comediantes, á los poetas _é tutti cuanti_, se fué decididamente, pero
como al descuido, al hueco del primer bastidor de la derecha del
escenario.
En él estaban solas dos personas: Juan Montiño y el finchado hidalgo don
Bernardino de Cáceres.
--¿Me permitís, caballero?--dijo la Mari Díaz tocando Suavemente en un
hombro á Juan Montiño, y con la voz más dulce del mundo.
El joven se volvió y vió á la comedianta que le saludó Con una graciosa
inclinación de cabeza y una sonrisa.
--Esta debe ser una de las que me ha hablado Dorotea--dijo el joven para
sí--. Y es hermosa esta muchacha... si no fuera tan desenfadada...
Y se volvió á mirar hacia el escenario, donde trabajaba Dorotea.
Don Bernardino se encontraba relegado á un último lugar: la comedianta
delante, detrás Juan Montiño, y él á sus espaldas.
--Permitidme, caballero--dijo don Bernardino.
Juan Montiño no se movió.
Don Bernardino guardó silencio.
Pasó así algún tiempo.
Mari Díaz seguía arrojando sobre Juan Montiño mirada tras de mirada,
sonrisa tras de sonrisa, á vuelta de algunas frases de elogio á la
Dorotea.
Juan Montiño contestaba con otra frase, pero era tan económico y tan
liso en sus contestaciones, que Mari Díaz se impacientaba.
--¿Hace mucho tiempo que conocéis á mi amiga?--dijo la comedianta
entablando ya decididamente una conversación.
--Es un conocimiento nuevo--dijo don Bernardino, que tenía el vicio de
introducirse en todas las conversaciones, por más que nada le
importasen.
--Este caballero--dijo secamente Juan Montiño--, se ha tomado el trabajo
de responder por mí.
--Pero es que yo os he preguntado á vos.
--Lo que ha dicho este hidalgo es la verdad.
--¡Oh! yo sé siempre lo que me digo--contestó con fatuidad don
Bernardino, atusándose el bigote izquierdo.
--Menos cuando no--dijo la comedianta.
--Mejor será que callemos, prenda, que os estará bien.
En mal hora se metió don Bernardino con la comedianta.
Esta, que quería tener un motivo sólido de entablar conocimiento con
Juan Montiño, forzó la situación.
--¿Y por qué hemos de callar? veamos: ¿qué tenéis vos que echarme en
cara, como no sea el no hacer caso de vos, por impertinente?
--Si como sois de desvergonzada, fuérais de hermosa y discreta, seríais
un prodigio.
--Como vos, si no fuérais grosero y mal nacido.
--¡Vive Dios, doña perdida--exclamó don Bernardino todo fuera de sí--,
que me la habéis de pagar!
--¿Me hacéis el favor de iros á cien leguas de aquí?--dijo Juan Montiño
volviéndose y encarándose en don Bernardino, á tiempo que levantando
éste la mano sobre la Mari Díaz, la hacia ampararse de Juan Montiño, y
decirle:
--¡Defendedme de este hombre, caballero! ¡es un infame!
--Idos--repitió Juan Montiño con una calma inalterable.
--¡Que me vaya!--exclamó todo cólera don Bernardino.
--Me estáis cargando la paciencia hace una hora, y no quiero ya más
peso. ¡Idos, ó vive Dios!
--Mirad no os tire yo en medio de la escena, don bravatas--exclamó el
hidalgo, que echaba fuego por los ojos.
--¡A mí! ¡echarme vos á mí!...--exclamó Montiño poniéndose pálido.
Y en seguida sonó una bofetada, y luego un hombre cayó, como lanzado por
una máquina, del lado de adentro de los bastidores.
Juan Montiño había dado aquella bofetada.
Don Bernardino la había recibido.
Juan Montiño era el que había arrojado.
Don Bernardino el que había caído.
Este era el estruendo que había distraído de su chismografía política al
alférez de la guardia española Ginés Saltillo y á sus oyentes.
Montiño se había vuelto con suma tranquilidad á su bastidor.
