ya nos veríamos fuera de

ella, aunque fuese de año á año... ¡pero vamos! ¡es imposible!

--Estos hombres creen que las gentes no son más que lo que parecen--dijo

con desdén doña Ana.

--No tal, no; yo no creo eso, porque sé muy bien que tú y yo somos una

cosa y parecemos otra. Pero tratándose del rey... ¡cuando te digo que no

puede ser!

--¿Y de dónde ha sacado el cocinero mayor esa alhaja?

--Cuenta con que las perlas no sean cera, el oro cobre y los diamantes

vidrio blanco.

--Ya está visto esto, y apreciada la alhaja: vale mil doblones.

--¡Mil doblones!

--No podía ser menos un regalo de rey.

--¿Pero dónde te ha visto su majestad?

--Eso mismo pregunté yo á Montiño: ¿dónde me ha visto su majestad?

--¿Y qué te respondió?

--Que no lo sabía.

--¡Que no lo sabía! pero cuéntame desde el principio.

--Anoche, ya tarde, llamaron á la puerta. Yo creí que sería el duque de

Uceda, y mandé á Casilda que abriese. Poco después oí abajo un

altercado: era Casilda que disputaba con un hombre que á todo trance

quería entrar, que decía tenerme que decir cosas graves, y que al fin

dijo era el cocinero mayor del rey. Como nuestros asuntos están ahora

por las cocinas, sentí yo no sé qué terror, yo no sé qué cuidado, y

mandé á Casilda que dejase subir al cocinero del rey. Cuando le vi (yo

no le conocía) me espanté. Venía pálido, desencajado, desgreñados los

escasos cabellos, y la primera palabra que me dijo, fué:

--Desde hace veinticuatro horas, no me suceden más que desgracias.

Estas palabras no eran las más á propósito para tranquilizarme, y le

rogué que se sentara y se explicase.

--Tras las desgracias que me suceden--me dijo--, hubiera sido la última

la de no poder veros.

--Tranquilizáos, y decidme después por qué hubiera sido una desgracia

para vos el no haberme visto.

--Porque una persona muy principal á quien temo mucho, me ha encargado

que os vea.

--¿A mí? ¿para qué?

--Para que os dé de su parte, en prenda de la mucha estima en que os

tiene, esta alhaja.

Y me dió esa gargantilla.

--Yo no puedo aceptar un regalo--le dije--de una persona á quien no

conozco.

--Podéis estar segura de que es muy principal.

--Pues siendo tan principal, y teniendo por mí tanto interés que me

regala--le dije--, ¿qué interés puede tener en que yo no sepa su nombre?

--Tanto interés tiene--me replicó--en que vos no sepáis quién es, que

desea veros misteriosamente.

--Explicáos.

--La alta persona que me envía--dijo el cocinero dando vueltas á su

gorra, porque sin duda hallaba gran dificultad en cumplir con su

mensaje--, quiere... pues... quiere que le recibáis sin luz.

--¿Por quién me tenéis?--dije al cocinero mayor fingiéndome gravemente

ofendida, á pesar de que tenía una viva curiosidad por saber quién era

aquella persona--; ¡ea! añadí: idos de mi casa, si no queréis que os

haga echar á palos.

--Perdonad, señora--me dijo--; pero temo más las consecuencias de no

llevar una contestación vuestra á la persona... ¿qué digo? al ilustre

personaje que me envía, que la riña que pudiera tener con vuestros

criados.

--Ya lleváis contestación á esa persona.

--A la persona que me envía, no se la puede contestar de ese modo--me

dijo--, porque esta persona...

--¡Me ultraja!

--Será necesario deciros quién es, para que veáis que no hay ultraje.

--Sólo una persona pudiera no ultrajarme... una persona tal, que ni aun

para mí pudiera pasar por galanteador.

--¿Habéis adivinado?

--No, no he adivinado; he dicho únicamente que sólo hay una persona que

pudiera pretender ser mi amante sin que yo le conociera.

--Pues bien; decidme el nombre de esa persona...

--Esa persona no podía ser otra que el rey.

Miróme fijamente el cocinero mayor, con la boca abierta y los ojos

espantados.

