--Eso sería muy bueno para que no me estuvieran viendo hablar con vos.

--¿Y qué saben?

--Saben que vengo á prenderos.

--¿Que lo sabe todo el mundo?

--Mirad á aquella esquina--. Montiño miró de una manera nerviosa.

--¿No veis allí una silla de mano?

--Sí; sí, señor.

--Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que están alrededor

ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que

vos me daríais, ni vos libraros con vuestro dinero.

--Pero... un momento... un momento...

--Ni un instante.

--Os daré lo que queráis, si me dejáis dar una vuelta por la cocina y

entrar en mi casa.

Meditó un momento el alguacil.

--Se entiende que yo iré con vos.

--Venid--dijo Montiño, disimulando su alegría porque se vió suelto.

--Vamos, pues--dijo el corchete.

Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no podía

ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero:

--De aquí no pasáis si no me dais lo que me habéis de dar.

--¡Asesino!--murmuró Montiño, y sacando cuatro doblones de oro los dió

al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su

corazón.

--Esto es poco--dijo el tremendo alguacil.

--No tengo más.

--Tendréis en vuestra casa.

--Puede ser.

--Pues vamos.

Montiño se dirigió á la portería del señor Machuca y encontró en ella al

soldado á quien había mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y

con la cabeza sobre el cofre.

--¡Eh! ¡holgazán! ¡despierta!--dijo el cocinero mayor dándole con el

pie--; señor Machuca, hacedme la merced de llamar dos mozos y que lleven

eso á mi aposento.

--Pero ¿dónde vais con ese ministro?--dijo el portero.

Montiño creyó que debía ser prudente y contestó sin vacilar:

--Es un amigo á quien convido.

--¡Ah!--dijo el portero--creía...

--Venid, señor ministro, venid; vamos á las cocinas...

Y subieron por unas escaleras.

--No hay como ser cocinero de su majestad para convidar á los amigos sin

disminuir los ahorros--se quedó murmurando el portero.

Entre tanto, Montiño y el alguacil subieron á las cocinas.

Lo primero que encontró Francisco Montiño, y lo encontró con espanto,

fué al galopín Cosme Aldaba, caceroleando en las hornillas.

Aldaba vió al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni

asustarse se fué para él, le hizo una profunda reverencia y exclamó:

--Muchas gracias, señor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos

de vuestra caridad.

--¿De qué me da las gracias este tunante?--dijo el cocinero mayor todo

hosco y espeluznado de indignación--; ¿quién ha permitido á este

lobezno, á este hereje, á ese malhechor que entre en la cocina?

--La señora Luisa ha venido con él esta mañana, y nos había dicho que

vuesa merced le perdonaba.

--¡Ah! ¡mi mujer ha venido... con éste!

El cocinero se detuvo; temió que los misterios de su familia entrasen en

la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pícaros; la gente

más maleante del mundo.

--Mi mujer tiene las entrañas muy blandas--dijo tragando la saliva más

amarga que la hiel--; mi mujer se deja engañar de cualquiera... pero en

fin, ello está hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea,

quitáos de mi vista... y á vuestro trabajo.

--Muchas gracias, señor Francisco--dijo Cosme Aldaba, porque las últimas

palabras del cocinero habían sido para él un favor y un disfavor.

A seguida Montiño revisó una por una las cacerolas puestas al fuego, se

enteró de todos los pormenores, y viendo que todo estaba á punto para el

almuerzo y la comida de sus majestades, se escurrió hacia la puerta de

la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no

viéndole tampoco el corchete le veía.

Este no dijo una palabra, pero se fué en silencio tras Montiño.

Al llegar á la puerta de su aposento, el corchete adelantó y le asió por

un brazo.

--Pero señor--dijo Montiño--, ¿creíais que me iba á escapar?

--No; no, señor--dijo el alguacil--, pero podríais olvidaros de mí,

entraros, cerrar la puerta y dejarme fuera. Luego se os podía ocurrir

que lo mismo puede salirse del alcázar por los tejados y escondrijos que

por las escaleras, y estarme yo esperando sabe Dios cuánto tiempo á que

volviérais de vuestro paseo.

--¡Asesino! ¡asesino!--murmuró Francisco Montiño, viendo frustrado su

proyecto de escapatoria.

Y llamó á la puerta.

Le abrió su mujer en persona.

Estaba pálida y ojerosa.

Montiño sintió un estremecimiento cruel; pero parecióle Luisa más bonita

que nunca por su palidez y sus ojeras, y no se atrevió á ponerla mala

cara.

