semblante de ese joven está tranquilo; pero cuando se exalta, cuando su
mirada arde... entonces el parecido es maravilloso: yo creo que se
parece más ese joven al duque en el alma que en el semblante, y como en
ciertas situaciones el alma sale á los ojos...
--Sí, cuando se ama por primera vez...
--¡Oh, señora! juro á vuestra majestad que me contraría el amor de ese
joven.
--Hablemos un poco de ti, ya que tanto hemos hablado de mí: la verdad
del caso es que ese joven ha hecho por ti lo que difícilmente hubiera
hecho otro hombre.
--Lo que ha hecho lo ha hecho por vuestra majestad.
--Es que él creía, y no sin fundamento, que mi majestad eras tú.
--Púsose vivamente encendida doña Clara.
--Una casualidad inconcebible: yo creí llevar más seguro el brazalete en
el brazo, y una audacia de ese joven...
--¡Una audacia!...
--Más bien una galantería.
--No es lo mismo, pero me agrada tu declaración; ya le disculpas, y eso
significa mucho: eso significa, Clara, si yo no me equivoco...
--Que le hago justicia.
--No, que le amas.
--¡Que le amo! ¡En una hora!...
--En una hora has recibido una impresión de tal género, que no le
olvidarás, yo te lo afirmo; que recordándole le amarás... le amarás de
seguro, y contando con esa seguridad, y hablando por adelantado, puede
decirse que ya le amas.
--No sé, no sé... pero... he causado por mi desdicha una impresión tan
profunda en su alma...
--Impresión de que estás orgullosa, Clara, y que por primera vez te ha
hecho bendecir á Dios por la hermosura que te ha concedido.
--No, no--contestó doña Clara con la misma turbación que si la reina
hubiera leído en su alma.
--¿Y por qué no amarle? Un joven que por ti lo ha arrostrado todo; que
por ti está en peligro... porque al fin y al cabo ha herido ó muerto á
don Rodrigo, ha deshecho con su espada, como noble, una traición infame
que traerá contra él poderosos enemigos, de los cuales acaso no podamos
libertarle. ¿No merece tanto sacrificio que tú le ames?
--Mi amor, señora, sería un tormento para mí, y una desesperación para
él.
--El día en que caiga el duque de Lerma, ese joven será tu esposo: te
prometo ser tu madrina.
--Más fácil es que el duque de Lerma muera en un patíbulo, lo que por
desgracia no deja de ser dificilísimo, que el que yo sea esposa de ese
joven.
--¿Y por qué?
--Olvida vuestra majestad que mi padre, tratándose de mi enlace, no
prescindirá jamás de su nobleza.
--Ese joven es hidalgo, según he entendido.
--Sí; sí, señora, hidalgo es, pero...
--No importa que sea pobre; es valiente y alentado.
--Sí, es cierto; pero...
--Como valiente y alentado hará fortuna.
--Por mucha que haga...
--Tu padre no es codicioso.
--Pero siempre verá que ese joven es sobrino de Francisco Martínez
Montiño, _cocinero mayor_ del rey.
Y doña Clara pronunció la palabra «cocinero mayor» de una manera
singular, en que había mucho de repugnancia propia.
--Pero se parece al gran duque de Osuna--insistió sonriendo la reina--,
sobre todo cuando se entusiasma.
--Pues peor, señora, peor.
--¡Oh! ¡Peor!
--Sí, por cierto.
--Supongamos, porque estamos rodeadas de misterios, y los misterios no
deben sorprendernos, que ese joven es hijo del duque de Osuna, que bien
pudiera ser; dicen que el duque en sus mocedades ha sido muy
galanteador.
--Pues por eso digo que peor: ¡un bastardo! Ni mi padre ni yo querríamos
semejante enlace.
--¿Ni aun interesándome yo por él?
--Respetar debe el rey la honra del vasallo, como el vasallo honra y
reverencia la excelsitud del rey.
--¿Conque no hay esperanza ninguna para ese pobre mancebo enamorado?
--Yo le desenamoraré.
--¡Ah! Difícil lo veo.
--Le trataré...
--Como tu corazón te deje tratarle...
--He resistido los amores de unos por muy altos y de otros por muy
bajos; resistiré este también. ¿Cree vuestra majestad que á los
veinticuatro años y criada en la corte, no habré tenido ocasión de
resistir tentaciones?
--Sí, sí; ya sé que eres una mujer fuerte... una maravilla, y esto es
una de las razones del amor que te tengo, Clara. Pero en el asunto de
que se trata debo demasiado á ese joven para no ayudarle... Aunque creo
necesite poca ayuda, creo que él es bastante para hacerse amar de ti.
--Lo veremos--dijo sonriendo tristemente doña Clara.
--Lo veremos. ¿Pero qué hora es ésta?
--Las doce--dijo doña Clara contando las campanadas de un magnífico
reloj de pared.
--¡Oh, las doce!... Ya es hora de que tú descanses y de que yo me
recoja; hasta mañana, Clara. Di á la camarera mayor que me recojo.
--Adiós, señora--dijo doña Clara doblando una rodilla y besando la mano
á la reina.
Margarita de Austria la alzó y la besó en la frente.
Doña Clara salió, y la reina se quedó murmurando:
--Ve, ve á soñar con tu primer amor. ¡Dichosa tú que amas! ¡Dichosa tú
que puedes amar!
Y dos lágrimas asomaron á los ojos de Margarita de Austria, que tuvo
buen cuidado de enjugarlas porque se sentían pasos en la cámara.
Se abrió la puerta y apareció la camarera mayor; con ella venían la
condesa de Lemos y la joven doña Beatriz de Zúñiga.
La duquesa de Gandía se inclinó profundamente.
--¿Qué os ha sucedido esta noche, mi buena doña Juana?--dijo sonriendo
la reina--; creo que me habéis creído perdida y que habéis estado á
punto de ofrecer un hallazgo por mi persona.
--¡Ah, señora! Nunca me consolaré de mi torpeza. ¡No pensar que podía
vuestra majestad estar recogida en el lecho! ¡Y en qué circunstancias!
¡Cuando su majestad el rey estaba en la cámara!...
--¡Ah! ¡Su majestad!... ¿Y qué mandaba su majestad?
--Me mandaba que le anunciara á vuestra majestad.
--¡Ah! ¿Y ese mandato os causó tanto miedo, que os obscureció la vista y
no reparásteis en mí?
--¡Señora!
--¿Y sin duda dijísteis á vuestra majestad que me había perdido?
Nunca la reina había hablado de tal manera á la duquesa de Gandía; y era
que la buena aventura de aquella noche le había dado valor, que se creía
de una manera tangible protegida por Dios y se sentía fuerte.
La duquesa de Gandía, que había anunciado con mala intención á la reina
que el rey había querido verla, al verse tratada de aquel modo seco y
frío por Margarita de Austria, se turbó.
No estaba acostumbrada á tanto...
--Yo, señora--dijo--, dí al rey la excusa de que vuestra majestad estaba
acompañada.
--Retiráos, señoras--dijo la reina á la de Lemos y á doña Beatriz de
Zúñiga--; vuestro servicio ha concluído, no me recojo.
Las dos jóvenes se inclinaron.
La duquesa de Gandía quedó temblando ante Margarita de Austria.
--Debísteis registrarlo todo antes de suponer que yo no estaba en mi
cuarto; ¿dónde había de estar, duquesa de Gandía, la reina, sino en
palacio y en el lugar que la corresponde...?
--¡Señora!
--Y sin duda, como servís en cuerpo y alma al duque de Lerma, le habréis
avisado de que yo me habría perdido, y si no se ha revuelto mi cuarto es
porque, menos ciega en vuestra segunda entrada, dísteis conmigo
durmiendo. El duque de Lerma, sin embargo, puede haber tomado tales
medidas que comprometan mi decoro, y todo por vuestra torpeza.
