En aquel momento Montiño miró á la comedianta.

Esta doble mirada fué más elocuente, más intensa que la anterior.

Dorotea y Montiño se turbaron mucho más.

Pero por aquella vez, Dorotea no se irritó.

Por el contrario, soltó una alegre carcajada, y dijo:

--¿Quién diablos os ha traído aquí?

Y llenó la copa, bebió la mitad, y ofreció la copa á Montiño.

Montiño la tomó y buscó el sitio donde había puesto sus labios la joven.

--Habladme con franqueza--dijo la Dorotea--; ¿qué habéis visto en

mí...?

Y se detuvo.

--He visto en vos, señora... ¡la verdad es que no he visto nada fuera de

vuestra hermosura, que es divina!

--Pero... mi hermosura sola no hubiera causado en vos... en fin, no

hablemos más de esto... os recibo por mi amigo.. conozco que os

apreciaré... os apreció ya, no sé por qué... sobre todo, no me gusta una

guerra fatigosa, un galanteo que á nada conduciría, porque es una

locura.

--Seamos, pues, amigos; prefiero vuestra amistad á vuestro amor.

-¡Mi amor! ¿sabéis si yo he amado alguna vez? ¿sabéis si puedo amar?

--Todos hemos nacido...

--He aquí una cosa indudable.

--Para amar...

--Eso no es tan claro.

--Si no habéis amado, amaréis.

--¿Habéis amado vos?

--Sí, y mucho--dijo Montiño suspirando por doña Clara de Soldevilla.

-¿Y amáis...?

--¡Si amo! ¡si amo! ¡con toda mi alma!--exclamó el joven refiriéndose

siempre á doña Clara.

La Dorotea, sin darse á sí misma la razón, se inmutó profundamente y

dejó ver claro su disgusto en su semblante.

Acaso aquello era amor propio.

Acaso una sensación involuntaria.

Montiño notó aquella conmoción, la tradujo por amor propio á su favor, y

acordándose de que Quevedo le había dicho:--Importa á la reina acaso, el

que volváis loca á esa mujer--y comprendiendo que el servir á la reina,

el sacrificarse por ella, era la mejor seducción que podía emplear para

con doña Clara, se decidió á tomar á la comedianta por instrumento, y á

destruir el mal efecto que le habían causado sus últimas palabras.

--Sí--repitió con acento apasionado--, amo á una diosa humana, con toda

mi alma, con todo mi corazón... y esa divinidad... ¡sois vos!

--¡Yo! ¡imposible!

--Recordad que me turbé al veros.

--Eso nada prueba.

--Prueba que me habéis matado.

--Pero... caballero...--dijo pálida y grave la Dorotea--, creo que me

tomáis por entretenimiento.

--¿Me ofendéis...?

--Porque temo ser ofendida.

--¿Qué encontráis de extraño...?

--No sé... porque, como, lo repito, no he amado nunca, no sé si es

posible que se ame así como vos decís, tan pronto.

--¿Cuánto tiempo tarda en arder la leña seca?

--¡Ah!

--El tiempo que tarda en acercarse á ella el fuego.

--Pero la llama dura poco...

--Pero cuando acaba ha consumido la leña.

--¿Y vos sois... leña seca...? yo os creía leña verde.

--Os engañáis. En las universidades se empieza á vivir muy pronto, y se

vive muy de prisa.

--¡Ah! ¡los estudiantes! ¡dicen que los estudiantes son muy embusteros!

--No sé qué puedan diferenciarse en esto de los otros hombres.

--Tenéis razón; pero tienen también una fama tal los estudiantes...

--Injusticias, envidias... además, si fuí estudiante, ya no lo soy.

--¿Pues qué sois ahora?

--Pretendiente.

--¿Y qué pretendéis?

--Una compañía.

--¿Compañía de qué?...

--¿De qué ha de ser?...

--Hay muchas compañías... la de Jesús, las de comediantes, las de los

mercaderes...

--La que yo quiero es una compañía de soldados.

--¿Y habéis hablado á alguien?

--La tengo casi ciertamente...

--¡Ah! ¡es verdad! ¡sois sobrino del cocinero de su majestad!

