Volvióse el joven, y vió un paje que traía ropa de mesa, terciada en un

brazo, en la una mano algunos platos, y en la otra dos botellas asidas

por el cuello.

--¿Sois vos, señor, el sobrino del señor Francisco Montiño?--dijo el

paje.

--Ciertamente, yo soy.

--Pues bien, á vos vengo.

--¿Y á qué venís?

--A serviros de cenar.

--¡Ah!

--Sí, por cierto; el señor Francisco Montiño me ha dicho: Gonzalvillo,

hijo, ve á aquel aposento, y lleva, á un hidalgo que encontrarás en él,

y que es mi sobrino, una empanada de olla podrida, un capón de leche, un

besugo fresco cocido, un pastel hojaldrado, frutas, confituras y dos

botellas del bueno, de Pinto. Sírvele bien, y si quisiere otras cosas,

téngalas; como si se tratara de mí mismo.

Y el paje salió y entró repetidas veces, y acabó de cubrir la mesa en

silencio y con sumo respeto, quedando atrás dos pasos é inmóvil después

de llenar la copa, como si se hubiera tratado del mismo duque de Lerma,

su señor.

Es de advertir que la vajilla era de plata cincelada.

--¿Qué habrá encontrado mi tío Francisco en la carta de mi tío Pedro que

así se ablanda de repente, y así me trata?--dijo el joven, que había

comprendido lo bastante el carácter de su tío para extrañar aquel

brillante exabrupto--; por darme de comer, mi tío me hubiera enviado un

pote cualquiera, en un plato de Alcorcón; ¡pero esta vajilla! ¡estas

velas de cera perfumada!... ¡estos candeleros de plata!... Vamos, mi

tío tiene sin duda sus razones para adularme, y me adula á costa del

duque de Lerma. ¿En qué vendrá á parar tanto misterio?

Y el joven siguió comiendo y bebiendo gentilmente, porque á los

veinticuatro años los cuidados no quitan el apetito.

CAPÍTULO VI

POR QUÉ EL TÍO DABA DE COMER DE AQUELLA MANERA AL SOBRINO

Ansioso de conocer el contenido de la voluminosa carta de su hermano,

apenas se separó de su sobrino, Francisco Montiño, cuando contra su

costumbre, su vocación y su conciencia, dejó encargado el servicio de la

tercera vianda, de los postres y de los licores y vinos generosos á uno

de sus oficiales de la cocina del rey, que le había acompañado, y se

encerró en un aposentillo semejante á aquel en que había dejado

esperando á su sobrino.

Una vez allí, solo y seguro de toda sorpresa y de toda impertinencia,

sacó de su bolsillo una caja de tafilete, de ella unas antiparras

montadas en plata, se las acomodó en las narices, acercó á sí las dos

bujías, sacó la carta, rompió su nema, desdobló los tres grandes pliegos

de que la carta constaba y los extendió delante de sí.

--Mucho ha escrito mi hermano en una sola noche, para tan enfermo como

dice mi sobrino que se halla--murmuró limpiándose cuidadosamente las

narices--; leamos ahora--añadió después de haber doblado y guardado su

enorme pañuelo blanco.

He aquí la carta, á cuya cabeza había una cruz, y debajo las tres

iniciales de Jesús, María y José.

«Navalcarnero, á 30 de Noviembre del año del Señor de 1610.»

--¡Ah!--dijo Montiño--; ahora comprendo; estamos á 15 de Diciembre; esta

carta ha empezado á escribirse hace quince días, y lo que sin duda hizo

anoche mi pobre hermano, fué concluirla; veamos, veamos.

«Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturas malignas;

hace algún tiempo que tomaron muy mal aspecto, pero no he querido

decírtelo; hoy tengo ya la certidumbre de que estas calenturas acabarán

conmigo en un plazo brevísimo, y por una parte, una solemne promesa que

hice á nuestro hermano Jerónimo cuando murió, y mi conciencia por otra,

me obligan á traspasar á ti un gran secreto de familia.

»El joven que lleva el nombre de Juan Montiño, no es hijo de nuestro

hermano Jerónimo.»

--¡Ah!--exclamó interrumpiendo su lectura el cocinero mayor--; bien dije

yo cuando dije, que había algo encerrado tras la secatura y la brevedad

con que mi hermano me anunció el nacimiento de ese hijo que no es su

hijo. Veamos, veamos, porque yo no sé cómo mi hermano Jerónimo, siendo

quien era, pudo cargar con hijos de otro.

