--Os encontráis en unas circunstancias gravísimas. Lo que voy á deciros,

debéis olvidarlo; debéis olvidar que os habla el inquisidor general.

--¡Dios mío!--exclamó la joven poniéndose de pie, pálida y aterrada.

--Nada temáis; el inquisidor general, tratándose de vos, y por ahora, ni

ve, ni oye, ni siente; más claro: en estos momentos no soy para vos más

que el hermano adoptivo de vuestra madre.

--¡Dios mío!--repitió Dorotea juntando las manos.

--Yo amé mucho á vuestra madre... no he podido olvidarla aún... la robó

un infame de la casa de sus padres... yo fuí el último de la familia que

escuchó su voz... Después... no la he vuelto á ver... pero la estoy

viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta.

--Creo que me parezco tanto á mi madre en la figura como en la suerte.

--De vuestra suerte nos importa hablar. Estáis acusada á la Inquisición.

--¡Acusada á la Inquisición!--exclamó el tío Manolillo poniéndose

delante de la joven como para defenderla--; ¡acusada á la Inquisición!

¿y por qué?

El padre Aliaga no quiso comprometer á doña Clara Soldevilla, arrojar

sobre su cabeza el odio del bufón, y contestó:

--Por las inteligencias con un hombre, en el cual, según me he

informado, está puesto y siempre vigilante el ojo del Santo Oficio: con

un tal Gabriel Cornejo...

--¡Con ese miserable!--exclamó el bufón--; ¿tienes tú conocimiento con

ese miserable, Dorotea?

--Sí--contestó la joven--; le he buscado... porque creía amar á un

hombre... desconfiaba de él... necesitaba un bebedizo... pero yo soy

cristiana, señor, yo creo en Dios, yo le adoro--exclamó llorando la

Dorotea.

--Os he asegurado que nada tenéis que temer--dijo el padre Aliaga--;

pero es necesario que cambiéis de vida; que dejéis el teatro, y no sólo

el teatro, sino el mundo.

--El teatro, sí--dijo la Dorotea--; sin que vos me lo aconsejárais

estaba resuelta á ello... pero el mundo... el mundo no; en el mundo...

fuera del claustro está mi felicidad; está él, y él me ama...

--Ese caballero no puede ser vuestro esposo; ese caballero no puede

amaros.

--¡Ah! ¡le conocéis...! ¡os ha enviado él...! ¡ama á la otra...! ¡ama á

doña Clara...! ¡y se casará con ella...! ¡oh! ¡no! ¡no se casará! ¡será

necesario para ello que me haga pedazos la Inquisición!

--¡Oh, Dios mío!--exclamó á su vez el padre Aliaga.

--¿Pero qué te ha dado ese hombre?--exclamó con irritación el tío

Manolillo--; ¿qué te ha dado que te ha vuelto loca?

--Me ha dado la vida y el alma, porque yo no sabía lo que era vivir, lo

que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le

he oído.

--¡Y con esa vehemencia tuya le habrás hecho tu amante!--dijo el bufón.

--No... no... y mil veces no; para él no soy una mujer perdida.

--¿Pero qué felicidad podéis encontrar, hija mía, en unos amores

ilícitos?--dijo el padre Aliaga--; ¿por qué ligar á vos á un joven noble

y digno...? ¿por qué dar ocasión á que mañana se avergüence...?

--Me estáis desgarrando el corazón--exclamó con una angustia infinita la

Dorotea--; me estáis repitiendo lo que me dice mi conciencia.

El rostro del bufón, mientras dijo la joven estas palabras, se había ido

poniendo sucesivamente y con suma rapidez, pálido, verde, lívido.

--Es verdad--dijo con la voz opaca y convulsiva--; decid á una pobre

niña abandonada de todo el mundo: sé fuerte, renuncia al amor, que es tu

vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre

honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega,

cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas á

vivir; no, Dorotea, no; tú vivirás; porque Dios quiere que vivas; tú

amas á ese hombre; ese hombre será para ti... ó para nadie... y cuenta

con que el Santo Oficio se ponga frente á frente del bufón.

--¡Manuel! ¡estáis loco!--exclamó el padre Aliaga.

