--¡Dios mío! Es que á mí nunca se me ha ocurrido ni podía ocurrírseme...

de ningún modo... regalar cabellos míos, como no fuese á mi marido.

--Es que tú te casarás, y será tu marido el hombre á quien vas á regalar

este rizo.

--Permítame vuestra majestad--dijo con seriedad doña Clara--; vuestra

majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo

no haré eso.

--Hagamos, hagamos primero ese rizo--dijo la reina--; tú le guardarás y

no se usará de él si tú no quieres. Pero hagámosle.

Doña Clara ató aquel magnífico ramal de cabellos, haciendo con él una

ancha sortija, y la presentó á la reina.

--Bien--dijo Margarita de Austria--; ahora sujétale con este lazo.

Doña Clara obedeció.

He aquí una verdadera joya--dijo la reina--. Ahora, siéntate y escucha,

y recógete el cabello entre tanto.

Doña Clara se sentó.

La reina, con voz trémula, la contó punto por punto lo que la había

acontecido con el rey.

Cuando la reina concluyó guardó silencio, y no pronunció ni una disculpa

ni una súplica.

Doña Clara, que se había trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos,

permaneció largo tiempo en silencio.

La reina estaba llena de ansiedad.

--Me casaré con ese hombre--dijo al fin doña Clara.

--¡Ah! ¡hermana mía!--exclamó la reina arrojándose al cuello de doña

Clara y besándola en la boca.

--Yo le amo...--dijo doña Clara con voz conmovida--, pero no sé si es

digno de mi amor, no sé si él me ama como le amo yo.

--El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecerá el rey,

procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... tú serás feliz.

--¡Dios mío! ¡feliz!... ¡y se ha ido á vivir á casa de una comedianta!

¡y la ha acompañado al teatro y... no me ama... si me amara... no

afrentaría mi amor enamorando á una mujer perdida!

--¿Pero quién te ha dicho eso?

--El bufón del rey.

--¿Qué mujer más hermosa y más pura que tú puede él encontrar?... ¿le

has desesperado acaso, Clara?

--Sí, señora.

--Pues ve ahí la explicación de esos amores indignos con la

comedianta... cuando sepa que tú... quieres ser su esposa...

--Su esposa... lo seré y pronto.

--¡Ah, Clara mía!

--En el estado en que á vuestra majestad para salir de un compromiso

imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicárselo todo; es

necesario que esté prevenido por si el rey ha sospechado é insiste. Es

necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy á

escribirle.

--Pero Clara, ¿tienes tú seguridad de ese hombre?--dijo la reina

asustada por la violenta salida de doña Clara.

--El no abusará ni de mi carta ni de mi cita. Y adiós, señora, adiós,

necesito prepararme.

Y doña Clara salió sin esperar la respuesta de la reina.

--Señora condesa--dijo la joven al pasar por la antecámara, deteniéndose

delante de la de Lemos--, hacedme la merced de que sepa don Francisco de

Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alcázar y en mi

aposento. ¿Me lo prometéis?

--Os lo prometo, amiga mía, y os aseguro que don Francisco os verá.

--Gracias, doña Catalina, gracias y adiós.

--¿Para qué querrá doña Clara á Quevedo?--dijo para sí sumamente

pensativa y contrariada doña Catalina--; pero ¡bah!--añadió--; él me

ama, me ama, y es leal. Esto debe ser parte de ese enredo que no

comprendo. Cuando salga de la audiencia con el rey, pasará precisamente

por la galería. Voy á esperarle; Dios quiera que no se entretenga mucho

con su majestad.

Y doña Catalina salió de la antecámara de la reina, y se metió por una

galería obscura.

CAPÍTULO XXXV

DE CÓMO QUEVEDO, SIN DECIR NADA AL REY, LE HIZO CREER QUE LE HABÍA DICHO

MUCHO

Felipe III atravesó con impaciencia el pasadizo secreto que ponía en

comunicación su cuarto con el de la reina.

Halagaba al rey el hacer alguna cosa por sí propio; tan acostumbrado

estaba á la tutela de Lerma desde muy joven.

El recibir en audiencia reservada, sin conocimiento de su

ministro-duque, á un hombre tan _peligroso_ como Quevedo, parecíale un

acto de verdadera soberanía, una emancipación monstruosa.

Y todo esto lo pensaba la conciencia íntima del rey; esa voz misteriosa

que parece pertenecer al instinto, que nunca nos engaña, y que sería

nuestro mejor guía si oyésemos su voz, en vez de oír la de nuestra

conciencia artificial, producto de nuestra posición, de nuestras

costumbres y de nuestras inclinaciones.

Con arreglo á esto que nosotros llamamos, no sabemos si con demasiado

atrevimiento, conciencia artificial, el rey don Felipe III se había

creído siempre rey, rey en el uso expedito de su soberanía, por más que

su conciencia íntima le dijese: tú eres un instrumento de tu favorito;

tú eres un pretexto; eres un esclavo de tu debilidad, de tu nulidad.

Y esta conciencia íntima era la que hablaba al rey cuando se dirigía del

cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto.

Cuando entró en su dormitorio cerró cuidadosamente la puerta secreta, y

se encaminó con paso majestuoso á su cámara.

Llamó, y mandó que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del

hábito de Santiago, etc., le introdujeran.

En seguida se sentó junto á la mesa, y abrió su libro de devociones.

No tardó mucho un gentilhombre en decir á la puerta de la cámara:

--Señor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago,

señor de la Torre de Juan Abad.

--Y pobre--dijo entrando en la real cámara Quevedo.

Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelantó.

El rey seguía leyendo, como si no hubiera visto á Quevedo.

Este llegó junto al rey, y se arrodilló.

--Sacra, católica, majestad--dijo con voz hueca y vibrante.

Volvió el rey la cabeza, miró con suma majestad á Quevedo, y le presentó

la mano.

Quevedo la besó respetuosamente.

--Alzad, don Francisco--dijo el rey.

Quevedo se puso de pie.

El rey esperaba á que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo é

inmóvil como una estatua, pero con la mirada fría y fija en el rey.

El rey se sentía mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras.

--¿En qué pensáis, don Francisco?--dijo el rey por decir algo.

--Estoy contemplando á la monarquía, señor--contestó Quevedo--;

contemplando en vuestra majestad á la gran monarquía española en

ropilla.

Frunció el rey el entrecejo.

--¿Y era todo eso lo que teníais que decirme con tanto empeño?

--Sí, señor.

--Pues si ya me lo habéis dicho, idos--dijo un tanto contrariado el rey.

--Si vuestra majestad me lo permite, le diré más.

--Decid.

--Digo, que me espanta el que pueda decir á vuestra majestad algo.

--¡Ah!--dijo el rey--¿y por qué os espanta eso?

--Porque á la verdad, hablo con vuestra majestad por compromiso.

--¡Oh!--repitió el rey.

--Y espántame que yo me vea comprometido á hablar con vuestra

majestad...

--Explicáos...

--He estado preso en San Marcos.

--¡Ah! ¿habéis estado preso?

--Sí, señor.

--¿Qué delito cometísteis?

--El ser ciego y no andar con palo; me dí con una esquina en las

narices.

--Dicen que sois hombre de ingenio.

--Eso he oído decir; pero acontéceme, señor, que ahora que estoy

hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve

ingenio me lo han robado.

--Dijéronme que os era urgentísimo hablarme.

--Y tan urgente, señor, que solamente con veros se me ha pasado la

urgencia.

--Pues os digo que no os entiendo.

--No es fácil, porque yo no me entiendo tampoco.

--Paréceme que habéis venido para algo.

--Indudablemente, señor, he venido para irme.

--Pero... ¿por qué habéis venido?

--Por venirme á cuento.

--¿Pero qué cuento es el vuestro?

--Es, señor, un cuento de cuentos.

--Pues empezad.

--Ya he concluído.

--¡Pero si no me habéis contado nada!

--Si vuestra majestad quiere contaré las palabras.

--¡Don Francisco!--exclamó con irritación el rey.

--¡Señor!--contestó Quevedo inclinándose profundamente.

--¿No tenéis nada de qué quejaros?

--Quéjome de mi fortuna.

--¿Ni nada tenéis que pedir?

--Sí, por cierto, señor; todos los días pido á Dios paciencia.

El rey se calló y abrió de nuevo su devocionario.

Quevedo permaneció inmóvil con el sombrero echado al costado derecho y

la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada.

Esta situación duró algún tiempo.

--Permita Dios que se duerma--dijo Quevedo para sí--, no sé ya qué decir

á su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni

en muerte, espero verme en tanto apuro. ¡Gran rey el nuestro! por menos

de lo que yo estoy haciendo azotan á otros.

--¡Aún estáis ahí!--dijo el rey levantando del libro los ojos.

--Esperaba, señor, que me mandárais irme.

--Pues idos enhoramala--dijo el rey, y volvió á su lectura.

--Aún es pronto--dijo Quevedo--; todo se reduce á que este imbécil se

acuerde de que es rey y me encierre. Espérome.

Pasó otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmóvil

delante de él.

Había bien pasado una hora desde que el rey recibió á Quevedo.

Levantó otra vez los ojos del libro, y exclamó:

--¡Por San Lorenzo! ¿no os dije que os fuérais?

--Ocurrióseme, señor, pediros que me perdonáseis por haber malgastado el

precioso tiempo de vuestra majestad, y como vuestra majestad había

vuelto á sus devociones...

--Pues antes de que vuelva otra vez, idos... idos... y perdonado y

vuelto á perdonar, con tal de que no se os ocurra en vuestra vida el

volver á pedirme audiencia.

--Beso las reales manos de vuestra majestad--contestó Quevedo, y salió.

--¿Qué habrá querido decirme don Francisco?--dijo el rey cuando se quedó

solo--; indudablemente me ha dicho algo, y algo grave; pero es el caso

que yo no lo he entendido. Estos hombres de ingenio son crueles. ¿Pero

qué habrá querido decirme? quitando lo de la monarquía en ropilla, que

creo que quiere decir que el reino anda medio desnudo, no le he

entendido más. Y de seguro... me ha dicho algo... ¡pero ese algo!...

¡ese algo!...

El rey se quedó hecho un laberinto de confusiones, y creyendo de buena

fe que Quevedo le había dicho grandes cosas, que él no había podido

entender.

Entre tanto Quevedo iba soplándose los dedos por las crujías del

alcázar.

--Bendito mi amor sea--exclamaba--, que me obligó á pedir al tío

Manolillo que me abriese la gatera. Mi deseo por ver descuidada y sola

conmigo mismo á mi doña Catalina, me ha traído á saber el grande apuro

en que se halla la pobre mártir, la infeliz Margarita de Austria.

Enredo, enredo y siempre enredo.

Y el buen _ingenio_ seguía adelante.

--Y ¡vive Dios, que ya sudaba!... no sabía cómo seguir diciendo al rey

palabras y no más que palabras. Si se hubiera tratado de otro marido,

¡bah! la caridad es más difícil á veces de lo que parece. ¡Pero qué

rey... señor! ¡qué rey!

De repente Quevedo se detuvo y escuchó con atención.

Había oído un _siseo_.

El _siseo_ volvió á repetirse.

--De aquella reja sale, y nadie hay presente más que yo. Llámanme, pues:

acudo. ¿Es á mí?

--Sí por cierto--contestó la condesa de Lemos, entreabriendo la reja.

--¡Ah, lucero de mi obscura noche!--exclamó Quevedo--; creo que mi

pensamiento me ha traído por tan buen camino, como que en él había de

encontraros.

--No podíais pasar por otra parte.

--¿Me esperábais?

--Con ansias del corazón.

--No digáis eso, si no queréis verme loco.

--Aunque mucho os amo, que bien lo sabéis, no por vuestro amor son mis

ansias, que de él estoy segura, sino por ella.

--¿Por la ella del enredo?

--Sí; ¿cómo os ha ido con el rey? Me dejásteis temblando.

--Y allá se queda él confuso.

--¿Tanto le habéis dicho?

--Al contrario, no le he dicho nada. Pero decidme, ¿por qué ansiais?

--Porque vayáis á ver al momento á doña Clara de Soldevilla.

--¿A tan hermosa dama me enviáis?

--Vos podéis ir á ella sin que yo os envíe.

--Me estoy bien donde me quedo... ¿Llámame doña Clara?

--Sí.

--Correo soy de seguro.

--Para correo habéis nacido.

--Por mi mala estrella; que los portes pueden ser tales, que de buena

voluntad se perdonen.

--Sois hombre afortunado.

--Decidme, ¿dónde está mi fortuna, ya que habéis dado con ella?

--¿Pues qué, no os amo yo?

--¡Si se muriera uno!

--Dadle por muerto. Pero id, id, don Francisco, que creo que importa más

de lo que pensamos.

--Adiós, pues, señora mía. Con que me digáis dónde vive doña Clara, me

dejo con vos el alma y allá me emboco.

--Más allá de la galería de los Infantes, en aquella galería obscura.

--¿En la de anoche?...

--Sí, frente á aquellas escaleras.

--¡Ah! ¡frente á las escaleras aquellas! no he de perderme con tales

señas. Quedad con dios, señora mía, y tratadme bien el alma, que con vos

se queda.

--¡Ay, que os lleváis la mía! Adiós.

La condesa sacó una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la

besó suspirando.

--Adiós--dijo, y se alejó.

La reja se cerró silenciosamente.

Poco después Quevedo llamaba á la puerta del aposento de doña Clara.

Aquella puerta se abrió al momento.

Encontró á doña Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada

vaga, con todas las señales de una inquietud cruel.

--Vos lo sabéis todo, don Francisco--dijo la joven con anhelo.

--Lo sé, señora, y lo sé tanto, como que aún estoy dudando de ello.

--No os pregunto cómo lo sabéis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza;

me estoy muriendo; sobre mí vienen...

--Las culpas ajenas os premian.

--¿Qué decís?

--¡Si le amáis!

--¡Dios mío! pero... yo hubiera vencido esta afición...

--¿Y á qué vencerla?

--¿Podéis ver esta noche á vuestro amigo?

--¿A Juan?

--Sí--contestó con esfuerzo doña Clara.

--Lo veré, si vos queréis.

--¿Sabéis dónde está?

--Está donde le han arrojado vuestros desdenes.

--¿Y le sacarán de allí mis favores?

--¡Oh! vos, señora, podéis sacar un alma en pena del purgatorio.

--Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad.

--O no os conocéis, ó no me conocéis, señora--dijo gravemente Quevedo.

--No os entiendo, don Francisco.

--Estáis desconfiando de vos misma, y desconfiáis de mí; vos, señora,

sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda

caridad; os sacrificáis por una mártir; dobláis vuestro orgullo de

mujer, exponéis vuestro corazón, arrostráis la cólera de vuestro padre;

Dios os premiará, yo os reverencio y os admiro.

--Me veo obligada á casarme con vuestro amigo por salvar á su majestad

de unas apariencias que podían perderla; cierto es que vuestro amigo me

ha interesado el corazón, no os lo niego, pero le conozco poco; el paso

que voy á dar es decisivo; ¿le conocéis vos, don Francisco? ¿estáis

seguro de que su galanteo con esa comedianta pasará en el momento en que

le abra mi corazón? ¡decidme, por Dios, cuánto pierdo ó cuánto gano en

mi sacrificio!

--Juan es un rey sin corona, doña Clara: para Juan sois sola; Juan es

sólo para vos.

--Explicadme mejor...

--Quiero decir que Juan, tal como Dios ha querido que sea, necesita una

mujer tal como vos. Que vos, tal como Dios os ha formado, necesitáis un

hombre como Juan. Que, en fin, habéis nacido el uno para el otro. Por

eso os habéis amado en el punto en que os habéis visto; por eso Dios ha

querido que sea inevitable vuestro casamiento.

--Pero mi padre...

--Vuestro padre ¡vive Dios! se dará por muy contento con que os caséis

de tal modo, y tales andan las cosas, que más servís para envidiada que

para envidiosa.

--¡Ah, os creo! ¡os creo, porque sois caballero y cristiano, y no me

engañáis! os creo, y creyéndoos soy feliz. Tomad, don Francisco, tomad;

esta carta es para vuestro amigo.

--Ya sabía yo que había de ser correo; pero no importa. Sólo siento una

cosa.

--¡Qué!

--Que acaso no podréis ver á mi amigo tan pronto como quisiérais.

--¿Y por qué?

--Acaso no podáis verle hasta después de la media noche.

--En ese caso se dará orden para que le abran el postigo de los Infantes

á cualquier hora que llegue.

--La señal.

--El capitán Juan Montiño.

--¡El capitán!

--Tengo para él una provisión de capitán de la guardia española.

--¡Ah! ¡pues me pesa! ¡se necesita para que os caséis con él, de la

licencia del rey!

--No paséis pena por eso.

--El rey os ama.

--El rey está ya bien curado.

--¿Y... cuándo pensáis casaros con mi amigo?

--Si él consiente... pronto... muy pronto.

--¿Será cosa de prepararlo para que no le haga mal el susto?

--¡Oh! no, no tanto. Y os agradecería que me hiciéseis un favor.

--¿Cuál?

--¿Me dais vuestra palabra de que me lo concederéis?

--Dóiosla y ciento, mil.

--No digáis una sola palabra de lo que hemos hablado de él á vuestro

amigo.

--Otorgo.

--Y quisiera que...

--Sí; que vaya á cumplir mi oficio cuanto antes.

--No, no es eso; que viniérais con vuestro amigo.

--Vendré; y adiós, señora.

--Adiós.

Quevedo salió pensativo y cabizbajo murmurando:

--¡Pobre Dorotea! ¡ella también le ama con todo su corazón!

Apenas salió Quevedo cuando doña Clara se dirigió al cuarto de la reina

y dijo á la condesa de Lemos:

--Hacedme la merced, señora, de decir á su majestad que quiero hablarla

al momento.

CAPÍTULO XXXVI

DE CÓMO EL PADRE ALIAGA PUSO DE NUEVO SU CORAZÓN Y SU VIRTUD Á PRUEBA

Cuando el confesor del rey salió de la cámara de la reina, al verse en

las galerías del alcázar medio alumbradas, y por consecuencia medio á

obscuras, solo, sin otro testigo que Dios, la entereza del desgraciado

se deshizo; vaciló, y se apoyó en una pared.

Y allí, anonadado, trémulo, lloró... lloró como un niño que se encuentra

huérfano y desesperado en el mundo.

Y lloró en silencio, con ese amargo y desconsolado llanto de la

resignación sin esperanza, muda la lengua y mudo el pensamiento, cadáver

animado que en aquel punto sólo tenía vida para llorar.

Pero esto pasó; pasó rápidamente, y se rehizo, buscó fuerzas en el fondo

de su flaqueza, y las encontró.

--Sigamos hacia nuestro calvario--dijo--, sigamos con valor; apuremos la

copa que Dios nos ofrece, y dominemos este corazón rebelde... que

obedezca á su deber ó muera: que Dios no pueda acusarnos de haber dejado

de combatir un solo momento.

Se irguió, serenó su semblante, y se encaminó al lugar donde le esperaba

el tío Manolillo.

El bufón le salió al encuentro.

--¿Ha venido?--dijo el padre Aliaga.

--He tenido que engañarla; ahora mismo la estoy engañando.

--¡Engañando!

--Sí, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de

lechuzas, que me sirve de habitación hace treinta años.

--¿Y por qué la engañáis?

--Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de

que vería entrar á su amante en el aposento de doña Clara Soldevilla.

--¡Su amante! ¿y quién es su amante?

--El señor capitán don Juan Girón y Velasco.

--¡Ah, ese joven!--exclamó con un acento singular el religioso.

--Aquí hay una escalera--dijo el bufón--, y no hubiera querido traeros

por estos polvorientos escondrijos, pero vos habéis deseado conocerla...

asíos á las faldas de mi ropilla.

Empezaron á subir.

--¿Sabéis--dijo el bufón--que hay esta noche gente sospechosa en

palacio?

--Lo sé, y la Inquisición vigila.

--¿Dónde creéis que estén esas gentes?

--En el patio.

--Algo más adentro; mucho me engaño, si por los altos corredores de mi

vivienda no anda el sargento mayor don Juan de Guzmán...

--¡Ese miserable!

--Y si no le acompaña el galopín Cosme Aldaba. Hame parecido haberlos

oído hablar en voz baja á lo último del corredor.

-¿Y qué pensáis de eso?

--Temo mucho malo.

--¿Contra quién?

--Contra la reina.

--¡Ah!

--No os asustéis, yo estoy alerta.

--Será preciso prender á esos miserables.

--Dejémoslos obrar, no sea que prendiéndolos perdamos el hilo. Por lo

mismo, y porque no puedan veros y conoceros, y alarmarse, os traigo á

obscuras; por la misma razón, ya que estamos cerca de lo alto de las

escaleras, callemos.

Siguió á la advertencia del bufón un profundo silencio.

Sólo se oían sobre los peldaños de piedra los recatados pasos del

religioso y del tío Manolillo.

En lo alto ya de las escaleras, atravesaron silenciosamente un trozo de

corredor, y el bufón se detuvo y llamó quedito á una puerta.

Oyéronse dentro precipitados pasos de mujer, y se descorrió un cerrojo.

La puerta se abrió.

El padre Aliaga sólo pudo ver el bulto confuso de la persona que había

abierto, porque el aposento estaba obscuro; pero oyó una anhelante y

dulce voz de mujer que dijo:

--¿Ha venido ya?

--No, hija mía--dijo el bufón--, y según noticias mías, no vendrá esta

noche. Pero, pasa, pasa al otro aposento, que no es justo que hagamos

estar á obscuras á la grave persona que viene conmigo.

--¿Quién viene con vos, tío?

--El confesor de su majestad el rey.

--¡Ah! ¡El buen padre Aliaga!

--¿Me conocéis?--dijo fray Luis entrando en el mismo aposento en que en

otra ocasión entró Quevedo con el tío Manolillo.

--Os conozco de oídas; delante de mí han hablado mucho de vos el duque

de Lerma y don Rodrigo Calderón.

Al entrar en un espacio iluminado, el padre Aliaga miró con ansia á la

comedianta; al verla, dió un grito.

--¡Ah!--exclamó--; ¡es ella! ¡Margarita!

--Os habéis engañado, señor--dijo la Dorotea--; yo no me llamo

Margarita.

--Es verdad--dijo el padre Aliaga--; vos no os llamáis Margarita, pero

ese mismo nombre tenía una infeliz á quien os parecéis como vos misma

cuando os miráis al espejo. ¡Oh Dios mío, qué semejanza tan

extraordinaria!

--Miren qué casualidad--dijo el bufón--, que tú, hija mía, hayas querido

venir al alcázar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido

venir á mi aposento, y que este santo varón encuentre en ti una absoluta

semejanza con otra persona.

La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga.

--¡No me conocíais! ¡No me habéis visto antes de ahora!--dijo la

Dorotea, que comprendía en la mirada del fraile, fija en ella, algo de

espanto, mucho de anhelo y muchísimo de afecto.

El bufón se anticipó al padre Aliaga.

--No, hija mía, no; este respetable religioso no te conocía ni de

nombre.

--Me estáis engañando--dijo de una manera sumamente seria la Dorotea.

--No, hija mía, no--dijo el padre Aliaga--; pero me extraña ver en el

aposento del tío Manolillo, y á estas horas, una mujer tal como vos.

La Dorotea sacó su labio inferior en un gracioso mohín, que tanto

expresaba fastidio como desdén, por la observación de fray Luis.

--¿Os une algún parentesco con esta joven, Manuel?

--Os diré, fray Luis: sí y no; soy su padre y no lo soy; no lo soy,

porque ni siquiera he conocido á su madre, y lo soy, porque no tiene en

la tierra quien haga para ella oficio de padre más que yo.

--¿Y vos habéis conocido á vuestros padres, hija mía?

--No, señor--dijo la Dorotea--; me he criado en el convento de las

Descalzas Reales; recuerdo que, desde muy niña, iba todos los días á

visitarme el tío Manolillo; yo lo creía mi padre; pero cuando estuve en

estado de conocer mi desdicha, me dijo el tío Manolillo: «Yo no soy tu

padre; te encontré pequeñuela y abandonada...»

--¡Y no te he mentido, vive Dios! En la calle te encontré--dijo el

bufón.

--¡Válgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; ¿pero en qué os ejercitáis,

que baste á costear honradamente esas galas y esas joyas?

--¿Quién habla aquí de honra?--dijo la Dorotea, cuyo semblante se había

nublado completamente--. ¿A qué este engaño? ¿A qué ha subido á este

desván? Demasiado sabéis, padre, que soy comedianta, y menos que

comedianta... una mujer perdida. Bien, no hablemos más de ello... Pero

sepamos... sepamos á qué he venido yo aquí y á qué habéis venido vos.

--¡Oh, Dios mío!--exclamó el padre Aliaga, levantando las manos y el

rostro al cielo, dejando caer instantáneamente el rostro sobre sus

manos.

Pero esto duró un solo momento.

El religioso volvió á levantar su semblante pálido, melancólico y

sereno.

--¡Vos me conocéis!...--exclamó la Dorotea--más que eso... Vos conocéis

á mis padres... ó los habéis conocido... Mi madre se llamaba Margarita.

--Es verdad.

--¿Y dónde está mi madre?--preguntó juntando sus manos y con voz

anhelante Dorotea.

--¡En el cielo!--contestó con voz ronca el bufón.

--¡Ah!--exclamó la Dorotea.

Y dejó caer la cabeza, y guardó por algunos segundos silencio.

Luego dijo con doble anhelo:

--¡Pero mi padre!...

--¡Tu padre!...--dijo el bufón--¿quién sabe lo que ha sido de tu padre?

--Sentáos, hija mía, sentáos y escuchadme--dijo el padre Aliaga.

Dorotea se sentó, y esperó en silencio y con ansiedad á que hablase el

padre Aliaga, que se sentó á su vez en el sillón aquel que en otros

tiempos había servido al padre Chaves para confesar á Felipe II.

--No os habéis equivocado, hija mía--dijo el confesor de Felipe III--;

se os ha traído aquí con engaño... mi carácter de religioso me vedaba

entrar en vuestra casa.

--El engaño, sin embargo, ha sido cruel. Sin él hubiera yo venido...

pero ya está hecho; continuad, señor, continuad; os escucho.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 33 / 66 段