reina--; le ha tenido y debe tenerlo; se ha atrevido á sus reyes y se
atreve; Lerma caerá... caerá... y yo pisaré su soberbia, yo que me he
visto indignamente pisada por él. ¿Y sabéis, sabéis á quién se debe todo
este cambio?...
--¡A Dios!--dijo con una profunda fe el padre Aliaga.
--Sí, indudablemente á Dios; pero Dios, para obrar respecto á nosotros,
se vale de medios naturales. El medio de que Dios se ha valido, ha sido
de ese joven... del sobrino del cocinero del rey.
--Creo que vuestra majestad, en su bondad, abulta los méritos de ese
mancebo--dijo el padre Aliaga, cuya alma había acabado de ennegrecerse.
--Hiriendo á don Rodrigo Calderón, ese joven ha producido todo ese
cambio.
--Lo dudo.
--El duque, al verse solo, privado de la ayuda de Calderón, que es su
pensamiento, no se ha atrevido á seguir en una senda en que Calderón le
ha sostenido... esto lo sospecho yo... puede ser que Calderón, al verse
herido de sumo peligro, haya sentido remordimientos, y haya revelado al
duque lo que se tramaba contra él... y esto es lo más probable, por la
conducta del duque. ¿Sabéis lo que ha dicho su hijo el duque de Uceda al
verse arrojado del cuarto de mi hijo don Felipe á todo el que ha querido
oírle?--Mi señor padre teme que haya quien tire de la cortina, y deje
ver sus tratos con la Liga y sus inteligencias con Inglaterra.--El duque
de Uceda no ha debido decir esto de una manera muy secreta, porque lo ha
sabido su padre, y sin perder tiempo ha propuesto al rey la guerra
contra la Liga, y ha enviado de embajador á Inglaterra á don Baltasar de
Zúñiga. Y no es esto solo; ha desterrado y preso y asustado á los mismos
á quienes ayer llamaba sus amigos, y ha honrado y favorecido á otros á
quienes miraba como enemigos. Sin ir más lejos ¿no os ha nombrado á vos
inquisidor general?
--Lo que me ha hecho tener más cuidado ahora que nunca, señora; cuando
el lobo lame la mano que odia...
--¡Oh! yo os aseguro que el duque de Lerma no tendrá tiempo de revolver
sobre nosotros. El duque de Lerma es hombre muerto.
--¡Ah! ¿hablábais de mi buen don Francisco de Rojas y Sandoval, mi muy
amada esposa, mi respetable confesor?--dijo Felipe III, que había
entrado poco antes en la cámara, y adelantado en silencio.
La reina y el padre Aliaga se levantaron á un tiempo.
--Sentáos, sentáos--dijo el rey--; vos sois mi buena, mi hermosa, mi
amada Margarita--dijo el rey tomando á la reina una mano, y
besándosela--; y vos, padre, sois mi amigo y mi confesor. Ya sabéis
cuánto he defendido yo el que os aparten de mi lado, á pesar de que
Lerma me ha hablado mal de vos. Yo os aprecio mucho, fray Luis; más que
apreciaros, os reverencio. He tenido un placer y una sorpresa cuando
esta mañana el duque de Lerma me ha dado á firmar vuestro nombramiento
de inquisidor general. Como he firmado con sumo gusto el nombramiento de
embajador para don Baltasar de Zúñiga, y el de gentilhombre de mi cámara
para el duque de Uceda; estaban demasiado apoderados del príncipe don
Felipe. Sentáos, sentáos, pues, señora; y vos también, padre Aliaga;
nadie nos ve; yo entro y salgo, merced á ciertos pasadizos, sin que
nadie me vea, y estamos completamente libres de la etiqueta.
Todos se sentaron.
El rey, que era muy sensible al frío, removió el brasero.
--¡Qué invierno tan crudo!--dijo--; aseguran que hay miseria en los
pueblos; ¡pobres gentes!
