--¡Os equivocáis!--exclamó con precipitación el padre Aliaga--, yo no

puedo tener celos de nadie; yo estoy retirado del mundo, muerto para el

mundo.

--¡Bah! allá lo veremos.

--Os he preguntado de quién está enamorada esa comedianta.

--¿No lo adivináis por lo que os he dicho?

--No ciertamente.

--Llegará un día en que me habléis con lisura: la Dorotea está enamorada

con locura...

El bufón se detuvo como devorando con cierto placer maligno la ansiedad

del padre Aliaga.

--¿De quién?--dijo el fraile con impaciencia.

--De cierto mancebo á quien ha hecho capitán la reina con vuestro

dinero.

El padre Aliaga sintió el golpe en medio del corazón; se estremeció.

--¿Y ama el señor Juan Montiño á Dorotea?

--Debe amarla, porque le ama ella: pero si no la ama, y la engaña, peor

para él.

Repúsose el padre Aliaga.

--¿Conque... vais á buscar á esos dos amantes?--dijo.

--No por cierto, voy á esperarlos á su casa... y como pueden tardar...

--Esperad, cuando la hayáis encontrado, en la galería de los Infantes.

--Esperaré...

--Cuando yo llegue, os avisarán.

--Muy bien.

--Y para que los encontréis más pronto, id al momento.

--Quedad con Dios, padre Aliaga; quedad con Dios y hasta luego.

El bufón salió.

Cuando se hubo perdido el ruido de sus pisadas, el padre Aliaga llamó y

se presentó el lego Pedro.

--Que pongan al instante la silla de manos.

Algunos minutos después, dos asturianos conducían á palacio al padre

Aliaga.

Había cerrado la noche y seguía lloviendo.

CAPÍTULO XXVII

EN QUE SE VE QUE EL COCINERO MAYOR NO HABÍA ACABADO AÚN SU FAENA AQUEL

DÍA

En el mismo punto en que el confesor del rey salía del monasterio de

Atocha, salía del de las Descalzas el cocinero mayor.

[imagen: El padre Aliaga.]

Todo aquel tiempo, es decir, el que había transcurrido desde la ida de

Francisco Montiño de un convento á otro, lo había pasado Montiño bajo la

presión despótica de la madre Misericordia.

El haberse quedado Quevedo con la carta de la abadesa para Lerma, había

procurado al cocinero mayor aquel nuevo martirio.

Porque cada minuto que transcurría para él fuera de su casa, era un

tormento para el cocinero mayor.

Aturdido, no había meditado que necesitaba dar una disculpa á la madre

abadesa, por aquella carta que la llevaba del padre Aliaga. Montiño no

sabía lo que aquella carta decía; iba á obscuras.

Esto le confundía, le asustaba, le hacía sudar.

Si decía que Quevedo le había quitado la carta, se comprometía.

Si decía que la había perdido... la carta podía parecer y era un nuevo

compromiso.

Si rompía por todo y no llevaba aquella carta á la abadesa, ni volvía á

ver al duque de Lerma, y se iba de Madrid...

Esto no podía ser.

Estaba comprometido con el duque.

Estaba comprometido con la Inquisición.

Montiño se encontraba en el mismo estado que un reptil encerrado en un

círculo de fuego.

Por cualquier lado que pretendía salir de su apuro, se quemaba.

Decidióse al fin por el poder más terrible de los que le tenían cogido:

por la Inquisición.

Y una vez decidido, se entró de rondón en la portería de las Descalzas

Reales, á cuya puerta se había parado, tocó al torno y, en nombre de la

Inquisición, pidió hablar con la abadesa.

Inmediatamente le dieron la llave de un locutorio.

Al entrar en él, Montiño se encontró á obscuras; declinaba la tarde y el

locutorio era muy lóbrego.

Detrás de la reja no se veían más que tinieblas.

Poco después de entrar en el locutorio, Montiño sintió abrirse una

puerta y los pasos de una mujer.

No traía luz.

Luego oyó la voz de la madre Misericordia.

El triste del cocinero mayor se estremeció.

--¿Quién sois, y qué me queréis de parte del Santo Oficio?--había dicho

la abadesa con la voz mal segura, entre irritada y cobarde.

--Yo, señora, soy vuestro humildísimo servidor que besa vuestros pies,

Francisco Martínez Montiño.

--¡Ah! ¿sois el cocinero mayor de su majestad?

--Sí; sí, señora.

--Pero explicadme... explicadme... porque no comprendo por qué os envía

el Santo Oficio de la general Inquisición.

