--¡Ah! ¡el rodrigón de doña Clara Soldevilla!--exclamó.
--Vuestro humilde criado, señor Francisco--dijo el vejete.
--¿Sois vos el que me ha tocado?
--Sí, señor, yo, que buscaba á vuesa merced. He estado en las cocinas, y
no hallándole allí, fuí á Santo Domingo el Real por ver si allí le
encontraba.
--¿Y qué me queréis?
--Mi señora os llama.
--¿Ahora mismo?
--Ahora mismo.
--Decid á vuestra señora que me es imposible; que falté ayer de la
cocina, por asistir, de orden del rey, á la de su excelencia el duque de
Lerma, y que de seguro tendré mucho que arreglar; si yo faltara hoy
también, sabe Dios lo que sucedería.
--Mi señora me ha dicho, que si os negábais á acudir, os dijese que lo
mandaba la reina.
--Pero señor--exclamó Montiño--, ¿quieren matarme?...
--Señor Francisco, yo digo lo que me dicen.
--Pues vamos allá--exclamó Montiño con una resolución heroica.
Subieron por la escalerilla de las Meninas, atravesaron parte del
alcázar, y al fin el rodrigón abrió una puerta, hizo atravesar á
Francisco Montiño una antesala y le introdujo en una sala.
En ella, sentada junto á la vidriera de un balcón, estaba la hermosa
doña Clara.
Su semblante aparecía pálido y triste; pero se animó cuando vió al
cocinero mayor.
--Bésoos los pies, señora--dijo éste inclinándose delante de la joven.
--Dios os guarde, Montiño--dijo doña Clara--; ¡con cuánta impaciencia os
he esperado! Sentáos.
--¿Y á causa de qué ha sido esa impaciencia, señora?--dijo Montiño
sentándose.
--Anoche han pasado cosas muy graves.
--No sé... ignoro...--contestó Montiño--; indudablemente en mi familia
han pasado graves cosas: como que ha muerto mi hermano mayor...
--¡Qué desgracia! ¡Vaya por Dios!
--Ya era anciano... Pero tuve que ir allá... á Navalcarnero.
--Sí, sí; ya sé que habéis estado anoche fuera de vuestra casa... No
debéis dejar vuestra casa sola, especialmente de noche, señor Montiño...
¡dos mujeres solas!
--¿Esta también?--dijo para sí Montiño--. Pero, señor, ¿qué pasará en mi
casa?
--Os esperaba con impaciencia para haceros algunas graves preguntas.
--¿Puedo yo contestar á ellas?
--Indudablemente.
--Pues bien, escucho.
--¿Tenéis un sobrino?
--Sí, señora.
--¿Se llama Juan Martínez Montiño?
--Sí, señora.
--¿A qué ha venido ese joven á la corte?
--Ha venido... pues... ha venido á avisarme de que mi hermano se moría.
--¿Nada más?...
--Nada más.
--Y decidme: ¿quién os dijo que don Rodrigo Calderón tenía ciertas
cartas?
--¿Qué cartas?...
--Cartas que comprometían...
--No os entiendo, señora.
--¡Montiño, estáis comiendo el pan de su majestad!...
--Eso es muy cierto, señora... pero... suceden tales cosas, que no sé
qué hacer... no sé qué decir...
--Pues es necesario que sepamos á qué atenernos...
--Mi sobrino es muy afortunado, ¿no es verdad?
A aquella pregunta imprevista, doña Clara se puso encendida como una
guinda.
Montiño se equivocó al interpretar aquel rubor.
--En palacio, señora--dijo--, nos vemos obligados á hacer cosas que nos
repugnan.
--¿Qué queréis decir?
--Seamos francos y no nos ocultemos nada.
--¡Que no nos ocultemos!...
--Yo sé que Juan tiene amores en palacio.
--¿Que sabéis...? ¿Os ha dicho ese joven...?
--No, por cierto; es callado y firme como una piedra; pero yo he
adivinado... es más, tengo pruebas... es un secreto terrible... y si
para ello me llamáis... entendámonos completamente.