--¿Y creéis que mi tío puede?...

--Si Francisco Martínez Montiño se empeña, seréis... no digo yo

capitán... sino cuartel-maestre, general... vuestro tío, además de tener

muchos doblones, tiene mucho influjo.

--Me alegro de saberlo--dijo para sí el joven.

--Capitán--dijo la Dorotea...--¿y os iréis á Italia ó á Flandes?...

--Me quedaré en Madrid; á más de capitán, quiero serlo de la guardia

española.

--Lo seréis, porque á más de vuestro tío os ayudaré yo.

--¡Vos!

--Sí, yo... ¿pues no sabe todo el mundo que soy la querida del duque de

Lerma, y que su excelencia me quiere tanto, que hace todo lo que yo

quiero?

--Temería abusar de vos.

--¡Bah! yo debo agradeceros el que me hayáis mirado tan bien.

--Mejor os agradecería el que no me miráseis mal.

--¿Y por qué? no tengo motivo... os aprecio...

--Más quiero...

--¿Más que apreciaros?

--¡Amadme!

--Echad un memorial á Cupido...

--Vos sois Venus, y le mandáis.

--Ya sabéis que Cupido es un bribonzuelo, que no respeta ni aun á su

madre.

--Casi creo que tenéis razón.

--¿Por qué?...

--Porque creo que el rapazuelo me ayuda.

--Son muy presumidos estos estudiantes...

--Capitán, señora, capitán.

--Pues peor; la gente de guerra cree que las mujeres se toman como las

murallas, al asalto... mudemos de conversación...

--Mudemos...

--¿Hace mucho tiempo que habéis venido á Madrid?--dijo la Dorotea,

procurando mostrarse completamente olvidada de la conversación anterior.

--Vine ayer.

--¡Ayer!

--Sí, señora, ayer por la tarde.

--¿Y no habéis estado otra vez en Madrid?

--Nunca, señora.

--Es decir...

-¿Qué?...

--No recuerdo lo que os iba á decir.

--¿Queréis que os diga una cosa?...

--Decidla.

--Creo que tenéis más memoria cuando habláis de amor.

--¿Volvemos?

--¡Ah, señora! no recuerdo haber visto en mi vida unos ojos que de tal

modo me acaricien el alma.

--¡Cómo! ¡pues qué!... ¡mis ojos!...

--Me están diciendo...

--Mienten... mienten mis ojos... vamos... será necesario que nos

separemos.

--¿Sabéis que es muy dichoso don Rodrigo Calderón?

La comedianta hizo un gesto indefinible, mezcla de disgusto y de desdén

á un tiempo.

--No me nombréis ese hombre--dijo.

--¡Bah! ¿pues no le amáis?

La Dorotea fijó una mirada dilatada, inocente, dolorosa, enamorada á un

tiempo en Juan Montiño; extendió hacia él un magnífico y mórbido brazo,

y estrechando una mano del joven, le dijo:

--Os suplico que me dejéis sola; yo os disculparé con don Francisco.

--¡Qué! ¿tanto os enoja que yo continúe á vuestro lado?

--No, no me enoja; pero... me siento mal; estoy turbada, ¿no lo véis?

estoy avergonzada.

--¡Avergonzada! ¿y por qué?

--¡Porque soy una mujer perdida!--dijo la Dorotea--, y se cubrió el

rostro con las manos.

--¿Pero quién ha dicho eso?--replicó Montiño acercándose á ella y

apartándole suavemente las manos de sobre el rostro.

--Lo digo yo.

--Pues decís mal, señora; yo os creo una mujer virgen.

--¡Ah, explicadme... explicadme eso!

--La explicación es muy sencilla: vos misma, recuerdo que hace poco lo

decíais, vos misma habéis confesado que no habéis amado nunca.

--¿Y lo creéis?

--Lo creo.

--¿Y no teméis engañaros?

--No.

--¿Pero qué razones, qué pruebas tenéis?...

--Voy á hablaros con el alma, sin embozar mis palabras: cuando yo os vi,

me mirásteis como miran las cortesanas...

--¡Ah!

