--Como que está malo de un atracón de setas el cocinero del

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EL COCINERO

DE

SU MAJESTAD

(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)

POR

D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ

EDICIÓN ILUSTRADA CON GRABADOS

[imagen]

MADRID

LIBRERÍA DE F. FE

PUERTA DEL SOL, 15

1907

[La ortografía del original no fue corregida ni actualizada.

(Nota del transcriptor.)]

ES PROPIEDAD.

Imp. de A. Marzo, San Hermenegildo, 32 dupdo.--Teléfono 1.977.

[imagen]

INDICE

TOMO PRIMERO

I De lo que aconteció á un sobrino por no encontrar á tiempo á su tío

II Interioridades reales

III En que se demuestra lo perjudiciales que son los lugares obscuros en

los palacios reales

IV Enredo sobre maraña

V ¡Sin dinero y sin camisas!

VI Por qué el tío daba de comer de aquella manera al sobrino

VII Los negocios del cocinero del rey.--De cómo la condesa de Lemos

había acertado hasta cierto punto al calumniar á la reina

VIII De cómo al señor Francisco le pareció su sobrino un gigante

IX Lo que hablaron Lerma y Quevedo

X De cómo don Francisco de Quevedo encontró en una nueva aventura, el

hilo de un enredo endiablado

XI En que se sabe quién era la dama misteriosa

XII Lo que hablaron la reina y su menina favorita

XIII El rey y la reina

VIX Del encuentro que tuvo en el alcázar don Francisco de Quevedo, y de

lo que averiguó por este encuentro acerca de las cosas de palacio, con

otros particulares

XV De lo que vieron y oyeron desde su acechadero Quevedo y el bufón del

rey

XVI El confesor del rey

XVII En que empieza el segundo acto de nuestro drama

XVIII De cómo entre unos y otros no dejaron parar en toda la mañana al

cocinero de su majestad

XIX El tío Manolillo

XX De cómo el tío Manolillo hizo que doña Clara Soldevilla pensase mucho

y acabase por tener celos

XXI En que continúan los trabajos del cocinero mayor

XXII De cómo en tiempo de Felipe III se conspiraba hasta en los

conventos de monjas

XXIII En la hostería del Ciervo Azul, y luego en la calle

XXIV De lo que quiso hacer el cocinero de su majestad, de lo que no hizo

y de lo que hizo al fin

XXV De cómo los sucesos se iban enredando hasta el punto de aturdir al

inquisidor general

XXVI De lo que oyó el tío Manolillo sin que pudiera evitarlo el confesor

del rey

XXVII En que se ve que el cocinero mayor no había acabado aún su faena

en aquel día

XXVIII De los conocimientos que hizo Juan Montiño, acompañando á la

Dorotea

XXIX De cómo Juan Montiño, con mucho susto de la Dorotea, se dió á

conocer entre los cómicos

XXX De cómo hizo sus pruebas de valiente por ante la gente brava, Juan

Montiño

XXXI De cómo engañó á Dorotea para llevarla á palacio el tío Manolillo

XXXII Continúan los antecedentes

XXXIII El suplicio de Tántalo

TOMO SEGUNDO

XXXIV En que se explicará algo de lo obscuro del capítulo anterior, y se

verá cómo doña Clara encontró un pretexto para favorecer el amor de Juan

Montiño, á pesar de todos los pesares

XXXV De cómo Quevedo, sin decir nada al rey, le hizo creer que le había

dicho mucho

XXXVI De cómo el padre Aliaga puso de nuevo su corazón y la virtud á

prueba

XXXVII De cómo el diablo iba enredando cada vez más los sucesos

XXXVIII De lo que vió y de lo que no vió el tío Manolillo siguiendo á

los que seguían al cocinero mayor

XXXIX De cómo Quevedo conoció prácticamente la verdad del refrán: el que

espera desespera

XL De cómo el noble bastardo se creyó presa de un sueño

XLI De cómo Quevedo se quedó á su vez sin entender al rey

XLII De cómo don Juan Téllez Girón se encontró más vivo que nunca cuando

más pensaba en morir

XLIII Continúan los trabajos del cocinero mayor

XLIV Lo que se puede hacer en dos horas con mucho dinero

XLV En que el autor presenta, porque no ha podido presentarle antes, un

nuevo personaje

XLVI De cómo la Providencia empezaba á castigar á los bribones

XLVII De lo perjudicial que puede ser la etiqueta de palacio en algunas

ocasiones

XLVIII De cómo muchas veces los hombres no reparan en el crimen aunque

sus vestigios sean patentes

XLIX De cómo la duquesa de Gandía tuvo un susto mucho mayor del que le

habían dado Los miedos de San Antón

L De cómo don Francisco de Quevedo quiso dar punto á uno de sus asuntos

LI En que encontramos de nuevo al héroe de nuestro cuento

LII De cómo empezó á ser otro el cocinero mayor

LIII En que se deja ver en claro el bufón del rey

LIV Cómo saben mentir las mujeres

LV Quevedo visto por uno de sus lados

LVI En que el autor retrocede para contar lo que no ha contado antes

LVII Amor de madre

LVIII Las audiencias particulares del duque de Lerma

LIX De cómo Dorotea era más para con el duque, que el duque para con el

rey

LX Lo que hace por su amor una mujer

LXI De cómo le salió á Quevedo al revés de lo que pensaba

LXII De cómo el duque de Lerma se encontró más desorientado que nunca

LXIII De cómo el duque de Lerma vió al bufón de su majestad extenderse,

crear, tocar las nubes, etc.

LXIV De cómo Quevedo buscó en vano la causa de su prisión, y de cómo

cuando se lo dijeron se creyó más preso que nunca

LXV De cómo el tío Manolillo no había dado su obra por concluida

LXVI El padre y el hijo

LXVII De cómo el licenciado Sarmiento hizo bueno una vez más el

proverbio que dice: no es tan fiero el león como la pintan, y de cómo

todas las pulgas se van al perro flaco,

LXVIII De cómo se agravó la demencia del cocinero mayor, y acabó por

creerse asesino del sargento mayor

LXIX En que continúan las desventuras del cocinero mayor, y se ve que la

fatalidad le había tomado por su instrumento

LXX En que se ennegrece gravemente al carácter del tío Manolillo

LXXI De cómo Quevedo dejó de ser preso por la justicia para ser preso

por el amor

LXXII De cómo el duque de Lerma encontró á tiempo un amigo

LXXIII En que el duque de Lerma continúa representando su papel de

esclavo

LXXIV Lo que hizo Dorotea por don Juan

LXXV El sol tras la tormenta

LXXVI De cómo el cocinero mayor conoció con despecho que no se habían

acabado para él las angustias

LXXVII En que se ennegrece á su vez el carácter de Dorotea

LXXVIII En que se siguen relatando los estupendos acontecimientos de

esta verídica historia

LXXIX Del medio extraño de que se valió Quevedo para soltarse de la

prisión en que la había puesto el amor de la condesa de Lemos

LXXX De cómo el interés ajeno influyó en la situación de Quevedo

LXXXI De cómo Quevedo se asusta más de saber que don Juan está en

libertad, que si hubiera sabido que estaba preso

LXXXII En que el tío Manolillo sigue sirviendo de una negra manera á

Dorotea

LXXXIII En que se ve que el bufón y Dorotea habían acabado de perder el

juicio

LXXXIV En lo que vinieron á parar los amores de Dorotea y de don Juan

LXXXV El autor declara que ha concluído, y ata algunos cabos para que no

queden sueltos

CAPÍTULO PRIMERO

DE LO QUE ACONTECIÓ Á UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR Á TIEMPO Á SU TÍO

A punto que el sol transponía en una nublada y lluviosa tarde de

invierno, atravesaba la famosa puente Segoviana, en dirección al ya

próximo Madrid, un cuartago enorme que llevaba sobre su afilado lomo una

silla de monstruosas dimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo

bulto sólo se veían un sombrero gacho de color gris, calado hasta las

cejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dos robustas piernas

cubiertas por unas botas de gamuza de su color, además del extremo de

una larga espada, que asomaba al costado izquierdo bajo la plegadura de

la capa.

El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas caídas, y el jinete

encorvado el cuerpo, como replegado en sí mismo, y la ancha ala del

sombrero doblegada y empapada por la lluvia que venía de través

impulsada por un fuerte viento Norte.

Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadie había en el puente

que pudiera reparar en la extraña catadura de su caballo, ni en su paso

lento y trabajoso, ni en su acompasado cojear de la mano derecha: la

lluvia y el frío habían alejado los vagos y los pillastres, concurrentes

asiduos en otras ocasiones á los juegos de bolos y á las palestrillas de

la Tela; las lavanderas habían abandonado el río, que, dejando de ser

por un momento el humilde y lloroso Manzanares de ordinario, arrastraba

con estruendo las turbias olas de su crecida, y en razón á la soledad,

estaban cerradas las puertas de las tabernillas y figones situados á la

entrada y á la salida del puente.

Nuestro jinete, pues, atravesaba á salvo, protegido por el temporal, una

de las entradas más concurridas de la corte en otras ocasiones, y

decimos á salvo, porque el aspecto de su caballo hubiera arrancado más

de una y más de tres desvergonzadas pullas á la gente _non sancta_,

concurrente cotidiana de aquellos lugares.

Era el tal bicho (no podemos resistir á la tentación de describirle),

una especie de colosal armazón de huesos que se dejaban apreciar y

contar bajo una piel raída en partes, encallecida en otras, de color

indefinible entre negro y gris, desprovista de cola y de crines, peladas

las orejas, torcidas las patas, largo y estrecho el cuerpo, y larguísimo

y árido el cuello, á cuyo extremo se balanceaba una cabeza afilada de

figura de martillo, y en la que se descubría á tiro de ballesta la

expresión dolorosa de la vejez resignada al infortunio.

Representaos seis cañas viejas casi de igual longitud, componiendo un

pescuezo, un cuerpo y cuatro patas, y tendréis una idea muy aproximada

de nuestro bucéfalo que allá en sus tiempos, veinte años antes, debió

ser un excelente bicho, atendidas su descomunal alzada y otras

cualidades fisiológicas que á duras penas podían deducirse por lo que

quedaba á aquella ruina viviente, á aquella especie de espectro, á

aquella víctima de la tiranía humana que así explota la existencia y los

elementos productores de los seres á quienes domina.

[imagen: Desesperábase el jinete con la lenta marcha...]

Desesperábase el jinete con la lenta marcha de su cabalgadura, con su

cojear y con su abatimiento, y de vez en cuando pronunciaba una palabra

impaciente, y arrimaba un inhumano espolazo al jaco, que, al sentir la

punta, se paraba, se estremecía, lanzaba como protesta un gemido

lastimero, y luego, como sacando fuerzas de flaqueza, emprendía una

especie de trotecillo, verdadero atrevimiento de la vejez, que duraba

algunos pasos, viniendo á parar en la marcha lenta y difícil de antes, y

en el acompasado y marcadísimo cojeo.

No sabemos á quién debía tenerse más lástima: si al caballo que llevaba

aquel jinete ó al jinete que era llevado por tal caballo.

El aspecto que presentaba entonces Madrid desde el puente de Segovia,

poco más ó menos, semejante al que presenta hoy, no era lo más á

propósito para dar una idea de la extensión y de la importancia de la

corte de las Españas; veíanse únicamente dos colinas orladas por unos

viejos muros, con algunas torres chatas, y sobre estas torres y estos

muros, á la derecha el convento y las Vistillas de San Francisco; á la

izquierda el alcázar y el cubo de la Almudena, y entre estas dos colinas

el arrabal y la calle y puerta de Segovia, viéndose además hacia la

izquierda y debajo del alcázar el portillo y la puerta de la Vega.

Añádase á esta vista pobre y árida, lo escabroso y desigual del espacio

comprendido entre el puente de Segovia y los muros; los muladares, las

zanjas y las hondonadas de aquel terreno formado por escombros; la luz

triste que se desplomaba de un celaje de color de plomo sobre todo

aquello, y se tendrá una idea de la impresión triste y desfavorable que

debió causar la vista de Madrid en el viajero, que á todas luces iba por

primera vez á la corte, en vista de la irresolución de que dió marcadas

muestras acerca de la dirección que debía seguir para entrar en la

villa, cuando ya fuera del puente, se encontró cerca de los muros.

Fijóse, al fin, decididamente su vista en el alcázar y luego en la

puerta de la Vega, revolvió su caballo hacia la izquierda, y acometió la

ardua empresa de salvar las escabrosidades y la pendiente de la agria

cuesta.

Al fin, aquí tropiezo, allá me paro, acullá vacilo, el anciano jaco

logró pasar la puerta de la Vega; enderezóse un tanto, animado, sin

duda, por el olor de las cercanas caballerizas reales, y acaso por

resultado de ese amor propio de que continuamente dan claras muestras de

no estar desprovistos los animales, disimuló cuanto pudo su cojera, y

siguió sosteniendo un laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantando

por la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hasta un arco que daba

entrada á las caballerizas del rey, y donde, mal de su grado, hubo de

detenerse el forastero, á la voz de un centinela tudesco que le atajó el

paso.

--Y dígame ucé, señor soldado--dijo con impaciencia el jinete--, ¿por

qué no puedo seguir adelante?

--Ser estas las capayerisas de su majestad--contestó el centinela.

--Y dígame ucé, ¿no puedo ir por otra parte al alcázar?

--Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar bor aquí ese

cabayo.

--¿Me impedirán de igual modo que este caballo pase por las otras

entradas del alcázar?

--Mi non saperr eso.

Y el centinela se puso á pasear á lo largo del arco.

--¡Y á dónde diablos voy yo!--dijo hablando consigo mismo el jinete--:

mi tío vive en el alcázar, necesito verle al momento... y ¿dónde dejo á

este pobre viejo? Indudablemente, lo que sobrará en Madrid serán

mesones; ¿pero quién se atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el

pobre _Cascabel_, sería cosa de no concluir á las ánimas y luego sin

dinero: ¡eh! ¡señor soldado! ¡señor soldado!

Volvióse flemáticamente el tudesco mientras el jinete echaba pie á

tierra.

--¿Queréis hacerme la merced de cuidar de que nadie quite este caballo

de esta reja á donde voy á atarle mientras yo vuelvo?

--Mi non entender de eso--contestó el soldado--, volviendo á su paseo.

--Como no sea que le roben para hacer botones de los huesos--dijo una

voz chillona á espaldas del jinete, no sé quién quiera exponerse á ir á

galeras por semejante cosa... ni la piel aprovecha: ¿le traéis para las

yeguas del rey, amigo?

Volvióse el forastero con cólera al sitio donde habían sido pronunciadas

estas palabras con una marcada insolencia, y vió ante sí un hombrecillo,

con la librea de palafrenero del rey.

--Si lo que tenéis de desvergonzado, lo tuviérais de cuerpo,

bergante--dijo todo hosco el forastero echando pie á tierra--, me

alegraría mucho.

--¿Y por qué os alegraríais, amigo?

--¿Por qué? Porque habría donde sentaros la mano.

--Paréceme que servís vos tanto para zurrarme á mí como vuestro caballo

para correr liebres--dijo el palafrenero con ese descaro peculiar de la

canalla palaciega.

--Si mi caballo no sirve para correr liebres, sírvolo yo para haceros

dar una carrera en pelo--contestó el incógnito, que aún permanecía

embozado--, y sin decir una palabra más se fué para el palafrenero con

tal talante, que éste retrocedió asustado hacia una puerta inmediata, á

tiempo que salían de ella dos hombres al parecer principales, contra uno

de los que tropezó violentamente el que huía.

El tropezado empujó vigorosamente al palafrenero, que fué á dar en medio

del arroyo, y apenas se rehizo se quitó el sombrero y se quedó temblando

é inmóvil, entre los caballeros que salían y el forastero.

Miró el caballero tropezado alternativamente al palafrenero, al

incógnito y á su caballo; comprendió por lo amenazador de la actitud del

jinete que se trataba de alguna pendencia cortada, ó por mejor decir,

suspendida por su aparición, y dijo con acento severo y lleno de

autoridad:

--¿Que significa esto?

--Señor, este mal hombre quería pegarme porque me he reído de su

caballo--contestó el palafrenero.

--Yo no extraño que se rían de este animal--dijo el embozado--; lo que

extraño es que se atrevan á insultarme, á mí, que ni soy manco ni viejo.

--En cuanto á lo de viejo, no puedo hablar porque no se os ve el

rostro--dijo el al parecer caballero--; en cuanto á si sois ó no manco,

paréceme que si tenéis buenas las manos, tenéis manca la cortesía.

--¡Eh! ¿qué decís?

--Digo, que para tener de tal modo calado el sombrero y subido el embozo

cuando yo os hablo, debéis ser mucha persona.

--De hidalgo á hidalgo, sólo al rey cedo.

--Os habla el conde de Olivares, caballerizo mayor del rey--dijo el otro

caballero que hasta entonces no había hablado.

--¡Ah! Perdone vuecencia, señor--dijo el incógnito desembozándose y

descubriéndose--, es la primera vez que vengo á la corte.

Al descubrirse el jinete dejó ver que era un joven como de veinticuatro

años, blanco, rubio, buen mozo y de fisonomía franca y noble, á que

daban realce dos hermosos y expresivos ojos negros.

--¡Ah! ¿Acabáis de venir?--dijo el conde de Olivares prevenido en favor

del joven--. ¿Y á qué diablos os venís á entrar con ese caballo por las

caballerizas del alcázar? En sus tiempos debe de haber sido mucho...

--Cosas ha hecho este caballo y en peligros se ha visto que honrarían á

cualquiera, y si porque es viejo lo desprecian los demás, yo, que le

aprecio porque le apreciaba mi padre...

--¿Y quién es vuestro padre?

--Mi padre era...

--Bien; pero su nombre...

--Jerónimo Martínez Montiño, capitán de los ejércitos de su majestad.

--Yo conozco ese apellido y creo que le estoy oyendo nombrar todos los

días; ¿no recordáis vos, Uceda?

--¡Bah! Ese apellido es el del cocinero mayor de su majestad.

--El cocinero de su majestad es mi tío.

--¡Ah! Pues entonces sois de la casa--dijo el conde--; cubríos, mozo,

cubríos, que corre un mal Norte, y seguid hacia el alcázar; y tú,

bergante--añadió dirigiéndose al palafrenero--, toma el caballo, llévale

á las caballerizas y cuídale como si fuera un bicho de punta; y debe de

haberlo sido. ¡Diablo, lo que son los años!

Y el conde de Olivares y el duque de Uceda se alejaron hacia los

Consejos, mientras el joven pasaba el arco en dirección al alcázar,

murmurando:

--¡El conde de Olivares y el duque de Uceda! Paréceme de buen agüero

este encuentro... Ello dirá... Lo que únicamente me inquieta es el haber

dejado á _Cascabel_ entregado á aquel bergante... Pero mi tío arreglará

esto y lo otro. Vamos en busca de mi tío.

El joven atravesó la plaza de Armas y se encaminó en derechura al

pórtico del alcázar sin detenerse un punto á mirarle, á pesar de que

pertenecía al gusto del renacimiento y era harto bello y rico para no

llamar la atención á un forastero; pero fuese que nuestro joven no se

admirase por nada, fuese que le preocupase algún grave pensamiento,

fuese, en fin, que comprendiese que es más fácil hacerse paso cuando se

camina de una manera desembarazada, altiva y como por terreno propio,

la verdad del caso fué que se entró por las puertas del alcázar como si

en su casa entrara, alta la frente, la mano en la cadera y haciendo

resonar sus espuelas de una manera marcial sobre el mármol del

pavimento.

Ni él miró á nadie ni nadie le miró; atravesó un vestíbulo sostenido por

arcadas, siguió una galería adelante y se encontró en el patio.

Al ver ante sí la multitud de puertas que abrían paso á otras tantas

comunicaciones del alcázar, hubo forzosamente de detenerse y de buscar

entre los que entraban y salían á alguno de la servidumbre interior que

le guiase hasta las regiones de la cocina, y al fin se dirigió á un

enorme lacayo que le deparó su buena suerte.

--¿Por dónde voy bien á la cocina, amigo?--preguntó nuestro joven.

Miróle de alto abajo el lacayo, extrañando, sin duda, que por tal

dependencia le preguntase un mancebo, buen mozo, que transcendía á la

legua á hidalgo y á valiente, y que llevaba con suma gracia su traje de

camino.

--No os dejarán llegar á la cocina de su majestad--contestó el lacayo

después de un momento de importuna observación--si no decís á quién

buscáis.

--Busco--dijo el joven--al cocinero mayor.

--¡Ah! Pues si buscáis al señor Francisco Montiño, os aconsejo que le

esperéis mañana, á las ocho, en la puerta de las Meninas; todos los días

va á esa hora á oír misa á Santo Domingo el Real.

Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes, se

marchaba.

--Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: ¿por qué razón he de

esperar á mañana y esperar fuera del alcázar?

--Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alcázar, no recibe en él á

persona viviente.

--¡Cómo!

--No recibe en su casa por dos muy buenas razones.

--¿Y cuáles son esas buenas razones?

--La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hija cumplió los

catorce años nadie entra en su cuarto; y desde que se casó en segundas

nupcias ha clavado las ventanas que dan á las galerías.

--¡Bah! Pero recibirá en la cocina.

--Menos que en su casa. Allí no recibiría ni al mismo rey.

--No importa. Yo sé que me recibirá.

--Mucha persona debéis ser para él.

--Soy su sobrino.

Cambió de aspecto el lacayo al oír esta revelación; dejó su aspecto

altanero y un si es no es insolente; pintóse en su semblante una

expresión servicial y cambió de tono; lo que demostraba que el cocinero

mayor tenía en palacio una gran influencia, que se le respetaba, y que

este respeto se transmitía á las personas enlazadas con él por cualquier

concepto.

--¡Ah! ¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco

Montiño?--dijo acompañando sus palabras con una sonrisa suntuosa--; eso

es distinto, vamos, y llevaré á vuesa merced hasta donde sin tropezar y

en derechura pueda encaminarse á la cocina.

Y, volviendo atrás, se entró por una puertecilla situada en un ángulo,

subió por una escalera de caracol y salió á una larga galería.

El joven siguió tras él y así atravesaron algunas puertas, en todas las

cuales había centinelas; pero muy pronto empezaron á recorrer enormes

salones desamueblados en la parte íntima, por decirlo así, del alcázar.

Subieron otras escaleras, y en lo alto de ellas se detuvo el lacayo.

--Desde aquí--dijo--nadie atajará á vuesa merced, porque sólo las gentes

de la casa andan por esta parte; siga vuesa merced adelante hasta el

cabo de la crujía, y el olor le guiará.

Y después de un respetuoso saludo, dejó solo al sobrino de su tío.

En efecto, cuando el joven estuvo al fin de la crujía le dió en las

narices un olor indefinible, suculento, emanación de cien guisos, aroma

especial que sólo analiza un cocinero; guiado por aquel rastro, el joven

siguió adelante, y muy pronto atravesó una gran puerta y se encontró en

la cocina de su majestad.

Llenaba aquel espacio, pulcramente blanqueado, una atmósfera que

alimentaba; aspirábase allí una temperatura sofocante; cantaban,

chirriaban, chillaban en coro una multitud de ollas y cacerolas; veíanse

en medio de una niebla _sui generis_ una multitud de hombres y de

muchachos, oficiales los unos, pinches los otros, galopines los más y

pícaros de cocina; aquel era un taller en forma, en que se iba, se

venía, se picaba, se espumaba, se soplaba, se veían acá y allá limpios

utensilios, brillaba el fuego y, últimamente, en una larga percha se

veían capas de todos colores y espadas y dagas de todas dimensiones.

Por el momento nadie reparó en el joven; pero él se encargó de que

reparasen en él dirigiéndose á un oficial que traía asida por las dos

manos una descomunal cuajadera.

--¿Queréis decirme--le preguntó--dónde está el cocinero mayor?

Dejó el oficial la cuajadera sobre una mesa y se volvió al joven,

limpiándose las manos en su mandil.

--¡Ta, ta! ¡El cocinero mayor!--dijo con acento zumbón--. Si por ventura

venís á buscar trabajo, echadle un memorial.

--No busco trabajo, le busco á él.

--No está.

--Ya sé que no recibe en la cocina; pero si está, decidle que le busca

su sobrino, que acaba de llegar de su pueblo y que le trae una carta de

su hermano el arcipreste.

Operóse en la actitud, en el semblante y en las palabras del oficial la

misma transformación que se había operado en el lacayo, pero de una

manera tan marcada, que el joven no pudo menos de comprender que si su

tío era una influencia poderosa en el alcázar, en la cocina era una

omnipotencia.

--¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco Montiño?-dijo el

oficial completamente transformado--. ¡Qué diablo! Su merced no está.

Habían rodeado á la sazón al joven una turba de galopines que le miraban

con las manos á las espaldas, ojos que se reían y bocas que rebosaban

malicia.

Como que se trataba de un profano.

--¿Y dónde encontraré á mi tío?.. Me urge... me urge de todo punto--dijo

el joven con acento impaciente.

--Yo diré á vuesa merced dónde está su tío--dijo un galopín--: el señor

Francisco Montiño está prestado.

--¡Cómo prestado!--dijo el oficial.

--Prestado al señor duque de Lerma--dijo otro pinche.

--Como que está malo de un atracón de setas el cocinero del duque.

--Y el duque tiene convidados.

--Por último, ¿mi tío no volverá probablemente?--dijo el joven.

--No volverá, caballero--dijo otro de los oficiales--, porque me han

encargado que sirva la cena de su majestad.

--¿Y dónde vive el duque de Lerma?

--¡Toma!--exclamó un pinche como escandalizado--. En su casa; es

menester venir de las Indias para no saber dónde vive el duque.

--Calle de San Pedro, caballero--dijo el oficial encargado

accidentalmente de la cocina--; cualquier mozo de cuerda á quien vuesa

merced pregunte le dará razón.

Tomó el joven las señas que le dieron, las fijó en la memoria, como que

tanto le importaban, y despidiéndose de aquella turba, salió y tomó la

crujía adelante; pero fué el caso que, como el alcázar era un laberinto

para él desconocido, en vez de volver por el mismo camino de antes, tomó

la dirección opuesta, bajó unas escaleras, y se encontró en habitaciones

amuebladas, entapizadas, alfombradas é iluminadas, porque ya era casi de

noche, y en las que había algunos lacayos.

Pero marchaba el joven de una manera tan decidida, absorto en sus

pensamientos y sin reparar en nada, que, sin duda porque por aquella

parte habían quedado atrás las entradas difíciles, y no circulaban más

que los que estaban autorizados para ello, nadie le preguntó, ni le puso

obstáculos, ni le dijo una palabra.

Y así continuó hasta un estrecho pasadizo, medio alumbrado por un farol

clavado en la pared, y enteramente desierto, donde hubo de sacarle de su

distracción una voz de mujer, grave, sonora, que hablaba sin duda con

otra detrás de una mampara próxima, y que le dejó oír involuntariamente

las siguientes palabras:

--Me va en ello más que piensas... es preciso; preciso de todo punto...

¡oh, Dios mío!

Nuestro joven hizo entonces lo que en igual situación hubiera hecho el

más hidalgo: comprendió que una casualidad le había llevado á un lugar

donde dos mujeres se creían solas, que las graves palabras que había

oído pertenecían sin duda á un secreto que él no debía sorprender, y se

hizo atrás dirigiéndose á la puerta inmediata; pero aquella puerta

estaba cerrada.

Dirigióse á la ventura á otra, pero al llegar á ella se abrió y salió

una dama.

El joven dió un paso atrás, y se quitó el sombrero. La dama que salía

dió un ligero grito de sorpresa, y quedó inmóvil.

--¿Qué hace este hombre aquí?--dijo con la voz notablemente alterada.

--Perdonad, señora, pero...

--¿Pero qué?--exclamó con impaciencia la dama.

--Soy forastero: He venido al alcázar á ver á mi tío, y al salir me he

perdido.

--¿Y quién es vuestro tío?

--El cocinero mayor del rey.

--¡Ah!¿sois sobrino del cocinero mayor?--repuso la dama, cuya voz estaba

alterada por una conmoción profunda--; comprendo: venís de las cocinas.

--Así es, señora--contestó el joven--, que contrariado y confuso por su

torpeza, tenía la vista fija en el suelo.

--Habéis bajado por las escaleras por donde se sirve la vianda á su

majestad; habéis cruzado la galería de los Infantes, y os habéis metido

en la portería de damas... ¡y esos maestresalas!... ¡estarán durmiendo!

--Yo siento, señora... yo quisiera...

--¿Cuánto tiempo hace que estáis en esta galería?

--Hace un momento, señora; como que al abrir esta puerta, buscaba una

salida.

--¿Y no habéis oído hablar á nadie?

--No, señora.

Y entonces el joven alzó los ojos, miró á la dama y se puso pálido.

Lo que había causado la palidez del joven, era la hermosura de la dama y

la expresión de sus grandes ojos, fijos en él, de una manera particular.

--La casualidad que os ha traído aquí--dijo la dama--, os pudiera costar

cara.

--Sucédame lo que quiera, me pasará indudablemente menos de ello que de

haberos disgustado.

--Venid--dijo la dama--, cuya voz tenía todavía el acento irritado,

trémulo, conmovido.

Y en paso rápido, fuerte, enérgico, tiró la crujía adelante, llegó á una

puerta, abrió su pestillo con un llavín dorado, la pasó y repitió con

impaciencia:

--¡Seguid! ¡Seguid!

Se encontró el joven en otra galería menos alumbrada; por último, la

dama tomó por una escalera obscura.

El joven la siguió á tientas; nada veía: sólo percibía el ardiente

hálito de la dama, el crujir de su traje de seda, la fuerte huella de su

paso.

Al fin de la escalera sintió abrir una puerta, y la voz de la dama que

le dijo:

--Salid: id con Dios.

Fué tal el acento de la dama al despedirle, que el joven no se atrevió á

contestar: salió, sintió que cerraban la puerta, y se encontró en un

ámbito tenebroso, del cual no podía apreciar otra cosa sino que estaba

embaldosado de mármol, por el ruido que producían sobre el pavimento sus

pisadas.

Con las manos delante, á tientas, siguió á lo largo de una pared;

torció, revolvió, anduvo perdido un gran espacio, y al fin, guiado por

el resplandor de una luz que se veía tras una puerta, se dirigió á ella,

se encontró en una galería baja y luego en el patio.

Acontecióle entonces lo que nos acontece cuando despertamos de una

molesta pesadilla: su corazón se espació y aspiró con placer el aire

frío que, zumbando en las cornisas, penetraba en remolino hasta el fondo

del patio.

Pero la impresión de toda pesadilla, continúa aun después de despertar;

el joven guardaba una fuerte impresión de su aventura, pero

indeterminada, vaga, como un sueño; aquella impresión partía de la dama

que había visto un momento; recordaba, con no sabemos qué agitación, que

era una mujer tan hermosa como no había visto otra; pero no recordaba

los rasgos de su semblante, ni el color de sus ojos, ni el de sus

cabellos, ni su apostura, ni su traje; habíale acontecido lo que al que

mira de frente al sol, que solo ve luz, una luz que le deslumbra, que

sigue lastimando sus ojos después de haberlos cegado; estaba seguro de

no conocerla si por acaso la veía otra vez, y esto le desesperaba; no se

daba razón del sentimiento que aquella impresión le hacía experimentar;

no pensó en que podía estar enamorado, como al recibir una estocada

nadie por el momento se cree herido de muerte.

El amor es hijo de la imaginación; la imaginación del joven no había

tenido tiempo ni aun para formar el embrión de ese fantasma ardiente á

quien damos la forma de la mujer que ha hablado fuertemente á nuestros

sentidos; estaba aturdido y nada más.

Así es que, profundamente preocupado, se dirigió por un instinto á una

salida, y por efecto de su preocupación, ni vió dos hombres embozados,

que estaban parados en la puerta de las Meninas, ni oyó este breve

diálogo, que pronunciaron al pasar el joven junto á ellos:

--¿Ha salido?

--Sí.

--¿Cuándo?

--Hace algunos minutos.

--¿En litera?

--En litera.

El joven pasó y maquinalmente tomó por la embocadura de una calle

inmediata.

La noche cerraba á más andar: el temporal seguía; la lluvia lenta,

sorda, pesada, espesa, producía un arroyo en el centro de la calle, y

las gentes, rebujadas en sus capas ó en sus mantos, pasaban de prisa.

Era esa hora melancólica del crepúsculo vespertino, anticipada por el

estado de la atmósfera, y por la niebla que empezaba á tenderse sobre la

tierra. En aquel tiempo las calles de Madrid no estaban alumbradas, ni

empedradas, ni abundaban las tiendas, y las pocas que existían, se

cerraban al obscurecer; andaba poca gente por las calles, porque

entonces Madrid, teniendo una periferia casi tan extensa como ahora,

tenía mucha menos población; las casas, construídas en su mayor parte _á

la malicia_, como se decía entonces, ó para que lo entiendan nuestros

lectores, con un solo piso, para librarse de la carga de aposento con

que estaban gravadas las que se elevaban más, eran bajas, de pobre

aspecto, y muchas de ellas de madera; las calles eran irregulares,

tortuosas, estrechas, con entrantes y salientes, y singularmente por la

parte contigua al alcázar, por donde marchaba nuestro joven, eran un

verdadero laberinto, habiendo trozos en que no se veía una sola puerta,

á causa de formarlos las tapias de los huertos de los cuatro ó cinco

conventos que había en aquel barrio.

En uno de estos callejones escuetos y solitarios se detuvo de repente

nuestro joven, que había llegado hasta allí maquinalmente, para

orientarse del lugar en que se encontraba.

El frío y la lluvia le habían vuelto al mundo real; miró en torno suyo

en busca de una persona á quien preguntar, y se encontró solo; pero de

repente, sin que antes hubiese sentido pisadas, sintió que se asían á su

capa, y oyó una voz de mujer que le decía con precipitación:

--¡Dadme vuestro brazo, y seguid adelante, seguid!

Volvióse el joven, y vió junto á él una mujer de buena estatura, de buen

talante, de buen olor, completamente envuelta en un manto negro.

--¡Seguid, seguid adelante!--dijo la dama con doble impaciencia--; y no

hagáis extrañeza ninguna, que me importa. Yo os explicaré... ¡pero

seguid!

Y la tapada levantó por sí misma la halda de la capa del joven, y se

asió á su brazo y tiró de él.

--¡Yo os digo que sigáis adelante!--exclamó la incógnita con

irritación--; ¡ó es que sois tan poco hidalgo, que no queréis favorecer

á una dama!

No permitiendo la sorpresa contestar al joven, se limitó á dejarse

conducir por la tapada.

--Pero, ¡yo os arrastro! ¡yo os llevo!--dijo ésta con acento en que

brotaba un tanto de irritación--; ¡y lo notará quien nos vea! ¿Cómo

llevaríais á vuestra amante, caballero?

--¡Ah! ¡según!--dijo el joven--... si íbamos huyendo de un marido, de un

padre, ó un hermano...

--No, no tanto como eso: marchemos naturalmente, como dos enamorados á

quienes importan poco el frío, la lluvia y el viento.

--Sea como vos queráis--dijo el joven--; y paréceme que si yo os

conociera, sería muy posible, casi seguro, mi enamoramiento.

--¿De dónde sois, caballero?--dijo la tapada, marchando ni más ni menos

que si no hubiera llovido, y se hubiese encontrado junto al hombre de su

elección.

--Soy... pero dispensad, señora; ni comprendo lo que me sucede, ni puedo

adivinar el objeto de vuestra pregunta.

--Os pregunto que de dónde sois, porque me parecéis un tanto cortesano:

me estáis enamorando á la ventura sin soltar prenda.

--Pues os engañáis, señora; no soy cortesano sino desde esta tarde.

--¡Cómo! ¿no habéis venido hasta ahora á la corte?

--No; y sin embargo, aunque no llega á una hora el tiempo que hace que

estoy en ella, me han sucedido tales aventuras...

--¿Aventuras y en una hora?

--Sí por cierto: he reñido con un palafrenero del rey; he conocido á dos

grandes señores; me he perdido en el alcázar...

--¡Ah! ¡os habéis perdido... en el alcázar...! ¿y qué aventura os ha

sucedido al perderos?

--¡Perderme!--exclamó el joven, y suspiró porque se acordó de la

hermosura de la dama de la galería.

--En palacio es el perderse muy fácil--dijo la dama--, y os aconsejo que

si alguna vez entráis en él, os andéis con pies de plomo; ¿y no os ha

acontecido más aventura después de haberos... perdido en el alcázar?

--Sí, sí por cierto: ¿no os parece una muy singular aventura esta en que

me encuentro con vos, á quien no conozco, que se me os habéis venido sin

saber de dónde y que...?

--¿Y qué...?

--Podéis acabar de perderme.

--¡Yo!

--Sí, vos: debéis ser muy hermosa, señora, y muy principal, y hallaros

metida en un gran empeño.

--Explicadme...

--Os siento apoyada en mi brazo, y ¡Dios me perdone!, pero quien tiene

tan hermoso brazo, debe tenerlo todo hermoso.

--En la tierra de donde venís, ¿se acostumbra á abusar de las mujeres,

caballero?

--¡Ah!, perdonad: yo no creía...

--Vos lo habéis dicho: soy una dama principal: más de lo que podéis

creer, y, como habéis supuesto, me encuentro en un gran conflicto.

--Vuestra voz, aunque quisistéis disimularlo, era un tanto trémula

cuando me hablásteis: vuestro brazo, al asirse al mío, temblaba.

--Acortad el paso y bajad más la voz--dijo la dama--; nos siguen.

--Y vos, cuando os siguen, ¿os detenéis?

--Cuando sé que quien me sigue tiene dudas de si soy yo ó no soy,

procuro no desvanecerlas huyendo: quien huye teme.

--¿Y vos no teméis?

--Sí por cierto, y porque temo mucho, procuro que quien me sigue dude;

dude hasta tal punto, que siga su camino creyendo que pierde el tiempo

en seguirme.

--¿No es vuestro esposo quien os sigue?

--Yo no soy casada.

--¿Ni vuestro padre?

--Está sirviendo al rey fuera de España.

--¿Ni vuestro hermano?

--No le tengo.

--¿Ni vuestro amante?

--Nunca le he tenido.

--¡Ah!

--¿Qué os sucede?

--Quisiera saber quién os sigue.

--No volváis la cara, que sin que la volváis os sobrará acaso tiempo de

saberlo.

--Pero si no es asunto vuestro...

--¿Sabéis que sois muy curioso, caballero?

--¡Ah!, perdonad: me callaré.

--No, hablad; hablad.

--Pero si mis palabras os ofenden...

--Habladme de lo que queráis.

--¡Ah! ¿de lo que yo quiera? Yo quisiera conoceros.

--¿Y para qué?

--Os repito que debéis ser muy hermosa.

--Mirad no os engañe vuestro deseo.

--Descubrid el rostro.

--Mostraros el rostro ahora sería comprometer acaso un secreto que no es

mío.

--¡Cómo!

--Si pudiérais dar señas de la mujer á quien vais acompañando...

--Soy noble y honrado.

--No os conozco.

--Y sin embargo, os habéis amparado de mí.

--A la ventura, á la desesperada.

--¿Y no os inspira confianza la manera respetuosa con que os trato?

--Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habéis dicho quiénes eran

los dos grandes señores que habéis conocido.

--¿Y por qué no? Eran el conde de Olivares y el duque de Uceda.

--¿Y cómo? ¿por qué habéis conocido á esos caballeros?

--Terciaron en mi disputa con el palafrenero.

--¡Ah!, y decidme: ¿de dónde salían?

--De las caballerizas del rey.

--¡Ah!, ¡es extraño!--dijo la dama--; ¡juntos y en público Olivares y

Uceda!

Y la dama guardó silencio por algunos segundos.

Seguían andando lentamente; por fortuna la lluvia no arreciaba; y los

anchos y bajos aleros de las casas los protegían.

El forastero iba fuertemente impresionado. La tapada apoyaba con

indolencia su brazo, un brazo mórbido y magnífico, á juzgar por el

tacto; su andar era reposado, grave, indolente; el movimiento de su

cabeza lleno de gracia, de atractivo; su voz sonora, dulce,

extremadamente simpática, y se exhalaba de ella una leve atmósfera

perfumada. Además, una preciosa mano cuajada de anillos y extremadamente

blanca y mórbida, sujetaba su manto cerrado sobre su rostro, sin dejar

abierto más que un candil, una especie de pliegue demasiado saliente,

para que pudiera vérsela ni un ojo.

La noche empezaba á cerrar densamente obscura.

El joven empezaba á aturdirse con lo que le acontecía.

--¿Y qué aventura os sobrevino en el alcázar cuando os perdísteis?

--Os lo repito: mi aventura en el alcázar ha sido perderme.

--Pero esa es una palabra que puede entenderse de muchos modos.

--¡Ah, señora...! ¡tengo una sospecha...!

--¿Qué?--dijo con cuidado mal encubierto la dama.

--Que acaso vos seáis la causa de que yo me haya perdido.

--¡Yo! ¡y no me conocéis!

--Esa es mi desesperación: que no os conozco, y os recuerdo.

--¿Sabéis que ya es obra el entenderos? Si no me conocéis, ¿como podéis

recordarme?

--Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, un momento nada más, y

os he visto tan hermosa que me habéis cegado...

--¿Que me habéis visto? ¿Y dónde?

--Cuando os asísteis á mí, teníais abierto el manto.

--¡Oh! ¡no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, ¿de qué color son

mis ojos?

--Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, señora, y cuando he vuelto

á abrir los ojos me he encontrado á obscuras.

--Nos siguen más de cerca--dijo la dama--, y mucho será de que quien nos

sigue, á pesar de todo, no me conozca.

--La noche está obscura, señora; hace tiempo que vamos por calles

desiertas: al que estorba se le mata.

--¡Ah!--exclamó la dama y estrechó el brazo del joven.

--Decidme: detened á ese hombre, y no da un paso más.

--¿Y mataríais por mí á quien no conocéis? ¿á un hombre que ningún mal

os ha hecho?

--Sí.

--¿Y si no fuera yo quien creéis?

--¿Quién otra pudiera ser?

--La dama de palacio.

--Es que yo no he visto en palacio ninguna dama.

--¿La habéis prometido callar?

--Os juro que á ninguna dama he visto.

--Decidme... pero rodeemos por esta calle: ¿á qué habéis venido á

Madrid?

--A buscar á mi tío, que es el cocinero mayor del rey.

--¡Ah! ¿y al arrimo de vuestro tío, venís á pretender algún oficio á la

corte?

--Yo, señora, no pretendo nada.

--¿Sois rico?

--Soy pobre. Pero para servir bajo las banderas del rey como soldado, no

son necesarios empeños.

--¿De modo que...?

--Vengo á traer á mi tío el cocinero una carta de mi tío el arcipreste.

--¡Ah! ¿y de dónde venís...!

--De Navalcarnero.

--¿Y nunca habéis salido de esa villa?

--Sí, por cierto, señora. He cursado en la Universidad de Alcalá.

--¡Ah! ¡ya decía yo!

--¿Y qué decíais vos?

--Que no érais novicio. ¡Estudiante! ¡ya!

--Y estudiante de teología.

--¿Y ordenado?

--No por cierto. Me gusta más el coselete que la sotana, y luego el

amor... ¡poder amar sin ofender á Dios ni al mundo!

--No sabéis hablar más que de amor.

--Pues mirad; hasta ahora no he amado.

--¿Amáis á la dama del juramento?

--Os juro, señora...

--Si yo fuese la dama de la galería...

--¡Ah!

--Si yo fuese la que de tan mal talante os echó por una escalera

excusada...

--¿Vos me libertáis de mi promesa?

--Y porque habéis cumplido bien, espero que me contestéis en verdad: ¿es

cierto que os he causado tal impresión, que no recordáis mi semblante?

--Os lo juro por mi honra.

--Pues bien; olvidad de todo punto vuestro amor que empieza; es tiempo

aún: cuidad que no me volveréis á ver, cuidad que es un sueño lo que os

sucede, y seguid callando como callábais.

--¡Oh! ¡sí! ¡callaré! pero amaré... os amaré... aunque no os conozca...

¡os amaré siempre!... ¡sin esperanza...!

--Olvidemos locuras y hablemos de lo que importa, porque vamos á

separarnos. Parémonos en esta esquina. Respondedme, si es verdad que he

causado en vos la impresión que decís. ¿Oísteis hablar á alguien en la

galería?

--Sí.

--¿Qué oísteis...?

--Estas ó semejantes palabras: «me va en ello la vida ó la honra...»

ello era gravísimo. ¿Y queréis que sea franco con vos? He creído que

quien pronunciaba aquellas palabras era...

La tapada puso su pequeña mano sobre la boca del joven, y éste,

aprovechando la ocasión, la retuvo, la besó; la dama dió un ligero

grito, y desasió con fuerza su brazo de la mano del joven; en ésta quedó

un brazalete, que el joven guardó rápidamente, y aprovechando el haberse

descompuesto el manto de la dama, la miró:

--¡Ah!--exclamó con desesperación.

--Está la noche muy obscura--dijo la dama cubriéndose de nuevo.

--¿Y no tendréis compasión de mí...?

--Escuchadme y servidme.

--Os serviré.

--Desde aquí voy á seguir sola.

--¡Sola!

--Sí. Allí, junto aquella puerta, hay un hombre parado. Es necesario que

ese hombre no pueda seguirme.

--No os seguirá.

--Evitad matarle, si podéis. Con que le entretengáis un breve espacio

estaré en salvo.

--¿Pero nada me decís? ¿Ninguna señal vuestra me dais?

--¡Ah! ¿queréis una señal? Tomad.

--¿Y qué es esto...?

--Tomadlo.

--¡Una joya!

--No, una señal. Y oíd: seguid guardando un profundo secreto acerca de

vuestras dos aventuras conmigo. Vos no habéis estado en la portería de

damas, vos no habéis oído nada. Sobre todo no sospechéis, no os atreváis

á adivinar que quien ha pronunciado aquellas graves palabras, ha sido...

--¡La reina!

--Sí--dijo la tapada inclinándose al oído del joven y con voz ardiente y

entrecortada--: era la infeliz Margarita de Austria. Ya veis si confío

en vos. Deteniendo á ese hombre que me sigue, servís á su majestad. Sed

caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volváis á verme

vuestra fortuna ha de dar envidia á muchos.

--¡Oh! ¡esperad! ¡esperad, señora!

--¿No os he dejado una prenda?

--Pero...

--No puedo detenerme más. Adiós; impedid que ese hombre me siga. Adiós.

Y la tapada tiró una calleja adelante.

El bulto que estaba parado á alguna distancia, adelantó á buen paso.

--¡Eh! ¡atrás! ¡no se pasa!--dijo nuestro forastero, echando al aire la

daga y la espada.

El que venía hizo un movimiento igual, y sin decir una palabra, embistió

al joven.

--Os aconsejo que os vayáis--dijo éste, acudiendo al reparo de los

golpes que le tiraba el embozado--, porque si no os vais, os va á

suceder algo desagradable. ¡Hola! ¿se me os venís con estocadas?

¡perfectamente! pero es el caso que yo no quiero mataros, amigo mío.

Echó fuera dos ó tres estocadas bajas, y aprovechando un descuido del

contrario, le dió un cintarazo encima del sombrero.

--Eso ha podido ser un tajo que se os hubiese entrado hasta los

dientes--dijo el joven pronunciando esta nota con una calma admirable.

El otro redobló su ataque.

--Es el caso que yo no quiero mataros--dijo el sobrino de su tío--; no

por cierto: sería bautizar mi entrada en Madrid con sangre. ¡Ah! ¿os

empeñáis? pues... allá voy, camarada...

Y se cerró en estocadas estrechas, obligando al contrario á repararse

con cuidado.

--¡Ah! ¡ah!--murmuró el joven--; en la corte no saben más que _echar

plantas_; paréceme que ya le tengo para el desarme de mi tío el

arcipreste. ¡Veamos! ¡Pobre hombre! ¡Bah! ¡estáis preso! ¡Sois mío!

El forastero había cogido á su contrario en el momento en que tenía

puesta su daga sobre la espada, cerca de su empuñadura; había metido una

estocada baja y diagonal por el ángulo estrecho formado por la daga y

por la espada del incógnito y había hecho una especie de trenza con los

tres hierros, sujetándolos contra el muslo izquierdo de su contrario.

Era un desarme completo; el enemigo no podía valerse de sus armas; entre

tanto, al forastero le quedaba franca la daga para herir, pero no hirió.

--Idos--dijo al otro--; puedo mataros, pero no quiero asustar á mi buena

suerte tiñéndola de sangre la primera noche que entro en Madrid;

envainad vuestros hierros y volvéos por donde habéis venido.

Y diciendo esto sacó su espada del desarme, se retiró dos pasos del

otro, que había quedado inmóvil, y luego se embozó y tiró la calle

adelante por donde había desaparecido la tapada.

El vencido quedó solo, inmóvil; un momento después de haberse alejado su

generoso vencedor, relumbraron luces en una calleja y adelantó un

hombre, á quien seguían otros cuatro.

Aquellos hombres eran alguaciles y traían linternas.

CAPÍTULO II

INTERIORIDADES REALES

Doña Juana de Velasco, duquesa viuda de Gandía, era camarera mayor de la

reina.

La viudez ú otras causas que no son de este lugar, habían empalidecido

su rostro y poblado, aunque ligeramente, de canas sus cabellos.

Pero, á pesar de esto, el rostro de doña Juana era bastante bello,

dulcemente melancólico, y sobre todo expresaba de una manera marcada la

conciencia que la buena señora tenía de su nobleza, que, según los

doctores del blasón, se remontaba nada menos que á los tiempos de la

dominación romana.

Satisfecha con su cuna, con la posición que ocupaba en la corte y con

sus rentas, que la bastaban y aun la sobraban para destinar parte de

ellas á la caridad, doña Juana de Velasco, ó sea la duquesa de Gandía,

era feliz, salvo algunos importunos recuerdos de su juventud.

No se crea por esto que la camarera mayor de la reina gozaba de una

manera pasiva de su buena posición, ni que de tiempo en tiempo no la

molestase algún grave disgusto.

Si la duquesa de Gandía no hubiese funcionado como una rueda, más ó

menos importante, en la máquina de intrigas obscuras que estaba

continuamente trabajando alrededor de Felipe III, no hubiera sido

camarera mayor de la reina.

La duquesa de Gandía era acérrima partidaria de don Francisco de

Sandoval y Rojas, duque de Lerma, marqués de Denia y secretario de

Estado y del despacho.

Tenía para ello muy buenas razones, porque sólo apoyándose en buenas

razones, podía ser amiga del duque la virtuosa duquesa.

Dotada de cierta penetración, de cierta perspicacia, comprendía la

duquesa que Felipe III, si bien era rey por un derecho legítimo, que

nadie podía disputarle, era un rey que no era rey más que en el nombre.

Sabía perfectamente la duquesa, sin que la quedase la menor duda, que

Felipe III era miope de inteligencia; que sólo había heredado de su

abuelo Carlos V ciertos rasgos degradados de la fisonomía; que el cetro

se convertía en sus manos en rosario; que era débil é irresoluto,

accesible á cualquiera audacia, á cualquiera ambición que quisiera

volverle en su provecho, y lo menos á propósito, en fin, para regir con

gloria los dilatadísimos dominios que había heredado de su padre.

El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III · 第 1 / 66 段