--¿Vuestra majestad me despide de su servicio?--dijo, sobreponiendo su
orgullo á su turbación, la camarera mayor.
--Creo, Dios me perdone, que os atrevéis á reconvenirme porque os
reprendo.
--Yo... señora...
--Me he cansado ya de sufrir, y empiezo á mandar. Continuaréis en mi
servicio, pero para obedecerme, ¿lo entendéis?
--Señora... mi lealtad...
--Probadla; id y anunciad á su majestad... vos... vos misma en persona,
que le espero.
--Perdóneme vuestra majestad; el duque de Lerma acaba de llegar á
palacio y está en estos momentos despachando con el rey.
--Os engañáis, mi buena duquesa--dijo Felipe III abriendo la puerta
secreta del dormitorio y asomando la cabeza--; vuestro amigo el duque de
Lerma despacha solo en mi despacho, porque yo me he perdido.
Y franqueando enteramente la puerta, adelantó en el dormitorio.
La duquesa hubiera querido que en aquel punto se la hubiera tragado la
tierra. Era orgullosa, se veía burlada en su cualidad de cancerbera de
la reina, y se veía obligada á tragarse su orgullo.
--Retiráos, doña Juana, y decid al duque que yo estoy en el cuarto de su
majestad. Que vuelva mañana á la hora del despacho... ó si no... dejadle
que espere... acaso tenga que darme cuenta de algo grave... Retiráos...
habéis concluído vuestro servicio; la reina se recoge.
La duquesa de Gandía se inclinó profundamente y salió.
Apenas se retiró, la reina salió del dormitorio, y cerró la puerta de su
recámara, volviendo otra vez junto al rey.
Felipe III y Margarita de Austria estaban solos mirándose frente á
frente.
CAPÍTULO XIII
EL REY Y LA REINA
--¿Qué os he hecho yo para que me miréis de ese modo?--dijo el rey, que
pretendía en vano sostener su mirada delante de la mirada fija y glacial
de su esposa.
--Hace cinco meses y once días que no pisáis mi cuarto--dijo la reina.
--Dichoso yo, por quien lleváis tan minuciosa cuenta Margarita--dijo con
marcada intención el rey.
--Esa cuenta la lleva mi dignidad, y la lleva por minutos.
[imagen: La reina doña Margarita de Austria.]
--¡Ah! exclamó el rey... vuestra dignidad... no vuestro amor...
--¡Mi amor! No lo merecéis.
--¡Señora!
--Hablo á mi esposo, al hombre, no al rey... vos no habéis penetrado
como rey en medio de vuestra servidumbre, con la frente alta, mandando;
habéis entrado como quien burla, por una puerta oculta que yo no
conocía. ¿Quién os obliga á ocultaros en vuestra casa?
--Creo, señora, que la camarera mayor y el duque de Lerma, saben que
paso la noche con vos.
--Pero saben que la pasáis por sorpresa.
--No tanto, no tanto.
--Os habéis venido huyendo del duque de Lerma.
--¿Qué hacéis?--dijo Felipe III.
--Ya lo veis, me siento.
--No creo que sea hora de velar, ni yo ciertamente he venido aquí para
trasnochar sentado junto á vos.
La reina no contestó.
--Vos no me amáis--dijo el rey.
--Haced que os ame.
--¡Pues qué! ¿no debéis amarme?
--Debo respetaros como á mi marido; y una prueba de mi respeto son el
príncipe don Felipe, y las infantas nuestras hijas.
--¡Ah! ¡ah! ¡me respetáis! ¡y os quejáis de que yo tema pasar de esa
puerta, cuando en vez de amor que vengo buscando sólo encuentro respeto!
--¿Habéis procurado que yo os ame...?
--Enamorado de vos me habéis visto...
--Pero más de vuestro favorito.
--¡Oh, oh! el duque de Lerma podría quejarse de vos, señora; le acusáis.
--De traición.
--¡Oh! ¡oh!
--Y le estoy acusando desde poco después de mi llegada á España.
--Pero yo, Margarita, no había venido ciertamente...
