señor Juan Montiño?
--Ved que sale en persona--dijo la vieja señalando una puerta que se
abría, y tras la cual apareció el joven.
--¡Ah! ¡mi buen sobrino!--exclamó Montiño corriendo hacia él.
--¿Cuánto pensará ganar con su sobrino el cocinero del rey, cuando tan
bien le trata?--dijo para si el bufón.
--¿Y mi tío Pedro?--dijo el joven con solicitud.
--¡Tu tío!... ¡tu pobre tío, ha muerto!--contestó apagando su sonrisa y
con acento triste Francisco Montiño.
El joven se puso pálido, sus ojos se llenaron de lágrimas, y exclamó
bajando tristemente la cabeza:
--¡Cúmplase la voluntad de Dios!
Y luego añadió dominándose:
--¿Y nada os ha dicho para mí?
--Nada; cuando llegué ya había perdido el habla.
--¡Ah! ¡mi buen tío! la carta que me dió para vos era un pretexto para
alejarme de sí; para que no lo viese morir.
--No te has engañado, sobrino; no te has engañado... ¿y qué he hecho yo
de esa carta? creo que la llevé al pueblo, y que la he dejado olvidada
allí. ¿Pero, cómo has pasado la noche?
--Muy bien, tío, muy bien.
--Pues me alegro, me alegro mucho--dijo el tío Manolillo--, porque creo
que tenéis demasiado que hacer para no necesitar estar descansado.
--No os conozco, amigo--dijo Montiño.
--Nada tiene de extraño. Yo soy el bufón del rey; pero si no me conocéis
á mí, conocéis mucho á un grande amigo mío.
--¿Qué amigo?
--Don Francisco de Quevedo.
--¡Cómo! ¡don Francisco de Quevedo!--dijo el cocinero mayor--¿y está don
Francisco en la corte?
--Y algo más que en la corte dijo el tío Manolillo.
--¡Ah, ah! ¿Y conoces tú á don Francisco de Quevedo, sobrino?--añadió el
cocinero.
--Estuvo hace dos años en el lugar; iba huído...
--¡Ah!--dijo Francisco Montiño, recordando el pasaje de la carta de su
difunto hermano, en que se refería al conocimiento de Juan con
Quevedo--. ¡Ah, sí! ¡Es verdad!
--¿Y qué es verdad?--dijo Juan.
--¿Qué ha de ser verdad, sino que hace dos años anduvo huído por unas
estocadas don Francisco?
--Pues amigo mío--dijo el bufón--, don Francisco os espera.
--¿Que me espera? ¿Y dónde? Habíamos quedado en vernos en San Felipe.
--Pero urge, urge. Así, pues, os vendréis conmigo.
--¡Sin almorzar!--dijo el cocinero--. ¡Yo que venía con él para que
almorzase!
--Donde yo le llevo almorzará mejor.
--¿Mejor que en mi casa?
--Sí, señor; vuestro sobrino, señor Francisco, almorzará hoy mejor que
el rey.
--¡Algunas empanadas de hostería de esas que no se digieren!--exclamó
Montiño con desprecio y picado en su calidad de cocinero.
--¡Yo daré de almorzar á vuestro sobrino pechugas de ángeles!
--¡Ah, ah!... ¡vos tenéis á vuestra disposición pechugas de ángeles!...
Pero es el caso que yo necesito á mi sobrino, aunque sólo puedo darle
pechugas de ánade.
--No son malas, señor Francisco, no son malas; guardadme una para más
tarde; pero yo ahora me llevo conmigo al señor Juan Montiño. Como que le
espera nada menos que don Francisco de Quevedo, y para asuntos muy
importantes.
--¡Oh! pues si don Francisco de Quevedo me espera, tío, necesario será
que vaya.
--Iremos todos--dijo el cocinero.
--No puede ser--replicó el bufón--: quedáos en buen hora siguiendo
vuestra disputa con la señora María. En cuanto á mí, vuestro sobrino me
llevo.
--¿Y dónde para don Francisco?
--En una casa y en una cama.
--Pues quedo enterado--dijo el señor Francisco.
--¡Cómo! ¿Ha pasado algún mal accidente á don Francisco?--dijo con
cuidado Montiño.
