envuelto por un papel y le desenvolvió lentamente.
El joven vió un magnífico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos
magnífico lazo de brillantes.
--He aquí lo que me casa con vos--dijo doña Clara con la voz firme y
lenta, aunque grave.
--¡Conmigo! ¡os casaréis conmigo!--exclamó el joven con una explosión de
alegría--; ¡yo!... ¡yo vuestro esposo!... ¡yo poseedor de vuestra alma,
de vuestra hermosura!... ¡esto... esto es un sueño!
Y don Juan retrocedió, y por fortuna encontró un sillón en el que se
dejó caer.
Estaba pálido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa á
doña Clara.
De repente se levantó, asió una mano á doña Clara, la estrechó contra su
corazón y exclamó:
--Explicadme, señora, explicadme este misterio que me vuelve loco.
--Cuando seáis mi esposo.
--Pero eso será pronto...
--¿No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas
que llevó en una ocasión semejante, me adornan: á falta de traje á
propósito la reina me ha regalado éste. Yo quería casarme lisa y
llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso
obedecer: todo se ha reducido á aceptar este traje de su majestad, á
abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y á ponerme en manos
de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre
prisa: el padre Aliaga alegó no sé qué del concilio de Trento, pero la
reina dijo que eso se arreglaría después... de modo, señor, que sus
majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace
tres horas. Sólo falta que vos me digáis si queréis casaros conmigo.
--Vuestra duda es impía, doña Clara: ignoro por qué habéis cambiado
vuestros desdenes de anoche.
--Los ha cambiado este rizo.
--Pero ese rizo...
--Es mío.
--¿Y no me diréis más?
--Luego; después de las bendiciones, á solas con vos.
--Doña Clara, yo os amo; sois lo único á que aspiro; ser vuestro y que
vos seáis mía, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no sé
qué de terrible, de violento. ¿Os obligan á que os caséis conmigo?
--Sí por cierto, me obliga mi corazón.
--¡Vuestro corazón! habéis pronunciado de tal manera esas palabras, que
me espantan; no, vos no me amáis...
--¿Quién sabe?
--Si me amárais pronunciaríais ese ¿quién sabe? con menos amargura...
¿qué digo con menos?... lo pronunciaríais con el alma, que asomaría á
vuestro acento y á vuestro rostro por más que lo quisiérais ocultar.
--¿Y qué no asoma?
--Despechada y amarga, que enamorada y contenta no.
--¿Pero á qué esta disputa? ¿no queréis casaros conmigo?
--He querido y quiero... pero según os veo... me niego...
--¡Ah, os negáis!
--No quiero ayudar á que os sacrifiquen.
--¡Don Juan!...
--¿Por qué me llamáis don Juan?
--Por... ¡por qué sé yo! ¿pero esto qué importa?
--Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey...
--Eso no importa nada...
--¿Y si fuera peor? ¿si yo fuera un bastardo?...
--¡Cómo! ¿sabéis?...
--¿Y qué he de saber? ¿que soy hijo del duque?...
--Del gran duque de Osuna, y...
--¿Y de quién? ¿sabéis acaso, señora, el nombre de mi madre como sabéis
el de mi padre?
--¡Cómo! ¿no sabéis quién es vuestra madre?...
--No, ¿y vos?
--Tampoco...
--Ayer ni aun el de vuestro padre conocíais.
--Lo he sabido por una casualidad esta noche...
--Yo lo supe ayer...
--¿Quién os lo dijo?...
--Vuestro supuesto tío...
--¡Ah! ¡mi tío... Francisco Montiño os lo dijo!... ¿y á qué
propósito?...
--Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar á sus
majestades.
--Un solo momento; leed, y después decidme si os queréis casar conmigo.
Y sacó de su ropilla los papeles; buscó la carta del duque y la dió á
doña Clara.
Esta la leyó.
--Me caso con vos--dijo, devolviéndosela.
--Pero esto es cruel... vuestra decisión me espanta.
--¿No me amáis?...--dijo con impaciencia doña Clara...--pues si me amáis
¿á qué esa obstinación?... ¿dudáis acaso de mí?... ¿amáis acaso á otra,
á causa de esa facilidad que tenéis de enamoraros en dos minutos?
--Me estáis desgarrando el alma, señora... y... no os comprendo...
arrostráis un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y
cuando quiero salvaros, si es posible, á costa mía de ese sacrificio...
¿me preguntáis no sólo si os amo, sino si amo otra?
--Son las tres de la mañana--dijo doña Clara--y sus majestades esperan;
concluyamos ó volvéos libre, ó seguidme.
--Esperad; puesto que vais á ser mi esposa...
--¿Qué?...
--En la carta que habéis leído, se habla de las alhajas de mi madre;
aceptadlas como vuestro dote, señora...
Y el joven se metió la mano en el bolsillo.
--Después, muy después--dijo doña Clara--; ahora, puesto que entrambos
queremos unirnos, venid.
Y se dirigió á una puerta en paso rápido, poderoso, en que se revelaba
la excitación de que estaba poseída.
Don Juan la siguió.
Y dominado por lo extraño, por lo maravilloso, y aun podemos decir por
lo terrible de la situación, ni aun se acordó de que iba pobremente
vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino
enlodadas hasta las corvas.
Porque todo había variado en el joven; menos el traje, todo.
[imagen: Doña Clara Soldevilla.]
CAPÍTULO XLI
DE CÓMO QUEVEDO SE QUEDÓ Á SU VEZ SIN ENTENDER AL REY
--Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don
Francisco--decía Quevedo, dirigiéndose á obscuras desde la parte baja
del palacio al cuarto de Felipe III--. Y eso--añadía--que tenéis una
perspicacia que os mata. Que doña Clara se haya enamorado de nuestro
hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estóilo de
él; que doña Clara se haya valido de mí como de un anzuelo para pescar á
su enamorado, cosa es que no espanta á nadie, porque las mujeres se
agarran á todo... que se encierre con él... cosa es que de común
apesta... pero que me digan: acompáñele vuesa merced; y acompañado que
ha sido: vaya vuesa merced á ver al rey, que le espera, á las tres de la
mañana, cuando nuestro señor, que Dios guarde, es más dado á dormir que
un gusano de seda, dígome que no me entiendo, dóime capote y sigo y
prosigo hacia el cuarto de su majestad.
Y seguía don Francisco, pero dando vueltas á su poderosa imaginación.
--¿Qué será, qué no será?... lo que fuere sonará--dijo al fin, cansado
de cavilar y entrando en una galería alumbrada, á donde daba la puerta
de la primera antecámara del cuarto del rey.
Llegó, habló á un ayuda de cámara y fué introducido hasta el rey, á
quien habían despertado para anunciar á Quevedo, y que había vuelto á
dormirse.
Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente
rebujado.
El ayuda de cámara despertó á su majestad.
--Pronto amanece hoy--dijo el rey.
--Son las tres de la mañana, señor--dijo el ayuda de cámara.
--¡Ah! ¡son las tres de la mañana!--dijo el rey bostezando y poniéndose
la mano á manera de pantalla, para mirar á Quevedo, sin que le ofendiese
la luz de la lámpara--; ¿quién es ese?--añadió después de haber
bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos á
Quevedo, que estaba tieso é inmóvil delante del lecho real.
--Es don Francisco de Quevedo y Villegas, señor--dijo el ayuda de
cámara.
--¡Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don
Francisco.
--Perdóneme vuestra majestad, señor--dijo Quevedo con voz campanuda y
vibrante--; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo
en todos los años de mi vida por vuestra cámara.
--¡Ah! es verdad... ahora recuerdo; sólo que no recuerdo para lo que os
he llamado... os necesitaba para algo.
Quevedo no contestó.
--¿Sabéis que tengo frío, don Francisco?--dijo el rey.
--Andan los tiempos muy crudos, señor--contestó Quevedo.
--Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos,
que si son cocidos. ¿Sabéis si se guisa algo bueno por el alcázar?
--No, señor; no me he dado á lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho
tiempo que el alcázar no es cacerola mía.
--¡Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y
hace frío, sí, señor, hace frío. Hacedme la merced, don Francisco, de
llamar.
Quevedo fué á una puerta y dijo:
--Su majestad llama.
--Oye, Sarmiento--dijo el rey--; ponme detrás dos almohadones, á fin de
que pueda recostarme, y el gabán de pieles.
Sirvió el ayuda de cámara al rey y éste le despidió.
Felipe III se quedó sentado en la cama, recostado sobre los almohadones
y envuelto en el gabán.
--Os aseguro, don Francisco--dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo
la señal de la cruz sobre el bostezo--, que estoy pasando una mala
noche.
--No la paso yo mejor--dijo Quevedo.
--Vos os divertís; yo me fastidio.
--Pues os doy la diversión por dos blancas.
--Os juro que no puedo dormir.
--Y yo os afirmo, señor, que no puedo acostarme.
--Yo os había llamado para algo.
--Yo creía que para algo era venido.
--Y es que no me acuerdo... ¿podéis vos adivinar?...
--¡Cómo! ¡señor! yo no me atrevo á penetrar en la alta voluntad de un
rey tan grande como vuestra majestad--dijo Quevedo inclinándose
profundamente.
--Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme
mi voluntad.
--Y yo con mucha frecuencia las palabras.
--¿Y no se os ocurre para qué os podría necesitar yo?
--Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad
necesidad de mí.
--¡Ah! ya recuerdo... recuerdo que tenía que preguntaros algo. ¿No
tenéis nada que decirme?
--Que Dios prospere á vuestra majestad, y le dé centuplicados reinos.
--Paréceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco.
--¿Y á qué, señor?...
--A que saquemos en claro para qué os he llamado yo.
--¿Apostamos--dijo para sí Quevedo--á que el rey se está vengando de mí
por lo de esta mañana? pues aguarda. Yo creo, señor--dijo en voz alta--,
que me habéis llamado para entretener la vela; es decir, que me usáis
como á libro malo que sólo se busca para llamar al sueño: si quiere
vuestra majestad, convertiréme en libro, y contaré á vuestra majestad un
cuento.
--No tal, ni por pienso--dijo el rey--, porque vuestros cuentos no los
entiendo yo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué me decís de vuestro duque de
Osuna?
--Que no es mío.
--¡Ah! pues por vuestro os le dan.
--Agradezco la intención, porque indudablemente quieren hacerme un buen
regalo.
--¿Está contento con su virreinato de Nápoles?
--Nada debe de dolerle, porque no se queja.
--¿Y vos, estáis contento aquí?
--Según: rabio á ratos, á ratos río, como olla podrida; y si no engordo,
no enflaquezco.
--Decíamos que el duque... pues... decíamos que el duque... ¿qué
decíamos, don Francisco?
--Yo no decía nada.
--Yo he querido decir algo... pues... quería haberos dicho algo de
cierto hijo.
--No entiendo á vuestra majestad.
--Pues hablemos de un sobrino.
--Lo entiendo menos.
--De un rizo...
--Continúo á obscuras...
--De unas estocadas...
--Ni aun con la lengua las doy hace un siglo.
--Pues señor--dijo el rey--, ahora veo que no os he llamado para nada.
--Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga.
--Y siendo venido para que os vayáis.
Y el rey bostezó más profundamente, se escurrió á lo largo de las
almohadas y se rebujó.
--Dios dé á vuestra majestad muy buenas noches--dijo Quevedo.
El rey no le contestó: se había dormido.
Quevedo dió media vuelta y salió vivamente contrariado.
--¿Y qué debo yo hacer ahora?--dijo cuando se vió en la galería--. ¿Irme
ó quedarme? y si me quedo, ¿dónde me quedo? ¿Y qué habrá querido decirme
el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, ¿quién los
entiende? ¿Si su majestad querrá dar al traste con Lerma y servirse de
Osuna? ¡Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para
catas, ni para ser traído y llevado? debe de andar la reina... Si yo
pudiese ver á la reina... ¡Vamos! lo mejor será no pensar en ello: lo
que fuere, sonará.
Y siguió adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe á dónde va.
--¡Eh, caballero!--le dijo una voz de mujer al pasar junto á la puerta.
--Hábito llevo--dijo don Francisco--; conque bien puedo responder aunque
á pie me hallo. ¿Qué se os ocurre, señora?
--Mi señora os llama.
--¿Y quién es vuestra señora?
--La señora condesa de Lemos.
--¡Ah! pues sed mi estrella.
--¡Qué!
--Que me guiéis.
--Seguidme.
La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llevó á la
antecámara de la reina, donde le salió al encuentro doña Catalina de
Sandoval.
