Pero antes de proseguir, necesitamos ocuparnos de ciertos antecedentes,

que empezarán en el capítulo que sigue.

CAPÍTULO XXXI

DE CÓMO ENGAÑÓ Á DOROTEA PARA LLEVARLA Á PALACIO EL TÍO MANOLILLO

Dorotea se había quedado sola en su casa, hasta la cual la había

acompañado Juan Montiño, después de la salida del teatro.

Eran ya bien las ocho de la noche.

La joven estaba triste, porque Juan Montiño se había separado de ella

para acudir á un lance desagradable y acaso peligroso.

--¿Qué necesidad tenía yo--dijo--de haberle llevado al teatro?

Ninguna.

Ha visto á Mari Díaz y ha tropezado con don Bernardino.

Bien empleado me está.

He querido lucirle.

Vamos: si sucede algo malo á Juan, no sabré de qué manera castigarme.

--¡Casilda!

--Señora.

--Si viene el duque de Lerma, que estoy mala.

--Muy bien.

--Si se empeña en entrar, que el médico ha dicho que no puede

hablárseme.

--Muy bien; ¿y si viene el señor Juan Montiño?

--Viene á su casa. ¡Ah! me olvidaba: pon una cama en el gabinete de

tapicería.

--Muy bien.

--Y cuanto se necesite; un aposento bien servido.

--Muy bien. ¿No os desnudáis?

--No... mira... si viene el tío Manolillo...

--¿Le digo que no puede entrar?

--De ningún modo... si viene...

--Ha venido ya, y dijo que volvería.

--Pues cuando vuelva, que entre.

--Me parece que es ese que llama á la puerta.

--Pues ábrele... ábrele.

Casilda salió.

Dorotea se quedó esperando con impaciencia.

Poco después entró el tío Manolillo, que arrojó al suelo la capa y la

gorra, que venían empapadas de agua.

Luego adelantó, se sentó junto al brasero, y se puso á mirar de hito en

hito á Dorotea.

--¡Qué hermosa y qué engalanada estás, hija mía!--la dijo--; de seguro

no esperas al duque de Lerma. Para él no te atavías tanto.

--Este es el traje que he sacado en la comedia, y por cansancio no me lo

he quitado todavía.

--No, no es eso; el duque te ha puesto hermosa para otro.

--¡Ah! puede ser.

--¿Estás enamorada, Dorotea?

--No lo sé.

--Esa contestación me asusta.

--Y ¿por qué?

--Cuando una mujer no ve claro en su corazón...

--Prueba que está ni dentro ni fuera.

--Te creo demasiado dentro.

--Puede ser.

--¿Me hablarás la verdad si te pregunto?

--Nunca os he engañado, me servís de padre.

--Padre que ahora hace bien poco por ti.

--Vos habéis hecho cuanto podíais por mí. Habéis pasado miserias y

trabajos durante muchos años, para poder pagar mis alimentos en las

Descalzas Reales. Yo he sido una ingrata...

--No hablemos, no hablemos de eso; ya no tiene remedio.

--Sí que le tiene, y en eso estaba pensando.

--¿En eso?

--Sí, en el remedio. Pienso despedirme del teatro.

--¡Ah!

--Y dar ocasión al duque para que se despida de mí...

--¡Ah! ¿Y con quién piensas quedarte?

--Con él, si me ama.

--¿Con el señor Juan Montiño?

--Sí.

--Yo te daría un consejo.

--¿Cuál?

--Que olvidaras á ese joven.

--No puedo.

--¿Tan enamorada estás da él?

--Si no estoy enamorada, estoy empeñada.

--Puede ser que mañana sea demasiado alto para ti.

--¡Pero si yo no quiero que se case conmigo!

--Puede suceder que él se case con otra mujer.

--¿Qué habéis dicho?--exclamó levantándose Dorotea.

--¡Oh! ¡le ama!--exclamó el bufón.

--¡Que se case con otra!... sí, sí, todo puede suceder... pero por

ahora...

--Puede ser que ame á otra.

--¡Que ame! ¡es que me avisáis!--dijo Dorotea conteniéndose pero

temblando--; ¿es verdad que ama á otra mujer? ¿será verdad lo de la

reina?

--No; lo de la reina, no; pero el señor Juan Montiño tiene amores en

palacio.

--¿Y con quién?

--Con doña Clara Soldevilla.

--¡Doña Clara! pero si esa mujer... si la llaman... la desesperación de

los hombres...

--Sí... sí... es cierto, la llaman la menina de nieve.

--Y aunque él la ame...

--Le ha amado ella antes. La nieve se ha derretido.

--¿Pero cuándo ha visto doña Clara á Juan?

--Anoche... en la calle.

--¡Oh! ¿y se ha enamorado de él?

--Como tú.

--Pero él... él no la ama.

--Doña Clara es muy hermosa.

Plegó el bellísimo entrecejo Dorotea, y adelantó el labio inferior en un

mohín desdeñoso.

--Aunque tú seas tan hermosa ó más hermosa que doña Clara, hija, te

falta una cosa que á ella le sobra.

--¿Y qué es lo que me falta?

--Ser fruto prohibido.

Conmovióse profundamente la Dorotea, y sus ojos se arrasaron de

lágrimas; al tío Manolillo se le desgarró el corazón.

--¡Oh! ¡sí, es verdad!--dijo dolorosamente la Dorotea--ella es una noble

dama; su padre es un valiente soldado... yo... yo no tengo padres... yo

soy una mujer perdida; ella es menina de la reina... yo soy

comedianta... pero ella no le ama como yo... no, no le ama como yo... de

seguro ella no es capaz de hacer por él lo que yo haré... ella... ¡ah!

¡ella es altiva! está enorgullecida por su nombre, por su nobleza, y él

es sobrino de un cocinero... esa mujer... aunque le ame... estoy seguro

de ello, no le confesará su amor... mientras que yo le he abierto mi

alma entera.

--¡Ah! ¡estás loca por él, hija mía!

--Yo no sé... yo no sé... pero me parece que le he conocido toda mi

vida; que Dios me ha criado para él... me parece el más hermoso del

mundo... no se aparta de mi memoria... y mirad: hoy he representado

mejor que nunca... y es que... hasta hoy no había comprendido el amor...

hoy he pronunciado los amores de la comedia con el alma... y el público

me ha aplaudido con frenesí... y escuchad: nunca los aplausos me han

satisfecho tanto... nunca me han causado tanta alegría... nunca me han

enorgullecido de tal modo... porque estaba él allí... me veía... me

oía... escuchaba aquellos aplausos... ¡oh! si ese hombre no es de piedra

me amará... me amará... porque yo quiero que me ame... lo quiero y

será.

--¡Estás loca!--repitió tristemente el tío Manolillo.

--Pero decidme... decidme... ¿cómo sabéis vos que esa mujer... doña

Clara... ama á Juan?

--¿Quieres tú saberlo también?

--¿Que si quiero? ¡Sí!

--Pues bien, ven conmigo.

--¿A dónde?

--A palacio.

--¡A palacio! ¿y qué tengo yo que hacer en palacio?--dijo con desdén la

Dorotea.

--Verás lo que yo he visto, verás entrar á Juan en el aposento de doña

Clara.

--Esta noche no irá Juan á palacio--dijo con acento profundamente triste

la joven.

--¿Y por qué?

--Porque tiene que hacer en otra parte.

--¿A qué hora?

--Es verdad; yo no sé... no sé si antes tendrá tiempo... y si la ama...

irá antes... antes de un peligro que puede morir, todo hombre que ama va

á ver á la mujer de su amor.

--¡Morir!--exclamó el bufón.

--Sí; le he llevado por mi desdicha al teatro; allí ha tropezado con ese

impertinente de don Bernardino de Cáceres, que le ha provocado; que le

ha metido en un lance.

--¡Bah! pues don Bernardino no le matará--exclamó con gran confianza el

tío Manolillo.

--¿Y decís que irá al alcázar Juan?

--De seguro.

--¡Oh! ¿y podéis ponerme en sitio desde donde le vea?...--añadió con

ansiedad la joven.

--Desde donde veas y oigas.

--¡Casilda, mi manto y mi litera!--gritó la Dorotea poniéndose

violentamente de pie.

--¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!--murmuró para sí el bufón--¡si al menos ella

no fuera tan desgraciada! ¡Si ya que de tal modo ama á ese hombre, él la

amase!...

Entre tanto, Dorotea se ponía apresuradamente el manto; cuando le tuvo

prendido, se volvió impaciente al bufón, y le dijo con la voz

temblorosa:

--Vamos, llevadme al alcázar.

--Una palabra no más: ¿serás prudente?

--Sí.

--¿Me obedecerás?

--Sí.

--¿Vieres lo que vieres?

--Sí.

--Pues bien, hija mía, vamos.

El bufón y Dorotea salieron de la sala; poco después, una litera cerrada

se encaminaba á palacio.

CAPÍTULO XXXII

CONTINÚAN LOS ANTECEDENTES

El padre Aliaga había entrado en el alcázar por la puerta de las

meninas.

No había ido á él con el solo objeto de conocer á Dorotea.

Nuestros lectores recordarán que en la carta que había escrito al padre

Aliaga doña Clara Soldevilla, acusando á Dorotea y á Gabriel Cornejo, le

había expresado el deseo de hablar con él para explicarle enteramente el

contenido de la carta.

Este era otro de los objetos que llevaban á palacio al padre Aliaga:

hablar con doña Clara.

Sentía, además, un deseo punzante de hablar á la reina; y doña Clara,

que era la favorita de la reina, podía satisfacer este deseo.

Le importaba también no poco sentir por sí mismo qué aire corría en

palacio.

De modo que eran muchos los objetos que llevaban á palacio al confesor

del rey, objetos todos enlazados, que reconocían una misma causa: su

amor á la reina.

Porque nuestros lectores lo habrán comprendido: el padre Aliaga amaba á

Margarita de Austria.

Alma vacía de felicidad, llena de dolor; pensamiento enérgico, corazón

ardiente, fray Luis de Aliaga había abrazado por desesperación la vida

del claustro. El, como nos lo ha dicho en los primeros momentos de dolor

por la pérdida de la primera mujer que había amado, creyó que todo lo

que podía ligarle en el mundo había concluído.

El padre Aliaga, joven entonces é inexperto, no había comprendido que el

hombre vive para sí mismo, por más que se haga la hermosa, la noble

ilusión de que vive para los demás, que el corazón tiene una tendencia

invencible hacia el sentimiento dulce, y que rechaza el dolor, que es un

sentimiento amargo; le rechaza como rechaza todo lo que existe, lo que

le es contrario, mientras busca ansioso ese otro sentimiento de dulzura

que es su alimento, por decirlo así, de vida; no había comprendido que

el tiempo mata el dolor y concentra el deseo, y se encontró demasiado

vivo, cuando se creía muerto; vigoroso, cuando se creía gastado;

necesitado de un mundo de impresiones, de afectos, de contrastes, de

vida, en una palabra, cuando huyendo del mundo, se había refugiado en el

claustro.

Pero fray Luis de Aliaga tenía el sentimiento de la virtud, la amaba y

la practicaba.

Comprendió que su suerte estaba decidida y la aceptó.

No dió el escándalo de rebelarse contra ella.

Tuvo bastante fuerza de voluntad para encerrar, para contener dentro de

su alma sus pasiones, y que no se demostrasen en sus actos, ni saliesen

siquiera á su semblante, ni á sus palabras.

Se mortificó, oró, luchó, pero si consiguió la paz en su aspecto, no

consiguió la paz de su espíritu.

Se dedicó al estudio, arrojó sobre sí los penosos trabajos del púlpito y

del confesonario, y llegó á ser catedrático de la Universidad de

Zaragoza, y logró que le mirase todo el mundo con afecto.

Al verle con su cabeza baja y meditabunda, con los brazos cruzados sobre

su cintura y las manos perdidas en las anchas mangas de su hábito,

atravesar tristemente las calles de Zaragoza en dirección á la

Universidad, acompañado de un lego, todos decían:

--¡Oh, qué buen sacerdote y qué santo varón es el padre Aliaga!

Y sus compañeros, los padres graves del convento, al ver su leve y

triste y siempre dulce sonrisa, su palabra siempre tímida y escasa, y lo

dulce de sus sermones, y la paciencia con que asistía un día y otro al

confesonario, habían acabado por creerle pobre de espíritu, le trataban

con cierta superioridad impertinente, y decían de él que era un _buen

hombre_.

Su fama de buen hombre trajo sobre él, no sin envidia de sus compañeros,

el nombramiento del confesor del rey.

Todos los padres doctos de la Orden de Predicadores, hubieran querido

ser en aquellas circunstancias tan buenos hombres como el padre Aliaga.

Este siguió en la corte su inalterable línea de conducta. El rey, que

era sumamente devoto, estaba encantado con su confesor, que pasaba con

él largas horas hablando de cosas místicas, y con un misticismo tal, que

aventajaba al del rey.

Porque el alma del padre Aliaga estaba huérfana, sola y desterrada, y

buscaba consuelos en la dulzura de la religión de Jesús.

Encantaba además al rey, el que el padre Aliaga no se entremetiese jamás

en los asuntos de Estado, porque Felipe III, en abierta contraposición

con su padre Felipe II, que pasaba su vida sobre los negocios, sentía

hacia ellos una repugnancia invencible.

A poco tiempo de llegar fray Luis á la corte, conoció á la reina.

Al verla el religioso se inclinó y permaneció con los ojos bajos.

Si los hubiera alzado, la reina hubiera visto algo extraño en ellos.

Al ver á Margarita de Austria, el padre Aliaga había experimentado esa

violenta expresión que produce sobre ciertos hombres la vista repentina

de una mujer que por sus formas influye poderosamente sobre los

sentidos, y por ese misterioso poder que se llama simpatía, en el alma.

Fray Luis, acostumbrado á la lucha consigo mismo, tuvo suficiente poder

para dominarse, para apagar su mirada, para contener el estremecimiento

de sus músculos; se había puesto la careta, y al través de ella miró ya,

sin temor de que su alma fuese sorprendida, á la reina.

Y al verla con más reflexión, dominado, sereno, fray Luis se estremeció.

Vió que la reina era una víctima que luchaba, que estaba sola en la

lucha, que era infeliz; comprendió que la reina era valiente, que había

luchado, luchaba y lucharía, y que la lucha debía haberla procurado

enemigos; vió en los ojos, en el semblante de la reina, la altiva

tristeza de la dignidad hollada; comprendió cuánto debía sufrir aquella

mártir coronada, unida á un rey casi nulo, sobre el que tenían una

decidida, una incontrastable influencia palaciegos codiciosos, vanos,

miserables, capaces de todo por sostenerse en el favor del rey, que era

el medio para ellos de sostener su vanidad y sus rapiñas; fray Luis, por

amor á la reina, fué enemigo de aquellos hombres, contrajo consigo mismo

el grave compromiso de defender á la reina, de ayudarla, combatiendo á

sus enemigos; y sin embargo, nada dijo á la reina, jamás una mirada

suya torpe ó descuidada, pudo revelarla lo que por ella sentía el padre

Aliaga.

Y eso que el desdichado estaba cada día más enfermo del alma, más

desesperado, más reñido con su terrible posición.

Uno solo, el bufón, el tío Manolillo, había adivinado el secreto del

confesor del rey, y esto en vagas y fugitivas señales, cuando los celos

devoraban al religioso, al oír decir al rey:

--Fray Luis, rogad á Dios por la vida de mi muy amada esposa; anoche su

majestad me ha revelado que está encinta.

Dos veces que el rey dijo esto al padre Aliaga, fué en presencia del tío

Manolillo.

Este, que era observador por temperamento, y astuto y sagaz, y de

imaginación vivísima, había reparado en lo que el rey no había podido

reparar por su descuido: esto es, que al recibir esta noticia

imprevista, había pasado por la mirada del fraile algo extraño; que se

había revuelto algo misterioso en el obscuro foco de sus negros ojos;

que se había puesto pálido, y que una ligera, pero violenta contracción,

había pasado con la rapidez de un relámpago por su semblante.

El tío Manolillo, á la luz de aquel relámpago, había visto hasta el

fondo tenebroso del alma del padre Aliaga.

Importábale mucho al bufón poseer un secreto del padre Aliaga, y un

secreto importante.

Le importaba por Dorotea.

Debemos tener en cuenta que la Dorotea era para el bufón lo que la reina

para el padre Aliaga: el alma entera. Disimulaba el bufón su amor, le

comprimía, le devoraba, le contenía, aunque por distinta causa.

El padre Aliaga obedecía á sus deberes.

Sacerdote, debía combatir aquella tentación impura.

Cristiano, debía huir del solo pensamiento de unos amores adúlteros.

El tío Manolillo debía respetar, respecto á Dorotea, otra razón

gravísima para todo corazón de sentimientos elevados.

Dorotea no podía amarle.

Por su edad, por su figura, por la costumbre de Dorotea de verle todos

los días desde su infancia, por la protección especial que la

dispensaba, Dorotea no podía ver otra cosa en él, que un padre

providencial, que había reemplazado á su padre natural. Otros amores en

Dorotea respecto al bufón, hubieran sido repugnantes.

Más que repugnantes, monstruosos.

El tío Manolillo lo comprendió, y dominó su amor.

El padre Aliaga y el bufón, aunque por causas enteramente distintas,

estaban, por los resultados, en el mismo caso respecto á las dos mujeres

que amaban.

Entrambos tenían el alma noble y grande; rechazaron de ella todo lo

impuro.

Idealizaron su amor.

Pero al idealizarle le hicieron más grande.

Por amor á la reina, el padre Aliaga, que no era ambicioso, procuró

hacerse influyente en la corte, pero de una manera indirecta, sorda, sin

dar la cara en cuanto le fuese posible. Procuró atraerse, y se los

atrajo, á los enemigos de los enemigos de la reina, y sólo se descubrió

en la parte que le fué imposible cubrirse: esto es, respecto al rey.

Ya hemos visto que el padre Aliaga conspiraba de una manera sorda.

Hemos indicado también que había sabido hacerse necesario á Felipe III

de tal modo, que Lerma, desesperado de poderle alejar de la corte, en

vista de repetidas é inútiles tentativas, había acabado por procurar

atraérselo á fuerza de honores y distinciones.

El padre Aliaga recibía las distinciones y los cargos que por sí mismos

le daban más fuerzas, más influencia, y respecto á Lerma, se mantenía

firme como una roca.

El padre Aliaga se había constituído en escudo de la reina. El tío

Manolillo había presentido que, á causa del carácter casquivano de

Dorotea, podía suceder que alguna vez tuviese necesidad de una poderosa

influencia para sacarla de un terrible compromiso.

Dorotea era violenta; tenía, como la mayor parte de las gentes poco

instruídas de aquel tiempo, ideas sumamente supersticiosas; ya, por

alguno de sus amantes, la había visto el bufón recurrir á los medios

reprobados de bebedizo, de los conjuros, de las hechicerías; si la

superstición de Dorotea llegaba hasta el punto, como no era difícil, de

querer adquirir la mentida ciencia de la adivinación y de los

sortilegios, podía suceder que la Inquisición, implacable con todo lo

que tendía á empañar la fe de la religión, se apoderase de ella.

El tío Manolillo, al sorprender el secreto del alma del padre Aliaga, se

alegró: porque tener en sus manos á un religioso de la orden de

Predicadores, tal como el padre Aliaga, era tener un tesoro para el

caso, no imposible, de que Dorotea se viese sujeta á un juicio por la

Inquisición.

Ya hemos visto en la carta de doña Clara Soldevilla al padre Aliaga, que

los presentimientos del bufón no habían sido exagerados.

Le hemos visto también conmoverse al oír en los labios del padre Aliaga

el nombre de Dorotea.

El bufón quería acercar á la joven al padre Aliaga, y explotar en su

provecho el amor que el padre Aliaga había sentido en su juventud hacia

su madre.

Por eso había sacado de su casa á Dorotea para llevarla á palacio.

El padre Aliaga, por su parte, gravemente interesado en conocer á la

Dorotea, y por las demás razones que hemos indicado, había ido á palacio

también.

El confesor del rey entró, llevado en su silla de manos, por la puerta

de las Meninas, y se hizo conducir á un rincón del patio, bajo las

galerías. Una vez allí, salió, despidió la silla de manos, y llamó á una

puerta.

Al primer llamamiento nadie contestó.

Al segundo se sintió cerrar silenciosamente una ventana, luego pasos

dentro, y al fin se oyó una voz tras la puerta, que dijo:

--¿Quién llama por aquí á estas horas?

--Muy temprano os recogéis, señor Ruy Soto--dijo el padre Aliaga.

--¡Ah!--contestó el de dentro con el acento de quien reconoce á una

persona respetable--; voy, voy á abrir al instante.

En efecto, la puerta se abrió.

--Perdóneme vuestra señoría--dijo la misma voz dentro--si no tengo luz:

estaba en acecho.

Y se cerró la puerta.

--¡En acecho!--dijo el padre Aliaga--; ¿en acecho de qué?

--De ciertos prójimos que andan rondando desde el obscurecer por las

galerías bajas del patio: yo no sé por qué en siendo de noche dejan

pasar gentes por el patio de palacio como si fuera una calle; pero voy á

cerrar la ventana, y luego á traer luz.

Oyóse, en efecto, el leve crujir de una ventana que se cerraba, y luego

los pasos de un hombre que poco después volvió con un velón encendido.

Tenía la librea de palacio, y por su edad, que era ya madura, y por su

aspecto y por un no sé qué característico, se conocía que era uno de los

jefes de la baja servidumbre.

En efecto, Ruy Soto era portero de una de las subidas de servicio del

alcázar, que se comunicaban de una parte con el cuarto del rey, y de

otra con las galerías superiores ocupadas por la servidumbre.

--¿Quiere vuestra señoría que avise al ujier de cámara de su

majestad?--dijo Ruy Soto.

--Esperad un momento; decíais que estábais acechando...

--Sí; sí, señor, á dos hombres sospechosos que no han cesado de pasearse

desde el obscurecer y en silencio, por la galería de la derecha.

--¿Y qué trazas tienen esos hombres?

--Malas, señor; pero aunque las tuvieran muy buenas, la tenacidad con

que se pasean...

--Habéis hecho bien en acechar; dadme un papel y tintero.

Ruy Soto sirvió al momento los objetos pedidos al padre Aliaga, que

escribió rápidamente una carta y la cerró.

En el sobre se leía:

«Al tribunal de la Santa inquisición».

--Que lleven al momento esta carta donde dice el sobre--dijo el padre

Aliaga--; vos, seguid acechando; si esos hombres salen antes de que

lleguen dos ministros del Santo Oficio, les haréis seguir por el lacayo

de palacio que creáis más á propósito.