--Y yo, don Felipe, que no os esperaba, que hace mucho tiempo que no
puedo hablaros sin testigos, aprovecho la ocasión para querellarme á vos
de vos y por vos.
--Pues no os entiendo.
--Es muy claro: tengo que querellarme á vos de vos y por vos, porque
don Felipe de Austria ofende al rey de España.
--¿Qué ofendo yo al rey de España? ¿Es decir, que yo, á mí mismo?...
pues lo entiendo menos.
--Ofendéis al rey de España, porque abdicáis débilmente el poder que os
han conferido, primero, la raza ilustre de donde venís, y después Dios,
que ha permitido que descendáis de esa raza, entregando el poder real,
sin condiciones, á un favorito miserable y traidor.
--¿Habéis hablado hoy con el padre Aliaga, señora?
--No, ciertamente: yo no hablo con nadie más que con las personas cuya
lista da el duque de Lerma á la duquesa de Gandía.
--Os engañáis, porque habláis todos los días y á todas horas con una
persona á quien no pueden ver ni la duquesa ni el duque.
--¿Y quién es esa persona?
--Esa persona es vuestra favorita... la hermosa menina doña Clara
Soldevilla.
--Sería la última degradación á que podía sentenciarme vuestra
debilidad, el que yo no pudiese retener una de mis meninas en mi
servidumbre. A propósito; es ya demasiado mujer para menina, y voy á
nombrarla mi dama de honor.
--¡Y quién lo impide!
--Nadie... pero os lo aviso.
--Enhorabuena: decid á doña Clara que yo la regalo el traje y el velo y
aun las joyas, para cuando tome la almohada.
--Lo acepto, porque ella es pobre y yo no soy rica.
--Ni yo tampoco; pero para un deseo vuestro...
--Os doy las gracias, señor.
--¡Oh! no me deis las gracias; ved que os amo, y amadme...
--¿Qué me amáis?--dijo la reina inclinándose hacia el rey, dejándole ver
un relámpago de sus hermosos ojos azules, y su serena frente pálida como
las azucenas y coronada de rizos de color de oro.
--¡Oh, qué hermosa eres, Margarita!--dijo el rey, en cuyas mejillas
apareció la palidez del deseo.
Y la atrajo á sí.
Margarita de Austria, se sentó en un movimiento lleno de coquetería en
las rodillas del rey, y se dejó besar en la boca.
--Depón al duque de Lerma--dijo la reina entre aquel beso.
El rey se retiró bruscamente como si le hubiesen quemado los labios de
Margarita.
--Ya sabía yo que no me amábais--dijo la reina levantándose y mirando al
rey con cólera.
--Pero señor, ¿cuándo descansaré yo?--exclamó el rey dejándose caer en
el respaldo del sillón.
--Cuando arrojes de ti esa indolencia que te domina--dijo con dulzura la
reina--; cuando pienses que un rey no sirve á Dios solo rezando, sino
mirando por la prosperidad, por el bienestar y por el honor de sus
vasallos.
--Ya velan por todo eso mis secretarios.
--¡Tus secretarios! ¡sí, es verdad! velan por los españoles, y cuentan
sus cabezas como el ganadero cuenta sus reses para llevarlas al mercado.
--Eres injusta, yo no escucho ninguna queja.
--Las quejas no llegan á ti. Se pierden en el camino.
--Te pregunté si habías hablado hoy con mi confesor, porque el bueno del
padre Aliaga, aunque más embozada y respetuosamente, aprovechándose de
que el duque tenía un banquete de Estado, me ha tenido toda la tarde el
mismo sermón. Y suponiendo que no os engañáis, ni tú que eres la reina
de las reinas, por virtud, por discreción y por hermosura, ni el padre
Aliaga, que es casi un santo, ¿qué queréis que haga?--Reduzca vuestra
majestad los gastos de su casa, que España anda descalza--me dice el
padre Aliaga--. Y cuando esto dice el bueno de mi confesor, cuento las
ropillas que tengo y los doblones que poseo, y hallo que cualquier
pelgar anda mejor cubierto y mejor provisto que yo.
--Eso demuestra, que siendo exorbitantes las rentas reales, siendo parca
nuestra mesa y pocos nuestros trenes y nuestros vestidos, las rentas
reales son robadas.
--¡Robadas, robadas! esto es demasiado grave. Yo no creo que un
caballero tal como el duque...
--¿Si te doy una prueba de que el duque vende los oficios
miserablemente?...
--Siempre se han vendido... me acuerdo de una provisión de corregidor
que se ha dado esta mañana á Diego Soto, para que la venda en lo que
pudiere... y todo está firmado por mí.
--Sí, pero es que el duque vende por su cuenta... te roba...
--¡Oh! no puede ser.
--Mira.
Y la reina sacó las dos cartas que habían encontrado en la cartera de
don Rodrigo Calderón, con las suyas, y dió una de ellas al rey.
Felipe III leyó la cabeza y la firma:
--«¡A don Rodrigo Calderón!--¡El duque de Uceda!»
--Lee, lee... y juzga.
«Mi buen amigo: Es necesario que se den las alcabalas de Sevilla á Juan
de Villalpando. Ya le conocéis. Es un hombre muy á propósito para
nuestros proyectos. No os olvidéis que para acabar con el duque de
Lerma...»
--¡Ah! ¡ah!--dijo el rey--; no lo creyera si no lo viera; y es letra y
firma del duque de Uceda, con sus renglones torcidos... el hijo contra
el padre... ya sabía yo que no andaban muy acordes entrambos duques...
¡pero que llegasen á tanto!... ¡Ah! ¡ah!
--Sigue, sigue--dijo con impaciencia la reina.
--«No olvidéis que para acabar con el duque de Lerma, y hacer comprender
al rey cuán ruinoso y perjudicial es su gobierno, se necesita hacerse
partidarios en las ciudades, y ninguno mejor para Sevilla que Juan de
Villalpando: allí tiene hacienda, mujer y parientes, le conoce todo el
mundo, y es audaz cuanto se necesita para que todos le respeten y le
teman. Pero como el duque no proveerá en nadie las alcabalas de Sevilla
en menos de diez mil maravedís, es necesario que vos interpongáis para
con él lo mucho que podéis, á fin de que de los diez mil rebaje la
mitad. Ya llevamos gastado demasiado para que pensemos algo en los
gastos. Hacedlo, que conviene. El interesado lleva esta carta y yo os
veré á la tarde en la comedia...»
El rey dobló lentamente la carta y plegó su entrecejo: una expresión de
majestad y de dominio, aunque indecisa, se marcó en su semblante y luego
volvió á desdoblar la carta y la leyó lentamente.
Aquella carta era para Felipe III uno de esos rayos de luz que de tiempo
en tiempo rompen la impura atmósfera que rodea á los reyes.
Margarita de Austria, que miraba con profunda alegría el cambio que se
había operado en Felipe III, puso otra nueva carta abierta sobre la que
el rey leía por segunda vez.
--Del conde de Olivares--dijo el rey leyendo la firma de aquella segunda
carta.
--Lee, lee y verás que el duque de Lerma, á más de ser ladrón, es torpe,
que le manejan como quieren los que quieren ocupar su puesto, y que el
tal don Rodrigo es más traidor, más ambicioso, más miserable que todos
ellos.
El rey leyó:
«Os escribo, porque, interesándoos á vos tanto como á mí el negocio de
que trata esta carta, tengo una entera confianza en vos, y no quiero
exponerme á que se sepa, por muchas precauciones que tomemos, que nos
hemos visto. Importa que todo el mundo nos crea desavenidos. Sostened
vos por vuestra parte el papel de enemigo mío, que por la mía yo
sostendré el de enemigo vuestro. Seguid hablando mal de mí y mirándome
de reojo, que yo seguiré hablando mal de vos sin miraros á derechas. Lo
de la expulsión de los moriscos es necesario que se lleve cuanto antes á
cabo, porque es necesario que cuanto antes, teniendo como tenemos guerra
con Inglaterra, con Francia y en el Milanesado, la tengamos también en
España, y esta guerra la provocarán los moriscos, que no se rendirán sin
combatir. Por otra parte, rebelados los moriscos dentro, se resentirá el
comercio que ellos alimentan en gran manera, faltará más de lo que falta
el dinero, y reunidos y alentados Enrique IV y el inglés, apretará la
guerra por fuera. Insistid en lo de la confiscación de los bienes de los
moriscos. El duque, en su sed de oro, se dejará deslumbrar por este
negocio en grande, y aun el mismo rey no encontrará de más algunos
millones de maravedises para remendar su ropilla. Dicen que Lerma tiene
hechizado al rey. Hechizad vos al duque. El mejor hechizo para su
excelencia es el oro. Conque apretad, apretad, que urge: que si hemos de
esperar á que el príncipe sea rey, larga fecha tenemos. Lo del príncipe
lo dejaremos al conde de Lemos y á don Baltasar de Zúñiga, y puesto que
el rey es quien puede hacer reyes, vámonos derechos al rey. Sitiemos por
hambre al duque haciéndole cometer algunos disparates, y el duque, que
si fuera tan buen hombre de Estado como es codicioso, sería invencible,
caerá, no lo dudéis, aunque para ello nos veremos obligados á empobrecer
el reino, á debilitarle. Nosotros le alzaremos. No os digo más, porque
ni tanto era necesario deciros. Guárdeos Dios.--_El conde de Olivares._»
--Pero esto nada prueba contra el duque, y si mucho contra los condes de
la Oliva y de Olivares.
Prueba que los dos condes son más perspicaces que tú, y que saben cuánto
es torpe y ciego el duque de Lerma.
--Pero no le vencieron.
--Por una casualidad.
--El duque lo tenía previsto todo.
--Ni el duque ni nadie podía prever que don Juan de Aguilar tuviese la
fortuna de aterrar á los infelices moriscos en la primera batalla; ni el
duque ni nadie podía prever que los enemigos exteriores de España no se
aprovecharan de aquellas circunstancias. Pero el duque fué traidor y
torpe.
--¡Traidor!
--Sí, traidor, y de la manera más criminal que puede ser traidor un
vasallo: manchando ante la historia el nombre de su señor... porque tu
nombre aparecerá manchado en la historia por esa tiranía feroz
inmotivada contra los pobres moriscos; por esa codicia innoble que les
robó.
La mirada del rey se hizo vaga.
--Y torpe, torpe... porque no previó las funestísimas consecuencias que
pudo traer sobre España, y que en la parte de su riqueza y de su
población la ha traído, el cumplimiento de aquel infame edicto.
--¡Margarita!--exclamó el rey, cuya conciencia se retorcía.
--Yo te pedí de rodillas, aquí, en este mismo sitio, que revocaras aquel
edicto; y te lo pedí por ti mismo, por la gloria de tu nombre, por tu
dignidad de rey, más que por el bien de tus reinos. Te lo pedí, Felipe,
porque te amo, y porque te amo, te pido la deposición del duque de
Lerma.
--¡Que me amas, Margarita! ¡que me amas!--exclamó el rey--¡y no me lo
has dicho hasta ahora!
--¿Qué mujer honrada, y que nunca ha amado, no ama al padre de sus
hijos?--exclamó en un sublime arranque Margarita, arrojándose á los
brazos del rey.
Y levantándose de repente, añadió:
--Y no te lo he dicho; no se lo he dicho á nadie, no, y me he mostrado
siempre contigo reservada y fría porque... mi orgullo de mujer ha estado
continuamente ofendido al verme pospuesta á un favorito.
--Y á quién, á quién buscar...
--¿A quién? al duque de Osuna...
--Es demasiado soberbio.
--Pero es justo, y valiente, y buen vasallo. Y si no, Ambrosio Espínola,
y si no... si no... Quevedo.
--¡Osuna, Espínola, Quevedo! ¡dos soldados y un poeta!
--Tres españoles que no han renegado de su patria, y que por lo mismo,
están alejados de ella por el temor de los traidores.
--Lo pensaré, lo pensaré--; dijo el rey.
--No, no; pensarlo, no; ya lo he pensado yo bastante; ¿no tienes
confianza en tu esposa, Felipe?... ¿no me amas? ¿no crees en mi amor?
--Lo pensaré... me duermo... necesito rezar antes mis oraciones.
Y el rey se dirigió al oratorio de la reina.
--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--dijo Margarita viendo desaparecer al rey
por la puerta del oratorio--¡Ten piedad de España! ¡Ten piedad de mí!
CAPÍTULO XIV
DEL ENCUENTRO QUE TUVO EN EL ALCÁZAR DON FRANCISCO DE QUEVEDO, Y DE LO
QUE AVERIGUÓ POR ESTE ENCUENTRO ACERCA DE LAS COSAS DE PALACIO, CON
OTROS PARTICULARES.
Apenas Juan Montiño había desaparecido por la escalerilla de las
Meninas, cuando Quevedo, que como sabemos observaba desde la puerta, se
embocó por aquellas escaleras en seguimiento del joven.
--En peligrosos pasos anda el mancebo--dijo don Francisco--; sobre
resbaladiza senda camina; sigámosle, y procuremos avizorar y prevenir,
no sea que su padre nos diga mañana: con todo vuestro ingenio, no habéis
alcanzado á desatollar á mi hijo.
Y Quevedo seguía cuanto veloz y silenciosamente le era posible, á la
joven pareja que le precedía en las tinieblas.
--¿Y quién será ella?--¿quién será ella? decía el receloso satírico.
Y seguía, sudando, á pesar del frío, á los dos jóvenes, que andaban
harto de prisa.
--Pues ó he perdido la memoria y el tiento, ó todo junto--decía
Quevedo--, ó se encaminan á la portería de Damas; paréceme que se paran:
¡adelante y chito! suena una llave, se abre una puerta, entran... ¡ah!
esa momentánea luz... el cuarto de la reina... ¿será posible? ¿me habré
yo engañado pensando bien de una mujer? Merecido lo tendría. ¿Pero quién
va?
Había oído pasos Quevedo.
--No va, viene--dijo una voz ronca.
--¡Por el alma de mi abuela! ¿y de dónde venís vos, hermano?
--Ni sé si del cielo ó si del infierno. Vos, hermano, ya sé que del
infierno sois venido, porque San Marcos no debe de haber sido para vos
la gloria.
--Ha venido á ser el purgatorio, Manolillo, hijo.
--Veo que no habéis olvidado á los amigos.
--¿Y cómo olvidaros, si creo que por haberos tratado en mi niñez se me
han pegado vuestras picardías?
--Yo no soy pícaro, y si lo soy, soy pícaro á sueldo.
--Tanto monta, que nadie hace picardías al aire. ¿Pero dónde vivís?
Paréceme de que me lleváis por las escaleras de las cocinas.
--Así es la verdad, hermano Quevedo; he visto cuanto podía ver, y á mi
mechinal me vuelvo.
--Pues sígoos.
--En buen hora sea.
--Decidme, ¿por qué me dijísteis allá abajo que no sabíais si veníais
del cielo ó del infierno?
--Decíalo por un mancebo que acaba de entrar...
--¿En el cuarto de la reina?...
--¿Habéisle visto?
--Le seguía.
--¿Y no os parece que ese mancebo puede muy bien encontrar en ese cuarto
una gloria ó un infierno?
--Alegraríame que le glorificasen.
--Y yo; aunque no fuese más que por verme vengado...
--¿Del rey?...
--¡Qué rey! ¡qué rey!--dijo el bufón.
--Paréceme será bien que callemos hasta que nos veamos en seguro.
--Decís bien... nunca palacio ha sido tan orejas todo como ahora. Pero
ya llegamos.
Acababan de subir las escaleras, y el tío Manolillo había tomado por un
callejón estrecho.