--Explicáos con claridad--dijo doña Clara con la mayor reserva.
--Su majestad tiene disculpa... ¿Nos puede escuchar alguien?
--Nadie, Montiño, nadie--dijo doña Clara, que estaba cada vez más
encendida.
--Pues el rey es el rey... siempre rezando y siempre cazando... Pero
sacadme de una duda: ¿dónde ha visto su majestad á mi sobrino? Digo á mi
sobrino por costumbre.
--¡Cómo! ¿No es vuestro sobrino?
--Doña Clara, os voy á confesar un gran secreto... Juan no es Montiño,
sino Girón.
--¡Dios mio!--exclamó doña Clara.
Y de encendida que estaba, se puso pálida como una difunta.
--Sí, sí, señora; es hijo natural del gran duque de Osuna.
--¡Ah! Ahora comprendo...
--¿Qué, doña Clara?...
--Nada, nada; pero había encontrado algo de singular en la mirada de ese
joven.
--¡Ya lo creo!... Cuando se entusiasma, cuando se embravece, se asemeja
á su padre.
--¿Pero estáis seguro, Montiño? ¿no os engañáis?
--Mirad, señora, y juzgad--dijo Montiño sacando de su ropilla la carta
que le había traído la noche antes Juan--: os revelo un secreto de
familia; pero vos le guardaréis.
--Sí, sí, pero dadme.
Montiño entregó la carta á doña Clara, que la leyó con un profundo
interés.
--Aquí consta--dijo--, que ese joven es hijo de un gran señor y de una
noble dama; pero el nombre... el nombre de su padre no está...
--Ya veis que mi hermano no se atrevió á confiarlo á un papel que puede
perderse, pero cuando llegué me lo reveló.
--¿Y era... el duque de Osuna?
--Sí; sí, señora...
--¿Y su madre?...
--Faltó el habla á mi hermano para revelármelo... murió poco después de
haber llegado yo.
--¡Qué desgracia! un secreto á medias... ¿y sabe él ese secreto?
--No; no, señora: y si os lo revelo á vos, es porque su majestad la
reina...
--¡La reina!...
--Ya que se ha dignado favorecer á mi sobrino... á don Juan Girón,
quiero decir... debe satisfacerla que alienta en sus venas la generosa
sangre de los Girones.
--¿Pero qué la importa á su majestad?...--dijo severamente doña Clara--:
don Juan la ha hecho un eminente servicio... la reina se lo agradece...
y nada más... ¿qué enredos son éstos?... ¿qué fatalidad puede haber para
que se tome el nombre de su majestad de una manera ambigua?
--Perdonad, señora; pero yo no he querido decir...
--Cuando se habla de la reina, las palabras deben ser muy claras.
--Vamos--dijo para sí Montiño--, he cometido una torpeza: doña Clara
quiere todo el secreto y todo el provecho para sí.
--Os he llamado--dijo doña Clara--, para saber cuántas personas conocen
ese funesto secreto de haber tenido don Rodrigo Calderón cartas de la
reina... cartas inocentes... cartas que nada tienen de vergonzosas, pero
que debían ser destruídas, y que lo han sido por el valor de ese
caballero... pero no basta... es necesario que no quede ni la más leve
nube delante del nombre de su majestad. ¿Quién os dijo que don Rodrigo
tenía esas cartas?
--Un tal Gabriel Cornejo--dijo Montiño dominado por doña Clara.
--¿Y quién es ese hombre?--dijo doña Clara poseída de un terror
instintivo.
Montiño se arrepintió de haber pronunciado aquel nombre, y no se atrevió
á contestar.
--¿Quién es ese hombre?--repitió con energía doña Clara.
--Es... un pobre diablo... un prendero del Rastro...--contestó
tartamudeando Montiño.
--¡Un prendero del Rastro!... ¿y á tales gentes ha ido á parar un
secreto de su majestad?
--¿Qué queréis, señora? don Rodrigo...
--Es un miserable, ya lo sé... ¿y ha sido don Rodrigo?...
--Don Rodrigo trata con una comedianta...