Y volvió á revolver con delicia el brasero.
--Cuando llegué conspirábais--dijo el rey.
--Es verdad--contestó la reina--; conspirábamos contra Lerma, y es
necesario que vuestra majestad conspire también.
--Yo no necesito conspirar--dijo el rey--; el día que quiera, Lerma
caerá; pero Lerma me sirve bien. Os tenía quejosa, señora, pero el duque
me ha hablado largamente. Le tenía engañado don Rodrigo Calderón.
--¿Y cómo ha sabido el duque que don Rodrigo Calderón le engañaba?
--Le han avisado... no sabe quién... pero tiene pruebas; al conocer su
engaño, Lerma se ha apresurado á repararlo. Debéis, pues, perdonarle;
señora, perdón merece quien confiesa su error, y perdonar también á la
buena duquesa de Gandía, que es una pobre mujer, cuyo único delito es
ser excesivamente afecta al duque... me lisonjeo en creer que empezamos
una nueva era... enviaremos un respetable ejército á Flandes contra la
Liga, arreglaremos nuestros negocios con Inglaterra, y nos haremos
respetar.
El rey repetía palabra por palabra lo que le había dicho Lerma.
La reina y el padre Aliaga callaron, porque sabían que en ciertas
ocasiones era de todo punto inútil, y sobre inútil, perjudicial, el
contrariar á Felipe III.
En aquellos momentos, éste se estaba haciendo la ilusión de que era un
gran rey.
--No sé, no sé qué os he oído hablar de cierto hidalgo á quien decíais
vos, señora, que debíamos mucho: lo oí al abrir la puerta, pero me
pareció sentir pasos en el corredor secreto y me volví... debió ser
ilusión mía, porque los pasos no se repitieron; pero cuando me volví de
nuevo hacia vosotros, ya no hablábais del tal hidalgo.
--Hablábamos de un sobrino del cocinero mayor de vuestra majestad.
--¡Ah! ¿del buen Montiño? ¿y ese mozo, es tan buen cocinero como su tío?
--Sabe á lo menos manejar la espada tan bien como su tío las
cacerolas--, contestó la reina procurando serenarse, porque la había
turbado la imprevista pregunta del rey.
--¡Ah! ¡ah! ¿es buen espada?
--Tan bueno, como que es quien ha herido á don Rodrigo Calderón.
--¿El que ha herido á don Rodrigo?
--Sí por cierto.
--¿Y por qué le ha herido?
--Defendiendo la honra de una mujer.
--¡Ah! ¡ah! y... ¿quién es ella?
--Una dama á quien vuestra majestad y yo apreciamos mucho.
--Pues no... no acierto.
--Doña Clara...
--¡Ah! ¡sí! ¡vuestra menina! quiero decir, vuestra dama de honor...
porque ya recordaréis que hemos convenido en que es ya muy crecida para
menina... la bella y honradísima doña Clara Soldevilla.
--Y además, está ya en buena edad para casarse--dijo la reina.
--Casarse... si bien... es una mujer envidiable... yo sé de muchos que
la han solicitado, que han querido casarse con ella... pero ella no ha
querido á ninguno.
--Yo aseguro á vuestra majestad, que con quien yo querría casarla es muy
del agrado de doña Clara.
--¿Y quién? ¿quién es él?
--El vencedor de don Rodrigo Calderón.
--¡El sobrino de mi cocinero!--exclamó con desprecio el rey--. Esa es
una alianza indigna de doña Clara; mi valiente coronel Ignacio
Soldevilla, tendría mucha razón de enojarse conmigo, si yo introdujera
en sus cuarteles un mandil y un gorro blanco: eso no puede ser... no
será...
--Los reyes ennoblecen--dijo contrariada la reina.
El padre Aliaga acudió en socorro de Margarita de Austria.
--Ese joven--dijo--, no es sobrino del cocinero mayor.
--¿Pero en qué quedamos? ¿qué es ese mancebo?
--El se cree hijo de Jerónimo Martínez Montiño, hermano de Francisco
Martínez Montiño, cocinero de vuestra majestad; pero no es así... es...
hijo de padres muy nobles, como lo reza esta carta--dijo el padre
Aliaga, presentando al rey la tan traída y llevada carta de Pedro
Martínez Montiño á su hermano.
--Leedme, leedme esa carta, padre Aliaga, y veamos esa historia.
El padre Aliaga leyó la carta de la cruz á la fecha.
--Esa carta es una buena historia--dijo el rey--; pero en esa historia
faltan los nombres de los padres; nada hacemos con eso.
--Los padres, señor, son, según dice Francisco Montiño, el duque de
Osuna.
--¡Oh! ¡mi altivo Girón! ¿y ella?
--Ella, según dice el tío Manolillo, es la duquesa de Gandía.
--¡Ah! ¡la duquesa de Gandía! ¡ah! ¡ah! ¡el duque de Osuna... y la
duquesa de Gandía!... ¡por San Lorenzo nuestro patrón! eso es ya
distinto... ¿y lo sabe eso doña Clara?
--Lo ignoro, señor.
--Si no recuerdo mal--dijo el rey--en esta carta que acabáis de leerme,
padre Aliaga, dice que ese mancebo no ha estado nunca en la corte; si
llegó anoche, ¿cómo conoció á doña Clara? y aun dada la ocasión de
conocerla, ¿cómo se enamoró ella de él? Esto es extraordinario; esto no
puede creerse; por otra dama debió reñir con don Rodrigo ese Joven...
precisamente, ó yo no lo entiendo.
Afortunadamente el rey se había extendido en sus consideraciones, y
había dado tiempo á la reina de improvisar una respuesta.
--Fué una casualidad--dijo Margarita de Austria--; al venir nuestro
joven á Madrid con esa triste carta de su tío, que acaba de leernos el
padre Aliaga, vino naturalmente al alcázar á buscar á su otro tío; por
un descuido de los maestresalas, perdido en el alcázar, se encontró en
la galería obscura á donde corresponde la puerta del cuarto de doña
Clara, y oyó voces de dos personas.
--¡ Ah! ¡una aventura como las de las comedias de Lope de Vega!--dijo el
rey--. ¿Y esas dos voces eran de una dama y de un galán?
--Eran las de don Rodrigo Calderón y doña Clara Soldevilla.
--¡Ah! ¿conque al fin la rigurosísima doña Clara...?
--Nada de eso; como don Rodrigo es tan audaz, tan miserable, tan
malvado, había corrompido á una criada de doña Clara, y ésta había
robado á su señora una prenda muy conocida y la había entregado á
Calderón. Este, prevalido de la prenda con que había querido obligar á
doña Clara, se había introducido en su aposento.
--¡Ah! ¡ah! esto es grave, gravísimo...--dijo el rey--ese don Rodrigo es
demasiado voluntarioso y bien poco mirado... ¡atreverse á una dama tal
como doña Clara, á quien sabe que tienen sus reyes en gran estimación y
poco menos que como á una hija! ¡Una dama á quien ha dejado en nuestra
servidumbre un buen caballero, que derrama su sangre en nuestro
servicio, seguro de que la reina será para ella una madre... seguro de
que bajo el amparo de la reina estará á cubierto de asechanzas!
La voz del rey, al decir esto, temblaba de un modo particular.
--A pesar de mi protección, señor--dijo sonriendo la reina--, se han
puesto grandes tentaciones delante de doña Clara, y á no ser ella tan
honrada, tales han sido algunas, que todo mi poder no habría podido
salvarla...
--Sí, sí dijo el rey, á quien parecían atragantársele las palabras,
según se le enredaban las letras y aun las sílabas--; doña Clara, en
efecto, vale mucho... ha podido suceder que personas ilustres hayan
tenido... puede ser que... hayan caído en una tentación disculpable...
porque... puede... sí... pero en fin... ¿y qué prenda era la que don
Rodrigo suponía haber recibido de doña Clara?--añadió el rey, saliendo
bruscamente del discurso en que se había embrollado, porque le acusaba
la conciencia.
--Un hermoso rizo de cabellos negros, sujeto... con... no
recuerdo...--dijo la reina poniéndose un rosado dedo en los labios, como
quien medita...--¡ah! ¡sí!... con un pequeño lazo de diamantes... en el
cual estaban esmaltadas nuestras armas.
--¡Nuestras armas!
--Sí por cierto; era uno de los seis lazos que para que me sirviera de
sobreherretes, me había regalado vuestra majestad.
--¡Ah! ¡sí! recuerdo ese regalo.
--Yo había dado uno de esos lazos á doña Clara.
--Pues se conoce que estima en poco vuestros regalos doña Clara--dijo el
rey--, cuando así los da á sus enamorados.
--¡Pues si doña Clara no le ha dado á don Rodrigo!
--¿Pero cómo le tenía don Rodrigo?
La criada, á quien había sobornado don Rodrigo, había robado, por
insinuación de éste, á su señora.
--Pero, ¿cómo sabía don Rodrigo que doña Clara tenía el tal lazo?...
El padre Aliaga, que escuchaba en silencio y con la cabeza baja este
diálogo, oraba en el fondo de su alma porque la reina saliese bien del
atolladero en que se había metido; la reina, sin embargo, no demostraba
la menor turbación.
--Don Rodrigo--dijo--sabía que doña Clara poseía aquel lazo, porque le
ha llevado muchas veces sobre el pecho delante de la corte; porque han
hablado mucho del tal regalo las damas; porque es una prenda muy
conocida de doña Clara; si no hubiese sido conocida aquella prenda,
¿para qué la quería don Rodrigo?
--Me parece, señora--dijo el rey--, que creéis demasiado á doña Clara,
que doña Clara no es tan esquiva como cuenta la fama, y que acaso don
Rodrigo...
--¡Oh, no; estoy segura de ella!
--¿Pero creéis fácil que se corten cabellos á una mujer sin que lo
sienta? ¿Os habéis olvidado de ese hermoso rizo, sujeto por hermoso
lazo?
--Siempre que se peina una mujer que tiene tan largos, tan hermosos, tan
abundantes cabellos como doña Clara, queda una maraña; con pocas marañas
como las que produce cada peinado de doña Clara, basta para hacer un
hermoso rizo.
--¡Ah! efectivamente, no había pensado en ello...--dijo el rey--pero me
agradaría ver ese rizo... si fuera posible.....
--No sé si doña Clara le habrá destruído--dijo con la mayor serenidad la
reina, mientras el padre Aliaga se estremecía, porque veía llegado de
una manera fatal el momento de las pruebas.
--¿Cómo recobró doña Clara ese rizo?--dijo el rey.
--Casualmente ese es el gran servicio que ha prestado el joven de quien
hablamos á doña Clara.
--¿Pero cómo supo ese mancebo?...
--De una manera muy sencilla: decía, señor, que por descuido de los
maestresalas, sin duda, ese joven, habiéndose perdido en el alcázar,
como quien nunca había por él andado, había venido á parar, entrando por
la portería de Damas, á la galería obscura á donde corresponde la puerta
del aposento de doña Clara. Al entrar en la galería, según dijo después
á doña Clara ese hidalgo, oyó las voces de un hombre y de una mujer. El
hombre, sin pasar de la puerta, se negaba á devolver una prenda á la
mujer, y la mujer decía: «No faltará quien os arranque esa prenda que me
habéis robado con el corazón».
--Desengañáos, doña Clara--contestó el hombre--; vuestro padre, el buen
Ignacio Soldevilla, está muy lejos, y aunque le llaméis, y aun cuando
venga, vendrá tarde; toda la corte sabrá ya que la ingrata hermosura á
quien llaman la menina de nieve no ha sido esquiva para mí.
--¡Ah!--dijo el rey, dándose una palmada en la frente--; pues ya lo
comprendo todo; el tal afortunado hidalgo quitó á estocadas á don
Rodrigo la prenda, y como sabía, por haberlo oído, el nombre y el empleo
en palacio de la dama, vino ó presentarla la prenda... se vieron y se
enamoraron el uno del otro ¡ah, ah, véase lo que son los acasos!... y
si... si... ¡por mi ánima que quisiera ver!... ¿Habrá algún
inconveniente en pedir á doña Clara esa prenda?
[imagen: Felipe III.]
La reina se estremeció.
El padre Aliaga se cubrió de sudor frío.
Pero la reina no se detuvo; dió dos palmadas, y se abrió la puerta de la
cámara.
Apareció la condesa de Lemos, que, por enfermedad de la duquesa de
Gandía, desempeñaba accidentalmente las funciones de camarera mayor,
como primera dama de honor.
--Id y decid á doña Clara Soldevilla, mi menina, que venga--dijo la
reina, haciendo un supremo esfuerzo para que no se trasluciese en su
semblante la agonía de su alma.
El padre Aliaga se puso literalmente malo.
La condesa de Lemos dejó caer el tapiz de la puerta de la cámara.
Sólo una casualidad podía salvar á la reina de ser cogida de una grave
mentira por el rey. La reina, por instinto, se conservaba serena.
--Es extraño... es extraño todo esto--dijo el rey--; y, sin embargo,
siendo así, no extraño que doña Clara, agradecida... ella tiene unas
ideas talmente de dama de comedia... Bien, muy bien... si se aman... los
casaremos... ennobleceremos á ese hidalgo cuanto sea necesario,
pretextaremos un gran servicio... mentiremos un poco, á fin de que
Ignacio Soldevilla no se ofenda... Dios nos perdonará esta mentira.
--Yo creo--dijo la reina con intención--que cuando se miente para salvar
grandes intereses, no se peca; el padre Aliaga, que está presente, y que
es muy teólogo, puede decirnos...
--Señora--se apresuró á decir el padre Aliaga--, hay ocasiones en que el
no mentir sería un crimen.
--¿De suerte que--dijo el rey, que en asuntos de conciencia era muy
escrupuloso--la mentira puede, y aun debe usarse, según las
circunstancias?
--Indudablemente--dijo el padre Aliaga--; veamos el caso actual; hay que
engañar á un hombre... á Ignacio Soldevilla, para evitar grandes males.
Debe engañársele, el fin es bueno; el tósigo se emplea comúnmente como
medicina.
--Pero, ¿qué grandes males amenazan?
--Supongamos que doña Clara ame... como suelen amar al cabo las que han
llegado á cierta edad sin conocer el amor... que se obstine... que no
pudiendo lograr su amor por buenos medios...
--Basta, basta; ahora comprendo que debe mentirse, que es una obligación
mentir en ciertas ocasiones.
--Además--dijo la reina--de que para honrar á ese joven no es necesario
mentir.
--¿Nos ha prestado algún servicio?--dijo el rey.
--¡Oh, importantísimo! ¿recordáis, señor, las dos cartas escritas por el
conde de Olivares y el duque de Uceda á don Rodrigo Calderón, que os di
á leer anoche?
--¡Oh, sí! cartas que yo he dado á leer al duque de Lerma.
--Y que han causado la variación que se nota en el duque.
--Indudablemente.
--Y que han hecho que el duque se deje de favoritos y venga á buscar la
fuerza en el rey.
--Sí; sí, todo eso es cierto.
--¿Y creéis, señor, que quien ha hecho este servicio, es decir, quien ha
sido causa de que esto suceda, no merece una gran recompensa?
--Si por cierto; merece un título y una renta.
--Pues bien, ese caballero, ese noble bastardo de Osuna, ha prestado á
vuestra majestad ese servicio.
--¡Cómo!
--Al quitar á don Rodrigo Calderón, después de haberle vencido, el rizo
y el lazo que había robado Calderón á doña Clara, le quitó también esas
dos cartas que Calderón, por ser tan importantes, llevaba sobre sí, y
entregó con la prenda las cartas á doña Clara.
--Pues ya no extraño que doña Clara ame á un tal hombre; doña Clara
aborrece á Lerma... Tengo pruebas de ello; porque doña Clara es vuestro
consejo, y al ver á Lerma comprometido... en efecto, esas cartas han
producido un resultado saludable... los casaremos; se hará cuanto haya
que hacer con el coronel Soldevilla... pero siento pasos en la
antecámara, acaso sea doña Clara.
La reina se estremeció; el padre Aliaga se heló; se levantó el tapiz, y
la condesa de Lemos dijo desde él:
--Señora: doña Clara está enferma, pero me ha dicho que si vuestra
majestad lo desea, se hará conducir.
La reina respiró; al padre Aliaga se le quitó de sobre el corazón una
montaña.
--No... no...--se apresuró á decir el rey--de ningún modo. ¿Y está... en
mucho peligro nuestra buena doña Clara?
--Está recogida al lecho, señor--contestó la de Lemos--. Además,
permítame vuestra majestad que le dé un mensaje importante.
--Pero pasad, pasad, doña Catalina--dijo el rey--; vos sois algo más que
un ujier.
--Gracias, señor--dijo la de Lemos entrando, deteniéndose á una
respetuosa distancia y haciendo una reverencia á los reyes.
--¿Y qué mensaje... tan importante es ese?--dijo el rey.
--Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de
la torre de Juan Abad, y secretario del virrey de Nápoles, solicita
urgentemente y para asuntos graves, una audiencia de vuestra majestad.
--No me dejarán parar--dijo el rey con disgusto--. ¿Y quién ha dicho á
don Francisco que yo estoy aquí?
--Le he visto tan afanado buscando medio de hablar á vuestra majestad;
me ha encarecido de tal modo la importancia del asunto que le mueve á
pedir una audiencia inmediata á vuestra majestad, que siendo quien es
don Francisco, he creído de mi obligación...
--Pues bien, doña Catalina, decid á don Francisco que se presente á los
de mi cámara; yo daré orden... le recibiré...
La condesa de Lemos se inclinó y salió.
--Ya lo veis, mi muy amada Margarita: el rey se lleva al esposo--dijo
don Felipe--; pero os dejo en buena compañía; adiós, tengo cierta
impaciencia para saber lo urgente que me trae don Francisco... están
pasando por cierto cosas extraordinarias... Adiós... adiós...
Y el rey se levantó y saltó por la puerta secreta.
--¡Oh, qué Angel de la Guarda nos ha salvado!--exclamó la reina.
--Un milagro de Dios, señora--dijo el padre Aliaga.
--Sí; sí, Dios se vale de los hombres... pero dejadme sola, fray Luis,
tengo sospechas... quiero averiguar... al salir, decid á la condesa de
Lemos que entre.
El padre Aliaga se levantó, besó la mano que le tendió Margarita, sin
atreverse á posar demasiado los labios sobre ella, y salió.
El infeliz había sufrido toda una eternidad de tormentos durante el
tiempo que había pasado en la cámara de la reina.
FIN DEL TOMO PRIMERO
[imagen]
* * * * *
EL COCINERO
DE
SU MAJESTAD
(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)
POR
D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ
TOMO SEGUNDO
CAPÍTULO XXXIV
EN QUE SE EXPLICARÁ ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPÍTULO ANTERIOR, Y SE VERÁ
CÓMO DOÑA CLARA ENCONTRÓ UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN
MONTIÑO, Á PESAR DE TODOS LOS PESARES
Apenas había salido el padre Aliaga de la cámara de la reina, cuando
entró la condesa de Lemos.
--¿Qué enfermedad padece doña Clara?--dijo la reina.
--Ninguna, señora--contestó doña Catalina--; doña Clara está sana y
buena esperando en la saleta.
--¿Qué significa, pues, vuestra mentira?
--He creído que debía mentir.
--¿Por qué?
--Contaré á vuestra majestad lo que me ha sucedido: salía yo de la
antecámara á llevar en persona la orden de vuestra majestad á doña
Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me había dicho
terminantemente: id y decid á doña Clara Soldevilla... debía yo ir... y
fuí.
--Es cierto... una distracción mía, doña Catalina.
--Vuestra majestad puede disponer de mí como quiera, y siempre
honrándome--contestó inclinándose la de Lemos.
Y luego continuó:
--Salía yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontré de
repente junto á mi á don Francisco de Quevedo.--Decid á doña Clara
Soldevilla, me dijo, si queréis sacar de un negro compromiso á su
majestad la reina, que diga que no puede venir porque está enferma; que
os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el
rey haya salido de la cámara de su majestad la reina, entre á verla;
para que el rey salga, decid á su majestad de mi parte que yo le pido
audiencia para un asunto gravísimo, que no he podido encontrar quien me
anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid además á su
majestad la reina que yo hallaré medio de entretener al rey largo
tiempo, y adiós, é id, que urge, y que Dios nos saque en paz.--Tengo yo
tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho á la letra lo que él me
ha dicho.
--Habéis hecho bien--dijo Margarita de Austria--, y pues lo que está ahí
doña Clara, que entre al momento.
Salió doña Catalina y doña Clara entró.
La hermosa joven se acercó anhelante á la reina.
--¿Qué sucede, señora--dijo--, que la condesa de Lemos me trae consigo á
pesar de decir al rey que estoy enferma?
--¡Ah, Dios mío! Déjame respirar, Clara; ¡todavía aquellas cartas, Dios
mío!
--¡Pero si las quemó vuestra majestad! ¿Se había olvidado alguna?... ¿Ha
aparecido alguna más?
--No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve á mi joyero, busca
uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tráemelo...
tráete también unas tijeras.
Doña Clara salió de la cámara por una puerta opuesta á la por donde
había entrado y volvió á poco; traía un lacito de oro y diamantes, cuyo
nudo podía contener en la parte interior un grueso como de un dedo.
--¡Dame!--dijo la reina con ansia--; dame las tijeras y siéntate á mis
pies.
La joven, admirada y confusa, se sentó á los pies de la reina sobre un
taburete de terciopelo.
--¡Oh, y qué hermosos cabellos tienes!--dijo Margarita de Austria--; tus
cabellos me van á salvar, Clara.
Y la reina deshacía con mano trémula las gruesas trenzas negras de doña
Clara.
--¡Oh! Afortunadamente--dijo--, por mucho que te corte no se te conocerá
la falta; no te asustes, Clara, no voy á cortarte más que como el grueso
de un dedo del centro.
--Córtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo...
--Ya te explicaré... ¡Perdóname, Clara, si te robo... pero es
necesario... necesario de todo punto! Ya está.
Y se oyó el leve, pero característico ruido de las tijeras, que cortaron
con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doña Clara.
--¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal
de marañas; el pelo de maraña es más corto.
--¿Pero qué maraña es esa, señora?
--Una verdadera maraña que tú sola puedes desenredar.
--¡Yo!
--Tú, sí, y de una manera muy dulce.
--No comprendo á vuestra majestad.
--Casándote con tu caballero de anoche.
--¡Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle.
--Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, ¿cómo harías tú para
hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado?
--¿Un rizo, señora?
--Sí, un rizo para regalarlo á un hombre amado.