--¿No me comprometeréis--me dijo--, si os declaro la verdad?

--Os lo prometo.

--¿Seréis prudente?

--Sí.

--Pues bien, señora; la persona que os solicita, que está ciegamente

enamorado de vos, es... ¡el rey!

--¡El rey!--dije sin poder contener mi asombro--; ¡su majestad enamorado

de mí!

--Esa rica gargantilla es una señal de ello--me contesto.

--¿Y dónde me ha visto su majestad?--le dije.

--No lo sé. El rey me ha llamado y con gran secreto me ha dicho:

Montiño, mi buen cocinero, yo, aunque soy rey, también soy hombre, y

como hombre tengo debilidades; amo á una dama, y no puedo contener mi

amor; toma, llévala esa joya y dila que te indique cuándo puedo yo ir á

visitarla; pero ha de ser de modo que las luces estén muertas cuando yo

entre y no pueda conocerme. Ofrécela cuanto quiera y más que quiera, y

toma las señas de la casa donde vive y su nombre.

Yo--añadió el cocinero--, no me atreví á negarme; he venido, y temeroso

de llevar á su majestad vuestra contestación, he preferido, confiado en

vos, deciros lo que os he dicho; pero, por Dios, no pronunciéis ni una

sola palabra imprudente, porque su majestad es muy mirado y nos

perderíamos los dos.

Yo le juré guardar el más profundo secreto, acepté la gargantilla, y el

cocinero se fué prometiéndome volver para decirme qué noche y á qué hora

debe venir su majestad.

--En esto debe de haber andado el duque de Lerma... estoy casi

seguro--dijo el sargento mayor--; porque ¿á quién interesa más que al

duque el tener bien cogido al rey? Además de eso, ¿no han desterrado al

conde de Lemos porque había llevado una noche al príncipe de Asturias á

casa de una de las queridas de don Rodrigo Calderón? ¿No han apartado de

la crianza del príncipe á don Baltasar de Zúñiga, porque daba demasiado

gusto á su alteza, y no han sacado también al duque de Uceda del cuarto

del príncipe, sin duda porque han sabido que le traía aquí para que

desde bien temprano se acostumbrase á las favoritas? Acaso ha sabido el

duque de Lerma que su hijo se valía de ti para educar al niño príncipe,

como, siendo aún más pequeño, se valió para ello de la Angélica el conde

de Lemos, su sobrino, y habrá dicho: puesto que esa hermosa doña Ana

servía para hacer adquirir al joven príncipe malas costumbres, puede

servir también para corromper las del rey y extraviarle.

--Acaso, acaso--dijo doña Ana.

--Pues estamos de doble enhorabuena: confío en que sabrás manejar al

rey.

--¡Oh, ya lo veremos!

--No me ocultes nada.

--¿Y cómo? ¿Qué soy yo sin ti?

--Don Rodrigo es lo que más nos conviene.

--Serviré á don Rodrigo. Creo que este asunto esté concluído; y ahora

recuerdo que me han dicho que contigo venía una mujer joven, hermosa,

ricamente vestida.

--Sí, muy hermosa y muy joven--dijo el sargento mayor apretando el gesto

y retorciéndose los mostachos.

--¿Y á qué traes tú esa mujer á mi casa?

--¿Qué? ¿tendrás celos?

--Pudiera tenerlos.

--Pues bien, no los tengas, porque esa muchacha es mi hija.

--¡Tu hija!

--Sí; la hija de aquella Margarita que yo robé de su casa; la hija que

me quitó un hombre una noche cuando iba á dejarla en la puerta de un

convento, dejándome tres puñaladas, de las cuales estuve á la muerte; la

hija de quien no volví á saber, hasta que la conocí siendo á la vez

querida secreta de don Rodrigo Calderón y pública del duque de Lerma.

En una palabra: la comedianta Dorotea.

--¿Pero estás seguro de que no te has engañado?

--¡Si tú hubieras conocido á su madre!

--Sí; sí, ya me has dicho...

--Verla á ella, es ver á Margarita; además, yo le había hecho una

señal...

--¡Una señal!