--¡Ah!
--Y esta comedianta, que le ama...
--Le ha arrancado el secreto...
--¿Ha visto las cartas de su majestad?
--¡Ah! pues no comprendo bien...
--La comedianta fué á ver al Cornejo para pedirle un bebedizo, y le
reveló el secreto de las cartas.
--Más claro... más adelante... concluid... ¿cómo ha llegado á vos ese
secreto?
Montiño sudaba.
Doña Clara, inflexible, con una fuerza de voluntad incontrastable,
dominaba al cocinero mayor.
--¿Quién me habrá metido á mí en estos enredos?--decía para sí el
cocinero.
--¿Cómo sabéis vos lo de las cartas?--repitió doña Clara.
--Yo, señora... como tengo mujer... como tengo una hija...
--¿Pero qué tienen que ver en esto vuestra mujer y vuestra hija?
--Tienen... porque me obligan á pensar en ser rico...
--¿Pero no me comprendéis? ¡no os pregunto eso! ¡nada me importa eso!
--Es que, señora, como quiero ser rico, trato con ese Gabriel Cornejo.
--Me estáis haciendo perder la paciencia.
--Estoy turbado, señora... no sé lo que me sucede... no sé lo que pasa á
mi alrededor.
--Pues bien, procurad tranquilizaros, y vamos en derechura al asunto.
--Prometedme, señora, que alma viviente no sabrá lo que voy á deciros.
--Estad seguro de ello.
Llevo toda mi vida trabajando, primero en la cocina de la señora
infanta de Portugal, doña Juana; después en la del señor rey don Felipe
II, luego...
--¡Pero por Dios, Montiño!
--Allá voy, allá voy... pues bien; á pesar de todo, he llegado casi á
ser viejo sin ser rico... tenía, en verdad, algunos ahorrillos... pero
esto no era bastante... propúseme aumentar mis ahorros poniendo dinero á
ganancia... pero esto no es decente en un hidalgo... y si no hubiera
tenido mujer é hija...
--Adelante, adelante.
--Pues como no era decente que yo me mezclase en cierta clase de
asuntos, porque vengo de buen linaje... me valí de ese Gabriel
Cornejo...
--¿Y por causa de esas relaciones--dijo con impaciencia doña
Clara--habéis llegado á saber...?
--Sí; sí, señora... anoche se me presentó el tal Gabriel y me dijo que
una dama encubierta, con trazas de muy principal, había ido á casa de
una tal María Suárez, mujer de un escudero llamado Melchor, y sin
descubrirse pidió mil y quinientos doblones, por los cuales se darían
tres mil pasando un mes, mediando un recibo de la reina.
--¡Ah!
--Aquella misma tarde el tío Manolillo, el bufón, había ido á preguntar
al tío Cornejo cuánto quería por matar á un hombre principal; y como el
tío Manolillo es pariente, ó amante, ó no se sabe qué de la comedianta,
y como la comedianta tiene celos de la reina, y como don Rodrigo
Calderón es un hombre principal...
--¡He aquí que ese Cornejo, que ese miserable, ha deducido!... y bien,
no importa... eso nada importa, afortunadamente... ¿el nombre de esa
comedianta?--dijo doña Clara yendo á una mesa, buscando un papel, y
tomando una pluma.
--Dorotea--dijo Montiño enteramente atortolado.
--Dorotea, ¿de qué?
--No tiene apellido.
--¿Es amante de don Rodrigo Calderón?
--Sí, señora... pero ocultamente...
--Esas mujeres--dijo con repugnancia doña Clara--tienen muy mala vida;
si es secretamente... querida de don Rodrigo Calderón... tendrá de
seguro otro amante público.
--Sí; sí, señora: el duque de Lerma.
Doña Clara escribió.
--Bien, muy bien; ¿dónde vive esa mujer?
--En la calle Ancha de San Bernardo.
--Pasemos á la otra persona. ¿Qué antecedentes son los de este tío
Cornejo?
--No sé, no sé--dijo verdaderamente asustado Montiño.
--Tratándose de la honra de su majestad--dijo severamente doña Clara--,
ya comprendéis, Montiño, que es necesario obrar de una manera enérgica;
creo que os será preferible confesar ante mí que ante otra persona...
--Por último, señora--dijo Montiño sobreponiéndose á la situación--,
este es un asunto que no puede llevarse ante la justicia, porque su
majestad media; yo me he encontrado metido en él sin saber cómo, de
buena fe...
--¡Pero si yo no os acuso! sólo quiero saber...
--Pues bien, señora, acerca del tal Cornejo no sé nada.
--Os advierto una cosa. Es cierto que este asunto no puede llevarse á
una audiencia; pero en España hay un tribunal que, con el mayor secreto,
por medio de sacerdotes, averigua todo cuanto necesita averiguar.
--¡La Inquisición!--exclamó con terror Montiño.
--Hay un hombre, un santo, que defiende en esta corte tan corrompida,
tan odiosa, la inocencia y la justicia; ese hombre es el confesor del
rey; ya sabéis que fray Luis de Aliaga es del partido de la reina,
porque de parte de la reina están la razón y la justicia. Fray Luis de
Aliaga ha sido recientemente nombrado inquisidor general.
--Os juro, señora, que yo no he tenido la menor parte... que cuando
Cornejo se atrevió á indicarme que su majestad había escrito cartas de
amores á don Rodrigo... le desmentí... le desmentí con toda mi alma,
porque yo sé que su majestad es una santa...
--Y, sin embargo, engañado por las apariencias, habéis creído que su
majestad amaba á... ese don Juan... á ese vuestro sobrino postizo...
--Yo no tengo la culpa de que se me haya mandado le enviase á palacio...
hice lo que debía hacer; reprendí á Cornejo... le aterré... y sabiendo
que don Rodrigo Calderón llevaba sobre sí las cartas que comprometían á
su majestad... llevé á mi sobrino, quiero decir, á don Juan Girón, á un
lugar donde podría encontrar á don Rodrigo, y le dije:--Mátale, hijo,
quítale las cartas de su majestad y llévalas á palacio, donde te llaman.
Mi sobrino... perdonad, la costumbre hace equivocarme.
--Equivocáos siempre; llamad siempre á ese joven vuestro sobrino.
--Pues bien, mi sobrino ha obrado como un valiente, y yo como bueno y
leal.
--No lo dudo... y por lo mismo debéis manteneros en vuestra honrosa
lealtad, diciéndome cuanto sepáis de ese Cornejo.
--Por el amor de Dios, señora, que no pronunciéis después de esto mi
nombre para nada. Ya sabéis que yo soy inocente.
--Podéis estar seguro de ello; pero hablad.
--Gabriel Cornejo, ha estado en galeras por robos y homicidios.
--¡Ah!
--Es galeote huído.
--Más, más que eso; con eso sólo tiene que ver la justicia ordinaria, y
de la justicia ordinaria no podemos valernos. ¿No decís que esa
comedianta pidió un bebedizo á ese hombre?
--Sí, señora.
--Ese hombre tendrá, pues, algo de ensalmador, y otro tanto de brujo...
--Sí; sí, señora; no tiene por donde el diablo le deseche.
--Bien; ¿y creéis que puedan encontrarse pruebas en su casa?
--Es probable... dientes de ahorcado, vasijas, untos... yo no lo he
visto, pero lo supongo...
--¡Y vos, tan cristiano, vos, criado del rey Católico, os tratáis con
esa clase de gentes!...
--¡Ah, señora! ¡si yo no tuviera mujer... si yo no tuviera hija!... ¡si
no estuviese á punto de tener otro hijo!...
--Por la familia debe un hombre arriesgar la vida; pero debe conservar
la honra... y sobre todo... ¡el alma!--exclamó con repugnancia, y aun
podremos decir con horror, doña Clara.
--Estoy arrepentido...
