Durante algún tiempo, sólo se hablaron con la mirada lúcida y fija, y

con la involuntaria y expresiva presión de las manos.

Hubo un momento en que Juan Montiño acercó demasiado su semblante al de

Dorotea.

Dorotea retiró el suyo, y dejó ver en él una dolorosa seriedad.

--Perdonad--dijo Juan Montiño--, estoy loco.

--Perdonad vos más bien--dijo Dorotea--, pero por vos y para vos soy una

mujer nueva.

No hablaron más durante algunos segundos.

La seriedad de la joven pasó, como pasa un nubladillo por delante del

sol.

--Estoy pensando una cosa, Juan. ¿No os llamáis Juan?

--Sí; sí, señora, Juan me llamo; ¿en qué pensábais?

--En que me expongo llevándoos al teatro.

--¡Que os exponéis!

--Sí por cierto; allí veréis á mis compañeras.

--¡Bah!--dijo con desprecio el joven.

--No seáis fanfarrón; no despreciéis al enemigo antes de conocerle.

--Me habéis puesto fuera de combate; me habéis hechizado.

--Quiéralo Dios--dijo suspirando la Dorotea, y oprimiendo dulcemente las

manos de Juan Montiño.

--Pues mirad--repuso el joven--, yo pensaba en otra cosa.

--¿En qué?

--En que antes de salir de vuestra casa...

--De nuestra casa, caballero...

--Bien; pensaba en que antes de salir de casa nos hablamos de tú.

--Es verdad; hay momentos en que... pero eso no debe ser... figuráos que

yo soy la mujer más honrada y más respetable del mundo.

--Y qué, ¿no lo sois para mí?

--Y tanto como lo soy; ya veréis.

--¿Os habéis propuesto desesperarme?

--Me he propuesto que me améis.

--¡Qué! ¿no os amo ya?

--No, ni yo os amo tampoco.

--¡Cómo!--exclamó con acento severo el joven, creyéndose objeto de la

burla de una cortesana.

Dorotea comprendió su intención por su acento, y se apresuró á decir:

--Antes de pensar mal de mí, escuchadme.

--Habéis dicho una herejía.

--No por cierto. Suponed... que por un accidente cualquiera nos

separásemos... hoy; que no nos volviésemos á ver...

--Pero eso no puede ser.

--Todo puede ser... por ejemplo: si os prendiesen y os sacasen de Madrid

y no pudiéseis escribirme... ó bien, si á mí me prendiese... la

Inquisición, por ejemplo, y me empozase y no volviéseis á saber de mí;

ni siquiera que estaba presa.

--¡Ah, no digáis eso!

--Es una suposición. Pues bien, ¿sabéis lo que sucedería, caballero? Me

buscaríais y yo os buscaría, á medida que pasara el tiempo nos

buscaríamos el uno al otro con menos interés; al fin sólo nos quedaría

el uno al otro, ó tal vez á los dos, esa impresión vagamente dolorosa de

una esperanza desvanecida; sí, de una esperanza; porque lo que somos el

uno respecto al otro... ó para hablar con más seguridad: lo que vos sois

para mí, no es más que una bella esperanza, una esperanza que yo no

había alentado, porque no había comprendido que el amor es la vida de la

mujer; que el amor es lo único que puede hacerla buena, casi santa... el

amor como yo le comprendo... desde que os vi... porque antes yo no había

amado sino deseado... y del amor al deseo, hay la misma diferencia que

creo existe entre vuestra alma y la mía.

--¡Ah! ¡señora! ¿creéis que mi alma?...

--No, yo no pienso mal de vuestra alma... entonces no desearía vuestro

amor... pero me parece que sólo os inspiro deseo.

--Yo no sé lo que me inspiráis, señora.

--Puede ser que algún día sintáis amor por mí... pero eso sólo puede

hacerlo el tiempo... espero... espero con ansia... y esperando os amaré

más cada día.

--¿Pero es cierto que no me amáis aún, señora?

