lanzó una blasfemia.
--¿Qué es eso, don Joaquín?
--Que es usted un torpe, señor inspector. ¿Quién le mandaba a usted
venir tan pronto? ¡Buena la hemos hecho!
--¿Pero este señor no es...?--preguntó el policía con asombro.
--Este señor--le interrumpió Quirós--es un borracho impertinente, que ha
venido a incomodarme, y del que yo me hubiera librado sin necesidad de
que ustedes se movieran.
El borracho afirmó, y soltó otra vez su resuello vinoso, en el que iban
envueltas palabras tan pronto españolas como francesas. El pedía perdón
una y mil veces al señor policía y a todos los presentes; pero él no era
ningún criminal para que le prendiesen: era un súbdito francés, como
podia acreditarlo con su pasaporte y el certificado del cónsul, y se
había permitido el preguntar a aquel caballero por dónde iría más pronto
a la Puerta del Sol.
Tan marcada era la expresión de desaliento en el rostro del inspector, y
tan evidente la embriaguez e inocencia de aquel extranjero, que los dos
agentes, sin esperar orden alguna, soltaron los brazos del detenido.
El comisario, furioso por la decepción sufrida, que le ponía en ridículo
ante un personaje como Quirós, y deseoso de venganza, intentó dar un
puntapié al francés; pero éste supo sortearlo hábilmente, y miró a los
dos agentes, como para ponerse a cubierto de una lluvia de golpes.
--¡Eh, señor inspector!--dijo Quirós, con acento áspero--. No vayamos a
empeorar su desacierto dando un escándalo. Ese hombre aún no ha venido,
y aunque esto empieza mal, podemos tener todavía alguna esperanza. Cada
uno a su puesto, y aguardemos.
El comisario aceptó sumiso la orden de Quirós, y señalando
imperiosamente el extremo de la calle, dijo al extranjero:
--¡Largo de aquí, borrachín, o por Cristo vivo que...!
Y fué nuevamente a golpearle; pero el francés anduvo listo, y salió
escapado, marchando con dirección a la plaza de Oriente, con el paso
vacilante propio de un hombre que, aunque ebrio, no tiene aún vencida
completamente su energía por la fuerza del alcohol.
Los policías, que estaban apostados al extremo de la calle, le dejaron
escapar, y vieron cómo aquel hombre pasaba junto a los carruajes que
estaban a la puerta del teatro Real, cómo contemplaba un buen rato, con
expresión estúpida, la iluminada fachada, y cómo, por fin, después de
dudar un buen rato, cual hombre que no sabe el camino y teme preguntar,
se entraba en la calle de Felipe V.
Nadie pensó en seguirlo, y cuando el extranjero, guareciéndose tras la
esquina del coliseo, se convenció de que no iban tras sus pasos
espiándole, dirigióse a la plaza de Isabel II, con paso firme.
Apoyado en la verja del jardinillo, y con el embozo de la capa subido
hasta los ojos, estaba un hombre, que, al verle, se acercó a él,
poniéndose a su lado y marchando a su mismo paso.
--Perico--preguntó el embozado--, ¿aguardó solo ese hombre?
--¡Solo! Buena soledad nos dé Dios--dijo Perico, con su acento
natural--. Ese canalla tiene allí apostada toda la Policía de Madrid.
Acabo de verlo.
Y el fiel asistente, sin dejar de andar, y remontando la calle del
Arenal, relató en voz baja a su amo, que marchaba a su lado, todo lo que
acababa de ocurrirle.
--Pero, ¿cómo te has hecho pasar por extranjero? ¿No te habrán conocido?
--¡Bah! Hablaba aquel francés pésimo que tanto hacía reír a usted cuando
estábamos en París, y, además, había tenido la precaución de entrar en
cuantas tabernas encontré al paso desde que nos separamos, enjuagándome
la boca con un vaso del tinto. Olía a vino y chapurreaba como un diablo;
ni más ni menos que uno de esos gabachos que vienen aquí y se
entusiasman demasiado con el caldo del país.
--¿Y dices que me esperan aún?
--Sí, allí están aguardando que aparezca usted para echarle la zarpa.
Puede creer que de buena se ha salvado siguiendo mi consejo.
--Gracias, Perico. No olvidaré que te debo la vida una vez más.
--¡Bah! Mucho he de hacer todavía para pagarle lo que por mí hizo en
Africa.
--Yo buscaré a ese miserable--dijo el conspirador, tras un largo
silencio--, y así que lo encuentre, no le valdrán sus malas artes. Lo de
esta noche es una traición más que he de añadir, a la cuenta de sus
infamias.
--Búsquelo usted, mi capitán; estoy conforme con ello; pero no será por
ahora. Con lo de esta noche, la autoridad sabe ya que usted se halla en
Madrid, y redoblará las persecuciones. Debe usted reservarse para el
asunto que más importa; lo demás, todo se alcanzará. En resumen, amo
mío: vámonos a casa, ocultémonos con más cuidado que antes, y pise usted
la calle únicamente en caso de necesidad, que el diablo anda suelto para
nosotros en forma de policía.
IX
Triste amanecer.
Transcurrieron algunos meses, y llegó el verano.
La vida de Enriqueta, que antes se deslizaba tranquila y monótona,
dedicada por completo al cuidado de su hija, estaba ahora turbada por un
recuerdo tan continuo, que tomaba el carácter de una obsesión.
Mientras, Esteban Alvarez le salía al encuentro, y conmovido por los
recuerdos de la antigua pasión, intentaba, para recobrar la felicidad
pasada, audacias que eran siempre mal recibidas, y merecían enfados y
reprimendas, Enriqueta sólo había sentido por aquel hombre una tierna
simpatía y una imprescindible necesidad de hablar con él, para recordar
el período más dichoso de su vida; pero cuando, de repente, dejó de
verlo; cuando transcurrieron semanas enteras sin que ella, desde la
ventana de su gabinete o tras los vidrios de su berlina, columbrara la
airosa capa con embozos de grana, comenzó a sentir un hondo malestar que
la mortificaba a todas horas.
Ella era honrada, se había jurado no faltar nunca a sus deberes,
accediendo a aquellas súplicas apasionadas que continuamente la dirigía
Esteban; no había pasado por su imaginación, ni aun remotamente, la idea
del adulterio, comprendiendo que con esto se rebajaría al nivel de
Quirós, perdiendo la superioridad moral que sobre éste tenía; pero
Alvarez se había hecho necesario para ella; sentía hacia él el mismo
atractivo que la beldad hacia el espejo que retrata su hermosura, pues
hablando con él veía reflejarse en su imaginación su pasado amoroso, con
todas sus dulces impaciencias y sus palabras celestiales.
Era Enriqueta como una niña que estima poco el juguete cuando lo tiene
en sus manos y lo trata a golpes, para llorar después con desconsuelo
cuando lo ve perdido.
Conforme transcurría el tiempo sin que Esteban apareciera, Enriqueta
sentía crecer el afecto hacia aquel hombre, y en sus horas de soledad su
imaginación se forjaba las más absurdas suposiciones, para explicarse
tan extraña ausencia.
Salía de casa con una frecuencia que alarmaba a la baronesa, y el objeto
de sus correrías por Madrid, que, aparentemente, eran con un fin devoto,
o para ir de compras, no tenían otro fin que el de encontrar a Alvarez y
reanudar las relaciones amistosas, interrumpidas tan extraña e
inesperadamente.
Nunca se le ocurría a la joven señora de Quirós dudar de que Esteban se
hallaba en Madrid.
Conocía ella, aunque superficialmente, el motivo que había llevado a
Esteban a Madrid, haciéndole trocar las seguridades de la emigración por
un continuo peligro, y esto mismo aumentaba las inquietudes de
Enriqueta, que se figuraba a Alvarez amenazado por los más terribles
peligros.
Tales pensamientos sólo servían para aumentar el amor que sentía la
joven. La figura del conspirador, oculto y perseguido, agrandábase ante
sus ojos, revestida de un ambiente de sublime heroísmo, y Enriqueta se
sentía atraída por un sentimiento que no sabía si era amor o admiración.
Obsesionada por aquel afecto, no se daba ya cuenta exacta de sus
sentidos, y muchas veces se creía juguete de absurdas ilusiones. Más de
una vez, al entrar en una iglesia, o al subir a su coche a la puerta de
una tienda, había creído ver entre el gentío aquella capa que se le
aparecía en sueños, y los ojos de Alvarez, fijos en ella; pero todo
desaparecía inmediatamente, y Enriqueta quedábase indecisa pensando si
sería víctima de una ilusión, o realmente Esteban, por el placer de
verla, la seguía algunas veces de lejos, recatándose para no llamar la
atención de los que, indudablemente, le perseguían.
Así transcurrió para Enriqueta todo el resto del invierno y la primavera
entera.
Su marido seguía siendo para ella un ser indiferente en unas ocasiones y
antipático en otras, y Quirós podía hacer la vida que mejor le placiere,
sin miedo a recriminaciones de su esposa ni a tragedias conyugales.
No procedía de igual manera la baronesa. Entre ésta y Quirós se había
efectuado una reconciliación, que borró la malevolencia que a raíz del
casamiento mostraba doña Fernanda contra su cuñado.
Cuando la aristocrática señora olvidó un poco la maquiavélica conducta
observada por el aventurero para obtener la mano de Enriqueta, y lo vió
en camino de convertirse en un personaje importante de "la buena
causa", doña Fernanda sintió renacer la antigua simpatía, y se propuso
ser nuevamente su directora, llevada de su ambición devota.
En los salones hablábase alguna vez que otra de las brillantes defensas
del catolicismo y las sanas ideas que el diputado Quirós hacía en el
Congreso, y esto bastaba para trastornar los sentimientos de la
baronesa, que, ganosa siempre de figurar al lado de las personas que
eran el núcleo del movimiento religioso en España, sentía una inmensa
satisfacción al pensar que tenía en su casa un hombre destinado a ser,
según decían las aristocráticas beatas, el sucesor de Donoso Cortés y el
rival de Aparisi y Guijarro.
El orgullo, más que el cariño, hizo que la baronesa buscase el reanudar
su antigua amistad con Quirós, y en adelante, los dos cuñados tratáronse
como buenos camaradas que, de sobremesa, hablaban del medio mejor para
salvar al mundo, volviéndolo, como oveja descarriada, al redil del
catolicismo.
Doña Fernanda experimentaba una satisfacción sin límites al pensar que
algunas de las ideas que ella emitía para hacer la felicidad de España
las podía repetir algún día en las Cortes el simpático Joaquinito, y
tanto la dominaba la pasión que ahora sentía por él, que hasta trataba
con menos cariño al padre Felipe, del que decía que era un santo varón,
muy ignorante, y no se afligía por las largas ausencias del padre
Claudio.
Tanto era el cariño que sentía por Quirós, que la irritaba la frialdad
que Enriqueta mostraba a su marido, no pudiendo comprender cómo no se
conmovía ante el saber, la elocuencia y la naciente fama del diputado
ultramontano.
La fundación del periódico clerical que dirigía Quirós, idea fué de doña
Fernanda, la cual, todas las mañanas, al tomar el chocolate, gozaba lo
que no es decible leyendo, mientras se llevaba distraídamente las sopas
a la boca, las mismas ideas vertidas por ella el día anterior,
encerradas ahora bajo la berroqueña envoltura del estilo amanerado,
convencional y soporífero, propio del artículo doctrinal.
Unidos por esta fraternidad políticoliteraria, los dos cuñados
tratábanse del modo más cariñoso; en la intimidad de aquella familia,
lejos de las miradas de los intrusos, doña Fernanda más parecía la
esposa de Quirós que aquella Enriqueta que miraba a su marido y a su
hermana, unas veces, con frío desprecio, y otras, con ira, como si con
su presencia turbasen su recogimiento interno, cuyo objeto era recordar
aquel amor que constituía las páginas más felices de su pasada vida.
Quirós, por su parte, comprendiendo que la superioridad teníala en
aquella casa la dominante baronesa, halagábale estar en tan buenas
relaciones con ella, pues así tenía la seguridad de no ver turbada la
tranquilidad de su vida.
Pero aquel afecto tenía también sus inconvenientes, y de éstos, el más
principal era que doña Fernanda, con su genio arrebatado, había venido a
convertirse para él en una especie de amante moral, que se mostraba
celosa y quería tenerlo a todas horas a su disposición.
La vida agitada que llevaba Quirós, entregado de lleno a la política y
al periodismo, irritaba a la baronesa, que no podía acostumbrarse a la
idea de que el elocuente diputado volviera a casa todas las madrugadas a
las cuatro, por estar hasta tal hora en la Redacción, después de la
salida del teatro.
Además, pronto vinieran unas traidoras noticias a exacerbar la bilis de
la baronesa. Interesábala tanto su cuñado, cada vez más reacio a
conferenciar con ella y a pedirla humildemente consejos, que se dedicó a
averiguar la vida que hacía, y pronto supo, por boca de unas amigas de
la aristocracia, cosas que, según ella decía, poníanle los pelos de
punta.
Quirós hacía el amor, o estaba en relaciones poco santas (existían
diversos pareceres en las noticieras), con una duquesa vieja, que gozaba
de gran fama por su estrecha amistad con la reina, y su gran prestigio
político, y, además, pasaba algunas noches con algunos chicos de las
principales familias, haciendo locuras en compañía de algunas coristas y
bailarinas del Real.
Doña Fernanda sintió un santo horror al saber tales cosas; mas no por
esto el diputado de la buena causa perdió en su concepto; antes bien,
pareció que adquiría un nuevo prestigio a los ojos de la baronesa, pues
en ésta, a pesar de toda su mojigatería, los calaveras siempre habían
producido cierta atracción.
Pero, a pesar de esta complacencia, sentía amargo despecho al ver a
Quirós en relaciones con una mujer como la duquesa, dedicada a la
política, y considerando que era su protección lo que buscaba en ella el
diputado, experimentaba gran indignación al imaginarse que algún día
Joaquinito llegaría a ser célebre, no por sus consejos, sino por la
ayuda de aquella vieja rival.
Tan furiosa estaba doña Fernanda, y tal deseo sentía de recobrar su
superioridad sobre aquel futuro personaje, que, ansiosa por hacerlo
volver a la buena senda, llegó a cometer la tontería de revelárselo todo
a Enriqueta.
Doña Fernanda, a pesar de su afición a curiosear y de su perspicacia,
ignoraba el verdadero estado de los dos esposos.
Creía que éstos constituían uno de los tantos matrimonios
aristocráticos, que se tratan con frialdad; pero estaba lejos de
imaginarse que entre los dos no había mediado la menor intimidad
cariñosa, y que el dormitorio de Enriqueta había sido siempre para
Quirós una región desconocida.
En la creencia, pues, de que su hermana, aunque falta de amor hacia su
esposo, no dejaría de irritarse por sus infidelidades, y pondría en
juego todos sus derechos para separarlo de la duquesa, y volverlo a la
vida del hogar, reveló a Enriqueta todo cuanto sabía, aunque dando a sus
palabras un carácter desinteresado, propio de quien hace tan penosas
declaraciones por el honor de la familia y por restablecer la paz y la
moralidad en el seno de un matrimonio.
Fué aquello en la noche del 21 de junio; bien se acordaba la baronesa
muchos años después.
Acababan de cenar las dos hermanas y estaban en el salón, donde la
baronesa acostumbraba a recibir las visitas.
Había poca luz, y los balcones estaban abiertos, para que el viento de
la noche refrescase las caldeadas habitaciones.
Enriqueta había acostado a su hija, dejándola al cuidado de una criada
fiel, y, sentada en una mecedora junto al abierto balcón, contemplaba
con expresión soñadora el trozo de cielo estrellado y límpido que
quedaba visible entre las dos filas de tejados que formaban la calle.
Doña Fernanda abordó inmediatamente la cuestión.
Habló primero de lo agradable que era en verano la vida nocturna, y esto
fué como el exordio con que preparó la declaración de que Quirós volvía
siempre a casa muy entrada la mañana.
Enriqueta hizo un gesto de desprecio, para indicar lo indiferente que le
era la conducta que pudiera seguir su marido; pero la baronesa, para
remover el fuego de los celos en aquello que ella creía frialdad
aparente, añadió que Quirós, algunos meses antes, volvía de la Redacción
a las tres de la madrugada, pero que ahora tocaban muchas veces las
siete sin que él hubiese entrado en su cuarto.
Y puesta ya doña Fernanda en camino de hacer revelaciones, desembuchó
todo cuanto sabía de las relaciones del periodista con la duquesa, no
olvidando las bacanales famosas con las bailarinas del Real.
Enriqueta seguía mostrando la misma frialdad, y únicamente acogía
algunas de aquellas revelaciones, demasiado subidas de color, con un
gesto de asco.
Su indiferencia exasperaba a la baronesa, que aguardaba una ruidosa
explosión de celos.
--Haces mal, hija mía--decía a su hermana--, en tomar las cosas con
tanta calma. Yo bien sé que tú y Joaquinito no os queréis gran cosa;
pero, al fin, tu marido es, llevas su nombre, y no es muy grato hacer un
papel ridículo a los ojos de la sociedad, que conoce las locuras de tu
señor marido. Tus amigas manifiestan lástima al hablar de ti; pero ten
la seguridad de que en su interior se ríen del desairado papel que
haces. Es necesario que evites este escándalo, sobre todo porque, como
mil veces te he dicho, en nuestra esfera social es más preferible
inspirar envidia que lástima.
Doña Fernanda, sin saberlo, había encontrado el medio de interesar a
Enriqueta, cuyo carácter era muy sensible a las heridas del ridículo.
La joven señora de Quirós, a pesar de aquella indiferencia natural que
sentía hacia su esposo, y de que por nada del mundo hubiese consentido
franquearle la entrada de su dormitorio, sentíase indignada por las
revelaciones de su hermana, y estremecíase de rabia al pensar los
comentarios que ocasionaría en la alta sociedad aquella infidelidad
conyugal.
La causaba repugnancia aquel aventurero, que por medio de una
maquiavélica trama había conseguido su mano; le era indiferente que se
encenagase con otras mujeres a puerta cerrada, en todas las
asquerosidades de una orgía sin término; pero lo que no podía consentir
era el escándalo, eran aquellas relaciones con una vieja duquesa, a la
vista de todos, para hacerla a ella, objeto de una compasión general,
que la irritaba.
Había heredado de su padre aquel carácter susceptible, que se
descomponía a la menor suposición de hallarse en ridículo.
Además, la irritaba el libertinaje de aquel hipócrita, que en público
tenía siempre en sus labios las palabras religión y moral católica,
tildando a todos sus enemigos de monstruos de impudicia y maldad, y
sentía una secreta complacencia en poder arrojar al rostro de aquel
antipático personaje toda la doblez de su conducta. Causábala náuseas la
hipocresía de aquel campeón de la fe.
La baronesa adivinaba el efecto que sus palabras producían en su
hermana, y repetía las noticias que había adquirido para convencer
plenamente a Enriqueta de lo ciertas que eran las adúlteras relaciones.
Escuchándola, la señora de Quirós forjóse rápidamente, un plan. La
halagaba el confundir a aquel miserable, sobre el cual la importaba
mucho tener cierta superioridad, y por esto se determinó a esperar hasta
la madrugada la vuelta de Quirós, para echarle en cara su conducta.
Adivinaba ella que su esposo podría excusar su libertinaje, fundándose
en el desvío y alejamiento que ella mostraba; pero Enriqueta preparó su
contestación.
Ella no se oponía a que su esposo fuese un libertino, un hipócrita que
en público predicase la moral católica y en la vida privada sirviera de
perro de lanas a las bailarinas de la ópera; lo que ella, como esposa,
no podía consentir, es que la pusiera en ridículo con unos amores
conocidos por todos y que tenían por ideal una duquesa vieja, una
cortesana averiada por las lides del amor, y que podía competir en
impudicia con las más degradadas mujeres que surgen de las sombras
nocturnas para pegarse al primer transeúnte desconocido.
Ese alarde de cinismo que Quirós hacía, sosteniendo tales relaciones, no
lo consentiría ella, y así se lo manifestó a doña Fernanda con tono
enérgico e imperioso. Aquella misma noche sabría su marido quién era
ella.
La baronesa estaba muy satisfecha de la energía de su hermana. Conocía
por experiencia los arranques tardíos, pero violentos, de aquella
mosquita muerta, como ella llamaba a Enriqueta; estaba segura de que la
reyerta conyugal sería tan grande como se la había imaginado, y sentíase
halagada por la esperanza de que Quirós abandonaría sus relaciones con
la duquesa, volviendo a ponerse bajo su protección y a seguir sus
consejos.
Hasta después de media noche acompañó la baronesa a su hermana, y
cuando, satisfecha de su triunfo, se retiró a descansar, Enriqueta
abandonó el salón, entrando en un lindo gabinete inmediato a la
antecámara, y que tenía ventana a la calle.
Estaba decidida a aguardar a su marido, sin reparar en la hora a que
volviese, y desde allí, aunque la rindiera el sueño, oiría perfectamente
el ruido producido por Quirós al abrir con su llavín la puerta de la
escalera.
A la velada luz de una elegante lámpara, púsose a leer "Los tres
mosqueteros", de Dumas, padre, única novela con la que transigía su
hermana, la devota baronesa, sin duda por su afición a las intrigas, y
así permaneció algunas horas procurando aturdirse en el torbellino de
aquella acción interesante, y haciendo muchas veces involuntariamente
internas comparaciones entre Athos y D'Artagnan y su amante de otros
tiempos, Esteban Alvarez. Donde no existían puntos de similitud, ella se
encargaba de crearlos con su imaginación.
Cuando llevaba ya leída una tercera parte del volumen, la pesadez que
sentía en su cerebro y el cansancio de sus ojos, la obligaron a levantar
la cabeza, y entonces notó que la lámpara alumbraba con débil luz.
Una claridad lívida se difundía por la estancia, y los vidrios de la
ventana brillaban como láminas de pálido azul, dejando adivinar
confusamente los perfiles de las casas fronterizas.
Era la luz del nuevo día.
Enriqueta, fatigada, entumecida y molesta en aquella habitación,
caldeada por la luz artificial, abrió la ventana, para respirar la brisa
matutina.
El fresco hálito de la mañana la serenó, y sintió la misma impresión de
una sonámbula que despierta de improviso y no puede explicarse cómo se
halla fuera de su lecho.
¿Por qué estaba allí? Dirigióse esta pregunta, y entonces recordó su
conversación con la baronesa en la noche anterior, arrepintiéndose de la
resolución que había tomado, ¡Cuán tonta era! ¡Valiente cosa le
importaba a ella la conducta de su marido!
Cierto era que la escocía un poco la ridícula situación en que la
colocaba Quirós; pero, al mismo tiempo, ruborizábase de vergüenza al
pensar que aquel fatuo podía llegar de un momento a otro, y, al ver que
le había estado aguardando toda la noche, creyese que se hallaba
enamorada de él.
Era ya de día, y Quirós todavía, no había llegado. ¡Bueno estaría que
aquel libertino hipócrita la viese a ella asomada a la ventana, lo
mismo que una mujer enamorada, que, tras larga noche de llanto e
insomnio, aguarda ansiosa al esposo querido!
--Ahora mismo me acuesto--se decía Enriqueta; pero permanecía inmóvil en
la ventana, halagada por aquella frescura y el espectáculo del amanecer,
completamente desconocido para una joven aristocrática, que jamás se
había levantado de la cama a tal hora.
¡Qué bonita estaba la calle completamente desierta, con sus dos filas de
grandes casas, con sus puertas cerradas y sus ventanas, de las cuales
sólo la suya estaba abierta!
Tenía cierta sublime grandeza aquel silencio que se deslizaba majestuoso
por entre las casas, que encerraban un tesoro de vida y animación,
muerto ahora, y que, al resucitar pocas horas después, se derramaría por
todas partes, como ola de agitación y de estruendo.
La luz perdía poco a poco sus tonos de azulada lividez; el cielo se
aclaraba, y unas nubecillas que asomaban poco antes, pardas y feas,
sobre los lejanos tejados del extremo de la calle, tomaban ahora cierta
transparencia de grana y oro. Era el sol, que comenzaba a salir,
embelleciéndolo todo con sus caricias de fuego.