--Entonces reclamo mi sueldo de consejero.

El rey sacó de su portabolsa una bolsa, y la arrojó al bufón.

--¡Escudos de plata! ¡el rey no se conoce por su moneda de oro!...

¡pobre Felipe!...--exclamó el bufón.

--Os pregunté--dijo el padre Aliaga--si habíais sido casado, y me

respondísteis:

--Que la mujer con quien yo pudiera haberme casado no tenía alma, por lo

que no quise casarme con ella.

--Más claro, tío Manolillo: ¿vos no sois padre legítimo de Dorotea?

¡Ah!--exclamó el bufón como sorprendido, y dejando de comer--¡Dorotea!

¿qué tenéis vos que ver con Dorotea, padre?

Y los hoscos ojos del bufón dejaron ver un relámpago de amenaza.

--Deseo saber, ya que no podéis ser su padre legítimo, lo que sois de

esa mujer.

--Soy su perro.

--Os he suplicado que me contestéis con lisura.

--Os he respondido la verdad: me tiendo á sus pies, lamo su mano, y velo

por ella, siempre dispuesto á defenderla.

--¿Pero no es vuestra hija?

--No--contestó con voz ronca el bufón--. ¡Oh! ¡si fuera mi hija!

--¿Ni vuestra... querida?

--¡Oh! ¡si fuera mi querida!

--¿Pero la amáis?

--Ya os he dicho que soy su perro.

--Más claro.

--Soy su protector. Ella dice: amo á este hombre, y yo la digo: ámale;

ella me pregunta: ¿me vengaréis si me ultrajaren? yo contesto: el que te

ultraje, muere.

--¿Habéis querido matar por tanto á don Rodrigo Calderón?

--Sí.

El rey miraba con espanto al tío Manolillo.

--No te conozco--le dijo.

--Tienes razón, hermano Felipe--dijo el bufón--, porque ahora estoy

loco.

--Decidme--dijo el padre Aliaga--, ¿de quién es hija esa desgraciada?

--Un día--dijo el tío Manolillo--, por mejor decir, una noche... estaba

yo en una casa de vecindad... tenía en ella un entretenimiento: una

doncella asturiana que me ayudaba á comer mi ración; era ya tarde; de

repente, en el cuarto de al lado, oí gritos, gritos desesperados,

arrancados por un dolor agudo; gritos de mujer acompañados de

invocaciones á la Madre de Dios.

El rey había dejado de comer y escuchaba con atención.

El padre Aliaga, con la cabeza apoyada en su mano, miraba profundamente

al tío Manolillo.

El bufón estaba pálido y conmovido.

--Aquellos gritos--continuó el bufón--cesaron, y tras ellos oí el llanto

de una criatura recién nacida.

--¿Era ella? ¿Era esa Dorotea, Manolillo?--dijo el rey.

--Sí, era ella, señor--dijo el bufón tratando por la primera vez al rey

con respeto, como si no hubiese querido unir nada trivial á lo solemne

de aquel recuerdo--; era ella, que nació, la desventurada, en las

primeras horas del día de santa Dorotea.

El bufón inclinó la cabeza y se detuvo un momento.

Luego la alzó y continuó:

--A poco de haber nacido esa infeliz, oí dos voces: una débil dolorida,

llorosa; otra, áspera, imperativa, brutal.

--Es una niña--dijo el hombre.

--¡Oh!--exclamó la mujer llorando--, ¿y no tener quien me ayude? ¡no

tener un mal trapo en que envolver á este ángel!

--¿Y para qué?--dijo el hombre--; voy á envolverla en mi capa y á

llevarla á la puerta de un convento.

--¡Oh! ¡no! ¡es mi hija! ¡no me robes mi hija, ya que me has robado mis

padres!--dijo la mujer sollozando.

Tras estas palabras oí una lucha corta pero breve, acompañada del llanto

de una criatura; la lucha de un fuerte y de un débil; luego la voz de la

mujer que gritaba:

--¡Mi hija, la hija de mis entrañas! ¡dame mi hija!