--Ni yo lo entiendo tampoco, señora.

--¿Pero á qué os envían?

--Perdonad... pero quiero antes deciros cómo he trabado conocimiento con

el inquisidor general.

--¿Es el inquisidor general quien os envía?

--Sí, señora.

--¿Pero sois ó érais de la Inquisición?

--No sé si lo soy, señora, como ayer no sabía otras cosas; pero hoy como

sé esas otras cosas, sé también que soy en cuerpo y alma de la

Inquisición; pero á la fuerza, señora, á la fuerza, porque todo lo que

me está sucediendo de anoche acá me sucede á la fuerza.

--Pero explicáos.

--Voy á explicarme: salía yo de aquí esta mañana con la carta que me

habíais dado para su excelencia el duque de Lerma, mi señor, cuando he

aquí que me tropiezo...

--¿Con quién?

--Con un espíritu rebelde, que me coge, me lleva consigo, y me mete en

la hostería del... Ciervo Azul; y una vez allí me quita la carta que vos

me habíais dado para don Francisco de Quevedo.

--Yo no os he dado carta alguna para don Francisco.

--Tenéis razón; es que sueño con ese hombre. Quise decir la carta que me

habíais dado para el señor duque de Lerma.

--¿Qué, os la quitó?...

--Me la sacó... sí, señora... no sé cómo... pero me la sacó... y se

quedó con ella.

--¡Que se quedó con ella!... ¿y por qué os dejastéis quitar esa

carta?--exclamó con cólera la abadesa.

--Ya os he dicho que me la ha quitado...

--¿Pero quién era ese hombre que os la quitó?

Sudó Montiño, se le puso la boca amarga, se estremeció todo, porque

había llegado el momento de pronunciar una mentira peligrosa.

--El hombre que... me quitó vuestra carta, señora--dijo con acento

misterioso--, era... era... un alguacil del Santo Oficio.

--¡Un alguacil!

--Sí, señora. Un alguacil que me había esperado á la salida de la

portería.

--¿Os vigilaba el Santo Oficio?... ¿es decir, que el Santo Oficio vigila

la casa de mi tío?

--Yo no lo sé, señora--dijo Montiño asustado por las proporciones que

iba tomando su mentira--. Yo sólo sé que el alguacil me

dijo:--Seguidme.--Y le seguí.

--¿Y á dónde os llevó?

--Al convento de Atocha, á la celda del inquisidor general.

--¿Y qué os dijo fray Luis de Aliaga?

--Nada.

--¿Nada?

--Sí; sí, señora, me dijo algo:--Desde ahora servís al Santo Oficio.

Volved esta tarde.--Como con el Santo Oficio no hay más que callar y

obedecer, me fuí y volví esta tarde. El inquisidor general me dió una

carta y me dijo:--Llevadla al momento á la abadesa de las Descalzas

Reales.

--¡Ah! ¿traéis una carta para mí... del inquisidor general? ¿Dónde está?

--Aquí, señora.

--Dádmela.

--No veo... no veo dónde está, señora.

La abadesa se levantó y pidió una luz, que fué traída al momento.

Entre el fondo iluminado de la parte interior del locutorio y la reja,

había quedado de pie, escueta, inmóvil, la negra figura de la abadesa,

semejante á un fantasma siniestro.

No se la veía el rostro á causa de su posición, que la envolvía por

delante en una sombra densa.

Tampoco se podía ver el del cocinero mayor, que estaba de pie en la

parte interior del locutorio.

El reflejo de la luz atravesando la reja, era muy débil.

Esto convenía á Montiño, porque si la abadesa hubiera podido verle el

semblante, hubiera sospechado del cocinero mayor, que estaba pálido,

desencajado, trémulo.

--Dadme esa carta--repitió la abadesa.

Montiño metió la mano con dificultad por uno de los vanos de la reja, y

dió á la madre Misericordia la carta.

La abadesa se fué á leerla á la luz.

Para comprender esta carta, es necesario insertemos primero la que el

duque de Lerma escribió aquella mañana para la abadesa, y después la

contestación de éste.