--Bien, bien--dijo doña Clara, consultando el papel en que había
escrito--: Dorotea vive en la calle Ancha de San Bernardo; está
enlazada, no se sabe cómo, con el bufón del rey; es manceba secreta de
don Rodrigo Calderón, y pública del duque de Lerma. Gabriel Cornejo es
usurero, galeote huído y brujo; ¿dónde vive ese hombre?
--Tiene una ropavejería en el Rastro.
--Además se trata con una María Suárez... ¿dónde vive esa mujer?...
--Creo, señora, que sabéis demasiado dónde vive, y quién es la señora
María.
--¡Yo!
--Creo que vos sois la dama principal que estuvo anoche en casa de la
señora María.
--¡Yo! tenéis la mala cualidad de suponer absurdos. ¿Qué tenía yo que
hacer en casa de tales gentes?
--Esa mujer--dijo desalentado Montiño--vive en la calle de la Priora.
--Bien, muy bien. Y vuestro sobrino... ¿dónde para?
--Preguntádselo al tío Manolillo.
--¡Al tío Manolillo!... ¿pues qué, el tío Manolillo le conoce?
--El tío Manolillo conoce á don Francisco de Quevedo, y don Francisco de
Quevedo es amigo... de mi sobrino.
--Habéis cumplido como yo esperaba de vuestra lealtad, Montiño--dijo
doña Clara ya con semblante más benévolo--, y nada tenéis que temer:
seguid ayudándonos y nada temáis.
--¿Que os ayude yo, señora?... ¡yo, inútil, enteramente inútil!
--Ya sabemos lo que sois, y lo que podéis, y contamos con vos. Pero
estáis inquieto, impaciente...
--Como que no he ido todavía á las cocinas, y ya debe de estar
almorzando el rey. Si se han descuidado... si ha ido algún plato mal
servido...
--Id, id, Montiño; tranquilizáos, nada temáis. Id, que os guarde Dios.
Al llegar á la puerta exterior de las habitaciones de doña Clara, oyó la
fresca y sonora voz de la joven, que dijo:
--Que me vayan á buscar al bufón del rey.
--¿Para qué querrá doña Clara al bufón del rey?--dijo Montiño alejándose
rápidamente á lo largo de una galería, en dirección á unas escaleras que
conducían á las cocinas--. Sería chistoso que fuese doña Clara la dama
de quien está enamorado mi... sobrino (es necesario que yo crea que es
mi sobrino, á fin de que ni por descuido pueda írseme una palabra en
contrario). ¿Si será, repito, esta doña Clara la mujer de quien mi
sobrino está enamorado? ¿si será doña Clara la confidenta de sus amores
con?... pero señor, ¿por dónde ha venido este enredo? ¿y ese afán de
todos de hablarme de mi casa y de mi mujer?... vamos, es necesario no
pensar en esto: ¿pero, y lo otro? las cartas, don Rodrigo herido, la
Dorotea, Cornejo, y la Inquisición á punto de tomar cartas en el
negocio. Con esto y con que me hayan echado á perder la vianda de su
majestad, no nos falta más. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! y quién me ha
metido á mi en estas cosas. ¿Para qué diablos ha venido mi sobrino á
Madrid?
Y Montiño subía de dos en dos los peldaños de la estrecha escalera de
caracol.
Cuando llegó jadeando á lo alto, atravesó, á la carrera casi, una
crujía, se entró en la cocina, y sin hablar una palabra se precipitó á
las hornillas, y levantó la tapa de una cacerola de una manera nerviosa.
Los ojos de Montiño brillaron de una manera particular.
--¿Quién ha rellenado este capón?--dijo con voz estentórea y
amenazadora.
A aquella pregunta, todos detuvieron sus faenas, y todos callaron; pero
las miradas de todos se fijaron en un mozangón que miraba entre turbado
é insolente á Montiño.
--¿Has sido tú, Aldaba del infierno, has sido tú?--exclamó Montiño
arrojando con cólera la tapadera, y echando mano á la espada que
desenvainó.
Cosme Aldaba, que era el delincuente, cayó de rodillas en la situación
más cómicamente melodramática que puede verse.