Y sentí pasos que se alejaban y una puerta que se abría y se cerraba de

golpe, y la voz de la mujer que gritaba:

--¡Maldito! ¡maldito! ¡maldito seas!

Después un golpe, sordo como de un cuerpo que caía en tierra, y luego

nada.

Yo así á mi manceba por la mano (ella lo había oído todo como yo; era

una buena muchacha y estaba horrorizada), la saqué de la habitación al

corredor, abrí la puerta de la habitación vecina.--Socorre á esa

infeliz--la dije, empujándola dentro, y yo me lancé á la calle, y seguí

á un bulto que se alejaba.

Una criatura recién nacida que lloraba bajo su capa, me indicó que era

él.

De tres saltos me puse junto á su lado.

--Una madre te ha maldecido, y yo soy la mano de Dios--exclamé.

Y le di de puñaladas.

--¡De puñaladas!--dijo el rey.

--Sí, sí por cierto, de puñaladas; el hombre que roba á una madre su

hija, el hombre á quien una madre desventurada maldice, debe morir.

--¿Y confiesas el delito delante del rey?--dijo severamente Felipe III.

--En primer lugar no fué delito; en segundo lugar ya lo confesé, y he

cumplido la penitencia. ¿Y luego no velo yo por Dorotea? ¿no me

sacrifico por ella? ¿no sufro un infierno por ella?

--¿Pero aquel hombre murió?--dijo profundamente el padre Aliaga.

--No lo sé--contestó el bufón--; yo no me detuve más que á recoger la

criatura, la envolvi en mi capa y me volví á la casa de vecindad.

Cuando entré en el cuarto (no lo olvidaré jamás) no había más muebles

que un banco de madera, una mesa y un jergón casi deshecho; vi que la

infeliz, que estaba aún desmayada, ensangrentada entre los brazos de

Josefa, mi manceba, era una joven como de veinte años, rubia, muy flaca,

pero muy hermosa. ¿Conocéis á Dorotea, padre?

--No.

--¿Pues por qué me preguntáis por ella?

--Continuad.

--Cuando conozcáis á Dorotea, sabréis cuán hermosa era Margarita.

--¡Margarita!--exclamó el padre Aliaga, poniéndose letalmente pálido.

--¡Se llamaba Margarita!--observó maquinalmente el rey.

--Sí, se llamaba Margarita; según me dijo después en algunos intervalos

de razón aquella desgraciada, porque se había vuelto loca, había salido

de su casa con un soldado, había corrido con él algunas tierras, y al

fin habían venido á parar á Madrid, donde el amante vivía de las

estocadas á obscuras que daba por la villa, la maltrataba y, por último,

la había exigido que se prostituyese para ayudarle á vivir.

El padre Aliaga temblaba de una manera poderosa y concentrada.

--Algunas veces--continuó el bufón--, cuando yo la preguntaba el nombre

de sus padres, me decía:

--No, no; yo he deshonrado su nombre; yo no tengo padres; Luis, que me

vió huir, se lo habrá dicho á mis padres y me habrán maldecido.

--¿Y quién es Luis?--le preguntaba yo.

--¡Luis! Luis era mi hermano--me contestaba la infeliz con dulzura--; él

me amaba y yo... yo amé á otro; ¡pobre Luis!

--¿Y qué ha sido de esa desdichada?--dijo el padre Aliaga, cubriéndose

los ojos con la mano para ocultar sus lágrimas y procurando contener la

revelación de aquel llanto que aparecía en su voz.

--Murió: murió entre mis brazos loca, desgarrándome el alma al morir,

porque yo la amaba, la amaba con toda mi alma y continúo amándola en su

hija. Ahora bien; ¿créeis que yo pequé? ¿qué cometí un delito matando al

infame asesino de Margarita?

--¡No! ¡no!--dijeron al mismo tiempo el rey y el padre Aliaga.

--Yo te indulto de esa muerte, Manuel--dijo el rey--; yo Felipe de

Austria, rey de las Españas.