La carta del duque decía:

«Mi buena y respetable sobrina: Personas que me sirven, acaban de

decirme que han visto entrar á mi hija doña Catalina en vuestro convento

y en uno de sus locutorios, y tras ella, en el mismo locutorio, á don

Francisco de Quevedo. Esto no tendría nada de particular, si no hubiese

ciertos antecedentes. Antes de casarse mi hija con el conde de Lemos, la

había galanteado don Francisco, y ella, á la verdad, no se había

mostrado muy esquiva con sus galanteos. Apenas casada, por razones de

sumo interés, me vi obligado á prender á don Francisco de Quevedo y

enviarle á San Marcos de León. Púsele al cabo de dos años en libertad, y

anoche se me presentó trayéndome una carta de la duquesa de Gandía, que

le había entregado doña Catalina, que estaba de servicio en el cuarto de

la reina. Esto prueba tres cosas, que no deben mirarse con indiferencia:

primero, que Quevedo no ha escarmentado; segundo, que está en

inteligencias con mi hija; y tercero, que estuvo anoche en el cuarto de

la reina. Por lo mismo, y ya que en estos momentos tenéis á mi hija y á

Quevedo en uno de los locutorios de ese convento, observad, ved lo que

descubrís en cuanto á la amistad más ó menos estrecha en que puedan

estar mi hija y Quevedo, porque lo temo todo, tanto más, cuanto peor

marido para doña Catalina, y peor hombre para mí, se ha mostrado el

conde de Lemos. Avisadme con lo que averiguáreis ó conociéreis, dando la

contestación al cocinero del rey, que os lleva ésta. Que os guarde

Dios.--_El duque de Lerma._»

La carta que en contestación á ésta escribió la abadesa, y que entregó á

Montiño y que quitó al cocinero mayor Quevedo, contenía lo siguiente:

«Mi respetable tío y señor: He recibido la carta de vuecencia tan á

tiempo, como que, cuando la recibí, estaba en visita con mi buena prima

y con don Francisco de Quevedo. Doña Catalina me había dicho que su

único objeto al verme, era hacerme trabar conocimiento con Quevedo, y

éste me había hablado tan en favor de vuecencia, que me tenía encantada,

y me había hecho perder todo recelo. La carta de vuecencia, sin embargo,

me puso de nuevo sobre aviso, y tengo para mí que doña Catalina y don

Francisco se aman, no dentro de los límites de un galanteo, que siempre

fuera malo, sino de una manera más estrecha. He comprendido que don

Francisco quería engañarme para inspirarme confianza, y que no ha sido

el amor el que le ha llevado á hacer faltar á sus deberes á doña

Catalina, sino sus proyectos: porque poseyendo á doña Catalina, posee en

la corte, cerca de la reina, una persona que puede servirle de mucho, y

por medio de la cual puede dar á vuecencia mucha guerra, y tanto más,

cuanto más vuecencia confíe en él. Mi humilde opinión, respetando

siempre la que estime por mejor la sabiduría de vuecencia, es que debe

desterrarse de la corte á don Francisco, ya que no se le ponga otra vez

preso; lo que sería más acertado, en lo cual ganaría mucho la honra de

nuestra familia, impidiendo á doña Catalina que continuase en sus

locuras, y en tranquilidad y tiempo vuecencia; porque don Francisco es

un enemigo muy peligroso. Sin tener otra cosa que decir á vuecencia,

quedo rogando á Dios guarde su preciosa vida.--_Misericordia, abadesa de

las Descalzas Reales._»

Ahora comprenderán nuestros lectores que, al leer esta carta Quevedo en

la hostería del Ciervo Azul, la retuviese, saliese bruscamente y dejase

atónito y trastornado al cocinero mayor.

Veamos ahora la carta que el padre Aliaga había escrito á la abadesa, y

que ésta leía á la sazón:

«Mi buena y querida hija en Dios, sor Misericordia, abadesa del convento

de las Descalzas Reales de la villa de Madrid: He sabido con disgusto

que, olvidándoos de que habéis muerto para el mundo el día que

entrásteis en el claustro, seguís en el mundo con vuestro pensamiento y

vuestras obras. Velar por el rebaño que Dios os ha confiado debéis, y no

entremeteros en asuntos terrenales, y mucho menos en conspiraciones y

luchas políticas, que eso, que nunca está bien en una mujer, no puede

verse sin escándalo en una monja, y en monja que tiene el más alto cargo

á que puede llegar, y por él obligaciones que por nada debe desatender.

Escrito habéis una carta á vuestro tío el duque de Lerma, y entregádola

á Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey, á fin de que al

duque la lleve. El señor Francisco, contra su voluntad, y bien inocente

por cierto, no puede llevar esa carta al duque, é importa que el duque

no eche de ver la falta de esa carta. Escribid otra, mi amada hija, pero

que sea tal, que ni en asuntos mundanos se entremeta, ni haga daño á

nadie. Recibid mi bendición--_El inquisidor general._»

Sintió la madre Misericordia al leer esta carta primero un acceso de

cólera, luego un escalofrío de miedo. Porque si bien su tío, como

ministro universal del rey, era un poder casi omnipotente en España, la

Inquisición no lo era menos, y cuando Lerma había nombrado inquisidor

general al padre Aliaga, ó le necesitaba ó le temía.

La madre Misericordia, pues, tuvo miedo.

Y no solamente tuvo miedo al padre Aliaga, sino también al cocinero

mayor, que estaba temblando al otro lado de la reja.

Era aquella una de esas situaciones cómicas que tienen lugar con

frecuencia cuando el poder hace uso del misterio, cuando explota el

recelo de los unos y de los otros, y cuando sus agentes no saben ni

pueden saber á qué atenerse.

Por esto estaban en una situación casi idéntica la abadesa de las

Descalzas Reales y el cocinero del rey.

Pero era necesario tomar una determinación, y la madre Misericordia

abrió el cajón de la mesa en que se apoyaba, y sacó un papel, le

extendió, le pasó la mano por encima, permaneció durante algunos

segundos irresoluta, y luego tomó una pluma.

Pasó un nuevo intervalo de vacilación.

--¿Y qué digo yo á mi tío--exclamó con despecho--que le satisfaga y no

le obligue á recelar de mí? ¿Cómo contestar á su carta sin incurrir en

el enojo del Inquisidor general?

La abadesa empezó á dar vueltas á su imaginación buscando una manera, un

recurso.

Montiño veía con una profunda ansiedad á la abadesa, pluma en mano,

meditando sobre el papel.

--¿Qué iría á decir la abadesa al duque?--murmuraba el asendereado

Montiño--. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡y quién me hubiera dicho ayer que esto

iba á pasar por mí!

Al fin se oyó rechinar la pluma sobre el papel bajo la mano de la madre

Misericordia.

He aquí lo que la abadesa escribió debajo de una cruz, y de las tres

iniciales de Jesús, María y José:

«Mi venerado y respetado tío y señor: He recibido vuestra carta en el

momento en que estaba en el locutorio en una doble visita con mi prima y

con don Francisco de Quevedo. Y digo una doble visita, porque cada cual

de ellos había venido por su intención, primero doña Catalina, y

después don Francisco. Doña Catalina, muy al contrario de lo que

vuecencia ha sospechado, venía con la pretensión de apartarse de la

corte y del mundo, y encerrarse en este convento durante la ausencia de

su marido. Yo procuré disuadirla, y tanto la dije, que al fin ha

renunciado á su propósito. En cuanto á don Francisco, ya sabe vuecencia,

porque lo sabe todo el mundo, que mató á un hombre que en la iglesia de

este mismo convento se había atrevido á insultar á una dama. Don

Francisco, que es muy buen cristiano, y muy caballero, venía á darme una

cantidad de ducados, á fin de que mandase decir misa por el alma del

difunto, y celebrar una solemne función de desagravios á su Divina

Majestad por haber sacado de su templo un hombre para darle muerte. Esto

es cuanto ha acontecido. De lo demás que vuecencia dice en su carta, no

sé nada, ni me parece que haya nada, porque aunque después de leer la

carta de vuecencia observé cuidadosamente á entrambos, sólo vi que se

trataban como conocidos, sin interés alguno. Doy á vuecencia las gracias

por la prueba de confianza que me ha dado en su carta, y quedo rogando á

Dios por su vida.--_Misericordia_, abadesa de las Descalzas Reales de la

villa de Madrid.»

--¡Perdóneme Dios, por lo que en esta carta miento!--dijo la monja

cerrándola--; la Inquisición tiene la culpa; para que no me cojan el

embuste será necesario avisar á mi prima y á don Francisco, y gastar

algunos doblones en la función de desagravios. ¿Quién había de pensar

que el cocinero del rey era alguacil, ó familiar, ó espía de la

Inquisición?

Después que la cerró, se levantó, pero se detuvo y volvió á sentarse y

sacó otro papel y escribió otra carta.

Aquella carta era para el padre Aliaga.

Decía así, después de la indispensable cruz y de las iniciales de la

sacra familia:

«Ilustrísimo y excelentísimo señor inquisidor general: He recibido la

carta en que vuestra excelencia ilustrísima tiene la bondad de

reprenderme. Yo, desde que abominé del mundo y busqué la paz de Dios en

el claustro, no he incurrido en el pecado de dejar la contemplación de

las cosas divinas por las terrenales. Si en la carta que vuecencia

ilustrísima conoce, escrita por mí á mi tío el señor duque de Lerma, hay

mucho de mundano, consiste en que mi tío me ha pedido informes acerca

de lo que media entre don Francisco de Quevedo y la condesa de Lemos.

Faltaría yo á lo que debo á Dios y mi conciencia, si en lo que digo en

la tal carta mintiera. Doña Catalina y don Francisco, á no dudarlo,

cometen el crimen de mancillar la honra de dos familias ilustres. Por lo

que toca á los consejos que daba á mi tío, los creo lícitos y buenos,

porque he visto que don Francisco es su enemigo. Si he pecado

escribiendo más, sin intención ha sido, pero sin embargo, espero la

penitencia, para cumplirla, que vuecencia ilustrísima se digne imponerme

como padre espiritual y sacerdote, y por otra parte he escrito la carta

para mi tío que vuecencia ilustrísima me manda escribir en la suya, y en

la cual carta desvanezco completamente las dudas de mi tío acerca de los

deslices de su hija y de la enemistad de Quevedo. Además, para que

vuecencia ilustrísima vea cuán sin culpa estoy, inclusa va la que me

escribió el señor duque de Lerma.»

Detúvose al llegar aquí la abadesa.

--Para que el padre Aliaga desconfie menos de mí--murmuró--debo enviarle

copia de la carta que escribo á mi tío... Es necesario andar con pies de

plomo... Hago, es verdad, traición al duque... ¡pero la Inquisición!...

La madre Misericordia se acordó con horror de que el Santo Oficio había

quemado viva á más de una monja.

Este recuerdo la decidió; copió la carta que había escrito para Lerma y

continuó la que estaba escribiendo para el inquisidor general, de esta

manera:

«Además, incluyo la que á mi tío escribo, y creo que vuecencia

ilustrísima quedará completamente satisfecho de mí. Recibo de rodillas

su bendición y se la pido de nuevo. Dios guarde la vida de vuecencia

ilustrísima como yo deseo. Humilde hija y criada da vuecencia

ilustrísima.--_Misericordia_, abadesa de la comunidad de las Descalzas

Reales de la villa y corte de Madrid.»

Puso la abadesa bajo un sobre la carta para el padre Aliaga y las dos

copias adjuntas á ella, y con la dirigida al duque de Lerma, la entregó

á Montiño.

--Dadle un pliego--le dijo--al señor duque de Lerma, y el otro al señor

inquisidor general.

--¡Al inquisidor general! ¿Y cuándo?

--Al momento.

--¿Y si me detuviere el duque de Lerma?

--En cuanto os veáis libre.

--¿Tenéis algo que mandarme, señora?

--Nada más. Id, buen Montiño, id, que urge, y que os guarde Dios.

--Que Dios os guarde, señora.

El cocinero mayor salió murmurando:

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios quiera que estas cartas no me metan en un

nuevo atolladero!

Entre tanto, la madre Misericordia, que se había quedado abstraída é

inmóvil en medio del locutorio, se dirigió de repente á la salida en un

exabrupto nervioso, y dijo, saliendo á un espacio cuadrado donde estaba

el torno, á una monja que dormitaba junto á él:

--Sor Ignacia, que vayan á buscar al momento á mi confesor.

CAPÍTULO XXVIII

DE LOS CONOCIMIENTOS QUE HIZO JUAN MONTIÑO, ACOMPAÑANDO Á LA DOROTEA

Debemos retroceder hasta el final del capítulo XXII.

Esto es, al punto en que Dorotea salió de su casa con Juan Montiño.

La litera era, en efecto, grande; la conducían dos mulas, una detrás y

otra delante, y un criado vestido decorosamente de negro; ya que la

comedianta, en razón de su oficio, que estaba declarado infame por una

ley de partida, no podía llevar á sus criados con librea, llevaba del

diestro la parte delantera.

Arrellanóse el joven en un blandísimo cojín, y sintió á sus espaldas y á

su costado derecho otro no menos blando y rehenchido.

Aunque Juan Montiño no se admiraba de nada, causóle impresión aquel

lujo, no por sí mismo, sino porque le usase Dorotea.

La litera estaba forrada de raso blanco, con pasamanería de galón de

oro, cristales de Venecia en las portezuelas, ricas cortinillas tras los

cristales y una rica piel de oso en el fondo.

Podía asegurarse que muchas damas principales y ricas no poseían un tan

lujoso vehículo.

Es verdad que antes y ahora muchas señoras de título no podían ni pueden

tener los trenes que usaban las comediantas.

Con decir que aquella litera era un regalo del duque de Lerma, está

explicado todo.

Del mismo modo, despertado el joven por ella, sorprendido por el breve y

extraño diálogo anterior á su salida de la casa, no había podido hacerse

cargo de lo exquisitamente engalanada que iba la joven.

Al entrar en la litera, Dorotea se había echado atrás el manto, dejando

descubierto su maravilloso traje de brocado de tres altos plata y oro

sobre azul de cielo, con bordaduras en el cuerpo y en las cuchilladas de

las mangas de oro á martillo, que no parecían sino verdaderas bordaduras

hechas al pasado; una rica gola de Cambray que realzaba lo blanco, lo

terso, lo dulce, por decirlo así, de su cutis; un largo collar de

gruesas perlas prendido en el centro del pecho por un joyel de

diamantes; herretes de lo mismo en la cerradura del cuerpo, guarnición

de perlas en las pegaduras de las mangas sobre los hombros, y un grueso

cordón de oro con rubíes y esmeraldas ciñendo su cintura y cayendo doble

y trenzado en una especie de greca, por cima de la ancha y magnífica

falda, hasta los pies.

Uno de estos pies, pequeño, deliciosamente encorvado, asomaba como al

descuido bajo la falda, calzado con un zapatito blanco de terciopelo de

Utrech y con un lazo de oro y diamantes en la escotadura.

Con decir que bajo los puños rizados de encaje, sobre las manos

preciosas por sí mismas y riquísimas por sus sortijas, se veían dos

pulseras asimismo de perlas y diamantes, y que también diamantes y

perlas salpicaban las anchas trenzas negras de la Dorotea, está hecha la

descripción de su atavío.

Todo aquello, y otra infinidad de trajes y de alhajas, era regalo

también del duque de Lerma.

Esto no quería decir que Lerma amase demasiado á la comedianta, sino que

era la mujer de moda en el teatro, y la envidiada fuera del teatro, lo

que bastaba para que la ostentación de Lerma la hubiese deseado para

querida pública; y siéndolo, no podía buenamente presentarse al público

de otro modo sin desdoro del duque.

Además, este lujo escandaloso de la Dorotea, servía al duque de

prospecto para con otras mujeres. Sólo que la mayor parte de las que se

suscribían á las obras del duque, se encontraban con que las obras no

correspondían, ni con mucho, al lujo del prospecto.

Pero á Juan Montiño que, á pesar de todo, conservaba un fondo de candor

y virginidad en el alma, le maravilló todo aquello.

No se dió razón de la razón de aquel lujo, aturdido por él.

Dorotea, como mujer y como atavío, se le había subido á la cabeza; le

había embriagado.

Y era muy difícil defenderse de la embriaguez causada por aquella

portentosa armonía de formas, por aquella riqueza de cabellos, de color,

de atractivos; por aquella mirada dulcísima y ardiente que le sonreía,

le enamoraba, le acariciaba, le chupaba, por decirlo así; por aquella

nobleza de lo bello, por aquella magia de lo maravilloso.

Encanta una mujer hermosa vestida de blanco ó de negro.

Pero una mujer hermosa, matizada, abrillantada por brocados y pedrerías,

y saturada de blandos y exquisitos perfumes, embriaga.

Por eso estaba embriagado don Juan Montiño.

Y como cuando estamos dominados por la embriaguez no somos dueños de

nuestra razón y lo olvidamos todo, el joven, dentro de aquella litera y

en aquella situación, se había olvidado completamente de doña Clara

Soldevilla.

En verdad que la embriaguez pasa, y que después de haber pasado, quien

tiene dignidad en el alma, se avergüenza de su pasada embriaguez.

Brillaba, relucía la mirada del joven, fija en Dorotea; su semblante

tenía esa dulce seriedad del sentimiento que sólo modifica á veces una

indicación de sonrisa, sensual, característica, que parece decir á una

mujer ó á un hombre: no vivo, no siento más que para ti.

A más que por la expresión de su semblante, el estado físico y moral del

joven se revelaba para Dorotea en el ardor febril de sus manos, que

estrechaba una de las suyas, y en el temblor leve y sostenido de su

cuerpo.

Dorotea era entonces feliz.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 27 / 66 段