--Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bien haya el que me ha

mostrado el camino; pero ¿quién será?¿El padre Aliaga?¡Bah! el padre

Aliaga no se anda conmigo con misterios... ¿quién será?¿Quién será?

Abrióse la puerta por donde había entrado poco antes la duquesa, y el

rey se calló.

Adelantó doña Juana, pero pálida y convulsa.

--¿Qué tenéis, duquesa?--dijo el rey, que no pudo menos de notar la

turbación de la camarera mayor.

--Tengo... señor... que vuestra majestad va á creer que no quiero

obedecerle.

--¡Cómo!

--Me es imposible anunciar á vuestra majestad.

--¡Imposible!

--Sí; sí, señor, imposible de todo punto.

--Pero y ¿por qué?...

--Porque... porque su majestad no está sola.

--¿Que no está sola la reina? ¡Otra desgracia!... ¿Pero quién está con

la reina?

--Está... esa doña Clara Soldevilla; esa menina á quien tanto quiere, á

quien tanto favorece, de la cual apenas se separa la reina mi señora...

esa mujer á quien no ha sido posible arrancar del lado de su majestad.

--¡Doña Clara Soldevilla!--dijo el rey palideciendo más de lo que

estaba--; ¿será necesario...?

--Sí; sí, señor; será necesario expulsarla á todo trance de palacio...

es... perdone vuestra majestad... una intriganta... una enemiga á

muerte del duque de Lerma, de ese grande hombre, del mejor vasallo de

vuestra majestad.

--Pero en resumen... ¿el estar la reina con esa mujer impide...? ¿No es

éste un refugio vuestro, doña Juana?

--Juro á vuestra majestad por mi honor y por el honor de mis hijos, que

me es imposible, imposible de todo punto anunciar á vuestra majestad...

á no ser que vuestra majestad quiera que lo sepa doña Clara...

--¡Ciertamente que soy muy desgraciado!...

--Juro á vuestra majestad, que en el momento en que la reina mi señora

quede sola... yo misma... por ese pasadizo, iré á avisar á vuestra

majestad...

--¡Cuando haya vuelto Lerma...! ¡Cuando...! no, no, doña Juana, yo

volveré; yo volveré... esta noche á la media noche... esperadme... y yo,

yo, Felipe de Austria, no el rey, os lo agradecerá.

Y Felipe III, como quien escapa, se dirigió á la puerta secreta,

desapareció por ella y cerró.

La duquesa viuda de Gandía volvió á quedarse sola.

Durante algunos segundos permaneció de pie, inmóvil, anonadada, trémula.

--¡Pero Dios mío! ¿Qué es esto?--exclamó con la voz temblorosa--. ¿Dónde

está la reina? ¿Dónde está su majestad?

Y saliendo de su inacción, se precipitó de nuevo en la recámara de la

reina.

Ni en ésta, ni en el dormitorio, ni el oratorio había nadie.

La reina, á juzgar por las apariencias, no estaba en el alcázar; al

menos no estaba en las únicas habitaciones donde podía estar, porque

suponer que la reina hubiese salido por las puertas de servicio, era un

absurdo; ¿pero no podía haber salido la reina por algún pasadizo

semejante á aquel por donde había aparecido el rey?

--La reina estaba sola: me despidió á pretexto de sus devociones y se

encerró en el oratorio--dijo la duquesa--; nadie ha entrado, y la

reina... su majestad... no parece; ¡oh! ¿qué es esto, Dios mío?

Encontrábase entonces la camarera mayor en el dormitorio de la reina,

buscando con una bujía que había tomado del oratorio, por todas partes;

su vista estaba maquinalmente fija en el voluminoso lecho, y una idea

siniestra, una tradición obscura, que reposaba como otras tantas en el

seno del alcázar, vino á herir su imaginación.

--Aquí, en esta misma cámara--murmuró con miedo--, murió la reina doña

Isabel de Valois.

La duquesa se detuvo.

--Dicen--continuó--que la envenenó, por celos de su hijo, el rey Felipe

II.

La camarera mayor, que hemos dicho era supersticiosa, empezó á

encontrarse mal, á tener miedo en el dormitorio.

--¿Servirían estos pasadizos--dijo--para que el rey observase á su

esposa?

Detúvose de nuevo la duquesa.

--Dicen que de tiempo en tiempo suceden en esta cámara cosas

extraordinarias... que el alma de la reina doña Isabel...

En aquel momento la puerta que conducía al oratorio de la reina, dió un

violento portazo. Sobresaltada, sobrecogida la duquesa, dejó caer la

palmatoria que tenía en la mano y se quedó á obscuras.

Entonces sintió junto á sí los pasos de alguien que andaba por el

dormitorio; sintió que aquellos pasos se acercaban á ella; sobrecogióla

un pavor mortal; ni tuvo voz para gritar, ni para moverse; pero á pesar

de aquel terror, oyó clara y distintamente una voz alterada, de

entonación fingida, que dijo muy cerca de ella:

--Si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad

vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y oído esta noche.

La voz calló, los pasos se alejaron, rechinó la puerta, y luego todo

volvió al silencio anterior.

Instantáneamente la duquesa se lanzó fuera del dormitorio y de la

recámara de la reina, entró en la cámara donde poco antes había estado

hablando con el rey y corrió á una campanilla y la agitó con violencia.

Entró una de las doncellas de la servidumbre.

--No, vos no--dijo alentando apenas la duquesa--; decid á la señora

condesa de Lemos que entre.

Poco después entró una joven como de veinticuatro años, hermosa, viva,

morena, ricamente vestida, y sobremanera esbelta y gentil.

A la primera mirada comprendió que sucedía algo terrible á la duquesa.

--¿Qué es esto, señora?--la dijo--; estáis pálida, mortal, tembláis...

¿qué os ha sucedido?

--Una pesadilla... amiga mía: me había dormido al amor del brasero, y...

hacedme la merced de mandar que me traigan agua y vinagre... pero no os

vayáis... no... será una manía--añadió sonriendo penosamente--, pero no

quiero estar sola.

La joven condesa de Lemos fué á pedir el agua, murmurando para sí

mientras llegaba á la puerta de la cámara:

--¡Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! ¡quién será el duende

de esta pesadilla!

Al poco tiempo y después de haber bebido un enorme vaso de agua con

vinagre, después de haber logrado con grandes esfuerzos obtener una

serenidad aparente, la duquesa dijo á la joven dama de honor:

--¡Ya se ve! ¡es tan tétrica esta cámara! luego, esas ventanas que

golpean... el ruido de la lluvia... y además... antes de dormirme leía

_Los miedos y tentaciones de San Antonio Abad_.

--¡De tentaciones os ocupábais!--dijo la de Lemos--; pues mirad, señora,

la noche está de tentaciones.

--¿Vos también leíais?

--No, señora, pensaba.

--¿Y pensando teníais... tentaciones?...

--Y muy fuertes, señora.

--¿Pero de qué? ¿qué diablo os tentaba?

--El diablo de la venganza.

--¡Oiga!--exclamó la duquesa afectando una risa ligera, como para

demostrar que había pasado enteramente su terror--: ¿conque queréis

vengaros?

--Me han ofendido.

-¿Quién?

--Mucha gente...

--Pero explicáos, si es que... podemos saber el motivo de vuestra

venganza.

--¡Ay, Dios mío! sí, señora.

--Y ¿quién os ha ofendido?

--Primero el conde de Lemos.

--¡Vuestro esposo!

--Mi esposo... y me ha ofendido gravemente.

--¿Pero y en qué?

--En dar motivo para que le destierren de esta corte; ¡y qué motivo!, un

motivo por el cual se ha puesto á nivel de ese rufián, de ese mal

nacido, de ese Gil Blas de Santillana.

--¡Ah, ah!

--Descender hasta...

--Pero eso debe ser una calumnia.

--No, señora; el conde de Lemos ha cedido á una tentación, y cediendo á

ella me ha ofendido á mí... como que hay quien dice...

--¡Calumnias!

--Hay quien dice que hubiera sido capaz de llevarme de la mano y de

noche, á obscuras, al cuarto del príncipe don Felipe, solo por heredar á

mi padre en el favor del rey, como ha sido capaz de llevar al príncipe

don Felipe á los brazos de una aventurera.

El padre de la condesa de Lemos era el duque de Lerma.

--¿Pero quién se atreve á decir eso?

--Quien se atreve á todo; quien, arrastrándose delante de todo el que

puede darle algo, practica los más bajos oficios; quien no se detiene ni

ante lo más alto, ni ante lo más grande; quien se atreve hasta á su

majestad la reina, no contándome á mí, que soy su dama de honor, y

simplemente condesa de Lemos. En una palabra: don Rodrigo Calderón, á

quien tan torpemente concede mi padre toda su confianza.

--¿Pero estáis loca, doña Catalina? Estáis loca; ¿qué cólera y qué malas

tentaciones son esas?

--Acabo de recibir esta carta.

La joven sacó de su seno un pequeño billete. La duquesa se estremeció

involuntariamente, porque recordó la carta del rey.

--Leed, leed, doña Juana, porque yo no me atrevo á leer esa carta dos

veces.

La duquesa tomó la carta, se acercó á la luz, buscó sus antiparras, se

las caló y leyó lo siguiente:

«Ayer fuí á vuestra casa y estábais enferma; yo sé que gozáis de muy

buena salud: ayer tarde pasé por debajo de vuestros miradores, y al

verme, os metísteis dentro con un ademán de desprecio; anoche hicísteis

arrojar agua sucia sobre los que tañían los instrumentos de la música

que os daba; esta mañana no contestásteis á mi saludo en la portería de

damas y me volvísteis la espalda delante de todo el mundo; todo porque

no he podido ser indiferente á vuestra hermosura y os amo infinitamente

más que un esposo que os ha ofendido, degradándose. Me habéis declarado

la guerra y yo la acepto. Empiezo á bloquearos, procurando que el conde

de Lemos no vuelva en mucho tiempo á la corte. Tras esto irán otras

cosas. Vos lo queréis. Sea. Por lo demás, contad siempre, señora, con el

amor de quien únicamente ha sabido apreciaros.»

La duquesa, después de leer esta carta, se quedó muda de sorpresa.

--Esta carta--dijo al fin--merece...

--Merece una estocada--dijo la joven.

--No por cierto: esta carta merece una paliza.

--¿Pero de quién me valgo yo? ¿á quién confío yo...?

--Mostrad esa carta á vuestro padre.

--Mi padre necesita á ese infame: además, ésta no es la letra de don

Rodrigo; se disculpará, dirá que se le calumnia.

--¡Esperad!

--¿Que espere?... ¡bah!, no señor; yo he de vengarme, y he aquí mis

tentaciones.

--Pero ¿qué tentaciones han sido esas?

--Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad.

--¡Cómo!

--Decirle sin rodeos que estoy enamorada del príncipe.

--¡Doña Catalina!

--Que valgo infinitamente más que otra cualquiera para querida de su

alteza.

--¿Y seríais capaz?...

--¿De vengarme?... ya lo creo.

--¿De vengaros deshonrándoos?

--Un esposo como el mío, que se confunde con la plebe, merece que se le

iguale con la generalidad de los maridos.

--Vos meditaréis.

--Ya lo creo... y porque medito me vengaré del rey, que no ha sabido

tener personas dignas al lado de su hijo, mortificándole; del príncipe,

enamorándole y burlándole...

--¡Ah! burlándole... es decir...

--¡Pues qué! ¿había yo de sacrificarme hasta el punto de deshonrarme

ante mis propios ojos?... no... que el mundo me crea deshonrada, me

importa poco: ya lo estoy bastante sólo con estar casada con el conde de

Lemos; un marido que de tal modo calumnia, solo merece el desprecio.

--¡Cómo se conoce, doña Catalina, que sólo tenéis veinticuatro años y

que no habéis sufrido contrariedades!

--¡Ah, sí!--dijo suspirando la condesa.

--¿Pero supongo que no cederéis á la tentación?

--Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y de donde vengo, para no

echarlo todo á rodar: ¡escribirme á mí esta carta!

Y la condesa estrujó entre sus pequeñas manos la carta que la había

devuelto la camarera mayor.

--¡Y si este hombre estuviese enamorado de mí, sería disculpable! pero

lo hace por venganza.

--¡Por venganza!

--Contra mi marido, porque al procurar un entretenimiento al príncipe,

no ha tenido á mano otra cosa que la querida de don Rodrigo Calderón.

--Tal vez os ame... y aunque esto no es disculpa...

--Don Rodrigo no me ama... porque...

--¿Por qué?

--Porque no se ama más que á una mujer, y don Rodrigo está enamorado

de...

--¿De quién?--exclamó la duquesa, cuya curiosidad estaba sobreexcitada.

La de Lemos se acercó á la camarera mayor hasta casi tocar con los

labios sus oídos, y la dijo en voz muy baja:

--Don Rodrigo está enamorado de su majestad.

--¡Explicáos, explicáos bien, doña Catalina!

--Ya sé, ya sé que un ambicioso puede estar enamorado de un rey, mirando

en su favor el logro de su ambición; pero no he querido jugar del

vocablo; no: don Rodrigo está enamorado de su majestad... la reina.

--¡Ved lo que decís!... ¡ved lo que decís, doña Carolina!--exclamó la

camarera mayor anonadada por aquella imprudente revelación, y creyendo

encontrar en la misma una causa hipotética de la desaparición de la

reina de sus habitaciones.

--A nadie lo diría más que á vos, señora--dijo con una profunda seriedad

la joven ni os lo diría á vos, si hasta cierto punto no tuviese pruebas.

--¡Pruebas!

--Oíd: hace dos años, cuando estuvimos en Balsaín, solía yo bajar de

noche, sola, á los jardines.

--¡Sola!

--En el palacio hacía demasiado calor. Acontecía además, para obligarme

á bajar al jardín, que... en las tapias había una reja.

--¡Ah!

--Una reja bastante alta, para que pueda confesar sin temor que por

aquella reja hablaba con un caballero, más discreto por cierto, más

agudo, y más valiente y honrado que el conde de Lemos.

--Sin embargo, creo que hace dos años ya estábais casada.

--¿Y qué importa? yo no amaba á aquel caballero, ni aquel caballero me

amaba á mí.

--Os creo, pero no comprendo...

--Pero comprenderéis que cuando os confieso esto, os lo confesaría todo.

--¿Pero cómo podías bajar á los jardines?

--Por un pasadizo que empezaba en la recámara de la reina, y terminaba

en una escalera que iba á dar en los jardines.

--¡Ah! ¡también hay pasadizos en el palacio de Balsaín!

--Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce.

--¡Ah! ¡sí! ¡es verdad!

--Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en la recámara de la

reina, cuando su majestad se había acostado; abría silenciosamente la

puerta de aquel pasadizo y me iba... á la reja.

--Hacíais mal, muy mal.

--No se trata de si hacía mal ó bien, sino de que sepáis de qué modo he

podido tener pruebas... de los amores ó al menos de la intimidad de don

Rodrigo Calderón con la reina.

--¡Amores ó intimidad!...--murmuró la duquesa--¡Dios mío! ¿pero estáis

segura?

--¿Que sí lo estoy? Una noche, cuando yo me volvía de hablar con mi

amigo secreto, al pasar por detrás de unos árboles oí dos voces que

hablaban, la de un hombre y la de una mujer.

--Y eran...

--Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqué cuanto pude de

puntillas, conocí... que la mujer era la reina, que el hombre era don

Rodrigo Calderón.

--¡Y hablaban de amores!

--Al principio... es decir, cuando yo llegué, no; conspiraban.

--¡Que conspiraban!

--Contra mi padre.

--¡Ah!--exclamó la duquesa.

--Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, y que don Rodrigo

tenía un bello jubón de brocado; el traje de la reina me extrañó, porque

recordé que cuando entramos á desnudarla tenía un vestido negro.

--Pero... ¿cómo... á propósito de qué conspiran... la reina y don

Rodrigo contra el duque Lerma?

--La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; y que no se

hacía más que lo que mi padre quería; que las rentas reales se iban

empeñando más de día en día; que la reina estaba humillada; que nuestras

armas sufrían continuos reveses; que, en fin, era necesario hacer caer á

mi padre de la privanza del rey, para lo cual debían unir sus esfuerzos

la reina y don Rodrigo.

--¡Ah! ¡ah! por el amor... ¿hablaron de amor?...

--Don Rodrigo pidió una recompensa por sus sacrificios á la reina.

--Y la reina...

--La reina le dijo: ¡esperad!

--¡Pero una esperanza!...

--Mi buena amiga: cuando una mujer pronuncia la palabra ¡esperad! como

la pronunció la reina, es lo mismo que si dijese: hoy no, mañana.

--Sin embargo, la reina, por odio al duque de Lerma, ha podido bajar

hasta decir á un hombre que pudiese servirla contra el duque: ¡esperad!

¡pero bajar más abajo!

--La reina tiene corazón.

--Es casada.

--Está ofendida.

--El rey la ama.

--El rey ama á cualquiera antes que á su mujer.

--Tengo pruebas del amor del rey hacia la reina; pruebas recientes.

--Lo que inspira la reina al rey no es amor, sino temor, y procura

engañarla sin conseguirlo. El rey quiere á todo trance que le dejen

rezar y cazar en paz, y la lucha entre la reina y mi padre le desespera.

Quedóse profundamente pensativa la duquesa.

--Os repito--dijo recayendo de nuevo en su porfía--que no tengo la más

pequeña duda de que la reina inspira á su majestad un profundo amor.

--Ya os he dicho y os lo repito: no se ama á un tiempo á dos personas.

--¿Y el rey?...

--El rey ama á una mujer que... preciso es confesarlo, por hermosa, por

discreta, por honrada, merece el amor de un emperador. ¡Pero vos estáis

ciega, doña Juana! ¿no habéis comprendido que el rey está enamorado

hasta la locura de doña Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y

corte, y que vale tanto más, cuanto más desdeña los amores del rey?

--¡Pero si doña Clara es la favorita de la reina! ¿Queréis que la reina

esté ciega también?

--La reina sabe que si el rey ama á doña Clara, doña Clara jamás

concederá ni una sombra de favor al rey, y la reina, con el desvío de

doña Clara á su majestad, se venga del desamor con que siempre su

majestad la ha mirado.

--Vamos: no, no puede ser; vos os equivocáis... tenéis la imaginación

demasiado viva, doña Catalina.

--Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre.

A esta brusca salida de asunto, ó como diría un músico, de tono, la

duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.

--¡Qué decís!-exclamó.

--Mi padre, con la manía de rodearse de gentes que le ayuden, se fía

demasiado de las apariencias y comete... perdonadme, doña Juana, porque

yo sé que sois muy amiga y muy antigua amiga de mi padre, pero su

excelencia comete torpezas imperdonables.

--¡Dudáis también de la penetración, de la sabiduría y de la experiencia

de vuestro padre! Yo creo que si seguimos hablando mucho tiempo

acabaréis por confesar que dudáis de Dios.

--Creo en Dios y en mi padre.

--Se conoce--dijo la duquesa no pudiendo ya disimular su

impaciencia--que os galanteaba con una audacia infinita, antes de que os

casárais, don Francisco de Quevedo.

Coloreáronse fugitivamente las mejillas de la joven.

--¿Y en qué se conoce eso?

--En que os habéis hecho... muy sentenciosa.

--Achaques son del tiempo; hoy todo el mundo sentencia, hasta el bufón

del rey; ¡y qué sentencias dice á veces el bueno del tío Manolillo! El

otro día decía muy gravemente hablando con el cocinero mayor del rey:

«Hoy en España se come lo que no se debe guisar»; y como el buen Montiño

no le entendiese, replicó sin detenerse un punto: «por ejemplo, allá va

un maestresala que lleva respetuosamente sobre las palmas de las manos

un platillo de cuernos de venado para la mesa de su majestad.»[A]

[A] El autor se ve obligado, para que sus lectores

comprendan que los cuernos de venado pueden comerse, á transcribir

la siguiente manera con que dice se tienen de condimentar:

Francisco Martínez Montiño, en la décimosexta impresión de su _Arte

de Cocina_, á la pág. 163, dice así: _Platillo de las puntas de los

cuernos de venado_. Los cuernos del venado ó gamo, cuando están

cubiertos de pelo, tienen las puntas muy tiernas. Estas se han de

cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos

en agua caliente, y quedarán muy blancos y hanse de aderezar con la

tripa del venado, salvo que no se han de tostar, sino cocerlos con

un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y échesele un

poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una

hora; y no se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar género de

verdura. Es muy buen platillo; sólo el nombre tiene malo.

Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos á los

que en realidad sólo eran cuernos en leche; como si dijéramos,

cuernos _inferi_ por nacer ó no acabados de nacer.

A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudo contener un

marcado movimiento de disgusto; reprimióse, sin embargo, y dijo

procurando dar á su voz un acento conveniente:

--Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo os ha llegado al

alma, porque estáis terrible, amiga mía; nada perdonáis, ni aun á

vuestro padre, y voy convenciéndome de que por vengaros de ese hombre,

seréis capaz de todo.

--¿Pues no? ¿Os parece que una dama puede sufrir, sin desesperarse,

insultos tan groseros?

--Confieso que tenéis razón y que en vuestro lugar...

--Vos en mi lugar, ¿qué haríais?

--Pediría consejo.

--Pues cabalmente yo no he hecho más que pedíroslo.

--¡Ah! yo creía que sólo me habéis dado á conocer vuestras tentaciones.

--Pues de ese modo os he pedido que me aconsejéis.

Meditó de nuevo profundamente la duquesa.

--Pues bien--dijo después de algunos segundos--, voy á hacer más que

aconsejaros: voy á vengaros.

--¿A vengarme, señora?

--Voy á hacer que por lo menos destierren de la corte á don Rodrigo

Calderón, y que levanten su destierro al conde de Lemos.

--Procurad lo primero y aun más si podéis--dijo con vivacidad la

condesa--; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por allá: me

encuentro muy bien sin él.

--Sea como queráis; y á propósito de ello, voy á escribir ahora mismo á

vuestro padre.

--¡Ah, señora! no sabré negaros nada si me desagraviáis.

--Permitidme un momento, amiga mía; concluyo al instante.

La camarera mayor se acercó á la mesa, se sentó delante de ella, abrió

un cajón, sacó papel, se caló las antiparras y se puso á escribir,

lenta, muy lentamente.

La lentitud de la duquesa consistía, no en que la fuese difícil

escribir, sino en que pensaba más que escribía.

Ni un sólo momento durante la conversación con la condesa de Lemos,

había olvidado la posición difícil en que se encontraba, esto es: su

posición de camarera mayor de una reina que se había perdido en su

recámara, mientras ella hacía su servicio en la cámara.

La conversación con la condesa de Lemos había agravado, á su juicio,

aquella situación; había descubierto grandes cosas; esto es: que la

reina alentaba á don Rodrigo Calderón, confidente y secretario íntimo

del duque de Lerma, á quien lo debía todo, y que don Rodrigo, alentado

por la reina, hacía una completa traición al duque.

Entonces sospechaba si sería don Rodrigo el que había procurado al rey

el conocimiento de aquellos pasadizos, y si sería también él quien, en

medio de las tinieblas, la había amenazado con publicar sus secretos, si

no guardaba un profundo silencio acerca de los singulares sucesos de

aquella noche.

La duquesa, desde el momento, había comprendido la necesidad de avisar

al duque de la aparición inesperada del rey y de la no menos extraña

desaparición de la reina; pero cuando hubo oído las terribles

revelaciones de la condesa de Lemos, vió que era de todo punto

imprescindible avisar á Lerma sin perder un segundo.

El duque tenía en su casa un convite de Estado, y era de esperar que

aquella noche no viniese á palacio; la camarera mayor estaba retenida

por las obligaciones de su cargo en el alcázar hasta la hora de

recogerse la reina, que era bastante avanzada; urgía avisar al duque,

pero la dificultad estaba en procurarse un intermediario de confianza.

Porque es de advertir que tan enmarañada estaba la intriga alrededor de

Felipe III, que no había de quién valerse con confianza para confiarle

una carta para el duque de Lerma.

La duquesa vió con alegría que la de Lemos, la hija querida del duque de

Lerma, interesada gravemente en que aquella carta llegase sin tropiezo á

su padre, era el intermediario que necesitaba.

Una vez tomada esta resolución por la duquesa, su mano corrió con más

rapidez sobre el papel: llenó las cuatro caras de la carta, que era de

gran tamaño, con una letra gorda y desigual, en renglones corcovados;

cerró la carta, la selló y puso sobre su nema:

«A su excelencia el señor duque de Lerma, de la duquesa viuda de

Gandía.--En mano propia.»

--Tomad, doña Catalina--dijo la camarera mayor--; será necesario que os

encarguéis vos misma de llevar esta carta á vuestro padre.

--¡Yo... misma...!--contestó con altivez la de Lemos.

--Menos arriesgado es esto que lo que queríais hacer por vengaros de don

Rodrigo.

--Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme para nada en estos

negocios directamente...

--Pero hay un medio. Ponéos un manto, tomad una litera, id por el

postigo de la casa del duque, que da á sus habitaciones.

--Peor aún: ¿qué dirá quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa

de mi padre de una manera tan misteriosa?

--El que os reciba, nada os dirá... no se meterá en si vais encubierta ó

no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que será

al instante, entregad al criado que se os presentará, esa carta para que

lea su sobre. El criado os devolverá la carta, y os llevará al despacho

de vuestro padre, que al punto irá á encontraros.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 3 / 66 段