--¡Y yo--dijo el padre Aliaga, levantándose y extendiendo sus manos

sobre el bufón, que al levantarse, al ver la acción del fraile, había

quedado de rodillas--: yo, ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte

en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu-Santo!

--¡Amén!--dijo con una profunda unción religiosa Felipe III.

[imagen:...yo ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte.]

--¡Ah!--dijo el bufón cambiando de aspecto de una manera singular--:

vos, padre Aliaga, sois un santo y llegaréis á mártir, y tú, hermano

Felipe, aunque eres tonto, no eres malo. Dios os lo pague á los dos: á

ti, por tu indulto, hermano rey, y á vos, por vuestra absolución, padre

Aliaga.

Hubo un momento de silencio.

El tío Manolillo se había levantado y llenaba lentamente de vino una

copa.

El padre Aliaga estaba profundamente pensativo.

El rey oraba.

El bufón se bebió de un trago la copa.

--Ahora bien--dijo--, y ya que sabéis que Dorotea no es ni mi hija, ni

mi amante, ¿qué queréis de ella? ¿por qué me habéis preguntado por ella?

--Basta, basta--dijo el padre Aliaga--; me siento malo, y con la venia

de vuestra majestad me retiro.

--Id con Dios, padre Aliaga, id con Dios--dijo el rey.

--Os espero esta tarde en el convento de Atocha--dijo el padre Aliaga al

bufón.

--Iré--dijo el tío Manolillo.

El padre Aliaga hincó una rodilla en tierra y besó la mano al rey.

Después salió.

--¡Es muy singular la historia que nos has contado, Manolillo!--dijo el

rey.

--Tan singular, que me ha hecho daño el contarla y me ahogo en la

cámara; es demasiado fuerte ese brasero y hace aquí calor. No sé cómo

puedes resistir esto, Felipe; tus gentes te cuidan muy mal; yo en lugar

tuyo ya tendría consumida la sangre. Tú no quieres creerme. Echa de tu

lado á Lerma, y á Olivares, y á Uceda, que son otros tantos braseros en

que se abrasa la sangre de España, y que acabarán por sofocarte.

--¿Sabes, Manolillo, que después de lo que me has contado, me pareces

otro hombre?--dijo el rey.

--¡Bah! tú que has nacido para ser víctima, no conoces la venganza.

¡Peor para ti!

--Un cristiano no puede, no suele ser vengativo.

--¡Pobre rey! mañana te herirán en el corazón... digo, si es que tú

tienes corazón.

--¡Que me herirán en el corazón!

--¡Si mañana te matasen á tu buena esposa!...

--¡Oh! ¡si un traidor se atreviese á la reina, moriría!--exclamó el rey

con una llamarada de firmeza.

--¡No, no querrá Dios!-dijo de una manera profunda el tío Manolillo--;

no pensemos en eso. Me voy y te dejo solo, Felipe; pero cuidado con que

te metas con mi Dorotea, porque...

--¿Por qué?

--Porque me volveré loco, tendrás que hacer de Lerma tu bufón, y su

excelencia te divertiría muy poco: adiós.

Y el tío Manolillo salió, dejando sólo en su cámara á Felipe III.

CAPÍTULO XX

DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO HIZO QUE DOÑA CLARA SOLDEVILLA PENSASE MUCHO Y

ACABASE POR TENER CELOS

Al salir por una puerta de servicio, el tío Manolillo se vió detenido

por el rodrigón de doña Clara Soldevilla.

--Os buscaba, maese--le dijo--, y me habéis tenido cerca de una hora

esperándoos en la antecámara de audiencia. Conque daos prisa y venid,

que os espera la dama más hermosa que se tapa con guardainfante.

--¡Ah, mal engendro! ¡injerto de dueña en cuerpo de sapo!... ¿qué me

querrás tú que bueno sea?... Mas ahora recuerdo... en efecto... doña

Clara Soldevilla tiene el malísimo gusto de hacerse servir por ti: si es

ella quien me llama, huélgome, porque si ella no me llamara iría yo á

buscarla.