Y volvió á la lectura.

«No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarte que tampoco

lo es de nuestra cuñada Genoveva, porque te consta que si como era

virtuosa y honrada, hubiera sido hermosa, habría sido un prodigio.»

--¡Pero señor!--dijo Montiño deteniéndose de nuevo--¿de quién es hijo

este muchacho?

Y siguió leyendo:

«Figúrate, Francisco, que eres sacerdote, y que cuando lees esta carta,

estás escuchando en confesión á un moribundo; porque yo voy á traspasar

á ti, y con autorización suya, la confesión que me hizo nuestro hermano

Jerónimo hace veinticuatro años.»

Tomó cierta gravedad, después de la lectura del anterior período, el

semblante del cocinero del rey; que el hombre, aun estando solo, toma el

color que le dan los sucesos y las circunstancias.

«Hace diez años, me dijo Jerónimo arrodillado delante de mí, por una

disputa impertinente maté al capitán de la compañía de que era alférez.

No sé si las leyes de Dios me disculparán de aquel homicidio, pero las

del honor me absuelven. Sin embargo, las pragmáticas me condenaban á

muerte y huí. Antes de seis meses, volvía á llevar en otro tercio, como

alférez, la bandera del rey.

«Consistió esto en que cierto señor poderosísimo había interpuesto para

con el rey sus buenos oficios, para con la familia del muerto, sus

doblones, y en que, perdonado por la viuda y por los hijos, é indultado

por su majestad, volvía al goce de mi empleo, como si nada hubiera

acontecido.

»El mismo poderoso señor, que ya había hecho tanto por mi, cuidó de mis

adelantos, y en muy poco tiempo llegué á teniente, á capitán después.

Una bala me había dejado cojo é inútil, y me vine al pueblo, ya con los

inválidos, y seguro de que cuando yo faltase quedaría viudedad á mi

buena Genoveva.

»Yo no podía olvidar, ni dejar de ser agradecido, á quien tantos

beneficios me había hecho.

»Pero ha llegado el momento en que se me pida, si bien de la mejor

manera del mundo, el precio de esos beneficios.

»El magnate á quien tanto debo, ha tenido una aventura amorosa con una

dama muy principal; esta dama es casada, su marido está ausente y ella

se encuentra encinta. Ha venido ocultamente al pueblo, y mi favorecedor

me ha buscado también de una manera oculta. Por amor á lo que naciera,

quiere que no sea un hombre ó una mujer que tenga que avergonzarse de su

origen, y me ha suplicado que puesto que Genoveva y yo no tenemos hijos,

hagamos un fingimiento de embarazo de Genoveva, y demos nuestro nombre

legítimo al hijo de esa dama.

»Después de esta confesión, Jerónimo me pidió consejo como hermano mayor

y como sacerdote.

»Yo, teniendo en cuenta que cuanto Jerónimo era, hasta su vida, lo debía

á aquel personaje, cuyo nombre, decía, no poder revelarme; viendo que no

se le pedía aquel sacrificio, por dinero; que no era posible, atendida

la edad de Genoveva, que pudiera tener hijos á quienes perjudicase acaso

el postizo; siendo además una grandísima obra de caridad el mejorar la

suerte de la criatura que naciera, le aconsejé, es más, le reduje á que

se prestase á aquel engaño, con el cual á nadie perjudicaba ni ofendía;

antes bien, hacía un beneficio inmenso á un desventurado.

»En efecto, cuatro meses después se trasladó de noche, muy tarde y muy

recatadamente, á casa de nuestro hermano, en una litera, una dama

tapada, acompañada de un caballero cuidadosamente encubierto, y algunas

horas después, á obscuras, asistida por una partera, que creía asistir á

Genoveva, dió á luz aquella dama á nuestro pobre Juan.

»A pesar del peligro inminente en que ponía su vida, la dama salió de la

misma manera misteriosa de casa de Jerónimo y desapareció.

»Al tercer día yo mismo bauticé á Juan como hijo legítimo de nuestro

hermano, y aunque todos en el pueblo extrañaban que Genoveva á sus años

hubiese dado á luz un hijo, tuviéronlo á milagro, pero no desconfiaron.

»Pasaron algunos años; Juan crecía hermoso y robusto.

»A los diez años ya sabía gramática, que yo le había enseñado;

trasladaba al romance á Horacio y á Virgilio, y además mostraba gran

afición á las armas.

»Queríale Jerónimo como si hubiese sido realmente su hijo; Genoveva al

morir nos encargó con las lágrimas en los ojos que no le desamparásemos,

y yo fenecía de placer cuando mi rapazuelo corregía, á los padres graves

que solían pasar por el pueblo, el latín corrupto que vomitaban con

tanto exceso cuanta era su ignorancia.»

--De modo que--dijo interrumpiendo de nuevo su lectura Montiño--,

tenemos en nuestro sobrino pegadizo todo un sabio; pues mejor: al duque

de Lerma le gustan los mozos de provecho. ¿Quién sabe?

Y después de meditar un momento sobre esta pregunta que se había hecho

el cocinero del rey, tornó á la lectura:

«El mismo día en que Juan cumplía los doce años, paró delante de la

puerta de nuestra casa un dómine vestido de negro, montado en una mula y

acompañado de un mozo. Preguntó por nuestro hermano, y cuando le hubo

visto le dijo: que era un eclesiástico que se dedicaba á ser ayo de

jóvenes, que un caballero á quien no conocía le había dicho que nuestro

hermano le había encargado de buscar una persona docta y de buenas

costumbres, que acompañase á un hijo suyo, cuidase de él y le asistiese

mientras hacía sus estudios en la Universidad de Alcalá, para cuyo

efecto le mandaba con una carta de recomendación. Guardó silencio

nuestro hermano mientras duró el mensaje, y tomando la carta vió que el

verdadero padre de Juan, aunque con un sentido doble, por el cual aunque

se hubiera perdido aquella carta no se hubiera perdido el secreto, le

suplicaba enviase á Alcalá á hacer los estudios que más le agradasen á

Juan, bajo la vigilancia del bachiller Gil Ponce, hombre de virtud y

conciencia, en quien podía confiarse enteramente. Añadía la carta que no

había que pensar en los gastos, y concluía suplicando encarecidamente á

Jerónimo no se negase á aquella demanda. A aquella carta acompañaba una

maleta, y dentro de la maleta se encontraron ropas para Juan y

doscientos ducados en oro.

»Nuestro hermano no tenía derecho alguno á oponerse, pero sintió

grandemente que su pobreza no le permitiese sufragar los gastos de los

estudios de Juan; á los tres días abrazó llorando á nuestro rapazuelo,

que partió acompañado de su ayo y llevando en el bolsillo algunos

ducados de que nos desprendimos sin dolor Jerónimo y yo, aunque no nos

quedaban otros tantos.

»En cuanto á los doscientos que contenía la maleta, se entregaron

íntegros al señor Gil Ponce.

»Juan volvió por vacaciones.

»Por lo que había aprendido, comprendía que los maestros de Alcalá eran

dignos por su ciencia de la famosa Universidad complutense. En cuanto al

estado de educación y de buenas costumbres en que Juan volvía, comprendí

también que se había tenido un gran acierto en elegir para ayo de un

joven al señor Gil Ponce.

»Este permaneció con nosotros durante las vacaciones, y se volvió con

Juan cuando llegó el tiempo de abrirse de nuevo las aulas.

»Todos los años Jerónimo recibía una maleta llena de ropa y doscientos

ducados. Cuando Juan cumplió los diez y ocho años, acompañaron á la

maleta y al dinero una espada y una daga magníficas, aunque muy

sencillas, como convenía al hijo de un hidalgo pobre.

»Juan cursó en Alcalá letras humanas, teología, derecho civil y

canónico; á los diez y ocho años era bachiller, á los veintiuno

licenciado; montaba á caballo como si á caballo hubiera nacido, y en

cuanto á esgrimir los hierros, vencía á su padre; y aun á mí mismo, que

ya sabes que meto una estocada por el ojo de una aguja, me hacía sudar y

andar listo. Yo le enseñé todo lo que sabía en esgrima, que no es poco,

y estoy seguro de que no hay dos en la corte que le metan un tajo ó que

le alcancen con una estocada.»

--¡Ah! ¡ah!--murmuró Montiño--; también le gustan á su excelencia los

mozos diestros y valientes.

Y siguió leyendo:

«Hace tres años que Juan volvió definitivamente, terminados sus

estudios. Ya hacía dos que, por muerte del señor Gil Ponce, iba solo á

Alcalá. Sin embargo, en esos dos años no se pervirtió, á pesar de andar

entre estudiantes. Ni bebe, ni juega, ni riñe; sólo tiene una afición, y

ésta es muy natural á sus años: es enamorado y audaz con las mujeres.»

Dió un salto sobre su sillón al leer esto Montiño.

--¡Ah! ¡ah! bueno es saberlo--exclamó.

Y siguió la carta adelante:

«Pero ni las mujeres le engañan, ni él procura engañar á la que por

inocente pudiera ser engañada.»

--¡Hum!--interrumpió el cocinero, sin dejar de leer.

«Es un mozo completo, lo que se debe en gran manera á su padre, porque

nosotros, por nuestra pobreza, no hubiéramos podido darle los estudios

que se le han dado, el título que posee y que podrá servirle de mucho.

»Pero la conducta de su padre es hasta cierto punto extraña: sólo ha

atendido á la subsistencia de su hijo mientras ha sido estudiante; pero

después le ha abandonado á si mismo y á nuestra pobreza.

»La circunstancia que hay también extraña es que, siendo lo natural que

para ir á Alcalá desde Navalcarnero se pase por Madrid, siempre, por

expresa prohibición de su padre, ha pasado junto á Madrid, dejándole á

alguna distancia á la izquierda, cuando ha ido á Alcalá.

»El pobre ha vivido ayudando al escaso sueldo de su padre, y á lo poco

que yo gano como sacerdote, dando lecciones de latín, algunas fuera del

pueblo, costándole todos los días un viaje.

»Hace dos años, antes de morir, me dijo nuestro hermano--: No te he

dicho todo lo que sé respecto á Juan; Dios no quiere que yo viva hasta

que cumpla los veinticinco años: para entonces le espera una gran

fortuna.»

--¡Una gran fortuna cuando cumpla los veinticinco años, y nació el día

de San Marcos del año de...! veamos: le quedan pocos meses para

cumplirlos; ¡ah! ¡ah! ¡diablo! ¡una gran fortuna! no hay como ser hijo

secreto de gran señor. ¿Y qué fortuna será ésta? ¡oidor en Indias!

¿quién sabe? ¡secretario del rey! ó lo que es mejor, secretario del

secretario de Estado. ¡Ah! ¡diablo! será necesario estar bien con el

muchacho; ¡eh! ¡eh! veamos, veamos.

«Esta gran fortuna, continuó nuestro hermano Jerónimo, está encerrada en

un cofre que está guardado en aquel armario que no se ha abierto hace

veinticuatro años--. ¿Pero qué contiene ese cofre?--pregunté á

Jerónimo--. No lo sé, contestó; sólo sé que pesa mucho, y que cuando me

le entregaron vi meter en él, como si se hubiesen olvidado, algunos

papeles: aquellos papeles parecían como escrituras.»

Abrió enormemente los ojos Montiño y le pareció que las letras que de

allí en adelante contenía la carta eran de oro.

«Delante de mí el escribano Gabriel Pérez selló el cofre, y pegó sobre

él, de modo que para abrirle es necesario romperle, un testimonio en

que constaba que yo había recibido aquel cofre cerrado el día de San

Marcos de 1586.

»Yo firmé un recibo en que me obligaba á entregar aquel cofre cerrado,

tal cual le había recibido, á la persona cuyo nombre constase en el

recibo, ó á Juan, con facultades de abrirlo, si al devolverme el recibo

se expresaba en él esta circunstancia; yo transmito á ti ese cofre, por

una cláusula de mi testamento que te obliga á cumplir lo que yo no puedo

por mí muerte.

»Después me reveló el nombre del padre de Juan, nombre ilustre, nombre

de uno de los españoles más grandes y más nobles que han honrado á

nuestra patria, nombre que no me atrevo á escribir, porque aunque Juan

me inspira mucha confianza, una carta puede perderse.

»Es necesario, pues, que te pongas inmediatamente en camino. Deja en la

corte á Juan, porque al pobre muchacho le sería muy doloroso verme

morir. No te digas que tú vienes, para que no se empeñe en acompañarte.

»Ven, porque es necesario que ese ilustre nombre que ha guardado

Jerónimo durante veintidós años como un depósito sagrado, que he

guardado yo después de la muerte de nuestro hermano, pase á ti después

de mi muerte.

»Ven, porque sólo á ti diré yo ese nombre, y eso muy bajo por temor de

que lo escuchen las paredes: si cuando vengas he muerto, ese nombre

bajará conmigo á la tumba.

»Como podrá suceder que llegues tarde, porque mi mal se agrava

extraordinariamente de momento en momento, permíteme que respecto á Juan

te dé algunos consejos que podrán aprovecharte.

»No seas miserable ni áspero con Juan: te digo esto, porque te conozco;

has amado á tus hermanos, pero has amado más al dinero; tus hermanos han

sufrido resignadamente su pobreza, porque tus hermanos sabían bien que

si te pedían socorros se los hubieras enviado, pero causándote una

dolorosa herida cada doblón de que te hubieras desprendido; tus hermanos

no han querido hacerte sufrir; perdona á uno de ellos, moribundo, el que

te diga estas palabras y no veas en ellas una queja; sí únicamente

justificar el consejo que voy á darte: sé generoso con Juan; sé franco:

él es sumamente agradecido y leal, y tal persona puede llegar á ser, que

si tú te haces amar de él, sea para ti su amor un tesoro; tienes además,

hermano, un excelente corazón, pero eres receloso, desconfías de todo...

y luego... tu avaricia... Juan es muy generoso y muy delicado. No

desconfíes de él, porque esto le resentiría, y te lo repito, el cariño

de Juan, dentro de muy poco tiempo, puede valerte mucho.

»Allá te le envío pobre de ropa y de bolsillo, pero muy hermoso, muy

valiente, muy noble, casi sabio.

»¡Ah! te advierto, para lo que te pueda convenir, que hace tres años

vino aquí huyendo de ciertas malas aventuras, el docto y regocijado don

Francisco de Quevedo. Conoció á Juan, y se hicieron los más grandes

amigos del mundo. Don Francisco es un hombre que vale mucho, y que podrá

servir de mucho á Juan. Y cuando Quevedo, que es un hombre que estrecha

muy pocas manos de buena fe, distingue y ama y no muerde con su

sangrienta burla á nuestro hijo, mucho debe éste de valer.

»Allá te lo envío: sale de aquí sin un maravedí y sin una camisa. Cuando

llegue á esa, llegará hambriento, cansado, mojado: préstale mesa á que

sentarse, ropa con que mudarse, lecho en que descansar; no le niegues

nada de esto, Francisco; recuerda que tu hermano y yo le hemos amado

como si fuera un hijo de nuestra sangre, y que yo, que nunca te he

pedido nada, te lo suplico desde el borde de mi sepultura.

»Sobre todo ven al instante, porque me siento morir.--Tu hermano que

desea verte un solo momento y expirar en tus brazos,

PEDRO MARTÍNEZ MONTIÑO.»

Enjugóse el cocinero del rey dos lágrimas enormes que le había arrancado

el final de la carta de su hermano, la guardó cuidadosamente en un

bolsillo y se puso á pasear por la pequeña estancia, profundamente

pensativo.

--Sí, sí, es preciso--dijo al fin--; me le ha endosado; prescindiendo de

que llegue á ser ó no ser, yo no puedo... vamos, de ningún modo; un mozo

hermoso, y esto es verdad, que ha sido estudiante, que le gustan

desordenadamente las mujeres, y que puede dar un chirlo al lucero del

alba... no, no... es imposible que yo tenga á este mancebo en mi casa...

mi mujer, mi hija... gracias á que las tengo seguras guardándolas y

cerrando mi puerta á piedra y lodo; y luego no teniéndole en mi casa,

échese vuesa merced el cargo de pagarle un día y otro la posada durante

quince meses; no, señor; será preciso que el duque de Lerma le dé un

oficio... es verdad que cualquier oficio, por pequeño que sea el que me

dé el duque, podría valerme algo, y en estos tiempos... pero del mal el

menos. ¡Ah! me olvidaba de que ha salido sin almorzar de Navalcarnero.

¡Hola! ¡eh!--dijo abriendo la puerta y entrando en la repostería--Gonzalvillo,

hijo, ven acá.

Acercóse un paje.

--Ve á aquel aposento--le dijo--y lleva un servicio de mesa, un pastel

de olla podrida, un capón de leche asado, un besugo cocido, un pastel

hojaldrado, frutas y confituras, y dos botellas de vino de Pinto, á un

hidalgo que se llama Juan Montiño, que es mi sobrino, hijo de mi

hermano: sírvele bien, hijo, sírvele, y guárdate por el servicio las

sobras, que bien podrás sacar de ellas dos reales.

Gonzalvillo se separó de la puerta, y cuando Montiño iba á cerrarla, se

le presentó de repente un hombre.

--¡Eh! ¡esperad, señor Francisco, esperad! ¡pues á fe que me ha costado

poco trabajo llegar aquí para que yo os suelte!

--¡Ah! ¡señor Gabriel! ¿y qué me queréis?--dijo el cocinero del rey, con

mal talante--Entrad, entrad, y decidme lo que me hayáis de decir.

Entró aquel hombre, y Montiño se encerró con él.

CAPÍTULO VII

LOS NEGOCIOS DEL COCINERO DEL REY.--DE CÓMO LA CONDESA DE LEMOS HABÍA

ACERTADO HASTA CIERTO PUNTO AL CALUMNIAR Á LA REINA.

El hombre que acababa de entrar era un hombre característico.

Si la persona que tiene alguna semejanza típica con la fisonomía de

algún animal, tiene las propensiones del animal á quien se parece, aquel

hombre debía tener alma de lobo, pero de lobo viejo y cobarde, que en

sus últimos tiempos hace por la astucia, lo que en su juventud ha hecho

por la fuerza.

Habiendo dicho que la fisonomía de aquel hombre se parecía á la de un

lobo viejo, nos creemos dispensados de una descripción más minuciosa.

Bástanos añadir que aquel hombre en su juventud, debió ser alto y

robusto, que á causa de sus años, que casi rayaban en los sesenta,

estaba encorvado, y que á la expresión feroz que debió brillar en sus

ojos y en su boca, cuando ganaba la vida matando á obscuras y sin dar la

cara, había sustituido una mirada hipócrita y una sonrisa fría y

asquerosa que parecía haberse estereotipado en su boca rasgada.

Aquel hombre, que en otros tiempos había sido rufián y asesino (nosotros

sabemos que lo fué, y basta que lo digamos á nuestros lectores sin que

nos entremetamos á contarles una historia que nada nos interesa), era

hacía ya algunos años ropavejero en la calle de Toledo, y corredor de no

sabemos cuántas honradas industrias.

Conocíale Montiño, y aun le trataba íntimamente, porque el cocinero del

rey era hombre de negocios, y un hombre de negocios suele necesitar de

toda clase de gentes. Pero como el buen Montiño sabía demasiado que el

señor Gabriel Cornejo había sido perseguido por la justicia,

salpimentado más de tres veces por ella, puesto por sus méritos en

exposición pública más de ciento, para ejemplo de la buena gente, y

compañero íntimo de un banco y de un remo durante diez años, guardábase

muy bien, sin duda por modestia, de decir á nadie que conocía á tan

recomendable persona, y mucho más de que le viesen en conversación con

ella.

Por esta razón, Montiño, que tenía suficiente causa para estar

entristecido con la muerte próxima ó acaso consumada de su hermano, y

con la venida de un sobrino putático que se le entraba por las puertas,

sin dinero y sin camisas, acabó de ennegrecerse al ver que el señor

Gabriel Cornejo se arrojaba á buscarle nada menos que en casa del duque

de Lerma, y en medio de una legión de pajes y lacayos, gentes que á todo

el mundo conocen, y que hablan mal de todo el mundo.

--¿Qué cosa puede haber que os disculpe de haberme venido á buscar de

una manera tan pública?--dijo severamente Montiño.

--¡Bah! señor Francisco: nadie tiene nada que decir de mí--contestó

sonriendo de una manera sesgada Cornejo--; si en mis tiempos fuí un

tanto casquivano, y no supe guardar el bulto, ahora todo el mundo me

conoce por hombre de bien y buen cristiano. Y luego, sobre todo, cuando

las cosas son urgentes y apremiantes, es menester aprovechar los

momentos...

--¿Pero qué sucede?

--Suceden muchas cosas: por ejemplo, esta tarde ha estado en mi casa el

tío Manolillo.

--¿Y qué me importa el bufón del rey?

--Despacio y paciencia. Quien escucha oye, y cosas pueden oírse que

valgan mucho dinero.

--Sepamos al fin de qué se trata.

--Ya que de dinero he hablado, se trata de dinero, y de un buen negocio;

de una ganancia de ciento por ciento.

--¡Ah! ¿Y qué tiene que ver con eso el bufón del rey?

--El tío Manolillo ha ido esta tarde á mi casa, se ha encerrado conmigo

ó yo me he encerrado con él, y de buenas á primeras, como hombre de

ingenio y de experiencia, que sabe que todas las palabras que sobran en

una conversación deben callarse, me ha dicho--: ¿Conocéis á un hombre

que quiera matar á otro?

--¡Oh, oh!--exclamó Montiño, abriendo desmesuradamente los ojos.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 6 / 66 段