--No quiero engañaros; he meditado mucho en el breve tiempo que ha

mediado desde que nos conocimos hasta ahora, y me he convencido de que

soy otra mujer... cuando os vi, sentí... voy á probar si puedo haceros

conocer lo que sentí... sentí que un no sé qué desconocido, dulce,

inefable, se entraba en mi alma, se mezclaba con ella, la fecundaba, la

iluminaba; y eso... eso lo siento ahora... pero de una manera tranquila,

sin deseos... como no he sentido por ningún otro hombre.

--Y sin embargo, ¿no queréis ser mía por completo?--dijo con acento de

queja Juan Montiño.

--No... no... mi amor no es eso... y por eso tiemblo, por eso temo

llevaros al teatro. Vos sois como todos; más materia que alma... al

menos para mí... en el teatro veréis á la Angela, á la Andrea, á la Mari

Díaz, que es muy hermosa, alta, gallarda, con un cuello de cisne, unas

manos de diosa, un talle de clavel, y sus grandes ojos azules... los

ojos más graciosamente desvergonzados del mundo; cuando os vea tan

hermoso... sobre todo, cuando os vea conmigo, de seguro se pone en

campaña, y empieza á disparar contra vos... mejor dicho, contra mí, toda

su batería de miradas y de suspiros enamorados. ¡Oh! tengo miedo... y

sin embargo, os llevo porque quiero probaros... si me hacéis traición,

mejor... os olvido... os perdono... y me quedo libre de un galanteo que

puede acabar por romperme el corazón; si os mantenéis firme... ¡oh! eso

sería una felicidad... porque me probaría que vos sois para mí lo mismo

que yo soy para vos.

--¿Y podéis dudarlo?

--Pero si no dudo... tengo... por el momento al menos... una certeza;

puede haberos enamorado mi cuerpo, pero mi alma... ¡bah! cuando yo veía

en una comedia de Lope unos amores repentinos, me decía siempre riéndome

del autor: eso es escribir como querer, y nada más. El amor no es obra

de un momento... el amor es hijo del tiempo, del trato continuo y

apasionado... lo demás... si yo no sintiese por vos más que una

impresión causada á primera vista, si me hubiese enamorado, hubiera

caído en vuestros brazos como en los de tantos otros, y os hubiera dicho

que os amaba. Pero me hubiera engañado, como me he engañado respecto á

otros... hubiera mentido de buena fe y luego... os hubiese abandonado.

--Confieso que no os comprendo, señora.

--No importa, ya me comprenderéis. Pero ya estamos cerca del teatro,

oíd: delante de las gentes, en presencia de los comediantes, os trataré

de tal modo, como si fuese vuestra querida. Que eso no os aliente para

exigirme igual conducta cuando estemos solos.

--¿Y eso por qué?

--Si yo no os tratase delante de esas gentes como á un amante

favorecido, creerían que me burlaba de vos. Yo no quiero que nadie pueda

creer tal cosa. Os aprecio y os respeto demasiado para que yo os ponga

en ridículo delante de nadie. Pero cuando estamos solos... ¡oh! dejadme

que sea á vuestros ojos una mujer digna y pura... dejadme que yo, mujer

perdida, realice para vos ese hermoso sueño de la mujer virgen y

honrada... dejadme soñar, ya que soy tan infeliz que la realidad me

mata... dejadme buscar un cielo aunque sea fingido.

En aquel momento la litera se paró en la calle del Lobo, delante de un

portalón feo que se veía en una fachada irregular.

Llovía, y el criado que hasta allí había conducido la litera, abrió un

enorme paraguas, y luego la portezuela; Dorotea salió, y cubierta con el

paraguas, salvó de un salto, sobre las puntas de los pies, y la ancha

falda recogida con suma coquetería, el espacio enlodado de la entrada, y

ganó la parte seca del interior.

--¡Oh, reina de las reinas!--dijo al verla un joven de aspecto

aristocrático por sus maneras y por su traje--; dignáos tomar mi brazo

para subir esas endiabladas escaleras del vestuario.

--Gracias, don Bernardino--dijo la Dorotea sonriendo--; pero viene

conmigo persona tal, que no cambiaría su brazo por el del rey.

Al mismo tiempo Juan Montiño salía de la litera, y Dorotea se asió á su

brazo.

--¡Ah, perdonad, señora!...--dijo don Bernardino siguiendo á los

jóvenes, que se encaminaban á unas estrechas, negras y horribles

escaleras--; yo ignoraba que... como dicen que don Rodrigo Calderón...

--Está herido y medio muriéndose, ¿no es verdad?--dijo Dorotea.

Subían por las escaleras.

--Me espanta la serenidad con que habláis y las galas que vestís.

--Como que estoy de boda.

--¿Os casáis?

--Con Sancho Ortiz de Rodas.

Todos los que conocen las comedias de Lope de Vega, saben que Sancho

Ortiz era el amante ó novio de la Estrella de Sevilla, comedia que se

representaba aquella tarde, y en la que desempeñaba la parte de

protagonista Dorotea.

--¡Ah, sí, es verdad! ¡venís vestida desde vuestra casa!

--Sí, por cierto.

--Habéis hecho bien, porque la función se ha empezado; la loa está casi

á la mitad, y han empezado á correr por el patio unas noticias que

tienen disgustado al público.

Seguían á la sazón por un corredor estrecho alumbrado por candilejas, á

cuyos dos costados había puertas.

--¿Y qué noticias eran esas?--dijo la Dorotea avanzando por el corredor

delante de Juan Montiño.

Detrás de los dos iba Don Bernardino.

--Esas noticias eran que vos, á consecuencia de la herida de don

Rodrigo, estábais desesperada y no representábais.

--Ya veis que no.

--Ya lo veo. Y os anuncio que al salir os van á vitorear con frenesí. El

público está enamorado de vos.

--Pues no se conoce, porque me paga poco.

--Eso consiste en que Gutiérrez es un judío. Tiene en vos una mina de

oro.

--¿No queréis entrar?--dijo Dorotea empujando una puerta al fondo del

corredor, y entrando en un pequeño aposento.

A pesar de que como había sido pronunciado aquel _¿no queréis entrar?_

suponía lo mismo que esta otra frase: _haréis bien en iros, porque

estorbáis_, don Bernardino se hizo el desentendido y entró.

El aposento, aunque reducido, era muy bello; estaba ricamente tapizado y

alfombrado, tenía un ancho canapé ó sofá con almohadones de damasco y

sillones de gran lujo, y al fondo había una puerta con cortinaje de

seda.

En medio se veía un brasero de plata con fuego.

--Petra--dijo Dorotea á una doncella que estaba esperándola en su

cuarto--, ve y di al autor que por mí no tiene necesidad de detener la

función.

La doncella, después de tomar el manto de su señora, salió á cumplir su

encargo.

Juan Montiño, á una indicación de Dorotea, que se había sentado en el

canapé, se sentó en un sillón y se descubrió.

Don Bernardino se descubrió también, aunque con suma impertinencia; se

sentó en otro sillón con el mayor desenfado del mundo, puso un brazo

sobre el respaldo del sillón y cruzó una pierna sobre la otra.

Juan Montiño, que no había hablado una sola palabra, empezaba á

amostazarse.

Era don Bernardino uno de estos jóvenes fatuos, que han frecuentado

siempre los vestuarios de los teatros en busca del desinteresado amor de

una bailarina, sin encontrarlo jamás, y que acaban por creerse adorados

de una especie de desecho del mundo, que les hace pagar el vidrio como

si fuera diamante; galanes que se creen hermosos y discretos y

valientes, y junto á los cuales no se puede estar un minuto sin sentir

desprecio ó cólera.

Don Bernardino de Cáceres era un segundón de una familia principal de

Córdoba; gastaba más vanidad que doblones, y por razón de su vanidad

andaba siempre perdonando vidas.

Hacíalo con tal aplomo y se creía tan de buena fe valiente, que los

demás acabaron por creerlo y por respetarle.

Esto había acabado de hacer insoportable á don Bernardino.

--¿Es pariente vuestro este hidalgo, Dorotea?--dijo cuando se hubo

sentado, y con cierto espíritu de protección.

--Algo más que pariente--dijo con descaro la Dorotea--; es... mi amigo,

y el amigo á quien más quiero.

Miró de alto á bajo don Bernardino á Juan Montiño, como buscando la

razón, el por qué del cariño de Dorotea hacia aquel hombre.

--Debéis ser forastero--dijo don Bernardino.

Juan Montiño hizo una señal afirmativa con la cabeza.

--¿Es paisano vuestro, Dorotea?

--No lo sé, porque yo no sé de dónde soy.

--¡Ah! vos sois del cielo.

--Pues entonces no somos paisanos--dijo Juan Montiño con mal talante--,

porque yo soy de la tierra.

--¿Habéis estado alguna vez en la corte?

--Ayer vine por vez primera.

--Y como en la corte no conoce á nadie, ha venido á parar á mi casa.

--Os doy la enhorabuena por haber hallado tal posada--dijo don

Bernardino--, y estimando yo como estimo á vuestra... amiga, no puedo

menos de ofreceros mi amistad.

Y tendió la mano á Juan Montiño, que se la estrechó fríamente.

En aquel momento se oyó una voz de hombre que decía en el corredor:

--¡Dorotea!

--La escena me llama, señores--dijo la joven--; venid, venid conmigo,

Juan, y me veréis trabajar desde adentro.

Montiño siguió á Dorotea; don Bernardino siguió á Montiño.

Siguieron un trozo de corredor, bajaron unas pendientes escaleras y se

encontraron en la parte interior del escenario.

En los tiempos de Felipe III empezaban á usarse ya los bastidores, en

vez de las tres cortinas que antes cerraban la escena.

El lugar comprendido fuera de los bastidores, estaba lleno de gente,

toda alegre y toda _non sancta_: comediantes y comediantas, poetas,

galanes de bastidores y criadas; se hablaba, se murmuraba, se mentía; y

al pasar Dorotea junto á un grupo de hombres, en medio del cual había

una joven sumamente hermosa, dijo á uno de los del corro, haciéndole

reparar con una indicación en Juan Montiño:

--Dejad estar entre bastidores á este caballero, que es cosa mía.

Después se dirigió á un bastidor, para esperar su salida.

El escándalo estaba dado.

Y decimos el escándalo, porque en la manera de presentar Dorotea á Juan

Montiño, había dicho á todos:

--Ese joven es mi amante.

Y presentarse con un nuevo amante, en un momento en que corría por la

corte la nueva de que don Rodrigo Calderón estaba herido, era un

verdadero escándalo.

--¿Qué decís á esto, Mari Díaz?--dijo un comediante rechoncho á la

joven, que hemos dicho estaba en medio del grupo.

--Digo que debe ser muy grave el estado en que se halla don Rodrigo,

cuando la Dorotea se atreve á tanto.

--¿Qué es eso?--dijo otro de los del corro--. ¿A quién aplauden de ese

modo?

--¿A quién ha de ser sino á Dorotea?--dijo encubriendo mal su despecho

la Mari Díaz--; ¿pues no sabéis que en los locos gastos del duque de

Lerma por ella, entra una compañía de mosqueteros que hacen salva en

cuanto abre los labios ó se mueve la _señora duquesa_? La Dorotea tiene

mucha suerte.

Los aplausos se repitieron fuera, nutridos, espontáneos, persistentes.

--No, pues esos no son los mosqueteros--dijo un poeta--; ó si lo son, es

mosquetero todo el público.

--¿Qué sabéis vos?--repuso Mari Díaz--; hay tardes en que están de

humor, y en sonando una palmada, allá se van todos detrás, como

borregos.

--Pues yo voy á ver qué maravillas está haciendo Dorotea--dijo don

Bernardino de Cáceres.