--Pues ved ahí, que mi señora es quien os ruega que vayáis á su

aposento.

--Pues tirad adelante, don rodrigón, consuelo de contrahechos.

--¡Bah! tengamos la fiesta en paz, tío, que no sois vos ciertamente

quien puede hablar de corcovas; y vamos adelante, que mi señora espera.

--Pues adelantemos.

Y el rodrigón tiró delante del tío Manolillo y le introdujo al fin en la

misma habitación donde había introducido antes al cocinero mayor.

El bufón quedó solo con doña Clara, que le salió al encuentro.

--¿Conque al fin?--dijo el bufón, mirando de una manera fija y burlona á

doña Clara.

--¿Qué queréis decir?--contestó la joven.

--Digo que viene el sol, y derrite la nieve que ha estado hecha una

piedra durísima todo el invierno.

--Venís tan hablador como siempre, Manuel, y os agradecería que me

habláseis con formalidad.

--Tan formal vengo, que vengo á hablaros de lo más formal del mundo.

-¡Cómo! yo creía que veníais porque os llamaba.

--En efecto; pero como yo he pensado buscaros á vos, antes que vos

pensárais en buscarme á mi, me corresponde de derecho empezar primero. Y

empiezo... pidiéndoos la mano, que el corazón no, para un amigo mío.

--Si volvéis con ese enojoso asunto...--dijo severamente doña Clara.

--Es verdad--repuso el bufón interrumpiéndola--que, olvidándome de quien

soy y lo que á mi mismo me debo, vine un día á traeros de parte del rey

mi señor, una gargantilla y un billete.

--Por lo mal parado que entonces salísteis...

--Entonces érais nieve, y como el rey no es sol ni mucho menos...

--¿Venís decidido á no dejarme hablar del asunto para que os he llamado?

--Me corresponde de derecho el hablar antes del asunto que me trae á

buscaros. Ya os he dicho que se trata de vuestra mano.

--Acabaréis por impacientarme, Manuel.

--Yo creo que estáis ya bastante impacientada.

--Será al fin necesario oíros, para que acabéis pronto.

--Os aseguro que por interesante que sea para vos, señora, la más

hermosa y más dura que conozco, lo que tenéis que decirme, os interesa

más lo que yo voy á deciros. Como que se trata de vuestros amores.

Púsose la joven vivamente encarnada y excesivamente seria.

--Antes, si érais fría como la nieve, teníais el alma blanca y pura como

cuando érais piedra. No hay, pues, por qué avergonzarnos, porque yo amo,

tú amas, aquél ama y todos, en fin, amamos.

--¿Pero qué estáis diciendo, Manuel?

--Digo que sois la mujer más dichosa y más desdichada que conozco.

--No os entiendo.

--Dichosa, porque os ama un hombre que... perdonad... no os enojéis, no

voy á hablaros de mi hermano Felipe, sino de mi amigo Juan Girón y

Velasco, que os adora... con toda su alma, como un loco.

--¡Juan Girón y Velasco, habéis dicho!--exclamó doña Clara, á quien

había hecho conmoverse de una manera profunda aquel segundo apellido,

añadido al nombre del joven.

--Ya se ve; vos creéis que vuestro amante, el hombre con quien anoche

anduvísteis de aventuras por esas calles de Dios, y á quien metísteis

después en vuestro aposento...

--¡Tío Manolillo!--exclamó con indignación doña Clara.

--Sí, lo vi yo... como he visto otras muchas cosas, y porque he visto

mucho, sé que el tal enamorado no es ni por pienso sobrino del cocinero

mayor, sino hijo de duques.

--Nada me importa.

--Y os está el corazón reventando por saber...

--Si no dejamos esta conversación...

--Si la dejáramos, ¿cómo habíais de saber que ese mancebo, tan hermoso,

tan honrado, tan franco, tan bueno, tan valiente, es hijo del duque de

Osuna y de la duquesa de Gandía?

