royesen el cuerpo los gusanos, se sintió roido por el dolor de dejar la
monarquía más poderosa del mundo á un príncipe incapaz, no han pasado
por España más que desdichas; la hacienda real, desde que vos subísteis
á secretario de Estado, empezó á dar tales traspiés, que dejó muy pronto
de ser hacienda; exhausta por los gastos más exorbitantes, escandalizado
el reino de tanto desbarajuste, de tal despilfarro, empezó á murmurar,
como quien conocía que de su cuero habían de salir las correas; vos,
para acallar al reino, os ayudásteis de clérigos para que volviesen á
vuestro provecho el púlpito y el confesonario; no era bastante la
mentira en nombre del rey: se mintió en nombre de Dios, se pasó de la
deslealtad al sacrilegio. Don Rodrigo Calderón, trocado de vuestro paje
en vuestro secretario, y engordado con vuestros secretos, y con los
empleos que vende, y con la justicia que rompe, se hace fuerte y os
domina; la guerra de los Países Bajos, funesta guerra de religión que
ningún provecho ha podido nunca traer á España, se encrudece, se hace
desastrosa, es más, injusta, deshonrosa, porque nuestros soldados sin
pagas, se convierten en una plaga de Egipto, rompen la disciplina, y
nuestros valientes tercios son vencidos en las Dunas, en Ostende, en el
Brabante, en todas partes, á pesar de la pericia y del valor de
Espínola. Somos el juguete de Inglaterra, que satisface el odio que
siempre ha sentido hacia la casa de Austria, y de otra parte la Francia
ayuda á los Países Bajos, para que entretenida España con una guerra
desastrosa no pueda influir en sus negocios. Inútil la tentativa de
ceder la soberanía de los Países Bajos al archiduque Alberto y á su
esposa la infanta doña Isabel; continúan los desastres. Holanda y
Flandes han resistido, resisten y resistirán, como quien pugna por
arrojar de su casa un dominio extraño y tiránico. Para satisfacerse de
algún modo de los reveses de los Países Bajos, se piensa en ganar gloria
perjudicando al comercio inglés, y se envía allá una escuadra que
aniquilan los elementos como aniquilaron á la _Invencible_; todo
fracasa, todo muere. Perdido el tino, se firma una tregua vergonzosa de
doce años con Holanda y Flandes, acogiendo por medianeras á Francia y á
Inglaterra, y se cree tener algún respiro. Pero aqueja la pobreza
pública, al par que crecen los dispendios de la corte, y se piensa en
leyes suntuarias; leyes inoportunas, ineficaces, contra las que
representan los mercaderes y quedan sin efecto; es necesario encontrar
dinero á todo trance, y se aumenta el valor de la moneda de vellón;
expone los inconvenientes de esta medida el docto Mariana en su libro
_De Mutatione monetæ_, y el bueno, el sabio Mariana es perseguido; á la
torpeza sigue la tiranía. Pero no se halla todavía dinero y la tiranía
crece, la tiranía no respeta ya nada: ni la fe de los tratados humanos,
ni la fe de este eterno pacto de justicia que el hombre tiene hecho con
Dios. El edicto de la expulsión de los moriscos, llena de horror á todos
los pechos generosos...
--Antes que Felipe III han sido sus abuelos rigorosísimos con los
moriscos--exclamó el duque de Lerma, aturdido por la filípica de
Quevedo.
--¡Los clérigos y los frailes! siempre esa plaga que ha logrado dominar
al trono y que acabará con la gloria y con el poder de España. Y, sin
embargo, un excesivo celo por la religión, un celo imprudente y ciego,
pudo nublar con hechos indignos de su grandeza la gloria de los Reyes
Católicos, del emperador don Carlos, de su hijo don Felipe; pero no la
mancilló la codicia mortal, la sed infame del dinero; los moriscos
fueron perseguidos, ¡pero no fueron robados!
--¡Robados!
--Sí, Felipe III ha robado á los moriscos, y quien dice Felipe III, dice
el duque de Lerma.
--Esto es ya demasiado, demasiado--dijo enteramente aturdido Lerma, que
no había creído que existiese un hombre capaz de decirle de frente tan
agrias verdades. A tal punto le habían llevado su envanecimiento, su
privanza y la nulidad del rey.
--¡Pues ya se ve que es demasiado! Cuatro millones de españoles ricos,
industriosos, han sido expulsados, pobres, desnudos, miserables,
desesperados, del suelo que los vió nacer. Y el rey, su majestad, como
si hubiérais hecho grandes merecimientos, como si en vez de disminuir en
una cuarta parte la población del reino la hubiérais aumentado y
enriquecido, os da trescientos mil ducados para vos y para vuestro hijo
el duque de Uceda, y ciento cincuenta mil á vuestra hija y á su noble
esposo el conde de Lemos.
--¡Concluyamos, concluyamos, don Francisco!--dijo el duque procurando
rehacerse--; está visto que no podemos entendernos.
--¡Ya quería yo irme...!--dijo Quevedo levantándose de nuevo--; quería
irme sin hablar una sola palabra, porque no podría deciros más que
verdades lisas... pero vos... ¡bah! vos habéis nacido para
equivocaros...
--He llegado á vos y os he tendido la mano...
--Yo no puedo estrechar vuestra mano, yo no puedo serviros; yo no quiero
hacerme cómplice de la ruina de España; á mi duque de Osuna me atengo...
y si me desayudare el duque... me atenderé á mí mismo, que me basto y
aun me sobro. Quede vuecencia con Dios.
--Esperad: no es por ahí, don Francisco--dijo el duque tomando una bujía
de sobre la mesa y yendo á una puertecilla.
--¡Cómo!--dijo Quevedo--; ¿vuecencia sirviéndome de paje?
--Honroso es servir al ingenio, á la grandeza y al valor.
--Muy cristiano andáis.
--¡Cristiano!
--Sí, por cierto; dais favores por agravios.
--No hablemos de eso; no sois vos quien me agraviáis, sino la fortuna
que se me os roba.
--Ahí os queda don Rodrigo Calderón. Calló el duque, y bajando unas
escaleras, llegó á un postigo y puso la mano en un cerrojo.
--Perdonad, un momento, don Francisco--dijo Lerma--: ¿quién os ha dado
la carta que me habéis traído? ¿puede saberse?
--¿Y por qué no? ¡Me la ha dado vuestra hija!
--Y... ¿dónde?
--En palacio.
--¡Oh! ¿con que ya habéis estado en palacio apenas venido?
--De palacio vengo y á palacio voy. Como me crié en él, soy palaciego, y
tanto, que atribuyo al haberme criado en palacio mi cortedad de vista.
--Pues cuidad, don Francisco, en dónde ponéis los pies, porque palacio
está muy resbaladizo.
--Como ando despacio, señor duque, nunca resbalo; como tengo los pies
grandes me afirmo; cuando caigo no es que caigo, sino que me caen.
Guarde Dios á vuecencia y le prospere--añadió, viendo que el duque
había abierto la puerta.
--Id, id con Dios, don Francisco--dijo el duque--, y no os olvidéis
nunca que os he buscado.
--Lo que no olvidaré jamás es la causa por que he venido--dijo Quevedo,
y salió.
El duque, que al abrir se había cubierto con la puerta, cerró
murmurando:
--¡Que no olvidará la causa por que ha venido! ¡y quien le ha dado la
carta de la duquesa de Gandía ha sido mi hija! ¡ese hombre! ¿A dónde
tenderá el vuelo don Francisco?
Detúvose de repente el duque; había sonado en la calleja ruido de
espadas que duró un momento.
--¿Qué será?--dijo Lerma--; donde va Quevedo van las aventuras. Don
Rodrigo me lo dirá... sí, sí... ¡don Rodrigo!; y es el caso que empiezo
á desconfiar de él, pero yo desconfío de todo el mundo... de todos,
hasta de mí mismo.
El duque acabó de subir en silencio las escaleras, entró en su despacho,
y abrió con una ansiedad marcada la carta de la duquesa de Gandía.
Hizo bien el duque en esperar á quedarse solo para leer aquella carta;
nuestros lectores adivinarán su contenido. En ella, á vueltas de pesadas
reflexiones, participaba la duquesa á Lerma lo que la había acontecido
con el rey y la desaparición de la reina de su cuarto.
El duque, leyendo esta carta, se puso sucesivamente pálido, lívido,
verde. No comprendía bien aquello. Creía tener comprimida á la familia
real, y, sin embargo, el rey y la reina se le escapaban, como quien
dice, por los poros. Creía saberlo todo, y, sin embargo, ignoraba que
existiesen aquellas comunicaciones secretas de que hablaba la carta. Se
creía seguro del afecto, de la fidelidad de don Rodrigo Calderón, y la
duquesa le daba respecto á él una voz de alerta. Daba vueltas el duque á
la carta y la leía y volvía á releer una y otra vez, como si dudara de
sus ojos, y siempre leía la misma cosa:
«Su majestad el rey ha venido á mí por un pasadizo secreto, y me he
visto en un grande apuro.»
Y más abajo:
«Cuando obligada fuí á anunciar á su majestad la reina que el rey
deseaba verla, no encontré á la reina ni en su cámara, ni en su
dormitorio, ni en su oratorio, y á la hora en que os escribo no sé dónde
está su majestad.
Y más abajo aún:
«Personas extrañas, que no puedo deciros quiénes son, porque no las
conozco, aunque las he sentido y casi las he tocado, entran á mansalva
en la cámara de su majestad la reina. Además, he descubierto lo que
nunca hubiera creído... desconfiad de don Rodrigo Calderón: está en
inteligencias con la reina y os vende.»
El duque acabó de aturdirse, y como siempre que esto le acontecía, mandó
llamar á su secretario.
Pero antes de que éste llegase, tuvo gran cuidado de guardar en su
ropilla la carta de la duquesa de Gandía.
A poco entró en el despacho del duque un hombre como de treinta á
treinta y cuatro años.
Era buen mozo; moreno, esbelto, de mirada profunda, semblante serio,
maneras graves, movimientos pausados, como quien pretende aumentar la
dignidad de su persona; vestía rica pero sencillamente, y todo en él
rebosaba orgullo, mejor dicho, soberbia, y una extremada satisfacción de
sí mismo; era, en fin, uno de estos seres que jamás descuidan su papel,
y que con su aspecto van diciendo por todas partes: «soy un grande
hombre».
Como sucede siempre á estos personajes, su afectación tenía algo de
ridículo; pero era la del que nos ocupa una de esas ridiculeces que sólo
notan los hombres de verdadero talento, los hombres superiores.
A los demás, don Rodrigo Calderón, que él era, debía imponer respeto, y
lo imponía.
Pero delante del duque de Lerma, el más hinchado de los hombres
hinchados, don Rodrigo se apeaba de su soberbia para transformarse en un
ser humilde, casi vulgar, en un criado, en un instrumento.
Pero esto sólo en la apariencia.
Lo que demuestra que era superior al duque, puesto que le comprendía, y
comprendiéndole usaba de él, humillándose.
Cuando entró se inclinó respetuosamente, y su semblante tomó la
expresión más humilde y servicial del mundo.
Sin embargo, todos sus esfuerzos y toda su servil experiencia de
cortesano no bastaron para borrar de su semblante cierta expresión de
profundo disgusto, de ansiedad, de molestia y de un malestar doloroso.
El duque lo notó, receló, pero sin embargo disimuló y ocultó
profundamente su recelo.
--¿Qué os sucede?--le dijo--¿no estáis satisfecho de las ventajas que
acabamos de alcanzar?
--¡Ventajas! ¡ventajas! tengo la desgracia de no verlas, señor--contestó
con voz apagada don Rodrigo--; si llamáis ventajas el haber logrado que
se sienten á vuestra mesa y hablen como amigos el señor duque de Uceda
vuestro hijo, el conde de Olivares y don Baltasar de Zúñiga...
--Por el momento parecen desalentados, vienen á nosotros, olvidan sus
diferencias y se estrechan las manos.
--Para engañarse mejor, engañando juntos á vuecencia.
--Y bien, si no podemos unirlos los separaremos; no nos ha de faltar
pretexto para conferir una embajada al conde de Olivares; enviaremos de
virrey á Méjico ó al Perú á mi hijo, y alejaremos con otra honrosa
comisión á don Baltasar.
--Pero el conde de Olivares preferirá su empleo de caballerizo mayor,
que le tiene en la corte, y cerca del rey, y vuestro hijo y Zúñiga no
dejarán por nada del mundo el cuarto del príncipe don Felipe.
Desengáñese vuecencia: todos quieren ser, todos; aunque todo os lo
deben, conspiran contra vos, los primeros vuestro hijo y vuestro
sobrino... el conde de Lemos...
--El conde de Lemos seguirá en su destierro; ha sido más audaz que los
otros... ha pretendido ganar la confianza de su alteza, despertando sus
pasiones y halagándolas... ha sido, pues, necesario ser severo con él, y
como lo he sido con él, lo seré con los demás; lo seré, no lo
dudéis--añadió el duque contestando á un movimiento de duda de don
Rodrigo.
--Sólo hay un medio... ya os lo he dicho... acabar de una vez... cuando
un enemigo se hace demasiado terrible, como, por ejemplo, la reina...
--No, no--dijo con repugnancia el duque--; no es necesario llegar á
tanto... la reina... la tenemos sujeta... esas cartas... esas preciosas
cartas... ¡oh! guardadlas bien... guardadlas.
--Las llevo siempre conmigo; la reina por ahora no se atreve... pero si
vuestros enemigos... si fray Luis de Aliaga...
--Ya os he dicho que Olivares, Uceda y Zúñiga, se sienten sin fuerzas,
se rinden y vienen á buscarla en mí; vuestro celo, don Rodrigo, os hace
muy desconfiado. ¿Qué, creéis que yo no tengo poder?
--¿Y de dónde sacar nuevos tesoros? ¿dónde encontrar otros moriscos?
¿cómo agravar los tributos? ¿Qué hacer para acabar esas guerras eternas
que nos desangran? ¿y cómo acabarlas sin exponerse á caer de lo alto
ante el orgullo de España ofendida? ¿cómo quitar á un ambicioso de un
puesto que satisface su ambición para poner á otro? Os lo repito: cuando
se ha llegado á este extremo, cuando falta oro para tanta boca sedienta,
siempre queda el remedio de...
--No, no, el remedio es peor, cien veces peor. Todo se sabe...
--Y bien, ¿qué medio creéis que os queda para con la reina?
--Las cartas que poseéis.
--Pero esas cartas no pueden usarse sin que yo me pierda.
--¿Creéis que vos estaréis perdido, cuando yo esté salvado?
--Hace algún tiempo que, con mucho sentimiento mío--dijo con gran
humildad don Rodrigo--vemos las cosas de distinto modo. Yo veo...
--Vos veis menos de lo que creéis ver.
--Yo veo todo lo que pasa en la corte y fuera de ella, señor. Sé que
vuecencia no puede anunciarme una cosa grave que yo no sepa.
--Voy á deciros una gravísima: ¿sabéis dónde está la reina?
Miró con asombro Calderón á Lerma.
--No comprendo á vuecencia--dijo.
--Me explicaré: ¿sabéis por qué la reina no parece?
--¿Qué no parece su majestad?
--Sí, por cierto; la reina se ha perdido esta noche, ó ha estado
perdida. En una palabra: su majestad la reina, á cierta hora de la
noche, no estaba en su cuarto.
--¿Cómo, á qué hora?
--A principios de la noche.
--Pues puedo deciros--exclamó Calderón poniéndose pálido--que si la
reina ha desaparecido de su aposento, ha salido del alcázar.
--¿Que ha salido?
--Sí, señor, sola y en litera.
--Eso no puede ser; ¡imposible!--exclamó el duque poniéndose de pie--.
¡Margarita de Austria, sola como una dama de comedias!...
--Es más, señor, acompañada de un hombre.
--¿Pero no habéis dicho que salió sola del alcázar?
--Sí, sí por cierto; yo la había dado una cita.
--¿Y esperábais?...
--No esperaba; pero á todo trance, y por no esperar yo mismo á las
puertas del alcázar, para no dar que pensar, puse un hombre de mi
confianza, y esperé más lejos. Impaciente, fuí á informarme de mi
centinela, y éste me dijo que había salido del alcázar, bajando por la
escalera de las Meninas, una dama que tenía todo el aspecto que yo le
había indicado, que había entrado en una litera y acababa de alejarse.
Seguimos la dirección que la litera había tomado. La hallamos al fin, la
seguimos. De repente para la litera y sale...
¡La reina!
--Una dama tapada que tenía el mismo aspecto, el mismo andar reposado,
grave, gallardo de su majestad. Más aún; de repente, aquella dama se
detiene junto á un hombre que estaba parado en una encrucijada y se ase
á su brazo y sigue.
--¡Oh! no podía ser la reina, no; ¿á qué había de asirse á otro hombre?
--¡Ah! aquel hombre, cuando le dejó la dama tapada en una callejuela
solitaria, me detuvo hierro en mano.
--¡Oh!--exclamó el duque de Lerma--¿se trataba de mataros?
--Y la reina se había puesto por cebo; no tengo duda de ello. Además,
aquel hombre había sido buscado á propósito; yo me jacto de ser buena
espada; pues bien, aquel hombre me desarmó y me hizo gracia de la vida.
--No querían, pues, mataros: no era la reina.
--Al contrario, la generosidad de ese hombre me confirma más en mis
sospechas; la reina se horroriza de la sangre... como vuecencia; la
reina, sin duda, ha querido decirme: aunque soy mujer, y me tenéis
obligada al silencio, puedo en silencio mataros; tengo una valiente
espada que me sirve.
--¿Pero no se os ocurre que vuestro vencedor pudo quitaros las cartas?
--La reina no sabe que por guardarlas mejor llevo siempre las cartas
conmigo.
--¿Y no se sabe quién es ese hombre que ha defendido á la reina?
--No lo sé aún, pero lo sabré; le he hecho seguir por un hombre que no
le perderá de vista.
--Pues bien; lo que más urge ahora es desenredar este misterio de la
reina, ver claro: saber cómo, por dónde puedan entrar personas extrañas
en la cámara de la reina, y cómo la misma reina puede salir sin ser
vista de nadie. Hay ciertos pasadizos en el alcázar que han estado á
punto de causarnos graves disgustos. Haced que las gentes que están al
lado del rey, cuenten sus pasos, oigan sus palabras...
--Tal las oyen, que aconsejo á vuecencia haga dar una mitra al confesor
del rey.
--¡Cómo!
--Fray Luis de Aliaga ha pasado toda la tarde al lado de su majestad,
mientras vuecencia reconciliaba á sus enemigos y se creía por su
reconciliación libre de cuidados.
El duque quedó profundamente pensativo.
--¡El confesor del rey! ¡La reina apela al hierro! ¡Oh! ¡oh! la lucha es
encarnizada... y bien, será preciso obrar de una manera decidida...
--No digáis es necesario obrar... decidme obrad, y obro. Estas cartas
son ya insuficientes... vuecencia no puede pedirme que me pierda al
perder á la reina... la reina lo arrostra todo... imitémosla.
--Procurad saber quién es ese hombre de que la reina se ha valido;
averiguado que sea, hacedle prender, y esto al momento. Después, id á
avisarme al alcázar.
Don Rodrigo conoció que la orden era perentoria, y fué á salir.
--No, por ahí no; tomad mi linterna; vais á salir por el postigo; de
paso mirad si hay algún muerto en la calle, ó al menos señales de
sangre.
--¡Ah!
--Sí, antes que viniérais sonaron cuchilladas en la callejuela.
--¡Ah! ¡ah!--dijo para sí Calderón bajando las escaleras detrás del
duque--. ¡Cuchilladas junto al postigo de su excelencia, y su excelencia
interesado en saber el fin de estas cuchilladas! ¡ah! ¿qué será esto?
¡Creo que este hombre, cuando me guarda secretos, desconfía de mí! Pues
bien, obraré como me conviene, señor duque; y ya es tiempo; no quiero
sumergirme con vos.
Cuando llegaba á este punto de su pensamiento, Lerma abría el postigo y
se cubría con él para no ser visto por un acaso desde la calle.
Calderón salió.
Apenas había salido y cerrado el duque, cuando resonaron en la calle,
como por ensalmo, delante del postigo, cuchilladas, y poco después, unas
segundas cuchilladas más abajo, unieron su estridor al de las primeras.
El duque de Lerma subió cuanto de prisa le fué posible las escaleras,
llamó á algunos criados, y los envió á saber qué había sido aquello.
CAPÍTULO X
DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO ENCONTRÓ EN UNA NUEVA AVENTURA EL HILO
DE UN ENREDO ENDIABLADO
Cuando Quevedo salió de la casa del duque de Lerma por el postigo,
apenas había puesto los pies en la calle, se le vino encima Juan
Montiño, que, como sabemos, estaba esperando en un soportal á que
saliese por aquel postigo don Rodrigo Calderón.
Al verse Quevedo con un bulto encima, y espada en mano, echó al aire la
suya, y embistiendo á Juan Montiño, exclamó con su admirable serenidad,
que no le faltaba un punto:
--Muy obscuro hace para pedir limosna; perdone por Dios, hermano.
Y á pie firme contestó á tres tajos de Juan Montiño, con otras tantas
estocadas bajas y tales, que el joven se vió prieto para pararlas.
Y no sabemos lo que hubiera sucedido, si Juan Montiño no hubiera
conocido en la voz á su amigo.
--¡Por mi ánima--dijo haciéndose un paso atrás y bajando la espada--,
que aunque muchas veces hemos jugado los hierros, no creí que pudiéramos
llegar á reñir de veras!
--¡Ah! ¿sois vos, señor Juan? que me place; y ya que no nos hemos
sangrado, alégrome de que hayamos acariciado nuestras espadas para daros
un consejo: lo de tajos y reveses á la cabeza, dejadlo á los
colchoneros, que sirven bien para la lana, y aficionáos á las estocadas;
de mí sólo sé deciros que de los instrumentos de filo, sólo uso la
lengua. ¿Pero qué hacéis aquí?
--Espero.
--Ya, ya lo veo. ¿Pero á quién esperáis?
--A un hombre.
--Decid más bien á un muerto; y dígolo, porque á pesar del demasiado
aire que dais á la hoja de la espada, si yo no fuera quien soy, me
hubiérais hecho vos lo que no quiero ser en muchos años. Pero el nombre
del muerto; digo, si no hay secreto ó dama de por medio, que no siendo
así...
--Dama y secreto hay; pero me venís como llovido; conozco vuestra
nobleza, quiero confiarme de vos, y os pido que me ayudéis.
--Y os ayudaré, y más que ayudaros; tomaré sobre mí la empresa y el
encargo. ¿Pero de qué se trata?
--¿Conocéis á don Rodrigo Calderón?
--Conózcole tanto, como que de puro conocerle le desconozco. Es mucho
hombre.
--Pues á ese hombre espero.
--Para...
Quevedo hizo con el brazo la señal de una estocada á fondo.
--Cabalmente.
--Perdonad; pero vos no sois cristiano, amigo Juan.
--¿Por qué me decís eso? ¿no os he dejado tiempo para poneros en
defensa?
--Dígolo, porque vuestro rencor no cede. ¿No os habéis satisfecho con
haber desarmado hace dos horas á don Rodrigo Calderón, sino que
pretendéis matarle?
--¡Cómo! ¿era don Rodrigo Calderón el hombre con quien reñí cuando?...
--Sí, cuando acompañábais á una dama muy tapada, muy hermosa y muy noble
que había salido del alcázar.
--¡Cómo! ¿conocéis á esa dama?
--Puede ser.
--¿Y es hermosa?
--Puede que lo sea.
--¿Y sabéis su nombre?
--Puede llamarse... se puede llamar con el nombre que mejor queráis; os
aconsejo que no toméis jamás el nombre de una tapada, sino como un medio
de entenderos con ella.
--¿Pero no decís que la conocéis?
--Lo que prueba, pues tanto me preguntáis, que no la conocéis vos.
--¡Ay! ¡no!
--¿Os habéis ya enamorado?
--Lo confieso.
--Sin conocerla...
--Ahí veréis.
--¿Por la voz, ó por el olor, ó por el bulto? Ved que esas tres cosas
engañan.
--Estoy seguro de que es una divinidad.
--Se me os perdéis, Juan, se me os perdéis, y lo siento. Idos de la
corte, amigo mío, porque si apenas habéis entrado habéis caído, á poco
más sois hombre enterrado. Creedme, Juan, veníos conmigo á una hostería
y dejáos de tapadas, que no contentas con haberos matado os piden
hombres muertos.
--Idos si queréis--dijo Juan Montiño--, que yo estoy resuelto á quedarme
y á cumplir lo que he prometido.
--No, no me iré, puesto que me necesitáis: aquí me estoy con vos y venga
lo que viniere.
--He reparado en un bulto que me sigue desde después de mi primera riña
con don Rodrigo.
--¡Ah! ¿sí? ¿un bulto? razón más para que yo me quede.
--Y ese bulto está allá abajo, junto á la esquina.
--¿Y no le habéis ahuyentado por no espantar la caza? bien hecho; por lo
mismo dejaréle yo allí: pero entrémonos en este zaguán.
--Entrémonos.
--¿Y estáis seguro de que don Rodrigo Calderón está ahí dentro, y si
está de que saldrá por ahí?
--No lo estoy, pero espero.
--Vais haciéndoos á las costumbres de los enamorados tontos, que se
pasan la vida en esperar á bulto.
--Por más que hagáis...
--No os curo.
--No.
--¿Pero tanto vale esta dama?
--¡Oh!
--¡Oh! Decir ¡oh! vale tanto como si dijéseis: esa dama es para mí un
acertijo.
--¿Creéis que estoy enamorado?
--¡Ayúdeos Dios, si vuestro mal no tiene cura! ¿Y sabéis que tarda don
Rodrigo?
--¿Qué tenéis que hacer?
--Mucho: por ejemplo, me urge ver á vuestro tío el cocinero de su
majestad.
--Pues no podéis verlo esta noche.
--¿Cómo?
--Va de viaje. Se muere mi tío el arcipreste y va á cerrarle los ojos.
--¡Ah! pues si no puedo ver á vuestro tío, me importa poco que tarde
nuestro hombre; entre tanto á dormir me echo.
--¡A dormir!
--Sí; he encontrado aquí un poyo bienhechor, y estoy cansado. Y luego,
¿de qué hemos de hablar? No conocéis á esta dama... no puedo aconsejaros
á ciencia cierta... me callo, pues, y duermo. Avisadme cuando sea hora.
Al sentarse Quevedo se desembozó y dejó ver una línea de luz por un
resquicio de su linterna.
--¡Oh! ¡traéis linterna!--dijo el joven.
--Nunca voy sin ella.
--¿Me prometéis decirme el nombre de la dama, si os doy algo por lo que
podáis venir en conocimiento?
--Os lo prometo--dijo Quevedo.
--Pues bien, abrid la linterna y mirad.