--¿Quién te ha dicho, infame--exclamó todo irritado el cocinero--que á
un capón relleno se le dejan el pescuezo y las patas? ¿No te he dicho
cien veces que estos capones se rellenan entre cuero y carne, que no se
les echa en el relleno carne cruda, sino cocida, y que cuando se les
pone á cocerse les echan yemas de huevo picadas? Ven acá, hereje y mal
nacido; ven acá y huele, y dime si esto huele á capón relleno.
Y asió á Cosme Aldaba del cogote, le llevó á la hornilla y le hizo meter
casi las narices en la cacerola.
Después le arrojó de sí y le plantó cuatro ó cinco cintarazos.
Aldaba huyó dando gritos.
--¿Y quién ha sido--añadió Montiño, cuyos ojos parecían próximos á
saltar de sus órbitas--, quién ha sido el que ha dejado que un galopín
haga un plato que es difícil para más de un oficial?
Todos se callaron.
--Es que el señor Gil Pérez tenía que ir á ver á su coima, y me dijo
que hiciera ese capón--exclamó desde la puerta con voz quejumbrosa el
galopín Aldaba.
--¡Ah! ¿conque es decir que las coimas son aquí primero que las viandas
de su majestad? A la calle, Cosme, á la calle, y no me vuelvas á parecer
por la cocina, ni en seis leguas á la redonda, y el señor Gil Pérez, que
busque otro acomodo; así escarmentarán los otros oficiales y no dejarán
sus cuidados á los galopines. ¿Pero qué es esto? aquella empanada de
pollos ensapados se abrasa... ¡ya se ve! ¡si os estáis todos parados,
ahí mirándome como á una cosa del otro mundo!... ¿Apostamos á que hoy no
tendremos un solo plato á punto que poner en la mesa de su majestad?
--Del señor duque de Lerma--dijo una voz detrás de Montiño.
Volvióse el cocinero mayor, y vió á un lacayo que le entregaba una
carta.
Tomóla con la mano temblorosa aún por cólera, la abrió y vió que decía:
«Señor Francisco: Venid al momento, necesito hablaros.--_El duque de
Lerma_.
--Decid á su excelencia que no puedo separarme en este momento de la
cocina--dijo al lacayo.
--Tengo orden de no irme sin vos.
--Pues no quiero ir.
--Tengo orden de presentaros, si os negáis, esta otra carta.
El cocinero la tomó y la abrió.
«De orden del rey--decía--y bajo vuestro cargo y riesgo, y pena de
traición, seguiréis al portador.--_El duque de Lerma_.»
--Vamos--dijo el cocinero de su majestad, envainando su espada,
arreglándose de una manera iracunda el cuello de la capa y arrojando una
mirada desesperada á la hornilla.
Poco después seguía por las calles al lacayo del duque de Lerma.
CAPÍTULO XIX
EL TÍO MANOLILLO
Llena estaba la antecámara de audiencias de palacio de pretendientes,
cuando el tío Manolillo llegó al alcázar.
Su semblante, que hasta allí había ido sombrío, pálido, contraído, se
dilató; su boca estereotipó su maliciosa é insolente sonrisa de bufón,
sus ojos bizcos empezaron á moverse y á lanzar miradas picarescas, y su
andar, sus ademanés, todo se trocó.
Sacó del bolsillo un cinturón de cascabeles y se le ciñó.
Luego atravesó dando cabriolas las galerías de palacio.
El pobre cómico había relegado su corazón á lo profundo de su pecho, y
había empezado á desempeñar su eterno papel de loco á sueldo.
Cuando llegó á la antecámara de audiencias, cesó en sus cabriolas, se
detuvo un momento en la puerta sonando sus cascabeles, como para llamar
la atención de todo el mundo, y luego, con la mano en la cadera, la
cabeza alta y la mirada desdeñosa, que parecía no querer ver á nadie,
atravesó con paso lento, marcado y pretencioso, la antecámara.
Todos los que le conocían en la corte se echaron á reir.
El tío Manolillo remedaba perfectamente la prosopopeya del duque de
Lerma, que poco antes acababa de salir con el mismo continente y la
misma altivez de la cámara del rey.