Doña Clara se puso muy pálida, pero se dominó. Manolillo la veía sufrir

con cierta feroz complacencia.

--Pero si yo no os pregunto nada de eso; si no quiero saber nada de

eso--dijo doña Clara.

--Sabéis que os he visto así, doña Clara, tamañita, cuando érais de la

cámara de la infanta doña Catalina. Que os he seguido paso á paso,

cuando os hicísteis mozuela, y después cuando fuísteis moza, hasta ahora

que sois la dama de las damas. A propósito, se murmura que os nombran

dama de honor.

--Pero por Dios, Manuel: yo os he llamado para un asunto importante.

--Lo sé todo; sé que lo más importante para vos es mi amigo Juan Girón y

Velasco.

--Si os envía ese caballero--y os digo esto para concluir--, decidle que

le he dicho ya cuanto tenía que decirle, y que más allá de lo que le he

dicho no daré un paso.

-Sin embargo, le diré también que vos, que sois la dama de alma más

tranquila que conozco, que dormís bien, que coméis bien, estáis un tanto

ojerosa y pálida, y aun me parece que no tan gorda como ayer: habéis

adelgazado algo, y si seguís así tragándoos vuestro amor...

--¡Qué pesadez y qué insolencia!--exclamó irritada doña Clara--. ¿Será

cosa de que os mande echar?

--Si continuáis así, señora, os vais á poner flaca y fea.

--¿Os he hecho yo algún daño, Manuel?--dijo la joven, á quien no se

ocultaba lo que había de agresivo é intencionado en las palabras del

bufón.

--¡Daño! ¡á mí! yo no me enamoro, y vos no sois mala: si alguna vez me

hiciérais daño me vengaría.

--¿Y á qué ese empeño de hacerme oír lo que no me agrada?

--Cumplo con un encargo.

--¿Con un encargo de don Juan...?

--Sí, ciertamente.

--¿Y un encargo para mí?

--Como que sois para él toda una ambición.

--Yo creí más noble y más reservado á ese hombre.

--¿Qué queréis, señora? es joven, recién venido á la corte: conoce que

vos le amáis...

--¿Qué lo conoce...?

--Y como os ha hecho un gran servicio...

--¿A mí?

--Lo mismo da, puesto que lo ha hecho á la reina...

--¿A la reina...?

--Por supuesto... las cartas de don Rodrigo...

--Ese hombre es un miserable, un calumniador...

--Es joven, é inexperto.

--Pues decidle... decídselo, que si me ha podido interesar... algo...

por circunstancias especiales, ahora por circunstancias especiales le

desprecio.

--Pero le vais á matar...

--Quien es hablador, embustero, mal nacido, no puede amar.

--Pero ved que lloráis.

--De rabia.

--¡Ah! ¡ah! y ello al cabo, á nadie lo ha dicho más que á mí.

--Que sois el escándalo del alcázar.

--Estimo vuestro favor: no creía yo ciertamente que cuando venía á

hablaros del único hombre que ha podido conmoveros...

--No hablemos más de ese hombre.

--Como gustéis, porque os veo muy irritada.

--Vengamos al asunto que me ha obligado á llamaros.

--Vengamos en buen hora.

--¿Qué sois de esa comedianta que se llama Dorotea: padre, amigo,

amante, marido?...

--Esa misma pregunta me han hecho hace poco, y he contestado: soy su

perro, su perro valiente, que por lo mismo que Dorotea es desgraciada,

la guarda; capaz de despedazar la mano del rey si toca á esa mujer.

--¡Sois, pues, su padre!

--No, pero es lo mismo.

--¡Esa mujer es amante del duque de Lerma!

--Sí; sí, señora.

--¿Y de don Rodrigo Calderón?...

--Lo fué; ahora creo que lo sea de otro.

--¿Y quién es esa mujer?

--Una huérfana.

--Esa mujer se ha atrevido á sospechar de su majestad.

--Ha tenido celos, como vos podéis tenerlos.

--Resulta, pues--dijo doña Clara terriblemente contrariada--, que os he

llamado en balde.