--Sí; antes de salir de la casa, para, llevarla á exponer en el cajón de

San Martín, sin saber por qué, pensando no sé en qué, la señalé.

--¡Que la señalaste!

--Le arranqué un pequeño bocado de un brazo.

--¡Ah!--exclamó con disgusto doña Ana.

--Fué la manera más pronta que se me ocurrió de señalarla.

--¿Pero has visto tú esa señal?

--No; pero un día, don Rodrigo, que quiere más de lo que parece á la

Dorotea, me dijo:

--Juan, yo te he hecho hombre.

--Indudablemente, señor--le contesté.

--Eres listo y astuto y parece que hueles las cosas.

--¿Qué hay que averiguar?

--Tú sabes cuánto quiero á la Dorotea.

--Sí, señor.

--Hace mucho tiempo que estoy viendo en su hombro derecho una señal;

pero nunca hasta ahora la he preguntado; es una cicatriz como la de una

mordedura; ella ha dicho que recuerda haber tenido siempre esa señal; he

preguntado al tío Manolillo, y me ha dicho que la encontró abandonada en

la calle, y que efectivamente, cuando la llevó á su estancia en el

alcázar, notó que las pobres ropas en que iba envuelta estaban manchadas

de sangre; que la descubrió y vió una mordedura reciente, de la que

costó trabajo curar á la niña. Ahora bien, la Dorotea sufre porque no

conoce á sus padres; yo la quiero bien, y te recompensaría grandemente

si encontrases esos padres perdidos.

Pude en el momento decirle:

--Su padre soy yo; su madre era una muchacha tan hermosa como ella, á la

que conocí en su casa, donde estuve aposentado algunos días, y á la que

me llevé conmigo. No sé si su madre vive ó ha muerto...

--¡Conque esa hermosa mujer, esa famosa Dorotea, la querida de Lerma y

de Calderón, es tu hija! ¡y ella no lo sabe!

--No.

--¿Y para qué la traes aquí?

--Es como su madre, apasionada y violenta; de la misma manera que su

madre se enamoró de mí á primera vista, ella se ha enamorado de un

hombre; ese hombre es el que ha herido á don Rodrigo; ese hombre, que es

sobrino del cocinero mayor de su majestad, ha hecho suerte en

veinticuatro horas; anteayer por la noche entró en Madrid, y hoy se

encuentra metido en palacio, protegido y casado con la dama más hermosa

y más difícil de la corte: con doña Clara Soldevilla.

--¡Y esa mujer, que es querida del duque de Lerma, está celosa de una

dama que es la favorita de la reina!

--La reina importa ya poco... tal vez á estas horas... pero conviene, á

pesar de esto, que esa muchacha siga enloqueciendo á Lerma; ella quería

hacer un disparate, pero yo la he prometido que la vengaría si ella me

ayudaba, y ha consentido en seguirme. Te la he traído y te la entrego...

tú sabes envenenar el alma, Ana; envenena la de esa muchacha y haz de

modo que nos sirva bien. Voy por ella.

Y se dirigió á la puerta por donde había entrado.

Pero al abrirla, se vió tras ella un hombre y se oyó una ronca voz que

dijo temblorosa, colérica, rugiente, amenazadora:

--¡Atrás! ¡atrás, sargento mayor! ¡tú no saldrás de aquí!

El hombre que había pronunciado estas palabras, que había adelantado

sombrío y letal y que había cerrado por dentro la puerta, era el bufón

del rey.

El sargento mayor retrocedió sorprendido.

En su semblante apareció la expresión del espanto.

Doña Ana miró con terror al bufón.

Y el bufón adelantó pálido hacia el sargento mayor, que retrocedía.

CAPÍTULO XLVI

DE CÓMO LA PROVIDENCIA EMPEZABA Á CASTIGAR Á LOS BRIBONES

Necesitamos decir cómo el tío Manolillo había podido aparecer tan

dramáticamente en medio de aquel bandido y de aquella ramera.

Sabemos que al salir de la taberna donde había estado con el cocinero

del rey, se había ido derecho á llamar á la puerta de doña Ana.

Abriéronle, porque hay maneras de llamar que mandan, que se hacen

obedecer, y el tío Manolillo había llamado de una de aquellas maneras.

Es decir, de una manera rotunda, decidida, nerviosa, fuerte, retumbante.

Quien llama así en una casa debe tener derecho para entrar ó fuerza, lo

que no es lo mismo, ó las dos cosas á la vez.

Hemos dicho que le abrieron; ahora debemos decir que, apenas encontró

franca la puerta, el bufón se lanzó sobre el criado que le había

abierto, que era un escudero viejo.

Se arrojó sobre él como un tigre; le derribó, le sofocó y le tapó la

boca con un pañuelo, al que hizo un nudo, que introdujo en la boca de la

víctima.

Esta manera de enmudecer, que se conserva aún hoy y se usa por los

ladrones, se llama la _tragantona_.

Hasta el crimen tiene sus tradiciones.

Después quitó al escudero la correa que sujetaba sus gregüescos á la

cintura y le ató atrás las muñecas, y con el extremo sobrante ató un pie

de la víctima y le dejó tendido en el portal; el escudero no podía

gritar, ni aun rugir, ni moverse.

El tío Manolillo se acurrucó en un rincón del zaguán y esperó.

Poco después bajó una dueña, á quien había llamado la atención el que el

escudero hubiese bajado á abrir y no hubiese subido.

El bufón la acometió por detrás, la hizo otra tragantona con la toca y

la ató de igual modo que al escudero, valiéndose de la correa del hábito

de la dueña.

--Aún me faltan la cocinera y la doncella--dijo--; doña Ana, esa

bribona, no tiene más criados; el olor de la cocina me llevará.

El tío Manolillo adelantó.

No era entonces un hombre, sino una fiera astuta que adelantaba

recelosamente sin producir ruido hacia su presa.

Un momento después la cocinera y la doncella estaban enmudecidas y

atadas.

El tío Manolillo había arrostrado por todo y había tenido la suerte de

que no surgiese ninguno de esos incidentes que frustran las sorpresas

mejor meditadas.

Ya seguro de los criados, el tío Manolillo adelantó por las habitaciones

principales.

Al ir á levantar un tapiz vió de repente á la Dorotea.

La pobre joven estaba sentada en una silla, replegada, sombría, inmóvil,

con la mirada fija, sufriendo de una manera visible, aterradora.

Hubiera podido ver al bufón á no estar tan abstraída, pero no le vió.

El bufón se retiró sin ruido, la miró un momento al través de la

abertura del tapiz con una mirada profunda, en que había tanta ternura

hacia ella, como amenaza, como cólera hacia los que causaban el doloroso

estado de la joven.

--Está sola--dijo--y entró con él; él debe estar con la otra; busquemos

otro camino; es necesario saber de lo que tratan esos miserables.

Y tomó por una puerta y se encontró en un corredor obscuro.

Y adelantó sin hacer ruido como una sombra.

A medida que se acercaba á una puerta oía dos voces.

La de un hombre y la de una mujer.

Adelantó hasta la puerta, llegó y se puso á escuchar.

Por esta razón, cuando el sargento mayor fué á entrar por aquella

puerta, se encontró con el bufón.

--¡Ah! Ya sabía yo que habías de buscar á la Dorotea--dijo el sargento

mayor--; peor para ti.

Doña Ana miraba aquella escena imprevista con asombro; más que con

asombro, con un terror instintivo.

--¿Conque tú eres su padre?--dijo el tío Manolillo--. ¿Conque eres el

padre de Dorotea? ¿Conque aún no contento con haber asesinado á la

madre, quieres asesinar á la hija?

Y la voz del tío Manolillo era ronca, amenazadora, sombría; sus ojos

bizcos se revolvían de una manera espantosa, estaban inyectados de

sangre y su barba temblaba.

Don Juan de Guzmán se sentía dominado; doña Ana estaba coartada por el

miedo.

La actitud del bufón, de aquel hombre pequeño, cuadrado, robusto,

encogido como para arrojarse sobre una presa, y en el cual se adivinaban

el valor, la fuerza y la agilidad del tigre, parecían indicar que iba á

suceder allí algo terrible.

--Si queréis llevaros á esa muchacha, lleváosla--dijo el sargento mayor,

que tenía miedo--; preguntadla si yo la he violentado.

--¿La habéis dicho que sois su padre?--dijo el bufón.

--No.

--Pues mejor.

--No he tenido necesidad de decírselo.

--Y has hecho bien: porque tú no eres su padre, sino una especie de

animal monstruoso, que has sido la causa de su existencia. Pero no tengo

tiempo que gastar contigo... estoy de prisa...--añadió el bufón con una

sonrisa horrible, con la sonrisa de un loco--; ¿te acuerdas de que una

noche llevabas á esa niña recién nacida en los brazos?... ¡Oh! era una

noche muy obscura: de repente un hombre se arrojó á ti y te dió tres

puñaladas.

Y al decir esto el bufón saltó, se aferró al sargento mayor y le dió una

puñalada en el pecho.

Don Juan de Guzmán dió un grito, vaciló y cayó.

Luego el bufón vió que doña Ana corría á una puerta, y la asió de una

mano.

Doña Ana cayó de rodillas creyendo llegada su última hora.

El tío Manolillo, sin soltar á doña Ana, dirigió su terrible palabra á

don Juan de Guzmán, empuñando aún la daga con que le había herido:

--Entonces fueron tres, y ahora ha bastado una... es que ahora tengo la

mano más segura... ¡asesino de mi hermana Margarita! ¡envenenador de la

reina Margarita! ¡verdugo de tu hija! ya no cometerás más crímenes.

En efecto, don Juan de Guzmán estaba muerto.

--Y tú, Aniquilla, que te llamas doña Ana; tú, que hace veinte años

andabas por las playas de Gijón descalza, cogiendo ostras y buscando á

los marineros; tú, aventurera ennoblecida por tu hermosura; tú,

miserable, ase de los pies de ese cadáver y pronto, porque no tengo

tiempo que perder.

--¿Pero qué va á ser de mí?--exclamó desesperada la hermosa doña Ana.

--Sea lo que el diablo quiera. Tú tendrás en tu casa algún escondrijo...

--¡Los sótanos!--exclamó doña Ana.

--Pues á los sótanos; agarra pronto, si no quieres perderte...

concluyamos por el momento, que yo volveré.

--Esperad... esperad... voy á abrir las puertas--dijo con angustia doña

Ana--para que nada nos entretenga--y salió y volvió poco después.

Entonces la ramera y el bufón asieron del bandido, y le llevaron.

Por donde quiera que pasaba, quedaba un rastro de sangre.

Al fin bajaron al piso bajo, y el bufón señaló un rincón oscuro en una

sala lóbrega.

--Dejémosle aquí--dijo.

--Por el amor de Dios--dijo doña Ana--; que no sé cómo vos me conocéis;

vos, que cuando no me habéis muerto también, no me aborrecéis, ayudadme

á borrar las señales de esta muerte... yo diré á los míos que ese hombre

ha salido por el postigo...

--En lo que harás muy bien--dijo el tío Manolillo--será en soltarlos de

las ligaduras con que yo los he sujetado, y despedirlos á pretexto de

que se han dejado sorprender: ¡quédate sola, que yo volveré y le

enterraremos!... por ahora, adiós! ¡Adiós, que mi conciencia me llama á

otra parte!

Y subió de dos en dos los peldaños de una escalera, atravesó algunas

habitaciones, y entró en la que Dorotea se encontraba todavía inmóvil y

dominada por su mudo dolor.

--Ven conmigo--la dijo el bufón asiéndola de una mano.

--¡Ah! ¿sois vos?

--Ven conmigo... yo te salvaré... yo te consolaré... pero ven, ven... no

perdamos un momento.

Y arrastró consigo á la Dorotea, que se dejó conducir maquinalmente,

bajó por la escalera principal, pasó por junto al escudero y la dueña

que permanecían atados, abrió la puerta, salió y la tornó á cerrar.

Cuando estuvieron en la calle, el bufón dijo á la Dorotea:

--Vuélvete á tu casa, y espérame: yo no te puedo acompañar.