--Muy bien, señor.

--Ahora, enviad recado á la señora doña Clara de Soldevilla, menina de

su majestad, de que yo la pido licencia para verla.

--Venga vuestra señoría conmigo; cabalmente doña Clara, según me ha

dicho su dueña, no está de servicio.

--Vamos, pues--dijo el padre Aliaga.

Ruy Soto encendió una lámpara de mano, abrió una puertecilla y subió por

una escalera de caracol.

El padre Aliaga le siguió.

Poco después Ruy Soto llamaba á la puerta del cuarto de doña Clara, y

daba el recado del padre Aliaga.

El confesor del rey fué introducido en el elegante gabinete de doña

Clara.

La joven estaba pálida, cansada, y la palidez y el cansancio aumentaban

su hermosura.

--¡Oh! ¡bendito sea Dios, que os veo!--dijo levantándose y poniendo un

sillón junto al brasero al padre Aliaga.

--Me habéis escrito una carta que me ha puesto muy en cuidado--dijo fray

Luis.

--En efecto; me he visto obligada á escribiros, y no me he atrevido á

confiarlo todo al papel; si no hubiérais vivido en un convento, yo misma

hubiera ido á veros.

--¿Tan importante es el asunto?

--¡Oh! sí; importantísimo.

--Ya he visto por el contenido de vuestra carta...

--Que su majestad está amenazada.

--¡Ah! ¡ah! ¡esto es muy grave!

--La traición nos rodea por todas partes.

--Habéis acusado á dos personas.

--¿Y no las habéis preso?

--No; no tenía bastantes razones.

--Sois otro misterio para mí, fray Luis.

--¿Otro misterio?...

--Sí por cierto; no os comprendo bien; se os acaba de dar un poder

formidable; ha llegado nuestra hora... y sin embargo, vaciláis.

--Creo que estamos en los momentos de mayor peligro, doña Clara--dijo el

padre Aliaga--; y os engañáis, no vacilo; soy prudente y nada más;

¿creéis que nuestros peligros puedan estar en un ropavejero y en una

comedianta?

--Ellos pueden difamar á su majestad.

--Si esos miserables pueden, de seguro hay personas más altas que pueden

más que ellos, y con prender á esos ruines, no haremos más que dar un

aviso á gentes á quienes debemos tener hasta cierto punto confiadas.

--No soy de la misma opinión que vos; cuando hay un incendio, antes de

todo, se corta para que no se propague.

--¿Y sabéis, doña Clara, si tenemos fuerzas bastantes?

--Dios, de seguro, nos ayudará.

--Dios, en sus altos juicios, permite el martirio de los inocentes--dijo

profundamente el padre Aliaga--; somos muy pocos los leales; muy pocos

los que servimos como Dios manda á nuestros reyes... luchamos y

lucharemos... si caemos en la lucha, habremos caído cumpliendo con

nuestro deber. Pero aprovechemos el tiempo, señora; ¿qué pasa en

palacio? Cuando yo vine esta mañana, encontré grandes novedades; el rey

y la reina se habían reconciliado; su majestad estaba contenta...

--Y el tío Manolillo más provocativo que nunca.

--¡Oh! ¡no comprendo á ese hombre!

--¡Oh! ¡juro á Dios--dijo doña Clara, que no había olvidado la

entrevista de aquella mañana con el bufón--que yo conoceré á ese hombre!

--Paréceme, sin embargo, que tiene un buen fondo.

--¿Y quién sabe lo que hay en el fondo del alma de ese hombre?

--Pues creo que le debemos mucho; el rey me ha hablado de ciertas

comunicaciones secretas...

--En efecto; el tío Manolillo conocía el secreto de esas comunicaciones.

--Se le debe, pues, el que se hayan visto sus majestades y el que la

reina haya influído sobre el rey.

--En esto han andado otras dos personas.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 30 / 66 段