--Creo que no.

--Os veo tan decidido por esa mujer...

--Yo os veo más por un hombre.

--Debéis tener mucha confianza en que vuestro oficio de bufón os saque á

salvo de todo--dijo con una cólera mal reprimida doña Clara.

--Me habéis tomado ojeriza sin razón.

--No tengo más que una cosa que deciros: mirad cómo tomáis mi nombre en

vuestros labios.

--No puedo tomarlo mal; sois honrada, y muy noble, y muy dama; si estáis

enamorada, enfermedad es esa con que nacemos, y enfermedad incurable, de

que no debéis avergonzaros; conque ¿qué diré á don Juan Girón y Velasco?

--¿Qué le habéis de decir de mi parte? Nada. Id con Dios.

--Quedad con Dios, señora.

Y el bufón salió después de pronunciar con un retintín insolente sus

últimas palabras.

--¿Por qué me trata así ese miserable?--se quedó murmurando doña Clara.

Entre tanto decía el bufón saliendo de la sala:

--Dorotea ama al señor Juan Montiño; no tengo duda de ello; la conozco

demasiado, le ama con la virginidad de su amor. ¡Qué dichosos son

algunos hombres! Pero ella le ama, y bien; yo he hecho cuanto he podido

por emponzoñar los amores de doña Clara con él; ¿sabrá doña Clara que

ese don Juan ha ido casa de Dorotea, ó indican un peligro mayor las

preguntas de doña Clara acerca de ella? Las cartas de la reina.. ¡oh,

oh! pues que se anden despacio, porque yo no tengo más amor ni más vida

que Dorotea.

La intención del tío Manolillo, sin embargo, no había producido el

efecto que se había propuesto. Doña Clara era una joven de razón fría.

Lo primero que la aconteció, fué sentirse herida en el corazón.

Porque amaba á Juan.

Las circunstancias en que le había conocido y las cualidades del joven,

justificaban aquel amor, naciente, es cierto, pero arraigado ya en el

alma.

Todo la había agradado en el joven.

Su figura, su entusiasmo, su franqueza, su valor, su discreción, el

mismo efecto violento que su hermosura había causado en él...

Doña Clara, dentro de su pensamiento había acariciado á aquel amor.

Se había encariñado con él, es decir, se había sentido halagada,

enlanguidecida, llena por su influencia, y amaba á su amor.

Era uno de esos amores que pocas mujeres consiguen.

Un amor completo.

Un amor hermoso.

Una sola cosa podía haber contrariado á doña Clara, y entonces no la

contrariaba aún.

La dificultad de su enlace con Juan Montiño.

Pero el amor de doña Clara era su primer amor.

Ese amor casto, tranquilo, que no lleva consigo, que no se funda en el

deseo de la posesión material del ser amado.

Doña Clara no había pensado todavía que podía pertenecer á un hombre.

Su alma dormía envuelta en un velo de pureza.

Por lo mismo, no la había contrariado en gran manera la dificultad de su

enlace con Juan Montiño.

Y sin embargo, á pesar de la pureza de su amor, no había dormido aquella

noche, había sentido un malestar amargo, una inquietud ardorosa.

Su alma, concentrada en el recuerdo del joven, había bebido en sus ojos,

en su semblante, en su expresión, en su alma, no sabemos qué lascivia

interna, misteriosa, incomprensible para doña Clara, pero ardiente,

profunda, llena de voluptuosidad.

Y es que no se pasa en la naturaleza bruscamente de un estado á otro, de

una forma á otra; es que todas las modificaciones, todas las

transformaciones necesitan nacer, desarrollarse, hacerse, en una

palabra.

Doña Clara, mujer en la razón, niña en el alma, para ser una mujer

completa, necesitaba pasar por una gradación necesaria, más ó menos

rápida, más ó menos violenta, según fuese la fuerza de impulsión que

presidiese á aquella gradación.

En una palabra, doña Clara estaba enamorada de Juan Montiño, todo lo que

podía y de la manera que debía estarlo.

Porque nada sucede ni deja de suceder, que no pueda y no deba ser ó no

ser.

Doña Clara había considerado á Juan Montiño á primera vista y casi por

intuición tal cual debía considerarle.

Le halló profundamente simpático, y su alma se extendió hacia él.

Renunciar á su juicio, lastimarse el corazón renunciando á él, era cosa

que doña Clara no podía hacer sin discutir su resolución consigo misma.

Así es que si al principio se irritó con las confidencias del bufón, que

suponía á Montiño un mozalbete lenguaraz y villano, como muchos de los

que abundan en la corte, después, más serena, se dijo:

--Cuando una persona se refiere á otra debemos, antes de decidir, ver si

hay en la persona que refiere algún interés en favor ó en contra de

quien se ocupa. Ahora bien; que el tío Manolillo ama á esa comedianta es

indudable. Que su amor sea capaz de todos los sacrificios, hasta el

punto de amar los caprichos y las faltas de esa mujer, es posible. Ahora

bien; esa miserable tenía celos de la reina... celos de Calderón... el

tío Manolillo quiso matar á don Rodrigo, y para ello pidió á la reina

los mil y quinientos doblones; cierto es que prometió rescatar las

cartas, pero acaso si hubiera muerto ó herido á don Rodrigo, hubiera ido

á llevar esas cartas á la Dorotea en vez de llevarlas á la reina. Se

cruzó ese joven de una manera providencial, rescató las cartas... esto

puede ser un motivo de odio que determine una calumnia del bufón.

Además, lo que me ha dicho podía saberlo, y lo sabía sin duda, sin

necesidad de que ese joven se lo dijese. Es necesario no obrar de

ligero... ¿Pero y si ese empeño de que yo desprecie á don Juan, fuese

porque le haya visto la Dorotea y le ame?

Esta era la verdad, y al suponerla doña Clara, sintio lo que nunca había

sentido: la dolorosa é insoportable sensación de los celos.

Y como los celos nunca son hidalgos, ni se detienen ante nada, tomó una

pluma y escribió una larga carta en que acusaba ante el inquisidor

general á Dorotea y á Gabriel Cornejo.

Poco después aquella carta entraba en la celda del padre Aliaga.

CAPÍTULO XXI

EN QUE CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR

--¿Me da vuecencia venia para entrar?--decía una voz poco firme y

contrariada á la puerta de la cámara del duque de Lerma.

--Dejad ese despacho, Santos--dijo el duque de Lerma á un secretario que

trabajaba con él--y enviad á buscar á mi sobrino el conde de Olivares.

Levantóse el secretario, arregló los papeles, los puso en una carpeta y

luego aquella carpeta en un armario.

Después salió.

Entonces el ministro-duque se volvió con afectación á la puerta por

donde había entrado la voz que pidió permiso, y dijo con cierta hueca

benevolencia:

--Entrad, Montiño, entrad.

Entró el cocinero mayor del rey, se inclinó profundamente tres veces, y

luego, haciendo una mueca que parecía una sonrisa, dijo:

--¿Quedó vuecencia contento del banquete de ayer, señor?

--Por el dinero que os dará mi mayordomo, podréis sacar la consecuencia,

buen Montiño.

--¡Ah señor, excelentísimo señor!--dijo Montiño poniéndose en arco y

haciendo otra mueca--no lo decía por tanto.

--Sí, sí; ya sé que mil ducados más ó menos son para vos muy poco.

--No tanto, no tanto como eso, señor.

--Sin embargo, hacéis muy buenos negocios; debéis estar rico, Montiño;

además de que la vianda de su majestad debe dejaros buenas ganancias,

siempre me estáis pidiendo oficios.

--Y yo os agradezco á vuecencia...

--No hago más que pagaros vuestros servicios; sois inteligente y activo;

y luego... vos me servís bien... es decir, servís bien á su majestad.

Volvió á inclinarse Montiño.

--¿Cómo anda el cuarto del príncipe?

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 20 / 66 段