--¡Por la Virgen! ¡ved que estamos en casa del duque, y que nos escuchan

sus criados!

--¡Pues mejor!

--¿Mejor? no entiendo.

--Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo, llegan verdades

sopladas, y ganan ciento por ciento. Pero volviendo á nosotros, ¡mal

hayan, amén, los versos! se me escapan como el flato. ¡Juro á Dios!...

--¡Guardad, Quevedo!

--Decís bien; no está en mi mano; es ya enfermedad de perro; comezón,

archimanía. ¿Qué buscáis aquí?

--Pretendo...

--¿Lo véis? vos tenéis la culpa.

--¿Yo la culpa?

--Sí por cierto; me buscáis el asonante.

--¡Sois terrible!

--Soy... Quevedo. ¿Habéis acompañado á una dama?

--Sí; ¿quién os lo ha dicho?

--Los enredos son mi sombra; en viniendo yo á la corte, se vienen á mi

los tales á bandadas, y lo que es peor, enrédanme, me sofocan, me traen

de acá para allá, me sudan y me trasudan, y ni con reliquias de santo

que lleve encima, dejan de acometerme. Pero volviendo á vuestra

aventura, «Erase una tapada...

--Tapada era.

--...alta y garrida...

--¡Sí!

--...ancha de hombros, alta de seno, manto á los ojos, y halda hasta el

suelo.»

--¿Conocéisla?

--No, ¿y vos?

--Tampoco.

--¿Pero no habéis reñido por ella?

--Sí.

--¿No habéis vencido?

--Sí.

--¿Y dónde la habéis dejado?

--Se fué sola.

--¿Y no venís aquí por ella?

--¡Ah! ¡no!

--¿Y no habéis vislumbrado quién ella sea?

--La tengo por principal.

--Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de

una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un

quiero. Desconfiad de carta de dueña como de pastel de hostería, y sobre

todo, recibidme por maestro. ¿Dónde vivís?

--No lo sé aún; ¿y vos?

--Yo... vivo aquí.

--¿Acabáis de llegar?

--Ya os lo dije; torno á esta tierra, de un destierro.

--Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fuí á buscar á mi tío á palacio;

llovieron sobre mí aventuras y desventuras, porque esos porteros, á

quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada á mi tío.

--¿Y quién es ese vuestro tío?

--El cocinero de su majestad.

--¡Francisco Martínez Montiño! pues me alegro, ¡hombre sois!

--¡Cómo!

--¡Ahí es nada! ¡con tío en palacio, cocinero de su majestad y

enredador, avaro y celoso! ¡cuando os digo que habéis hecho suerte! ya

veréis; ahora, si os importa ver vuestro tío, seguid á mi lado, ni más

ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza,

fruncido el ceño, y por no dar, que el dar daña, no les deis ni las

buenas noches.

Y Quevedo tiró hacia las escaleras, desde en medio del portal donde

había estado hablando con Juan Montiño.

Al ver acercarse á un caballero del hábito de Santiago, á quien habían

oído hablar mal de su señor, porque Quevedo había levantado la voz para

llamar ladrón al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan

amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinándose, y sin duda

también porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la

capilla parda, no se les ocurrió ni una palabra que decirle.

Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras:

--Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para

salir de algunas, sólo sirve cruz de acero.

--¿Qué decís?--le preguntó Juan Montiño.

--Digo que al entrar aquí, no somos hombres.

--¿Pues qué somos?

--Ratones.

--¿Supongo que mi tío no será el gato?

--No, porque vuestro tío es comadreja.

--¿Dónde vais, caballero?--dijo á Quevedo un criado de escalera arriba.

Quevedo no contestó, y siguió andando.

--¿No oís? ¿dónde vais?--repitió el sirviente.

--¿No lo veis? voy adelante--contestó sin volver siquiera la cabeza

Quevedo.

--Perdonad--dijo el lacayo, que alcanzó á ver en aquel momento la cruz

de Santiago en el ferreruelo de don Francisco.

Entraron en una magnífica antecámara estrellada de luces y llena de

lacayos.

El lujo de aquella antecámara en la casa de un ministro, era

escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del

Giotto; tapicerías flamencas; lámparas admirables; puertas de las

maderas más preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un

tesoro, en fin, invertido en objetos artísticos.

Una antecámara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prólogo que

hacía presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales.

--¡He aquí, he aquí el sumidero de España!--murmuró entre su embozo

Quevedo--; ¡ah don ladrón ministro! ¡ah sanguijuela rabiosa! ¡Tántalo de

oro! ¡chupador eterno! ¡para qué se han hecho los dogales!

Y adelantó.

--Oíd--dijo Quevedo á uno que atravesaba la antecámara, llevando una

fuente vacía.

--¿Qué me mandáis, señor?--contestó deteniéndose el lacayo.

--Llevad á este hidalgo á donde está su tío.

--Perdonad, señor; pero ¿quién es el tío de este hidalgo?

--El cocinero del rey.

--Seguidme--dijo el joven á Quevedo, estrechándole la mano.

--Nos veremos--contestó Quevedo.

--¿Dónde?

--Adiós.

--¿Pero dónde?

--Nos veremos.

Y volviendo la espalda al sobrino de su tío, se embozó en su ferreruelo,

y se fué derecho á un maestresala que cruzaba por la antecámara.

Al ver el maestresala que se le venía encima una figura negra y

embozada, donde todos estaban descubiertos, dió un paso atrás.

--No soy dueña--dijo Quevedo.

--¿Qué queréis?--dijo el maestresala con acento destemplado.

--Decid á su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Gandía.

Dió otro paso atrás el maestresala.

--Mirad--dijo Quevedo ganando aquel paso.

Y mostró al maestresala el sobrescrito de la carta que le había dado la

de Lemos.

--Acabáramos--dijo el maestresala--; con haber dicho que teníais que

entregar á su excelencia en propia mano...

--Esta carta viene sola.

Miró con una creciente extrañeza el maestresala al bulto que tenía

delante, y se entró por una puerta inmediata.

Poco después volvió y dijo á Quevedo:

--Podéis seguirme.

--Sí puedo--dijo don Francisco; y tiró adelante, siguiendo al

maestresala, que después de haber atravesado algunas habitaciones más

suntuosas y mejor alhajadas que las de palacio, abrió con un llavín una

mampara, y dijo á Quevedo:

--Pasad y esperad; mi señor me manda rogaros le perdonéis si tardare.

Y el maestresala cerró la mampara.

--¡Perdonar! veré si perdono--dijo Quevedo adelantando, meditabundo, en

la habitación donde le habían dejado encerrado--; ¡esperar! sí... tal

vez... espero... espero... he entrado con buena suerte en Madrid... y

vamos... sí... yo no creía... me ha puesto de buen humor esta pobre

condesa, y he encontrado á ese noble joven por quien únicamente vengo á

Madrid. ¡Casualidades! una mujer que puede servirme, un joven á quien

tengo el deber de servir, y una carta que no sé lo que contiene, pero

que veré leer; y ver leer, cuando se sabe ver, es lo mismo que leer ó

mejor... ¡pues bien, mejor! y la tapada que ha acompañado ese valiente

Juan... y las estocadas de ese caballero con don Rodrigo Calderón...

¡enredo! ¡enredo! ¡y del enredo dos cabos cogidos! esta misma espera me

ayuda; esperemos, pero esperemos pensando.

Y Quevedo se embozó perfectamente en su ferreruelo, se sentó en un

sillón, apoyó las manos en sus brazos, reclinó la cabeza en su respaldo

y extendió las piernas, después de lo cual quedó inmóvil y en silencio.

CAPÍTULO V

¡SIN DINERO Y SIN CAMISAS!

El lacayo que guiaba á Juan Montiño le llevó por un corredor á una gran

habitación donde, sobre mesas cubiertas de manteles, se veían platos de

vianda.

En aquella habitación se veían además lacayos que iban y venían, entre

los cuales, como un rey entre sus vasallos, se veía un hombrecillo

vestido de negro con un traje nuevo de paño fino de Segovia,

observándose que en las mangas ajustadas de su ropilla faltaban los

puños blancos.

Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, los entregaba á los

lacayos, decíales la manera que habían de tener para llevarlos y

servirlos, y no paraba un momento, yendo de una mesa á la otra con una

actividad febril, con entusiasmo, casi con orgullo, como un general que

manda á sus soldados en un día de batalla.

Aproximándose más á este hombre se notaba: primero, que tenía cincuenta

y más años; segundo, que tenía los cabellos mitad canos, mitad rubio

panocha; tercero, que su fisonomía marcaba á un tiempo el recelo, la

avaricia y la astucia; cuarto, que á pesar de todo esto, había en aquel

semblante esa expresión indudable que revela al hombre de bien; quinto,

que era rígido, minucioso é intransigible con las faltas de sus

dependientes en el desempeño de su oficio; sexto y último, que emanaba

de él cierta conciencia de potestad, de valimiento, de fuerza, que le

daba todo el aspecto de un personaje _sui generis_.

Por lo demás, este hombre tenía la cabeza pequeña, el cuerpo enjuto y

apenas de cuatro pies de altura; el semblante blanco, mate y surcado por

arrugas poco profundas, pero numerosas; la frente cuadrada, las cejas

casi rectas, los ojos pequeños, grises y sumamente móviles; la nariz

afilada; la boca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, el

pelo de la barba, cano, lo que podía notarse en su bigote y su perilla,

porque el resto estaba cuidadosamente afeitado.

A este hombre llegó el lacayo conductor del joven, que había quedado á

poca distancia, y le dijo:

--¡Señor Francisco Montiño!...

--¡En, dejadme en paz!, no os toca á vos--dijo el señor Francisco

tomando una fuente de plata con un capón asado y dándole á otro lacayo.

--Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino...

--¡Mi sobrino!...--dijo el cocinero del rey--; yo no tengo sobrinos;

llevad bien esa ánade, Cristóbal.

--¿Sois vos el señor Francisco Martínez Montiño?--dijo Juan Montiño

adelantando.

--Sí, por cierto, que así me nombro--contestó el cocinero del rey dando

á otro lacayo otro plato, y sin volverse á mirar á quien le hablaba.

--Pues entonces--repuso el joven--sois mi tío carnal, hermano de mi

padre Jerónimo Martínez Montiño.

--¿Eh? ¿qué decís?--repuso el señor Francisco volviéndose ya á mirar á

quien le hablaba.

Y apenas le vió su fisonomía tomó una expresión profundamente reservada.

--¡Diablo!--murmuró de una manera ininteligible--¡y es verdad! ¡y cómo

se parece á!... perdonad un momento... ¡eh! ¡Gonzalvillo! ¡hijo, que

vertéis la salsa de la alcaparra! ¡animales! para esto se necesitan

manos mejores que vuestras manos gallegas. ¿Conque qué decíais?--añadió

volviéndose al joven.

--Digo, que acabo de llegar--dijo Juan Montiño con cierta tiesura,

excitado por el carácter repulsivo de su tío.

--¿Pero de dónde acabáis de llegar?...

--De Navalcarnero.

--¡Ah! ¿y quién os envía?

[imagen: El cocinero de Su Majestad.]

--Pudiera suceder muy bien que hubiera venido sólo por conocer al

hermano menor de mi difunto padre; pero no he venido por eso; vengo

porque me envía mi tío Pedro Martínez Montiño, el arcipreste.

--¡Ah! ¡os envía mi hermano el arcipreste! perdonad, perdonad otra vez;

estos pajes... ¡eh! ¡dejad ahí esas fuentes; son de la tercera vianda,

venid para acá! pero señor, ¿qué hacen esos veedores? ahora tocan las

empanadas de liebre, los platillos á la tudesca y las truchas fritas.

Juan Montiño empezaba á perder la paciencia; su tío interrumpía á cada

paso su diálogo con él para acudir á cualquier nimiedad; se le iba, se

le escapaba de entre las manos, y no le prestaba la mayor atención; pero

si Juan Montiño hubiera podido penetrar en el pensamiento de su tío,

hubiera visto que desde el momento en que había reparado en su

semblante, el cocinero del rey había necesitado de todo su aplomo, de

toda su experiencia cortesana para disimular su turbación.

Consistía esto en que tenía delante de sí un sobrino á quien no conocía,

y del cual en toda su vida sólo había tenido dos noticias dadas de una

manera tal que bastaba para meter en confusiones á otro menos receloso

que el cocinero del rey.

Veinticuatro años antes, cuando el señor Francisco Montiño sólo era

oficial de la cocina de la infanta de Portugal doña Juana, es decir,

cuando se encontraba al principio de su carrera, había recibido de su

hermano Jerónimo la lacónica carta siguiente:

«Hoy día del evangelista San Marcos, ha dado á luz mi mujer un hijo: te

lo aviso para que sepas que tienes un criado á quien mandar.»

Francisco Montiño se quedó como quien ve visiones: sabía que su cuñada

Genoveva era una cincuentona que jamás había tenido hijos y que había

perdido, hacia mucho tiempo, la esperanza de tenerlos; la noticia de

aquel alumbramiento inverosímil, había venido de repente sin que le

hubiese precedido en tiempo oportuno la noticia del embarazo; por otra

parte, la carta en que Jerónimo Montiño se confesaba padre, no podía ser

más seca ni más descarnada.

Francisco Montiño leyó tres veces la carta cada vez más reflexivo, se

encogió al fin de hombros, y dijo, guardando cuidadosamente la carta:

--¿Qué habrá aquí encerrado?

Era necesario contestar, y Francisco Montiño, en su contestación, se

templó al tono de la carta de su hermano:

«He recibido la noticia--le decía--de que tu mujer ha dado á luz una

criatura, y me alegro de ello cuanto tú puedas alegrarte.»

Después, en ninguna de las cartas que se cruzaban periódicamente entre

los dos hermanos, volvió á nombrarse al tal vástago, ni en las potsdatas

que solía poner á las cartas de Jerónimo, Pedro, que entonces era

simplemente beneficiado.

Pasaron así veintidós años: pero al cabo de ellos, Francisco Montiño,

que ya había llegado á la cúspide de su carrera siendo, hacia tiempo,

cocinero de Felipe III, recibió una carta de su hermano Jerónimo

concebida en estos términos:

«Estoy muy enfermo; el médico dice que me muero. Si esto sucede, podrá

suceder que Juan Montiño, mi hijo, vaya á la corte. Algún día podrá

convenirte el que hayas servido á ese muchacho.»

--¿Qué habrá aquí encerrado?--dijo Francisco Montiño después de haber

leído tres veces esta carta, como la otra fechada hacía veintidós años

en el día de San Marcos.

Jerónimo murió al fin; habían pasado dos años sin que el señor Francisco

recibiese noticias de su sobrino, cuando su sobrino se le presentó de

repente como llovido del cielo y portador de una carta de su hermano el

arcipreste; aquella carta podía ser la resolución del misterio, y como

este misterio se había agravado para Montiño desde el momento en que

había creído encontrar en el semblante del joven ciertos rasgos de

semejanza con una alta persona á quien conocía demasiado, sintió una

comezón aguda por apoderarse de aquella carta; pero siempre cauto y

prudente disimuló aquella comezón, afectó la mayor indiferencia hacia su

sobrino, y sólo volvió á anudar el interrumpido diálogo con el joven,

después de haber dado á los pajes dos docenas de platos y seis docenas

de órdenes y advertencias.

--Venid, venid acá, sobrino--dijo ya con menos tiesura, llevándole á un

aposentillo situado cerca de la repostería, en el que se encerraron. He

servido ya la segunda vianda, y hasta que sea necesario servir la

tercera pasará un buen espacio. No extrañéis el que yo os haya prestado

poca atención; con señores como el duque de Lerma, que gozan del favor

de su majestad, hasta el punto de que su majestad se quede un día sin

cocinero, porque su cocinero les sirva, toda diligencia es poca. Me

alegro mucho de conoceros. Sois un gentil mozo, aunque no os parecéis ni

á vuestro padre ni á vuestra madre; mi hermano era así poco más ó menos

como yo, lo que no impedía que fuese un valiente soldado del rey, y mi

cuñada, vuestra madre, fué en sus mocedades un tanto cuanto oronda y

frescota, pero era fea y morena que no había más que pedir; vos sois muy

gentil hombre, blanco y rubio, como si dijéramos, la honra de la

familia, porque ya me estáis viendo y ya sabéis lo que fué vuestro padre

y lo que es vuestro tío Pedro.

--¡Ah!--dijo el joven, á quien desarmó completamente la insidiosa charla

de su tío Francisco--; vuestro pobre hermano, señor, acaso estará en

estos momentos en la presencia de Dios.

Púsose notablemente pálido el señor Francisco, lo que demostraba que

amaba á su hermano.

--¡Cómo!--dijo--. ¿Pues tan enfermo se halla?

--Tan enfermo, que esta mañana, después de haber hecho testamento, me

llamó y me dijo:--Juan, es necesario que te vayas á Madrid en busca de

tu tío Francisco, yo me muero; es necesario que antes de que yo muera

reciba mi hermano esta carta, que he escrito con mucho trabajo esta

noche.--Y sacó de debajo de la almohada esta carta cerrada y sellada que

me entregó.

El joven sacó del bolsillo interior de su ropilla una gruesa carta

cuadrada, en la que fijó una mirada ansiosa, pero rápida, imperceptible,

el cocinero del rey.

--A vos está dirigida esta carta por mi tío moribundo--dijo el joven con

voz conmovida--, y á vos la entrego. Mi buen tío Pedro, á pesar del

deplorable estado en que se encontraba, me encomendó tanto que era

necesario que recibierais cuanto antes esta carta, que ensillé á

Cascabel, creyendo que podría tirar todavía de una jornada, y á duras

penas he podido llegar al obscurecer. ¡El pobre jaco está tan viejo!

--¿Y cuándo salísteis de Navalcarnero, sobrino?

--Antes del amanecer.

--¡Diez horas para cinco leguas!

--Todo lo que había en casa muere; sólo quedamos vos y yo.

--¡Bah! ¡bah!--dijo Montiño guardando en los bolsillos de sus gregüescos

la carta de su hermano--, no nos aflijamos antes de tiempo; vuestro tío

Pedro ha estado dos veces á la muerte, y una de ellas oleado y con el

rostro cubierto.

--Pero á la tercera va la vencida--dijo el joven.

--A la tercera...

Al pronunciar Francisco Montiño estas palabras, tenía el pensamiento en

la carta de su hermano.

--¿Quién sabe? ¿quién sabe?--añadió Montiño--; ya es viejo, como que

nació diez años antes que yo, y he cumplido ya los cincuenta y cinco.

Pero ¿qué le hemos de hacer? ¿Y vos?... ¿qué sois vos?... soldado, ¿eh?

--No, señor; soy licenciado...

--¡Licenciado!... ¡no entiendo!... ¿de qué licencias habláis?...

--He estudiado teología y derecho en la Universidad de Alcalá.

--¡Ah!

--Muchas veces heme dicho: tengo un tío en palacio... bien pudiera mi

tío procurarme un oficio de alcalde ó corregidor.

Fruncióse un tanto el gesto del cocinero del rey.

--Pero no he querido incomodaros--añadió el joven.

--Habéis pensado prudentemente, sobrino, porque me hubiera incomodado

mucho no haber podido serviros.

--Sea como Dios quiera--dijo Juan Montiño.

La conversación había entrado en un terreno sumamente escabroso para el

cocinero mayor.

--Sobrino--le dijo--, me es forzoso dejaros; ya es tiempo de servir la

tercera vianda. ¿Dónde tenéis vuestra posada, á fin de que yo pueda

veros?

--En ninguna parte, señor.

--¡Cómo! ¿pues dónde habéis dejado vuestro caballo?

--En las caballerizas de su majestad.

--¡Diablo!

--Y contaba también con vivir en palacio, puesto que vos vivís en él.

--¡En mi cuarto!-exclamó todo hosco el señor Francisco--; ¡con una hija

de diez y seis años, y una esposa de veinte, y vos joven!... ¡exponerme

á las murmuraciones! no puede ser; buscad una posada.

--Es el caso, que no he traído dinero.

-¿Pero cómo os ha enviado así mi hermano? ¡vamos! las gentes de los

pueblos se creen que Madrid es las Indias.

--Vuestro pobre hermano, señor, aunque nada os haya dicho, vive en la

miseria, atenido á la limosna de tal cual misa, y á lo poco que yo gano

enseñando latín. Pero en la enfermedad de mi tío se han ido nuestros

últimos maravedises; ni aun maleta he podido traer... porque... toda mi

hacienda la llevo encima.

--¡Diablo! ¡Diablo! pero vos os volveréis al pueblo.

--¿Y qué he de hacer allí después de muerto mi tío, por quien únicamente

permanecía en el pueblo?

--De modo, que...

--Aquí me estaré.

--¡Y os venís así á la corte, sin dinero... y aun sin camisas!

--Tío, enseñando latín se gana muy poco.

--Pero ese caballo... vendiéndolo...

--¡_Cascabel_! En primer lugar, que yo quiero mucho á _Cascabel_, porque

desde su juventud, que es ya remota, ha servido buena y lealmente á mi

padre; en segundo, que no habría nadie que diese un ducado por

_Cascabel_, porque ni el pellejo aprovecha.

--¡Diablo! ¡diablo! ¡diablo!--murmuró Francisco Montiño--; pues bien,

esperadme aquí, y después... después veremos cómo podemos salir de este

compromiso en que me habéis metido vos y mi hermano Pedro.

Y diciendo esto escapó, dejando solo al joven.

A los veinticuatro años se piensa poco en las necesidades materiales ni

en el porvenir: el porvenir es de la juventud; á los veinticuatro anos

sólo se tiene corazón; Juan Montiño estaba profundamente preocupado con

el doble recuerdo de la dama de palacio y de la tapada, que le había

metido en un lance de armas, que se le había escapado, y que se había

dejado dos prendas, una voluntariamente, otra, como quien dice, robada.

Juan no había tenido ocasión de ver aquellas prendas, que pesaban en su

bolsillo, y que representaban para él todo un mundo de esperanzas; pero

cuando se encontró sólo, arrastró la silla en que estaba sentado, se

volvió de espaldas á la puerta para cubrir con su cuerpo las alhajas de

la vista de alguno que pudiese entrar de repente, y sacó aquellas joyas.

Por el momento le deslumbró el brillo del brazalete; estaba cuajado de

diamantes; su valor debía subir á muchos miles de reales; Juan Montiño

se aterró.

--¡Oh! ¿qué es esto, señor? ¿qué es esto?--dijo--; ¿qué dama es esa que

tan ricas, tan magníficas joyas usa? ¿y dónde iba esa dama tan

engalanada? ¡oh, Dios mío! ¡y qué pensará de mi esa dama! ¡si al echar

de menos esta prenda me tomase por un ladrón!...

La frente del joven se cubrió de sudor frió y se sintió malo.

--Pero si estos diamantes fueran falsos... puede ser muy bien... si no

lo fueran esa dama debía ser... veamos; examinemos bien esta alhaja.

Y Juan Montiño miró de nuevo y de una manera ansiosa el brazalete.

Entonces la sangre se heló en sus venas, pasando instantáneamente del

frío á la fiebre, como si su sangre se hubiera convertido en la lava de

un volcán. Sintió un zumbido sordo en sus oídos, y delante de sus ojos

una nube turbia que los empañaba. Había visto en el centro del brazalete

una placa de oro, y sobre ella, esmaltadas y entrelazadas, las armas

reales de España y las imperiales de Austria.

Aquella prenda era efectivamente de gran valor; pertenecía, á no

dudarlo, á las alhajas de la corona.

Al reparar en aquellos dos blasones, una sospecha tremenda asaltó la

imaginación de Juan Montiño:

--¿Sería la tapada que se amparó de mí la reina?

Juan Montiño había oído hablar muchas veces á Quevedo, tres años antes,

en ocasión en que andaba huído en Navalcarnero, por cierta muerte que

había causado en riña, muchas y picantes aventuras acontecidas en la

corte: sabía que la corrupción de las costumbres había llegado en ella

al último límite, que las damas más principales solían verse muchas

veces, á consecuencia de sus galanteos y de sus intrigas, en situaciones

extraordinariamente extrañas y comprometidas; ¡pero la reina!... la

lengua de Quevedo, que nada respetaba, había respetado siempre á las

damas de la familia real; acaso el gran mordedor, el gran satírico,

había guardado silencio por consideración, por afecto, por un galante

respeto, acerca de la reina y de las infantas... pero...

Estos _peros_ habían hecho una devanadera de la cabeza de Juan Montiño.

No podía tener duda de que aquel brazalete era una prenda real, que

había quedado por un acaso en su mano, al desasir de ella violentamente

su brazo la tapada; ¿por qué la tapada llevaba aquel brazalete si no era

la reina? y si era la reina, ¿por qué le había dejado voluntariamente

otra prenda, la sortija?

El joven examinó la sortija.

Era de oro con una esmeralda, y muy bella, pero no podía ni remotamente

compararse su valor con el del brazalete. No importaba; la reina podía

llevar por capricho aquella sortija: la mano de la dama tapada, estaba

cuajada de ellas; Juan Montiño lo recordaba; había visto un momento

aquella hermosa mano arreglando el manto, á la última luz del

crepúsculo. ¿Había elegido con intención la dama, entre todas sus

sortijas, para dejarle una señal, la que tenía una esmeralda como en

representación de una esperanza?

Juan Montiño se volvía loco.

Sumido se hallaba en una confusión de pensamientos á cual más

descabellados, cuando una voz que resonó á sus espaldas le hizo guardar

apresuradamente el brazalete y la sortija.

--¡Señor Juan Montiño!--había dicho aquella voz.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 5 / 66 段