--Gracias á Dios que el rey os ha soltado--dijo.
--¿Y por qué esas gracias?
--Os esperan.
--¿Dónde?
--En el oratorio de la reina.
--Pues no adivino.
--¿No os ha dicho el rey que vos debéis representarle como padrino de
una boda?...
--¡Ah! ¡sí! ¿Se trata de boda? ya lo había yo olido. Pero de nada menos
que de eso me ha hablado el rey.
--No importa, yo represento como madrina á la reina.
--¡Ved ahí qué casualidad, que nos hayan buscado á los dos para
representar un matrimonio! ¿Y los testigos?
--Son de la casa.
--¿Se trata de un casamiento secreto?
--No, señor; sino de un matrimonio de conciencia.
--Pues entonces no es la boda que yo creía.
--Sí, sí por cierto: el capitán de la guardia española del rey, Juan
Montiño, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doña
Clara Soldevilla.
--¿Y hay conciencias ya entre esos?... ¡pues si se conocieron ayer!...
aunque cuando se vieron en la calle, tarde y á obscuras, y ya sabéis que
la soledad y las tinieblas... ¡pero señor, si él estaba desesperado!...
--No os canséis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto
para engañar al rey, á fin de que dé al momento la licencia; todo
proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doña Clara.
--¡Ah! ¡el rizo de doña Clara! ¡pues ya entiendo lo que no entendía!
--¡Cómo! ¿el rey puede haber sospechado?...
--El rey no ve más que á dos dedos de sus narices...
--Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven
sepa todo el enredo. Pero anoche doña Clara declaró solemnemente á la
reina, que no llamaba al señor Juan Montiño, que no le ponía en
antecedentes, que no permitía que tuviese el rizo... sino siendo su
marido.
--Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrán á un
pretexto.
--Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiración
la reina y el padre Aliaga, y después de conspirar se determinó que el
padre Aliaga fuese al momento á ver al rey, y le dijese que enamorada,
loca, en una ocasión desgraciada, doña Clara había dado un mal paso con
Juan Montiño. Que á más de ser urgentísimo casarlos, la reina no quería
que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta á quedarse como
se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es
tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia, á pesar de
que por doña Clara ha hecho más de dos simplezas, á pesar de que está
enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha
dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir.
--¡Ah! ¡la mala noche del rey! ¡ya pareció ella!
--La reina tampoco quiere asistir á la ceremonia, porque... piensa que
doña Clara se sacrifica por ella.
--¡Mentira, mentira y más mentira!
--Y allá están ambos novios con el padre Aliaga y los testigos,
esperando únicamente por vos.
--¿Y quiénes son los testigos?
--Pedro Sarmiento, ayuda de cámara del rey, y Juan de Urdiales, maestro
de ceremonias, los que se han encontrado más á mano.
--Vamos, pues; allá, y no retardemos la felicidad de los enamorados. ¡Y
llevar yo cuarenta y ocho horas sin dormir por descanso de viaje!
--Ya dormiréis bien esta noche...
Y la condesa asió á Quevedo de una mano, y guiándole desapareció con él
por una puerta.
CAPÍTULO XLII
DE CÓMO DON JUAN TÉLLEZ GIRÓN SE ENCONTRÓ MÁS VIVO QUE NUNCA CUANDO
PENSABA EN MORIR
Una hora después de haber salido de la estancia de doña Clara con el
joven, volvieron.
Pero volvieron casados.
Don Juan miraba de una manera avara á la joven.
La alegría, la felicidad, la pasión brillaban en su semblante.
Doña Clara estaba vivamente excitada, y á duras penas podía disimular
que era feliz.
Y sin embargo, no miraba al joven.
Y sin embargo, se mantenía duramente reservada.
Atravesó el aposento rápidamente, y al llegar á una puerta, como
pretendiese pasar don Juan, le dijo:
--Esperad un momento, señor.
El joven respetó la voluntad de doña Clara, y se detuvo.
La puerta se cerró.
Don Juan se quitó la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arrojó
sobre un sillón y se sentó en otro descuidadamente junto al brasero,
como pudiera haberlo hecho en su casa.
Y esto era lógico.
El cuarto de su mujer, era su cuarto.
¡Su mujer doña Clara! ¡aquella dama cuyo semblante apenas visto le había
deslumbrado! ¡aquella divina y magnífica hermosura, que encubierta había
asido á su brazo! ¡aquella dama tan gentil, tan joven, tan pura, que le
había llamado para recoger una prenda de la reina y que había acabado de
enamorarle! ¡aquel dulce imposible estaba vencido!
Don Juan gozaba de un bienestar completo; se adormía en las ardientes
ilusiones de su pensamiento; abrasaba con deleite su alma en aquel amor
afortunado.
¡Suya doña Clara!
¡Su mujer doña Clara!
¡Doña Clara la madre de sus hijos, el dorado rayo del sol de su casa, su
compañera de por vida!
Don Juan se creía soñando, y cuando se convencía de que no soñaba, moría
de impaciencia.
Al fin apareció doña Clara, sencillamente vestida de casa, pero
elegante; con un ancho traje de seda negra y una toquita blanca en los
cabellos.
--¡Oh! ¡felicidad mía!--exclamó el joven levantándose con tal rapidez,
que no pudo evitar doña Clara que la abrazase y la besase en la boca.
La joven dió un grito y quiso desasirse, pero no pudo.
Don Juan la retenía en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza,
y lloraba.
--Apartad, señor, apartad--dijo doña Clara con voz dulce--; vuestra
esposa os lo suplica.
Don Juan soltó á doña Clara, que estaba ruborosa y trémula.
--¿Es verdad que me amáis tanto?...--exclamó la joven, mirando con toda
la fuerza de sus ojos negros á don Juan.
--Si no os amara, si no fuérais para mí antes que todo, ¿me hubiera
casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el
misterio de tal casamiento?
--Sentáos, don Juan, sentáos y escuchadme: escuchadme como si jamás me
hubiérais hablado de amores, como si no fuéramos marido y mujer.
--Pero...
--Hacedme la gracia de escuchadme: bien sé que casada con vos, vuestra
voluntad es para mí una ley; pero yo apelo á vuestra hidalguía; yo os
pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miréis en mí más
que á doña Clara Soldevilla, no á vuestra esposa. ¿Me lo concedéis?
--Será siempre, señora, todo lo que vos queráis, menos no amaros.
--No os pediré eso jamás, porque vuestro amor para mí lo es todo siendo
como soy vuestra mujer.
--¿Me decís al fin que me amáis?
--Os amo como debe amar una mujer casada á su marido... más claro: por
el momento os respeto... os quiero... tengo en vos esperanzas...
--¿Pero no sois para mí la mujer enamorada?
--No quitéis al tiempo lo que es suyo. ¡Yo no os conozco!
--Y sin embargo, os habéis casado conmigo.
--Os confieso que en la situación en que me he casado con vos, y por la
razón que lo he hecho, me hubiera casado con cualquiera de quien hubiera
podido buenamente ser esposa.
--¿Sin amor?
--Sin amor.
--¿Pero qué misterio, qué razones son esas?
--Las vais á oír: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo.
--¡Este rizo vuestro!--exclamó el joven besándole con locura--. Pero
esta joya...
--Es necesario que la dejéis en el rizo.
--La dejaré... pero tomad vos las de mi madre...
--Después, don Juan, después. ¿Queréis oírme?
--Seguid, señora.
--Cuando os pregunte alguien que por qué herísteis á don Rodrigo
Calderón, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase
por un acaso...
--No pienso que tenga ocasión de hablarme.
--Os engañáis; el rey tendrá ocasión de veros con mucha frecuencia.
--¿Como esposo vuestro?
--Por eso no tiene el rey que veros. Pero sí como capitán de la guardia
española.
--¡Ah! ¡conque yo soy capitán!
--Tal vez después de saber quién sois, no queráis ser soldado:
--Por el contrario, señora, tengo obligación de servir al rey.
--Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvidé de
daros una provisión de capitán que tengo para vos. Esperad. Voy á
dárosla.
Y la joven se levantó, sacó del cajón de un mueble un papel, y le dió á
don Juan.
--Esta provisión ha sido vendida y revendida--dijo el joven.
--Se ha comprado para vos.
--¿Y quién la ha comprado?
--La reina.
--¡Me paga el servicio casual que la he hecho!
--No, no por cierto: el servicio que habéis hecho á su majestad no hay
con qué pagarlo.