--Cosa mala nunca muere--dijo desapaciblemente la vieja.
--Por eso no habéis muerto vos, aunque sois vieja del alma y del
cuerpo--dijo el tío Manolillo--; pero vamos, señor Juan, y que no se
diga que cuesta más trabajo sacaros de aquí que si se tratase de sacar
una monja de un convento.
--No; no ciertamente--dijo el joven--; perdonad, tío, pero cuando don
Francisco me llama con tanta urgencia, asunto debe ser importante; en
cuanto concluya iré á buscaros á palacio.
--Ve, sobrino, ve--dijo el cocinero--; ya sabes que yo no me meto en tus
asuntos; pero mira dónde pones los pies, hijo mío, porque la corte se ha
puesto para ti un poco resbaladiza.
--¿Nos veremos en la calle?--dijo el bufón--. Venid, que el tiempo
urge, y vos, compadre, dejadnos por Jesús Nazareno, y vamos, y no se
hable más, que en decir y replicar llevamos una hora. Conque hasta
después; muchas expresiones al señor Cornejo, señora María, y al señor
escudero que se compre un peine fuerte; hasta más ver... ¡Gracias á Dios
que estamos en la calle!
Y el tío Manolillo, sin detenerse á escuchar la agria réplica de la
señora María, sacó á remolque á Juan.
--¿Conque tan hombre sois?--le dijo el bufón.
--Según--dijo Juan--; no sé por qué me hacéis esa pregunta.
--¡Afortunado y reservadillo! haréis fortuna en la corte, joven.
--Me alegraré.
--¡Ah, ah!--conozco á muy pocos que hayan entrado en palacio con tan
buen pie.
Miró profundamente Montiño al tío Manolillo.
--Vuestro amigo don Francisco--dijo el bufón contestando á aquella
mirada--me llama el mochuelo del alcázar.
--Os juro que no os entiendo.
--¡Bah! ¿Y cómo os va de vuestros amores?
--¿De mis amores?
--¡Qué! ¿No estáis enamorado?
--¡Yo!
--Mirad que doña Clara Soldevilla es demasiado persona para que se la
engañe.
--¡Doña Clara! ¡Oh, doña Clara! ¿La conocéis?
--¡Vaya! ¡Pues medrados estaríamos si el tío Manolillo, el loco del rey,
no conociese hasta las arañas del alcázar! Conozco á mi señora doña
Clara desde que era así, tamañita.
--¿Y qué se dice de esa dama en el alcázar?
--¿Qué se ha de decir? La llaman la menina de nieve.
--¿Por lo blanca?
--Bien pudieran; pero es por lo fría.
--¡Fría, y tiene dos ojos que abrasan!
--Pues ahí veréis. Nadie ha podido hacer que esos ojos le miren
enamorados. ¡Como no seáis vos!...
--¡Yo!
--¿Y qué tendría eso de extraño?
--Os aseguro que...
--Lo creo; doña Clara es dura como una roca.
--Pero yo no pienso...
--¡Vos!... ¡bah!... Vos sois capaz de saltar por esa dama por cima de
la torre de Santa Cruz; y si yo fuera otro, lo sería también... y sois
vos solo...
--¡Cómo!
--El primero que salta por doña Clara es...
--¿Quién?
--Un personaje muy alto...
--Acabad.
--Don Felipe.
--¿Don Felipe de qué?
--Don Felipe de Austria, mi buen amigo, mi entretenimiento, mi loco.
--¡Ah! ¡El rey!
--No os pongáis pálido, amigo mío, no os pongáis pálido; doña Clara hace
tanto caso del rey como de mí.
--¡Pero decís que hay otros!...
--No hay ninguno; es decir, ninguno ha logrado hacerse amar de doña
Clara... á no ser que vos...
--¿Yo?
--Seamos francos; ¿cuánto daríais vos por encontrar una persona que os
sirviese de puente para con esa dama? ¿Por dos ojos que viesen más que
los vuestros?
--¿Me hacéis una proposición?
--Me intereso por vos.
--¿Y qué clase de interés es el vuestro?
--Yo... os serviré... pero me habéis de pagar.
--Contad con mi bolsillo.
--Os perdono, porque los enamorados están locos... Vos me pagaréis, pero
no me pagaréis en dinero... Llegará un día en que yo os diga: os he
servido; servidme.
--Os serviré como me hayáis servido á mí.
--No hablemos más; estamos cerca de la casa donde para nuestro amigo don
Francisco.
Entraban á la sazón en la calle Ancha de San Bernardo. Al poco trecho,
el bufón llegó á una puerta, tiró de un cordel y la puerta se abrio;
siguióle Juan Montiño, el bufón cerró la puerta y subió por unas
escaleras, seguido del joven, á un hermoso recibimiento, y de allí á una
sala ricamente alhajada.
Sobre los sillones había algunos trajes relumbrantes, á todas luces
trajes de teatro, y sobre una mesa joyas en desorden y botes de
perfumes.
En la sala no había nadie; pero saliendo de una alcoba se escuchaba una
voz vibrante y acentuada que al parecer leía, y de tiempo en tiempo una
voz juvenil y fresca, incitante voz de mujer, que se reía de la mejor
gana del mundo.
El bufón adelantó y levantó una de las cortinas bordadas que cubrían la
puerta de la alcoba.
En un magnífico lecho, que por muchas señales demostraba ser un lecho de
mujer, y de mujer galante, hundido en los colchones, medio sepultado en
las almohadas, revuelta la cabellera, caladas las antiparras,
sosteniendo un libro en folio, leía Quevedo.
A los pies del lecho, indolentemente envuelta en una especie de bata de
color de rosa con encajes, mal cogidas las anchas trenzas negras,
extendidos los pies, que calzaban unos chapines de tafilete blanco,
apoyado un brazo en otro brazo del sillón, y sobre la mano uno de esos
semblantes en que no se sabe qué admirar más, si la fuerza de la
juventud, la fuerza de la hermosura ó la fuerza de la expresión, había
una mujer como de veinticuatro años, sonriente, alegre, escuchando con
delicia á Quevedo, que leía uno de los mejores capítulos del _Ingenioso
Hidalgo Don Quijote de la Mancha_.
Quevedo al leer no se reía; su acento al leer era el de un profundo
crítico, que aprecia cada uno de los detalles, cada uno de los
pensamientos, cada una de las bellezas, y las determina, las anota, por
decirlo así, con la inflexión del acento, con la acentuación particular
de la palabra; que admira y que acaso envidia, y que toma la lectura por
lo serio.
Cervantes, leído por Quevedo, ganaba; el chiste se hacía irresistible;
la joven se reía con toda su alma.
Se nos olvidaba decir que la joven tenía en la mano derecha, abandonada
sobre la falda, un cuaderno de papel en que se veían escritos versos.
A la cabeza de aquellos versos se leía:
«Doña Estrella en la Estrella de Sevilla».--Dorotea.
Aquel era un papel de una de las mejores comedias de Lope de Vega.
La que le tenía en la mano, era sin disputa una comedianta.
El papel revela su nombre.
Era Dorotea.
La querida pública del duque de Lerma.
La amante particular de don Rodrigo Calderón.
La mujer que tenía con el tío Manolillo unas relaciones, un punto de
contacto que nadie podía calificar.
Quevedo, Cervantes y Lope de Vega, estaban allí; los dos en
representación, el uno en persona, haciendo brillar el uno de los
representados á Cervantes y cautivando en favor de éste la atención de
Dorotea en daño del otro representado, de Lope de Vega.
--Yo os daba durmiendo dijo--el tío Manolillo--y á ti estudiando,
holgazana--añadió dirigiéndose á la joven.
--Gracias á mi buen Miguel que me he encontrado por ahí, no duermo, ni
Dorotea estudia. Cuando habla Cervantes es necesario no vivir sino para
escucharle. ¡Qué ingenio! se entiende, cuando no se trata del Pérsiles.
Parece mentira que el tan discreto... pero vamos al asunto, y perdone mi
buen amigo--añadió Quevedo cerrando el libro y dejándolo sobre la
cama--, ¿traéis con vos á ese sujeto?
--Tráigole por los cabezones.
--¿Cómo tal? ¿por los cabezones venís cuando yo os llamo, amigo Juan?
Entrad, entrad, amigo mío, la dueña de la casa es una moza demasiado
valiente para asustarse, porque vos entréis en su alcoba.
--Decís bien, y tanto más, cuanto me habéis curado de espanto
apoderándoos de mi lecho; ¿qué pensarían de mí, si las gentes os vieran?
--Que estoy cansado. ¿Pero qué hacéis que no entráis, amigo Juan?
--Entrad, entrad, caballero--dijo Dorotea levantándose--; esta casa es
muy vuestra.
Y levantó la otra cortina que el bufón no había levantado.
Al ver á Dorotea Juan Montiño, y al ver á éste Dorotea, sucedió una cosa
singular: los dos retrocedieron, los dos cambiaron de expresión. La
sonrisa que vagaba en los labios de Dorotea se borró; en el semblante de
Juan Montiño apareció una expresión de sorpresa, pero no más que de
sorpresa.
No esperaba ver una mujer tan hermosa.
Le había dado de repente en los ojos un relámpago de hermosura.
El bufón y Quevedo habían reparado esta circunstancia: la repentina y
significativa seriedad de Dorotea y el asombro de Juan Montiño.
--¡Ah!--dijo el bufón.
--¡Oh!--dijo Quevedo.
--Pasad, caballero, pasad--dijo Dorotea ya perfectamente serena.
Juan Montiño entró en la alcoba, enteramente repuesto ya de su sorpresa.
--¿En qué nido le habéis encontrado, amigo Manolillo?--dijo Quevedo.
En el nido de una corneja.
--¿Y dónde tiene esa corneja su nido?
--Es la manceba vieja de un tal Cornejo, galeote huído que anda haciendo
milagros en la corte.
--¡Ah! ¡Un ensalmador de condenados, reparador de injurias y
falsificador de doncellas! Conozco al tal.
--¡Pero vos conocéis á todo el mundo, don Francisco!--dijo Dorotea.
--Conócenme á mí todos; no es mía la culpa; el que en enredos anda,
enrédase.
--Yo creo haber oído hablar de ese Cornejo--dijo Dorotea.
--¿Ha graznado á vuestra oreja? pues mal agüero, hija; si supiera esto
su excelencia, juntamente con que yo...
--Vos os tomáis licencia para todo; en cuanto á ese Cornejo, conózcole
por haberme hablado de él mis compañeras.
--Señor Juan Montiño--dijo Quevedo con voz campanuda--: necesito hablar
con vos á solas.
--Muchas gracias por la manera de echarnos, don Francisco--dijo Dorotea.
--Lope de Vega os espera; esta tarde á las dos debéis aparecer estrella;
procurad que no os nublen los del patio... debéis, pues, agradecerme que
no os distraiga. Paréceme que estaréis aquí mejor que en palacio, tío
Manolillo.
--Buenas noches, don Francisco, buenas noches y hasta que despertéis.
--Os engañáis, hermano; aún no me duermo, ni llamo al amigo Juan para
que me traiga el sueño... heme echado por descansar un poco, pero ya
empiezan mis tareas cortesanas: el no dormir y el no parar. ¿Y vos
habéis descansado?--dijo Quevedo dirigiéndose á Montiño, y prescindiendo
enteramente del bufón, que salió y se sentó en la sala frente á Dorotea,
que se había puesto á estudiar su papel junto á una ventana.
--No he podido dormir, Quevedo--dijo el joven.
--Dichosa edad en que el amor desvela; ¿y no ha tenido parte en vuestro
desvelo el lance de anoche?
--¿Cuál de ellos?
Quevedo marcó con el brazo una estocada.
--¡Ah! ¡no!
--Pues sabed que Lerma lo sabe.
--Me importa poco.
--Que os pueden encerrar.
--Me importa menos.
--Que os puede suceder algo que negro sea.
--Sucédame en buena hora.
--No negáis la pinta.
--¿Qué pinta?
--La de vuestro padre.
--Creo que mi padre hubiera tenido en estas circunstancias tan poco
cuidado como yo.
--Créelo sin dificultad y me alegro de que os parezcáis á vuestro padre.
Sólo por eso os había llamado: estaba cuidadoso por vos. Y decidme, ¿si
no habéis dormido, tendrá la culpa doña Clara Soldevilla?
--¡Cómo! ¡pues qué! ¿Sabéis...?
--Yo lo sé todo.
--Tenéis sin duda un diablo familiar.
--Puede ser. ¿Y los amores os han quitado el apetito?
--No por cierto.
--¿No? pues me alegro; ni yo tampoco. ¡Dorotea! ¡amiga Dorotea!
--Decid á vuestra negra que nos dé de almorzar.
Almorzaremos todos juntos--dijo Dorotea.
--Que me place: almorzarán juntos el amor y las musas, una ninfa y un
sátiro. ¿Y tenéis buena despensa? supóngolo.
--¡Ah! me cuidan como una reina.
--Créolo; como creo que agradecéis como una reina los cuidados.
Perdonad, amigo Juan, si me dejo ver de vos desencuadernado--dijo
Quevedo saltando del lecho en paños menores--; hacedme la merced de
echar esas cortinas, no se escandalize Dorotea.
--¿Os levantáis?--dijo la comedianta--: me alegro, voy á mandar sahumar
la alcoba.
--Pues dudo mucho...
--¿Que?...
--Que haya sahumerio que la quite su olor: si yo no tuviera la cabeza
tan fuerte, trastornado saldría y entontecido. Huele aquí...
--A hermosura...
--Bien, lo creo.
--Y de hoy en adelante olerá á ingenio...
--¿Por qué, pues, sahumais?...
--Pudiera pegársele á don Francisco...
--¡Ah! ¡su excelencia! Créolo libre de tal contagio...
--Dios le ayude.
--Ya le ayudáis vos...
--Pues yo creía que le desayudaba...
--Sois un oro...
--¿Os habéis vestido ya?
--Atácome las calzas...
--Voy á preparar el almuerzo.
--¿Quién es esta mujer? dijo Montiño.
--No lo sé--dijo Quevedo encajándose los gregüescos.
--¿Qué, no lo sabéis, y os metéis en su casa como en una posada, y la
tratáis con una lisura que mete miedo?
--Tratándose de esta mujer, cuanto más miro menos veo. No se lo digáis á
nadie, porque no me gusta pasar por torpe: pero no la leo... no la
adivino. Hacedla el amor.
--¿Yo?...
--Es hermosa.
--Pero descarada.
--Por las descaradas se conoce á las enmascaradas; un amante ve lo que
no ven los demás, y nos conviene ver á esta mujer.
--Enamoradla.
--Ya lo he hecho.
--¿Y no habéis podido leerla?
--No, porque no se ha enamorado de mi.
--¿Y queréis que yo embista con una mujer que os ha rechazado?--replicó
Montiño.
--Habéis sorprendido á esta mujer.
--¡Yo!
--Se ha puesto pálida al veros.
--Perdonad, á mí también me sorprendió...
--Mejor: ella ha reparado en vuestra sorpresa y espera.
--Perdonad, pero la sorpresa pasó.
--Créolo: pero os repito que los amores de esta mujer interesan...
--¿A quién?
--A la reina.
--¡Ah!
--Además, no sabe aún lo de don Rodrigo. Procurad que cuando lo sepa le
importe poco.
--No comprendo lo que me queréis decir con lo de don Rodrigo...
--La Dorotea cobra del duque de Lerma, y da á don Rodrigo Calderón.
--¡Ah!
--Os aseguro que si en el almuerzo ganáis terreno, cuando le llegue la
noticia, que no deberá tardar, la importará poco lo sucedido...
--Pero... un triunfo tan rápido...
--Así se triunfa de estas mujeres... ó á primera vista ó nunca.
--Me repugna...
--Sois mal galán de capa y espada... no servís para una comedia.
--Lo confieso.
--¿No me habéis recibido por maestro?
--Sí.
--Pues obedecedme.
--Bien quisiera, pero tengo el corazón lleno.
--¡Alma de niño! ¡majadero incorregible! doña Clara Soldevilla es el
corazón, esta mujer la cabeza.
--¡Ah!
--¿Me habéis comprendido?
--¿Pero tan importante es esta mujer?
--No lo sé, pero pudiera serlo.
--La enamoraré.
--¡Callad! ó más bien... ¿y qué tal, qué tal os fué el último año en
Alcalá?
Dorotea acababa de entrar en la sala.
--¡Cómo! ¿este caballero es estudiante?--dijo dejando sobre una mesa dos
botellas.
--Y de teología--dijo Quevedo.
--¡Estudiáis para clérigo!--dijo haciendo un mohín de repugnancia la
comedianta, á tiempo que salía Montiño de la alcoba.
--Ha ahorcado los hábitos--dijo Quevedo saliendo tras Montiño.
--¡Ah! he ahí una justicia que me agrada; y eso que no puedo ver á un
ahorcado sin tener malos sueños.
--¿Y qué diablos hacéis ahí, hijo Manolillo, doblado y redoblado?--dijo
Quevedo.
--¡Ah!--exclamó el bufón, como un hombre que despierta--; pensaba.
[imagen: Quevedo]
--¿Y qué pensábais?
--¡Qué sé yo! era uno de esos pensamientos, que piensan en nosotros.
--Metafísico estáis.
--Y que nosotros no pensamos en ellos.
--Continuad.
--Que se vienen... y que se van...
--Una idea eterna...
--Eso es...
--Un combate...
--No, un tirano...
--Téngoos lástima...
--¡Ah!
--El tío Manolillo tiene unas cosas muy singulares--dijo Dorotea.
--¡Me voy!--exclamó el tío Manolillo.
--¿Y no almorzaréis con nosotros?
--El loco llama al loco; es la hora de levantarse el rey. Adiós.
Y el tío Manolillo salió sombrío y cabizbajo; se le oyó bajar
violentamente las escaleras y salió.
--No entiendo vuestro conocimiento con mi buen amigo--dijo Quevedo.
--Ni yo--exclamó Dorotea.
--¡Y os ama!
--¿Pero cómo me ama?...
--Sabréislo vos.
--Pues no lo sé; pero aquí viene el almuerzo, señores: sentiré trataros
mal; vosotros tendréis la culpa; doy lo que tengo.
--¡Y como tenéis un cielo!...
--¡Bah, don Francisco! cuando me requebráis, no sé si debo ofenderme,
ó...
--¿Es esta negra vuestra cocinera?
--Sí por cierto...--dijo un tanto resentida Dorotea del cambio de
conversación de Quevedo.
--Y bien, carbón viviente, ¿qué nos das de almorzar?
La negra, que traía una mesa ayudada por un lacayuelo, contestó sobre la
pregunta de Quevedo:
--Vuesamercedes almozarán salmón fresco, pollas asadas, pastelones
negros, pichones ensopados, tortas de dama...
--Basta, basta, y aun diré que sobra, aunque tengo un apetito de gigante
encantado.
--Pues sentémonos--dijo Dorotea--; ¿y vos, tenéis también apetito?...
--Está enamorado...
--¡Ah!--dijo con cierto disgusto la Dorotea.
--Enamorado de vos.
--¡De mí!--exclamó riendo la comedianta.
--¡Cosas de Quevedo!--dijo Montiño terriblemente contrariado.
--No, no por cierto... cosas de Dorotea.
--¡Cosas mías!
--Ciertamente, porque vuestras cosas son las que han quitado el apetito
de todas las cosas al señor Juan Montiño.
--¡Ah! ¿os llamáis Montiño?
--Es sobrino del cocinero mayor del rey.
--¡Oh! ¡Dios mío! ¡os va á parecer detestable mi almuerzo!
--El rey no almuerza tan bien como vos, ni con tan buen servicio...
apuesto á que esta plata ha venido en derechura para vos del Potosí...
--Ved ahí que me importa poco el lugar de donde haya venido.
--Debe importaros mucho más el lugar en donde ha parado.
--Sabe Dios si para.
--Mejor, porque será río si corre.
--Me voy cansando...
--Decís bien, debéis descansar... aunque no sois vieja.
--Trabajo siempre para el público...
--Decís bien... debéis trabajar para menos gente... ya quise que
trabajáseis para mi... con el corazón; pero vuestro corazón anduvo
reacio.
--Punzáis, don Francisco.
--¿Ortiga me hacéis? desgraciado ando.
--No lo andáis mucho, cuando os veis en la corte.
--Pues mirad: no quisiera ser cortesano.
--Sóislo muy poco... y en prueba de ello cuando no estáis preso...
--Me buscan... decís bien... y ahora me acuerdo... sois mi olvido de
todo... ¿y de qué me había olvidado?... figuráos que anoche anduve
cómplice en unas estocadas.
--¡Apenas llegado!
--Es mi sino. Pero como estoy ya cansado de que me echen el guante,
trato de echar un guante de oro al escribano para que se le entorpezcan
los dedos... y me urge... y me duele dejar á medio roer este pichón...
pero os dejo...
--¿Os vais?--dijo Montiño poniéndose de pie.
--¡Oh! ¡no! vos no tenéis nada que ver con la justicia--dijo Dorotea--:
almorzad al menos, caballero... si no es ya que os sepa mi almuerzo mal.
--Creo que jamás ha almorzado tan á gusto el señor Montiño, y se
quedará, debe quedarse--añadió Quevedo cargando su acentuación de una
manera perfectamente inteligible para Montiño.
--Temería abusar...
--¡Oh! ¿qué es abusar?... por el contrario, no sabría á qué atribuir...
--Pues me quedo--dijo Montiño con voz insegura.
--Pues quedáos--exclamó Quevedo--. Os suplico que no os vayáis...
--Pero si tardareis...
--En ninguna parte pudiérais sentir menos la espera. ¡Ah! las diez...
conque hasta las doce. Quede con vosotros Dios.
Y Quevedo salió.
Toda esta escena, á pesar de que había sido un poco picante, había
pasado delante de la negra y del lacayuelo.
--Servidnos los postres y marcháos á almorzar--dijo Dorotea apenas salió
Quevedo.
Montiño y la comedianta quedaron al fin solos.
--Tenéis un amigo muy regocijado--dijo Dorotea...
--¡Oh! ¡sí!--contestó el joven, que aunque no era novicio, sentía
remordimientos por aquella especie de infidelidad que hacía á su dama, y
estaba contrariado.
--Si no fuese por su lengua...--añadió Dorotea.
--¡Oh! ¡sí!--respondió Montiño.
--¿Pero no coméis?--dijo la joven, que empezaba á sentirse preocupada.
--Perdonad, señora, pero...
--¿Pero qué?...
Montiño alzó los ojos, y su mirada se encontró con la mirada negra y
resplandeciente de la Dorotea.
Por culpa de la situación, aquellas dos miradas fueron terriblemente
criminales, y la Dorotea se puso encarnada, no de rubor, sino de
despecho, porque había conocido todo el valor aparente de su mirada.
Lo mismo y por la misma razón aconteció á Montiño.
--Vamos, esto es una tontería--dijo la Dorotea, sin pretender cubrir lo
que no podía cubrirse.--Quevedo tiene la culpa.
--Yo creo, señora, que nadie tiene la culpa de nada.
--Bebed--dijo la joven llenando una copa de vino.
--Bebed primero vos...
--La Dorotea llenó su copa.
--No: bebed en ésta, ó bebamos la mitad de la nuestra cada uno;
cambiamos.
--¿Sabéis lo que estáis haciendo?--dijo con seriedad la Dorotea.
--¿Os ofende?
--Me estáis enamorando.
--¿Y hago mal suponiendo que eso sea?
--Eso lo sabréis vos.
--¡Cómo! ¿que yo sabré si hago mal en enamoraros?
--Sí, porque vos sabréis con cuánta lealtad, con cuánta razón podéis
enamorar á una mujer á quien hace media hora que conocéis.
--La soledad tiene la culpa...
--Llamaré compañía...
--No; más bien si os desagrada mi atrevimiento, me iré yo.
--Don Francisco vendrá á buscaros...
--Pues no encuentro medio...
--Sí; dejar esta conversación.
--Dejémosla.
--Hablemos de otra cosa.
Pero ninguno de los dos habló.
Bebieron en silencio sus copas.
Pasaron algún tiempo callando.
Dorotea miró involuntariamente á Montiño.