--Pero apenas me vísteis, bajásteis los ojos como una niña que recibe la

primera revelación de amor en la mirada de un hombre; os pusisteis seria

y grave.

--¡Ah, ah! ¿y creéis--dijo con acento ardiente Dorotea--, creéis que os

habéis entrado en mi alma en el momento en que os he visto?

A aquella pregunta de Dorotea, pregunta hecha con sinceridad, con

candor, con anhelo, Montiño sintió una especie de vértigo. Dorotea se

había transfigurado; su alma, un alma entusiasta, enamorada, noble, se

exhalaba de su mirada, de la expresión de su semblante, de su boca

trémula, de su acento cobarde, ardiente, opaco.

Pero Montiño estaba prevenido; el involuntario poder de fascinación de

la comedianta, luchaba con el amor intenso, voluntarioso, tenaz, que

Montiño sentía por doña Clara, y el joven vaciló un momento, pero se

rehizo y se mantuvo firme, como un buen justador después de un tremendo

bote de lanza recibido en el escudo.

--Yo no me atrevería á decir--contestó Montiño--si yo me he entrado en

vuestra alma ó no, señora; pero os puedo asegurar que vos os habéis

entrado en la mía.

--Pero esto es una locura--dijo la Dorotea como quien pretende despertar

de un sueño--; una locura á que no debemos dar vuelo: vamos, esto no

puede ser.

--¿Que no puede ser? ¿y por qué? ¿tanto amáis á don Rodrigo? ¿tanto os

importa Lerma?

--Mirad--dijo Dorotea inclinándose hacia Montiño y fijando en él sus

grandes ojos--; el duque me importa lo mismo que esto--y tomó un pedazo

de pan y le desmigajó de una manera nerviosa--. Cuando tenía hambre...

deseé brillar por mi aparato, por mis trajes, por mis alhajas, le acepté

con hambre... hoy... hoy me importa muy poco el duque.

--¡No le necesitáis ya!

--No necesito alhajas ni brocados.

--¿Los tenéis?

--Jamás se tienen, porque hoy se lleva uno y mañana otro. No es eso...

--¿Pues qué es?...

--Dejadme hablar; me habéis nombrado á don Rodrigo... don Rodrigo me da

hastío, como eso.

Y señaló una copa que estaba llena de vino.

--Y sin embargo, si digo que esta desdichada conversación de amores en

que sin saber cómo nos hemos metido es una locura, no es por el duque ni

por don Rodrigo, sino por vos.

--¿Por mí?...

--He dicho mal; he debido decir por mi suerte.

--Explicáos, porque no os entiendo bien.

--Yo no puedo ya amar.

--El amor viene sin que le llamen, y no se va aunque le echen.

--¡Oh! no me digáis eso... porque sería muy desdichada... dejemos,

dejemos más bien este asunto... soy franca con vos; estoy aturdida;

¿queréis que os cante la canción que he estudiado para esta tarde?

seréis el primero que la oiga... lo que no es poco favor--añadió

sonriéndose--; así nos distraeremos los dos... vaya... ¡si esto parece

una brujería!

Y Dorotea se levantó, tomó un arquilaúd que estaba sobre un sillón, se

sentó junto á la ventana, templó el instrumento, preludió con maestría

algunos instantes, y luego cantó con una voz fresquísima y de un timbre

admirable, la siguiente seguidilla:

Como el amor es ciego

por tener ojos,

en los tuyos se esconde

dulces y hermosos:

y al esconderse,

el traidor con tus ojos

me da la muerte.

--Cantáis... no sé cómo deciros...--exclamó Montiño--como un ruiseñor es

poco, y como un ángel... lo ha dicho todo el mundo.

--¡Gracias! ¿Creéis que gustaré esta tarde?

--Si los del patio sienten lo que yo he sentido...

-¡Ah!

--Habéis cantado como el amor... y esos ojos que cantáis, son vuestros

ojos.

--¿Sabéis que tarda demasiado don Francisco?

--Mejor; de ese modo no estorba.

--Haréis que me enoje... Sois muy poco generoso.

--¡Señora!

--¿Pero no comprendéis que os estoy pidiendo treguas?