--Demasiado recompensado estoy si por conoceros he servido á su
majestad, y por servirla sois mía. Nada hay en el mundo que valga lo que
este premio. Por lo tanto, esta provisión está demás... si la acepto, la
pagaré.
--No llevéis vuestra altivez, muy digna sin duda, hasta el punto de
ofender á su majestad: aceptad tal como se os da esa compañía, y estad
seguro de que ya tendréis más de una grave ocasión de servir á la reina.
--Sea lo que vos queráis--dijo el joven guardando la provisión.
--Sea lo que debe ser--dijo doña Clara--; continuemos: como capitán de
la guardia del rey, cuando estéis de servicio, recibiréis en muchas
ocasiones las órdenes directamente de su majestad, en particular en las
partidas de caza, donde por vuestro oficio estaréis junto al rey. En una
palabra: estáis al servicio inmediato de su majestad. Si un día, mañana
acaso, el rey os preguntase acerca de mí... decidle... hacedle entender
que entre nosotros mediaban amores... que... que en una palabra, por
deber y por conciencia estábais obligado á casaros conmigo.
--Pero eso no es verdad... yo no puedo ofenderos... el rubor que tiñe
vuestro semblante, dice bien claro que os ofendería.
--Don Juan, la reina es mi hermana--dijo profundamente doña Clara--:
ella en su alta posición y yo en la mía, al conoceros... oíd desde el
principio, don Juan. Yo tenía una madre buena, amante, hermosa...
venid... vais á conocer á mi madre.
Doña Clara se levantó, tomó una bujía y precedió al joven.
Pasaron por un aposento de vestir, y entraron en un dormitorio.
En él había un pequeño lecho blanco que respiraba pureza, algunos ricos
muebles, y en una de las paredes, un cuadro cubierto con un velo negro.
Doña Clara corrió aquel velo, y quedó á la vista de don Juan una dama de
cuarenta años, pálida, excesivamente hermosa, y á juzgar por su traje y
por su expresión, muy principal dama.
--Esa era mi madre--dijo doña Clara con acento vivamente conmovido.
--¡Ah! ¡digna madre de tal hija!--dijo el joven no menos conmovido.
--¿No es verdad, don Juan, que yo debo de estar orgullosa de mi madre?
--Como debéis estarlo de vos misma.
--No hablemos de mí--dijo doña Clara corriendo de nuevo el velo--. Yo os
he dado á conocer á mi madre de la única manera que me ha sido posible.
Volvámonos á donde estábamos.
Don Juan salió suspirando de aquel dormitorio tan blanco y tan puro,
pero enorgullecido por su mujer, porque la atmósfera de aquel dormitorio
había venido á ser para don Juan un testimonio de la valía de doña
Clara.
Sentáronse entrambos jóvenes de nuevo, el uno en un extremo, y en otro
extremo el otro, de la ancha tarima del brasero.
--Nuestra familia, y la vuestra, porque en ella acabáis de entrar, se
componía hace cuatro años: de mi padre Ignacio Soldevilla, coronel de
infantería española, encanecido en los combates, de mi madre doña
Violante de Saavedra, hija de un mayorazgo de la montaña, y de mí.
Cuando conozcáis á mi padre, que espero sea pronto, él os relatará
nuestro abolengo, él os dirá muchas de esas cosas que una mujer no debe
decir á su marido. Yo sólo os hablaré de mis padres. Mi madre, criada
con el recogimiento de una casa de solar de la montaña, no tuvo más
amores que los de mi padre; le amó como yo os amaré: después de casada.
--¡Ah! ¡ni vuestra madre amó á su esposo, sino después de casada, ni vos
me amáis aún!
--Continuemos. Pasaba mi padre, hace más de diez y ocho años, con su
compañía hacia Navarra, é hizo noche en casa de mi abuelo materno, donde
fué aposentado. Vió á mi madre... durante la cena... y no pudo dormir.
--Como yo...
--Mi padre lo ha recordado muchas veces á mi madre delante de mí, y mi
buena madre le contestaba sonriendo: yo, señor, no dormí tampoco.
--¿Pero creo que vos habéis dormido esta noche pasada?--dijo don Juan.
Doña clara continuó, sin contestar á la pregunta del joven: