--Yo, que también sé ahorrar de palabras cuando conozco á la persona con

quien hablo, le contesté--: ¿Quién es el hombre que queréis despachar al

otro mundo?--Un caballero muy rico y muy principal--. ¿Como quién? por

ejemplo, le pregunté--. Así como el duque de Lerma ó el de Uceda, ó el

conde de Olivares--. ¿Pero no es ninguno de los tres?--No: pero aunque

no lo parece, vale más que todos ellos--. Pues entonces, si vale más...

por el duque de Lerma, pediría mil doblones; por el otro mil

quinientos--. Trato hecho--dijo el bufón--. ¿Cuándo ha de ser?--Cuando

esté depositado en buenas manos el dinero--. ¡Qué! ¿No le tenéis?--Nada

os importa eso--. Es verdad--. Adiós--. Dios os guarde.

--¡Conque el tío Manolillo!...--exclamó seriamente admirado Montiño--;

esto es grave, gravísimo. ¿Y no os dijo, señor Gabriel, quién era su

enemigo?

--No me lo ha dicho, pero yo lo sé.

--¡Ah! ¿Y cómo lo sabéis vos?

--¿Quién es en la corte un hombre que vale tanto como el duque de Lerma

el de Uceda, ó el conde de Olivares?

--¡Bah! hay muchos: el duque de Osuna.

--Está de virrey en Nápoles.

--El conde de Lemos.

--Está desterrado.

--Don Baltasar de Zúñiga.

--Ese es un caballero que suele estar bien con todo el mundo.

--Pues no acierto.

--Es verdad: lo que generalmente no vemos, cuando se trata de estos

negocios, es lo que más tenemos delante de los ojos. ¿Os habéis olvidado

del secretario del duque de Lerma?

--¡Don Rodrigo Calderón!

--Ese, ese es el enemigo del tío Manolillo.

--Pero no entiendo por qué pueda ser enemigo de don Rodrigo el bufón de

su majestad.

--¡Bah! ya veo, señor Francisco, que vos sabéis muy poco.

--No me es fácil dar con el motivo de la ojeriza que decís tiene el tío

Manolillo á don Rodrigo.

--¿Conocéis á una comedianta que se llama Dorotea, que baila como una

ninfa en el corral de la Pacheca?

--¡Ah! ¿una valenciana hermosota, deshonesta, que ha estado dos veces

presa por no bailar como era conveniente?

--La misma. Pues bien; esa mujer es hermana, ó querida, ó hija, no se

sabe cuál de las tres cosas, del tío Manolillo.

--Me estáis maravillando, señor Gabriel. ¿Conque la Dorotea?...

--Sí, señor, la Dorotea es mucha cosa del bufón del rey. Pero no es esto

todo. El duque de Lerma...

--Sí, sí, ya sé que el duque visita á la Dorotea.

--Pero no sabéis quién ha andado de por medio para concertar esas

visitas.

--Sí, sí, ya sé que el medianero, el que ha llevado los primeros

regalos, el que acompaña de noche al duque y le guarda las espaldas, es

don Rodrigo Calderón.

--Vamos, pues de seguro no sabéis que el duque de Lerma es quien paga, y

don Rodrigo Calderón quien goza.

--¿Pero quién os dice tanto?--exclamó admirado Montiño.

--Ya sabéis que yo tengo muchos oficios.

--Demasiados quizá.

--Están los tiempos tan malos, señor Francisco, que para ganar algo es

necesario saber mucho. Saben que sé muchas princesas, y una de ellas,

conocida de la Dorotea, la encaminó á mí para que la sirviese. Dorotea

quería un bebedizo.

--¡Ah! ¡ah! ¡las mujeres! ¡las mujeres!

--Son serpientes, vos no lo sabéis bien, señor Montiño: como se les

ponga en la cabeza doctorar á un hombre en la universidad de Cabra,

aunque el amante ó el marido las encierren en un arca y se lleven la

llave en el bolsillo, le gradúan.

Movióse impaciente en su silla el cocinero del rey, porque se le puso

delante su mujer, que era joven y bonita.

--Pero á serpiente, serpiente y media. Cuando ella me pidió el bebedizo,

me dije: podrá convenirme saber quién es el hombre á quien quiere esta

muchacha entre tantos como la enamoran. Porque yo soy muy prudente, y sé

que el saber, por mucho que sea, no pesa. Díjela que el bebedizo no

podía producir buenos efectos si no se conocía á la persona á quien

había de darse. Entonces la Dorotea, poniéndose muy colorada, me dijo--:

El hombre que yo quiero que no quiera á ninguna mujer más que á mí es

don Rodrigo Calderón--. Necesito saber cómo habéis conocido á don

Rodrigo Calderón, la dije.--¿Necesario de todo punto?--Ya lo creo; y si

fuera posible hasta el día y la hora en que le vísteis por primera

vez.--¿Y si no lo digo no me daréis el bebedizo?--Os lo daré, pero si no

sé de cabo á rabo cuanto os ha acontecido y os acontece con don Rodrigo

Calderón, no os quejéis si el bebedizo no es eficaz.--Entonces la moza

se sentó, y me confesó que había conocido á don Rodrigo cuando don

Rodrigo fué á hablarla de parte del duque de Lerma; que se había

enamorado de él, y don Rodrigo de ella. Que, en una palabra, el duque de

Lerma paga y se cree amado, y don Rodrigo Calderón, que no la paga y á

quien ella ama, la engaña amando á otra.

--¡Ah!

--¡Y si supiérais quién es esa otra, señor Francisco!

--Alguna cortesana que tiene tan poca vergüenza como don Rodrigo

Calderón.

--Pues os engañáis, es la primera dama de España.

--¿Por hermosa?

--No tanto por hermosa, aunque lo es, como por noble.

--¡La dama más noble de España! ved lo que decís: cualquiera pudiera

creer...

--¿Que esa tan noble dama es la reina? ¿No es verdad?--dijo con una

malicia horrible Cornejo.

--¡La reina! ¡Su majestad!--exclamó dando un salto de sobre su silla

Montiño.

--La misma, Su majestad la reina de España es la querida de don Rodrigo

Calderón.

--¡Imposible! ¡imposible de todo punto! ¡yo conozco á su majestad! ¡no

puede ser! ¡creería primero que mi hija!...

--Vuestra hija podrá ser lo que quiera, sin que por eso deje de ser lo

que quiera también la reina.

--¡Pero la prueba! ¡la prueba de esa acusación, señor Gabriel!--dijo el

cocinero del rey, á quien se había puesto la boca más amarga que si

hubiera mascado acíbar--. ¡La prueba!

--He ahí, he ahí cabalmente lo que yo dije á la Dorotea: ¡la prueba!

--¿Y esa mujerzuela tenía la prueba de la deshonra de su majestad?

--La tenía.

--¿Pero qué tiene que ver esa perdida con la reina? ¿quién ha podido

darla esa prueba?

--El duque de Lerma.

--Me vais á volver loco, señor Gabriel; no atino...

--No es muy fácil atinar. Pero dejadme que os cuente, sin interrumpirme,

sin asombraros, oigáis lo que oigáis, y concluiremos más pronto.

--Y me alegraré, porque no me acuerdo de haber estado en circunstancias

tan apremiantes en toda mi vida.

--Pues al asunto. Yo, que había hecho confesar á la Dorotea quién era la

dama que la causaba celos, asegurándola que si no me contaba todas las

circunstancias, sin dejar una, de su asunto, podría suceder que no fuese

eficaz el bebedizo, me dijo en substancia lo siguiente--: Una noche don

Rodrigo fué muy tarde á verme: al quitarse la ropilla, se le cayó de un

bolsillo interior una cartera, que don Rodrigo recogió precipitadamente.

Yo me callé, pero cenando le hice beber más de lo justo, acariciándole,

mostrándome con él más enamorada que nunca. Don Rodrigo se puso borracho

y se durmió como un tronco. Entonces me levanté quedito, fuí á la

ropilla, tomé la cartera, la abrí, y encontré en ella cartas de una

mujer; de una mujer que firmaba «_Margarita_.»

--Pero eso es muy vago... muy dudoso--dijo con anhelo Montiño--; si la

reina ha de responder de todas las cartas que lleven por firma

Margarita...

--Oíd, señor Montiño, oíd, y observad que la Dorotea no es lerda.

--Cuando leí el nombre de Margarita, solo, sin apellido... sospeché,

porque tratándose de don Rodrigo es necesario sospechar de todas las

mujeres... sospeché que aquella Margarita que se dejaba en el tintero su

apellido era... Margarita de Austria.

--Pero, señor, señor--exclamó todo escandalizado y mohíno el cocinero de

su majestad--; esa mujer tan vil, de cuna tan baja... esa perdida, ¿sabe

leer?

--Como que es comedianta y necesita estudiar los papeles.

--¡Ah!--dijo dolorosamente Montiño, cayendo desplomado de lo alto del

que creía un poderoso argumento.

--Oigamos á la Dorotea, que aún no ha concluído--: Sospeché que aquella

Margarita, que citaba misteriosamente á don Rodrigo, era la reina, y

como no me atrevía á quedarme con una sola de las cartas, las miré, las

remiré, hasta que fijé en mi memoria la forma de las letras de aquellas

cartas, de modo que estaba segura de no engañarme si veía otro escrito

indudable de la reina. El duque de Lerma me dará ese escrito--dije--, ó

he de poder poco. Y volví á meter las cartas en la cartera, y la cartera

en el bolsillo de donde la había tomado. Cuando se fué don Rodrigo,

observé que de una manera disimulada, pero curiosa, se informaba de si

la cartera estaba en su sitio, y cuando aquella noche vino el duque de

Lerma, le recibí con despego, le atormenté, me ofreció como siempre

alhajas, y yo... yo le pedí que me trajese un escrito indudable de la

reina. Asombróse el duque, me preguntó el objeto de mi deseo, insistí

yo, diciendo que era un capricho, y á la noche siguiente el duque me

trajo un memorial en que se pedía una limosna á la reina, y á cuyo

margen se leía: «Dense á esta viuda veinte ducados por una vez», y

debajo de estas palabras una rúbrica. ¡Era la misma letra, la misma

rúbrica de las cartas! no podía tener duda: la reina era amante de don

Rodrigo Calderón.

--Pues señor--dijo Montiño--, á pesar de todo, os digo, señor Cornejo,

que antes de creer en eso soy capaz de no creer en Dios.

--Sea lo que quiera; pero oíd y atad cabos: ya os he dicho que el tío

Manolillo me preguntó cuánto dinero se necesitaba para despachar una

persona principal, y que yo le dije que mil quinientos doblones, que el

tío Manolillo no los tenía; que la Dorotea cree que don Rodrigo Calderón

tiene cartas de amores de la reina... que está celosa... recordad bien

esto.

--Sí, sí, lo recuerdo.

--Pues bien; esta noche una dama muy principal, á lo que parece, ha

estado casa de mi comadre la señora María; la que tan honradamente vive

con el escudero su marido el señor Melchor, que tan hermosa era hace

veinte años, que sigue aumentando sus doblones, empeñando y prestando

con una usura que da gozo: ya sabéis que cuando la señora María

necesita para sus negocios un dinero, viene á mí, como yo vengo á vos.

--Bien, bien, ¿pero qué?

--Esa dama que os he dicho ha ido encubierta esta noche á casa de la

señora María, ha ido encubierta también algunas otras veces á pedir

dinero. Pero siempre, excepto esta noche, ha llevado una alhaja de mucho

precio, ha vuelto con otras pero no ha desempeñado ninguna. Esta noche

ha ido, toda azorada, asustada, trémula, ha pedido á la señora María mil

y quinientos doblones (nunca había pedido tanto), ofreciendo dar por

ellos tres mil en el término de un mes. Ya veis si es negocio.

--¡Pues hacerlo! ¡hacerlo!--dijo Montiño.

--Lo haremos á medias, ó mejor dicho á tercias, entre vos, la señora

María y yo: quinientos doblones cada uno.

--¿Y para eso me habéis buscado, me habéis entretenido y me habéis

mentido tanto?--dijo levantándose Montiño con visibles muestras de

despedir á Cornejo.

--Esperad... esperad, que el negocio lo merece--repuso el señor Gabriel

con gran calma--. Recordad; yo pido al tío Manolillo esta tarde mil y

quinientos doblones por la vida de un hombre principal, que sé de seguro

que es don Rodrigo Calderón; don Rodrigo Calderón tiene unas cartas de

la reina que la comprometen, y esta noche va á casa de la señora María á

pedir mil y quinientos doblones una dama, que aunque no la conocemos,

debe ser principalísima. ¿No creéis que debe meditarse esto, señor

Francisco? ¿No creéis que en esto danzan las cartas, la reina y el tío

Manolillo, y tal vez la reina en persona...?

--¿La reina en persona...? ¿Creéis que la reina haya podido ir á casa de

la señora María de noche y sola?

--Yo ya no me admiro de nada, señor Francisco, de nada; además que la

dama tapada ofreció como seguridad de los mil y quinientos doblones,

mejor, de los tres mil doblones, un recibo en forma de puño y mano de la

reina, firmado por ella misma.

--¿Pues qué mejor seguridad queréis? haced el negocio, y dejadme en paz

á mí; no quiero mezclarme en él, y siento mucho que me hayáis dicho

tanto, porque cuando se trata de enredos lo mejor es no saberlos.

--Pero venid acá; ¿no veis que nosotros solos no podemos hacer ese

negocio?

--¿Y por qué? ¿Acaso me vendréis á decir, á quererme hacer creer que la

señora María y vos no tenéis mil y quinientos doblones?

--La dificultad no es el dinero, sino la seguridad de él; nosotros no

conocemos la letra de la reina, y vos...

--Yo no la conozco tampoco.

--Señor Francisco, vos sois más en palacio que cocinero del rey.

--¡Y bien! ¿Qué? no quiero meterme en este negocio.

--O queréis hacerlo vos solo--dijo irritado por la codicia el tío

Cornejo.

--Hablemos en paz, señor Gabriel--dijo el cocinero mayor--, y

concluyamos, concluyamos de todo punto. No digáis á nadie lo que á mí me

habéis dicho, porque podríais ir á la horca.

Echóse á temblar aquel viejo lobo, porque le constaba que el cocinero

mayor era uno de esos poderes ocultos que, bajo una humilde librea, han

existido, existen y existirán en todas las cortes.

--En cuanto al negocio--añadió Montiño--, no me meto en él; haced lo que

queráis, y lo mejor que podéis hacer ahora es... iros.

Vaciló todavía el señor Gabriel Cornejo, pero una mirada decisiva y un

ademán enérgico de Montiño, le decidieron; se despidió hipócritamente

deshaciéndose en disculpas, y cuando ya estaba cerca de la puerta, el

cocinero del rey, como obedeciendo á una idea súbita, le dijo:

--Esperad.

Cornejo se volvió lleno de esperanza.

--¿Vais á ver á la señora María?

--Ciertamente necesito decirla vuestra resolución.

--Pues decidla, además, que prepare esta misma noche un aposento con

lecho en su casa, y que cuando llame á su puerta uno que se nombrará

sobrino mío, que le reciba, que yo respondo de los gastos.

Voló la esperanza causando una dolorosa impresión en el señor Gabriel

Cornejo, que se despidió de nuevo murmurando:

--He sido un imprudente, no debía haber hablado tanto; yo confiaba en su

codicia, pero está visto: su avaricia es mayor de lo que yo creía.

Quiere hacer el negocio por sí solo.

Entre tanto el cocinero del rey murmuraba abstraído y pensativo:

--Es muy posible que sea verdad cuanto ese bribón me ha dicho; yo no me

fío de ninguno; un negocio redondo por otra parte, mil quinientos

doblones de ganancia, como quien dice, de una mano á otra; pero el

asunto es demasiado grave, y la prudencia aconseja no meterse de frente

en él... mi sobrino postizo es hombre, según dice mi hermano, capaz de

meter un palmo de acero al más pintado, y don Rodrigo Calderón, está en

el banquete del duque... después se encerrará en su despacho, y saldrá

allá muy tarde por el postigo... ¡Ah, señor sobrino! os voy á procurar

una buena ocasión... una ocasión que os hará hombre.

En aquel momento se abrió la puerta y apareció una dueña.

--¡Ah, señor Francisco! ¡Y cuánto trabajo me ha costado

encontraros!--dijo la dueña--. He tenido que decir que venía de palacio,

con orden de su majestad para vos.

--¿Y es cierto...? ¿Traéis orden?

--Casi, casi. Os traigo una carta.

--Dadme acá, doña Verónica, dadme acá.

La dueña entregó una carta al cocinero mayor, que éste abrió con

impaciencia.

«Tenéis un sobrino--decía--que acaba de llegar á Madrid; enviadle al

momento á palacio. Tened en cuenta, que se trata de un negocio de

Estado; que espere junto á la puerta de las Meninas, por la parte de

adentro. Pero luego, luego.»

Esta carta no tenía firma.

--¿Quién os ha dado esta carta, doña Verónica? No conozco la letra, no

tiene firma. ¿Estáis de servicio?

--¡Ay! ¡sí, señor! Y yo no sé qué hay esta noche en palacio: las damas

andan de acá para allá. La camarera mayor está insufrible, y la señora

condesa de Lemos tan triste y pensativa... algo debe de haber sucedido

grave á la señora condesa.

--¿Pero quién os ha dado esta carta?

--La señora condesa de Lemos.

--La condesa de Lemos no es alta, ni blanca, ni... no, señor--murmuró

Montiño.

--Ea, pues, quedad con Dios, señor Francisco--dijo la dueña--. No me

hallo bien fuera de palacio; es ya tarde y está la noche tan obscura...

--¿Os han dicho que llevéis contestación?

--No, señor.

--Pues id con Dios, doña Verónica, id con Dios. Voy á mandar que os

acompañen.

--No, no por cierto: vengo de tapadillo; adiós.

--Dios os guarde.

La dueña se envolvió completamente en su manto, y salió.

--Que me confundan si entiendo una palabra de esto--dijo Montiño--. ¿Si

será verdad?... ¿si será la reina la que necesite en palacio á mi

sobrino?... ¡pero señor!... ¿cómo conocen ya á mi sobrino en palacio?

Montiño tomó el partido de no devanarse más los sesos; para tomar este

partido tomó también una resolución.

--Es preciso--dijo--que mi sobrino vaya á palacio con las cartas de la

reina.

Y saliendo del aposento en que se encontraba, atravesó la repostería y

se entró en el otro aposento donde estaba su sobrino.

CAPÍTULO VIII

DE CÓMO AL SEÑOR FRANCISCO LE PARECIÓ SU SOBRINO UN GIGANTE

Hacía ya tiempo que el joven había acabado de comer y hacía su digestión

recostada la silla contra la pared, puestos los pies en el último

travesaño del mueble, y entregado á un pensamiento profundo.

Al sentir los pasos del cocinero mayor, dejó la actitud en que se

encontraba para tomar otra más decente.

--¿Habéis comido bien, sobrino?--dijo el cocinero.

--Es la primera vez que he comido, tío--contestó el joven.

--¿Os encontráis fuerte?

--Sí por cierto.

--¿De modo que embestiríais con cualquiera aventura?

Al oír la palabra aventura, Juan Montiño, que se había distraído por un

momento de su idea fija, volvió á ella.

--¿Conocéis á la reina, tío?--le preguntó.

--¡Pues podía no conocerla!--dijo con sorpresa el señor Francisco.

--¿Es la reina alta?

--Sí.

--¿Es la reina gruesa?... es decir... ¿buena moza?

--Sí.

--Pues tío, yo quiero conocer á la reina.

--Yo creo que estás loco, sobrino... ¿qué preguntas son esas y qué

empeño?

--Empeño... no por cierto... pero me ha hablado tanto de lo buena que es

su majestad mi amigo don Francisco de Quevedo...

El cocinero mayor estaba alarmado.

--¿Conoces tú á la reina por ventura?--dijo.

--¡Yo! ¡no, señor! ni me importa conocerla; es muy natural que el que

viene por primera vez á Madrid, después de comer y beber, pregunte si el

rey es alto ó bajo, hermoso ó feo; lo mismo me ha acontecido á mí; sólo

que en vez de preguntaros por el rey, os he preguntado por la reina.

Nada más natural.

--Pues es muy extraño; tú me preguntas por su majestad, y yo acabo de

recibir esta carta de manos de una dueña de palacio.

Tomó la carta Juan Montiño, la leyó, se puso pálido y se echó á temblar.

--¿Y de quién creéis que pueda ser esta carta?

--Carta que viene por la condesa de Lemos, debe haber pasado por las

manos de la camarera mayor, que debe de haberla recibido de la reina.

--¡Aquí dice secreto de Estado!--dijo sin intención el joven.

Pero en aquellas palabras el suspicaz Montiño vió una intención marcada,

más que una intención: una explicación completa; su sobrino creció para

él de una manera enorme, creyóse relegado al silencio, dominado,

convertido en un ser inferior á su sobrino.

--Y no, no creas--dijo--que yo pretendo saber tu secreto. No comprendo

bien lo que sucede... pero... te llaman á palacio; la reina es demasiado

imprudente...

--¡Tío!

--¡Después de lo de las cartas!

--Pero, tío, no os comprendo.

--Escucha, Juan, escucha--dijo Montiño, que estaba atortolado y que

había perdido el tino--: don Rodrigo Calderón está aquí; luego saldrá

por el postigo de la casa del duque; yo te llevaré á ese postigo; debes

esperarle; lleva en el bolsillo de su ropilla las cartas que

comprometen á la reina.

--¡Las cartas que comprometen á la reina!

--Sí--dijo sudando el cocinero mayor--, las cartas de la reina. Es

necesario que antes de ir á palacio esperes á don Rodrigo, que le

acometas, que le mates si es preciso; pero esas cartas, Juan... y mira,

hijo mío--añadió el cocinero mayor asiendo las manos del joven, y

mirándole desencajado y pálido, porque cada vez se hacia para él un

personaje más respetable su sobrino--: aprovecha tu buena, tu inesperada

fortuna; no te pregunto cómo has podido llegar hasta donde has llegado

en tan poco tiempo; eres ciertamente muy hermoso, y las mujeres... pero

sé prudente, muy prudente... no te ensorberbezcas, aprovecha las horas

de buen sol, hijo; pero mira que las intrigas de palacio son muy

peligrosas...

--Pero, tío...--replicó el joven, que no comprendía una sola palabra.

--Nada, nada; no hablemos más de esto; lo quiere ella... en buen hora.

Juan Montiño no se atrevió á aventurar ni una sola palabra más, por

temor de cometer á ciegas una torpeza, y se encerró en una reserva

absoluta, en una reserva de expectativa.

--No quiero que, andando en tales y tan altos negocios, no lleves más

armas que la daga y la espada; el oro es un arma preciosa. Toma, hijo--y

sacó una bolsa verde y la puso con misterio en las manos del joven--. No

es grande la cantidad, pero bien habrá diez doblones de á ocho. Tú me

devolverás esa cantidad cuando puedas. Ahora no hablemos más, ni por la

casa, ni por la calle. Voy á llevarte á esconderte frente al postigo del

palacio del duque.

Y se volvió hacia la puerta.

Pero de repente se detuvo.

--¡Ah! se me olvidaba--dijo limpiándose con el pañuelo el sudor que

corría hilo á hilo por su frente--: por muy afortunado que seas, no

puedes pasar toda la noche en palacio; allí sólo estarás un breve

espacio... luego... en mi casa no quiero que estés... no sería

prudente... Cuando un hombre ocupa con una alta señora el lugar que tú

maravillosamente ocupas, debe evitar que esta señora sepa que vive en

una casa donde hay mujeres jóvenes y bonitas. Cuando estés libre, sube á

las cocinas; pregunta por el galopín Aldaba, y dile de mi parte que te

lleve á casa de la señora María, la mujer del escudero Melchor... no te

olvides.

--No me olvidaré.

--Allí tienes preparado y pagado el hospedaje. Es lo último que tengo

que decirte. Conque vamos, hijo, vamos.

Juan siguió á su tío; al pasar por la repostería, éste dijo arrojando

una mirada á las mesas y á los aparadores:

--Me voy á tiempo; ya se han servido los postres y los vinos. Buenas

noches, señores.

Despidieron todos servilmente, pajes, lacayos y galopines, al cocinero

de su majestad, y recibiendo iguales saludos de la servidumbre que

ocupaba las habitaciones por donde pasaron, salió á la calle, siguió,

torció una esquina, recorrió una tortuosa calleja, dobló otra esquina, y

al comedio de otra calleja obscura se detuvo.

--Ese es el postigo de la casa del duque--dijo el cocinero mayor.

--¿Y por ahí ha de salir el hombre que lleva consigo esas cartas que

comprometen á su majestad?

--Sí, don Rodrigo Calderón; pero saldrá tarde; aunque te llaman luego á

palacio, esto importa más, créeme; espera aquí, porque podrá suceder que

don Rodrigo salga temprano, dentro de un momento; podrá suceder también

que salga acompañado; en ese caso... déjale, y vuelve mañana á este

mismo sitio hasta que le veas solo. ¿Pero estás seguro de tu valor y de

tu destreza?

--Cuando se trata de la reina, tío, no hay que pensar más que en

servirla.

--Pues bien; ocúltate, que no puedan verte; aquí en este soportal. Y

adiós; voy á ver ahora mismo á mi hermano Pedro.

--Quiera Dios, tío--dijo tristemente el joven--, que le encontréis vivo.

--Adiós, sobrino, adiós; nunca he sufrido tanto; quisiera irme y

quedarme.

--Id tranquilo, tío, que como Dios me ha sacado de otros lances, me

sacará de éste.

--Dios lo quiera.

--Id, id con Dios.

El señor Francisco Montiño tiró la calleja adelante y tomó á buen paso

el camino del alcázar.

Para él, á quien habían fascinado las coincidencias casuales del relato

de Gabriel Cornejo, con la carta de palalacio y con las impacientes

preguntas de su sobrino postizo acerca de la reina, era indudable que

Juan había tenido un buen tropiezo; que, en fin, la reina le amaba ó le

deseaba... pero todo esto se hacía duramente inverosímil al cocinero

mayor, porque, en efecto, lo era; y sin embargo, creía tener pruebas

indudables: aquella carta que había venido á sus manos por conducto de

una dueña de palacio y con todas las señales de provenir de la reina;

las medias palabras de su sobrino; el aspecto extraño, la

sobreexcitación que en él había notado, todo contribuía á hacerle creer

lo que no quería creer, porque lo que repugna fuertemente á la razón, lo

rechaza enérgicamente la voluntad.

Francisco Montiño no encontraba otra salida al pasmo que le causaba todo

aquello, mas que encogerse de hombros y decir:

--¡Y yo que hubiera jurado que la reina era una santa!

Y luego añadía, en una reacción de la razón y de la voluntad:

--No, no, señor, es imposible, imposible de todo punto; yo estoy soñando

ó me he vuelto loco. Ni creo esto ni lo de don Rodrigo Calderón.

¡Bah!¡blasfemia! es cierto que la reina no ama al rey, pero de esto á...

á olvidarse de quien es... ¡Vamos, no puede ser!

Y recordando luego cuanto había visto y oído, exclamaba:

--Pero las mujeres, con corona ó sin ella, son siempre mujeres, capaces

de hacer lo que ni aun se podría pensar.

Al cabo terminaba su lucha con la siguiente conclusión:

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 7 / 66 段