--Buena hora es de venir á su casa un hombre casado--dijo con mal

talante Luisa--; donde habéis pasado la noche pasad el día; ¿y venís

acompañado para volveros á ir sin duda? aquí han traído no sé qué, y os

esperan.

--Eso es, ríñeme.--Entrad, amigo, entrad; vos sabéis si altas personas

me tienen ocupado.

--Ya lo creo; espera á su merced el inquisidor general.

Palideció levemente Luisa.

--¿Y has estado también esta noche con el señor inquisidor general?

--Sí, hija mía, sí, y con otros señores, en gravísimos asuntos que no

son para comunicados á mujeres.

--No, no; ni yo pretendo saberlos--dijo Luisa--; yo había creído...

--Has creído mal.

--Has pasado dos noches fuera de casa.

--La una yendo á cerrar los ojos á mi difunto hermano; la otra sirviendo

á su majestad.

--No hablemos más de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de

bien.

Montiño tuvo impulsos de echarlo todo á rodar; pero era por una parte su

mujer tan bonita... y, además, no quería dar al público sus asuntos

domésticos, y estaba delante del alguacil.

--¿Y á qué has llevado á la cocina á ese tunante de Aldaba?--dijo el

cocinero, que ante todo quería conservar delante de aquel extraño su

autoridad doméstica.

--Como tú tienes tan buen corazón, y el pobre vino llorando...

--Bien, bien--dijo Montiño--; todo está muy bien: tú haces lo que

quieres, porque yo te quiero. ¿Dónde están esos?

--En el cuarto de adentro.

Pasó Montiño y el inflexible alguacil tras él.

El cocinero mayor rugía ya por lo bajo; encontró á dos mozos de la casa

real y al soldado.

Entonces, con una sonrisa nerviosa, abrió la puerta de aquel aposento

empolvado, donde hacía tantos años no entraba nadie más que él.

--Meted eso aquí--dijo con voz ronca.

Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro

de la puerta.

--Idos--dijo Montiño á los mozos y al soldado.

--¿Y no nos dais para beber?--dijo este último--; mis camaradas se han

ido rendidos.

Dió un escalofrío al cocinero mayor, que dió, con un violento esfuerzo,

cuatro escudos al soldado y un ducado á los mozos.

Al fin se encontró solo con el alguacil, que había penetrado en aquella

especie de _sancta sanctorum_ del cocinero mayor.

Este cerró la puerta.

--Ya estamos solos--dijo al corchete--; ahora bien, ¿cuánto queréis y me

dejáis libre?

--Nada.

--Pero ello es preciso... ya veis, yo tengo que perder... mi presencia

hace más falta, más de lo que pensáis, en mi casa...

--Señor Francisco, guardad todo eso para el señor inquisidor general.

Montiño tuvo en los labios la palabra _os haré rico_; pero meditó que

acaso no era tan grave el motivo de su prisión, que fuese necesario

herirse mortalmente para librarse de ella, y se calló, dió otro doblón

al corchete y las gracias por haberle dejado subir hasta allí; salió,

cerró cuidadosamente y, despidiéndose de su mujer, asegurándola que no

tardaría, salió del alcázar con el corchete.

Apenas había dejado el cocinero mayor las escaleras, cuando el galopín

Cosme Aldaba se quitó el mandil y el gorro, y bajó á las galerías del

alcázar, dirigiéndose á la antecámara de pajes del cuarto de la reina, á

cuya puerta se paró.

A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, salió.

Alejáronse por la galería, y Aldaba dijo al paje:

--Ya está el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo:

hay seis perdices; pero una sola está asada con aceite; ya conoces tú

las perdices asadas con aceite.

--Sí, hombre, sí.

--No basta decir sí; ¿qué color tienen las perdices asadas con aceite?

--Un color así, dorado blanquizco.

--Eso es; además, y para que no te equivoques, ten presente que la

perdiz estará adornada con berros, y que tendrá todas las patas y el

pico.

--No se me escapará.

--Veremos si eres hombre de ingenio.

--Descuida.

--Procura que sea de los primeros platos.

--Ya...

--Después... Inesilla te quiero mucho, y la señora Luisa quiere mucho

también á don Juan de Guzmán... el viejo es rico y puede morir...

--Descuida, hombre, descuida.

--Y avísame, para que yo avise á la señora Luisa.

--Te avisaré.

--Adiós.

--Adiós.

Y el paje se volvió á la antecámara, y el galopín á las cocinas.

CAPÍTULO XLIV

LO QUE SE PUEDE HACER EN DOS HORAS CON MUCHO DINERO

Don Juan Téllez Girón había salido feliz, enloquecido de amor del

alcázar, transformado, gozando de una nueva vida.

Pero después de haber asegurado su amor, de haber saciado su sed delante

del sol de su felicidad, de aquella felicidad suprema, que el día

anterior no se había atrevido á soñar, cruzaba una nubecilla negra.

Aquella nube era Dorotea.

Don Juan no la podía apartar de su memoria. Sentía hacia ella ó creía

sentir un impulso de ardiente caridad.

Y además de la caridad, no sé qué más íntimo, más humano, más sensual.

Comprendía que quedaba algún licor en la copa de su deseo.

Era joven, había crecido entre privaciones, tenía el corazón virgen, y

le había consagrado sin saberlo á dos mujeres.

Don Juan había salido á la ventura.

No sabía dónde ir.

No tenía en Madrid casa propia, aunque había tomado posesión de dos: de

la de Dorotea primero; después y de una manera más completa, de la de su

mujer.

Don Juan había salido para procurarse un traje conveniente.

¿Pero dónde buscar aquel traje?

Y luego, ¿con qué dinero?

No tenía en el bolsillo más que algunos de los doblones que le había

dado su supuesto tío.

Y esto no bastaba para un equipo de caballero.

Pesóle entonces de no haber tomado una buena cantidad del cofre de

hierro; pero al acordarse del cofre, se acordó de que llevaba un tesoro

de pedrería en los bolsillos.

--Empeñaré una de estas alhajas--se dijo--y punto concluído... pero ¿y

dónde?... no sé como hacer para hallar á Quevedo, y no conozco á nadie

en Madrid más que á mi tío postizo; y no me vuelvo atrás ni le pido mi

dinero; es menester obrar de cierto modo con cierta clase de gentes.

Y cuando daba vueltas á su imaginación, se acordó de la señora María

Suárez, la insigne esposa del bravo escudero Melchor Argote.

--¡Ah!--dijo el joven--la casa donde dormí anteanoche... paréceme

aquella mujer á propósito para cualquier cosa. ¿Pero podré yo dar con la

casa?...

Y se puso en busca, y al fin, como la suerte le protegía, pudo reconocer

la calle y la casa á las pocas vueltas.

Antes de entrar en ella, sacó á bulto de uno de los anchos bolsillos de

sus gregüescos uno de los estuches más pequeños, y le abrió.

Contenía una gruesa sortija de oro con un grueso diamante.

--Puede que valga esta joya... pediré mil doblones, y ya veremos.

Entróse, y encontró á la señora María entregada á sus faenas domésticas,

y al señor Melchor Argote sentado junto á un fuego mezquino almorzando

pan y queso.

--Dios os guarde, señora--dijo don Juan entrando.

Miróle la vieja con su vista cruzada durante un segundo, y luego dijo:

--¡Jesús, buen mozo! ¡yo os daba por perdido! ¿y de dónde venís, hijo?

--Vengo á veros para que me saquéis de un apuro--dijo don Juan.

Tomó el rostro de la vieja la expresión de una innoble reserva, y

contestó con voz compungida:

--¡Jesús, señor! ¡apuros tenéis apenas entrado en Madrid! ¡y venís á que

yo os saque de ellos! ¡si yo supiera quién quería sacarme de los míos!

--Mi apuro consiste en que, como soy nuevo en la corte, no sé dónde

podré empeñar una rica alhaja.

--¡Ah!--dijo tranquilizándose la vieja--; ¡alegróme de que ese sea

vuestro apuro! ¡conque ya os regalan! ¡preciso! ¡hidalgos como vos!...

--Gastan de lo que han heredado de su padre--contestó severamente don

Juan.

--¡Ah! perdonad, perdonad, señor: ¿y es de mucho valor la alhaja?

--No entiendo de eso... pero yo pido por ella mil doblones.

--Rica debe ser, pero mostrad.

Sacó el joven el estuche, y del estuche la sortija.

Entonces pasó por la vieja una cosa extraña.

Se estremeció, tembló, y su pequeño ojo bizco y colorado, se puso á

bailar mirando la sortija.

--Rica es, en efecto; pero me parece que pedís mucho: en fin, lo que yo

puedo hacer es enviaros... mejor... mi marido os acompañará. Melchor,

lleva á ese caballero á casa del señor Gabriel Cornejo.

Levantóse renegando Melchor, acabó de tragarse los dos últimos bocados

de pan y queso, bebió agua, se limpió la boca con el revés de la mano,

tomó su capa y su sombrero, y dijo á su mujer.

--¿Conque á casa del señor Gabriel Cornejo?

--Sí; él os dirá, señor, cuánto puede dárseos por esta alhaja.

--Muchas gracias, señora, y adiós, y quedad en paz, que estoy de prisa.

Melchor y don Juan salieron.

Cuando estuvieron algo apartados de la casa, el escudero dijo:

--Os advierto que ese Gabriel Cornejo es un bribón, y que si queréis que

os dé lo que vale la joya, será bueno que la tase un platero.

--Os agradezco el aviso. ¿Y conocéis á alguno?

--Háilos aquí á montones, en Santa Cruz.

--Pues llevadme á uno.

--¿Veis aquella tienda obscura de los portales?

--Sí que la veo.

--Allí vive el señor Longinos, platero viejo, que desde que era mozo

anda surtiendo de alhajas á la grandeza de España. Pasa por ser un

hombre muy honrado.

--Pues vamos allá.

Encamináronse á aquella especie de sótano y entraron.

Un hombre como de setenta años, tembloroso y excesivamente flaco y

encogido, se levantó con cuidado de detrás de un mugriento mostrador.

Nada había en la tienda que demostrase riqueza.

Las paredes blancas estaban desprovistas de muebles, y sólo se veía á un

lado un fuerte armario de hierro.

--¿Qué se les ofrece á vuesas mercedes?--dijo el platero mirando con

recelo á don Juan y á su guía, porque sus trajes no le inspiraban la

mayor confianza.

--Se trata de que taséis esta alhaja--dijo don Juan dándole el estuche.

Abrióle el señor Longinos, y miró y remiró la sortija.

--Muy rico es quien ha mandado montar este diamante--dijo con una

entonación particular el platero.

--En efecto, es grandemente rico; pero no se trata de eso. El valor de

esa joya, ¿á cuánto ascenderá?

--¿Queréis venderla?

--Os pregunto que cuánto vale esa joya.

--¡Valer! este diamante vale, sin el aro, que es muy rico y que está muy

bien esmaltado y cincelado, tres mil y quinientos doblones.

--No haríais mal negocio.

--No lo crea vuesa merced, porque como esta joya es de tanto valor,

tardaría mucho tiempo en venderla: acaso años.

--En fin, yo no la quiero vender; quiero solamente empeñarla, y

empeñarla por horas.

--Pues bien; yo os daré por su empeño tres mil doblones...

--Es que no se va á quedar empeñada aquí--dijo el señor Melchor, que

temía las iras de su mujer si el negocio se hacía con otro que con el

señor Gabriel Cornejo.

--¡Dios de misericordia!--exclamó el platero--. ¿Y dónde irá este señor

que pueda dejar con seguridad esta alhaja?--dijo con acento insinuante

Longinos--. Os advierto, caballero, que os vayáis con tiento. En primer

lugar, que un usurero no os daría lo que yo... en segundo lugar, que yo

os daré un recibo en regla de esta joya, y yo tengo responsabilidad...

todos los vecinos de alrededor, de casa abierta, me fiarán...

--La verdad del caso es que me ahorro de andar más--dijo don Juan--;

acepto vuestros tres mil doblones; dadme un recibo de esta alhaja, y yo

os daré un recibo de vuestro dinero.

--Un recibo de tres mil y doscientos doblones, por los tres mil.

--En buen hora.

--Pero...--dijo el señor Melchor, que temblaba presintiendo las iras de

su cónyuge.

--¿Qué tenéis vos que ver en esto?--dijo don Juan--; asunto concluído:

extendamos los recibos.

El señor Melchor se calló.

El señor Longinos puso sobre el mostrador papel y tintero, y los

respectivos recibos se extendieron dictándolos el platero.

Poco después hizo entrar en la trastienda á don Juan, guardó

cuidadosamente el estuche con la sortija en un armario, y del mismo

armario sacó un talego, le puso sobre una mesa, contó, y un montón de

oro, representando los tres mil doblones, apareció sobre la mesa.

El señor Melchor, que se había quedado fuera del mostrador como una cosa

olvidada, oía, estremeciéndose, el sonido excitador del oro que contaba

maese Longinos.

--¡Me he perdido!--exclamaba--; mi hombría de bien me ha puesto en el

caso de no poder aguantar á mi mujer lo menos en tres meses; esta

aventura me va á costar una enfermedad.

En aquel momento apareció don Juan, y dió diez doblones al señor

Melchor.

--¿Y qué es esto?-dijo todo turbado el pobre diablo, que en su vida

había visto tanto oro junto, por más que fuese poco.

--Eso es vuestro trabajo.

--¡Mi trabajo, señor!

--Debo agradeceros el que no me hayan engañado.

--Muchas gracias, señor.

--Y como ya no os necesito, podéis iros.

--Que Dios os guarde, señor.

Y el escudero salió de la tienda, riendo con un ojo y llorando con otro.

Don Juan entró de nuevo en la trastienda.

El señor Longinos se ocupaba en alinear de una manera simétrica las

columnas de oro, con esa sensualidad característica de los avaros.

--Me parecéis bastante hombre de bien--dijo don Juan--y quiero valerme

de vos. Yo soy capitán de la guardia española del rey.

--Por muchos años, señor.

--Me casé anoche con una dama principal.

--Dios os haga muy felices, mis señores.

--Pero como veis, este vestidillo de viaje no es á propósito para que yo

me presente al rey en medio de la corte con mi esposa.

--De ningún modo, señor.

--Ahora bien: ¿qué ropas, qué galas, en una palabra, dignas de un

caballero del hábito de Santiago, puedo yo procurarme con ese dinero?

--¿Piensa vuesa merced gastar esos tres mil doblones?

--Y más que sea necesario.

--¿Y para cuándo necesita vuesa merced presentarse á su majestad con su

señora esposa?

--Hoy á las once.

Rascóse una oreja con su trémula mano maese Longinos.

--Y son cerca de las nueve de la mañana. Es decir, que solo tenemos dos

horas.

--Aprovechémoslas.

En primer lugar, necesita vuesa merced ropas blancas de Cambray: esto es

lo menos, hailas hechas dos puertas más abajo. ¡Antonio!

Apareció un joven con un mandil de cuero, á todas luces oficial de

platería.

--Vete al momento á casa del señor Justo--le dijo Longinos--, y que

envíe ropas de Cambray para un hidalgo y una gola rica rizada, que no

haya más que ponérsela; luego pásate por casa del señor Diego Soto, y

que envíe unas calzas de grana de lo más rico, pero al punto, al punto.

El mancebo, con mandil y todo, se lanzó en la calle.

Faltan jubón, gregüescos, ferreruelo y sombrero; el ferreruelo debe ser

de terciopelo, el jubón de brocado, los gregüescos de lo mismo que el

ferreruelo, y el sombrero igual. Pero es el caso que estas ropas, que yo

sé quién las tiene sin estrenar, ricas y buenas, y que es persona así de

vuestras carnes, que os vendrá pintada su ropa, y que si se le paga

bien y secretamente, no tendrá reparo, y que á más se halla

necesitadillo de dinero...

--Pues al momento.

--Poco á poco: el sombrero necesita una toca rica; una toca por lo menos

de oro á martillo; el jubón necesita herretes; las cuchilladas piedras ó

perlas, y luego espada.

--Todo eso lo tengo--dijo don Juan, descubriendo el resto de su tesoro y

abriendo los estuches.

--¡Misericordia de Dios! ¿sabéis lo que tenéis aquí, señor?

--Pienso que es mucho.

--Esta pedrería vale lo menos dos millones de ducados.

--Pues bien; puesto que soy tan rico, veamos si me puedo presentar en la

corte como conviene.

--Indudablemente, señor, indudablemente; el dinero hace milagros. Voy á

escribir á algunos caballeros conocidos, que andan necesitados; porque

la corte traga mucho: voy á procuraros hasta carroza; en cuanto á

lacayos y cochero, yo haré que vengan buenos; las libreas se comprarán

hechas... y la espada, la espada es lo primero: yo tengo aquí una buena

espada de corte, pero no vale ni la centésima parte que esa empuñadura y

esas conteras; se montará al momento...

--No, montad esta buena hoja--dijo don Juan desnudando su espada.

--¿Sabéis, señor, que tenéis un arma de las buenas?... Andresillo, hijo,

ven acá...

Apareció otro oficial.

--Déjalo todo; monta esta hoja en esta empuñadura, y esta contera en una

vaina blanca, rica... anda, hijo, anda; dentro de una hora ha de estar

corriente: entretanto, señor, mis nietas coserán los herretes, la toca y

las perlas y las chapas del talabarte...

--Y entretanto yo... me daréis de almorzar... me lavaré después...

--Sí; sí, señor; entrad... y ya veréis... ya veréis.