--Pues bien, señora mía; yo sólo puedo concederos una cosa.

--¡Ah, ya me dictáis condiciones!

--¡No por cierto!... Pero quiero que me tranquilicéis el alma.

--¿Teméis?

--Caer del cielo.

--¡Pero, señor, esto es terrible! Es la primera vez que me sucede... No

me conozco...

--Porque me amáis, ¿no es verdad, y no comprendéis que se pueda amar tan

pronto?

--Yo creo que tenéis más experiencia que yo.

--Os engañáis; no he amado hasta ahora, pero por lo que siento, no

extraño que vos améis lo mismo que yo.

--Pero, ¿qué deseáis de mí?

--¿Qué deseo? Vuestro cuerpo y vuestra alma; vuestro recuerdo

continuo... Quiero ser para vos el aire que respiréis.

--¡Me estáis engañando!

--¡Yo!

--¡Os ha traído don Francisco!...

--No creí yo que alguna vez fuese para mí una desgracia mi amistad con

Quevedo.

--¡Ah! Quevedo es tal que no sólo no puede confiarse en él, sino que

tampoco de una persona con quien él haya hablado tan sólo dos veces.

Montiño estuvo á punto de decir á la comedianta que Quevedo tampoco se

fiaba de ella.

Pero se contuvo á tiempo, y siguió aquel papel de enamorado que no le

era difícil representar, porque además de ser hermosa Dorotea, estaba

embellecida por una sobreexcitación profunda, dominada por el no sé qué

misterioso que emanaba para ella de Juan Montiño.

Podía decirse que Dorotea estaba enamorada, sorprendida en eso que se

llama _cuarto de hora de la mujer_, por el joven, dominada por él.

Montiño tenía fijas en la memoria las palabras de Quevedo: «De estas

mujeres se triunfa á primera vista ó nunca». Y aquellas otras: «Interesa

á la reina que enamoréis á esta mujer».

Juan Montiño desempeñaba con gusto su farsa, porque, aunque estaba

locamente enamorado de doña Clara, la comedianta tenía para él, en la

situación en que se encontraba, un encanto irresistible.

Montiño la veía luchar con una fascinación amorosa.

La veía sufrir.

Los ojos de Dorotea se bajaban y volvían á levantarse para mirar á Juan

Montiño con más insistencia de una manera más elocuente.

La despechaba el no poder encubrir la impresión que la causaba el joven,

y su semblante se encendía en rubor.

Acaso hasta entonces no se había ruborizado Dorotea.

Acaso hasta que había sentido la primera impresión de ese amor del alma

que tan superior es al deseo de los sentidos, á esa otra sensación que

generalmente se llama amor, no la había pesado en su vida anterior.

Acaso nunca hasta entonces se había avergonzado de ella.

Juan Montiño comprendía la lucha que agitaba el alma de Dorotea, y no la

dejaba tiempo para descansar, para reponerse.

Se había levantado de junto á la mesa.

Había permanecido algún tiempo de pie.

Luego se había sentado en el taburete donde apoyaba sus pies Dorotea.

Por último, había abrazado la cintura de la joven.

Al sentir el brazo de Juan Montiño, se alzó como se hubiera alzado la

mujer más pura.

--Me estáis tratando mal--dijo,--me estáis haciendo daño... daño en el

alma. ¿Trataríais de este modo á la mujer á quien quisiérais para

vuestra esposa?

--¡Ah!--exclamó Juan Montiño sorprendido.

--No, no he querido decir que yo os ponga por condición para amaros que

seáis mi esposo: sé demasiado que yo no puedo aspirar á ser la esposa de

un hombre honrado... pero os quisiera ver tímido, respetuoso, dominado

por mí como yo lo estoy por vos... Os quisiera ver sorprendido por un

afecto nuevo como yo lo estoy... quisiera... yo no sé lo que quisiera...

que os bastara con amarme. ¡Oh, Dios mío; pero yo estoy diciendo

locuras!

Y se volvió á sentar, y el joven volvió á rodear su cintura.

Por aquella vez Dorotea se puso pálida, se estremeció, pero no se

atrevió á desasirse de los brazos de Montiño.

