cabal el juicio, y dijo:
--¿Y quién es esa noble persona?
--Aquí en este cofre debe decirlo.
--¿Pero vos no lo sabéis?
--El cofre lo dirá; abrámosle: así como así iban á abrirle á la fuerza:
vos sois á quien lo que este cofre contiene interesa más, y aunque
todavía no habéis cumplido los veinte y cinco años, no importa: no callo
más, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mío... pero es el
caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos.
Entonces Juan vió el papel que estaba pegado y sellado sobre la
cerradura, y leyó en él en letras gordas lo siguiente:
«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy
fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño recibió
cerrado y sellado como se encuentra este cofre.»
Y por bajo de estas palabras se veía la fecha y el signo y la firma del
escribano.
--Pero no podemos abrir este cofre--dijo el joven.
--Si no le abrís vos, le abrirá la Inquisición.
--¡Ah!
Francisco Montiño desnudó su daga, despegó de un solo corte y de una
manera nerviosa el papel.
Debajo de él, en un rebajo del arca, encontró una llave.
--¡Ah! todo estaba previsto--dijo el cocinero del rey--. Abramos.
--A vos dejo la responsabilidad de este hecho--dijo Juan.
El cocinero abrió con mano trémula el cofre.
Apareció primero un paño de seda azul.
Levantado aquel paño aparecieron algunos papeles.
Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados.
Sacado un rollo y abierto, se vió que le formaban relucientes doblones
de á ocho.
Contados los doblones resultó que el rollo contenía cincuenta.
Contados los rollos, eran cuarenta.
Es decir, que la caja contenía dos mil doblones.
Sacados los rollos, se encontró un nuevo paño de seda azul.
Levantado el paño, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo.
Abiertas éstas, se halló un riquísimo y completo aderezo de dama, de
perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el
sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las
cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa
de Santiago, una empuñadura de espada de corte, desarmada, y conteras
para la misma; todo de oro y pedrería, y de pedrería de gran valor.
A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le
acometió un vértigo, y se asió á la mesa con ambas manos para no caer.
--¡Oh! ¡si todo esto fuera mío!--exclamó olvidado de que le escuchaba el
joven.
Este por su parte no le oyó, porque su interés estaba vivamente
excitado.
Pero en la expresión de su semblante se comprendía que no era la codicia
la causa de aquel interés.
--Veamos esos papeles--dijo Juan--ya que habéis abierto ese cofre, á fin
de que sepamos á quién pertenece esto.
--Sí, veámoslo, señor, veámoslo--dijo maquinalmente el cocinero mayor.
Cortó Montiño las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la
mesa.
Tomó uno á la ventura y leyó:
Era una partida de bautismo librada por Pedro Martínez Montiño y
testimoniada por el escribano Gabriel Pérez.
La partida de bautismo de don Juan Téllez Girón, hijo natural del
excelentísimo señor duque de Osuna, y de una principalísima dama, cuyo
nombre, según decía la partida, se ocultaba por la honra de la misma
dama.
Juan apartó aquel papel y tomó otro.
En él el duque de Osuna, de su propio puño y letra, declaraba ser hijo
suyo natural, el conocido por hijo del capitán inválido de infantería
española Jerónimo Martínez Montiño, conocido bajo el nombre de Juan
Montiño; le reconocía públicamente, le daba su apellido y los derechos
que como á tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como
testigos Jerónimo Martínez Montiño y un Diego Salgado, ayuda de cámara
del duque. El escribano Gabriel Pérez, testimoniaba la legitimidad de
estas firmas.
Había otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras públicas de
bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con
una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio á su
hijo don Juan Girón.
Otro papel, era una cédula de gracia del hábito de Santiago desde su
nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del
duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girón, de cuya gracia
podía gozar desde su nacimiento.
El último papel era una carta del duque para su hijo.
El contexto de aquella carta era solemne.
Decía así:
«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu-Santo. Don Pedro Téllez
Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, á su hijo
natural, don Juan Girón.
»Hijo mío:
»Cuando esta carta leyéreis, ó habré yo muerto, ó habréis cumplido vos
los veinticinco años, y estaré satisfecho de vos y seguro de que podéis
llevar sin mancharle mi apellido.
»Un amor incontrastable, y una ocasión desgraciada para vuestra noble
madre, y aprovechada por mí, no sé si con harta locura, son la causa de
vuestro nacimiento.
