Detúvose á cierta distancia del desemboque de las escaleras, y sonó una

llave en una cerradura.

--Pasad, pasad, don Francisco--dijo el bufón.

Quevedo entró á tientas en un espacio densamente obscuro.

El bufón cerró.

Poco después se oyó el chocar de un eslabón sobre un pedernal, saltaron

algunas chispas, y brilló la luz azul de una pajuela de azufre, que el

bufón aplicó al pábilo de una vela de sebo.

Quevedo miró en torno suyo.

Era un pequeño espacio abovedado, deprimido, denegrido, desnudo de

muebles, á cuyo fondo había una puerta, á la que se encaminó el bufón.

Siguióle Quevedo.

El tío Manolillo cerró aquella puerta.

Era el bufón del rey un hombre como de cincuenta años, pequeño,

rechoncho, de semblante picaresco, pero en el cual, particularmente

entonces que estaba encerrado con Quevedo, y no necesitaba encubrir el

estado de su alma, estaba impresa la expresión de un malestar roedor, de

un sentimiento profundo, que daba un tanto de amargura infinita á su

ancha boca, cuyos labios sutiles habían contraído la expresión de una

sonrisa habitual, burlona y acerada cuando estaba delante del mundo,

sombría y dolorosa entonces que el mundo no le veía. El color de su piel

era fuertemente moreno, sus cabellos entrecanos, la frente pronunciada,

audaz, inteligente, marcada por un no sé qué solemne; las cejas y los

ojos negros; pero estos últimos pequeños, redondos, móviles,

penetrantes, en que se notaba un marcadísimo estrabismo; la nariz larga

y aguileña; la boca ancha, la barba saliente, el cuello largo. Sus

miembros, contrastando desapaciblemente con su estatura, eran de

gigante, cortos, musculosos, fuertes; vestía un sayo y una caperuza á

dos colores, rojo y azul; llevaba calzas amarillas, zapatos de ante y un

cinturón negro que sólo servía para sujetar un ancho y largo puñal.

El bufón se sentó en un taburete de pino, y dijo á Quevedo:

--Ahora podemos hablar de todo cuanto queramos: mi aposento es sordo y

mudo. Sentáos en ese viejo sillón, que era el que servía al padre Chaves

para confesar al rey don Felipe II.

--Siéntome aunque me exponga á que se me peguen las picardías del buen

fraile dominico--dijo Quevedo sentándose.

--¡Oh! ¡y si te hablara ese sillón!--dijo el tío Manolillo.

--Si el sillón calla, España acusa con la boca cerrada los resultados de

los secretos que junto á este sillón se han cruzado entre un rey

demasiado rey, y un fraile demasiado fraile.

--Pero al fin, don Felipe II...

--No era don Felipe III.

--En cambio, el padre Chaves, no era el padre Aliaga.

--El padre Aliaga no tiene más defecto que ser tonto--dijo Quevedo

mirando de cierto modo al bufón.

--Vaya, hermano don Francisco, hablemos con lisura y como dos buenos

amigos; ya sabéis vos que tanto tiene de simple el confesor del rey,

como de santo el duque de Lerma. Si queréis saber lo que ha pasado en la

corte en los dos años que habéis estado guardado, preguntadme

derechamente, y yo contestaré en derechura. Sobre todo, sirvámonos el

uno al otro.

--Consiento. Y empiezo. ¿En qué consiste que esa gentecilla no haya

hecho sombra del padre Aliaga?

--En que el rey, es más rosario que cetro.

--¿Y cree un santo á fray Luis?

--Y creo que no se engaña, como yo creo que si fray Luis es ya santo,

acabará por ser mártir, tanto más, cuanto no hay fuerzas humanas que le

despeguen del rey; y como el padre Aliaga es tan español y tan puesto en

lo justo, y tan tenaz, y tan firme, con su mirada siempre humilde, y con

su cabeza baja, y con sus manos metidas siempre en las mangas de su

hábito... ¡motilón más completo!... Si yo no tuviere tantas penas, sería

cosa de fenecer de risa con lo que se ve y con lo que se huele; más

bandos hay en palacio que bandas, y más encomendados que comendadores, y

más escuchas que secretos, aunque bandos, encomiendas y enredos, parece

que llueven. En fin, don Francisco, si esto dura mucho tiempo, el

alcázar se convierte en Sierra Morena: lo mismo se bandidea en él que si

fuera despoblado, y en cuanto á montería, piezas mayores pueden correrse

en él, sin necesidad de ojeo, que no lo creyérais si no lo viérais.

--Me declaro por lo de las piezas mayores; veamos. Primera pieza.

--Su majestad el rey de las Españas y de las Indias, á quien Dios

guarde.

--Te engañaste, hermano bufón; tu lengua se ha contaminado y anda torpe.

El rey no puede ser pieza mayor... por ningún concepto. Y lo siento,

porque el tal rey es digno de esa, y aun de mayor pena aflictiva. La

reina es demasiado austriaca.

--Y demasiado mujer, á lo que juntándose que hay en la corte gentes

demasiado atrevidas...

--De las cuales vos no sois una de las menores.

--Tengo pruebas...

--Pues mostrad, tío Manolillo... dadme capote, que por más que lo sienta

os aplaudiré... ¡pero engañarme yo tratándose de mujeres!... ¡creer yo á

la buena Margarita de Austria!... si de esta vez me engaño, ni en la

honra de mi madre creo... con que desembuchad, hermano, desembuchad, que

me tenéis impaciente, y tanto más, cuanto tengo que haceros preguntas de

dos años. ¿Quién es el rey secreto?

--Para que lo fuera por entero, sólo podía ser don Rodrigo Calderón.

--¡Tá! ¡tá! os engañáisteis, hermano.

--Don Rodrigo tiene cartas de la reina.

--Téngolas yo.

--Bien puede ser, porque donde entra el sol entra Quevedo.

--Y aun donde no entra; pero de la reina no tengo más que cartas.

--Sois leal y bueno.

--Tiénenme por rebelde.

--Los pícaros.

--Y aun los que no lo son.

--Sois una cosa y parecéis otra.

--¡Ah! si no fuera porque estamos perdiendo el tiempo, querría que me

explicáseis...

--Os he visto tamaño como una mano de mortero, cuando andábais poniendo

mazas á las damas de palacio, y cuando más tarde ellas os ayudaban á

poner mazas á sus maridos. Yo os he soltado la lengua, y meciéndoos

sobre mis rodillas, he sido vuestro primer maestro. Nos parecemos mucho,

don Francisco; yo soy deforme y vos lo sois también, aunque menos; vos

lloráis riendo, y yo río rabiando; vos os mostráis contento con lo que

sois, y queréis ser lo que ninguno se ha atrevido á pensar; yo llevo con

la risa en los labios mi botarga y siempre alegre sacudo mis cascabeles,

y si pudiera convertirme en basilisco, mataría con los ojos á más de uno

de los que me llaman por mucho favor loco... ¡Ah! ¡ah! ¡ah! yo,

estruendo y chacota del alcázar, llevo conmigo un veneno mortal, como

vos en vuestras sátiras regocijadas ocultáis el veneno de un millón de

víboras; sois licenciado y poeta y esgrimidor, y aun muchas cosas más.

Yo no tengo más licencias que las que á disculpa de loco me tomo; yo no

escribo sátiras, pero las hago; yo no empuño hierros, pero mato desde lo

obscuro. Vos sonáis más que yo; vos sois el bufón de todos por estafeta,

y yo soy el bufón del rey por oficio parlante; cuando vos pasáis por

una calle, todos dicen: ¡allá va Quevedo! y se ríen. Cuando yo paso por

las crujías de palacio con mi caperuza y mi sayo de colores, todos

dicen, y no reparan en que al decirlo hablan con el rey más que conmigo:

¡allá va el simple del rey! y... se ríen también; y vos os aprovecháis

de las risas de todos que son vuestra mejor espada, y yo me aprovecho de

las risas de los cortesanos que son mi único puñal. Vos sois enemigo de

los que mandan, y abusan del rey, y servís al duque de Osuna, y os

declaráis por la reina, por ambición, y yo aborrezco á los que vos

aborrecéis y amo á los que vos amáis por venganza. ¿Sabe acaso alguien á

dónde vos vais? ¿sabe alguien á dónde yo voy? ¡oh! y si alguna vez

llegamos al fin de nuestro camino, juro á Dios que no han de reirse más

de cuatro con los desenfados del poeta y con las desvergüenzas del

bufón.

Quedóse profundamente pensativo Quevedo como si hubiese sentido la

mirada del bufón en lo más recóndito de su alma, y luego levantó la

cabeza, y fijó en Manolillo una mirada profundamente grave y dominadora.

--Dios sabe á dónde vais vos, á dónde voy yo--dijo--; pero si me

conocéis tanto como decís, saber debéis que, como me cuesta el andar

mucha fatiga, nunca doy pasos en vano. A propósito de las piezas mayores

de palacio, habéisme dicho que la primera es el rey. Os engañáis; pero

como sois hombre de ingenio y de experiencia, quisiera saber el motivo

de vuestro engaño. En esto debe de danzar la Dorotea... vuestra

ahijada... ó vuestra hija, ó vuestra querida...

Púsose pálido como un difunto el tío Manolillo.

--¡Pobre Dorotea!--exclamó el bufón.

--Pobre de vos, que sois un insensato... Allá en San Marcos supe, por

cartas de algunos amigos que se venían sin que nadie las viese á mi

bolsillo, y que yo leía cuando de nadie era visto, supe, repito, que la

Dorotea se había escapado del convento donde la guardábais y se había

metido á cómica; supe además que el duque de Lerma la mantenía, y

alegréme, porque dije: el tío Manolillo será enemigo á muerte de su

excelencia. Ahora medito, y después de meditar, saco en claro: que

siendo la Dorotea amante vendida del duque de Lerma, debe de haber

andado en la venta don Rodrigo Calderón; que siendo don Rodrigo Calderón

lo que es, puede haber habido algo que no gustaría al duque de Lerma si

lo supiese, porque el buen señor es muy vanidoso, muy creído de que lo

merece todo, á pesar de sus años y de sus afeites; que habiendo habido

algo entre vuestra hija y don Rodrigo, vuestra hija habrá tenido celos,

y no habrá encontrado otra mejor que la reina para justificarlo; de modo

que un ministro tonto, un rufián dorado, una mujerzuela semi-pública y

un padre ó amante, ó pariente tal como vos, que tratándose de Dorotea no

sois ya un loco á sueldo, sino un loco de veras, son ó pueden ser la

causa de la deshonra de una noble y digna y casi santa mujer que ha

tenido la desgracia de ser reina de España, cuando el rey de España es

Felipe III.

--¿No habéis visto entrar en el cuarto de la reina un hombre, don

Francisco?

--Sí por cierto; y os confieso que tal entrada me pone en confusiones;

como que el hombre que ha entrado en el cuarto de la reina es un mozo

que me interesa mucho y que... os voy á dar un alegrón, tío Manolillo;

pero habéis de pagármelo diciéndome todo lo que sepáis.

--Si me alegro, os pago.

--Pues bien, es muy posible que á estas horas don Rodrigo Calderón esté

en la eternidad.

--¡Dios mío!--exclamó el bufón--. ¡Pero estáis seguro, don Francisco!

--Lo que sé deciros es que ese mancebo, que sabe lo que se hace cuando

da un golpe, acaba de reñir con él y de tenderle cuando entró en

palacio.

--¡Ah! ¡ah! ¡han encontrado quien les haga el negocio de balde!

--Acaso ese pobre muchacho pague muy caro el haber dado al traste con

don Rodrigo Calderón.

--¿Muy caro?

--Sí por cierto; como que está enamorado como un loco de la dama por

quien se ha metido en ese lance.

--¡Esperad! ¡esperad! yo he visto, al entrar ese mancebo en el cuarto de

la reina, su semblante, y no le conozco, aunque me ha parecido encontrar

en él un no sé qué... ¿conocéis á ese mancebo?

--¡Mucho!

--¿Y cómo se llama?

--Juan Martínez Montiño.

--¡Ah! ¿es pariente del cocinero del rey?

--Su sobrino carnal, hijo de su hermano.

--Don Francisco, no merecéis que yo os hable con lisura.

--¿Por qué?

--Porque vos no sois conmigo liso y llano.

--Cogedme en un renuncio.

--Estáis cogido.

--¿Por dónde?

--Por ese mancebo.

--¿Y por qué?

--¿Por qué? ¿no decís que es sobrino del cocinero mayor?

--Así resulta de su partida de bautismo.

--Las partidas de bautismo se compran.

Miró Quevedo profundamente al bufón.

--Pero lo que no se compra es el semblante.

--¿Qué queréis decir?

--Digo que sé algo de ese secreto.

--¿De qué secreto?

--Estamos jugando al acertijo, hermano Quevedo, á pesar de que nadie nos

escucha.

--¿Tenéis pruebas?

--¿De que ese mancebo...? ¡vaya! al verle me acometió una sospecha; pero

cuando me habéis dicho que es hijo de un Montiño... no pude dudar...

como que... ya se ve, estoy en el enredo...

--¿Acabaremos, hermano bufón?

--Si, por ejemplo, ese mozo en vez de llamarse Juan Montiño se llamase

don Juan Girón...

--¡Diablo!--exclamó Quevedo.

--¡Cómo! ¿no lo sabíais, don Francisco?

--Algo se me alcanzaba.

--¿Y sabéis cómo se llamaba su madre?

--No me lo han dicho.

--Pues yo voy á decíroslo.

--Sepamos.

--La madre se llamaba... y se llama, doña Juana de Velasco, duquesa

viuda de Gandía, camarera mayor de su majestad.

Abrió enormemente los ojos Quevedo.

--Y qué hermosa, qué hermosa estaba entonces la duquesa.

--¿Pero estáis seguro de ello, amigo Manolillo?

--¡Que si estoy seguro! como lo estaría si, por ejemplo, dentro de

algunos meses la señora condesa de Lemos, después de haber estado mucho

tiempo en la cama á pretexto de enfermedad y en ausencia de su marido,

saliese una noche de Madrid en una litera.

--¡Ah! ¡ah! ¿y no habéis encontrado para vuestra comparación otra dama

que doña Catalina de Sandoval?

--Es tan hermosa como lo era en otro tiempo la duquesa de Gandía, tan

viva como ella, y tuvo la fortuna ó la desgracia de encontrarse una

noche á obscuras en El Escorial con el duque de Osuna, como doña

Catalina en el alcázar con...

--Pero tío Manolillo, vamos á cuentas: ¿vos sois el bufón del rey, ó el

mochuelo del alcázar?

--De todo tengo. Siempre me han salido al paso los enredos.

--Como á mí.

--Si ya os lo dije: nos parecemos mucho. Pero continúo con mi

suposición: supongamos que con tales antecedentes sale una noche la

señora condesa de Lemos en una litera por un postigo de su casa muy

encubierta, y que yo, por casualidad, paso por la calle y veo aquello;

que al ver aquello me acuerdo de lo otro que oí por casualidad, ajusto

la cuenta por los dedos, entro en curiosidad de saber en lo que quedará

la aventura, y me voy detrás de la litera y de los hombres que la

acompañan; que así andando, andando, y recatándome, amparado de una

noche obscura, sigo á la litera por espacio de cinco leguas, y entro

tras ella, recatándome siempre en un lugar... supongamos que aquel lugar

es Navalcarnero; que la litera se para delante de una casa y sale la

condesa de Lemos muy tapada y se obscurece en la casa, cuya puerta se

cierra en silencio; que yo me quedo á la mira, y á las dos noches

después, vacilante y trémula, veo salir de nuevo á la señora condesa muy

tapada, que se mete en la litera, y que la litera sale del pueblo y toma

el camino de Madrid. Que yo me quedo aún en el pueblo, y que á los tres

días se bautiza solemnemente un niño. Aunque me digan frailes franciscos

que aquel niño es hijo de matrimonio, y que es hijo de Juan Lanas y de

su mujer, yo diré siempre, aun cuando pasen muchos años: ese tal no se

llama Juan Lanas, ó no debe llamarse, sino Juan de Quevedo y Sandoval.

--¡Ah! bribón redomado--exclamó Quevedo--, gato sin sueño, hurón de

secretos; guardad por caridad el que habéis pescado esta noche, que

ridículo fuera negároslo, y decidme por caridad también: ¿era ya pieza

mayor del alcázar cuando en él andaba mi señor, el conde de Lemos?

--No abundan los Quevedos, hermano, y necesario era uno para que la

buena doña Catalina dejase de ser coto cerrado, como fué necesario todo

un duque de Osuna, con toda su audacia, para que la buena doña Juana de

Velasco añadiese á su descendencia un bastardo. Pero lo gracioso es que

doña Juana de Velasco no sabe quién es el padre de su hijo incógnito; ni

el nombre del dueño de la casa en donde tapada y rebujada la metieron en

Navalcarnero; que, en una palabra, le parece un sueño su encuentro con

un hombre audaz en una galería del palacio del Escorial, á punto que por

un celo exagerado iba á avisar á la infanta doña Catalina, de que

acababa de llegar un jinete con la nueva de que el mar y los vientos

habían vencido á la armada _Invencible_; un soplo malhadado mató la

bujía de que iba armada la duquesa, y el duque de Osuna, que acudía al

lado del rey, que estaba en el coro, se dió un tropezón con ella. De

modo que, si el viento no destruye á la _Invencible_, y si otro soplo de

viento no mata la luz de doña Juana de Velasco, Juan... Montiño no

existiría.

--Y si vos no estuviérais en todas partes, no sabríais ese secreto

endiablado de hace veintidós años, ni este otro secreto reciente... Os

pido por caridad, hermano bufón, que calléis, que calléis como habéis

callado acerca del secreto de la duquesa... y como nos embrollamos y nos

revolvemos, bueno será que volvamos á buscar el hilo. Decíamos...

--Justo, decíamos á propósito de si el rey era pieza mayor ó menor...

--A propósito de eso habíamos ido á dar en don Rodrigo, y á propósito de

don Rodrigo, en ese mancebo que ha entrado secretamente en el cuarto de

la reina. Decíamos, ó decía yo, que está enamorado como un loco de la

dama que le ha metido en el lance; pero él no conoce á esa dama...

--¿Que no la conoce y está enamorado?

--Cosas de mozos; se ha enamorado á bulto.

--Pues mirad: ha acertado en enamorarse, porque eso tiene ahorrado para

cuando la vea el semblante.

--¿Pero quién es ella? ¿habremos tropezado con otra pieza mayor?

--No por cierto; se trata de una doncella que, á pesar de su hermosura,

nunca ha tenido novio.

--El nombre, tío Manolillo, el nombre.

--Doña Clara Soldevilla.

--La hermosa, la hermosísima hija, digo, si en los dos años que no la

veo no la han dado viruelas, la matadora de corazones, engendrada por el

buen Ignacio Soldevilla. ¿Y dónde está su padre?

--En Nápoles con el duque de Osuna.

-¡Ah! ¡diablo! ¡diablo! paréceme que si los muchachos se quieren,

podremos tener boda; pero maravíllame que doña Clara, que no le ha

conocido hasta esta noche...

--Aquí debe de haber algo... y algo grave--dijo el tío Manolillo--, en

lo que acaso yo no tenga poca parte.

--Explicáos por Dios, hermano.

--Explícome, y para explicarme pregunto: ¿dónde ha visto á don Juan

Girón?...

--Juan Montiño, hermano, Juan Montiño.

--Bien, ¿dónde ha visto Juan Montiño á doña Clara?

--En la calle.

--¡En la calle!

--Amparóse de él al verse perseguida por don Rodrigo Calderón.

--¡Ah, me parece que voy trasluciendo! ¿Y dónde llevó doña Clara á

Montiño?

--Callejeóle de lo lindo, largóse, y le metió en un lance de estocadas

con don Rodrigo.

--De cuyo lance...

--No por cierto... contentóse con desarmarle y se fué á buscar á su tío

postizo á casa del duque de Lerma.

--¿Y cuándo hirió ó mató ese joven á don Rodrigo?

--Eso es después.

--¿Y cómo sabéis vos...?

--Encontréle en casa del duque de Lerma, á donde yo iba en busca del

cocinero mayor, y le metí en la casa. Pero en la puerta me encontré

antes de hablar con Montiño... ¿á quién diréis que me encontré?...

--No adivino.

--A Francisco de Juara.

--Lacayo y puñal de don Rodrigo Calderón... ¡ah! ¡ah! ¡hermano Quevedo,

y qué conocimientos tenéis!

--El conocer no pesa. Francisco de Juara me contó lo que había

acontecido á su señor con Juan Montiño, y Juan Montiño se alegró mucho

en hallarme y yo de hallarle y... pero vamos al secreto. Yo iba á casa

del duque de Lerma con una carta de la duquesa de Gandía para el duque,

que me había dado la condesa de Lemos, con quien tropecé cuando iba al

alcázar en busca del cocinero mayor... de modo que, válame Dios y qué

rastra suelen traer las cosas; ahora se me ocurre que el buen rey don

Felipe el II tiene la culpa de mi encontrón con la condesa de Lemos.

--¡Pardiez, no atino!

--Ciertamente; si al rey don Felipe no se le hubiera ocurrido armar la

_Invencible_ y enviarla á saludar á la reina de Inglaterra, la tempestad

no hubiera deshecho la armada; no hubiera ido un jinete al Escorial á

dar al rey la nueva del fracaso; la duquesa de Gandía no hubiera ido al

cuarto de la infanta doña Catalina, ni el duque de Osuna al coro en

busca del rey; no se hubieran encontrado, pues, á obscuras duquesa y

duque; no hubiera nacido Juan, y no existiendo Juan, al soltarme de San

Marcos me hubiera yo ido á Nápoles en vez de venirme á Madrid, y no me

hubiera encontrado con la buena, buenísima hija del duque de Lerma: ni

ella me hubiera dado la carta de la camarera mayor para su padre, ni por

consecuencia, hubiera yo encontrado en el zaguán del duque á Juan

Montiño, ni hubiera salido por el postigo de la casa del duque después

de haber hablado con su excelencia, ni hubiera encontrado á Juan

Montiño, que me acometió equivocándome con don Rodrigo, á quien esperaba

para matarle, y si yo no hubiera estado allí cuando don Rodrigo salió,

Juan Montiño muere; porque Francisco de Juara, que guardaba las espaldas

á don Rodrigo, no se hubiera encontrado con mi espada, hubiera dado un

mal golpe por detrás á nuestro mancebo, mientras don Rodrigo le

entretenía por delante. De modo que puede decirse que si el rey don

Felipe no envía á la _Invencible_ contra Inglaterra, no sucede nada de

lo gravísimo que ha sucedido esta noche.

--Desenmarañemos este enredo, y pongámosle claro para dominarle, hermano

Quevedo. Decís vos que ese mancebo entró en casa del duque de Lerma

amparado de vos, y pudo ver á su tío.

--Eso es.

--Que después encontrásteis á ese mozo al salir por el postigo del duque

esperando á don Rodrigo para matarle.

--Verdad.

--Ahora bien; ¿por qué quería matar ese mozo á don Rodrigo?--repuso el

bufón.

--Porque decía había comprometido el honor de una dama.

Quedóse profundamente pensativo el bufón, como quien reconcentra todas

sus facultades para obtener la resolución de un misterio.

--¡El cocinero mayor de su majestad--dijo el bufón--, es usurero!

--¿Qué tiene que ver ese pecado mortal de Francisco Montiño para nuestro

secreto?

--Esperad, esperad. El señor Francisco Montiño se vale para sus usuras,

de cierto bribón que se llama Gabriel Cornejo.

--Veamos, veamos á dónde vais á parar.

--Me parece que voy viendo claro. Ese Gabriel Cornejo, que á más de

usurero y corredor de amores, es brujo y asesino, sabe por torpeza mía

un secreto.

--¡Un secreto!

--Sabe que yo quiero ó quería matar á don Rodrigo Calderón. Sabe además

otro secreto por otra torpeza de Dorotea, esto es, que don Rodrigo

Calderón tiene ó tenía cartas de amor de la reina.

--¡Tenía! ¡Tenía!--dijo con arranque Quevedo--. Decís bien, tío

Manolillo, decís bien, vamos viendo claro; ya sé, ya sé lo que Juan

Montiño buscaba sobre don Rodrigo Calderón cuando le tenía herido ó

muerto á sus pies. Lo que buscaba ese joven eran las cartas de la reina;

para entregar esas cartas era su venida á palacio, para eso, y no más

que para eso, ha entrado en el cuarto de su majestad.

--Pues si ese caballero ha entregado á la reina esas cartas, y don

Rodrigo Calderón no muere... ¿qué importa que muera don Rodrigo...?

siempre quedarán el duque de Lerma, el conde de Olivares, el duque de

Uceda, enemigos todos de su majestad; si esas terribles cartas han dado

en manos de su majestad, ésta se creerá libre y salvada, y apretará sin

miedo, porque es valiente y la ayuda el padre Aliaga...

--Y la ayudo yo...

--Y yo... y yo también... pero... son infames y miserables, y la reina

está perdida... está muerta..

--¡Muerta! ¡Se atreverán! y aunque se atrevan... ¿podrán...?

--Sí, sí por cierto; y para probaros que pueden, os voy á nombrar otras

de las piezas mayores que se abrigan en el alcázar.

--¡Ah! ¡Otra pieza mayor!

--Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey.

--¡Ah! ¡También el buen Montiño!

--Lo merece por haber inventado el extraño guiso de cuernos de venado

que sirve con mucha frecuencia al rey.

--Contadme, contadme eso, hermano. ¡Enredo más enmarañado! ¡Y no sé, no

sé cómo se ha atrevido, porque su difunta esposa...!

--La maestra de los pajes...

--¡Y qué oronda y qué fresca que era! ¡Y qué aficionada á los buenos

bocados!

--Y creo que el bueno del cocinero hubo de notar que había ratones en la

despensa; pero no dió con el ratón.

--Y ya debe estar crecida y hermosa Inesita.

--¡Pobre Montiño...!

--Hereje impenitente... pero sepamos quién es ahora el ratón de su

despensa.

--No es ratón, sino rata y tremenda... el sargento mayor, don Juan de

Guzmán.

--¿El que mató al marido de cierta bribona á quien galanteaba, y partió

con ella los doblones que el difunto había ahorrado, por cuyo delito le

ahorcan si no anda por medio don Rodrigo...?

--El mismo.

--Ha mandado don Rodrigo á ese hurtado á la horca que enamore á la mujer

de Francisco Montiño...

--Como que la hermosa Luisa entra cuando quiere en las cocinas de su

majestad, y nadie la impide de que levante coberteras y descubra

cacerolas.

--No creí, no creí que llegase á tanto el malvado ingenio de don

Rodrigo. Pero bueno es sospechar mal para prevenirse bien. Alégrome de

haberos encontrado, amigo bufón, porque Dios nos descubre marañas que

deshacer... y las desharemos ó podremos poco. Pero contadme, contadme:

¿en qué estado se encuentran los amores del sargento mayor y de la mayor

cocinera?

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 13 / 66 段