--Tengo sed--dijo el joven.

--¡Sed!--dijo la Dorotea bajando hacia él sus grandes ojos medio velados

por la sombra de sus largas pestañas y dejando caer una larga mirada en

los ojos de Montiño.

--¡Sí, sed de vuestra boca!

--¡Oh! exclamó Dorotea.

Y de repente rechazó al joven.

--Alguien se acerca--dijo--; alzáos, alzáos.

En efecto, Juan Montiño oyó abrir una puerta inmediata y se levantó y

fué á tomar su sombrero.

--No os vayáis--dijo Dorotea--, quedáos; sea quien fuere, ¿qué importa?

Abrióse la puerta y apareció un hombre con traje de soldado.

Llevaba calado el sombrero, y su mirada era insolente y provocadora.

Al ver á Juan Montiño le miró de alto abajo, y su mirada se apagó en la

mirada fija del joven.

Entonces se quitó el sombrero y saludó de una manera tiesa.

Montiño no se levantó de la silla donde se había sentado antes de que

llegara aquel hombre.

Dorotea le miró con una de esas miradas que quieren decir:

--Habéis llegado á mal tiempo: ¿Qué queréis?

Y como si el recién llegado hubiese comprendido aquella pregunta en

aquella mirada, dijo:

--Don Rodrigo está gravemente herido, casa del duque de Lerma.

Montiño se puso levemente pálido, y fijó con ansiedad los ojos en

Dorotea.

--¿Y bien?--dijo ésta--¿porqué me dais esa noticia como si se tratase de

una persona muy allegada á mí?

--¡Cómo!--dijo con insolencia aquel hombre--yo creía que os importaba

algo.

--Pues os habéis equivocado, Guzmán.

En efecto, aquel hombre era el sargento mayor don Juan de Guzmán, el

mismo á quien la noche antes hemos visto al lado de la mujer del

cocinero mayor.

--Es singular lo que está sucediendo á don Rodrigo--dijo Guzmán--. Todos

le abandonan. El duque de Lerma, sabe quiénes son los agresores, y no

manda proceder contra ellos. Vos recibís la noticia como si...

--Nada me interesase, ¿no es verdad?

--Lo que no deja de ser muy extraño.

--Extrañad todo lo que queráis; podéis decir á don Rodrigo cómo he

recibido esta noticia. Y podéis decir más: me retiro del teatro: y tal

vez me vuelva al convento.

--¡Ah! yo creí que fuese otra la causa--dijo Guzmán mirando con

insolencia al joven.

--Sea cual fuese la causa, nada os importa. Además, que cuando tal le ha

acontecido á don Rodrigo, él lo habrá buscado.

--Acaso tengáis vos la culpa.

--¿Yo? ¿le ha sucedido por mí esa desdicha?

--Si por cierto; mediaban ciertas cartas.

--¿Cartas?...

--De una noble dama... Vos habéis sido imprudente... El cocinero mayor

ha llegado á saber lo de las cartas... y un sobrino del cocinero

mayor...

--¡Qué decís!

--Que un tal Juan Montiño, que acababa de llegar á la corte, ha sido el

que ayudado de don Francisco de Quevedo...

--Os engañáis, señor mío--dijo el joven--; Juan Montiño, no ha

necesitado de nadie para castigar á don Rodrigo Calderón, como de nadie

necesitaría para castigaros á vos á la menor palabra ofensiva que os

atreviéseis á pronunciar contra esta señora, ó contra su tío, ó contra

él.

--¡Ah! ¿sois vos, acaso?...

--Sí, señor, yo soy.

--¡Ah! pues comprendo, y como nada tengo que hacer aquí, me voy.

Guárdeos Dios, señora. Hidalgo, hasta la vista.

Ni Dorotea ni Juan Montiño contestaron al sargento mayor, que salió.

Durante algún tiempo, Dorotea miró frente á frente y ceñuda á Juan

Montiño.

--Yo creí que me engañábais--dijo con acento concentrado.

--¡Que os engañaba!

--¡Y don Francisco! ¡ah! ¡don Francisco!

--¡Pero explicáos por Dios, Dorotea!

--Quevedo no os ha llamado á mi casa para veros, sino para que yo os

viese.

--No os entiendo.

--¡Quevedo, Quevedo! ¡Ah! ¡Maldito sea!

--¡Pero explicáos, Dorotea, explicáos por Dios, que no os entiendo!

--Ese hombre, ese Quevedo... parece que lee en mi alma, lo que en el

alma está oculto; parece que adivina.

--Os suplico que os expliquéis.

--¡Que me explique! Quevedo es amigo de la reina, de esa mujer á quien

todos creen una santa, que á todos engaña.

--Por Dios, Dorotea, ved lo que decís; no comprendo por qué os irritáis.

--¿Por qué? me habéis sorprendido entre los dos... me habéis

engañado... Ya se ve... es hermoso, parece tan noble, tan bueno... ella

está sedienta de amor... ella no ha amado... el duque de Lerma es su

esclavo... utilicemos esta mujer... ¡y el señor estudiante...! ¡Ah, don

Francisco...! ¡don Francisco!

--Decid que os ha llenado de dolor la desgracia de ese hombre--dijo con

impaciencia Montiño.

--¿Y qué me importa ese hombre? ayer acaso... hoy... hoy quien me

importa sois vos... no sé por qué... pero me habéis empeñado... y nos

veremos, caballero, nos veremos.

Y tras estas palabras se dirigió á la puerta de sala.

--¡Casilda!--gritó--¡Casilda! mi manto de terciopelo; que ponga Pedro la

litera al momento.

La negra trajo á Dorotea un magnífico manto de terciopelo; la joven se

puso algunas joyas, se arregló un tanto los cabellos, y salió.

Montiño se quedó solo en la sala sin saber lo que le acontecía.

Poco después asomó Quevedo á la puerta.

--De seguro--dijo--habéis cometido alguna torpeza, amigo Juan.

--No por cierto; creo que la torpeza, aunque parezca extraño, viene de

vos.

--¡Eh! acertádolo habéis; tenéis razón... he sido torpe, porque no he

podido prever que la tal ninfa se enamorase de tal modo de vos.

¡Milagro! apuesto á que hacéis de ella una Magdalena; aunque os lo

repito, estoy seguro de que habéis cometido una torpeza... seréis capaz

de haberla dicho que herísteis á don Rodrigo.

--Pues os habéis equivocado de medio á medio.

--¿Pues quién ha sido?

--Una especie de Rolando de comedia, á quien creo que ella ha llamado

Guzmán.

--¡Ah! ¡Don Juan de Guzmán ha estado por aquí...! pues bien, no

importa... la verdad del caso es que la Dorotea está loca por vos...

¿qué habéis hecho en tan poco tiempo? Debe existir en el espíritu humano

algo terrible, algo misterioso... ¡estas influencias rápidas...! ¡este

unirse un alma á otra...! ¡oh! ¿quién sabe, quién sabe lo que somos?

Quevedo pronunció estas palabras como hablando consigo mismo.

--¿Queréis hacer lo que yo os diga?--exclamó de repente Quevedo.

--¿Y qué hemos de hacer?

--¡Qué! buscar postas y marcharnos á Barcelona; embarcarnos allí y

plantarnos en Nápoles.

--¿Tenéis miedo?

--Os confieso que estoy asustado.

--¿Por lo de don Rodrigo...?

--No, por lo de la corte... cosas se están preparando... cosas

inevitables... sería necesario ser un Dios.

--Pues yo no me voy, á no ser que se viniera conmigo doña Clara.

--¡Ah! maldiga Dios las mujeres... pero como estoy seguro que ni frailes

capuchinos son capaces de convencer á un enamorado como vos...

--¿Y la reina...?

--Dios guarde á su majestad.

--Seamos nosotros la mano de Dios.

--Decís bien... quedémonos... pero como yo ahora no puedo acompañaros,

ni vos tenéis á dónde ir, quedáos aquí... tomad posesión de la casa que,

os lo aseguro, es vuestra, y empezad á ser el déspota de Dorotea. Os

digo que está enamorada de vos, que resiste y que la resistencia acabará

por hacerla vuestra esclava. No olvidéis que es nuestro instrumento... y

adiós.