--No, no estoy loco; pero todos los que tienen algún poder abusan de él;

no en balde he pasado cincuenta años en este alcázar; nací en un desván

de él, y el alcázar me conoce y me confía sus secretos; yo soy también

poderoso, yo puedo decir al rey... sí... sí por cierto... yo puedo

decirle: hay un hombre... un señor grave... que parece un santo... y

oye, Felipe: ese hombre tiene el corazón como yo... y como el otro... y

como el de más allá... es un embustero con máscara... es una virtud de

comedia... es mentira... ese hombre ama á tu Margarita... observa,

observa á ese hombre cuando esté delante de tu esposa... ese hombre no

vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un

amor dos veces adúltero, por un amor sacrílego.

--¡Ese hombre que dice el tío Manolillo, sois vos!--dijo la Dorotea,

pálida, sombría, señalando con un dedo inflexible la frente del

religioso.

--Yo... ¡Dios mío! ¡yo, que amo á su majestad!

--Y si ocultáis vuestro amor, si le devoráis... porque al fin ella es

una mujer casada, y vos sois un fraile; si tenéis la virtud de sufrir en

silencio vuestro infierno; si sabéis cuánto ofendéis á Dios, porque os

está prohibido amar á otro que á Dios y amáis á vuestra reina... si

sabéis que puede llegar un día en que blasfeméis, y en que la blasfemia

os condene... ¿por qué queréis que una mujer libre engañe á Dios y se

encierre en un claustro, y dentro de él sufra un infierno de amor, y

blasfeme, y se condene también? Yo... puedo servirle, amarle con toda mi

alma sin ofender al mundo, porque no soy casada; sin ofender á Dios,

porque no soy esposa de Dios. Y haced de mí lo que queráis: prendedme,

matadme, llevadme á la hoguera... Dios sabe que no le he ofendido, que

le adoro, que creo en Él. Dios dará su gloria á quien ha sufrido tres

veces el martirio.

--La Inquisición no te tocará, no te acusará á ti. ¿No es verdad, padre,

que la Inquisición no se atreverá á ella?

Las últimas palabras del tío Manolillo eran un rugido amenazador.

--¡Dejadme!--exclamó el padre Aliaga--¡dejadme, y que Dios tenga piedad

de los tres!

Y salió desalentado.

--Esperad, voy á alumbraros y á guiaros, fray Luis; ¡bah! eso pasará,

nos entenderemos y seremos los más grandes amigos del mundo. ¡Ah, ah! tú

te quedas aquí, hija mía. No llores, que no hay para qué. Vamos, padre

Aliaga.

El bufón salió y cerró la puerta exterior.

Después de cerrarla se detuvo.

--Juraría--dijo--que al llegar á la puerta por la parte de adentro, he

sentido pasos silenciosos, pero precipitados, que se alejaban. No

importa, yo volveré y veremos lo que esto significa. Dadme la mano para

que os guíe, fray Luis.

El padre Aliaga dió á tientas la mano al bufón.

--Estáis muriendo, padre; vuestra mano está fría como la de un

muerto--dijo el bufón al sentir el contacto de aquella mano.

El padre Aliaga no contestó.

El bufón le llevó por donde le había traído.

Al llegar á la galería de los Infantes, le soltó.

--Desde aquí--dijo--sabéis salir del alcázar. Pero una palabra antes de

que nos separemos: tened compasión de ella, tened compasión de vos

mismo, tenedla, por Dios, de mí.

El padre Aliaga se alejó en silencio y con la cabeza baja.

--Acaso he sido imprudente--dijo el bufón estremeciéndose--, acaso he

sido injusto; ¡Dios mío! cuando se trata de ella me vuelvo loco.

El tío Manolillo volvió á tomar en silencio el camino de su mechinal.

Antes de llegar á su puerta se detuvo.

--Es necesario que yo vea--dijo--qué gentes andan por aquí esta noche.

Y abrió la puerta, entró, encendió una lámpara y salió á los corredores

sin hablar con Dorotea, que estaba replegada y llorando en un rincón.

El tío Manolillo recorrió y examinó minuciosamente la parte alta de

aquel departamento.

A nadie encontró por más que registró todos los escondrijos.

--Vamos--dijo--, sería el viento.

Y siguió adelante hacia su vivienda.

Al pasar por delante de la puerta del cuarto del cocinero mayor, se

detuvo; había oído la voz de Francisco Martínez Montiño, que decía:

--Aseguradle bien, que pesa mucho, hijos, y tapadle de modo que no se

conozca que es un cofre; vosotros dos no os separéis de mí; las manos en

las espadas, y que se conozca, si llega el caso, que sois un par de

buenos mozos de la guardia española.

--Descuide vuesa merced, señor Francisco--dijo una voz franca y

ligera--, que aunque vengan muchos y buenos, vive Dios que no nos han de

robar.

A seguida el bufón oyó el ruido de una llave en la cerradura, y apagó la

luz y se retiró precipitadamente al hueco de una puerta inmediata y se

embebió en él cuanto pudo y escuchó con profunda atención.

Se abrió la puerta y salió el cocinero; tras él, dos hombres que

conducían, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego

dos soldados de la guardia española, á juzgar por sus armas y por sus

coletos rojos.

El cocinero mayor volvió á cerrar la puerta.

Él y los cuatro hombres se alejaron.

Iba á seguirlos el bufón, cuando sintió pasos tras sí á muy poca

distancia.

Embebióse más en la puerta, y desenvainó su puñal.

--Cosme, hijo, síguelos--dijo una voz muy conocida del tío Manolillo--;

yo me quedo aquí; abajo en la plaza están los otros; quitadle lo que

lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los

coletos encarnados.

Alejáronse los pasos, y se perdió la voz á lo largo de los estrechos

corredores.

--¡El sargento mayor don Juan de Guzmán!--dijo el tío Manolillo--. Van

por la crujía larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera;

para algo estaban aquí estos bribones; no me había yo engañado; pues

bien: veamos qué es esto... pero ¿y Dorotea?... no importa... yo

volveré.

Y luego se oyeron los rápidos pasos del bufón.

Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado á

pasar por la puerta de su aposento.

Y entonces hubiera tropezado con un bulto que estaba colocado delante de

él.

Aquel bulto era el sargento mayor.

Escuchaba.

--Está sola y llora--dijo--; ¿dónde estará el bufón?

Y volvió á escuchar.

--Tengo conmigo una llave maestra: puedo abrir; cierto es también que el

tío Manolillo puede volver; no sé por qué me causa miedo ese hombre;

pero bien, necesariamente ha de hacer ruido en la cerradura... y puedo

muy bien escapar por la ventana, ganarle tiempo y perderme. Me importaba

ver á Luisa; pero después de lo que he oído, me interesa más verla á

ella. Ea, adelante.

Sonó un hierro en la cerradura, que resistió un momento; luego se sintió

correrse el fiador.

La puerta se abrió.

Cerróla de nuevo el sargento mayor, y entró en el aposento donde se

encontraba Dorotea.

CAPÍTULO XXXVII

DE CÓMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MÁS LOS SUCESOS

La joven permanecía aún inmóvil en el lugar donde la había dejado el tío

Manolillo, y continuaba llorando.

--¿Quién había de decirme--murmuró roncamente el sargento mayor--, la

noche en que no sé quién me quitó esta muchacha recién nacida, que había

de llegar un momento en que nos sirviese de mucho?

Siguió Guzmán contemplando por algún tiempo y de una manera profunda á

la joven, y al cabo dijo:

--Bien empleado os está lo que sufrís; ¿quién os manda fiaros del

primero que llega?

Levantó la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con

desprecio:

--¿Quién os ha llamado? Idos.

--No necesita que le llaméis quien os sigue ansioso todo el día,

deseando encontraros sola. ¡Pero ya se ve! no sólo no habéis estado

sola, sino que habéis servido de estorbo.

Una vaga sospecha pasó por el pensamiento de la Dorotea.

--¿Y para qué he podido yo serviros de estorbo?

--Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan

hacerla.

--¿Y cómo he podido yo estorbar?...

--Desde esta mañana hasta que vinísteis á palacio, no os habéis

descosido del ajusticiado.

--¡Ah! ¿se trata?...

--Del señor Juan Montiño; y en matarle, no sólo se venga á don Rodrigo

Calderón, sino también á vos.

--Explicadme cómo se me venga matando á ese caballero.

--Ese caballero se ha burlado de vos.

--¿De mi?

--Sí por cierto: cuando os enamoró estaba ya enamorado.

--¿De quién?--exclamó todo afán Dorotea.

--De una dama muy hermosa, con quien anduvo anoche vuestro burlador por

las calles de Madrid y á quien prometió entregarle las cartas que tenía

de la reina don Rodrigo.

--¿El nombre de esa dama?

--No hace mucho que se pronunció en este mismo aposento: os escuchaba...

desde esa ventana; os oía á vos, al padre Aliaga, al tío Manolillo.

--¿Doña Clara?

--Eso es... doña Clara Soldevilla.

--¿Pero es cierto que él la ama?

--Podréis juzgar de ello dentro de poco.

--¡Cómo! ¿vos podéis procurarme?...

--Para que no os extrañe lo que voy á deciros, es bueno que sepáis que

yo conozco mucha gente en palacio; que parte por este conocimiento y

parte por mi dinero, me sirven bien. Entro, pues, en palacio, cuando

quiero, y ando á caza de secretos... por las galerías... que algunos se

cogen en ellas de noche. Fuí á ver esta mañana á don Rodrigo, y bueno

será que lo sepáis... le encontré muy malo con un dagazo en los pechos,

lo que debéis sentir mucho; porque, en fin, aunque vos le hayáis dejado

por otro, cuando tan mal parado le veis, don Rodrigo os quiere bien.

Díjome el nombre de quien le había herido, que le había quitado las

cartas de la reina, y que era menester seguirle, y estar al cuidado de

si entraba ó salía en palacio. Pero como don Rodrigo no le conocía, no

pudo darme las señas, sin las cuales me hubiera costado maña y trabajo

averiguar. Pero afortunadamente le encontré en vuestra casa y vos me le

dísteis á conocer. Se os ha seguido, se sabe dónde ha ido ese hidalgo...

lo que ha hecho...

--Tenía un duelo concertado...

--Hace como una hora ha salido bien del duelo. En cuanto á mí, tengo

seguridad de que esta noche vendrá á palacio, y á la salida... cuando

salga solo...

--¿Y qué seguridad tenéis de que ese caballero vendrá á palacio?

--Desde el obscurecer estábamos en palacio cuatro de los míos y yo; dos

fuera en acecho; dos en el patio hasta que se cerraron las puertas, y

yo en el interior. Vagaba yo por las galerías, y sin saber cómo no podía

separarme de la habitación de doña Clara Soldevilla, cuando he aquí que

un hombre llama y le abren. A la luz de quien le había abierto, reconocí

á don Francisco de Quevedo, y como don Francisco de Quevedo es muy amigo

del señor Juan Montiño, me dije: esperemos; por algo viene aquí don

Francisco, que no acostumbra á perder el tiempo. Salió don Francisco y

yo le seguí. Don Francisco se fué derecho á vuestra casa y llamó.

Abriéronle y preguntó por vos. Dijéronle que habíais salido. Cerróse la

puerta, y don Francisco se sentó en el dintel. Indudablemente, don

Francisco había salido del cuarto de doña Clara Soldevilla en busca de

Juan Montiño.

--¿Y decís que él vendrá?

--Ha concluído ya su lance con don Bernardino, según me han dicho, y no

debe tardar en ir á vuestra casa... porque también sé que vive en

vuestra casa; tropezará con don Francisco, que le está esperando, y

vendrá. Entrará, sí, pero Dios le asista á la salida...

--¿Y si no sale?

--Esperaremos á otro día para vengaros á vos, para vengar á don Rodrigo.

--Si veo entrar en el aposento de doña Clara esta noche á ese caballero,

contad conmigo.

--Le veréis, os lo aseguro... pero es necesario que me sigáis.

--Al fin del mundo os seguiré.

--Pues venid.

--Juradme que esto no es un lazo que me tendéis.

--¿No os tengo aquí sola?

--Es verdad.

--Además, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habéis abierto la

herida y vos la cerraréis. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre

sin que le veamos.

--¿Y le podré ver sin ser vista?

--En esta parte, decuidad.

Dorotea se levantó, se arregló el manto y siguió á Guzmán.

Este abrió de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de

cerrarla, llevó á obscuras á la Dorotea á la galería, á donde daba la

puerta del aposento de doña Clara.

--Aquí es--dijo el sargento mayor.

--¿Y la puerta por donde ha de entrar?

--Esta.

--No se oye nada.

--Esperan, sin duda.

--¡Oh! ¿y por qué no llamar? ¿por qué no entrar?

--Pero ¿estáis loca?

--Tenéis razón... no sé lo que pienso ni lo que digo.

--Venid; frente á esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos

bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea.

Guzmán y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras

donde la noche antes había ocultado Quevedo á la condesa de Lemos, para

que no la vieran los tudescos.

CAPÍTULO XXXVIII

DE LO QUE VIÓ Y DE LO QUE NO VIÓ EL TÍO MANOLILLO, SIGUIENDO Á LOS QUE

SEGUÍAN AL COCINERO MAYOR

Muy pronto el bufón del rey se convenció de que su papel estaba

reducido, en la aventura que corría, al de un simple testigo.

Seis hombres, á la larga separados y con gran recato, seguían al

cocinero mayor, á los dos hombres que conducían el pesado bulto, y á los

dos soldados de la guardia española que le escoltaban.

El tío Manolillo, de todos aquellos hombres que seguía, sólo veía al

último, y aun á larga distancia, para no ser reconocido.

Favorecíale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la

lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles.

Porque entonces no había serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que

los reemplazase, á excepción de las rondas de los alcaldes, que en

atención á lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo

Madrid para un remedio.

El hombre á quien, como al extremo de una cola, seguía el bufón,

recorrió parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atravesó la

Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torció hacia

Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo: á la luz del farol de una

imagen puesta en una esquina, le vió el bufón desnudar la espada y

partir luego á la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un

momento antes habían sonado voces de ¡ladrones! y poco después ruido de

espadas.

El bufón desnudó su puñal y corrió también, pero cuando llegaba á la

Cava Baja se encontró con que el ruido de las cuchilladas había cesado,

y en su lugar se escuchaban á un tiempo grandes carcajadas y la voz

trémula, turbada, del cocinero mayor, que decía:

--¡Ah, señor! ¡señor! ¡me habéis salvado y os habéis salvado á vos

mismo!

--¿Qué dice ese imbécil?--exclamó el bufón--; indudablemente los buenos

mozos del señor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero

escuchemos.

--¿Qué habláis de señor, mi querido tío?--dijo Juan Montiño riendo--; el

miedo os ha turbado la vista, y no me conocéis.

--Sí; sí, señor, os conozco, os conozco demasiado--, dijo Francisco

Montiño--; pero veamos de ir á cualquier parte, donde yo pueda

recobrarme y revelaros un secreto.

--¡Ta! ¡ta! ¡ta!--dijo el bufón, mientras Juan Montiño, el alférez

Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducían el bulto

y los dos soldados de la guardia española, entraban en la hostería de

donde habían salido los tres jóvenes--; mucho será que el misterio de

ese nacimiento no se aclare esta noche para el señor don Juan Girón y

Velasco. ¡Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quién

es, puede suceder que la desprecie. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡hay

criaturas que nacen maldecidas!

Y el bufón guardó silencio, adelantó á lo largo de la obscura y desierta

calle, se detuvo delante de la hostería, se acurrucó en el vano de una

puerta y frente á ella esperó.

Dentro de la hostería, en el primer aposento, en la sala común, sentados

á una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos

lacayos de la casa real, á juzgar por su librea, y los dos soldados de

la guardia española.

--¿Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendición, y que

tengo los brazos dormidos?--dijo un lacayo al otro.

--Debe estar lleno de oro para pesar tanto--contestó el otro lacayo.

--Indudablemente--dijo un soldado--, mucho debía valer cuando querían

aliviaros del peso.

--Y á no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostería--dijo el

otro soldado--, no sé lo que hubiera sucedido; yo creo que eran más de

veinte los que nos acometían.

--No eran sino seis--dijo el otro soldado--; el miedo te ha hecho la

vista de aumento, Dieguillo.

--¡Qué miedo ni qué berenjenas!--dijo el otro picado--; consistirá en

que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver

estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo dió, me raja

como una zanahoria, y me ha levantado un chichón--, dijo el soldado

quitándose el sombrero y tentándose la parte superior de la cabeza.

--Pues no--repuso el otro soldado--; el hidalgo á quien después del

lance llamaba señor el señor Francisco Montiño, es un hombre de

provecho; no tiraba más que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba

delante que era una alegría verlo. Y él llamó su tío al señor Francisco;

¿qué será eso?

--Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene, á cenar y á

beber, á ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del

cintarazo--dijo el otro soldado.

--Vamos, buenos mozos--dijo uno de la hostería que traía sobre las dos

manos una enorme cazuela--; aquí tenéis tres conejos en vinagrillo con

sus correspondientes cabezas, y voy á traeros, según orden superior,

ocho botellas de vino que hace seis años que está á obscuras.

--¿Con vinagre son los conejos?--dijo un soldado--, pues gracias á que

nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del

vinagre no entre en parte con el vino.

Tinto de Valdepeñas voy á traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno

el papa.

--Tienes razón, porque el papa lo bebe de otra parte.

Pero pasemos adelante.

En una habitación del piso alto estaban el alférez Saltillo y Velludo.

Inesilla les servía.

El alférez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los

ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que

otro guiño y una que otra frase que la joven recibía sonriéndose.

--¿Y qué decís de esto?--dijo entre un bocado, un guiño y una galantería

soldadesca á la muchacha el alférez.

--¿De qué queréis que diga?--contestó Velludo--; ¿de esta buena moza, de

estas perdices, ó de vos?

--No por cierto; de lo que acaba de suceder.

--Ello dirá.

--Por lo pronto--exclamó el alférez--, ha acabado de maravillarme

nuestro nuevo amigo, ¿sabéis que hace cosas que no las creyera si no las

viese? ¡Ira de Dios y qué modo de tener la punta de la espada en todas

partes, y de tener siempre las paradas donde hacía falta! ¡y cortas,

vive Dios! ¡paradas de valiente!

--Es mucho mozo.

--Pero esta chica es mejor moza.

--¡Ah! ¡os gusta á vos también, señor Velludo! Muchacha, trae dados.

La joven salió y volvió con un cajoncillo en que había dos dados y un

cubilete, los puso sobre la mesa y esperó con una inquietud de cierto

género.

Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos.

--¡Jugarme! ¿y quién os ha dicho que yo quiero que me juguéis?

--Vamos, pues tú puedes evitar que lo echemos á la suerte--dijo el

alférez--; ¿cuál de nosotros dos te gusta más?

--Ninguno--dijo la muchacha.

--¡Ah! pues entonces jugaremos.

--¿Y qué vamos á jugar?

--El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se

ablande.

--Vaya, vuesas mercedes están muy divertidos--dijo la muchacha

poniéndose encendida como una amapola.

--¡Ah!--dijo el alférez--, ¿todavía tienes vergüenza? cosa rara estando

sirviendo en esta casa y siendo tan bonita.

--¿Quieren vuesas mercedes algo más que les sirva?

--Nada más.

--Pues que Dios guarde á vuesas mercedes.

Y la muchacha salió.

--Amigo Velludo, no juguemos--dijo el alférez.

--¿Por qué?

--Esta muchacha es honrada y quería bendiciones.

--Bendígala Dios, y paso.

--Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos.

Y se pusieron á charlar y á aventurar deducciones.

En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado también, en un

lugar en donde de nadie podían ser oídos, estaban mano á mano, sentados

en una mesa, Juan Montiño y su supuesto tío.

--Sobre aquella mesa, en vez de manjares, había un cofre de hierro, como

de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho.

A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo

á hilo.

Estaba jadeante, pálido, desencajados los ojos, tembloroso.

Juan le miraba con sumo interés; más que con interés, con cuidado.

Temía que Montiño se hubiese vuelto loco.

--¿Pero qué os sucede, tío?

--En primer lugar--dijo el cocinero mayor--, no me llaméis tío: yo no lo

puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la

resistencia á fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco más. Yo no

soy vuestro tío.

--¿Qué estáis diciendo?

--La verdad.

--Pues si no sois mi tío, no sois hermano de mi padre.

--Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: ¡oh! ¡si lo fuese!

--Pero entonces vos no sois Montiño.

--Al contrario, vos sois el que no lo sois.

--¿Yo?

--Vos; vuestro padre es algo más ilustre: ¿qué digo? vuestro padre es,

después del rey, el más grande de España.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 34 / 66 段