Mari Díaz estaba temblando ó haciendo que temblaba junto á él.
Don Bernardino, empolvado por el tablado, que no estaba muy limpio, se
había levantado trémulo de cólera, había desenvainado la espada, y se
había ido hacia Juan Montiño.
El alférez y sus acompañantes se interpusieron.
--Dejad que mate á ese hombre que me ha afrentado--dijo don Bernardino.
Y como no le dejasen acercarse á Juan Montiño, empezó á llenarle de
improperios.
--Si no queréis que os tengamos por mujer, calláos--dijo Juan Montiño
acercándose al grupo--; y si queréis tomar satisfacción de esa afrenta,
decidme dónde y cuándo podremos vernos, á fin de que yo os pruebe que no
están fácil desagraviarse de mí.
--Ahora mismo... fuera...
--No puede ser ahora; tened un poco de paciencia, que tiempo sobra.
[imagen:...cayó, como lanzado por una máquina.]
--Dice bien ese caballero--dijo el alférez, que se perecía por este
género de lances--; además, que las pragmáticas son rigurosas, y en esto
de duelos es necesario irse con pies de plomo. Cerca de San Martín hay
unas casas echadas por tierra: el sitio es medroso y apartado... y
allí... hasta se puede enterrar un muerto entre los escombros... á las
doce de la noche...
--Acepto por mi parte--dijo Juan Montiño--, y como soy nuevo en Madrid y
no conozco sus calles, desearía que uno de vosotros me acompañara,
señores.
--Yo--dijo el alférez.
--Y yo acompañaré á don Bernardino--dijo un poeta.
--En hora buena. A las doce estaré en las casas derribadas de San
Martín--dijo don Bernardino, y salió.
--¿Y dónde nos veremos nosotros, señor alférez?--dijo Juan Montiño á
Ginés Saltillo.
--¿Sabéis á las gradas de San Felipe?
-Sí.
--Pues á las once y media, en las gradas de San Felipe.
Montiño saludó y se volvió al bastidor.
Todavía estaba allí la señora Mari Díaz.
--Gracias, caballero, gracias--le dijo--; os estoy tan agradecida, que
no sabré cómo demostraros...
--No hay por qué, señora--contestó brevemente Montiño.
--Vivo en la calle Mayor.
--Muchas gracias.
--Número sesenta...
--Gracias, señora.
--Me encontraréis allí todo el día...
En aquel momento la Dorotea salía de la escena, y oyó las últimas
palabras de la Mari Díaz.
La Dorotea era una verdadera reina, una leona de la escena, y aunque la
estremecieron aquellas palabras que había cogido al paso, no dió el más
leve indicio de haberlas escuchado.
Devoró sus celos, se mantuvo serena y miró á Juan Montiño.
Entonces se aterró.
El semblante del joven estaba demudado aún de cólera.
--¿Qué ha sucedido?--exclamó--; ¿qué tenéis, Juan? ¿Os habéis visto
obligado acaso?...
--Se ha quitado una mosca de encima--dijo el alférez Saltillo... y de
una manera brava... estos señores pueden testificar.
--Ha sido una bofetada digna de que la cante un Homero--dijo un poeta.
--Eneas haciendo rodar á Aquiles--añadió otro.
--Un lance por una... hermosa--dijo otro.
--De cuyo lance resultarán estocadas.
--¿Queréis hacerme un favor, señores?--dijo Juan Montiño.
Miraron todos con atención al joven.
--No hablemos más de esto--dijo.
--¡Pero!...--exclamó Dorotea...
--En resumidas cuentas...--dijo un comediante--como don Bernardino de
Cáceres es vuestra sombra, y se ha encontrado con otra sombra mayor...
--¡Ah!
--Pues... nada... estas son cosas que suceden en el mundo--dijo el
alférez--, y que una vez sucedidas, no tienen más que un remedio... este
caballero lo sabe, y yo lo sé, y todos lo sabemos... conque no hay que
hablar más de ello.
Dorotea se asió del brazo de Juan Montiño, y se lo llevó entre los
telones, en donde estuvo paseando con él, dando lugar á las
murmuraciones del corro, que crecieron.
--¿Por quién habéis pegado á don Bernardino?--dijo Dorotea--; ¿por mí ó
por Mari Díaz?... estamos solos, Juan, y quiero que me digáis la
verdad... cuando yo salía, la Mari Díaz os citaba.
--He pegado á ese hombre, por él mismo; y en cuanto á esa mujer, no
tenéis motivos para enojaros conmigo.
--¿Y qué pensáis hacer?
--¿Que he de hacer más que matar á ese hombre, y dejar ir por su camino
á esa mujer?
--¡Ah! ¡Dios mío! ¿pero sabéis quién es don Bernardino?
--Un impertinente.
--Todos le temen.
--Hacen muy mal.
--Os matará ú os estropeará.
--Creo que ese hombre tiene la espada más virgen del mundo--dijo con
desprecio Montiño.
--¡Ah! ¡no lo creáis! cuando él habla todos callan.
--Razón más para dudar de su valentía. Cuando todos temen á un hombre es
cuando menos debe temérsele.
--Vos no iréis.
--¡Cómo! ¿me pedís vos que me deshonre? ¿Consentiríais vos á vuestro
lado á un hombre que hubiese perdido la vergüenza?
--Os quiero vivo.
--Y vivo me tendréis.
--Pero suponiendo que... lo que es suponer mucho... venciéseis á don
Bernardino...
--Anoche vencí dos veces á Calderón.
--¡Ah! ¡es verdad! y don Rodrigo es muy valiente y muy diestro... me
había olvidado... pero ¡Dios mío! aunque eso sea, de todos modos os
pierdo: si le matáis tendréis que huir.
--No le mataré.
--¡Oh! gracias... ¿no iréis, no es verdad? esperaréis á que se acabe la
función y os vendréis conmigo... yo haré... yo diré al duque de Lerma
que destierren á ese hombre.
--¿Qué estáis diciendo?... Iré á encontrar á don Bernardino al lugar
donde me ha citado... y no le mataré, pero le escarmentaré...
¡Miserable! ¡Vive Dios que ningún hombre se ha atrevido como él á
probarme la paciencia!
--¡Malhaya la hora en que os traje al teatro!
--¿Y por qué? Nada temáis; yo haré de modo que me conozcan esos señores,
y cuando me conozcan, me respetarán, os lo juro.
--¡Dorotea! ¡Dorotea!--dijo una voz cerca de ellos.
--¡Otra vez á la escena!--exclamó la joven--; ¡oh, malditas sean las
comedias y mi suerte!... Esperadme, no os vayáis.
--Y desasiéndose del brazo de Juan Montiño, atravesó rápidamente el
espacio comprendido entre los telones, y salió á la escena.
Poco después se oyeron fuera estrepitosos aplausos.
--Es mucha, mucha mujer esa--dijo una voz junto á Juan Montiño--, y no
me extraña que la améis.
Volvióse el joven, y vió junto á sí á Ginés Saltillo.
--¿Quién os ha dicho que yo amo ó dejo de amar á esa señora? Y, sobre
todo, ¿os importa á vos?--dijo el joven, que estaba resuelto á sostener
la cuerda tirante hasta que saltase.
--Tenéis una manera de contestar...--dijo contrariado el alférez.
--Cada cual tiene sus costumbres, como vos las tenéis en meteros en lo
que no os va ni os viene.
--Perdonad, yo creí que un hombre que se ha ofrecido á serviros de
testigo...
--¿Y qué falta me hacen á mí testigos para mis asuntos?
--¡Ah! Pues os digo que si lo tomáis así, vais á tener mil camorras
todos los días, si no es que á la primera os escarmientan.
--Os suplico que me dejéis en paz.
--Señor mío--dijo el alférez, retorciéndose su mostacho--, yo soy un
hombre que lo tomo todo con mucha calma, que antes de tirar de la
espada, miro si hay motivo para ello, y que antes de ofenderme de las
palabras de otro hombre, procuro conocer en qué estado se halla al
decirlas. Vos estáis irritado, no sé si con razón ó sin ella. Habéis
abofeteado á un hombre, ignoro con qué motivo: ese hombre os ha pedido
que le desagraviéis riñendo con él, y vos habéis aceptado; yo era el
único hombre de espada que estaba presente, y me ofrecí...
--Y yo he aceptado... gracias--dijo seca y brevemente Juan Montiño.
--Cuando un hombre acepta de otro esta clase de servicios, es ya casi un
amigo, y cuando un hombre es amigo de otro, puede decirle... lo que os
he dicho acerca de Dorotea, y tanto más cuanto me había quedado solo,
porque los otros se han ido, para serviros. Ahora...--y el alférez se
retorció el otro mostacho y dió una entonación singular á su voz--si
encontráis en mí impertinencia... es distinto, caballero... decídmelo
para que yo sepa á lo que debo atenerme, y obrar como obrar deba.
--Perdonad--dijo Juan Montiño--; estaba, y lo estoy, fastidiado; os he
confundido con esa turba que me miraba sonriendo, y acaso por
equivocación os he ofendido... Perdonad, yo no os conocía, no os había
visto hasta hoy.
Y tendió su mano al alférez.
--Hubiera sentido reñir con vos--dijo éste apretando con fuerza la mano
del joven--; tenéis para mí un no sé qué... algo que me habla en vuestro
favor. ¿Sois soldado?
--Puede ser que á estas horas lo sea de la guardia española.
--¡Ah, vive Dios! ¡Pues si sois de la guardia española, y de la tercera
compañía, de la que soy alférez, seremos camaradas! Y ya que eso puede
ser, me alegro de vuestro lance con don Bernardino.
--¿Por qué?
--A todo el que entra en la guardia española, se le piden pruebas de
valiente: conque hayáis reñido bien con don Bernardino de Cáceres, las
lleváis hechas.
--Me parece poco hombre para prueba ese hidalgo--dijo con desprecio Juan
Montiño.
--¡Bah! Don Bernardino es una espada valiente, y muy bravo y sereno.
Con que salgáis de un lance con él sin que os mate, no hay más; habéis
quedado recibido en todas partes y por todo el mundo por valiente y
buena espada.
--¿Sabéis á cuántos ha matado don Bernardino?
--Saber por mí mismo... no... pero se dice de él...
--¡Eh! Del dicho al hecho...
--Pues bien; alégrome de que estéis tan bien alentado... Pero por allí
pasa la Dorotea, y os hace señas... id... que aquí os espero.
--Mas bien; cuando se acabe la función, y yo haya dejado á Dorotea en su
casa, esperadme en las gradas de San Felipe.
--Pues hasta la noche.
--Hasta la noche.
Montiño siguió á la Dorotea, y el alférez, harto pensativo por lo que
había mostrado de sí Juan Montiño, salió del vestuario.
CAPÍTULO XXX
DE CÓMO HIZO SUS PRUEBAS DE VALIENTE ENTRE LA GENTE BRAVA, JUAN MONTIÑO
Eran las doce de la noche.
Dos hombres adelantaban por la calle del Arenal, hacia la subida de San
Martín.
Era la noche obscura, continuaba lloviendo, y no podía conocerse á
aquellos bultos.
Encamináronse á San Martín, llegaron, tomaron á la izquierda por la
estrecha calleja del postigo, revolvieron á la derecha, y se entraron
por unos tapiales derribados, en un ancho hundimiento.
Treparon aquellos dos hombres sobre los escombros, y á poco les detuvo
una voz que les dijo:
--¿Quién va?
--El alférez Saltillo--dijo uno de los que llegaban.
--¿Viene con vos el difunto?--dijo otro.
--No sé por qué decís eso, amigo Velludo, si no es porque aquí hay un
olor á muerto que vuelca.
--Yo creo que traéis ese olor metido en las narices, amigo Saltillo.
--Pronto hemos de ver si está ese olor aquí, ó si le traemos nosotros.
¿Está don Bernardino?
--Impaciente.
--Pues aún no han dado las doce.
--Es que el reloj de la honra adelanta siempre.
--Pues adelante.
--Adelante.
--Me habéis prometido no desenvainar la espada, señor alférez--dijo Juan
Montiño.
--Es verdad que os lo he prometido, aunque no es la costumbre: los
padrinos siempre riñen.
--Lugar tendréis de reñir si me matan; pero entremos bajo techado,
porque llueve muy bien.
--Eso es: en estas casas hundidas han quedado algunas habitaciones en
pie. ¿Estáis ahí, amigo Velludo?
--Aquí estoy.
--¿Habéis traído linterna?
--Sí. ¿Y vos?
--También.
--Pues hagamos luz.
En aquel momento salieron dos linternas de debajo de las capas de los
padrinos.
A su luz turbia y escasa, se vió una habitación destartalada,
ennegrecida, polvorienta, en estado de inminente ruina, y sin maderas en
los vanos de las puertas y ventanas, que se habían convertido en
boquerones.
Al fondo de la habitación había dos hombres.
Don Bernardino de Cáceres y su padrino.
--Creo que podemos empezar cuanto antes--dijo don Bernardino desnudando
la espada y tomando la linterna de mano de su padrino.
--Por nosotros no hay inconveniente--dijo el alférez, dando su linterna
á Juan Montiño--. Pero antes de empezar debo advertiros una cosa, amigo
Velludo.
--¿Qué?
--Nosotros no reñiremos.
--La costumbre es que los padrinos riñan.
--Cierto; pero yo no soy padrino del señor Juan Montiño, sino su amigo,
que viene á ver lo que va á pasar aquí para contarlo después á todo el
mundo, si es que este hidalgo lleva á cabo lo que se ha propuesto.
--¿Y qué se ha propuesto este hidalgo?--dijo con desprecio don
Bernardino.
--Se ha propuesto--dijo el alférez--daros á los dos una vuelta.
--¡Una vuelta! ¡vive Dios--exclamó don Bernardino--, que este hidalgo
debe de ser de Andalucía!
--Una vuelta de cintarazos--añadió el alférez.
--Pues á verlo--exclamó don Bernardino avanzando ciego de furor hacia
Juan Montiño.
Al primer testarazo de éste--y decimos testarazo, porque no encontramos
otra frase mejor--, la linterna de don Bernardino cayó al suelo, se
rompió y se apagó.
Montiño y Saltillo se echaron á reir.
--¿No decía yo que os íbais á divertir, alférez?--dijo Montiño, parando
un tajo de don Bernardino--; pues ya os habéis reído, y ahora veréis.
¿Qué hacéis ahí, don murciélago, puesto á la sombra?--añadió,
dirigiéndose al que el alférez había llamado Velludo.
Y tras estas palabras le metió un cintarazo.
Velludo dió un rugido, desnudó su espada, y se fué á Montiño.
El joven tenía delante dos enemigos que le acometían ciegos de furor;
pero alcanzaba con su espada á uno y otro lado de la habitación, y no
les dejaba avanzar.
El alférez, con la espada envainada, estaba detrás del joven.
Juan Montiño volvía la luz de su linterna, tan pronto sobre el uno como
sobre el otro de sus enemigos.
De tiempo en tiempo les metía un furioso cintarazo.
El alférez soltaba una carcajada.
Otra carcajada de Juan Montiño contestaba á la del alférez.
Los aporreados blasfemaban y apretaban los puños.
Pero Juan Montiño los había acorralado en un rincón, y dominados ya, les
sacudía que era una compasión.
Aquello había pasado á ser una burla feroz.
Era el desprecio mayor que podía hacerse de dos hombres.
Juan Montiño demostraba, no sólo que era valiente y bravo, sino que su
destreza era maravillosa.
El alférez se tendía de risa, y cuando Montiño, tras una doble parada
difícil, sacudía dos cintarazos, aplaudía.
De repente vió un resplandor vivo, y sonó una detonación.
Don Bernardino, aturdido ya por los golpes, irritado, mortificado,
fuera de sí de cólera, había desenganchado un pistolete de su cinturón y
había hecho fuego.
Pero, por fortuna para Juan Montiño, éste vió el pistolete, y tocó con
el único tajo que había tirado al brazo de don Bernardino; el tiro fué
al suelo; don Bernardino, que había cambiado la espada á la mano
izquierda para apelar á aquel recurso villano, estaba fuera de combate;
no podía valerse del brazo derecho.
Velludo estaba acobardado, y había bajado la espada.
--Basta de lección--dijo Juan Montiño--; idos, don Bernardino, á curar,
y vos, estiráos, don encogido, y largáos más que á paso. Y en adelante,
mirad con quién os metéis, que no todos los caminos son andaderos.
--Lo que habéis hecho es una iniquidad--dijo don Bernardino.
--¡Cómo! ¡he reñido contra dos y llamáis esto inicuo!--exclamó Juan
Montiño--; ¡vos, que habéis tenido la cobardía de disparar contra un
hombre con quien reñíais con ventaja!
--Mirad, don Bernardino--dijo Saltillo--; os aconsejo que os vayáis de
Madrid.
--¡Me vengaré!...
--Dejáos de simplezas... lo mejor es que os vayáis, porque cuando se
sepa lo que aquí ha pasado, os van á tirar tomates los muchachos por la
calle.
--Os prevaléis de que tengo herido un brazo.
--Yo no creía que érais tan cobarde y tan torpe--dijo el alférez--. Ea,
idos, si no queréis que os eche á puntapiés...
--Nos veremos, señor alférez--dijo don Bernardino, y salió.
Velludo se iba á escurrir tras él, pero le detuvo el alférez.
--¡Eh! ¿á dónde vais vos, señor Diego?
--Me voy avergonzado.
--No lo extraño, porque sois valiente.
--Yo no soy nada... lo que me ha sucedido esta noche...
--Si sois valiente y honrado, siento lo que os ha acontecido,
amigo--dijo Juan Montiño--; yo lo he hecho sin intención.
--Pero esto es un milagro... ¿Quién os ha enseñado á esgrimir?
--¡Bah! ya lo creo--dijo el alférez cruzando con su palabra la
contestación de Juan Montiño--, es verdaderamente maravilloso; ya sabéis
que yo meneo bien los hierros.
--Sí por cierto.
--Pues bien, antes de venir aquí, supliqué á ese caballero tuviese la
bondad de manifestarme su destreza, porque ya sabéis que don Bernardino
es diestro. Yo no quería ser testigo de un asesinato. Nos fuimos casa
del maestro Tirante, y este caballero ha tirado con él. Le ha plantado
en un santiamén cinco botonazos y tres tajos; entonces me dijo el
maestro Tirante:
--Aunque riña solo contra dos, dejadle, señor Saltillo, que no se le
acercarán.
--Gracias á mi pobre tío--dijo Juan Montiño.
--Gracias á vuestra ligereza, á vuestros puños, á vuestra vista, á
vuestra serenidad... pero vamos á otra cosa: ¿vos, señor Velludo,
sentiríais mucho que esto se supiera?
--Yo me voy de Madrid.
--No por cierto; nosotros callaremos, pero vos habéis de contar la
villanía obrada por don Bernardino, y la paliza que este caballero le ha
dado.
--Pero don Bernardino se irá.
--Don Bernardino dirá que hemos venido dos contra él.
--Pues no, eso no--dijo Velludo--; lo que ha pasado lo sabrá todo el
mundo.
--No hay necesidad de hablar de esto una palabra--dijo Juan Montiño--;
si ese hombre sigue haciéndose molesto, yo le daré una nueva lección
delante de todo el mundo, ó vosotros, señores, si se os viene rodado.
Por ahora me parece mejor otra cosa.
--¿Qué?
--Que nos vayamos á una hostería.
--¿Y Dorotea, que estará con cuidado?
--Se la avisará.
--Pues á la hostería.
--¿Y á dónde que no nos molesten?--dijo Juan Montiño.
