--Y bien, ¿queréis ser canónigo?--dijo la dama mirando á Juan Montiño de

una manera singular.

--Si soy canónigo no puedo alentar la esperanza de que por un milagro

seáis mía.

--Dejemos, dejemos ese asunto... ya que no queréis ser canónigo... ¿os

convendría ser alcalde?

--¡Oh! tampoco; soldado de la guardia española al servicio inmediato de

su majestad; así os veré cuando haga las centinelas; os veré pasar

alguna vez á mi lado.

--Y veréis pasar otras muchas hermosas damas.

--Para mí no hay más que una mujer en el mundo.

--Contadme por vuestra amiga, por vuestra hermana--dijo la joven

tendiéndole la mano--; otra cosa es imposible. Pero abreviemos, que ya

es tarde. Tomad esta carta y llevadla á quien dice en la nema.

--«Al confesor del rey, fray Luis de Aliaga.--De palacio.--En propia

mano»--leyó el joven.

--¿Y en qué convento mora el confesor de su majestad?

--En el de Nuestra Señora de Atocha... extramuros... ¡ah! y no me

acordaba... esperad, esperad un momento.

Y la dama salió y volvió al poco espacio con otro papel.

--Tomad: es una orden para que os abran el portillo de la Campanilla,

que da al convento de Atocha; bajad á la guardia, buscad al capitán

Vadillo y mostradle esta orden; él os acompañará y hará que os abran el

postigo, y seguirá acompañándoos hasta Atocha; una vez en el convento,

preguntad por el confesor del rey y mostrad el pliego que os he dado;

seréis introducido. Ahora bien; como en vez de ser canónigo ó alcalde,

queréis ser soldado, decid al padre Aliaga que deseáis ser capitán de la

guardia española del rey.

--¡Capitán á mi edad, cuando mi padre pasó toda su vida sirviendo al rey

para serlo!

--¡Ah! ¡vuestro padre no ha sido más que capitán!--dijo con un acento

singular la dama, fijando una mirada insistente en Montiño--. Yo creía

que fuese más. Pero no importa; si vuestro padre tardó en ser capitán,

en cambio vuestro padre no hizo, de seguro, al rey un servicio tal como

el que vos le habéis hecho esta noche, porque sirviendo á la reina

habéis servido al rey y á España. Decid, pues, á fray Luis de Aliaga que

deseáis ser capitán de la guardia española del rey.

--Pero... yo no pedía tanto.

--Se os manda... se necesita que seáis capitán--dijo severamente la

dama.

--¡Ah! ¡de ese modo!

--Id, pues.

--Una palabra.

--¡Qué!

--¿Sois dama de la reina?

--No, soy su menina.

--¡Ah! su menina... y vuestro nombre, vuestro adorado nombre.

--Doña Clara Soldevilla, hija de Ignacio Soldevilla, coronel de los

ejércitos del rey--contestó la dama.

--¡Ah! no en vano os llamáis Sol...

--Pero concluyamos, caballero. Vos tenéis que ir á Atocha. Yo me he

detenido ya demasiado.

--Adiós, pues--dijo Juan Montiño, tomando una mano á doña Clara y

besándola.

Y se dirigió á la salida.

--Esperad, están cerradas las puertas--dijo doña Clara, tomando una

bujía y precediéndole.

Abrió en silencio dos puertas, y al abrir la exterior, Juan se volvió y

quiso hablar, como si le costase un violento sacrificio separarse de

doña Clara.

--Es tarde... adiós, señor capitán, adiós. Hasta otro día--dijo doña

Clara, y cerró la puerta.

--¡Hasta otro día!--exclamó el joven--. Noche será para mí y noche

obscura el tiempo que tarde en volveros á ver, doña Clara. ¡Oh! ¡Dios

mío! ¡Dios mío! no sé si alegrarme ó entristecerme con lo que me sucede.

Y Juan Montiño tiró la galería adelante, bajó unas escaleras y se

encontró en el patio, y poco después, dirigido por un centinela, en el

cuerpo de guardia, donde, habiendo hecho llamar al capitán Vadillo, le

mostró la orden.

--Aquí me mandan que os acompañe al monasterio de Atocha--dijo el

capitán, que era un soldado viejo--. En buen hora; dejadme tomar la capa

y vamos allá, amigo.

Poco después, el joven y el capitán cruzaban las obscurísimas calles de

Madrid.

CAPÍTULO XII

LO QUE HABLARON LA REINA Y SU MENINA FAVORITA

Doña Clara entró en una pequeña recámara magníficamente amueblada. En

ella, una dama joven y hermosa, como de veintisiete años, examinaba con

ansiedad, pero con una ansiedad alegre, unas cartas.

Aquella dama era la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III.

--¡Oh, valiente y noble joven!--dijo la reina--: Dios nos lo ha enviado.

Clara, sin él, ¿qué hubiera sido de mí?

--Dios, señora, jamás abandona á los que obran la virtud, creen en él y

le adoran.

--¡Oh, mandaré hacer en cuanto tenga dinero para ello, una fiesta

solemne á Nuestra Señora de Atocha y la regalaré un manto de oro! ¡Oh,

bendita madre mía, si yo no tuviera estas cartas en mi poder!

Y los hermosos ojos de la reina se llenaron de lágrimas.

--Por estas cartas hubiera yo dado mi vida--añadió--. Y dime, Clara, al

saber que yo ansiaba tanto tener esas cartas, ¿no has sospechado de mí?

--He sospechado--dijo Clara sonriendo y fijando una mirada de afecto en

la reina--, he sospechado que vuestra majestad, arrastrada por su buen

corazón, por su virtud, por el deber que tiene de velar por los reinos

de vuestro esposo, no había meditado bien, no había estudiado al hombre

en quien había depositado su confianza, y se había comprometido por

imprevisión.

--Explícate, explícate, por Dios, Clara.

--¿Qué explicación se necesita? esas cartas... estoy segura de ello, son

citas á don Rodrigo Calderón; citas, no ciertamente de amor, pero que

tal vez puedan parecerlo.

--Yo no te había hablado nada de estas cartas; hasta hoy no te había

dicho nada de mis secretos hasta que he necesitado recobrar estas

cartas, pero han venido á tus manos... ¿las has leído?

--¡Señora!--exclamó con el acento de la dignidad ofendida doña Clara.

--Pues bien, léelas.

--¡Ah, no; no, señora!--dijo la joven rechazando con respeto las cartas

que le mostraba la reina.

--Te mando que las leas--dijo con acento de dulce autoridad Margarita de

Austria.

Doña Clara tomó cuatro cartas que le entregaba la reina, abrió una y se

puso á leerla en silencio.

--Lee alto--dijo la reina.

Doña Clara leyó:

«Venid esta noche á las dos; yo os esperaré y os abriré. No faltéis, que

importa mucho.--_Margarita._»

--Otra--dijo la reina.

«Os he estado esperando y no habéis venido; ¿en qué consiste esto? ya

sabéis cuánto me importa que vengáis. Os ruego, pues, que no me

obliguéis á escribiros otra vez. Venid por el jardín á las doce y

encubierto.--_Margarita._»

--Otra--repitió la reina con acento grave.

--Es urgente, urgentísimo, que vengáis esta noche; os espero con

impaciencia. Nada temáis contando conmigo; atrevéos á todo. Esta noche,

á la una, hablaremos más despacio. Venid.--_Margarita._»

--La última--dijo la reina con acento opaco.

«Lo que me pedís es imprudente. Decís que nuestras entrevistas son

peligrosas en palacio. Desde el momento conocí el peligro. Pero me

interesaba demasiado veros, oíros, hacerme oír de vos, tratar con vos de

lo que tanto importa á mi dignidad como mujer, á mis deberes como reina

y como esposa, y no he vacilado un punto, confiada de vuestra lealtad.

Pero me exigís que salga fuera de palacio, y esto no lo haré jamás. Yo

podría justificar, en un caso desgraciado, vuestra presencia en mi

recámara; ¿pero cómo podría justificar mi ausencia de palacio, si por

desgracia se notaba, ó mi presencia en un lugar extraño si un accidente

cualquiera me descubría? Renunciad á ese peligrosísimo medio, y venid;

seguid confiando en mí.--_Margarita._»

--Quema esas cartas--dijo la reina.

Doña Clara las quemó una á una á la luz de una bujía.

--Ahora bien--dijo la reina cuando la joven hubo concluído su auto de

fe--; después de haber leído esas cartas, ¿qué piensas de mí?

--Pienso lo mismo que he pensado siempre: que vuestra majestad se ha

comprometido por el bien de sus reinos y por recobrar su dignidad.

--Más claro, más claro--dijo con impaciencia Margarita de Austria.

--En esas cartas no veo lo que tal vez podrían haber visto otros: una

prueba contra la virtud de vuestra majestad; no, yo no veo eso; conozco

demasiado á vuestra majestad para que pueda dudar ni un solo momento de

su virtud. Veo una conspiración.

--¡Ah! ¡ves una conspiración!

--Sí, por cierto, y una conspiración justa, y más que justa necesaria

contra el duque de Lerma. Sólo que vuestra majestad ha elegido un

instrumento que le ha hecho traición.

--Un día--dijo la reina reclinándose en su sillón y apoyando su bello

semblante en una de sus bellísimas manos--cazaba el rey en El Pardo;

entre los caballeros que acompañaban al rey iba don Rodrigo Calderón,

que acababa de ser creado conde de la Oliva y estaba al pie de mi

carroza, desempeñando accidentalmente el oficio de caballerizo. La

carroza se había detenido en una encrucijada, por donde decían los

monteros que debía pasar el jabalí. Me rodeaba mi servidumbre, á

caballo, y cuatro damas que me seguían estaban detrás en otra carroza.

Hacía mucho calor, y yo sudaba. Pedí agua, y don Rodrigo partió y volvió

al punto, trayéndomela en un vaso de oro. El vaso era bellísimo, y yo

noté que no era de las vajillas de palacio--.¿Este vaso es vuestro?--le

pregunté--. Ese vaso no puede ser mío--me contestó--después de haber

bebido en él vuesta majestad.--No importa, guardadlo--le contesté--. Don

Rodrigo lo tomó, y dijo:--Lo guardaré como un testimonio de honra

mientras viva, y después de muerto, si para entonces tengo hijos, se lo

legaré como una reliquia--. Todo esto fué dicho con respeto, en estilo

cortesano, con dignidad y con un grave acento de lealtad; poco después

sonaron bocinas y ladridos de perros, y voces que gritaban:--¡El jabalí!

¡el jabalí!--Yo asomé la cabeza por la ventanilla de la carroza, y al

ver un animal monstruoso que adelantaba con una rapidez horrible por el

sendero junto al cual estaba mi servidumbre, grité:--Apartáos,

caballeros, apartáos, yo os lo permito--. Unos por miedo, otros por

afición á la caza, se apartaron lejos ó siguieron al jabalí; don Rodrigo

no se movió de junto á la portezuela, á pesar de que el jabalí pasó tan

cerca de él que le hirió, aunque débilmente, el caballo, y quedó solo al

lado de la carroza; toda mi servidumbre: picadores, monteros, guardias,

se habían alejado. En aquel momento, don Rodrigo me dijo:--¿Puedo

alcanzar de vuestra majestad un momento de audiencia?--¿Y para qué,

caballero?--le contesté.--Para que yo pueda mostrar á vuestra majestad

mi respeto y el interés que me inspira como reina y como

dama.--Explicáos--le dije con severidad.--El duque de Lerma es enemigo

de vuestra majestad--. ¿Qué queréis decir?--Que vuestra majestad tiene

un gran interés de dar en tierra con el duque de Lerma, lo que será muy

fácil á vuestra majestad si se vale de mí.--¡Vos sois secretario del

duque de Lerma!--Por lo mismo, señora, porque sé sus secretos, sé que se

atreve á todo, y que obra como traidor y villano respecto á vuestra

majestad.--Basta; lo que me tengáis que decir me lo diréis en un

memorial.--¿Y cómo podré dar á vuestra majestad ese memorial, rodeada

como está vuestra majestad siempre de enemigos pagados por el

duque?--Dejad esta tarde vuestro memorial en uno de los mirtos que están

bajo los balcones de mi recámara, en el palacio de El Pardo--. Y me

retiré al interior de la carroza. Don Rodrigo no me habló ni una palabra

más. Poco después volvió la servidumbre, acabó la cacería y nos

volvimos á palacio.

Aquel día, como otros muchos, comí separada del rey, en mi cámara, y su

majestad no vino á pasar la velada conmigo. En cambio, el duque de Lerma

me hacía notar, en cuantas ocasiones estaba delante de mí, el peso de su

superioridad. Esta era insoportable, lo era y lo es... insoportable de

todo punto.

Tú lo sabes, Clara--añadió la reina...--yo no tengo esposo... tú, nadie

mejor que tú, sabe que el rey no me ama.

--¡Ah! ¡señora!--exclamó doña Clara--; ¿vuestra majestad duda también?

--No, no; yo no tengo celos de tí, ni puedo tenerlos: primero, porque

conozco tu corazón y tu altivez... tu virtud, más bien; segundo, porque

si me importa mucho mi dignidad como esposa y como reina, no me importa

tanto el poseer el corazón del rey. Te hablo ahora como te he hablado

siempre, desde poco tiempo después de conocerte: como á una hermana.

Entre nosotras, Clara, no hay secretos. Tú sabes cuál es mi vida. Tú

sabes cuál es mi lucha. No amo al rey, pero le respeto... No le ruego,

pero me ofende que vasallos se atrevan á mandar en mi casa, y nieta, y

hermana, y esposa de rey, no puedo sufrir con paciencia que el trono

donde yo me siento esté hollado por traidores; que el rey, á quien estoy

unida por la religión y por las leyes, autorice el robo, la tiranía, los

cohechos, las infamias de esa especie de gran bandido, que se llama don

Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, y más

que secretario del despacho, verdadero rey de España. No puedo sufrir

esto sin olvidarme de quién soy yo, y de quién es él; de que tengo

esposo, de que tengo vasallos, y de que ese esposo está dominado y esos

vasallos oprimidos; yo no puedo olvidar y no lo olvido, que España ha

sido grande, poderosa, temida, ni puedo ver sin rubor y sin cólera, que

hoy está pobre, vendida por todas partes, insultada, á punto de ser

deshecha. No, yo no puedo olvidar lo uno, ni sufrir pacientemente lo

otro. Odio á Lerma, y he conspirado, conspiro y conspiraré contra él. Mi

conspiración ha estado á punto de costarme la honra, y todavía puede

costarme la vida.

--¡Ah, señora! ¿Se atrevería ese hombre?

--A todo, á todo por sostener su soberbia; pero el misterio consiste en

si me matará él á mí, ó en si yo le mataré á él.

--¡Matarle!

--Sí, su cabeza, nada menos que su cabeza; su cabeza en un cadalso

público; una vez por tierra esa cabeza...

--Se levantará otra más soberbia.

--Haya yo puesto el pie sobre uno de esos ambiciosos y rapaces

aventureros, y nada temo; como haya caído el uno caerán los otros; pero

sigo la relación de mi conocimiento con don Rodrigo. Aquella noche,

apenas me quedé sola, llamé á mi buena camarera mayor, la duquesa de

Gandía, y á pretexto del calor bajé con ella á los jardines. Cuando me

retiré, cerca ya de la puerta, mandé á la duquesa que fuese al banco

donde había estado sentada por mi pañuelo, que había dejado olvidado de

intento. La duquesa se alejó; el lugar á donde la había enviado estaba

algo lejos. Entonces fuí al mirto donde al principio de la noche había

visto desde detrás de las celosías de mi balcón poner un papel á don

Rodrigo. En efecto, encontré un papel doblado entre el ramaje del mirto,

y tuve tiempo de ocultarle antes de que volviese la duquesa. Cuando me

quedé sola, retirada en mi dormitorio, leí aquel memorial; en él don

Rodrigo manifestaba de la manera más clara, y con la indignación más

profunda, el estado en que se encontraban el rey y España, dominado el

uno por el favorito, mancillada, desangrada, robada por el favorito la

otra; el golpe que pensaba darse á los moriscos, las descabelladas

empresas contra Inglaterra, el descuido con que se veía venir á la Liga

contra España sin conjurarla; los cohechos, el robo, la malversación de

las rentas reales, la depreciación de la moneda, la corrupción de la

justicia, los más altos oficios del reino en la familia de Lerma; su

tío, inquisidor general; su hijo, gentil hombre del príncipe... sus

hechuras puestas como espías alrededor del trono; cerrado al vasallo el

camino hasta el rey, todo dominado, todo usado en provecho propio,

convertido el clero por su interés al interés del favorito; alejados de

España los buenos españoles; todo vendido, todo profanado, todo

enlodado; cuantas miserias, en fin, cuantas infamias, cuantas traiciones

puedan suponerse de un hombre; y todo esto robustecido con pruebas,

aunque yo no las necesitaba porque harto bien conozco por mí misma á

Lerma; todas estas pruebas expuestas con claridad, con nobleza, con

desinterés, con lealtad, como conviene á un buen vasallo; don Rodrigo

logró interesarme con su memorial, no sólo porque creí ver en él al

hombre de honor interesado por su rey y por su patria, sino porque en

él también vi al profundo hombre de Estado. ¿Pero á qué cansarme

inútilmente?--dijo la reina levantándose, yendo á un secreter, tomando

de él un papel y dándosele á doña Clara--: he aquí el memorial de don

Rodrigo.

Doña Clara miró aquel papel.

--¡Ah, infame!--dijo--; ni un sólo momento ha pensado en ser leal á

vuestra majestad.

--¡Cómo!, yo creo que cuando don Rodrigo escribió su memorial obraba de

buena fe.

--Esta no es su letra, señora.

¡Que no es su letra! ¿Y cómo lo sabes tú?

--Como que me ha escrito más de una y más de tres cartas de amor. Pero

yo he sido más cauta. He tomado las cartas, pero ni las he contestado,

ni las he creído.

--¿Y estás segura de que esa no es la letra de don Rodrigo?

--Segurísima; como que la primera carta que me dió, se la vi escribir en

la sala de las Meninas un día que estaba de guardia.

--Bien, no importa--dijo la reina.

--Sí; sí, por cierto--dijo doña Clara--; importa demasiado, y cuando se

está en una lucha tan peligrosa como la que vuestra majestad sostiene

con ese miserable, es necesario no dejar pasar nada desapercibido. No,

no está escrito este memorial de su mano, y siendo tan importante lo que

en este memorial se contiene, indica que hay otro traidor desconocido

que sabe los secretos de vuestra majestad.

La reina se puso levemente pálida.

--Dios nos ayudará, sin embargo--dijo--, como ya ha empezado á ayudarnos

procurándonos á ese joven, que indudablemente es leal.

--Y amigo de don Francisco de Quevedo... que está en la corte.

--Pues bien; nos valdremos de don Francisco por medio de ese joven, que

pronto será también de palacio y además está enamorado como un loco de

ti y con razón...

Doña Clara se puso encendida.

--Además--dijo la reina, que había quedado pensativa--; podemos contar

con otra persona más importante de lo que parece...

--¡Una persona importante!

--Importantísima.

--¿Y quién es esa persona?

--Ven, ven--dijo la reina--, trae una bujía.

Y marchando delante de doña Clara, fué á su dormitorio.

--Aquí hay una puerta--dijo la reina señalando un lugar de la tapicería.

--Muy oculta debe de ser--dijo doña Clara--, porque no se conoce.

--Sin embargo la hay, y explica cómo han podido entrar hasta aquí las

misteriosas cartas que me avisaban secretos graves, que me ponían al

corriente de lo que pasaba en el cuarto del rey; en que me proponían,

por último, el castigo de Calderón.

--¿Y cómo ha descubierto vuestra majestad esa puerta?

--Cuando esta mañana encontré sobre la mesa la carta que viste en que se

me avisaba que don Rodrigo llevaba siempre sobre sí mis cartas, y se me

ofrecía darme esas cartas por mil y quinientos doblones, me propuse

averiguar quién era el que de tal modo, burlando el particular interés

de la duquesa de Gandía y la presencia de la servidumbre, lograba

penetrar hasta mi dormitorio. Cuando tú saliste esta noche en busca de

los mil y quinientos doblones, con pretexto de recogerme en el oratorio,

mandé á la duquesa que me dejase sola: entonces apagué las luces del

dormitorio, y con una linterna preparada me escondí detrás de las

colgaduras del lecho. Pasó bien media hora, y ya empezaba á

impacientarme cuando sentí pasos. Preparé la linterna. Pero la persona

que se acercaba traía luz: entró precipitadamente en el dormitorio, y

miró con avidez: era la duquesa de Gandía, que siguió adelante y entró

en el oratorio. Poco después salió pálida, aterrada, murmurando: ¡Dios

mío! ¿dónde está la reina?

--¡Ah! ¡señora! ¡ha estado perdida vuestra majestad para la camarera

mayor!

--¡Oh, sí! y me alegro, me alegro, porque se ha llevado un buen susto.

--Susto del que ha salido, porque al fin ha parecido su majestad...

¡acostada!

--Sí, sí, lo que no ha contrariado poco á la buena doña Juana por su

torpeza en no mirar el lecho. Pero no hablo yo de ese susto, sino de

otro mayor.

--¡De otro mayor!

--Sí por cierto: á poco de haber salido la duquesa, volvió á entrar más

pálida y más conmovida, fijó una mirada cobarde en el lecho y volvió á

repetir, ¿Dónde está la reina? ¡no parece su majestad! ¿qué es esto,

Dios mío? Si yo hubiera estado en una situación menos ambigua que

escondida tras el cortinaje, hubiera salido, dejando para otra ocasión

mi acechadero, me hubiera dado á luz y me hubiera reído del terror de la

duquesa; pero un no sé qué me retuvo inmóvil. Oí á la duquesa murmurar

algunas frases acerca de lo que se cuenta en las apariciones en el

alcázar de la desgraciada Isabel de Valois, y de repente sonó un

portazo; cayóse el candelero de las manos de la duquesa, quedó el

dormitorio á obscuras, y oí una voz de hombre que amenazaba á la duquesa

con revelar no sé qué secretos suyos si no callaba acerca de lo que

sucedía. La duquesa dió un grito y huyó. Luego oí pasos recatados sobre

la alfombra en dirección á la mesa. Entonces, encomendándome á Dios,

salí de mi escondite y abrí la linterna. Vi un hombre, y en la tapicería

una puerta abierta, una puerta que yo no conocía: aquel hombre cayó de

rodillas á mis pies. Aquel hombre era... el hombre más despreciado de

palacio, el tío Manolillo: el loco del rey.

--¡Ah! ¡el loco de su majestad!--exclamó doña Clara--; ¿y ese hombre era

el autor de las cartas que aparecían tan misteriosamente?

--Sí.

--Y al verse cogido...

--Se repuso, y me dijo con su acostumbrada insolencia de bufón:

--He aquí un loco cogido por una loca; porque tú, mi buena señora, hace

mucho tiempo que estás haciendo locuras. ¿Qué te va á ti en que España

se pierda ó se gane, y en que el rey no haga de ti tanto caso como de su

rosario? En cuanto á lo uno, allá se las compongan ellos, que quien

sufre los palos, merecidos los tiene; y en cuanto á lo otro, alégrate:

así el rey mi amigo no se hubiera acordado de ti.

--¿Son tuyas las cartas que he encontrado sobre esa mesa?

--Mías han sido hasta que han sido tuyas.

--¿Y cómo sabes tú que don Rodrigo?...

--¡Bah! don Rodrigo es muy hablador; no quiere que se le entorpezca la

lengua, y la usa de punta y de filo: por lo mismo, te he aconsejado ya,

reina mía, que le tratemos de filo y de punta.

--¿Cómo sabes tú que existen esas puertas?

--¡Bah! es un cuento muy largo; dejémoslo para cuando el rey se ocupe de

las cuentas de su rosario.

--¡Tú quieres escapar!

--¡Y vaya si quiero! como que yo y tú, mientras yo esté aquí, estamos en

una ratonera.

--¿Pero no me explicarás?...

--Sí, otro día, más despacio: por ahora lo que importa es que busques

los mil y quinientos doblones que vale Calderoncillo, y que salgamos de

él... créeme, mi buena señora: Dios es justo, y como se valió de un

muchacho para matar á un gigante, se vale de dos locos para matar á un

gran pícaro. Nada temas. Si el rey no es torpe, vendrá esta noche por

esta misma puerta á visitarte.

--¡El rey!--le dije.

--Sí, señora, el rey; y por cierto que te le hemos puesto blando como un

guante; el padre Aliaga, que es muy amigo tuyo y muy bendito hombre, y

yo, que soy un loco muy hombre de bien: conque hermana reina, quédese en

paz y créame, y déjeme ir, y sobre todo, los mil y quinientos... y

cuenta que no los das por la vida de don Rodrigo, sino por la tuya.

Y se me escapó, huyendo por la puerta que se cerró tras él.

--¡Así anda todo!--dijo doña Clara--: cuando un reino está sin cabeza...

La reina frunció un tanto el bello entrecejo.

--El rey es al fin el rey--dijo Margarita con un tanto de severidad.

--Pero cuando sirve de escudo á traidores...

--Dará cuenta á Dios.

--Y al mundo, cuando hace infeliz á una reina tal como vuestra majestad.

Margarita había vuelto á su recámara.

--Afortunadamente--dijo la reina, sentándose de nuevo en el sillón que

había ocupado antes--, la lucha podrá ser peligrosa, pero hemos apartado

de ella la deshonra, gracias á ese noble joven.

--Noble, y muy noble--dijo doña Clara--: ¿le ha visto bien vuestra

majestad cuando estaba hablando conmigo?

--Me ha parecido bien criado, generoso, franco, con el alma abierta á la

vida... y enamorado, sobre todo, Clara, enamorado.

--¿Y no ha visto más vuestra majestad en ese joven?

--No--contestó con una ingenua afirmación la reina.

--La frente, el nacimiento de los cabellos, la mirada de ese joven, ¿no

han recordado á vuestra majestad uno de sus más grandes, de sus más

leales vasallos, que por serlo tanto está alejado de España?

--No--repitió con la misma ingenuidad la reina.

--Pues yo he creído, durante algunos momentos, estar hablando con el

noble, con el valiente duque de Osuna, no ya en lo maduro de su edad,

sino á sus veinticuatro años.

--¡Parecido ese joven al duque de Osuna!

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 11 / 66 段