el rey necesitaba andadores.
La duquesa estaba también completamente convencida de que el duque de
Lerma venía á ser los andadores de Felipe III.
El carácter tétrico del rey; su indolencia; su repugnancia, mal
encubierta, á la gestión de los negocios públicos; su falta de
instrucción y de ingenio, hacían de él un rey vulgarísimo, en el cual
ningún ministro podía apoyarse confiadamente, puesto que cualquiera
intriga mal urdida bastaba para dar al traste con el favorito y para
establecer esa sucesión ruinosa de gobernantes egoístas é interesados
que, desprovistos de todo pensamiento noble y fecundo, alentados sólo
por una ambición repugnante, dan el miserable espectáculo de una lucha
mezquina, que acaba por empequeñecer, por degradar á la nación que sufre
con paciencia esta vergonzosa guerra palaciega.
El duque de Lerma, que después de una larga vida de cortesano, que le
había hecho práctico en la intriga, llegó á ser árbitro de los destinos
de España como ministro universal al advenimiento al trono de Felipe
III, se había visto obligado, desde el principio de su privanza, á
rodear al rey de hechuras suyas, á intervenir hasta en las
interioridades domésticas de la familia real, y, lo que era más fatigoso
y difícil, á contrabalancear la influencia de Margarita de Austria que,
menos nula que el rey, quería ser reina.
Esto era muy natural; pero por más que lo fuese no convenía al duque de
Lerma, que quería gobernar sin obstáculos de ningún género.
La duquesa de Gandía, pues, con muy buena intención, y creyendo servir á
Dios y al rey, era el centinela de vista puesto por el duque junto á la
reina.
Servía la duquesa á Lerma tan de buena voluntad, con tan buena
intención, ya lo hemos dicho, como que creía que todo lo que faltaba á
Felipe III para ser un mediano rey, sobraba á Lerma para ser un buen
ministro.
Militaban además en el ánimo de la duquesa en pro del favorito, razones
particulares de agradecimiento.
La duquesa era madre.
Lerma favorecía abiertamente á su hijo, el joven duque de Gandía,
confiriéndole encargos altamente honoríficos.
Por rico y por noble que sea un hombre, hay ciertos cargos que enaltecen
su posición, que aumentan su brillo.
La duquesa de Gandía estaba con justa causa agradecida al duque de
Lerma.
Y como los bien nacidos no excusan nunca obligaciones á su
agradecimiento, la duquesa servía á Lerma por convicción y por deber.
Pero era el caso que Lerma tenía más vanidad que perspicacia, y solía
suceder que construyese sus más soberbios edificios sobre arena.
Así es que con frecuencia se equivocaba en la elección de sus
instrumentos, tomando lastimosamente la adulación por afecto y el
servilismo por solicitud.
El duque de Lerma se había creado sus enemigos en sus mismos
instrumentos, y debía conservar el poder hasta el momento en que,
robustecidos por él sus adversarios, se encontrasen bastante fuertes
para derrocarle.
Respecto á la duquesa de Gandía, la equivocación de Lerma había sido de
distinto género: ella le servía de buena fe, pero la duquesa no servía
para el objeto á que la había destinado el duque.
Porque la reina era más perspicaz, y sin ser un prodigio, porque en los
tiempos de Felipe III, los prodigios personificados habían dejado
completamente de manifestarse en España; sin ser un prodigio la reina,
tenía un claro talento, y maravillosamente desarrollada esa cualidad que
se llama astucia femenil.
Desde el principio comprendió Margarita de Austria que su camarera mayor
era un instrumento de Lerma, y no le rompió porque prefería un enemigo
de quien podía burlarse, á arrostrar el peligro de que, más precavido el
duque, ó más atinado en una segunda elección, la pusiese al lado una
influencia más temible.
La reina, pues, procuró neutralizar el poder de Lerma respecto al
insuficiente espía que la había puesto al lado, colmando de favores y
distinciones á la duquesa y demostrándola un cariño de amiga, más que de
soberana.
La duquesa tragó el anzuelo, y no vió de la reina más que lo que la
reina quiso que viese.
Lerma no logró, pues, nunca saber á lo que debía atenerse á ciencia
cierta respecto á la reina.
La duquesa creía verlo todo, y halagada de una parte por los favores del
favorito, y de otra por el cariño traidor de la reina, vivía tranquila y
feliz, salvo algunos disgustos inherentes á su posición, inevitables.
Como mujer de Estado, tenía satisfecha su vanidad, creyéndose uno de los
primeros y más importantes resortes del gobierno.
Como mujer particular, había pasado de la edad de las pasiones, gozaba
del respeto y de la consideración de todo el mundo, y pasaba la parte de
vida que la dejaban libre los delicados deberes de su alto cargo,
rezando, leyendo vidas de santos ó durmiendo.
De lo expuesto se deduce que la duquesa de Gandía vivía soñando.
Y como la vida es sueño, vivía.
Para algo hemos presentado á nuestros lectores esta señora.
Ella va á servirnos de medio para empezar á conocer de una manera
gráfica, por decirlo así, á uno de los más importantes personajes de
nuestro drama.
Aquella misma noche en que acontecieron al sobrino de su tío las
extraordinarias aventuras que dejamos relatadas en el capítulo anterior,
y cabalmente en los momentos en que el joven sostenía su extraño diálogo
con la dama encubierta, doña Juana de Velasco estaba sentada en un ancho
sillón forrado de terciopelo, al lado de una mesa, leyendo á la luz de
los dobles mecheros de un enorme velón de plata, un no menos enorme
libro á dos columnas, mal impreso y cuyo papel era fuertemente moreno.
Aquel libro tenía por título: _Miedos y tentaciones de San Antonio
Abad_.
La habitación en que la duquesa se encontraba era una extensa cámara del
alcázar, cuyas paredes estaban cubiertas de damasco rojo, y adornadas
con enormes cuadros del Tiziano, de Rafael y de Pantoja de la Cruz.
El techo, obscuro, de pino, tallado profundamente, según el gusto del
Renacimiento, estaba, á causa de su altura, casi perdido en la sombra,
que no alcanzaba á disipar la insuficiente luz del velón; acontecía lo
mismo respecto á las paredes que, veladas por una penumbra opaca, hacían
aparecer de una manera extraña y descompuesta las figuras de los
cuadros; y el fuego brillante de un brasero colocado á cierta distancia,
en la sombra, contribuía á dar cierto aspecto fantástico y siniestro á
aquella silenciosa cámara, en la cual no se veía de una manera
determinada más que el plano de la mesa en que estaba el velón, parte de
la pared, en que proyectaba una sombra fuerte la pantalla, y medio
cuerpo de la duquesa, con su toca blanca y su vestido negro, leyendo en
silencio y con una atención gravísima.
No se oía ruido alguno, á excepción del zumbar del viento, y el
chasquido de una ventana que el viento cerraba de tiempo en tiempo,
produciendo un golpe seco y desagradable.
La duquesa seguía engolfada en su lectura.
De repente se estremeció y palideció.
Había llegado á un pasaje en que el demonio estaba retratado tan de mano
maestra, que la duquesa tuvo miedo, y cerró el libro santiguándose.
Un segundo estremecimiento más profundo, más persistente, se dejó notar
en doña Juana, que exhaló un grito y se puso de pie aterrada.
No podía ser el libro lo que había causado este nuevo terror.
En efecto, había sido distinta la causa.
La duquesa había visto abrirse una de las paredes de la cámara, y salir
por la abertura una sombra negra.
Su sobresalto, pues, era muy natural.
Pero sobre los hombros de la figura negra, había una cabeza blanca con
sus correspondientes cabellos rubios.
Era, pues, un hombre lo que la duquesa había tomado por una aparición
del otro mundo.
--¡Chists! ¡no gritéis, mi buena doña Juana!--dijo aquel hombre
poniéndose un dedo sobre los labios--; ¿no veis que vengo solo y de una
manera misteriosa?
--En efecto, señor, y me habéis dado un buen susto--dijo la duquesa.
--Vos no sabíais que en las habitaciones de la reina había puertas
ocultas, ¿eh? pues ni yo tampoco.
--Pero vuestra majestad... si saben...
--Os diré: nadie puede saber nada, porque he venido emparedado.
--Dejad, dejad que vuelva de mi susto, señor; ¿conque es decir que si no
hubiera sido vuestra majestad...?
--Eso digo yo: en nuestro alcázar tenemos entradas y salidas que no
conocemos; de modo que si algún miserable como Ravaillac conoce estos
pasadizos, estamos expuestos á morir de la muerte del rey de Francia.
--En España no hay regicidas, señor: además, vuestra majestad es un rey
justo y bueno y no tiene enemigos.
--Dicen que Enrique IV era un buen rey.
--Pero hereje...
--¡Ah! por la misericordia de Dios, somos buenos hijos de Roma. Sin
embargo, ¡si supiérais, doña Juana, de qué manera he sabido que se puede
venir de mi cámara á la de la reina sin que nadie lo sepa!
--¿Pues cómo? ¿no conoce vuestra majestad á quien se lo ha revelado?
--Cerrad las puertas, doña Juana, cerradlas, que no quiero que nadie nos
vea, y venid á sentaros después conmigo junto al brasero. Hace frío, sí,
sí por cierto, mucho frío. Tenemos que hablar largamente.
Mientras que la duquesa de Gandía cierra las puertas, toda admirada y
toda cuidadosa, examinemos al rey, que se había sentado junto al
brasero y removía el fuego aspirando su calor con un placer marcado.
Felipe III sólo tenía entonces treinta y tres años, pero su palidez
enfermiza y la casi demacración de su semblante le hacían parecer de más
edad; su frente era estrecha, sus ojos azules no tenían brillo, ni el
conjunto de sus facciones energía; el sello de la raza austriaca,
ennoblecido por el emperador Don Carlos, estaba como borrado, como
enlanguidecido, como degradado en Felipe III; aquella fisonomía no
expresaba ni inteligencia, ni audacia, sino cuando más la tenacidad de
un ser débil y caprichoso; el labio inferior, grueso, saliente, signo
característico de su familia, no expresaba ya en él el orgullo y la
firmeza: había quedado, sí, pero un tanto colgante, expresando de una
manera marcada la debilidad y la cobardía del alma; aquel labio en
Carlos V había representado la majestad altiva y orgullosa: en Felipe
II, el despotismo soberbio; en Felipe III, nada de esto representaba: ni
el dominador, ni el déspota se había vulgarizado, se había degradado; no
era un rasgo, sino un defecto.
Añádase á esto un cuerpo delgado y pequeño, caracterizado con el aspecto
fatigoso de un cansancio habitual, y este cuerpo embutido dentro de un
traje de terciopelo negro; añádase un cordón de seda del que cuelga
sobre el pecho el toisón de oro; un pequeño puñal de corte, pendiente de
un cinturón tachonado de pequeños clavos de plata, y al otro lado un
largo rosario negro sujeto al mismo cinturón, y se tendrá una idea de
Felipe III, tal cual se presentó á la duquesa de Gandía.
--¿Habéis cerrado ya, doña Juana?--dijo el rey, después que hubo
removido á su placer el brasero y colocádose en la posición más cómoda
que pudo.
--Sí, señor.
--¿Es decir, que no puede escucharnos nadie?
--Nadie, señor.
--Sentáos.
Sentóse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y á corta distancia
del rey.
--Acercáos, acercáos, doña Juana; hace frío... y sobre todo, tenemos que
hablar largamente y á corta distancia, á fin de que podamos hablar muy
bajo: vengo á buscaros como un amigo; como un amigo que se confiesa
necesitado de vos, no como rey.
--Vuestra majestad puede mandarme siempre.
--No tanto, no tanto, doña Juana; ya sé yo que servís con el alma y la
vida...
--A vuestra majestad.
--Ciertamente; sirviendo á Lerma, me servís, porque el duque es mi más
leal vasallo.
--Lo podéis afirmar, señor... el duque de Lerma...
--El duque de Lerma me sirve bien; pero aquí, entre los dos, doña Juana,
me tiraniza un tanto; á pretexto de que la reina es enemiga suya, me
tiene casi divorciado; y la reina... está ofendida conmigo... ya lo
sabéis.
La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la sucedía era un verdadero
compromiso, porque, al fin, el rey era el rey.
La rígida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo á la cual raras
veces se encontraba el rey libre de una numerosa servidumbre, había
impedido hasta entonces que Felipe III la abordase con libertad, en su
cualidad de cancerbera de la reina; pero aquella desconocida
comunicación secreta, la había entregado sin armas y, lo que era peor,
desprevenida, á una entrevista particular con el rey.
La duquesa se calló, no encontrando por el pronto otra contestación
mejor que el silencio.
Alentado con este silencio, el rey añadió:
--Vos misma conocéis la razón con que me quejo. Lerma es demasiado
receloso, demasiado, y no sé qué motivo pueda tener para desconfiar de
la reina, para impedirme mi libre trato con ella.
--Nunca, que yo sepa, se ha cerrado á vuestra majestad la puerta de la
cámara de su majestad, ni yo, como camarera mayor, lo hubiera permitido.
--Sí; pero yo creo que las paredes de la cámara de la reina oyen.
--Podrá suceder--respondió la duquesa con intención--, si las paredes de
la cámara de su majestad tienen pasadizos como ese.
Y la duquesa señaló la puerta secreta que había quedado abierta.
Sea como fuere--dijo el rey--, cuando Lerma sabe que yo voy á ver á la
reina, sabe todo lo que la reina y yo hablamos.
--Protesto á vuestra majestad que ninguna parte tengo...
--No, no digo yo eso, ni lo pienso, doña Juana; pero cuando la expulsión
de los moriscos... la reina creía que el edicto era demasiado
riguroso... pretendía que los reinos de Granada y Valencia iban á quedar
despoblados... me indicó otros medios... estábamos solos la reina y
yo... al día siguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio y
me hizo comprender con buenas palabras que lo sabía todo... es más:
extremó los rigores, sin duda saludables, de la ejecución del edicto, y
yo tuve después con la reina un serio disgusto; ahora, con la expedición
de Inglaterra, la reina pretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz...
Lerma ha enviado allá á don Juan de Aguilar y la reina se ha negado á
recibirme de todo punto.
Detúvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesa no contestó.
--¿Pero no se os ocurre nada que decirme, doña Juana?--dijo el rey, en
el cual se iba haciendo cada vez más visible la impaciencia--; estáis
como asustada...
--En efecto, señor, vuestra majestad acaba de decirlo: estoy asustada, y
suplico á vuestra majestad que... señor... perdonadme, pero no se me
ocurre nada...
--Pues ello es necesario que se os ocurra, señora mía--insistió el rey
con un tanto de aspereza--; preciso... yo no contaba con encontrar á
nadie, porque el papel que me han dejado decía...
--¡Ah! ¡el papel que han dejado á vuestra majestad...!
--¡Qué! ¿no os he contado...?
--Vuestra majestad me ha dicho...
--Que no sabía nada acerca de estos pasadizos, y eso es muy cierto.
Pero... os exijo el más profundo secreto--exclamó interrumpiéndose y con
una gravedad, verdaderamente regia, el rey.
--¡Señor! ¡señor! ¡mi lealtad!
--¡Sí! ¡sí! ya sé que la lealtad á sus reyes, es una virtud muy antigua
en la noble familia de los Velascos. Y hace frío...
La duquesa removió de nuevo el brasero.
--Del mismo modo os exijo secreto, un secreto absoluto, acerca de lo que
está sucediendo.
--¿Pero qué está sucediendo, señor?
--Sucede que yo estoy hablando mano á mano y á solas con vos.
--Lo que me honra mucho.
--Pues bien; que nadie sepa, doña Juana, que habéis sido honrada de este
modo... vos no me habéis visto.
--Crea vuestra majestad, señor...
--Sí, sí, creo que después de lo que os he dicho, seréis discreta. Pero
estamos pasando lastimosamente el tiempo.
Y el rey fijó una mirada vaga en la puerta que correspondía á la
recámara de la reina.
Aquella mirada hizo sudar á la duquesa.
--Sabed--dijo el rey, acercándose más á doña Juana y en voz sumamente
baja--que mi confesor ha estado encerrado gran parte de la tarde
conmigo.
Detúvose el rey, y la duquesa sólo contestó abriendo mucho los ojos,
porque no sabía á dónde iba el rey á parar.
--Fray Luis de Aliaga, me habló de muchas cosas graves que no vienen á
cuento... pero tened presente que mi buen confesor estaba solo conmigo.
Interrumpióse el rey, y la duquesa, por toda contestación, volvió á
abrir desmesuradamente los ojos.
--Estaba solo conmigo y encerrado--continuó el rey--, ¿entendéis bien,
duquesa? solo conmigo y encerrado...
--Sí, sí, señor, entiendo á vuestra majestad.
--Pues bien--dijo el rey soslayándose en el sillón y buscando en uno de
los bolsillos de sus calzas--, cuando el padre Aliaga salió, me encontré
sobre mi mesa esta carta cerrada, puesta á la vista y que, como veis,
dice en su sobrescrito: «A su majestad el rey de España».
La duquesa miró el sobrescrito y continuó callando.
--Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que por cierto no es muy
larga, pero que, á pesar de su brevedad, es grave, gravísima: sí;
ciertamente, muy grave.
Fijó el rey su mirada en la duquesa, que persistió en su silencio.
--Acercad la luz, doña Juana--dijo el rey.
Levantóse la duquesa, tomó el velón y continuó de pie junto á Felipe
III, alumbrándole.
--Oíd, pues: oíd, y ved á cuánto os obliga mi confianza.
--Vuestra majestad no puede obligar más, á quien está tan obligada,
señor.
--No importa, oíd.
Y el rey se puso á leer:
«Sacra católica majestad: Los traidores que os rodean...»
Dejó el rey de leer, levantó los ojos y miró á la duquesa, que estaba
verdaderamente asustada.
--¡Los traidores que me rodean!--dijo el rey--¿qué decís á esto?
--Digo, señor, que no lo entiendo--contestó la duquesa.
--Ni yo tampoco--repuso el rey--; yo creo que estoy rodeado de vasallos
leales.
--Alguna miserable intriga...
--Oíd: «los traidores que os rodean, os tienen separado de su majestad
la reina...»
Interrumpióse de nuevo el rey.
--En esto de tenerme separado de la reina, tienen mucha razón, y no
tenéis en ello poca parte, doña Juana.
--¡Jesús, señor!--exclamó la duquesa, que á cada momento estaba más
inquieta.
--Como que sois muy grande amiga de Lerma.
--Yo... señor...--contestó con precipitación la camarera mayor--cuando
se trata del servicio de mis reyes...
--Seguid oyendo... «os tienen separado de la reina: es necesario que
este estado de cosas concluya...»
Dejó el rey de leer.
--Y yo también lo creo así--dijo--; en cuanto á lo de no ver libremente
á mi esposa... en esta parte piensa como yo el autor incógnito; pero
prosigamos.
Y el rey inclinó de nuevo la vista sobre la carta:
--«...es necesario que este estado concluya, pero ni lo conseguirá
vuestra majestad de Lerma, ni tendrá bastante valor... ¡para hacerse
respetar!»
--Eso es una insolencia, señor--dijo la duquesa--: quien escribe esto á
su rey, no puede ser más que un traidor.
--Eso dije yo... pero más abajo hay algo en que este traidor me sirve
mejor que me sirven mis más leales vasallos, inclusa vos, doña Juana.
--¡Señor!--exclamó toda turbada la duquesa.
--Vais á juzgar--dijo el rey continuando la lectura--: «pero lo que no
conseguiríais del duque de Lerma ni de _la camarera mayor_...»
--¡Oh, Dios mío!--exclamó la duquesa--: perdóneme vuestra majestad si le
interrumpo, pero... me parece que el que ha escrito esta carta me cuenta
entre el número de los traidores.
--¿Quién dice eso? y aunque lo dijesen, ¿creéis que yo me dejaría llevar
de carteles misteriosos? Si he dado importancia á éste es porque dice
algunas verdades, y, sobre todo, porque ha producido un hecho.
--¡Un hecho!
--Ciertamente: que yo conozca estos pasadizos. Pero continuemos, que se
pasa el tiempo y esta cámara es tan fría...
Inclinóse un tanto la duquesa, y sin dejar de alumbrar al rey, removió
de nuevo el brasero.
El rey leyó:
--«...pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera
mayor, esto es, hablar con su majestad la reina en su misma cámara, sin
temor de ser escuchados por nadie, va á procurároslo quien, no
sirviéndoos por interés alguno, sino por su lealtad, os oculta su
nombre. Buscad debajo de las almohadas de vuestro lecho: encontraréis un
llavín de punta cuadrada; id luego al armario donde tenéis vuestros
libros de devoción, y junto á la pared, por la parte que mira á vuestro
lecho, encontraréis un agujero cuadrado también; meted en él el llavín,
dad vuelta, y el armario se abrirá, dejándoos franco un pasadizo;
seguidle en línea recta: á su fin encontraréis una puerta que abriréis
con el mismo llavín, y os encontraréis en las habitaciones de... vuestra
esposa.»
El rey dobló la carta lentamente, se soslayó de nuevo, y la guardó en su
bolsillo.
--¿Qué decís á esto, doña Juana?--la preguntó el rey.
La duquesa se había quedado con el velón en posición de alumbrar al rey
y hecha una estatua.
--Dejad, dejad el velón, y venid á sentaros frente á mi. Dios me
perdone, pero juraría que estábais temblando.
--¡Ah, señor!--dijo la duquesa, que había dejado el velón, volviendo y
juntando las manos--; ¡cuando pienso que un traidor puede llegar hasta
aquí impunemente!
--Hasta ahora sólo ha entrado el rey; pero sentáos, sentáos y escuchadme
bien: exceptuando lo mal que os trata á Lerma y á vos, yo no sabría con
qué pagar á quien me ha procurado los medios de llegar hasta aquí... de
poder entenderme buenamente con vos: yo hubiera preferido que esa puerta
hubiese dado inmediatamente al dormitorio de la reina.
--¡Cómo, señor! ¿pesa á vuestra majestad haberme encontrado?
--No me pesaría si no fuéseis tan amiga de Lerma, ó si Lerma no creyera
que la reina le quiere mal, aunque en ese caso, para nada necesitaba yo
de pasadizos.
--Pero, señor, para mí, vuestra majestad, después de Dios, es lo
primero.
--Sí, sí, lo creo... pero... estoy seguro de que... me opondréis
dificultades.
--¡Dificultades! ¡á qué!
--Mirad, doña Juana, yo amo á la reina.
--Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosa y por
discreta.
--La amo más de lo que podéis creer, y vos y Lerma me separáis de ella.
--¡Yo, señor!...
--Siempre que he pretendido atraeros á mi bando, á mi pacífico bando, os
habéis disculpado con las obligaciones de vuestro cargo, con que
necesitábais llenar las fórmulas, con que la etiqueta no permite al rey
ver á su consorte, como otro cualquier hombre... y yo quiero verla con
la libertad que cualquiera de mis vasallos ve á su mujer... ¿lo
entendéis?
--Sí; sí, señor, pero...
--Os prometo que nadie lo sabrá: que ese pasadizo permanecerá
desconocido para todo el mundo; que aunque la reina quiera hablarme de
asuntos de Estado...
--¿Vuestra majestad me manda, señor, que le anuncie á su majestad la
reina?--dijo la duquesa levantándose.
--No, no es eso... no me habéis entendido, doña Juana; yo no os mando,
os suplico...
--Señor--dijo la duquesa inclinándose profundamente.
--Sí, sí, os suplico; quiero que reservada, que secretamente, me
procuréis la felicidad que tiene el último de mis vasallos: la de poder
amar sin obstáculo á su familia; mirad, hablaremos muy bajo la reina y
yo... no os comprometeremos...
--Vuestra majestad no puede comprometer á nadie, porque vuestra majestad
en sus reinos es el único señor, el único árbitro á quien todos sus
vasallos tienen obligación de obedecer y de respetar.
--Pero si no se trata de obediencias, ni de respeto, ni de que toméis
ese tono tan grave; lo veo: estáis entregada en cuerpo y alma á Lerma,
le teméis; le teméis más que á mí; ¿será cierto lo que dicen acerca de
que don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma,
por nuestra gracia, es más rey que el rey en los reinos de España?
Estremecióse doña Juana, porque Felipe III se había levantado de su
indolencia y de su nulidad habituales, en uno de sus rasgos en que, como
en lúcidos intervalos, dejaba adivinar la raza de donde provenía.
Tanto se turbó la duquesa, de tal modo tartamudeó, que Felipe III se
vió obligado á apearse de su pasajera majestad.
--Os suplico, bella duquesa--la dijo asiéndola una mano y besándosela,
como hubiera podido hacerlo un caballero particular--que seáis mi amiga.
--¿Vuestra majestad desea ver á la reina?--dijo toda azorada doña Juana.
--Deseo más.
--¿Y qué más desea vuestra majestad?
--Deseo... que... que esto se quede entre nosotros.
--Yo jamás faltaré á lo que debo á mi lealtad, señor.
--Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros, id y decid
á mi esposa... á la reina... que yo...
--Voy á anunciar á su majestad, la venida de vuestra majestad.
El rey se quedó removiendo el brasero y murmurando: