a punto de gritar; pero otros se encargaron de esto: los gorriones, en
alegres bandadas, saltaban sobre los aleros de los tejados, aleteaban en
las copas de los árboles y bajaban hasta el desierto pavimento de la
calle, acompañando todas sus infantiles travesuras con un incesante piar
en infinitos tonos. Eran los violines que preludiaban la gran sinfonía
del amanecer.
Despertaba la vida con aquel toque de diana de la Naturaleza, y
Enriqueta veía ya por la parte de la plaza de Antón Martín pasar alguna
que otra mujer, con la cesta de buñuelos y el aguardiente, en busca de
parroquianos.
Una taberna de la calle acababa de abrir sus puertas, pintadas de rojo,
y el muchacho, gallego, de gruesos zapatos y puntiagudos pelos,
arreglaba en una mesilla las botellas de anisete y bala rasa, para tomar
la mañana.
A Enriqueta le encantaba aquel espectáculo.
De pronto avanzó la cabeza con expresión de sorpresa, y como queriendo
oír mejor.
Habían sonado a lo lejos sordos estampidos, semejantes a descargas de
fusilería. Esperó, para convencerse de la realidad de aquellos ruidos,
y éstos no tardaron en repetirse.
Enriqueta no podía explicarse qué era aquello; pero, sin saber por qué,
experimentó cierta inquietud, y pensó en Esteban.
¿Qué haría a aquellas horas? ¿Estaría aún amenazado por terribles
peligros y empeñado en sus difíciles empresas?
El recuerdo de Alvarez sumió a la joven en honda meditación, del que le
sacó el estrépito producido en la desierta calle por varios soldados de
caballería que, en desorden y con visible azoramiento, iban a todo
galope de sus cabalgaduras.
Eran ordenanzas del Ministerio de la Guerra, y Enriqueta los siguió con
la vista, hasta que al extremo de la calle perdiéronse en diversas
direcciones.
La joven presentía algo terrible. Nada de extraño tenía ver a tales
horas un pelotón de jinetes; pero aquellos soldados llevaban en sus
rostros una marcada expresión de intranquilidad y marchaban con
demasiada rapidez, como temerosos de llegar tarde a su destino o de que
alguien les cortase el paso.
Poco después vió pasar, uno tras otro, varios oficiales, con el mismo
aspecto de intranquilidad, llevando en sus rostros un gesto de
inquietud, y en sus ojos las señales del sueño recientemente
interrumpido.
Marchaban apresuradamente, casi corrían, seguidos de sus asistentes, y
algunos de ellos todavía iban abrochándose el uniforme, puesto con
precipitación, o ajustándose el cinturón de la espada.
Pronto comprendió Enriqueta lo que aquello significaba.
Por la plaza de Antón Martín entró en la calle un grupo de hombres
armados. Eran, en su mayoría, obreros; llevaban al hombro viejos
fusiles, escopetas de caza y algunos trabucos; y al frente de ellos, con
el revólver en la mano, iba un joven de rostro simpático, adornado por
bigote, perilla y melena romántica, y que vestía levita y sombrero de
copa. Tenía el tipo de un hombre dedicado a la literatura, y parecía el
jefe de aquel pelotón, que marchaba bulliciosamente, mirando a todas
partes con expresión de triunfo.
Aquel grupo revolucionario, al entrar en la dormida calle, prorrumpió en
gritos:
--¡Viva la libertad!... ¡Viva Prim!... ¡Muera Isabel II!... Y los más
humildes del grupo, los que llevaban en su rostro las huellas del
sufrimiento, y en sus ropas los desgarrones de la miseria, intercalaban
en dichos gritos otro, que producía cierta alarma en aquellos del grupo
que tenían cierto aspecto burgués:
--¡Viva la República!
El grupo pasó frente a la ventana que ocupaba Enriqueta, la cual sentía
miedo al ver algunos de aquellos rostros, endurecidos por esa expresión
feroz que da la miseria.
El jovenzuelo de aspecto romántico, al ver una mujer hermosa
contemplando el paso del revolucionario pelotón, estiróse con la
petulancia de un mozo guapo, y la saludó con una amable sonrisa,
creyéndose un héroe.
Enriqueta pensaba en Alvarez, y cuando el grupo se detuvo a la puerta de
la taberna que estaba más abajo de su casa, fué fijándose, uno por uno,
en todos los hombres, como si esperase encontrar al ex capitán
disfrazado y confundido entre aquellos revolucionarios.
En esto la distrajo la presencia de un hombre que venía, indudablemente,
del Prado, y subía la calle apresuradamente. Era un viejo general,
conocido de Enriqueta, por haber sido amigo y compañero de armas de su
padre, el conde de Baselga.
Acababa de ser despertado, y aún iba por la calle abrochándose la
galoneada levita, sin dejar de correr.
Al verle se produjo un terrible movimiento a la puerta de la taberna.
Muchos de aquellos hombres apuntaron con sus fusiles a la acera de
enfrente, por donde pasaba el general, y el anciano se detuvo, pálido y
altivo, llevando instintivamente la mano a la empuñadura de la espada.
Fué una escena muda y terrible, que angustió a Enriqueta, única
espectadora, y que duró solamente algunos segundos.
El jefe del grupo, aquel joven de aspecto interesante, púsose ante los
fusiles de los suyos, y gritó con una energía que no hacía esperar su
delicadeza física:
--¿Qué vais a hacer? ¿Ahora que empieza la revolución vamos a
deshonrarnos, matando a un hombre que va solo? ¿Somos acaso asesinos?
¡Abajo las armas!
Y aquel "dandy" literario hablaba con tan imperiosa energía, que las
armas asestadas contra el general se bajaron inmediatamente.
--Pase usted, general, y siga su camino--gritó el jovenzuelo--. De aquí
a un rato nos combatiremos; pero ahora le respetamos a usted, porque es
un hombre que va a cumplir con su deber, y nosotros no somos asesinos.
El general quedó indeciso y como confuso ante aquella inesperada
nobleza, y, por fin, quitándose el galoneado ros, y sonriendo con
paternal benevolencia, les saludó, diciendo:
--¡Gracias, señores! Son ustedes unos valientes dignos del nombre de
españoles. ¡Que Dios les dé buena suerte!
Y saludando otra vez al grupo popular con visible enternecimiento,
siguió su camino apresuradamente, hasta que, al llegar frente al palacio
de Baselga, se fijó en Enriqueta, a la que conocía.
--¿Qué hace usted aquí, hija mía?--la gritó--. Adentro en seguida, que
va a haber tiros. Los artilleros del cuartel de San Gil se han sublevado
contra la reina, y Madrid está que arde. Escóndase, que la sarracina va
a ser gorda.
Y el anciano fué a seguir su marcha; pero aún se detuvo, como cediendo a
una necesidad interna de desahogar su pensamiento.
--Pero, ¿ha visto usted, Enriqueta, lo que acaba de hacer esa gente? El
diablo son esos descamisados y los escritores boquirrubios que les
levantan los cascos... ¡Lástima de valientes! Crea usted que me remuerde
la conciencia de tener que ametrallar a una gente que así procede.
Sonaron a lo lejos nuevas y más fuertes descargas, y el general siguió
su camino apresuradamente, sin despedirse de Enriqueta.
Mientras tanto, el grupo revolucionario continuaba su marcha, y las
dormidas gentes despertaban con gritos inesperados.
--¡Abajo los Borbones! ¡Viva la libertad!
X
El 22 de junio.
Comenzaba a clarear el alba, y los centinelas del cuartel de la Montaña
paseaban por las terrazas, para librarse del entumecimiento que produce
el frío del amanecer.
En el vasto edificio militar reinaba un silencio absoluto, y únicamente
las ventanas del cuarto de banderas estaban iluminadas, sin duda porque
en tal habitación se hallaban aún despiertos y vigilantes los oficiales
de guardia.
Un hombre de rostro enérgico, con gran barba, era el único ser que
rondaba por las inmediaciones del cuartel, que a aquella hora estaban
completamente desiertas.
Era don José Rivas Chaves, dueño de un acreditado establecimiento de
lencería y el principal hombre de acción del partido progresista. Su
fortuna y los grandes sacrificios que había prestado en varias ocasiones
a la causa revolucionaria, dábanle gran prestigio entre la gente
dispuesta a empuñar las armas, y como decidido propagandista en el
elemento militar, era el agente encargado de sostener las relaciones de
los organismos directores de la conspiración con los sargentos
comprometidos.
Chaves, situándose a la espalda del cuartel de San Gil, agitó su
pañuelo, y desde una de las ventanas altas del edificio, le contestó un
sargento de la artillería acuartelada, haciendo ondear una sábana. Era
ésta la señal convenida.
Pasó después al cuartel de la Montaña, y parándose junto a una reja,
cambió breves palabras con otro que estaba dentro, y al dirigirse al
otro extremo del gran edificio, tropezó con un centinela, con el que
entabló conversación, ofreciéndole un cigarro, y mientras el soldado lo
encendía, el conspirador sacudió su sombrero con el pañuelo, seña a la
que alguien contestó también, agitando un lienzo blanco en las ventanas
altas.
El aviso había circulado ya; no había novedad alguna, y el volcán
revolucionario iba a estallar, después de una preparación tan larga como
lenta.
Los sargentos de los Cuerpos de Artillería acuartelados en San Gil,
iban, por fin, a ver satisfecha aquella impaciencia sediciosa que
mostraban en todas las reuniones revolucionarias.
Chaves, satisfecho de la buena marcha que seguía la conspiración, y
agitado por esa emoción que siente todo hombre en un momento decisivo,
sentóse al borde de un abrevadero que existía en la plaza de San
Marcial, frente a la puerta del cuartel, esperando con nerviosa
impaciencia los acontecimientos.
El gigantesco edificio permanecía silencioso, y no se notaba en él
ningún signo que denunciase interna agitación.
El conspirador miraba con ansiedad las largas filas de ventanas
cerradas, de las cuales, las más bajas, estaban casi cubiertas por una
hilera de árboles que rodeaba el edificio, y fijaba su vista en la
cerrada puerta, a cuyos dos lados alzábanse, solitarias y desiertas, las
blancas garitas de madera.
De pronto, en aquellas ventanas, comenzaron a verse soldados a medio
vestir, que se asomaban con aire risueño, para volver a ocultarse, y, de
vez en cuando, algún sargento, ya uniformado y con armas, lanzaba una
mirada de inquietud a la desierta plaza.
Reinaba en ésta la calma y la soledad propias del amanecer, y sólo un
grupo de hombres del pueblo interrumpió con sus pasos aquel silencio
matinal, bajando por la calle de Bailén.
Iban todos ellos armados, y al frente marchaba un caballero de rudo
aspecto, con la capa terciada, quien los guió por la escalerilla de la
calle del Río.
--¡Allá va don Manuel Becerra con su gente!--murmuró Chaves, viendo cómo
desaparecía el armado grupo.
Transcurrieron algunos minutos, sonó en el interior del cuartel el toque
de diana, e inmediatamente se oyeron algunos tiros.
Se había iniciado ya la insurrección de los artilleros del cuartel de
San Gil.
El Gobierno, que hacía mucho tiempo sospechaba la conspiración existente
en Madrid, había ordenado grandes precauciones militares, y entre éstas,
la más importante era que una parte de la oficialidad de los regimientos
durmiese en los cuarteles, para evitar una insurrección.
Los oficiales de Artillería habían pasado toda la noche en el cuarto de
banderas, jugando al tresillo, sin que les rindiera el sueño. Esperaban
los sargentos comprometidos en el movimiento sorprenderlos adormecidos a
la madrugada; pero, en vista de que era llegada la hora de iniciar la
insurrección y los oficiales seguían entregados al juego, entraron los
conspiradores en el cuarto de banderas, apuntándoles con sus carabinas e
intimando la rendición.
No querían los sargentos derramar sangre; pero la voz imperiosa del
deber inclinó a los oficiales a la resistencia, y sobrevino la
catástrofe.
Disparó un oficial su revólver, e inmediatamente sonó una descarga, que
mató o hirió a casi todos los jugadores.
Horroroso era el hecho; pero no cabía ya retroceder, y los sargentos,
enardecidos por la vista de aquella sangre, se apresuraron a poner en
práctica el plan revolucionario.
En pocos minutos cambió el aspecto del cuartel, que, conmovido de arriba
abajo, comienzo a vomitar por sus puertas hombres, mulas y cañones.
Iban los sargentos al frente de los pelotones de los artilleros,
revueltos por la indisciplina y la estupefacción que les producía ver el
cadáver de un oficial tendido en la puerta del cuarto de banderas. El
desorden era completo, y el entusiasmo que comenzaba a apoderarse de los
soldados, excitados por la proximidad del combate, contribuía a que las
órdenes de los sargentos apenas pudiesen ser oídas y que costase mucho
verlas ejecutadas.
Por fin, los tiros de mulas fueron enganchados a los cañones,
contribuyendo a acelerar la operación, la presencia del general Pierrad,
jefe militar de la insurrección, quien arengó a los artilleros, y las
órdenes del capitán Hidalgo, único oficial de Artillería comprometido en
el alzamiento.
Momentos después, las calles de Madrid conmovíanse con el estruendo
producido por los cañones que los artilleros sublevados llevaban de una
parte a otra, sin saber qué hacer de ellos, por falta de dirección.
La capital estaba ya en plena insurrección, y grupos de paisanos armados
aparecían en todas las calles, saludando con vivas a aquellos soldados,
que, rojos por el entusiasmo, inclinados sobre el cuello de sus mulas, y
dejando flotar los encarnados cordones de sus roses, galopaban,
arrastrando las terribles bocas de hierro, cuyas ruedas botaban sobre el
empedrado, produciendo un sordo estremecimiento, semejante a la lejana
tempestad.
Surgían de todas partes los hombres armados; el entusiasmo era general;
había en la atmósfera esa agitación nerviosa propia de las grandes
revoluciones; veíanse esas caras feroces y extrañas cataduras que sólo
aparecen en los días de gran tormenta, cuando la espátula revolucionaria
revuelve hasta las últimas heces del líquido social; adivinábanse en un
rasgo, en una palabra, héroes y mártires, entre aquella entusiasmada
muchedumbre, que con una pistola vieja o un trabuco, se sentían capaces
de luchar contra toda la guarnición de Madrid; pero se notaba algo, por
fortuna todavía oculto, y que, de ser conocido, podía producir
inmediatamente el desaliento: la falta de un plan bien ejecutado, la
carencia de una dirección rápida y acertada.
Muchos de los regimientos comprometidos, acuartelados en diferentes
puntos de la capital, no podían unirse a los insurrectos, por estar ya
sus sargentos arrestados y tener al frente a sus jefes, fieles al
Gobierno.
Los oficiales designados por el Comité revolucionario para ir a ponerse
al frente de dichos Cuerpos, habían esperado en vano la orden, y cuando,
por fin, cansados de aguardar, fueron a los cuarteles, los soldados, a
la voz de sus jefes, que habian sido más activos, recibieron a tiros a
los mismos que hubieran aclamado y seguido a llegar algunos minutos
antes.
Fué aquella revolución la más anárquica de cuantas han ocurrido en
España. Todos mandaban y ninguno obedecía. Los artilleros emplazaban sus
cañones donde mejor les parecía, y el pueblo levantaba barricadas sin
aguardar órdenes, con ese instinto estratégico que la masa
revolucionaria desarrolla, en los momentos difíciles.
Se sabía, a la media hora de haberse iniciado la revolución, que ésta no
podía contar ya con más fuerza que la artillería de San Gil, y se tenía
la certeza de que toda la guarnición iba a caer sobre los sublevados;
pero esto no lograba amilanar a ninguno de aquellos combatientes por la
libertad.
El pueblo no retrocede una vez iniciada una revolución, aun teniendo
conciencia de su derrota; y los sublevados del 22 de junio únicamente
experimentaban una amarga decepción, al ver aquella artillería, que,
como ruidoso meteoro de hierro y fuego, iba de un punto a otro, sin
saber qué hacer, ni en qué emplearse, por falta de dirección.
Mientras tanto, el Gobierno organizaba certeramente la resistencia, y
tomaba con rapidez la ofensiva.
El aviso de lo ocurrido en el cuartel de San Gil llegó a la Presidencia
del Gobierno cuando O'Donnell después de pasar la noche en vela,
disponíase a acostarse. El caudillo de Africa montó inmediatamente a
caballo, y con un batallón de Ingenieros se dirigió a la Puerta del Sol,
de la cual habían intentado apoderarse los revolucionarios sin éxito
alguno.
Desde allí dirigióse a Palacio, para poner a la Reina a cubierto de un
golpe de mano; pero ya se le había adelantado su eterno rival, el
general Narváez, quien llegó al regio alcázar casi a medio vestir,
organizando inmediatamente la resistencia, y ametrallando, con dos
cañones emplazados en la calle de Bailén, la fachada del cuartel de la
Montaña.
El héroe de Arlabán y verdugo de sus compatriotas, excitado por el
grandioso espectáculo de aquella revolución, que él mismo calificaba de
la más terrible que había conocido, recobró el valor ciego, impetuoso y
temerario de su juventud, y fué a colocarse en los puntos de mayor
peligro, sin temor al fuego que hacía el paisanaje desde las calles
inmediatas.
Una bala perdida derribó a Narváez del caballo, causándole una herida de
poca gravedad; pero la débil senectud reapareció en el veterano, al
verse bañado en su propia sangre, y el general fué conducido a Palacio,
exánime, con la creencia de una próxima muerte.
La reina, consternada y temerona de una insurrección que estallaba casi
a las mismas puertas de su alcázar, se encargó del cuidado de aquel
antiguo amigo y defensor, que pálido, exánime y cubierto de sangre,
aparecía a sus ojos con todo el prestigio de un héroe de la causa
monárquica.
Narváez estaba alejado algunos años del Poder, por el triunfo de la
Unión Liberal, cada vez más omnipotente; pero, a pesar de esto, las
gentes de Palacio no se equivocaron:
--He aquí una bala--dijo un cortesano--que ha dado en el general Narváez
y ha matado al general O'Donnell.
La profecía fué exacta. Pocos días después la reina destituía a
O'Donnell, y la reacción, simbolizada por Narváez, volvía a ocupar el
Poder.
En el primer momento, el Gobierno no supo cómo combatir aquella
insurrección, que, a pesar de sus escasas fuerzas militares, se
presentaba imponente y magnífica.
El pueblo de Madrid se mostraba tan belicoso y dispuesto al heroísmo,
que únicamente podía ser comparada su insurrección con aquella otra que
inmortalizó la fecha del 2 de mayo.
El cuartel de San Gil habíase convertido en una fortaleza, para cuya
conquista se necesitaba derramar mucha sangre, y en los barrios del
norte y sur de la capital, miles de combatientes acosaban por todas
partes a las tropas del Gobierno, las cuales, después de sostener
terribles combates, donde creían encontrar vencidos, tropezaba con
nuevos y tenaces obstáculos.
Nada significaba que el coronel Camino se hubiese apoderado de algunas
piezas de artillería de los insurrectos, deshaciendo muchas barricadas;
nuevos baluartes amasados con piedras, tierra y muebles, volvían a
cortar las calles, y desde balcones y ventanas se hacía sobre los
asaltantes un fuego mortífero.
El ejército se revolvía como el león, acosado por infinito enjambre de
avispas, que, mientras destruye un venenoso insecto con su robusta
zarpa, recibe las picaduras de mil.
Pero, a las pocas horas de lucha, O'Donnell había adivinado ya el punto
flaco de aquella imponente insurrección. La falta de relaciones entre
unos puntos y otros, la carencia de dirección y la nulidad de los jefes
revolucionarios, saltó inmediatamente a su vista, y se propuso ahogar la
rebelión por partes, dirigiendo todas las fuerzas sucesivamente sobre
las diversas zonas donde se había localizado la resistencia.
El cuartel de San Gil era el más temible núcleo revolucionario, y contra
él se dirigió el primer ataque de la mayor parte de las fuerzas. Los
artilleros insurrectos habían cometido la torpeza de encastillarse en el
cuartel, a excepción de las fuerzas que habían salido en el primer
momento a recorrer las calles, y pronto se vieron bloqueados por las
fuerzas del Gobierno, y cortadas todas sus comunicaciones con los
revolucionarios, que se batían en el resto de Madrid.
El general Serrano había salvado al Gobierno y decidido la victoria con
un rasgo de temerario valor. La actitud de la infantería acuartelada en
la Montaña, junto al cuartel de San Gil, era enigmática para el
Gobierno, y para convencerse de su fidelidad, o, en caso contrario,
decidir a los batallones en favor de la reina, Serrano salió de Madrid,
dió un rodeo, hasta encontrarse frente al cuartel de la Montaña, y
subiendo con gran trabajo por una pendiente casi vertical, se introdujo
en el edificio, siendo recibido por los Cuerpos con vivas al Gobierno.
Esta hazaña fué la señal de derrota para los sublevados de San Gil, que
se vieron atacados por el frente por las tropas que mandaba Zabala,
teniendo a la espalda a Serrano, con toda la infantería del inmediato
cuartel.
Aquellos insurrectos, cogidos entre dos fuegos, despreciaron todas las
intimaciones que se les hicieron, y supieron resistirse y perecer con
esa sublime tenacidad que desarrolla el soldado español cuando se ve
frente a frente con la muerte.
Cañones y fusiles cruzaban en el espacio una granizada de plomo; el
rugido de las descargas ensordecía a los combatientes, y en las
bocacalles inmediatas, así como en las ventanas del cuartel, flotaban
jirones de blanco humo, que parecían vellones arrancados a las
nubecillas que adornaban un cielo hermoso y esplendente, propio de un
día de verano.
Hacía abominar de la humanidad ver cómo ante la divina sonrisa de la
naturaleza en todo su esplendor, se exterminaban centenares de hombres,
por los intereses de una familia de tiranos, degradada y repugnante.
Un batallón de Zapadores, desafiando la fusilería y la metralla, echó
abajo la puerta del cuartel, y por aquella brecha arrojóse la
infantería, con bayoneta calada, a apoderarse del edificio.
La lucha tomó entonces un carácter horrible. Callaron los cañones,
cediendo el puesto al fusil y al machete, a la bayoneta y al sable.
Combatíase cuerpo a cuerpo, hacíase fuego a quemarropa, y el instinto de
conservación, unido a la rabiosa sed de venganza, utilizaba como
baluarte y fortaleza el quicio de una puerta, el saliente de una
columna, la revuelta de un corredor, localizando el combate en estos
detalles arquitectónicos.
Cada habitación del piso bajo costaba ríos de sangre, y los asaltantes
atravesaban un umbral, esperando la descarga a quemarropa, que aclaraba
las filas, o el salvaje machetazo, que hendía el cráneo.
Las oficinas, los armeros, los almacenes, eran teatro de las más
horrorosas escenas, y en las desiertas cuadras, chocando contra los
vacíos pesebres y tropezando con los montones de paja, se buscaban los
hombres con ciego furor, se herían con bárbara complacencia, y muchas
veces, rotas las armas o perdidas, caían fuertemente abrazados, y
mordiéndose en el rostro, se revolcaban a los pies de alguna mula vieja
o caballo abandonado, pobres bestias que, amedrentadas por la tempestad
que rugía fuera, miraban con ojos melancólicos aquellas escenas de
horror, no pudiendo comprender, sin duda, las locuras de una raza
superior, que del asesinato en masa hace un título de gloria.
Los asaltantes se hicieron, por fin, dueños del piso bajo; pero la
resistencia continuó arriba, en los pisos superiores, en aquellos vastos
dormitorios, cuyas paredes estaban acribilladas por los metrallazos que
enviaban las baterías sitiadoras, y de cuyas ventanas no quedaban más
vestigios que los rotos goznes y algunos jirones de madera, que se
bamboleaban al estrépito de cada descarga.
Las escaleras fueron cráteres de volcanes invertidos, que despedían
fuego hacia abajo, y los peldaños desaparecieron bajo los cadáveres. El
humo cegaba a los asaltantes; las paredes trepidaban con el ruido de las
descargas; las voces de mando apenas si se oían en aquella confusión, y
los asaltantes, cegados por el picante hálito de la pólvora, rabiosos
por aquella resistencia y enloquecidos por el peligro a que les
empujaban sus jefes, subían como una marea de agudas bayonetas, sin
fijarse en lo que ocurría a su lado, destrozando al muerto con sus pies
y desoyendo al compañero herido, que exhalaba alaridos de dolor...
Ya estaban las tropas del Gobierno en el primer piso; ya cargaban a la
bayoneta por los dormitorios, y los horribles detalles de una lucha
parcial volvían a reproducirse.