Al llegar á la cortina, un sumiller le detuvo.
--No se puede pasar--le dijo.
--¡Eh! ¿Qué sabéis vos?--dijo el tío Manolillo--; yo no paso, me quedo.
--El rey...
--¿Y quién hace caso del rey?... El rey sabe menos que nadie lo que se
dice... déjame entrar ó te entro.
Y como el sumiller se opusiese, el tío Manolillo le asió por la pretina
y se entró con él en la cámara real.
--Hermano Felipe--dijo al rey--, aquí te traigo á éste para que le
castigues... Se ha atrevido á faltarme al respeto... ¡pretender que la
locura no entre en la cámara del rey!
--Idos, Bustamente--dijo el rey al sumiller--. Ven acá, Manolillo. El
señor Inquisidor general tiene que hacerte algunas preguntas.
Y el rey señaló al padre Aliaga, que estaba sentado en un sillón frente
á la mesa donde almorzaba el rey.
--Dame primero de almorzar, porque así como tú, por haber pasado una
buena noche, tienes apetito, yo por haberla pasado en vela por ti, me
perezco de hambre.
Él rey empujó un plato hacia el bufón.
Este le tomó, se sentó sobre la alfombra y se puso, sin cumplimiento, á
comer.
--Están buenas estas lampreas--dijo--, se conoce que no ha estado hoy en
la cocina tu buen cocinero mayor.
--Calumnias al pobre Montiño. Es el cocinero más famoso de estos
tiempos.
--Lo era antes de tener mujer, pero su mujer le ha cambiado.
--¿Y vos, no sois casado, amigo Manolillo?--dijo el padre Aliaga.
--No, señor; la mujer con quien pude casarme no tenía alma, y yo quiero
las cosas completas. Por eso no me gusta la corona de España.
--¡Oh! ¡oh!--dijo el rey.
--Sí, sí por cierto, porque la corona de España no tiene cabeza.
--Parece que os ha escuchado la conversación, padre--dijo el rey.
--Todo consiste en que el padre Aliaga es tan loco como yo.
--¿Me queréis explicar eso, tío Manolillo?--dijo el fraile.
--Con mil amores, pero dame otro plato, Felipe; nunca hablo mejor que
cuando tengo la boca llena.
El rey empujó otro plato hacia el bufón.
Este le tomó y dijo:
--Pues es necesario agradecerte el sacrificio que haces por mí, hermano,
porque los embuchados te gustan mucho, razón porque te los sirven todos
los días tus dos cocineros Montiño y Lerma.
--¡Ah!¡ah!--¡acometedor vienes hoy!--dijo el rey riendo--algo sucede, de
seguro.
--Sucede, que no sucede nada.
--Pero decidme, ya que tenéis la boca llena, tío--dijo el padre
Aliaga--: ¿por qué soy yo tan loco como vos?
--Porque vos, como yo, os habéis empeñado en que un loco tenga juicio.
Y miró de una manera sesgada y maliciosa al rey.
--Como veis--dijo el padre Aliaga--, su majestad almuerza sin
gentileshombres y sin maestresalas; está solo conmigo.
--Lo que demuestra que estáis haciendo el oficio de loquero.
--Os ruego, señor--dijo el padre Aliaga--, que mandéis al tío Manolillo
avise al sumiller que no deje pasar á nadie, absolutamente á nadie, ni
aun al mismo duque de Lerma.
--Ya lo oyes, obedece--dijo el rey.
--¿Qué será esto?--dijo el tío Manolillo yendo hacia la
puerta--¡apoderado de ese imbécil el padre Aliaga, y en consejo
conmigo!--¿qué querrán? ¿sabrán algo? ¡veremos!
Y dió las órdenes al sumiller, cerró además la puerta de la cámara, y
volvió á sentarse sobre la alfombra y á comer sus embuchados.
--Os ruego--dijo el padre Aliaga--que por estos momentos dejéis vuestro
oficio de bufón y me respondáis bien, lisa y llanamente.