devanándome los sesos: si mi sobrino, es decir, si ese joven que me cree
su tío hace suerte... mejor, algo me alcanzará; si todo eso de la reina
no es más que una equivocación, un enredo... mejor, mucho mejor, porque
la reina será lo que yo creo que es y lo que debe ser. De todos modos,
no pasará mucho tiempo sin que yo sepa la verdad. Entre tanto vamos á
pasar una mala noche por ver á mi hermano, y no nos detengamos, ya que
hay que saber otro secreto importante, porque la muerte no se espera á
que uno despache sus negocios.
Pensando esto entraba por la puerta de las caballerizas reales.
--¡Hola, eh!--dijo desde la puerta de una cuadra--¡los palafraneros de
guardia!
Acudieron dos ó tres mocetones.
--Al momento, al momento, para el servicio de su majestad, dos machos de
paso que puedan andar cinco leguas en dos horas, y un mozo de espuela,
que no se duerma y que no me extravíe.
--Muy bien, señor Francisco Montiño--dijo uno de los palafreneros--;
cuando vuesa merced vuelva ya estarán las bestias y el mozo dispuestos
para echar á andar.
El cocinero mayor atravesó el arco de las caballerizas, la plaza de
Armas, el vestíbulo y el patio del alcázar, se metió por un ángulo, por
una pequeña puerta, empezó á trepar por unas escaleras de caracol, y á
los cien peldaños desembocó en una galería, apenas alumbrada por algunos
faroles; apenas entró, llegó á sus oídos la voz de dos mujeres que
cantaban de una manera acompasada y lenta, como quien se fastidia, un
villancico.
--¡Qué feliz sería yo--dijo--si no me cercasen y me rodeasen y me
amargasen la vida, tantos negocios y tantos enredos! ¡y si no, cuán
felices y cuán contentas están mi mujer y mi hija!... es necesario dar
un corte á esto; soy rico, á Dios gracias, y debo retirarme y descansar.
Abre, Inesita, hija mía--dijo llegando á una puerta.
Cesó el canto, oyéronse unas leves pisadas, se abrió la puerta, y con
una palmatoria en la mano apareció una preciosa niña de diez y seis á
diez y siete años.
--¡Cuánto ha tardado vuesa merced, señor padre!--dijo sonriendo al
cocinero mayor--mi señora madre y yo estábamos con mucho cuidado.
--¡Y cantábais!
--Por entretener la espera.
--Pues más voy á tardar--dijo Montiño entrando en una pequeña habitación
y sacudiendo su capa, que estaba empapada por la lluvia.
--¿Cómo que vas á tardar, Francisco?--dijo una joven hermosa también, y
como de veinte años, que al levantarse para tomar la capa del cocinero
mayor, dejó ver que estaba abultadamente encinta.
--Sí, Luisa, sí; me obliga el hacer un pequeño viaje ahora mismo, un
asunto bien desagradable.
--¡Y con esta noche!...--dijo Luisa.
--Mi hermano el arcipreste--dijo tristemente el cocinero mayor--se
muere, y acaso no llegue á tiempo ni aun de cerrarle los ojos.
--¡Oh! ¡qué desgracia!--dijo Luisa.
--¡Está de Dios que yo no conozca á ningún pariente mío!--añadió Inés.
--No hay que afligirse demasiado--dijo Montiño--, nacemos para morir y
mi hermano era viejo.
--¿Y durará mucho tu ausencia, Francisco?--dijo Luisa.
--Mañana, á más tardar, estaré de vuelta. Saca mi loba de camino,
Inesita; y mis botas, yo voy por mis pedreñales, siempre es bueno ir
bien preparado.
Y Montiño abrió una puerta con una llave que sacó de su bolsillo, y
entró y cerró.
La mujer lanzó una mirada ansiosa á aquella puerta.
Montiño atravesó otra habitación, abrió otra puerta y se encerró en un
pequeñísimo aposento, en el cual había un fuerte arcón, una mesa y
algunas sillas. Pero todo tan empolvado, que á primera vista se notaba
que no se había limpiado allí en mucho tiempo.
El cocinero mayor abrió el arcón, que apareció lleno de talegos; buscó
uno de ellos con la vista y con las manos, con cierto respeto de
adoración; desató lentamente su boca, y procurando que las monedas no
chocasen, sacó como hasta una veintena de doblones de oro.
--Hago un sacrificio, un inmenso sacrificio--exclamó suspirando--, el
mayor de todos: dejar mi casa sola. No sé por qué el tío Manolillo tiene
conmigo de algunos meses á esta parte chanzas que me inquietan. ¡Bah!
¡bah! yo recelo de todo... no hay motivo... están contentas... ella cada
día más cariñosa... mi hija cada vez más empeñada en ser monja...
Afuera, afuera sospechas infundadas... una sola noche... ¿qué ha de
suceder en pocas horas?
Y tomando un par de pedreñales ó pistoletes que estaban colgados de la
pared, los cargó, les renovó los pedernales, y cerrando cuidadosamente
el arca y las dos puertas que antes había abierto, salió á la habitación
donde estaban su mujer y su hija, se vistió un traje de camino, se ciñó
una espada, se colgó de la cintura los pedreñales, y después de
despedirse de su mujer y de su hija, salió de la habitación, luego del
alcázar, y llegó á las caballerizas, donde montó en un mulo, y salió de
Madrid acompañado de un mozo de espuela de la casa real, que iba montado
en otro mulo.
No habría llegado aún Francisco Montiño al puente de Segovia, cuando su
mujer, que había despedido á su hijastra para irse á dormir, se encerró
en su dormitorio, se dirigió á una ventana, que parecía clavada, sacó
con suma facilidad dos de los clavos, que sólo servían de una manera
aparente, abrió, y tomando un papel, al que hizo tres agujeros, envolvió
en él un pedazo de pan, sin duda para dar al papel peso, y se puso á
cantar, teniendo fijos los ojos en una ventana cercana de una torre que
por aquella parte del alcázar estaba contigua á las habitaciones del
cocinero mayor.
Poco después se abrió aquella ventana y dejó ver únicamente su fondo
obscuro.
Luisa arrojó á aquel fondo el papel que envolvía el pan y que entró por
el vano obscuro de la ventana que acababa de abrirse.
Inmediatamente cerró Luisa la ventana, y dijo suspirando, como suspira
una mujer impaciente y enamorada:
--Si á las tres no ha vuelto Francisco, no vuelve de seguro hasta
mañana; tienen tiempo de avisarle y vendrá: ¡oh! ¡qué suerte tan infeliz
la mía!
--¿Por qué cantará así mi madre, siempre que mi padre pasa alguna noche
fuera de la casa?--decía Inés rebujándose en sus sábanas--. ¡Ay, si yo
pudiera avisarle! pero le ha tocado hoy de servicio, y no se puede mover
de la portería de pajes.
La niña se durmió sonriendo, como sonríe una virgen á su primer amor, á
su único amor puro. No sabemos si Luisa durmió también; pero lo que sí
sabemos es que entre tanto el cocinero mayor caminaba rápidamente al
paso de andadura de los dos poderosos mulos, y que el camino hasta
Navalcarnero se acabó antes de que se acabasen sus encontrados
pensamientos.
Cuando llegó al pueblo eran las doce de la noche.
Apeóse en la puerta de la casa donde había nacido, y no tuvo necesidad
de llamar, porque encontró su puerta franca de par en par.
Algunas mujeres pasaban de la cocina á una sala baja muy atareadas, y
entre ellas apareció una anciana.
--¿Vive mi hermano?--dijo Montiño, adelantando hacia aquella mujer.
--¡Ah! ¡señor! ¿sois vos?-dijo llorando la pobre anciana--yo no os
conozco, no os he visto nunca; pero debéis ser el señor Francisco
Montiño.
--El mismo soy; ¿pero vive aún mi hermano?
--Está acabando; pero entrad, entrad: desde que esta mañana fué Juan á
Madrid, os espera con tanta impaciencia, que no parece sino que vos
habéis de traerle la salvación de su alma.
Y la buena mujer introdujo al cocinero mayor en una sala baja, y de ella
en una alcoba, donde, asistido por un fraile francisco, había un anciano
expirante.
--¡Señor arcipreste!¡señor arcipreste!--dijo la anciana--; he aquí
vuestro hermano que ha llegado.
Abrió penosamente los ojos el moribundo.
--No veo--dijo con voz apenas perceptible.
Y calló, como si aquel «no veo» le hubiese costado un inmenso esfuerzo.
--Padre--dijo la anciana, dirigiendo la palabra al religioso--, el señor
arcipreste me tenía encargado que cuando viniese su hermano, le
dejásemos solo con él.
--¡Oh!¡pues cumplamos su voluntad!--dijo el fraile y salió.
El moribundo y el cocinero mayor quedaron solos.
--¡Soy yo, hermano mío!¡soy yo!--dijo Montiño, estrechando las manos al
arcipreste.
--¡Allí! ¡allí!--dijo el moribundo, extendiendo el brazo hacia el fondo
de la alcoba de una manera vaga y penosa.
--Sí, sí; no te fatigues, hermano mío: allí está el cofre que encierra
la fortuna de Juan.
--Sí--dijo el moribundo.
--¡Pedro! un esfuerzo--dijo Montiño acercando su semblante al de su
hermano, que empezaba ya á descomponer la muerte--: ¡Pedro, el nombre de
su padre!
--Su padre es... el gran... el gran... duque de Osuna.
--¡Ah!--exclamó Montiño--. ¿No deliras, hermano?
--¡El duque... de Osuna!--repitió el arcipreste, haciendo un violento
esfuerzo, que acabó de postrarle.
--¿Y su madre...? ¿su madre...?
--La duquesa... de...
--¡Pedro! ¡Pedro! un solo esfuerzo.
El moribundo hizo un esfuerzo desesperado para hablar y no pudo; levantó
la cabeza, dejó oír un gemido gutural, y luego su cabeza cayó inerte
sobre la almohada.
Había muerto.
CAPÍTULO IX
LO QUE HABLARON LERMA Y QUEVEDO
Desde que don Francisco de Quevedo se resignó á esperar, pensando, al
duque de Lerma, hasta que apareció el duque, pasaron muy bien dos horas.
Era el duque uno de esos personajes que se llaman _serios_; su edad
rayaría entre los cuarenta y los cincuenta años; respiraba prosopopeya;
vestía con una sencillez afectada, y en sus movimientos, en sus miradas,
en su actitud, había más de ridículo que de sublime, más hinchazón que
majestad; era un hombre envanecido con su cuna, con sus riquezas y con
su privanza, que había formado de sí mismo un alto concepto, y que se
creía, por lo tanto, un grande hombre.
Quevedo permaneció algún tiempo sentado, después que apareció el duque.
Esto hizo fruncir un tanto el ceño á su excelencia.
--Me han avisado--dijo con secatura--de que me esperaba aquí una persona
para darme en propia mano una carta de la señora duquesa de Gandía.
Quevedo se levantó lentamente, y sin desembozarse, sin descubrirse, sacó
de debajo de su ferreruelo una mano y en ella la carta de la duquesa de
Gandía; cuando la hubo tomado Lerma, Quevedo se volvió hacia una puerta
que el duque había dejado franca.
--Paréceme que huís, caballero--dijo el duque.
Quevedo se detuvo, pero permaneció de espaldas.
--Y no creo que haya motivo--añadió el duque, mirándole de alto abajo y
sonriendo de una manera que nos atreveremos á llamar triunfante--; no
creo que haya motivo para que tan embozado, tan en silencio, y con un
encubrimiento y un silencio tan inútil, vengáis á mi casa y pretendáis
salir de ella; como os habéis tapado la cruz y el rostro con el
ferreruelo, debiérais haberos puesto en cada pie un talego, á fin de
tapar vuestros juanetes y disimular lo torcido de vuestras piernas; no
digo esto por mortificaros, sino porque comprendáis que os he conocido,
don Francisco.
Volvióse Quevedo, se desembozó, se descubrió echando atrás con gentil
donaire la mano que tenía su sombrero, y levantando su ancha frente,
dijo fijando el vidrio de sus antiparras en los ojos del duque:
--¡Romance!
--¡Romance y vuestro! Soltadle, don Francisco, soltadle, que ya me
tenéis impaciente.
Guardó un momento silencio Quevedo, y luego dijo con voz sonante y
hueca, cortando los versos de una manera acompasada, y dándoles cierta
canturía:
--Dióme Dios, por darme mucho,
con una suerte perversa,
cabeza dos veces grande,
y pies para sostenerla.
Vine al mundo como soy,
aunque venir no quisiera;
la culpa fué de mi madre,
que no se murió doncella.
Por los pies me ha conocido
el ingenio de vuecencia;
es difícil que conozcan
á algunos por la cabeza.
Hay quien puede en pies de cabra
enderezar su soberbia,
porque lo que todo es aire,
cualquier cosa lo sustenta.
Y acabado el romance, se dejó caer el sombrero sobre la cabeza, se
embozó de nuevo, y se volvió á la puerta franca.
El duque se adelantó y cerró aquella puerta.
--Sois mi prisionero--dijo.
--Mandadme dar cena y lecho--repuso Quevedo, sentándose otra vez en el
sillón que habla dejado, como si se encontrara en su casa.
--No os he soltado de San Marcos para encerraros otra vez--dijo Lerma--.
Quiero que seamos amigos.
--¡Ah, condesa de Lemos!--exclamó Quevedo.
--¿Por qué nombráis á mi hija, cuando os hablo de otros asuntos?--dijo
con el acento de quien se siente contrariado, el duque.
--Dígolo, porque vuestra hija ha sido antes y ahora la causa.
--No os entiendo.
--Basta con que Dios me entienda.
--Si vos galanteásteis á mi hija hace dos años...
[imagen: El Duque de Lerma.]
--Don Francisco de Sandoval y Rojas, vos sois uno de aquellos hombres de
quienes dice la criatura: tienen ojos y no ven.
--Veo que os equivocáis; vos creéis que la causa de vuestra prisión en
San Marcos, fueron vuestras solicitudes á doña Catalina.
--Me afirmo en lo dicho: sois ciego; yo cuando se trata de mujeres...
--Estáis por las que valen... y pretendéis por ellas ser valido.
--Valiera yo poco si tal valimiento buscara--y continuó--; yo, cuando se
trata de mujeres, no solicito, tomo...
--¿De modo que...?
--No he solicitado á vuestra hija.
--¿Y qué habéis tomado de ella?--añadió con precipitación el duque.
--Un ejemplo de lo que sois.
--¡Ah! vos para conocerme...
--Os miro.
--Pero me miráis con antiparras.
--Para veros no es necesario tener muy buena vista.
--Quiero saber qué pensáis de mí.
--Mucho malo.
--Al menos no se os puede culpar de reservado.
--Reservéme poco, cuando habéis podido encerrarme.
--Os he guardado porque os estimo.
--Tan acertado andáis en mostrar vuestra estimación, como en gobernar el
reino.
--¿Pues no decís que en vez de gobernar soy gobernado? ¿no me habéis
fulminado uno y otro romance, una y otra sátira, tan poco embozadas, que
todo el mundo al leerlas ha pronunciado mi nombre? ¿no os habéis
declarado mi enemigo, sin que yo haya dado ocasión á ello, como no sea
en estorbar vuestros galanteos con mi hija?
--¡Ah! ¡es verdad! nos habíamos olvidado de doña Catalina; hablado
habemos de memoria; nos perdemos y acabaremos por no decir dos palabras
de provecho, desde ahora hasta la fin del mundo, si hasta la fin del
mundo habláramos. ¡Vuestra hija! ¡pobre mujer! ¿y sabéis que yo no
escribiría por nada del mundo contra vuestra hija?
--¿Tan bien la queréis?
--Se me abren las entrañas por todos los poros.
--¡Ay! ¿y mi hija?...
--Es la mujer más pobre de corazón que conozco.
--Pues yo creía...
--¡Pues! vos creéis en todo lo que no es, y de todo lo que es renegáis.
--Quisiera entenderos.
--Pues entendedme: vos creéis á vuestra hija una mujer, y vuestra hija
es una niña; vos la creéis contenta, y vuestra hija llora; vos la creéis
feliz, y vuestra hija es desdichada; vos al casarla con vuestro sobrino,
creísteis hacer un buen negocio... ¡bah! don Francisco; vos que lo
primero que veis en mí son las antiparras, no sentís las antiparras que
tenéis montadas sobre las narices, y sin las cuales no veis nada;
antiparras que vienen á ser para vos las antiparras del diablo, que todo
os lo desfiguran, que todo os lo mienten, que os abultan las pulgas y os
disminuyen los camellos; para vos, á causa de esas endiabladas
antiparras, lo falso es oro, todo lo que es aire cuerpo, todo lo que es
cuerpo aire. Yo os daría un consejo;
--¿Cuál?
--Hacéos sacar del cuerpo los malos, y cuando os los hayan sacado
entonces hablaremos; entonces veremos si yo os sirvo á vos, ó si vos me
servís á mí.
Y Quevedo se levantó en ademán de irse.
--Esperad, esperad, don Francisco; os necesito aún.
--¡Ah! ¿con que aún no me suelta?
--Nunca habéis estado más libre que ahora.
--Pues mirad, nunca me he sentido más preso.
--Veo que vuestra enemistad hacia mí es cruel.
--¡Bah! desengañáos; yo no tengo un enemigo en quien no temo.
--Preso os he tenido dos años.
--No, más bien me he estado yo dos años preso.
--Mucho confiáis en vuestro ingenio.
--Yo más en el vuestro.
--Pero si yo no le tengo.
--Sí por cierto, tenéislo... para hacer lo que nos conviene.
--Ponderan mi lisura y mi paciencia...
--Pues se engañan. Ni sois liso ni agudo, y en cuanto á lo de
paciencia...
--Téngola, puesto que me estáis desesperando, y...
--Os estoy leyendo.
--Concluyamos de una vez, don Francisco: yo os tengo en mucho, y si os
he tenido preso no ha sido porque no me servíais á mí, sino porque no
sirviéseis á otros.
--Yo sólo sirvo á Dios.
--Y al duque de Osuna.
--Es lo que nos queda de grande y noble, porque algo de noble y grande
quede en España. Sirviendo al duque sirvo á Dios, porque sirvo á la
justicia y al honor.
--O porque sirviéndole, os servís á vos mismo. ¿Qué habéis visto en
Girón, que os haga creer que es más grande que Lerma?
--Que Girón es grande sin decirlo, y vos, llamándoos grande, sois
pequeño.
--¿Qué queréis, don Francisco, qué deseáis? ¿con qué noble premio se os
puede comprar?
--¿Queréis que sea vuestro amigo?
--¡Oh don Francisco! me llamáis ciego, y sin embargo, no reparáis en que
os veo levantaros delante de mí como un gigante, y os respeto; no
comprendéis que os aprecio en cuanto valéis, y que sé que con vuestra
ayuda nada temería: lo emprendería todo, continuaría los tiempos de
esplendor de España...
--Me estáis ofreciendo moneda falsa.
--Y vos me estáis desesperando.
--Ya os he dicho que puedo ser vuestro amigo.
--Hablad.
El duque de Lerma se sentó y Quevedo volvió á sentarse también.
--Voy á desembozar algunas palabras que os están haciendo sombra, y á
empezar por mí desembozándome. Nací contrahecho; vos me desembozásteis
por los pies, ya os lo dije; ni eché memorial para venir al mundo, ni
venido quejéme de los malos pies con que en él entraba; pero si Dios me
dió piernas torcidas, dióme alma recta; si pies torpes, ingenio ágil; si
cabeza grande, llenóla de grandes pensamientos; os estoy hablando
completamente desembozado, y pienso desembozaros para con vos mismo,
porque lleguéis á ver claro, que, vos como sois, y yo como Dios ha
querido que sea, hemos nacido para ir por camino diferente; yo bien me
sé á dónde vais á parar; yo pararé donde Dios sabe.
--Continuaré sacrificando mi vida á la grandeza de mi patria.
--Y como habéis nacido para que todo os salga al revés de como pensáis,
acabaréis hundiéndoos con España en un abismo.
--¿Creéis, pues, que estoy engañado?...
--Si volvemos á las réplicas no acabaremos nunca.
--Continuad.
--Pretendieron mis padres que fuese docto. Alcalá me dió su ciencia,
pero más la Universidad que se llama mundo. Cada mujer fué para mí un
romance, cada hombre una sátira, cada día un maestro, cada año un libro.
Díjome la historia que siempre ha habido tiranos y esclavos, y que la
vanidad, y la codicia, y la soberbia han escrito con sangre sus anales;
quise quitar la carátula á la verdad y se la quité á medias, porque lo
que vi, me dió miedo de ver lo que ver no quise. Encerréme conmigo, y
allá en mi encierro me siguió el mundo, y me siguieron mis pasiones.
Amé: ¡nunca hubiera amado! porqué amé á vuestra hija.
Hizo un movimiento de impaciencia Lerma.
--Y vuestra hija me amó.
Movióse con doble impaciencia el duque.
--Y no fué mía porque no quise que lo fuese.
--¡Oh! exclamó con disgusto Lerma.
--No podía serlo; para querida me daba lástima, para mujer ojeriza.
--¡Cómo!
--Hubiéseis dicho qué me daba á trueque; á falta de riquezas y de
títulos, servidumbre judaizante, adoración del oro; yo, que me precio de
sangre limpia y de ser buen cristiano, díjeme todo espeluzno y todo
escándalo de mí mismo cuando pasó por mí el vergonzante pensamiento de
ser vuestro yerno: honra dejáronte tus padres, don Francisco; búrlaste
de las busconas; no mates tu honra ni tu musa y buscón no seas; que
cuando oro anda en medio de una mujer y un hombre, el mundo no ve el
corazón, sino el talego; no el amor, sino la codicia; tragúeme, pues, mi
amor, como me he tragado otras tantas cosas, y no queriendo deshonrar á
vuestra hija haciéndola mía, no me casé con ella por no deshonrarme.
El duque de Lerma no contestó una sola palabra; únicamente hirió una y
otra vez con un movimiento nervioso la alfombra, con el tacón de su
zapato.
--Casásteisla entonces con vuestro sobrino; vendísteis á vuestra hija...
--Era una alianza conveniente...
--Pudo conveniros á vos, no á ella. Conviniérala como mujer honrada y
honesta, y discreta, y bien nacida, no porque de vos viniera, sino
porque nació buena, otro hombre, más amor, más alma, más valor y dicha
la verdad sea, más vergüenza. Que si el conde de Lemos tuviera todas
estas cosas y con ellas alguna discreción y buen ingenio, bien casada
estuviera vuestra hija, y no escribiera yo despechado al verla tan mal
casada, tan enterrada en vida, aquello de:
Oro es ingenio en el mundo,
oro en el mundo es nobleza
y el que en vanidades trata
de vanidad se sustenta.
Con un leproso del alma,
su padre casó á Teresa...
Con lo demás que decía el romance, que si no hizo reir á nadie por el
chiste, os hizo á vos llorar de rabia por lo claro, y dar conmigo en San
Marcos, con tan poco disimulo de la causa, que todo el mundo tuvo por
culpa de ella al romance, y por doña Catalina á la doña Teresa que el
romance cantaba.
--¿Y creéis que aunque anduvísteis extremadamente injusto, apasionado y
mordaz en el tal romance, fué esta sola la causa de vuestra prisión?
--Sé que anduvieron también en ella vuestras antiparras.
--Más claro.
--Por turbias que sean esas antiparras para el duque de Lerma, todos ven
que son ellas don Rodrigo Calderón.
--¡Ah! ¡el bueno de mi secretario!
--Vuestro amo.
--¡Mi amo!
--Y del rey.
--¡Ah!
--Y de España, porque como vos sois amo del rey, y el rey amo de España
y es vuestro dueño don Rodrigo, resulta que don Rodrigo viene á ser amo
de España.
--Seguid, don Francisco, á fin de que sepamos hasta qué punto estáis
engañado.
--Era una simple cuestión de secretarios: don Rodrigo lo era vuestro, y
yo lo era del duque de Osuna; el duque de Osuna era enemigo vuestro, y
por consecuencia, vuestro secretario debía serlo también del secretario
del duque de Osuna. Temióse, no lo que hacía, sino lo que pudiera hacer
de la corte el ilustre descendiente de los Girones, y como es muy
principal caballero, y muy poderoso, y muy bravo, se le desterró á
Nápoles dorando el destierro con lo de virrey, y como se creía que yo
era mucha cosa con el duque y que haría más conmigo que sin mí, se me
envió á San Marcos á hacer penitencia; y como el duque de Osuna no ha
cesado de reclamar en estos dos años á su pobre secretario, y como, por
otra parte, vos os encontráis con que á pesar de los buenos oficios de
don Rodrigo no veis claro en qué consisten tantos reveses y tantas
desdichas como sufre España, os habéis dicho: saquemos del encierro á
aquel espíritu rebelde, veamos si podemos mudarle á nuestro provecho, y
si sus antiparras son más claras que los ojos de don Rodrigo.
--¿Y creéis que yo no pudiera pasarme sin vos?
--Creo que necesitáis de todo el mundo.
--El rey me concede más que nunca su cariño, su confianza.
--Sin embargo, no ha gustado mucho al rey que vuestro sobrino haya
llevado á picos pardos al príncipe de Asturias. Y como el rey, aunque no
es muy perspicaz, sabe que vos y el conde de Lemos sois una misma cosa;
y como vuestro hijo el duque de Uceda se impacienta por ocupar vuestro
puesto; y como la reina trabaja contra vos todo lo que puede; y como
Olivares atiza, pensando en su provecho; y como Calderón, creyéndose ya
poderoso, no disimula su soberbia; y como Espínola desde Flandes pide
hombres y dineros; y como suceden tantas y tantas cosas que no debieran
suceder, si no mandárais vos, que no debíais mandar; y como vos creéis
que el duque de Osuna me ha nombrado su secretario por algo, y que por
algo también me pide en una y otra carta, nada de extraño tiene que yo
piense que si quisiera podía vengarme de don Rodrigo enviándole á
galeras y de vos haciéndoos mi secretario.
--Conócese--dijo el duque sonriendo á duras penas--que aún os dura la
rabia del encierro.
--Os hablo desembozado y nada más.
--¿Y si fuese cierto que yo necesitase de vuestra ayuda?...
--Os la negaría, porque ayudaros á vos, sería desayudar á la patria y
hacer traición al rey.
--Supongo que no os habréis atrevido á llamarme traidor.
--No; pero sois ciego, soberbio y codicioso.
--Os habéis propuesto decididamente enojarme, cuando yo hago todo lo que
puedo por haceros mi amigo.
--No debe enojaros la verdad; no puedo ser yo amigo vuestro.
--Sin embargo, si no recuerdo mal, me habéis ofrecido vuestra amistad.
--_Sub conditione._
--Pero vuestras condiciones...
--En el estado en que se encuentra la gobernación del reino, las
condiciones serían muy duras para vos.
--¿Creéis que el mal, si le hay...?