--Soberbio modrego--dijo la Mari Díaz apenas había vuelto la espalda el

presuntuoso hidalgo--; si tuviera tantos doblones como vanidad, no

andaría la Dorotea tan desdeñosa con él.

--Pues no tiene trazas de ser muy rico el nuevo amante--dijo otro.

--Pero es muy hermoso--replicó la Mari Díaz.

--¿Os habéis ya enamorado de él?

--¡Yo!...

--Dicen que sois muy enamoradiza.

--Por eso los llevo detrás haciendo cola.

--Es que dicen que los lleváis delante.

--Pues mienten. Sólo he tenido uno, y ese ha sido bastante para que no

quiera tener más. Pero volvamos al asunto del día: ¿conocéis á ese nuevo

amante de la Dorotea?

--Yo no le he visto nunca, y eso que voy á todas partes--dijo un

comediante.

--Ni yo--repuso otro.

--Tiene cierto aire de buen muchacho, que me indica que hace poco tiempo

que está en la corte--dijo la Mari Díaz.

--¡Bah! ¡pues si es altivo como un rey, y lleva su capilla parda como si

arrastrase un manto ducal! ¡como vos cuando hacéis de reina, reina

mía!--dijo un poeta.

--Eso quiere decir que no es un cualquiera--recargó la comedianta.

--¿De qué se trata?--dijo un alférez de la guardia española que se había

acercado al grupo.

--¿De qué se ha de tratar, señor Ginés Saltillo, sino de un

acontecimiento extraordinario?--contestó un comediante.

--¡De un escándalo!--añadió un poeta.

--¡De una enormidad!--recargó un tercero.

--¿Pero qué milagro, qué escándalo y qué enormidad son esas?

--Ya sabréis, porque lo sabe todo el mundo--dijo la Mari Díaz--que don

Rodrigo Calderón tuvo anoche una mala aventura no se sabe con quién.

--Pero eso no es un milagro.

--Escuchad: sabréis además que está muy mal herido.

--Pero eso no tiene nada de escandaloso; donde las dan las toman; don

Rodrigo la echa de guapo, y si se ha encontrado con la horma de su

zapato... conque vamos al negocio y veamos en qué consisten el milagro,

el escándalo y la enormidad.

--El milagro consiste en que la Dorotea se ha enamorado de un

pobre--dijo la Mari Díaz.

--¡Ah! eso ya es distinto; comprendo que estéis asombrados: vamos al

escándalo.

--El escándalo consiste en que se haya presentado al público con sus

mejores galas, cuando no es un misterio su trato con don Rodrigo.

--En efecto, esto tiene algo de escandaloso--dijo el alférez--. Pero la

enormidad... veamos la enormidad.

--¡La enormidad! ¿no os parece una enormidad el que nos haya presentado

á todos su nuevo amante?

--Efectivamente; esa muchacha se va echando á perder más de lo justo. Y

es lástima, cuando se trata de la mujer más hermosa del ejercicio...

perdonad, Mari Díaz, la más hermosa después de vos.

--Afortunadamente estoy aquí para daros las gracias, señor Ginés

Saltillo--dijo la comedianta sin poder dominar completamente su

mortificación.

--¿Y quién es él?

--No le conoce nadie.

--¿Es forastero?

--Y altivo.

--¡Aunque pobre!

--Pobre soy yo--dijo el alférez--, y en punto á orgullo no me trueco por

un portugués. ¿Y qué tal? ¿es buen mozo?

--No tanto como vos--dijo la Mari Díaz--, pero aun así puede presentarse

sin miedo donde haya galanes... se entiende siempre, después de vos.

--Muchas gracias por la fineza, prenda mía; aunque no me satisface mucho

vuestra opinión.

--¿Y por qué no?

--Jamás os he visto acompañada de un hombre que valga seis maravedises.

Y esto que, sin contar conmigo, que hace un siglo me estoy muriendo por

vos, os siguen y os persiguen más de cuatro gentileshombres. Por eso,

porque en vuestro gusto particular no confío, y porgue no es cosa de

preguntar á estos señores, que por envidia podrán informarme mal,

quisiera conocer á ese portento.

--Pues allí está, en el primer bastidor... con don Bernardino de Cáceres

que, como sabéis, es el perro de la Dorotea.

--Voy, voy á verle; pero antes tengo que pagaros vuestras noticias con

otras no menores.

--¡Qué! ¿Qué sucede?--exclamaron todos.

El alférez se metió más al centro y dijo en voz baja y con sumo

misterio:

--¡Hay novedades!

--Novedades, ¿y en dónde?

--Novedades en palacio.

-¡Ah!

-¡Oh!

--¡Eh!--exclamaron todos.

--Pero hablemos muy bajo, porque como por todas partes hay espiones, no

se puede uno fiar de su camisa.

--Dicen que lo de las estocadas que tal han puesto á don Rodrigo, tiene

su intríngulis.

--¿Su qué?...

--Su misterio, señores, su misterio. Dicen que esas estocadas han venido

de lo alto.

--¿De que alto?

--De palacio.

-¡Ah!

--Parece que Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.

--Siempre ha sido Don Rodrigo muy alentado.

--Y que tal zancadilla tenía armada al duque, que éste ha echado por el

camino más corto para no perder tiempo.

--¿Conque acusan á su excelencia...?

--Sí; pero hablad más bajo, vida mía, si no queréis dormir esta noche

sin más compañía que las ratas.

--Seguid, señor Ginés, seguid; vos, Mari Díaz, no interrumpáis--dijo

uno.

Todos los cuellos estaban estirados, todas las cabezas extendidas hacia

el noticiero, todos los oídos atentos, porque han de saber nuestros

lectores, que en todos los tiempos los comediantes, como gente libre, se

han tomado gran interés por los negocios públicos.

--Se dice--añadió el narrador--, que el duque... pues... su

excelencia... no hay que citar nombres, tiene en su casa como preso al

herido.

--¡En su casa!

--Como que le hirieron junto al postigo de su casa.

--¿Y no se sabe quién le hirió?

--Todavía no. Pero nadie hay preso ni mandado prender... De modo que...

¿qué más prueba queréis de que estas estocadas han venido de lo alto?

--Esto es grave--dijo uno.

--Gravísimo--añadió otro.

--Y á mí me parece lo más fastidioso del mundo--dijo Mari Díaz--; ¿qué

nos importa todo eso? Por mi parte me voy.

--Id con Dios, princesa, id con Dios--dijo el alférez--; si no fuera por

dejar con su curiosidad á estos señores, os acompañaría.

--Muchas gracias--dijo la Mari Díaz alejándose.

--Allá va al primer bastidor--dijo uno.

--A ponerse en guerra con la Dorotea.

--Esas chicas acabarán por arañarse.

--No, porque la Dorotea es magnánima; ¡como siempre vence!

--Dejémonos de mujeres, señores, y vamos á lo que importa--dijo el

alférez, que reventaba por soltar sus noticias.

--Sí, sí; seguid.

--Decíamos que las tales estocadas habían venido de lo alto, según todos

los indicios. Pues bien, hay más. Ha entrado el rasero, señores.

--¡El rasero!...

--Como que acabo de llegar de haber dado escolta de honor á don Baltasar

de Zúñiga, que va de embajador á Inglaterra.

--¡Pero si don Baltasar no se mete en nada!

--¿Cómo que no se mete y estaba metido de hoz y de coz en el cuarto del

príncipe? Don Baltasar es muy suave, pero eso no quita, no, señor; don

Baltasar conspiraba... Y si no, ¿por qué andaban hoy en palacio tan

graves y tan cariacontecidos el conde de Olivares y el duque de Uceda

sin poder entrar en la cámara del rey? ¿Y por qué estaba tan alegre el

duque?

--Verdaderamente todo esto es grave--dijo uno de los del grupo, que

tenía el vicio de verlo todo desde el punto de vista de la gravedad.

--¡Gravísimo!--dijo el alférez--. ¡Pues ya lo creo! Pero hay una cosa

más grave aún.

-¿Qué?

-¿Qué?

--No se ha dejado salir de su cuarto al príncipe don Felipe de orden del

rey.

--¡Ah! Pues esto es tres veces grave.

--Se cree--dijo el alférez--que Lerma se haya puesto del lado de la

reina.

--¡Bah! eso no puede ser--dijo uno.

--La reina odia al duque--añadió otro.

--Creo más fácil que la Mari Díaz deje de ser envidiosa--dijo un

tercero.

--Prueba al canto--contestó el alférez.

--Veamos.

--El confesor del rey, fray Luis de Aliaga, es á todas luces del partido

de la reina.

--Indudablemente.

--Pues bien, el padre Aliaga ha sido nombrado inquisidor general.

--¡Inquisidor general! ¿Pues y cómo ha quitado esta dignidad á su tío

don Bernardo de Sandoval y Rojas, el duque de Lerma?

--Don Bernardo de Sandoval, se ha quedado con el arzobispado de Toledo y

tiene bastante. Cuando el duque de Lerma se ha expuesto á enojar á su

tío, dando al confesor del rey la dignidad de inquisidor general, le

importará mucho tener de su parte al padre Aliaga. Es indudable...

indudable; el duque se ha puesto del lado de la reina.

--¿Pero cuándo han nombrado inquisidor general al padre Aliaga?

--El nombramiento ha sido cosa de hoy, y no es extraño que no lo sepáis;

lo saben muy pocos. ¡Cuando os exageraba que había novedades...!

--¿Pero qué interés tiene el duque...?

--¡Oh! la zancadilla que se le había preparado era feroz. Se le iba á

acusar de traición, de estar vendido á la Liga.

--¡Oh!

--Y uno de los que más han trabajado en esto, ha sido el duque de Uceda.

--¡Su hijo!

--Los grandes no tienen hijos ni padres. Al duque de Uceda le tarda

llegar á la privanza y no perdona medio.

--Todo esto es grave, gravísimo--dijo el que todo lo veía por el lado

serio.

--Pues hay además algo que aumenta la gravedad de estos sucesos.

--¡Qué!

--¡Qué!

--Se cree...--dijo el alférez, bajando más la voz y con doble misterio.

--¡Pero traéis un saco de noticias, alférez!

--Que doy de balde. Pero oíd lo que se dice en palacio, por los

rincones, por supuesto, y en voz muy baja: en estas cosas anda el duque

de Osuna.

--Se tiene la manía de atribuirlo todo al duque de Osuna, que, sin

duda, para huir de estos enredos, se ha ido á ser virrey de

Napóles--dijo un autor de entremeses.

--Aunque el duque de Osuna esté en Nápoles, vieron anoche en Madrid á su

secretario don Francisco de Quevedo y Villegas.

--¡Que está don Francisco en Madrid!--exclamó el autor de la compañía, ó

como diríamos en nuestros tiempos, el representante de la compañía--;

¡bah! eso es mentira. Hubiera venido por aquí y yo le hubiera encargado

un entremés.

--En cuanto á lo de venir, quizá no pueda porque está escondido--dijo el

alférez.

--Pues si está escondido, ¿quién le ha visto?

--Le vieron anoche en palacio.

--Creerían verle.

--Allá lo veremos; ¿pero qué esto?

Lo que había motivado la pregunta del alférez, era un ruido particular,

un alboroto que provenía del primer bastidor de la derecha del

escenario.

Todos corrieron allá.

Lo que había sucedido, lo verán nuestros lectores en el capítulo

siguiente.

CAPÍTULO XXIX

DE CÓMO JUAN MONTIÑO, CON MUCHO SUSTO DE LA DOROTEA, SE DIÓ Á CONOCER

ENTRE LOS CÓMICOS.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 28 / 66 段