--Pero...

--Ve, ve... hija mía... acabo de salvarte de un peligro... yo te salvaré

de todos; adiós.

Y partió hacia el alcázar.

La Dorotea, atónita, asombrada, sin comprender lo que la sucedía, le vió

desaparecer, se envolvió en el manto, y á paso lento, con la cabeza

inclinada, pisando lodo, se encaminó á la calle Ancha de San Bernardo.

CAPÍTULO XLVII

DE LO PERJUDICIAL QUE PUEDE SER LA ETIQUETA DE PALACIO EN ALGUNAS

OCASIONES

El tío Manolillo corría como alma que lleva el diablo.

Tropezaba acá y allá con las gentes, como un caballo desbocado, las

lanzaba un gran trecho ó las dejaba caer y seguía corriendo.

En pocos momentos llegó al alcázar.

Antes de llegar á él vió á Luisa y á Inés que iban envueltas en sus

mantos.

Pararon un momento.

--¿A dónde vais?--las dijo con acento amenazador.

--¡A misa...!--contestó temblando Luisa.

--¡A misa! ¿en día de trabajo?...

Pero el bufón recordó que tenía mucha prisa, y tomó de repente el camino

de la puerta de las Meninas del alcázar.

Al entrar, salían algunos hombres, y el tío Manolillo tropezó rudamente

con uno de ellos.

--¡Qué brutalidad!--dijo el tropezado recogiendo un pesado talego que

había caído al suelo, produciendo un sonido sonoro.

--¡Ah! ¡el alguacil Agustín de Avila!--exclamó el bufón, y pasó por sus

ojos un relámpago de muerte.

Pero de repente apretó de nuevo á correr, exclamando:

--Lo otro es primero... la reina... ¡Dios mío!

Y entró en el patio del alcázar.

Allí, de una manera involuntaria, superior á su resistencia, se detuvo

de nuevo, y miró á una torre almenada que se veía por cima de las

galerías en un ángulo del patio.

Sobre aquellas almenas había un cuerpo de edificio coronado por una

montera de pizarras; en aquel cuerpo de edificio, había una ventana: en

aquella ventana el viento ondeaba un pañuelo encarnado.

--¡Oh! ¡la señal de muerte!--exclamó el bufón.

Y siguió corriendo, subió, no como un hombre sino como una araña que

huye, unas escaleras, atravesó como un frenético la galería, y

atropellando casi la guardia de corps que daba la centinela de la puerta

exterior del cuarto de la reina, se lanzó dentro.

Dióse un tremendo pechugón con una persona á la que no arrojó.

Por el contrario le asió, y le detuvo.

--¡Cuerpo de Baco!--exclamó aquel hombre--, ¿venís ú os disparan, tío?

Aquel hombre era don Francisco de Quevedo.

El bufón no le contestó: por cima del hombro de Quevedo había visto un

paje talludo, rubicundo, que llevaba sobre las palmas de las manos una

vianda adornada con yerbas verdes.

--¡Allí tal vez!... ¡en aquel plato!...--dijo el bufón--¡soltad, vive

Dios, ú os mato!...

--¿Pero estáis loco?... tengo que deciros graves cosas... ¿no me

conocéis, tío?

--¡La reina!... ¡la reina!... ¡dejadme, don Francisco!... ¡aquel

paje!... ¡es el amante de la Inés!... ¡el pañuelo encarnado está en la

ventana!...

--¡Ah!--exclamó Quevedo con una expresión terrible por su horror--¡un

paje!... ¡un plato!... ¡el pañuelo!...

Y soltó al bufón, que se lanzó á la puerta de la antecámara.

Los tudescos le cerraron el paso cruzando sus alabardas.

--¡Ah! ¡no me dejáis pasar!...--exclamó el bufón, y asió las alabardas

con la fuerza de la zarpa de un león.

Se entabló una lucha.

Quevedo no podía llegar pronto, pero desde donde estaba gritó con la

autoridad que sabía dar á su voz en las ocasiones solemnes:

--¡Dejadle pasar! ¡dejadle pasar, de orden del rey!

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 39 / 66 段