--¿Pero qué he de hacer yo aquí?

--Primero quitaros la capa, la daga y la espada como si estuviérais en

vuestra casa, mandar, hacer y deshacer, y que cuando venga Dorotea os

encuentre apoderado de vuestro lugar de dueño.

--Pero esto me repugna...

--Seguid mi consejo... por veinticuatro horas.

--Pero si lo sabe doña Clara.

--Yo me encargo de eso. Pero adiós. Me están esperando en las Descalzas

Reales.

Y Quevedo salió.

Juan Montiño permaneció algún tiempo perplejo, y después siguió el

consejo de Quevedo.

Se quitó la capa y el talabarte, acercó un sillón al brasero de plata

que templaba la sala y poco después dijo:

--¡Casilda!

Presentóse la negra y miró con asombro á Juan, apoderado de la casa de

su ama.

--¿Qué me manda vuesa merced, señor?--dijo.

--Tráeme un vaso de sangría.

La esclava salió y poco después entró con un vaso lleno de un líquido

rojo en que flotaba una rueda de limón y puesto sobre una salvilla de

plata.

Montiño se quedó solo, pensando alternativamente en las cosas

siguientes:

Primero en doña Clara.

Después en la reina.

Luego en su banda de capitán.

Por último, en Dorotea.

Al fin, pensando en ella y bajo la influencia de la sangría, del calor

del brasero y de la soledad, se quedó dormido.

CAPÍTULO XVIII

DE CÓMO ENTRE UNOS Y OTROS NO DEJARON PARAR EN TODA LA MAÑANA AL

COCINERO DE SU MAJESTAD

Dejamos á Francisco Martínez Montiño en casa de la señora María.

Cuando la vieja se encontró sola con él, volvió toda su cólera contra la

única víctima que le quedaba.

--Os habéis perdido y perderéis á vuestro sobrino--le dijo--; y todo por

vuestra avaricia.

--Tengamos la fiesta en paz, señora María; ni yo me he perdido ni trato

de perder á nadie, y con esto quedad con Dios, que yo sólo venía por mi

sobrino, y no habiéndomelo llevado me voy á la cocina.

--Bien haréis en estar en ella, y en no perder de vista las cacerolas, y

en ver quién anda con ellas.

--¿Qué queréis decir?

--Nada, señor Francisco, nada... yo me entiendo, y sé lo que me digo...

--Pues maldito si os entiendo, ni quiero entenderos. Quedáos con Dios, y

si vuelve mi sobrino, tratadle bien, y no seáis con él parlanchina ni

imprudente... ved que mi sobrino es mucho hombre y os pudiera pesar.

--¿Porqué no casáis á vuestro sobrino con vuestra hija?... aunque os lo

están acostumbrando mal: ¡habérsele llevado el tío Manolillo á casa de

la Dorotea!...

--Quedad, quedad con Dios, que vos por hablar os olvidáis de todo, y yo

no puedo olvidarme de nada. Conque hasta más ver: muchas cosas al señor

Melchor.

--Id con Dios y abrid los ojos.

--¡Oh! ¡maldiga Dios las malas lenguas!--murmuró Montiño saliendo de la

casa de la señora María Suárez.

Y se alejó la calle adelante.

--¡Que le case con mi hija!--pensaba el cocinero mayor--; indudablemente

que éste sería un buen negocio. ¿Pero lo tomaría á bien su padre?... el

duque de Osuna es un señor terrible... ¡y aquel cofre!.., ¿qué habrá en

aquel cofre?... ¿para qué se habrá llevado el tío Manolillo á Juan á

casa de la Dorotea?... ¿y cómo, señor? ¿cómo se anda Juan por esas

calles de Dios al descubierto, después de haber dado de estocadas á don

Rodrigo?

Todos estos pensamientos incoherentes, revueltos, se agitaban de tal

modo en la cabeza del cocinero mayor, que andaba maquinalmente sin ver

por dónde iba.

Cuando entró en palacio por la puerta de las Meninas, sintió que le

tocaban en un hombro.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 18 / 66 段