--De ningún modo; si vos no queréis descubriros, vuestro padre no os
pedirá que os descubráis, y podéis haceros desconocer de él y salir sin
hablar una palabra, tan encubierta como habéis entrado. Pero en cambio,
vos, á quien únicamente interesa este negocio, estaréis segura de que la
carta ha ido á dar en las manos de vuestro padre.
--¡Iré!--dijo con resolución la de Lemos, después de un momento de
silencio.
--Pues si habéis de ir, que sea al punto.
--Sí, sí; os agradezco en el alma lo que por mí hacéis, y voy á mandar
que pongan una litera.
--Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan
conoceros.
--¡Oh, por supuesto! Adiós, doña Juana; adiós, y hasta después.
--Id con Dios, doña Catalina. Y... oíd: hacedme la merced de decir á
doña Beatriz de Zúñiga que entre.
--No quiere quedarse sola--murmuró la joven saliendo--; ¿qué misterio
será éste?
Y llegando en la antecámara á una hermosa joven que, acompañada de otras
tres reía y charlaba, la dijo:
--Doña Beatriz, la señora camarera mayor, os llama.
La joven compuso su semblante dándole cierto aire de gravedad, y entró
en la cámara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abría la puerta
de la antecámara y desembocaba por la portería de damas.
CAPÍTULO III
EN QUE SE DEMUESTRA LO PERJUDICIALES QUE SON LOS LUGARES OBSCUROS EN LOS
PALACIOS REALES
La condesa de Lemos atravesó en paso lento, recibiendo los respetuosos
saludos de ujieres y maestresalas, algunas galerías y habitaciones.
Lo lento del paso de la condesa, consistía en que iba abismada en
profundas cavilaciones.
--Me he visto obligada--pensaba--á inventar lo de los jardines de
Balsaín, y á calumniar á la reina para procurarme una venganza segura
contra el miserable don Rodrigo. La buena de doña Juana de Velasco, vale
de oro todo lo que pesa; en hablándola de mi padre, no sabe ser suya: es
mucho lo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirve la duquesa
á su excelencia, y ha tragado el anzuelo... hasta el cabo... ¡lindezas
dirá esta carta! El pensamiento ha sido diabólico... pero yo necesitaba
vengarme... á conspirador, conspirador y medio, y salgan allá por donde
puedan. ¡Ah! ¡Ah! estoy orgullosa de mí misma, y creo que si yo me
dedicara á la intriga, sería... todo lo que quisiera ser.
Y la condesa, respondiendo á su pensamiento, satisfecha de su diablura,
soltó una alegre carcajada.
Por fortuna, nadie había en la galería por donde atravesaba.
--Ahora--dijo para sí la condesa, continuando en su marcha y en su
pensamiento--es necesario que esta carta llegue á manos de mi padre, sin
que la lleve yo... ¡bah! renuncio á mi venganza á trueque de que mi
padre y señor pudiera reconocerme; preferiría irme á él con la cara
descubierta, y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre, que
deja estar en su destierro á su sobrino, mi señor esposo, por no
disgustar á su servicialísimo don Rodrigo, sería capaz de desairar á su
hija y de no creerla, porque su muy querido don Rodrigo no se
disgustase. Ahora, haciéndole sospechar que don Rodrigo le engaña, que
le hace traición, su excelencia, que es tan receloso, que en todas
partes ve peligros, perderá de seguro á su muy amado confidente. ¿Quién
os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo? ¡Bien empleado os
estará todo lo que os suceda, y en vano os devaneréis los sesos para
saber de dónde ha venido el golpe!
La joven sonrió satisfecha de su pensamiento.
--Doña Clara Soldevilla estará en la sala de las Meninas; acaso ella,
que es valiente, que por nada se detiene, que aborrece de muerte á don
Rodrigo Calderón, llevará con placer esta carta á mi padre, en cuanto
sepa que esta carta puede hacer daño á don Rodrigo. Es necesario
inventar otra historia para engañar á doña Clara, aunque es necesario
que sea más ingeniosa que la que he contado á la camarera mayor, porque
doña Clara tiene mucho ingenio. Y bien--dijo dándose un golpe en la
frente--: ya tengo la historia. Utilicemos el ruidoso asunto de los
amores del príncipe don Felipe con la querida de don Rodrigo; eso es,
adelante.
La condesa entró en una cámara solitaria y llamó.
Presentósela inmediatamente una venerable dueña.
--¿Qué me manda vuecencia?--dijo aquella ruina con tocas.
--Decid á doña Clara Soldevilla que venga.
--Doña Clara no está en el cuarto de las Meninas, señora--dijo la dueña.
--¿No está acaso de servicio?
--No, señora; está en su cuarto enferma.
--¡Ah! ¿está enferma?--exclamó la condesa con un despecho, que la dueña
tomó por interés.
--Afortunadamente, señora, la indisposición de doña Clara es un ligero
resfriado.
--Me alegro mucho: me habíais dado un susto. ¿Y dónde tiene su cuarto
doña Clara?
--Vive sola con una dueña y una doncella, más allá de la galería de los
Infantes; si vuecencia quiere que la guíe...
--No; no me es urgente ver á doña Clara; la veré mañana. ¿Conque decís
que vive...
--En la crujía obscura que está más allá de la galería de los Infantes,
en el número 10. Además, la puerta está pintada de verde.
--Muy bien, gracias; retiráos.
--La dueña hizo una cumplidísima reverencia, y se retiró, casi sin
volver la espalda á la condesa, que, en el momento en que se vió sola,
tomó una bujía de sobre una mesa, y abriendo una puerta de servicio, se
encontró en un estrecho corredor, pasado el cual, entró en una ancha
galería, medio alumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, á
excepción de un centinela tudesco, que se paseaba gravemente en la
galería y que, al ver á la condesa, se detuvo y al pasar ella por
delante de él, dió un golpe con el cuento de la alabarda en el suelo, á
cuyo saludo contestó la joven con una ligera inclinación de cabeza.
La condesa se perdió por una pequeña puerta al fondo.
La galería que acababa de atravesar era la de los Infantes; el lugar en
que había entrado, era una galería densamente lóbrega, en la cual
resonaban los pasos de la condesa de una manera sonora.
La de Lemos iba ceñida á la pared del lado izquierdo, con la bujía
levantada, mirando los números pintados sobre las puertas, y ya había
recorrido un gran espacio sin encontrar el número 10, ni la puerta
verde, cuando oyó al fondo de la galería ruido de pasos lentos y
marcados, como los de un hombre que anda pesadamente y con dificultad.
Miró la de Lemos al lugar de donde provenía el ruido, y sólo vió la área
luminosa de la linterna.
El que la llevaba estaba envuelto en la sombra.
La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera querido que nadie la
viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta.
El de la linterna se detuvo también.
--¿Quién va?--dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente
sarcástico; esto es: con un acento que parecía estar acostumbrado de tal
modo á expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase más
indiferente.
--¡Ah! ¡Dios mío! ¿si será? ¡pero no! ¡no puede ser! ¡si estaba preso!
¿Quién va?--añadió con interés la condesa.
--¡Ah!--dijo el hombre--; yo soy, Diógenes trasegado, que anda en busca
de un hombre y no le hallo.
--Y yo soy una dama andante, que busca á una mujer y no la encuentra.
Acercábanse entretanto los dos interlocutores.
--Pero hallo una mujer--dijo el de la linterna--, lo que no es poco, y
me doy por bien hallado.
--Y yo--dijo la condesa con afecto--encuentro un hombre, y me doy por
satisfecha.
--¡Ah! ¡doña Catalina!
--¡Ah! ¡don Francisco!
A este punto, don Francisco y doña Catalina estaban á muy poca distancia
el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la bujía y
de la linterna.
Era don Francisco un hombre como de treinta años, de menos que mediana
estatura, y más desaliñadamente vestido que lo que convenía á un
caballero del hábito de Santiago, cuya cruz roja mostraba sobre el
ferreruelo. Tenía la actitud valiente del hombre que nada teme y se
atreve á todo; mostraba los cabellos un tanto más largos que como se
llevaban en aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida;
la ceja negra y poblada, y al través del vidrio verdoso de unas anchas
antiparras montadas en asta negra, dejaba ver dos grandes ojos negros,
de mirada fija, chispeante, burlona y grave á un tiempo, inteligente,
altiva, picaresca, desvergonzada, escudriñadora: mirada que se reía,
mirada que suspiraba, mirada _pandæmonium_, si se nos permite esta
frase, á cuyo contacto se encogía el alma de quien era mirado por ella,
temorosa de ser adivinada ó de ser lastimada; aquellos dos ojos estaban
divididos por una nariz aguileña de no escaso volumen, y bajo aquella
nariz y un poblado bigote, y sobre una no menos poblada pera, sonreía
una boca en que parecía estereotipada una sonrisa burlona, pero con la
burla de un sarcasmo doloroso.
Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas, gran filósofo, gran
teólogo, gran humanista, gran poeta, gran político, gran conspirador,
caballero del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad,
epigrama viviente, desvergüenza ambulante, gran bufón de su siglo, que
acogía con carcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba á la
cara.
Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos con deleite,
perdonándole su cinismo, su escepticismo, su desvergüenza; ese grande
ingenio á quien amamos, por lo que nos entretiene y por lo que nos
enseña; ese hombre, á quien acaso ennoblecemos, ó á quien no
comprendemos tal vez; esa colosal figura, colocada la mitad en luz y la
mitad en sombra.
--¿Vos por aquí, don Francisco?--dijo la condesa sin disimular su
alegría, alegría semejante á la de quien de una manera inesperada tiene
un buen encuentro.
[imagen:--¡Ah, doña Catalina!--¡Ah, don Francisco!]
--San Marcos llora; allá le dejo entregado á su viudez, y á los
canónigos escandalizados de que Lerma se haya atrevido á tanto: allá se
quedan llorando, porque ya no tienen quien les haga llorar... de risa, y
yo me vengo aturdido á la corte, porque ya no tengo al lado, en un
consorcio infame, á quien me hacía reir de... rabia.
--¡Siempre tan desesperado!--dijo con acento conmovido la joven.
--¡Y siempre vos tan buena!--dijo Quevedo, á cuyos ojos asomó una
lágrima-; ¡tan buena!... ¡tan hermosa y tan desgraciada!--pero cambiando
repentinamente de tono, dijo:--¿conque el rey que os casó mal, os ha
desmaridado bien?
--¡Cómo! ¿sabéis?...
--Sé que por meterse en oficios de dueña, y por el pecado de torpe, anda
por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi señor.
--¡Pero vos lo sabéis todo!¡acabáis de llegar!...
--Súpelo en San Marcos, y fué un día grande para mí; el único de
grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte
á vuestro marido, y á mí me permitía venir á enterrarme en ella, ó mejor
dicho, á enojarme.
--¡A enojaros!
--Sí por cierto, á enojarme en vuestros ojos.
--¡Ah, don Francisco!, el amor debía tener un decálogo.
--¡Torpe soy!
--¿Vos torpe?
--¡Si no os entiendo!, á no ser que el decálogo del amor empezase de
esta manera: el primero, amar á la condesa de Lemos sobre todas las
cosas.
--Bien decís que sois torpe; el decálogo del amor debía decir: el
segundo no galantear en vano.
--Porque sé que en vanísimo enamoro, digo que viniendo á la corte, me
entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie
pise mi alma en su sepultura.
--Acabaréis por enfadarme, don Francisco--dijo con seriedad la condesa.
--¿Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? ¿nublaros cuando yo amanezco?
--¿Es decir, que os alegráis de mi abandono?
--¡Alégrome de vuestra resurrección!
--Es que yo no me he muerto.
--Os enterraron en el matrimonio, poniéndoos por mortaja al conde de
Lemos. ¿Cómo queréis que no me alegre, cuando os desamortajan y os
desentierran? ¿Cómo queréis que no exclame?
Conde que te has condenado,
porque pecar no has sabido:
bien casado, mal marido,
¡guárdete Dios, desterrado!
--¡Sois terrible!--exclamó riendo la condesa.
--Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San
Marcos, que aún me duran las ansias; donde piso, dejo sátiras; de donde
escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas.
Pero prometo, á fe de Quevedo, no volver á hablaros sino en lisa prosa
castellana.
--¿Sin jugar del vocablo?
--Lo otorgo.
--¿Ni del concepto?
--No me atrevo á jurarlo, porque me tenéis tan presa el alma y os teme
tanto, que no sabe por dónde escaparse.
--Siempre que no me habléis de amor... ya sabéis donde vivo.
--Me aprovecharé de vuestra buena oferta, y me contentaré con adoraros
en éxtasis.
--Es que yo no quiero veros idólatra. Pero dejando esta conversación,
que os lo aseguro, me disgusta, ¿á dónde íbais por aquí?
--Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, y voy á buscarle á
casa del duque de Lerma, vuestro padre, donde según dicen le habré
hallado.
--¿Vais á casa de mi padre?
--No, por cierto, voy á buscar al cocinero de su majestad.
--¿Qué, se encuentra en casa de mi padre?
--Allí está prestado.
--¿Queréis hacerme un favor, don Francisco?
--¿No sabéis que podéis mandarme?
--Pues bien: os mando que llevéis esta carta á donde ese sobrescrito
dice.
--«Al duque de Lerma, en propia mano»--dijo Quevedo.
Y se quedó profundamente pensativo.
--¡Sé que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio!
Pero...
--¿Me lo pagaréis?...
--Os lo... agradeceré en el alma.
--¡Iré!--dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolución.
--¿Y no queréis saber el contenido de esta carta?
--Me importa poco.
--Podrá suceder...
--Me importa menos.
--Adiós--dijo precipitadamente la condesa.
--¿Por qué?...
--Suenan pasos, y se ven luces--dijo la de Lemos--. Si nos encontraran
aquí juntos...
Quevedo apagó la luz de la condesa de un soplo, y luego sopló su
linterna.
--¿Qué hacéis?--dijo la condesa, que se sintió asida por la cintura y
levantada en alto.
--Desvanecerme con vos á fin de que no nos vean.
--Soltad, ó grito.
--Pueden conoceros por la voz.
--¡Traen luces y nos verán!
--Allí hay unas escaleras.
Y luego se oyó el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la
galería.
Luego no se oyó nada, sino los pasos de algunos soldados que iban á
hacer el relevo de los centinelas.
Uno de ellos llevaba una linterna.
--¿Qué es esto?--dijo el sargento tropezando en un objeto--un candelero
de plata con una bujía.
--Y una linterna de hierro.
--Las acaban de apagar.
--Cuando entramos había aquí una dama y un caballero.
--Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. En palacio y en la
inquisición, chitón.
Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamente la galería.
Poco después se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo.
--Buscad mi candelero--dijo con la voz conmovida la de Lemos.
--Y mi linterna--contestó con un acento singular Quevedo.
--Ved que ésta es mi mano--dijo la condesa.
--No creía que estuviéseis tan cerca de mí.
--¡Ah! ya he dado con él.
--Ya he dado con ella.
--¡Adiós, don Francisco! mañana me encontraréis todo el día en mi casa.
--¡Adiós, doña Catalina! mañana iré á veros... si no me encierran.
--¡Adiós!
--¡Adiós!
--¡Oh, Dios mío!--murmuró la condesa alejándose entre las tinieblas--,
creo que no me pesa de haberle encontrado. ¿Amaré yo á Quevedo?
Entre tanto, Quevedo, adelantando en dirección opuesta, murmuraba:
--Capítulo VI. De cómo no hay virtud estando obscuro.
Poco después extinguióse de una parte el crujir de la falda de la
condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo.
CAPÍTULO IV
ENREDO SOBRE MARAÑA
Quevedo salió del alcázar, se puso en demanda de la casa del duque de
Lerma y se entró desenfadadamente en un destartalado zaguán, cuya puerta
estaba abierta de par en par.
Aquel zaguán, hijo genuino del siglo XVI, á pesar de su irregularidad,
de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamente pintadas de rojo y
blanco imitando fábrica, no dejaba de ser suntuoso y característico,
como representante de la época de transición llamada del Renacimiento.
Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en sus vanos, sostenido
sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete, así como una escalera
de mármol con rica balaustrada del género gótico florido, parecían
demandar otras paredes y otro pavimento, menos pobres, menos rudos; un
enorme farol colgado del centro del techo, otro farol más pequeño
pendiente de un pescante de hierro y que compartía su luz entre un nicho
en que había un Ecce-homo de madera, de no mala ejecución, y un enorme
escudo de armas tallado y pintado en madera; seis hachas de cera,
sujetas á ambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farol
pendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eran las luces
que iluminaban el zaguán, y dejaban ver las gentes que en él había.
Eran éstas dos lacayos aristocráticamente vestidos con una especie de
dalmática ó balandrán negro, con bandas diagonales amarillas, color y
emblema de la casa Sandoval; un hombre vestido de camino, rebozado en
una capilla parda, que estaba sentado en un largo poyo de piedra que
corría á lo largo de la pared en que se notaban la imagen y el escudo de
armas, y una especie de matón que echado de espaldas contra una de las
pilastras de la puerta, dejaba ver bajo el ala de su sombrero gacho, un
semblante nada simpático, y nada á propósito para inspirar confianza.
Los dos lacayos ó porteros se paseaban á la ancho del zaguán, apareados,
hablando de una manera tendida, y riendo con una insolencia lacayuna; el
joven embozado del poyo, miraba de una manera hosca á los porteros, y el
matón de la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilante en el
de la capilla parda, locutario del poyo.
Al entrar en el zaguán, Quevedo, que cuando iba á ciertos lugares,
especialmente para entrar en ellos no desatendía ninguna circunstancia,
y todo lo abrazaba de una mirada rápida, oculta, hasta cierto punto, por
el verdoso vidrio de sus antiparras, se detuvo de repente junto al
hombre que estaba en la puerta, le dió frente y le dijo encarándosele:
--¿Cómo tu aquí?
Afirmóse sobre sus plantas aquel hombre, y clavó sus ojos en Quevedo.
--¡Ah! ¡es vuesa merced!
--Yo te daba ahorcado.
--Y yo á vuesa merced desterrado.
--Pues encuéntrome en mi tierra.
--Y yo sobre mis canillas.
--¡Gran milagro!
--Sirvo á buen amo.
--¿A su excelencia?...
--Decís bien: porque sirvo á don Rodrigo Calderón...
--¡Criado del duque de Lerma!¿conque eres?...
--Medio lacayo...
--Medio requiem...
--Decís bien.
--¿Quién agoniza por aquí?
Lanzó el matón una rápida mirada de soslayo al hombre que estaba en el
poyo.
--¡Ah!--dijo Quevedo siguiendo también de soslayo aquella mirada--. ¿Y
quién es él?
--¡Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, también debo mucho á
don Rodrigo y...
Sonó Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matón cambió de tono.
--¿Pero qué importa á vuesa merced?... ¿no ha perdido vuesa merced la
afición á saberlo todo?
--Ven acá, Francisco; ven acá, á lo obscuro, hijo, que en ninguna parte
se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor
dinero quien, como tú, gastas vergüenza, que á obscuras. Ven acá, te
digo, y si quieres embuchar, desembucha.
Siguió aquel hombre á Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de
nadie pudieron ser vistos ni oídos, dijo Quevedo:
--El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa mía.
--¡Ah!¿es cosa vuestra... ese mancebo?... ¿pero cómo le ha conocido
vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos?
--Ver claro cuando está obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas
necesarias á todo buen hidalgo cortesano; y más en estos tiempos en que
es tan fácil á medio rodeo dar con la torre de Segovia; ¡hermano Juara,
vomita!
--No me atrevo: don Rodrigo...
--Ni acuña mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que
yo llevo.
--¡Pero don Francisco!
--O al son de mi bolsa cantas, ó si te empeñas en callar, hablan de ti
mañana en la villa. Conque hijo, ¿qué quiere don Rodrigo con mi
pariente?
--¿Vuestro pariente es ese mozo?
--Archinieto de una archiabuela mía, que era tan noble persona que más
arriba que el suyo no hay linaje que se conozca.
--¿Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco?
--Por mi hábito te prometo que nadie ha de saber el mal conocimiento que
tengo contigo. Desembucha, que ya es tarde y hace frío, y no es justo
que me hagas ayudarte tanto á ganar un doblón de á cuatro; y el tal
doblón es de los buenos del emperador, que anduvieron escondidos por no
tratar con herejes.
Y Quevedo sonó otra vez su bolsillo.
--El cuento es muy corto. Figuráos que yo, por orden de don Rodrigo,
estoy desde el obscurecer acechando á los que salen del alcázar por la
puerta de las Meninas.
--Palaciega historia tenemos.
--Figuráos que poco después baja una dama por las escalerillas de las
Meninas, y se mete en una litera.
--¿Dama y tapada?
--Sí, señor.
¿Estás seguro que no era dueña?
--Andaba erguida y transcendía á hermosa.
--Buen olor tiene tu cuento. ¿Y quién era ella?
--No lo sé; don Rodrigo me había dicho solamente: si sale de palacio una
dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto á los
ojos, y halda hasta el suelo, sigue á esa dama.
--He aquí unas señas capaces de volver el seso á Orlando Furioso.
¿Seguiste á la dama?
--Iba á hacerlo cuando llegó don Rodrigo.--¿Ha salido? me preguntó.--Sí,
señor.--¿En litera?--Sí, señor.--¿Por dónde va?--Por aquella calleja se
ha metido.--Don Rodrigo tira adelante y yo detrás de él; henos aquí
metidos en una aventura. Llovía...
--Aventura completa.
--Estaba obscuro.
--Mejor aventura.
--Paró la litera, y salió la dama.
--¿Entróse dónde?
--Siguió adelante.
--¡Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que
encanta.
--Pero de repente, al volver una esquina, hétenos á la tapada asida de
un embozado.
--¿Lluvia y tinieblas? ¿tapada y embozado?... buscona adobada y pollo
que miente gallo.
--Más alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara, lance tenemos;
estocadas barrunto. Espada de gavilanes traigo y daga de ganchos. No se
trata de que me ayudes... ¡para un hombre otro hombre!
--¡Aventura con milagro!
--¿Qué milagro hay hasta ahora?
--Que don Rodrigo Calderón no vea más que un hombre, cuando tiene
delante un enemigo.
--Don Rodrigo es valiente...
--Pero más valido. Y en cuanto á valor no niego que es mucho el
valimiento del tal, como que de todo se vale para valerse: ¡válame Dios
con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y ten presente de no mentir. ¿Qué hubo
al cabo?
--Hubo que don Rodrigo me dijo--: No conozco á quien la acompaña;
persona debe ser cuando tan tirado platican y tan despacio caminan.
Podrá suceder que cuando llegue el caso ese hombre me venza. Anda y
busca una ronda, Juara.
--¿Y hubo lance?
--Lance hubo.
--¿Hubo sangre?
--Hubo un desarme...
--¿Quién mandó?
--El embozado del portal.
--¡Ah! Pues no sabía yo que tenía tan buen pariente.
--Llegué con la ronda, pero tarde: seguí á ese embozado de orden de don
Rodrigo, metióse aquí, pretendió pasar de las escaleras, sin
conseguirlo, y hace una hora que él está allí sentado, y que yo le estoy
dando centinela.
--Por el cuento--dijo Quevedo, sacando una moneda del bolsillo--; porque
pierdas la memoria--y sacó del bolsillo otra moneda.
--¿La memoria de qué?--dijo Juara.
--De que me has visto en tu vida.
Y sin decir más, rebozóse y se entró gentilmente por el zaguán.
Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le miró fijamente.
--Mucho os tapáis--le dijo.
--Hace frío--contestó el otro con mal talante.
--Quien por damas se enzaguana--dijo don Francisco--, ó es tonto ó
merece serlo.
--Yo os conozco, ¡vive Dios!--dijo el de la capilla poniéndose de pie y
dejando caer el embozo.
--¡Mi buen Juan!--exclamó con alegría Quevedo.
--¡Mi buen Quevedo!--exclamó con no menos alegría Juan Montiño, que él
era.
-Diez años me dais de vida; ¡apretad! ¡apretad recio!
--¡Que me place! ¡siempre el mismo!
--No tal; contempladme espectro.
--¡Vos espectro!
--Quedé pobre.
--¡Pobre vos!
--Y... vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hay un mundo de
por medio. En prisiones me han tenido, y hoy á la corte me vuelvo á ser
pelota de tontos y pasadizo de enredos.
--Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al más topo cuando
queréis, sois el mismísimo Quevedo de hace tres años; cinco minutos lo
menos hemos estado hablando en romance.
--¡Ah! sí, tenéis razón; sudo para hablar en prosa, ni más ni menos que
le acontece á Montalván cuando quiere hablar en verso, ó como al duque
de Lerma cuando no encuentra cosa á qué echar el guante.