Todo menos eso. Estaba él dispuesto a todo antes que a ponerse en tan

apurado trance, y con tal de no verse ante el revólver de Alvarez, se

creía capaz de echar a correr así que se convenciera de que su protector

no había preparado una Policía providencial que cortase el lance,

llevándose preso al temible revolucionario.

VII

La abnegación de Perico

Comenzaba el crepúsculo a dejar flotante su manto de sombras, y todavía

don Esteban Alvarez, junto a la abierta ventana, escribía sobre una

mesilla cuyo tablero estaba manchado de tinta y de grasa.

La habitación era tan modesta, que le faltaba poco para ser una mísera

buhardilla.

No había encontrado el conspirador asilo más seguro que aquella

habitación, perteneciente a la vivienda de un pobre obrero, entusiasta

por las ideas avanzadas y comprometido en cuantos movimientos

revolucionarios se preparaban en Madrid.

Aquel pobre carpintero y su familia afanábanse por servir al fugitivo

capitán, y lo ocultaban con tanto cuidado como si se tratase de un

tesoro.

Cada una de las salidas que hacía Alvarez, producía hondo disgusto al

dueño de la casa, que temía que fuese el militar reconocido por la

Policía. El entusiasta obrero hablaba de esto a Perico con la esperanza

de que éste obligase a su amo a ser más prudente.

En dicha tarde, por ser día de fiesta, había salido el carpintero con su

familia a dar un paseo, como la mayoría de los vecinos que ocupaban

aquella calle de la Ronda, y Alvarez se había quedado en la casa

acompañado de su fiel asistente.

Hacía ya más de una hora que escribía, teniendo a la vista gran número

de papeles, y Perico le contemplaba, observando un respetuoso silencio,

pues conocía bien el significado de aquellos trabajos.

El antiguo asistente había cambiado mucho. Ya no era aquel mocetón

aragonés, tan rudo en el carácter como en presencia, pues su estancia en

París había obrado en él grandes modificaciones.

En la gran metrópoli francesa habíase visto obligado a desempeñar varios

oficios, para atender a su subsistencia y muchas veces a la de su amo, y

el trato continuo con gentes de esmerada cultura, había ido limando poco

a poco las asperezas de su carácter, revestido de virginal rudeza.

Hasta su exterior se había modificado mucho, y en la actualidad era un

muchacho de agradable aspecto, que vestía con esa distinción propia de

los domésticos extranjeros. Su rostro, antes curtido y de rasgos

sobradamente enérgicos, estaba ahora atenuado por las sombras de una

barba fina y escrupulosamente cuidada.

Se encontraba, como ya hemos dicho, el fiel criado observando cómo su

amo, a pesar de las sombras que invadían la habitación, seguía

trabajando en aquellos papeles revolucionarios, y, sentado en una silla

desvencijada, seguía atentamente todos los movimientos de su señor, con

la misma fruición del que contempla al ser amado.

Al ver que la oscuridad se hacía cada vez más densa, y que Alvarez

seguía escribiendo casi a tientas, sin darse cuenta de lo que le

rodeaba, salió Perico de la habitación, y, poco después, volvió trayendo

una palmatoria con una vela de sebo encendida, la cual colocó sobre la

mesa, procurando no distraer a su amo.

El capitán pareció volver en sí al sentir el roce de su asistente y le

habló con aquel acento breve e imperioso que le era peculiar, y que al

muchacho aragonés le parecía el más cariñoso del mundo:

--Perico, todos estos papeles los guardarás inmediatamente.

El aragonés pareció extrañar aquella orden. Claro era que debían

guardarse con cuidado aquellos documentos tan comprometedores. Pero,

acostumbrado a obedecer ciegamente a su señor, se abstuvo de hacer la

menor objeción.

--Los guardarás, como te digo--continuó Alvarez--; y por toda esta noche

permanecerás en casa. Si mañana al amanecer no he vuelto, los llevarás a

la redacción de "La Iberia", para entregarlos al director del periódico,

un señor cuyo apellido es Sagasta.

Perico acogía las órdenes de su superior con señales de obediencia; pero

aquello de que su amo podía no volver a la mañana siguiente, causábale

cierta inquietud.

Deseaba hacer una pregunta para desentrañar aquel misterio; pero

únicamente se atrevió a preguntar a su amo si deseaba alguna otra cosa.

--Nada más. Recoge estos papeles inmediatamente, guárdalos en lugar

seguro, y ya sabes mis órdenes. Si mañana amanece sin que yo esté aquí,

entrégalos al director de "La Iberia", que es de la confianza del

general Prim. Yo voy a marcharme ahora mismo.

El asistente se mostró aún más alarmado e indeciso que antes, y, por

fin, haciendo un supremo esfuerzo, como si rompiese una barrera

gigantesca que se opusiera a su paso, preguntó a Alvarez con expresión

humilde:

--Señor, ¿me permite usted una pregunta?

El capitán miró con sorpresa a su asistente, al ver que, por fin, una

vez se atrevía a preguntarle, y con un gesto le indicó que podía hablar.

--Ya sabe usted, mi capitán, que nunca me he tomado la menor libertad,

que pudiera interpretarse como falta de respeto, ni me he atrevido a

preguntarle jamás lo que pensaba hacer. Me he limitado a obedecerle y a

seguirle a todas partes, y así seré en todas cuantas ocasiones se

presenten.

--¡Bien! ¡Adelante! Haz la pregunta pronto y déjate de rodeos.

--Pues bien, mi capitán. Quisiera saber adónde va usted esta noche, y

porqué cree que es posible que mañana no se halle aquí. Esto no me

parece muy tranquilizador, y como usted es la única persona que tengo en

el mundo...

Y Perico, profundamente conmovido, terminaba su oración con un gesto de

dulce humildad, con el cual parecía pedir perdón por su atrevimiento, y

solicitar de su señor la revelación del peligro que, indudablemente, iba

a arrostrar en aquella noche.

Alvarez, que al principio había escuchado con expresión ceñuda las

palabras de su asistente, se humanizó al ver de un modo tan patente el

inmenso cariño que le profesaba.

--No hay motivo para asustarse, muchacho--dijo el conspirador,

intentando dar a sus palabras una expresión alegre--. Voy esta noche a

cambiar unos cuantos tiros con un canalla, y como uno de los dos ha de

quedar allí, y nadie está exento de sufrir una desgracia, de ahí que te

haya hecho el anterior encargo.

No era la primera vez que Perico veía partir a su amo para ir a exponer

su vida en un duelo; en dos distintas ocasiones había tenido Alvarez

iguales lances en París; pero, a pesar de esto, en la presente

circunstancia, el fiel aragonés sentía mayor alarma, como si su instinto

le anunciase un inmediato peligro.

--Pero, mi capitán--dijo con tono de reconvención respetuosa--: ¿ha

pensado usted en la situación en que estamos? Usted no se pertenece y

tiene graves compromisos con el general, que está allá, confiando en sus

servicios. Un hombre, en la situación que usted se encuentra, no debe

mezclarse en esos llamados lances de honor.

--¡Bah! Saldré con fortuna de él, como he salido de otros; tengo la

seguridad de ello, y sólo por una prudente medida de precaución te he

hecho el encargo antes.

Perico calló, pero aún manifestaba deseos de seguir preguntando, por lo

que le habló así su amo, el cual se reía de su confusa actitud:

--¿Qué más quieres saber?

--Lo que quisiera es que usted me permitiese asistir a ese encuentro.

--¡Imposible! El lance ha de ser sin testigos. He sido yo mismo el que

he obligado a mi enemigo a aceptar esta condición.

--Pues al menos, dígame usted quién es el hombre con el que va a luchar.

--¿Para qué quieres saberlo? Bástete saber que tú no eres ajeno a la

cuestión, y que al meterle a ese hombre una bala en la cabeza, tal vez

te vengo a ti.

Perico quedó pensativo al escuchar estas palabras, y, poco después,

sonrió con satisfecha expresión.

--Me parece que sé quién es ese hombre.

--¿De veras? Haría honor a tu penetración el haberlo adivinado.

--Indudablemente, ha tenido usted una cuestión con aquel pillete, que es

causa de nuestras desgracias y de la muerte de mi pobre tía.

Alvarez no pudo desmentir la apreciación de su asistente, y se limitó a

decir:

--¿No te parece que tengo motivos de sobra para matar a ese pillete,

como tú dices?

--Sí, mi capitán. Vaya usted a castigar a ese malvado, y crea que siento

no encontrarme en situación para poder hacer lo mismo.

Después de una breve pausa, continuó el asistente:

--Tengo la seguridad de que volverá usted mañana antes del amanecer.

Indudablemente, debe existir algo tejas arriba, que castigue a los

pillos y proteja a los hombres de bien, pues, de lo contrario, sería

imposible la vida en este mundo. No me cabe la menor duda: usted matará

a ese canalla.

Estas palabras halagaban a Alvarez, quien, entretanto, arreglaba los

papeles en un paquete, para que los guardase su asistente, y después

examinaba un revólver americano que había sacado del cajón de la

mesilla.

--Permítame usted otra pregunta, capitán, ya que tan tolerante es

conmigo. ¿Dónde va usted a encontrar a ese hombre?

--Frente a las Caballerizas Reales.

--No se batirán ustedes allí, por supuesto.

--No; iremos a matarnos junto a las tapias de la Casa de Campo. Así lo

hemos convenido Quirós y yo.

--¿Y es ese señor quien ha marcado el punto y la hora?

--Sí; he dejado este asunto a su elección. ¡Miserable canalla! ¡Y cuán

cobarde es! Apenas si el temblor le dejaba hablar en mi presencia.

Perico quedóse pensativo, y por fin, dijo con convicción:

--Mi capitán, ríñame usted cuanto quiera, dígame bruto e imbécil; pero

le aseguro a usted que hará muy mal si acude a esa cita.

--¿Y por qué no he de acudir? ¿Un hombre como yo va a dejar que un

Quirós pueda el día de mañana tacharle de cobarde, por no haber acudido

a una cita?

--Ese Quirós es un pillo redomado, que no debe tener muchas ganas de

verse otra vez frente a usted, y que, además, está acostumbrado a

librarse de un enemigo por medio de la delación. ¿Qué cosa más fácil

para él que librarse de un hombre que le amenaza de muerte, y que es

buscado por la Policía como prófugo y sentenciado a la última pena?

Usted es muy cándido, mi capitán, y cree que todos proceden como usted,

con idéntica nobleza. No me cabe duda alguna; me lo dicta el corazón. A

estas horas ese Quirós le ha delatado a usted a la Policía, que tiene ya

armada la trampa para cogerlo entre sus garras.

Estas afirmaciones de Perico produjeron gran confusión en el capitán.

Su carácter, noble y resuelto, incapaz de imaginar la menor traición, no

había podido abrigar tales sospechas; pero las palabras de su asistente

tenían tal tinte de verosimilitud, que comenzó a recelar algo malo en

aquella cita de honor a la que iba a asistir.

Pero no tardó su carácter caballeresco en rebelarse contra lo que le

dictaba su instinto de conservación.

--Tal vez sea Quirós tan traidor como tú lo pintas; pero, a pesar de

todo, no faltaré a la cita.

--Pero es una locura, mi capitán. No hay hombre en el mundo, por

valiente que sea, que se presente solo y confiado en un punto donde sabe

le aguarda la traición para hacerlo su víctima. Usted no debe asistir a

la cita, y aunque me insulte y me golpee, yo me opondré a ello. ¡Don

Esteban! ¡Señorito! ¡Amo mío! Máteme usted, acabe conmigo, y únicamente

así podré consentir que vaya adonde le ha citado ese granuja, digno de

la horca.

Y el pobre muchacho decía estas palabras casi llorando, y en actitud

suplicante, avanzando sus manos como para impedir que se moviera su

señor.

Perico agotó todos los argumentos que en poco rato pudo proporcionarle

su cerebro, para decidir al capitán a que no acudiese a la cita.

La traición era clara. Aquel hombre infame le tenía miedo, y nada más

fácil para uno de su clase que una delación, tanto más cuanto que sabía

que Alvarez era muy buscado por la Policía. Y si por un falso

sentimiento de honor, y presintiendo lo que iba a ocurrirle, acudía a la

cita, y la Policía le apresaba, ¿cuál iba a ser la suerte de los

preparativos revolucionarios? ¿No produciría una terrible impresión en

los conspiradores ver en poder de la autoridad al poseedor de todos los

secretos de la insurrección? Además, el general Prim le había enviado a

Madrid como hombre de confianza, para que preparase un movimiento

revolucionario y no para comprometerse en asuntos particulares,

dejándose arrastrar por una quijotada de su carácter, que podía terminar

en desastrosa prisión primeramente y después en el cadalso.

Alvarez mostrábase convencido de la verdad que encerraban las palabras

de su asistente; pero, a pesar de esto, seguía obsesionado por aquella

idea que Perico calificaba de quijotesca.

--¿Y si no existiera esa traición que tú supones? ¿Y si Quirós asistiera

a la cita completamente solo, y con la intención de batirse noblemente

conmigo? Comprende en qué situación tan terriblemente desairada quedaría

yo en tal caso... No te opongas, Perico. Forzosamente he de asistir a

esa cita. Lo exige mi honor, y no faltaré.

El asistente, que conocía perfectamente la tenacidad de su superior, al

escuchar estas palabras se convenció de que era inútil insistir en

impedirle la salida, y mudó inmediatamente de actitud.

--Puesto que usted se empeña, acuda a la cita, aun sabiendo que va a ser

víctima de la traición; pero, al menos, permítame, señor, que yo le

acompañe.

--¿Para qué?

--Para evitar en lo posible las malas artes de ese canalla.

--Imposible. Quirós irá solo, y nadie, por tanto, debe acompañarme. El

lance es entre los dos; ninguna persona extraña debe mezclarse, y si yo

te llevara conmigo, es indudable que si, por desgracia, me tocara caer a

mí, ese miserable tendría luego que batirse contigo, y eso no lo juzgo

digno.

--Bien pudiera suceder así--dijo el asistente con malicia--; pero yo le

prometo a usted no mezclarme para nada en el duelo. Yo solicito

acompañarle con distinto objeto.

--¿Qué es lo que deseas?

--Quiero ir con usted, desempeñando el mismo papel que las descubiertas

en campaña. Déjeme acompañado hasta el lugar donde le espera ese hombre,

y si allí me convenzo de que realmente es él sólo quien aguarda, y de

que no existe apostada gente dispuesta a caer sobre usted, entonces le

prometo retirarme, esperando con la consiguiente intranquilidad el fin

del lance.

Alvarez se mostraba indeciso.

--¿Me negará usted esto que le pido?--se apresuró a decir el fiel

muchacho--. ¿No merezco, por el interés y fidelidad con que siempre le

he servido, que usted me permita el acompañarle?

Alvarez estaba conmovido por aquellas muestras de cariño que le daba su

asistente; pero, a pesar de esto, no pareció dispuesto a concederle el

permiso solicitado con tanto ahinco.

--Pero, muchacho--dijo el capitán--: tú estás loco y no piensas que si,

efectivamente, ese hombre prepara una traición, el resultado será más

desastroso acompañándome tú. Los dos seremos entonces cogidos por la

Policía, y a la causa revolucionaria conviene que, por lo menos, quedes

tú libre, pues de lo contrario se perderían esos papeles, cuya

importancia ya conoces.

El asistente sonrió con expresión de confianza:

--¡Quiá, mi capitán! Yendo yo con usted no hay cuidado de que a ninguno

de los dos le agarre la Policía. Déjeme usted que le acompañe y, aunque

sólo sea por una vez, permítame que le ordene lo que debe hacerse. Yo

salgo garante del éxito.

Transcurrió más de media hora importunando Perico con fervientes

súplicas a su amo, y éste sin querer ceder; hasta que por fin, Alvarez,

cansado sin duda de la tenacidad de su fiel servidor, o pesaroso de

negarle aquel favor que tan cariñosamente le pedía, se decidió a darle

el anhelado permiso.

Perico dió muestras de la mayor satisfacción ante la conformidad de su

amo.

--Ahora va usted seguro. Usted es demasiado valiente y confiado, y esto

es lo que le pierde. Déjese guiar por mí, pues el mundo, con todas sus

perrerías, me ha enseñado a ser malicioso, y tenga la seguridad de que

si ese hombre le ha preparado alguna encerrona, va a quedar chasqueado.

Yo me encargo de ver por mí mismo lo que ese señor Quirós tenga

dispuesto, y le avisaré si existe algún peligro.

Alvarez guardó su revólver en el bolsillo del pantalón envolviéndose

después en su capa, y Perico se vistió un hermoso paletó azul, prenda

que constituía su orgullo, y que era producto de sus ahorros en París.

Poco después salieron amo y criado de la casa, con gran alarma del

obrero revolucionario y su familia, que, vueltos ya de su paseo, estaban

en el taller, situado en la planta baja.

VIII

El fracaso de Quirós.

Aquella noche había gran función en el teatro Real, y por todas las

calles principales afluían a la plaza de Oriente lujosos carruajes, en

cuyo interior iban las más encopetadas familias de la aristocracia

madrileña.

En las puertas del célebre coliseo agolpábase gran gentío, y los agentes

de Policía se afanaban en establecer un turno riguroso en la numerosa

fila de carruajes que, lentamente, avanzaba hacia el vestíbulo, para

depositar en él sus elegantes cargamentos.

Contrastaba el bullicio, la animación y la luz que existían en los

alrededores del aristocrático coliseo, con la soledad, la sombra y la

quietud que reinaban en el resto de la plaza.

Alrededor del jardincillo, y en torno del cinturón de estatuas, sólo se

destacaba alguna que otra sombra, que marchaba veloz hacia el teatro, o

permanecía inmóvil, en actitud sospechosa; y frente al Real Palacio,

bajo los grandes faroles, paseaban cadenciosamente, y con el fusil al

brazo, los centinelas, y, de vez en cuando, haciendo retemblar el

empedrado bajo las resonantes herraduras, transcurrían veloces los

jinetes encargados de la ronda por las cercanías del regio Alcázar.

La noche era bastante apacible, para ser de invierno, y únicamente el

vientecillo helado que enviaba el Guadarrama hacía incómodo el

permanecer al raso paseando sobre aquel empedrado, que parecía sudar

frío.

A aquella hora llamaba la atención de los escasos transeúntes que

pasaban por la calle de Bailén, un caballero que paseaba con lentitud

por la acera existente a lo largo de las reales Caballerizas.

Era el diputado don Joaquín Quirós.

Tan confiado estaba en la promesa del padre Claudio, que, no queriendo

perder la función de aquella noche en el Real, se había vestido con

traje de etiqueta, que ocultaba su rico gabán de pieles.

El asunto era para él muy sencillo. Dentro de poco rato llegaría el

temible Alvarez; le entretendría él diciendo que estaba dispuesto a ir

al lugar del combate, aunque retardando en lo posible el momento de la

partida; llegaría, mientras tanto, la Policía, se apoderaría por

sorpresa del conspirador y él iría tranquilamente a oír la ópera y a

visitar en su palco a una duquesa, muy religiosa y todavía apetecible,

con la cual estaba próximo a entrar en relaciones.

Era tan cómodo y fácil aquel sistema de librarse de un temible enemigo,

que apenas si impresionaba a Quirós, el cual estaba esperando que

llegase cuanto antes Alvarez, para terminar el asunto, y entrar en el

teatro.

Cuando llegó a la plaza y comenzó a pasearse por el lugar que él mismo

había indicado, no pudo evitar una impresión de miedo, al ver lo

desierta que estaba la calle de Bailén y el trozo de plaza que desde

ella se veía.

Quirós, predispuesto siempre a imaginarse lo más malo, no tardó en

pensar que el padre Claudio se había olvidado de avisar a la Policía, o

que, intencionadamente, le dejaba desamparado en aquel punto peligroso,

para que Alvarez saciase en él su afán de venganza.

Esta última consideración le produjo tal pavor, que estuvo a punto de

huir, como si ya viera apuntando a su pecho el revólver de Alvarez;

pero, afortunadamente para el prestigio valeroso del reaccionario

diputado, pronto vió algo que fué devolviéndole una parte de su perdida

tranquilidad.

Varias veces destacáronse en la embocadura de la calle, por la parte de

Palacio, algunos hombres, que, por fin, desaparecieron, como si se

hubieran emboscado en la sombra que existía en las inmediaciones del

regio alcázar.

Aquellos hombres debían ser la Policía, y Quirós, seguro ya del auxilio,

continuó su paseo con el aplomo y la confianza de un héroe, seguro de

sus fuerzas.

Oyó pisadas tras él y se apartó, apoyándose en la pared de las

Caballerizas, para dejar paso franco a un embozado, que llevaba sombrero

de copa alta.

--Espere usted tranquilamente, don Joaquín--dijo el embozado, sin

detenerse--. Tengo ahí mi gente, y no tardaremos en aparecer, así que el

pájaro se presente.

Quirós reconoció en aquel hombre que se alejaba a un comisario de

Policía que gozaba de cierta celebridad, por ser el esbirro a quien

todos los Gobiernos reaccionarios encargaban la persecución de los

delincuentes políticos.

La tranquilidad que desde entonces gozó el diputado fué completa, y, a

pesar de aquella soledad que le rodeaba, se sintió seguro y omnipotente,

como si en la sombra tuviera ejércitos enteros dispuestos a acudir en su

auxilio al menor llamamiento.

Sonaron horas en el reloj de Palacio, y antes que Quirós acabara de

contarlas, se detuvo al ver que por el lado de la plaza de San Marcial

avanzaba un hombre de buen aspecto, que vestía un largo gabán.

Examinólo atentamente el diputado, y, cuando lo tuvo cerca, convencióse

de que no era Alvarez, por lo cual se apartó para dejarle franco el

paso; pero, con gran extrañeza, vió que aquel desconocido se dirigía

rectamente a él.

Quirós, temiendo que un importuno viniera a estorbar su asunto, intentó

evadirse, pasando a la otra acera; pero antes de que pusiera el pie en

el arroyo, ya tenía a su lado a aquel hombre.

Tuvo entonces que mirarlo, y vió que era un hombre joven, de rostro

enérgico, que acercó su boca para hablarle, lanzándole a las narices su

resuello, que olía a vino.

Parecióle a Quirós un extranjero importuno, perturbado por el alcohol

madrileño y dispuesto a incomodar con sus palabras al primer transeúnte

que encontrase.

--"Cabagerro"...--dijo tartamudeando, y con pronunciación extranjera y

dificultosa--. "Decirme osté ou est la Port del Sol."

Quirós se impacientó al verse detenido por aquel francés borracho, que

le cortaba el paso y parecía dispuesto a entretenerle con su charla.

Su primer impulso fué enviar al extranjero enhoramala; pero aquel buen

mozo parecía adivinar su pensamiento y se asía familiarmente a sus

solapas de piel repitiendo siempre con aquella voz dificultosa, que olía

a vino:

--"La Port du Sol, cabagerro... Diga osté ou est la Port du Sol."

Quirós se sentía cada vez más impaciente por la pesadez de aquel

borracho, que no quería soltarle, y que oía sus explicaciones sin

comprenderlas, volviendo nuevamente a hacer la misma pregunta.

En vano le marcaba el diputado a aquel ebrio francés la ruta que debía

seguir para llegar a aquella "Port du Sol", que repetía como un pesado

estribillo, pues el maldito se empeñaba en no comprender, y, siempre,

agarrado a las solapas del rico gabán, se estaba allí plantado,

zarandeando a Quirós, que algunos momentos sintióse dominado por la

cólera y estuvo próximo a dar una bofetada a aquel importuno.

Pero, no... ¿Qué iba a hacer? Golpear a aquel hombre sería llamar

inmediatamente la atención de la Policía y espantar a Alvarez, que iba a

llegar de un momento a otro.

Esta consideración aturdía a Quirós más aún que las pegajosas libertades

que se tomaba aquel borracho.

¿Y si llegaba Alvarez en aquel momento? ¡Maldito francés! No poder

librarse de él dándole dos buenos mojicones que le hiciesen medir el

suelo.

Pero, ¿quién era aquél que se acercaba? Indudablemente Alvarez, que

llegaba en la peor ocasión... Pero no; le seguían de cerca cuatro

hombres, y otros surgían de las sombras de la plaza, apostándose en la

desembocadura de la calle.

¡Maldición! Era la Policía, que, al ver a Quirós hablar acaloradamente

con un hombre que, cogiéndole de las solapas, lo zarandeaba, había

creído que éste era el revolucionario Alvarez.

Condolíase Quirós interiormente de aquella torpeza, que ponía al

descubierto su plan, e intentaba alejar con señas a aquellos hombres,

que avanzaban cautelosamente a espaldas del extranjero; pero todo fué

inútil.

El borracho se sintió de pronto cogido fuertemente por sus dos brazos, y

una voz le dijo con acento imperioso:

--Dese usted preso. Si intenta resistirse, es muerto.

Era el inspector quien hablaba así, asomando por bajo de la capa su

diestra, armada de un revólver.

Dos agentes tenían fuertemente agarrado al francés, que miraba con

estupefacción a Quirós y al comisario de Policía.

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