--A la Cava Baja de San Miguel. Allí hay truchas y perdices frescas.
--Pues á la Cava Baja.
Los tres jóvenes se pusieron en marcha.
El aporreado parecía haber olvidado su aporreo, y charlaba como los
otros dos.
Los tres se burlaban de don Bernardino.
Y entre burlas y risas se encontraron en la Cava Baja de San Miguel,
delante de una puerta.
--Ante todo, señores, nadie paga más que yo--dijo Montiño.
--Concedido--dijo el alférez.
--Muy bien--añadió Velludo--, pero á condición que yo he de pagar otra
vez.
--Bueno; pero esta noche, esta noche es mía.
--Enhorabuena.
Y acercándose el alférez á la puerta, llamó.
Nadie contestó de adentro.
--No nos abrirán--dijo Velludo--; ha pasado hace mucho tiempo la hora
fijada de las ordenanzas.
--Va veréis--dijo el alférez tocando de nuevo á la puerta--: ¡abrid al
alférez Saltillo!
Como si aquel nombre hubiera sido un conjuro, la puerta se abrió.
--Entrad--dijo una voz recatada--y no arméis ruido, no os oigan los
vecinos y den parte á una ronda.
--¡Vaya unos vecinos!
--Como que de la multa de diez ducados que nos sacan, dan dos al
acusador; y están los tiempos tan malos... las gentes dan en la
tentación... ¡si se llevaran quince millones de demonios al duque de
Lerma!...
Cuando el hostelero se atrevió á decir estas palabras, había ya cerrado
la puerta y estaba bien adentro de su casa.
--Mira--le dijo el alférez--, llévanos arriba, á aquella sala azul
pequeña que tienes tan cuca, y que nos sirva aquella muchacha de los
ojos verdes; aquella Inés...
--Está durmiendo...
--Que despierte.
--Y si para que nos sirva mejor se necesita muestra, hela aquí--dijo
Juan Montiño poniendo en las manos del hostelero un doblón de á ocho.
Sonaron otros muchos en el bolsillo del joven.
El alférez y Velludo se miraron con asombro.
Juan Montiño había crecido para ellos dos palmos.
En cuanto al hostelero, se había avanzado á un corredor exclamando:
--Inesilla, hija, despierta y vístete y ponte maja, que tres
gentileshombres te favorecen queriendo que tú los sirvas. Al momento
viene, señores. Vamos á la sala azul. Luego yo bajaré á disponer los
manjares y á sacar las botellas de la bodega. Eh, ya estamos en la sala
azul. Es muy buena, en ella sólo comen personas principales; he comprado
esta docena de sillones y estos espejos á un indiano que se volvía á las
Indias. Vais á estar como príncipes; os traerán brasero, que hace
frío... y... necesito dejaros para serviros mejor... conque... ya
veréis, caballeros, ya veréis.
El hostelero salió, y los jóvenes acababan de sentarse cuando se oyó en
la calle una voz angustiosa y desesperada que gritaba:
¡Ladrones! ¡Ladrones!
La voz se apagó instantáneamente, pero los tres jóvenes estaban ya de
pie y se habían dirigido instintivamente á la salida con las manos
puestas en las espadas.
--Juraría--dijo Juan Montiño saliendo y precipitándose por las
escaleras--que esa era la voz de mi tío.
--¡De vuestro tío!
--Sí; abrid, abrid la puerta--gritó Montiño al hostelero.
--¿Y quién es vuestro tío?--dijo el alférez, que le seguía.
--Francisco Montiño, cocinero mayor del rey.
--Os aconsejo que no salgáis dijo el hostelero--; nadie se mueve de
noche aunque oiga lo que oiga.
--¡Abrid, vive Dios!--exclamó Juan Montiño--, ú os abro la cabeza.
El hostelero abrió sin replicar.
Los tres jóvenes se lanzaron en la calle.
Un hombre estaba rodeado de otros cuatro.
Otros dos hombres se llevaban un bulto.
--Seguid á aquellos y detenedlos--dijo Juan Montiño--, yo me quedo con
éstos.