»No dudéis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quién es vuestro
padre, ni el lugar en donde os ha dado á luz. Sin embargo, por un aviso
secreto, sabiendo que existís, vuestra buena madre os ha legado un
magnífico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra
esposa cuando os caséis. De la misma manera secreta, y sin darme yo á
conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar á nadie,
ni á vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto.
Pero como viviréis en la corte, si os casáis, vuestra madre podrá
reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasión
en que presentéis en la corte á vuestra esposa prendida con ese aderezo,
si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os caséis.
»Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en
la corte de sus reyes como conviene á su nombre, he cumplido con Dios,
con mi corazón y con mi honra. Un Girón, por más que sea bastardo, no
puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido
ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lágrimas en los
ojos; acabáis de nacer y lloráis junto á mi. No os recojo, no os tengo á
mi lado, porque quiero qué el orgullo de ser mi hijo no os haga mal
criado. Quiero que viváis en una esfera humilde, que os criéis, si no en
la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y
leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el
hijo de la mujer que ha amado como yo amo á vuestra madre. Espero en
Dios que mis propósitos se cumplirán, y que Dios me dará vida para
abrazaros.
»Como podrá suceder que por una infidelidad de las gentes que se han
encargado de vos, aunque no lo espero, ó por otro acaso cualquiera,
sepáis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entréis
desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin
perder tiempo á buscarme, ó de no poderlo hacer, escribidme.
»Creo que baste con lo que os digo.
»Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y
leal y recibid la bendición de vuestro padre,
»EL DUQUE DE OSUNA, CONDE DE UREÑA.»
--¿Comprendéis ahora por qué os llamaba señor?--dijo todo trémulo
Francisco Martínez Montiño.
Don Juan Girón (y le llamaremos así en adelante), no contestó.
En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se veía temblar la
cólera bajo su semblante.
Recogió los papeles, los guardó cuidadosamente en lo interior de su
ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre.
Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor:
--Señor Francisco Montiño, me pesa mucho el no poder seguir llamándoos
tío; pero no lo sois y me veo obligado á tener paciencia.
--¡Obligado á tener paciencia, Dios de bondad, y os encontráis casi un
príncipe!
--Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de
llevároslo.
--¿Y si me lo roban, señor?
--¡Eh! ¡Si os lo roban, qué importa! ¡Adiós!
--Pero...
--Adiós, ya os veré.
Y don Juan salió.
--¡Pero está loco, Dios mío!--dijo el cocinero mayor guardando todo
aquello con precipitación, como si hubiera temido que se lo robasen las
paredes--. ¡Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que
me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles
apuros! ¡Vive Dios que se conoce en él la sangre de los Girones!... Y al
fin me servirá de mucho... me vengará ahora mucho mejor que antes,
porque al fin él me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamándome
su tío. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor
general.
Entre tanto el cocinero mayor había metido en el cofre su contenido, le
había cerrado y metióse cuidadosamente la llave en el bolsillo.
--¡Eh, hostelero!--dijo llamando; y cuando apareció éste añadió--: decid
á los dos lacayos y á los dos soldados que están abajo que suban.
Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo á los lacayos
con el cofre y salió.
Al llegar á la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano:
--¿Y el gasto, señor?
--¡Cómo! ¿No han pagado?--dijo el cocinero deteniéndose con sobresalto.
--Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba
quedábais vos...
--¿Y cuánto es la cuenta?--dijo todo turbado el señor Francisco.
--Quince ducados, señor.
--¡Quince ducados!--exclamó Francisco Montiño, metiéndose en un regateo
que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del
miserabilísimo carácter del cocinero--; ¿pues cuántas gentes han comido
y bebido?
--Dos hidalgos, señor, cuatro criados...
--Basta... basta--dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un
bolsillo de los gregüescos--; tomad y adiós. Con muchas cuentas como
ésta os ponéis rico.
--Vaya en paz vuesa merced--dijo socarronamente al cocinero mayor.
--¡A palacio!--dijo Montiño á los suyos.
Y se puso en marcha delante de ellos.
CAPÍTULO XXXIX
DE CÓMO QUEVEDO CONOCIÓ PRÁCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRÁN: EL QUE
ESPERA DESESPERA
Cuando don Juan Girón se encontró en la calle con sus dos nuevos amigos,
se apresuró á despedirse de ellos, citándoles para el día siguiente, y
alegando un pretexto tomó á la ventura por la primera calle que encontró
á mano.
El joven estaba aturdido.
No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento.
El hubiera preferido una condición humilde, afanosa, con padres
legítimos, á la riqueza y á la consideración que le daba la
circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate,
á quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Ureña.
Le pesaban en los bolsillos las joyas que había encontrado en el cofre;
sentía sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y
aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban.
Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una época
en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel
tiempo eran otras las costumbres.
Estaban en tal predicamento, en tal valía la nobleza de algunos
apellidos, que honraban á todos los que los llevaban, aunque fuesen
judíos convertidos, apadrinados por algún grande.
Pero don Juan se había criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de
virtud y de dignidad de los que había creído sus parientes, y pensaba de
otro modo.
No le afligía el ser bastardo por sí, sino por su madre.
Por su madre, que por más que abonase por su inculpabilidad el duque,
estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento público de su
hijo.
Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no
era la menor, la de que, á su juicio, su condición social hacía
dificilísimo su casamiento con doña Clara Soldevilla.
Porque á pesar de que la Dorotea le había fascinado, y empeñádole como
una dificultad, la Dorotea sólo llenaba el deseo del joven, mientras
doña Clara interesaba sus sentidos, su razón, su corazón, su vida; en
una palabra, su cuerpo y su alma.
Don Juan sufría de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres:
á la una le arrastraba todo, á la otra su deseo y su caridad.
Su caridad, porque había comprendido que Dorotea le amaba, á pesar del
poco tiempo que había pasado desde su conocimiento, de una manera que no
podía explicarse sino por otro hecho también excepcional: por el amor
violento que el joven había concebido por doña Clara.
Es verdad que don Juan había supuesto de la hermosa menina menos de lo
que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo, ó de hermosura de
alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por
ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se
había enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones
habían sido mezquinas, debía enamorarse todo cuanto su alma era capaz de
amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, moría pensando en
doña Clara, sufría recordando á la Dorotea.
Poema tranquilo y dulce la una; poema sombrío y desgarrador la otra; dos
grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazón, pero puestas en
condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de
mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en
silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos
hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con
lenguaje tentador, elocuente, al joven.
Don Juan, pues, tenía fiebre.
Pero enérgico, valiente, acostumbrado á acometer de frente las
contrariedades vulgares que hasta entonces había experimentado, acometió
de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo
para sí:
--El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto á doña Clara,
será mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea será mi hermana.
Otro hombre hubiera dicho, frotándose las manos de alegría:
--Bastardo ó no, soy hijo de un gran señor, y tengo una gran renta; las
dos célebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una será mi
mujer, la otra será mi querida.
Por el contrario, don Juan, con arreglo á su corazón, sin meditar,
porque no tenía experiencia, que con las mujeres no hay términos medios
posibles, había creído salir del atolladero con una hipótesis que, á
realizarse, satisfacía á su corazón y á su conciencia.
Y más tranquilo ya, se orientó, tomó por punto de partida la calle
Mayor, y sin vacilar ya, se dirigió á la calle Ancha de San Bernardo, y
á la casa de la Dorotea.
Al llegar á la puerta retrocedió.
Un bulto se había enderezado y permanecido inmóvil delante de él.
--¡Quién va!--dijo don Juan poniendo mano á su espada.
--Decid más bien: ¿quién espera, quién se desespera, quién tirita, quién
se remoja, quién está en batalla descomunal con el sueño, esperando á un
trasnochador insufrible? ¡Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos
de la mañana!
--¡Don Francisco!--exclamó admirado el joven--; ¿qué hacéis aquí?
--Esperar para deshacer.
--¿Para deshacer qué?
--Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribió que
viniese á la corte en busca vuestra, no sabía yo el trabajo que habíais
de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos
estoy, sin corazón y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma.
--¡Vos!
--Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin
alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares
y no sabiendo dónde pararse.
--¡Ah, esperábais!
--Sí, señor, y había perdido la esperanza, amigo Montiño.
--No volváis á llamarme Montiño, os lo ruego, don Francisco; ese
apellido me hace daño.
--¡Ah! ¿Ha reventado del secreto vuestro tío?--dijo Quevedo con
intención.
--El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido á parar á mis manos
con un cofre, y en ese cofre...
--Pues me alegro ¡vive Dios! Alégrome de que sepáis... pero, en fin,
¿qué es lo que sabéis?
--Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el
duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre.
--Pero, ¿quién es vuestro padre?
--El excelentísimo señor don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués
de Peñafiel, conde de Ureña, virrey de Nápoles, y capitán general de los
ejércitos de su majestad--dijo con amargura el joven.
--¿Y os pesa de ello, don Juan?--dijo Quevedo cambiando de tono.
--Pésame por mi madre.
--¿Sabéis quién es vuestra madre?
--No; ¿y vos?
--Tampoco--contestó prudentemente Quevedo.
--Pero, ¿sabíais que el señor duque?...
--Sí, por cierto; su excelencia se ha levantado para mí la mitad de la
carátula.
--¿Y qué hacer?
--Decir á voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Téllez
Girón, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra
cosa: recibir esta carta que vos no esperábais.
--¿Acaso una carta de mi padre?
--De persona es esta carta que os alegrará, cuando el duque, por ser
vuestro padre y por pensar como pensáis, os entristece.
--Pero, ¿de quién es?
--Oledlo, y ver si trasciende á hermosura, y á amor, y á gloria para
vos, que, como sois joven, buscáis la gloria en una mujer.
--¡De doña Clara!--exclamó alentando apenas el joven.
--¡Ah, pobre Dorotea!--dijo Quevedo--; su hermosura y su amor, á pesar
de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar á la hermosa menina.
Quisiera que doña Clara oyese, tiene celos.
--¡Celos!
--Como que ama.
--¿Y os ha dado esta carta para mí?
--Mirad á lo que por vos me reduzco.
--¡Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero
agonizo de impaciencia.
--¿Por leer? Pues leamos.
--¿A obscuras? ¡Maldiga Dios la noche!
--Y bendiga los farolillos de las imágenes callejeras; á la vuelta de la
esquina hay uno, á cuya luz, si le han alimentado bien, podréis salir de
ansias.
Don Juan tomó adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que
Quevedo, que no podía ir ligero, se quedó atrás.
--De todas las necesidades que hacen andar más de prisa á un hijo de
Eva--dijo--no conozco otra como la mujer.
Y siguió á paso lento.
Entretanto don Juan había doblado la esquina.
Efectivamente, alumbrando, aunque á media luz, á una virgen de los
Dolores embutida en su nicho, había un farol.
Don Juan tenía una vista excelente, y, gracias á ella, pudo leer lo que
sigue en la carta de doña Clara:
«Os espero, os espero, no podré deciros con cuánta impaciencia; nunca he
ansiado tanto, estoy resuelta á esperaros toda la noche. Venid en cuanto
recibáis ésta á palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco
de Quevedo no pudiera acompañaros como se lo he rogado, llamad al
postigo, dad por seña: el capitán Juan Montiño, y el postigo se abrirá y
una doncella mía os traerá á mi aposento; romped ó quemad esta carta y
venid, venid que os espero ansiosa.--_Doña Clara Soldevilla._»
El joven sintió lo que nosotros no nos atrevemos á describir por temor
de que nuestra descripción sea insuficiente; era aquella una de esas
agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo así, causan una
revolución poderosa en quien las experimenta.
Don Juan vaciló, y para sostenerse apoyó sus manos y su frente en la
repisa de piedra del nicho de la imagen.
Llegó Quevedo, se detuvo y contempló profundamente al joven.
--¡Si las tormentas no se calmarán al fin...!--dijo--. ¡Como su padre!
¡son mucho, mucho hombres estos Girones! ¡ó muy poco! ¿quién sabe? Y
hace frío y llueve. ¡Don Juan!
El joven se levantó de sobre la repisa aturdido.
--Paréceme que os esperan, y que os espera alguna persona á quien no
debéis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas.
--Vamos--dijo el joven.
Y tiró adelante.
--No es por ahí--dijo Quevedo.
--Pues guiadme vos.
--Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa.
Y Quevedo se asió al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque
el joven estaba más para pensar que para hablar, y Quevedo más que para
andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alcázar.
Don Francisco se fué derecho, como quien tanto conocía el alcázar, al
postigo de los Infantes y llamó.
Al primer llamamiento nadie contestó.
--¿Qué es esto?--dijo don Juan--, ¿nos habremos equivocado de puerta ó
se habrá arrepentido doña Clara?
--No; sino que aquí también hace sueño, ¡ya se ve! ¡es tan tarde!
Y Quevedo bostezó y llamó por segunda vez.
--¿Quién llama?--dijo tras el postigo una soñolienta voz de mujer.
--¿No os lo dije? dormían--contestó Quevedo--; ¿pero qué hacéis que no
contestáis?
--¿Quién es?--dijo la voz de adentro más despierta.
--El capitán Juan Montiño--contestó don Juan.
Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abrió á medias.
--Entrad--dijo la mujer.
Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvió á cerrarse.
--Esperad--dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo--; aún queda
uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegraría.
--¿Sois don Francisco de Quevedo y Villegas?
--Créolo así.
--Entrad, pues, y en entrando oíd lo que habéis de hacer--dijo la joven,
que joven era á juzgar por la voz la que hablaba, y cerró la puerta
quedando los tres en un espacio obscuro.
--¿Os han dado algún mandato para mí?--dijo Quevedo.
--Mi señora me ha dicho que su majestad os está esperando, que vayáis á
su cuarto y os hagáis anunciar por la servidumbre.
--De las dos majestades, ¿cuál me espera?
--Su majestad el rey.
--¡Ah! pues corro--dijo Quevedo permitiéndose una licenciosa suposición
de ligereza.
--¿Sabéis el camino?
--Aprendíle ha rato.
--Pues id con Dios.
--Guárdeos él y á vos, amigo don Juan.
--¡Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar.
--No digáis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra
guía y equivocar el camino. Tengo para mí que os deben llevar por la
derecha.
--Y vos debéis iros por la izquierda--dijo la mujer.
--Bien me lo sé.
--Adiós.
--Adiós.
Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba.
--¿Dónde estáis, caballero?--dijo la joven que había abierto el postigo.
--Junto á vos, á lo que parece--contestó don Juan.
--Dadme la mano que os guíe.
Diósela el joven, y por su tacto, ni áspero ni suave, comprendió que se
trataba de una medio criada, medio doncella.
Llevóle ésta por unas escaleras, luego por una galería, y al fin se
detuvo, sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, se vió al
fondo de su habitación el reflejo de la luz que alumbraba á otra, y la
sirviente dijo al joven:
--Pasad, en su cámara encontraréis á mi señora.
Adelantó temblando el mancebo, combatido por la duda y por la
impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos próximos á tocar un
objeto ansiado, y entró en la habitación de donde salía el reflejo de la
luz.
CAPÍTULO XL.
DE CÓMO EL NOBLE BASTARDO SE CREYÓ PRESA DE UN SUEÑO
De pie, inmóvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trémula, con
la mirada vaga, estaba doña Clara, alumbrada de lleno por la luz de un
velón de cuatro mecheros.
Don Juan no pasó de la puerta.
Al verla se quedó tan inmóvil como ella.
Durante algún tiempo ninguno de los jóvenes pronunció una sola palabra.
Doña Clara miraba de una manera singular á don Juan.
Don Juan estaba mudo de admiración, dominado por la magia que se
desprendía de doña Clara y con la vista fija en ella.
Estaba maravillosamente vestida.
Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y
cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las
formas, lo arrogante de la actitud, que constituían el ser de doña
Clara, en un indefinible conjunto de distinción y de hermosura.
Estaba hechiceramente peinada, ceñía su cabeza una corona de flores de
oro esmaltadas de blanco, y de esta corona pendía un velo de gasa de
plata y seda.
Inútil es decir que á este bello traje, servían de complemento bellas y
ricas alhajas. No podía darse nada más hermoso, más completamente
hermoso.
--Acercáos--dijo con acento dulce doña Clara.
--¿Para qué me habéis llamado?--exclamó el joven con afán acercándose.
--Decidme primero lo que habéis pensado de mí al leer la carta que os he
enviado con don Francisco.
--He creído... no he creído nada, porque vuestra carta me ha aturdido.
¿No le veis, señora? ¿No conocéis que estoy muriendo?
--Domináos, reflexionad y decídmelo: ¿qué pensáis de esta extraña cita?
--Pienso, señora, que sabéis bien que mi vida es vuestra, y no sólo mi
vida, sino mi alma, y que si me habéis llamado, es á causa sin duda de
hallaros en un grande compromiso.
--Tenéis razón: en un compromiso harto grave. Me caso.
--¡Que os casáis!
--Sí por cierto, y voy á mostraros la causa por qué me caso.
Don Juan no contestó, porque se le había echado un nudo á la garganta.