Y precedió al joven por unas obscuras escaleras murmurando:

--¡Y que por estos quehaceres no pueda yo oír como todos los días la

misa del licenciado Barquillos! ¡Válgame Dios!

CAPÍTULO XLV

EN QUE EL AUTOR PRESENTA, PORQUE NO HA PODIDO PRESENTARLE ANTES, UN

NUEVO PERSONAJE

En una habitación magníficamente amueblada, extensa, iluminada

blandamente por una lámpara de noche, al través de un cortinaje de

damasco, en una ancha alcoba y en un no menos extenso lecho, dormía una

mujer sumamente bella.

Debía ser sombrío su sueño, porque su entrecejo estaba fruncido, corría

abundante sudor por su frente morena, y su boca sonrosada y de formas

voluptuosas, levemente entreabierta, dejaba salir un sobrealiento

poderoso y ronco.

Las anchas trenzas de sus cabellos caían abundantes y desordenados sobre

su garganta y sobre sus hombros, y fuera del abrigo que la cubría se

dejaba ver un brazo de formas admirables, cerca de cuya mano se vela una

pulsera de pelo, cerrada por un broche de diamantes.

Había algo de terrible en el aspecto de aquella hermosa mujer dormida.

Y dormía profundamente.

Abrióse de improviso una puerta en el fondo de la cámara y apareció una

mujer joven.

Abrió un balcón y penetró en la alcoba la luz fría de aquella mañana

nublada y lluviosa.

La mujer despertó.

Se incorporó en el lecho y miró con disgusto á la puerta de la alcoba á

donde había llegado la joven.

--¡Está amaneciendo!--exclamó con acento duro--. ¿Qué sucede, Casilda?

anoche me acosté demasiado tarde y me despiertas al amanecer. Estoy

servida detestablemente.

--Son las ocho y media, señora--dijo temblando la doncella.

--Te dije que no me llamaras hasta las doce.

--Es que está ahí don Juan.

--¡Don Juan! ¡y de día! ¡y acaso por la puerta principal!

--Sí; sí, señora.

--¡Qué imprudencia!

--Nadie ha podido verle. El lacayo de su excelencia no ha venido

todavía.

Este excelencia era el duque de Uceda.

--El duque se fué anoche muy tarde; cuando yo te avisé aún no se había

ido; tú te acostaste, yo misma le hice salir por el postigo... podía

estar el duque todavía aquí. Te tengo dicho que cuando don Juan venga á

una hora imprevista, le contestes como si no le conocieras y le

despidas. Esto está convenido entre don Juan y yo. Eres, pues, una

torpe.

--Perdonad, señora.

--Pero en fin, ¿don Juan está ahí?

--Sí, señora; ha venido con una mujer.

--¡Con una mujer! ¿y qué trazas tiene esa mujer?

--Es joven, hermosa, viene ricamente vestida, y parece, según está de

pálida y ojerosa, que ha pasado muy mala noche.

--¿Dónde están?

--En el camarín.

--Vísteme.

Y la dama saltó del lecho, y se vistió apresuradamente ayudada de la

doncella, se arregló ligeramente los cabellos, se puso sobre ellos una

toquilla, y se dirigió rápidamente á una puerta de escape.

Pero al llegar á ella se detuvo, y dijo á la joven:

--Dile á don Juan que entre solo.

Y se sentó en un sillón, se arropó en un abrigo de pieles que se había

puesto y esperó que la doncella cumpliese sus órdenes.

Poco después se abrió aquella misma puerta, y entró el sargento mayor

don Juan de Guzmán, que, sin quitarse el sombrero, adelantó hasta cerca

de la dama, y deteniéndose á poca distancia de ella y permaneciendo de

pie, la dijo:

--Nos sucede mejor de lo que queríamos, Ana.

--¡Ah! ¿estamos de plácemes?

--Sí por cierto; el asunto de la reina está á punto de concluirse; una

vez quitado de en medio ese estorbo, es distinto, nos quedamos solos con

el padre y con el hijo.

--¿Pero y don Rodrigo...?

--Don Rodrigo... afortunadamente la herida, según dicen los médicos, es

limpia y no ha tocado á ninguna parte peligrosa; un dedo más acá ó más

allá y no tenemos hombre; pero ha faltado un dedo... y don Rodrigo

vivirá. Ayer estuvo hablando conmigo largamente, preguntándome y dándome

órdenes y consejos. Dentro de algunos días don Rodrigo dejará el lecho,

y todo irá bien.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 38 / 66 段