--Al día siguiente, mi padre, á pesar de que debía marchar, detuvo con

un pretexto su marcha, y como es excesivamente franco, buscó á mi

abuelo, y le suplicó que para hablarle de cierto negocio, quisiese dar

un paseo con él por el campo. Accedió mi abuelo, y apenas se vieron

fuera de la población, mi padre le dijo quién era, cuánto poseía, que

estaba perdidamente enamorado de su hija, y que quería casarse sobre la

marcha con ella. Mi abuelo le contestó que partiese con su compañía, por

lo pronto, que él se informaría acerca de mi padre, y que con lo que

hubiese resuelto le contestaría. Mi padre partió sin ver á mi madre, y

al mes recibió en Navarra una carta de mi abuelo, en que le decía que,

habiéndose informado lo que bastaba para saber que mi padre era noble,

honrado y valiente, y no oponiéndose á ello su hija, podía, si persistía

en su pensamiento, volver á recibir las bendiciones. Mi padre no vió por

segunda vez á mi madre, sino á los pies del altar.

--Pero de seguro, y á pesar de no conocer bastantemente á vuestro padre,

vuestra madre no le desesperó--dijo el joven, que no desaprovechaba

ocasión.

Doña Clara no contestó tampoco á esta indirecta.

--Fueron felices; ricos, amantes, honrado mi padre por el rey, respetado

por todos, respetada mi madre como merecían su virtud y su nobleza. Yo

nací en el término preciso después de su matrimonio. Yo he sido su hija

única. Crecí al lado de mi madre; lo que sé lo aprendí de ella: durante

las largas ausencias de mi padre en la guerra, nuestra casa estaba

cerrada, algunos criados antiguos eran nuestra única compañía. Yo era

feliz. Mi madre lo parecía también. Hace cuatro años, mi madre murió.

Doña Clara se detuvo, inclinó la cabeza durante un momento, y luego la

alzó.

En sus hermosos ojos brillaba una lágrima.

Don Juan la contemplaba extasiado: creía á cada momento que su amor no

podía crecer, y sin embargo, á medida que se iba revelando el alma de

doña Clara, su amor crecía.

La joven continuó:

--La muerte de mi madre fué mi primer dolor. Hasta entonces no había

comprendido que podía yo quedarme sola en el mundo; pero cuando mi madre

murió, cuando no la vi á mi lado durante el día, al acostarme, llamando

sobre mí los buenos sueños con un dulce beso, al levantarme abriéndome

con otro nuevo beso otro hermoso día, ¡ay! hasta que todo esto me faltó,

no comprendí el horrible vacío á que puede verse condenada una mujer,

porque para una mujer, su madre lo es todo. La mujer para su madre es

siempre una niña. Mi pobre madre murió de tristeza, murió de amor.

--¡De tristeza! ¡de amor!--exclamó don Juan.

--Del año, los nueve meses los pasaba mi padre en campaña, y aun había

años en que no venía.

--¡Ah!--exclamó el joven, arrastrado por el profundo sentimiento de la

voz de doña Clara al pronunciar aquellas palabras.

--Mi madre no se quejaba á mi padre: si se hubiera quejado, mi padre

hubiera dejado el servicio, pero hubiera enfermado de tristeza. Entre su

propio sacrificio y el de su esposo, mi madre se decidió por

sacrificarse. Y se sacrificó por completo. Cuando mi padre volvía, y

contaba á mi madre los peligros que había arrostrado, mi madre le

escuchaba sonriendo; cuando mi padre se despedía para una nueva campaña,

le abrazaba sonriendo también; cuando nos quedábamos solas, mi madre se

me mostraba alegre, tranquila. No quería ennegrecer mi alma de niña con

su tristeza. Pero llegó un día... ya hacía tiempo que mi madre estaba

enferma... un día de muerte me lo reveló todo, pero me hizo jurar que

nada sabría mi padre. Entonces me hizo comprender cuán terrible es amar

y saber que el hombre amado está en un continuo peligro. Recibir cada

día noticias de batallas sangrientas, en que se quedaba tendida la flor

de la nobleza española, y decir á cada noticia, recibida en carta de mi

padre: ¡De esta ha salido salvo!... pero ¡y de la siguiente! Esto es

horrible, es una carcoma lenta que mata, ó la mujer que no muera en tal

situación, no merece ser amada.

--¡Oh! ¡no seré soldado!--exclamó don Juan--. Mi rey, mi orgullo, sois

vos.

--Sí, sí, seréis soldado mientras sea necesario que lo seais; pero

después no: ¡no quiero morir como mi madre!

--¡Oh, Clara de mi alma!--exclamó el joven, recibiendo el puro, el

glorioso relámpago de amor que destelló de los ojos de doña Clara al

pronunciar sus últimas palabras--; ¡vos me amáis!

--Os amaré si merecéis que os ame--dijo doña Clara volviendo á apagarse,

por decirlo así.

Y luego, con acento reposado, mientras don Juan suspiraba dominado por

la firmeza de carácter de su mujer, ésta continuó:

--Llegó por acaso mi padre á tiempo de recibir la última mirada, la

última sonrisa de mi madre. Cuando la vió muerta, su dolor me espantó,

me hizo olvidarme de mi propio dolor para acudir aterrada al socorro de

mi padre. ¡Creí que se había vuelto loco! Y cuando pasó el primer

acceso, me dijo:

--«¡Yo no puedo permanecer por más tiempo en esta casa! ¡está maldecida

para mí! ¡no tengo parientes con los cuales llevarte, y no permanecerás

aquí tampoco: ¡la reina! ¡yo he derramado mi sangre por el rey! ¡mi

lealtad ha costado la vida á ese ángel! Mi padre había adivinado la

causa de la muerte de mi madre. ¡El rey no me negará la gracia de que

entre en la servidumbre y bajo el amparo de la reina... ó no hay Dios en

los cielos!»

Y me trajo consigo á palacio; habló al rey, que le oyó benévolamente; y

le envió á la reina, y la buena Margarita de Austria se conmovió de tal

modo al ver tanto dolor, que me abrazó, me besó en la frente, y me

recibió como menina en su servidumbre. Mi padre levantó la casa; me

entregó las alhajas y las ropas de mi madre, y yo me traje á nuestros

antiguos y leales criados que aún me sirven, y que os recomiendo, señor,

porque desde hoy lo son vuestros.

--Amarélos yo porque vos los apreciáis--dijo don Juan.

--Muy pronto no fué ya amistad lo que me dispensó la reina, sino cariño;

cariño que creció de día en día y que hoy--vos lo debéis saber, señor,

porque debéis saber todo lo que tiene relación conmigo--ha llegado á ser

amor de hermanas. Y este amor ha crecido por las mutuas confianzas. Este

amor ha hecho que, por servir noble y dignamente siempre á su majestad,

que de otro modo no le sirviera yo, haya salido muchas veces sola de

noche, yo que no he estado nunca sola, ni aun en mi casa.

--¡Bendito Dios sea, que tal lo ha dispuesto!--exclamó el joven--,

porque anoche os vi durante un momento en el alcázar; si no hubiérais

salido no me hubiérais encontrado, no os hubiérais amparado de mí, no

hubieran empezado estos amores que para mí tan glorioso fin han tenido.

--Decid más bien que os han casado y me han casado á mí. ¿Os acordáis de

las dudas que anoche teníais acerca de si yo era ó no la reina?

--Y no me he engañado, porque sois la reina de mi alma.

--Recordad las cartas que me trajísteis; anoche os preguntó doña Clara

Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: ¿habéis leído aquellas

cartas, señor?

--Os afirmo por mi honor, que no; sabía que contenían un secreto de la

reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque

yo creía que la mujer á quien amaba... Mi supuesto tío tuvo la culpa de

que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer á quien yo

tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que sentía celos, no leí

aquellas cartas.

--¿Y qué habéis pensado de la reina?

--Dejándome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don

Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su

majestad bien.

--Si os guiáis por las apariencias, debéis haber pensado de mí muy mal.

--Yo... séquese mi pensamiento, si llego á pensar de vos...

--Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...--dijo doña

Clara con amargura.

--Hacíais un sacrificio por su majestad.

--Es verdad; mi padre me dijo hace un año, al ver cómo me trataba la

reina: «Clara, hija mía, eres fuerte y valiente; vela por su majestad, y

si es necesario, sacrifícaselo todo... todo menos el honor». Pero,

volviendo á esas malhadadas cartas, es necesario que conozcáis ese

secreto.

A seguida, doña Clara contó punto por punto á don Juan el estado en que

la reina se encontraba, las traiciones de don Rodrigo, la historia, en

fin, de aquellas cartas, su contenido, el incidente que en el principio

de aquella noche había obligado á mentir á la reina; la historia del

rizo, por último.

--En tal situación--prosiguió doña Clara--, habiendo tomado la reina en

su apuro vuestro nombre, siendo muy posible que el rey desconfiase y os

llamase y os preguntase, la reina, con las lágrimas en los ojos, me

suplicó que la salvase; era preciso que yo os llamase; que os hablase á

solas en las altas horas de la noche en mi aposento, que os revelase

toda una sucesión de misterios... yo creía que todo aquello era

necesario para salvar á su majestad, y... me sacrifiqué; me dije: «él se

me ha mostrado ciegamente enamorado... le propondré que se case

conmigo... Si acepta, al momento, al momento...», y se preparó todo...

Me vestí de boda y os esperé anhelante... anhelante por consumar el

sacrificio.

--Hay un medio, señora, de que ese sacrificio no caiga sobre vos.

--¡El medio de vivir como dos amigos, como dos hermanos!

--Si no sois más que mi amiga ó mi hermana, podíais ver mañana á un

hombre... amarle...

--¡No he amado cuando era libre!... ¡y me han importunado!

--Sufriríais vuestro amor, le callaríais, porque además de vuestra

honra, tenéis que guardar la mía... lo sé bien, señora; sé que mi honor

está seguro en vos: pero os sacrificaríais, moriríais. Yo os libraré de

ese sacrificio.

El acento de don Juan era lúgubre.

Cuando acabó de pronunciar estas palabras se levantó.

--¡Sentáos!--dijo con acento lleno y grave doña Clara.

El joven se sentó.

--¿De qué manera pretendéis libertarme de éste que yo llamo mi

sacrificio?--dijo con acento singular doña Clara.

--¿De qué manera? ¿De qué manera decís?--exclamó el joven, con la mirada

extraviada y la voz sombría--. ¡Muriendo! ¡Dejándoos viuda!

--¡Dios mío!--exclamó doña Clara, levantándose de una manera violenta y

asiendo una mano de don Juan--. ¿Qué habláis de morir?

--Tengo enemigos, enemigos que me he hecho por vos; los buscaré, los

provocaré y me dejaré matar.

--¡No!--contestó con la voz opaca doña Clara, fijando en don Juan una

mirada ardiente, fija, aterrada, mientras la mano con que le asía

temblaba de una manera violenta.

--Si no encontrare enemigos míos, buscaré los del rey, los de España y

me matarán.

--¡No!--repitió de una manera profunda doña Clara.

--¿Y para qué quiero yo vivir--dijo el joven con profundísima

amargura--, si vos no me amáis? ¿si al casaros conmigo habéis hecho un

doloroso sacrificio por su majestad?

--¡Y esa comedianta!--exclamó doña Clara con acento seco y rápido,

acercándose más al joven.

--¡Dorotea!

--Sí, esa hermosísima Dorotea, con quien habéis pasado el día.

--¿Si yo os pruebo que no amo á esa mujer...?

--Si me lo probáis... pero no me lo podéis probar, no; ¿por qué me

habéis dicho que os mataréis...? ¿por qué me habéis aterrado...?

--¡Dios mío!

--Tengo no sé por qué, de una manera que me espanta, el alma desgarrada,

ensangrentada, por lo que nunca había sentido: por los celos.

--¡Celos vos de mí!

--Venid conmigo--dijo doña Clara tomando una bujía y encaminándose de

nuevo á su dormitorio.

Y cuando estuvieron en él, descorrió de una manera nerviosa el velo que

cubría el retrato de su madre.

--Juradme delante de ese cuadro, por vuestra alma y por la de vuestra

madre, por vuestra honra y por la mía, que á nadie amáis más que á mí.

--Lo juro, lo juro, por mi madre, por la vuestra, por Jesucristo

Sacramentado.

--Yo os amo con toda mi alma--exclamó doña Clara--, os amo desde que

anoche salísteis de mi aposento; os amo no sé cómo; como... al recuerdo

de mi madre... no sé por qué... pero yo os amo, señor; si la casualidad

no lo hubiera hecho, si el honor de la reina no lo hubiera exigido, yo

no me hubiera casado con vos... sino me hubiérais aterrado... ¡Oh Dios

mío...! he visto que la palabra morir no era en vos una amenaza

cobarde... os he creído ver muerto... ¡Por la sangre de Jesucristo,

señor! yo no sé lo que me habéis dado que me habéis vuelto loca... y soy

vuestra, vuestra esposa, vuestra amante, vuestra esclava... vuestra y

solamente vuestra, sin que tengáis que temer que yo haya amado á otro

hombre, ni autorizado galanteos, ni dado esperanzas... soy vuestra con

toda la alegría de mi alma... no sé con cuánto amor... pero no moriréis,

¿no es verdad, que no moriréis ya...? porque mi amor es vuestra vida y

yo os lo entrego entero y puro y resplandeciente como el sol.

El joven miró á doña Clara pálido, temblando, extendió hacia ella los

brazos, cayó de rodillas y lloró.

CAPÍTULO XLIII

CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR

Al amanecer se abrió la puerta del aposento de doña Clara.

En el mes de Noviembre amanece muy tarde y los amaneceres son nublados y

fríos.

Y decimos esto para que nuestros lectores aprecien cuánto sufriría la

Dorotea agazapada cinco horas mortales, debajo de una escalera, frente á

la puerta del aposento de doña Clara, al lado del sargento mayor don

Juan de Guzmán, que renegaba y blasfemaba por lo bajo, para que la

Dorotea no le oyese.

Cuando se abrió la puerta del aposento de doña Clara, Dorotea, al

reflejo de una luz que tenía en la mano una mujer, vió que aquella mujer

era doña Clara y que la acompañaba un hombre.

Vió que aquel hombre era don Juan Téllez Girón.

Vió que doña Clara estaba negligentemente vestida, pálida, y con la

palidez más hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresión

de felicidad.

Vió que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con

delicia una de las hermosas manos de doña Clara, que antes de despedirse

se miraron con una expresión de amor infinito y satisfecho, y oyó el

siguiente diálogo:

--A las once volveré y me presentaré al rey contigo--dijo don Juan.

--Y el rey nos recibirá con la reina y con su servidumbre, y yo llevaré

las joyas de tu madre.

--¡Adiós, mi cielo!

--Adiós, mi señor.

Aquellas dos cabezas se unieron, y sonó un doble y tierno beso.

Don Juan se rebujó en su capilla, porque hacía frío, y doña Clara cerró

la puerta.

Don Juan tomó la salida de la galería, guiado por la débil luz del alba

que penetraba por una claraboya.

Apenas desapareció don Juan, se lanzó en medio de la galería la Dorotea.

Siguióla don Juan de Guzmán.

El semblante de la Dorotea espantaba.

Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la

sorpresa.

--¡Que se presentarán juntos al rey y á la reina!--exclamó con voz

ronca--; ¡luego se han casado!

--Una dama tal como doña Clara Soldevilla--dijo el sargento mayor--, no

podía recibir de noche en su aposento á nadie más que á su marido. Ya

sabía yo que ese buen mozo os engañaba.

--¡Que me engañaba!... ¿y se ha casado con esta mujer?... pues bien...

acepto lo que me habéis propuesto y os sigo.

--Ya sabía yo que habíamos de ser amigos.

--Pero salgamos pronto de aquí.

--Cubríos antes con vuestro manto; de seguro el bufón del rey ha vuelto

á su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre;

procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que

aún no se ve bien claro.

--Vamos, sí, vamos; tengo impaciencia por vengarme.

Y rebozándose completamente en su manto, se asió del brazo del sargento

mayor, atravesaron las galerías, bajaron una escalera y salieron por una

de las puertas del alcázar recientemente abierta, dando ocasión á que

dijese el portero:

--Muy temprano van de aventuras las damas de la reina.

Cuando salieron á la calle, vieron que ya era entrado el día, esto es,

que se había retardado el amanecer á causa de una densa niebla, al

través de la cual pasaba la lluvia.

--La niebla nos favorece--dijo el sargento mayor--; pero andemos de

prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del

alcázar.

Y siguió andando á gran paso, arrastrando consigo á la Dorotea.

Pero se había engañado el sargento mayor al decir que la niebla les

favorecía.

Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta

por la que habían salido, se destacó un bulto informe y se puso en su

seguimiento.

Era el bufón.

Al seguir á don Juan de Guzmán y á la Dorotea, se encontró con el

cocinero mayor del rey, que, pálido, lacio, mojado, á pesar del frío y

de la lluvia, se dirigía en paso lento al palacio.

Tras él venían dos hombres que traían harto mohínos un pesado bulto

sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrás, dos soldados

de la guardia española.

Hizo el acaso que, distraídos bufón y cocinero, pensativos ambos y no

habiendo podido verse á distancia á causa de la niebla, se dieran un

encontrón formidable.

--¡Por mis desdichas!--exclamó al sentir el choque el cocinero mayor.

--¡Cien legiones de demonios!--exclamó el bufón.

--¡Tío Manolillo!--exclamó el cocinero acercándose á él con ansia--;

Dios os envía.

--Y á vos el diablo, para que me detengáis.

--Soy el hombre más desdichado del mundo--añadió el cocinero.

--Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mío; y basta de bromas y

soltad, y adiós.

Y escapó.

--Hijo Marchante--dijo el cocinero mayor precipitadamente á uno de los

soldados--, métete con eso en la portería del señor Machuca, y guárdalo

como guardarías á su majestad, mientras yo vuelvo.

--Muy bien, señor Francisco--dijo el soldado.

Y el cocinero mayor apretó á correr tras él bufón, que apretaba tras la

Dorotea y el sargento mayor.

Asióse al fin á su brazo.

--¿Qué me queréis? ¡por mi vida!--exclamó el bufón sin cesar de correr.

--Pediros consejo.

--Dádmelo y lo agradeceré.

--Me están sucediendo cosas crueles.

--A mí me pasan cruelísimas.

--Nos aconsejaremos mutuamente.

--No necesito consejos.

--Yo sí, los vuestros.

--Pues ya que no os despego de mí, callad, que no puede ser hablar y

correr.

Y el bufón siguió á gran paso, porque á gran paso iban el sargento mayor

y la Dorotea.

El sargento mayor había tomado por las callejuelas de la parte de arriba

del convento de San Gil; habla entrado con la Dorotea en la calle de

Amaniel, se había parado delante de una casa que estaba herméticamente

cerrada, y había dado sobre su puerta tres golpes fuertes.

--¿Quién vivirá en esa casa?--dijo el tío Manolillo parándose, cuando

vió que en aquella casa habían entrado el sargento mayor y la Dorotea, y

había vuelto á cerrarse la puerta.

--¿Os interesa mucho el saber quién vive en esa casa?--dijo el cocinero

mayor.

--Lo averiguaré--dijo el bufón como contestándose á sí mismo á la

pregunta que á sí mismo se había hecho poco antes.

--Pero en averiguarlo tardaréis algún tiempo; hay ciertos negocios que

se pierden si el tiempo se pasa, y yo os puedo decir ahora mismo...

--¿Qué me podéis decir vos?...

--Sí; sí, señor, os puedo decir que en esa casa vive la querida del

sargento mayor don Juan de Guzmán.

--¿Y nadie más?

--Nadie más que una dueña y un escudero.

--¿Y quién es esa mujer?

--Tío Manolillo, hace mucho frío, llueve, y yo no he dormido en tres

noches, y si queréis que os oiga, metámonos á cubierto.

--¿Y dónde, que no perdamos de vista esa casa?

--Cabalmente frente á ella hay una taberna.

--¡Una taberna! yo tengo hambre y sed.

--Y yo también; vamos, que yo pago.

--Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca.

--Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos días mis manos están

hechas un río; ¡qué suerte, señor, qué suerte!

Y se encaminaron á la taberna.

Cuando entraron en ella se sentaron junto á una mesa, en un rincón

obscuro, desde el cual podían ver la puerta de la casa donde habían

entrado el sargento mayor y la Dorotea.

Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron á comer y á beber vorazmente,

sin dejar por ello de hablar.

--Según lo que yo he entendido--dijo el bufón--, vos tenéis la culpa de

todo, señor Francisco Montiño.

--¿De qué tengo yo la culpa?

--De lo que á entrambos nos está sucediendo.

--A mí me suceden muchas cosas malas.

--A mí no me suceden menos cosas peores que las vuestras.

--¡Peores! yo no tengo mujer.

--No la habéis tenido nunca.

--Yo no tengo hija.

--Vuestra difunta fué muy dada á criar pajes.

--¡Ah! y por último, yo no tengo sobrino.

--Vuestro sobrino... he ahí, he ahí la causa de todo; malhaya amén

vuestro sobrino... Si vos no tuviérais ese sobrino...

--Es que no le tengo.

--Le habéis tenido; y vos... vos tenéis la culpa... si hubiérais estado

en el alcázar antes de anoche.

--Entonces no tengo yo la culpa, sino un maldito cuadrúpedo, un jaco

endiablado que invirtió todo el día en traer desde Navalcarnero aquí á

mi sobrino postizo; ¡caballo infernal! ¡haber echado para cinco leguas

desde el amanecer hasta el anochecer! ¡si ese jaco hubiera andado más de

prisa!... ¡si hubiera llegado al medio día!...

--Lo de vuestra mujer había sucedido antes.

--Pero probablemente yo no lo hubiera sabido.

--Señor Francisco, no hablemos de cosas pasadas.

--Es que las cosas pasadas traen las presentes... ¡qué suerte la mía! yo

me voy á morir, tío Manolillo.

--¡Calla! ¿quién es ese que llama á la puerta de esta casa y que viene

cargado con un cestón?

--¿No veis que tiene librea?

--Sí por cierto.

--¿Amarilla y encarnada?

--Sí... ya sé, del duque de Uceda. ¿Pero cómo el duque de Uceda...?

--El duque, viste, calza, da joyas y dinero; á más envía todas las

mañanas á uno de sus criados con un cestón lleno de lo mejor que se

vende en los mercados, para doña Ana de Acuña.

--¡Ta! ¡ta! ¡ta! ¿Doña Ana de Acuña se llama la que vive en esa casa?

--Sí por cierto.

--¿Y es querida del duque de Uceda?

--No por cierto; pero está haciendo al príncipe de Asturias aficionarse

á las mujeres.

--¡Ah! ¡sí! hasta de los niños se echa mano--dijo el bufón.

--Y de las mujeres y de los viejos--añadió el cocinero.

--¿Pero no tiene algún otro amante rico esa mujer?

--Anda en vísperas de gastar de las rentas reales--dijo el cocinero

mayor.

--Explicáos...

--Puede ser que una de estas noches reciba á su majestad.

--¿Habéis andado vos en ello?

--Sí por cierto; anoche traje una gargantilla de parte del rey, aunque

sin nombrar la persona, á esa mujer.

--¿Pero quién es el que, contrario al duque de Uceda, que pone ó quiere

poner al príncipe en manos de esa mujer, pretende hacerle tiro,

enredándola con el rey?... no puede ser otro que el duque de Lerma.

--Acertádolo habéis.

--Pero eso me importa muy poco. Que el duque de Uceda venza á su padre,

ó que el duque de Lerma se sostenga sobre su hijo... allá se las

hayan... necesitaba únicamente saber en qué casa había entrado Dorotea,

y ya lo sé; con que pagad y vámonos.

--Hace cuarenta y ocho horas que estoy pagando y yendo y viniendo--dijo

Montiño sacando la bolsa con ese trabajo peculiar á los miserables, y

escurriendo de ella un escudo. ¡Hola, tabernero, cobráos!

--Falta aquí; se han comido vuestras mercedes tres libras de carne--dijo

el tabernero.

--Y aunque eso sea, ¿á cómo va la carne en el mercado?

--Falta, señor, falta...

--Conciencia á vos y á mí paciencia para tanto robo; ¿qué falta de más

de eso?

--Un real.

--Tomadle.

--Dios guarde á vuestra merced muchos años.

--De pícaros como vos. ¿Pero qué es eso?--dijo el cocinero mayor viendo

que el bufón se ponía de pie.

--Que nos vamos.

--¿Y no me dais los consejos que os he pedido?

--Voy á dároslos: montad á vuestra mujer en un macho y enviadla á

Asturias; meted á vuestra hija en un convento, y luego idos de palacio.

--¡No puedo!

--Pues entonces, adiós, porque no tengo más que deciros.

Y el bufón salió de la taberna y se fué derecho á la puerta de enfrente,

á la que llamó.

El cocinero mayor, desesperado, salió de la taberna y se fué paso á paso

hacia el alcázar; pero al llegar á él se encontró con un alguacil del

Santo Oficio, que le dijo:

--¿Es vuesa merced el señor Francisco Martínez Montiño?...

--Yo soy--contestó todo trémulo el cocinero al ver que se las había con

un alguacil del Santo Oficio.

--Veníos conmigo.

--Os lo agradezco--dijo Montiño haciéndose el sueco--, pero es la hora

de preparar la vianda para su majestad; porque yo, si no lo sabéis,

amigo, soy cocinero mayor del rey.

--Ya lo sabía, y, por lo tanto, aunque faltéis á vuestra cocina, conmigo

os vendréis mal que os pese.

--¿Y si no quiero ir?

--Pediré favor á la Inquisición y os llevaré atado.

--¡Atado! ¡un hidalgo! vos os habéis equivocado.

--Mirad esta orden de su señoría ilustrísima el inquisidor general.

--¡Ah! ¡el inquisidor general!

--Sí, por cierto.

--¡Y no hay remedio!

--No, señor.

--¿Y si yo os diera diez doblones?

--No puedo.

--¿Y si os diera veinte?

--Ya veis que yo los tomaría de buena gana, y que si no los tomo es

porque no puedo.

--Decid que no me habéis encontrado.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 37 / 66 段