--¡Mientes, miserable falsario!--rugió Alvarez, cada vez más indignado

por el cinismo de aquel hombre--. ¡Con qué facilidad sabes disimular tus

repugnantes traiciones! ¡Cómo intentas justificar tus actos, que excitan

la cólera de toda persona honrada! Tú eras un aventurero hambriento de

poder y de riqueza; pusiste tus ojos en Enriqueta, y aprovechaste una

ocasión suprema para perderme a mí y apoderarte de una pobre joven, para

ser dueño de su fortuna. Te has valido de todo cuanto de malo existe en

el mundo para realizar tus ambiciones. Has sido delator, cobarde,

hipócrita y, sobre todo, embustero; pero te ha llegado ya tu hora, como

les llega a todos los canallas, y te vas a ver conmigo, que he sido la

víctima de tus infamias. Admite este reto con que te honro, o te aplasto

aquí mismo.

--Repórtese usted, señor Alvarez; serénese usted y piense que estamos en

la calle, llamando la atención, y que yo no tengo por qué ocultarme ni

estoy interesado en que nadie me conozca.

--¡Aún me insultas!--dijo Alvarez acercando su rostro, congestionado por

la ira, al de Quirós, que estaba cada vez más pálido--. ¡Aún te atreves

a hablar de mi desgraciada situación, que me obliga a vivir oculto

cuando tú eres el autor de mi infortunio!

--¡Yo, señor Alvarez!--exclamó Quirós abriendo sus ojos cuanto pudo,

para demostrar su extrañeza e inocencia--. ¡Yo el culpable de que usted,

por revolucionario, se halle fugitivo y sentenciado a muerte!

--Sí, tú--afirmó Alvarez con energía--. Tú, que fuiste quien me

denunció; tú, que entregaste a la infeliz Tomasa a la Policía, causando

su muerte; que hiciste llegar a manos del Gobierno mis papeles

políticos, por los cuales muchas familias lloran hoy a sus padres, que

viven en presidio, y que has hecho caer sobre mí una sentencia de

muerte.

Y Alvarez, al recordar el cúmulo de desgracias que había producido la

traición de aquel hombre, y al verlo ante él, con la expresión de un

hombre feliz y la prosopopeya de un personaje, sintió que su indignación

llegaba al paroxismo, y, sin darse cuenta de lo que hacía, avanzó sus

manos, intentando estrujar aquel cuello grasoso y blanducho, que se

hundía en la solapa de ricas pieles.

Quirós se libró, retrocediendo algunos pasos, y en sus mejillas pálidas

notóse un temblor nervioso.

--Repórtese usted, señor Alvarez. Por interés a usted se lo advierto:

estamos llamando la atención de la gente, y a usted no le conviene un

escándalo en medio de la calle.

El conspirador recobró un poco la calma con esta observación, y mirando

a su alrededor vió parados a pocos pasos de distancia algunos chicuelos

y criadas de servicio, que esperaban con plácida curiosidad que aquellos

dos señoritos se dieran de mojicones.

Esta expectación le hacía correr el peligro de ser detenido por los

agentes de la autoridad, y tal pensamiento bastó para que inmediatamente

fingiera una fría calma, que estaba muy lejos de sentir.

--Es verdad--dijo el ex capitán--; estamos llamando la atención, y esto

no es conveniente. Acabemos pronto.

--Acabemos--dijo Quirós, que estaba más deseoso que nunca de terminar

aquella situación, saliendo escapado inmediatamente.

--¿Dónde ventilamos nuestro asunto?

--Ahora no puedo. Me esperan para una cuestión política de gran

importancia.

--Siento que retardemos el placer que indudablemente ha de producirnos

vernos los dos frente a frente. Sin embargo, me hallo dispuesto a

complacerle, retardando el encuentro. Nos veremos esta noche. Señale

usted punto y hora.

--Pero, señor Alvarez, esto es usurpar la misión de nuestros respectivos

padrinos. Ellos se encargarán de arreglar todos estos detalles.

--¿Qué está usted diciendo? ¿Cree usted acaso que vamos a perder un

tiempo precioso incomodando a cuatro amigos con el asunto de nuestras

enemistades, que a ellos nada les importan? Quédense los padrinos y las

negociaciones de honor para aquellos lances que son susceptibles de

arreglo; aquí no son necesarios tales preparativos. Uno de nosotros

sobra en el mundo. El asunto no puede ser más sencillo; se trata de ver

si un hombre honrado puede matar noblemente a un pillo a quien podía en

este mismo momento estrangular. Tome usted un revólver esta noche y

acuda al sitio que tenga a bien señalar.

--Pero... ¡don Esteban! ¡Eso es brutal! ¡Eso es salvaje! Los caballeros

como nosotros deben arreglar sus cuestiones de un modo más distinguido.

Dígame usted dónde vive, y yo le enviaré mis padrinos.

--¡Ea, basta de farsas! ¿Cree usted que un hombre fugitivo, como yo, y

sentenciado a muerte, está en circunstancias para perder el tiempo y

exhibirse en negociaciones que, por más que ocultáramos, no tardarían en

ser públicas? Yo, fugitivo, oculto y comprometido en importantes

empresas, no dispongo de amigos para mezclarlos en estos asuntos; ni

puedo dar mis señas a un hombre acostumbrado a las delaciones

policíacas. ¡Acabemos ya! O viene usted esta noche a matarse, o le

abofeteo y le doy de puntapiés aquí mismo.

Y Alvarez se adelantaba hacia su enemigo, dispuesto a unir la acción a

la palabra.

Quirós, a pesar del miedo que experimentaba, sintió sublevarse su

dignidad ante aquella agresión, y cobrando valor contestó con cierta

firmeza.

--Está bien. ¡Basta ya de insultos! Nos batiremos como a usted le

parezca mejor. Estoy a sus órdenes esta noche.

--¿Punto y hora?

--Si le parece a usted, podríamos reunimos a las nueve de esta noche,

frente a las Caballerizas reales. De allí podemos dirigirnos a la Casa

de Campo, y junto a sus tapias podremos cambiar algunos tiros, sin temor

a que nadie nos estorbe.

--Conforme. Ahora sólo falta que usted me prometa no olvidar ese

compromiso que ahora contrae.

--¡Caballero! ¿Cree usted que yo falto en asuntos de honor?

--Yo tengo derecho a esperarlo todo del hombre que me delató, ¡Júreme

usted no faltar esta noche a la cita!

--Lo juro--dijo Quirós, que deseaba cuanto antes terminar aquella

conversación, aunque para ello tuviera que aceptar las mayores

humillaciones.

--Está bien. Por su interés le advierto que si usted falta a su

juramento, no será ésta la última vez que nos veremos, y entonces seré

más exigente. Buenos días.

Apenas Alvarez volvió la espalda, Quirós se apresuró a alejarse.

El diputado ultramontano estaba aún agitado por aquella débil

indignación que le habían producido los insultos de Esteban Alvarez;

pero, conforme se iba alejando, se desvanecía la animación que le había

sostenido momentos antes, y al llegar a la calle de Carretas. Quirós ya

comenzaba a estremecerse, pensando en lo prometido.

El esposo de Enriqueta aterrábase al imaginarse la posibilidad de que

aquella misma noche, en la obscuridad, y junto a una tapia solitaria, se

viera, revólver en mano, frente a Alvarez, que tenía para él la

supremacía del hombre honrado sobre el canalla.

El miedo le aturdía de tal modo, que le hacía discurrir torpemente.

El no se batiría de aquel modo tan brutal y desprovisto de

probabilidades de arreglo, aunque una legión de hombres como Alvarez le

pateasen las costillas en medio de la calle.

Ante el mundo tenía él, para poner a salvo su honor, el pretexto de que

un personaje de su importancia no podía batirse con un revoltoso,

sentenciado a muerte. Esto encubría perfectamente su cobardía, y aun

añadiría a su persona una gran dosis de dignidad.

Pero apenas aceptaba la consoladora solución de no acudir a la terrible

cita, conmovíase pensando que al día siguiente, al salir de su casa,

volvería a encontrar a aquel enemigo, más amenazante e inflexible que

nunca.

¡Dios santo! ¿Qué iba a hacer? ¿Qué resolución sería la más acertada?

¡Ah!... Ya lo tenía pensado. Iría inmediatamente a consultar con el

padre Claudio, que estaba tan interesado como él en librarse de Alvarez,

y entre los dos encontrarían el medio más adecuado de suprimir a tan

tenaz e iracundo enemigo.

VI

En demanda de auxilio

El padre Claudio estaba aquel día dado a todos los diablos, según se

decía Quirós al salir de su despacho.

Apenas el diputado cambió con él las primeras palabras, conoció que

algún asunto de gran importancia, y no muy grato, preocupaba al poderoso

jesuíta, hasta el punto de hacerle olvidar aquel disimulo sonriente, que

era en él característico.

El padre Claudio, contra su costumbre, se mostraba brusco y malhumorado,

y tal era su distracción, que se le habían de repetir muchas veces las

mismas palabras para que llegase a fijarse en ellas.

Nunca había visto Quirós en tal estado al reverendo padre, y no podía

comprender que existiesen en el mundo asuntos suficientemente graves

para turbar de tal modo a aquel genio de la intriga, carácter férreo,

creado para salir invencible de las más difíciles luchas.

Sin embargo, aquel disgusto que experimentaba el poderoso jesuíta, no

podía ser más justificado.

Seguía dirigiendo los asuntos de la Orden en España; era poderoso en el

real Palacio, y ninguno de sus subordinados oponía la menor resistencia

a su despótica autoridad; pero, a pesar de esto, el padre Claudio

mostraba cierto azoramiento, y miraba a todas partes con aire de alarma,

presintiendo que en aquella atmósfera de tranquilidad y sumisión que le

rodeaba, existía algo hostil y amenazante, que no tardaría en

condensarse sobre su cabeza, como una nube tempestuosa.

Su fino oído creía percibir los sordos golpes de ocultos zapadores, que

lentamente iban minando su poder, para, en un momento dado, hacer que le

faltase tierra bajo los pies, y hábil para adivinar de dónde procedía el

peligro, así como enterado perfectamente de los procedimientos y

costumbres de la Orden, miraba a Roma, cerebro y centro directivo del

jesuitismo universal.

Allí estaba el peligro, al lado del general de la Compañía, y apenas se

convencía una vez más de que en Roma dirigía aquellos subterráneos

trabajos contra su autoridad, estremecíase de miedo, con la certeza de

que su ruina era segura, teniendo enfrente tan poderosos enemigos.

El padre Claudio repasaba toda su vida, deseoso de encontrar el motivo

que concitaba contra él las superiores iras.

El era en la Orden el personaje más apreciado por los valiosos trabajos

que había llevado a cabo, y recordaba el recibimiento afectuoso con que

siempre había sido acogido en sus viajes a Roma, para conferenciar con

el general.

¿Por qué, pues, aquella guerra sorda e inexorable que le hacían desde la

capital del mundo católico? ¿Conocería acaso el general sus gigantescas

ambiciones y sabría ya los trabajos llevados a cabo por él para acelerar

su muerte y sucederle en la dirección de la Compañía?

Aquel bandido teocrático, incapaz de conmoverse ante el crimen más

horroroso, con tal que le sirviera para la consecución de sus fines,

sentía un miedo sin límites al pensar que en Roma podían conocer sus

planes y ocultas maquinaciones. El había procedido con gran sigilo,

hasta el punto de abandonar procedimientos muy útiles, por temor a que

se hicieran públicos; pero esto no le proporcionaba tranquilidad alguna.

Había trabajado en el seno de la Compañía, y en ésta el espionaje y la

delación constituyen las mayores virtudes. Sabía que la fidelidad y el

cariño entre jesuítas eran absurdos mitos, y tenía el convencimiento de

que su secretario, el padre Antonio, aquel jesuíta al cual tanto había

protegido, le haría traición apenas se le presentara una ocasión

favorable.

De aquí su intranquilidad y que se considerase vencido a todas horas,

sin otro apoyo que el que él mismo pudiera proporcionarse con su

diabólico talento, y a merced de las delaciones de aquellos mismos

sacerdotes que comparecían ante él humildes, con la frente inclinada y

los ojos bajos.

El día en que Quirós, después de su encuentro con Alvarez, se presentó

en el despacho del superior de la Orden en España, éste se encontraba

más intranquilo y malhumorado que de costumbre.

Había llegado a Madrid, procedente de Roma, un jesuíta italiano, el

padre Tomás Ferrari, varón de aspecto sencillo y cándido, pero en quien

el experto ojo del padre Claudio adivinó inmediatamente lo que se llama

un pájaro de cuenta.

Había estado ejerciendo sus funciones durante muchos años en la

secretaría del generalato, y llegaba a Madrid, según las órdenes del

supremo director de la Orden, desterrado por ciertos pecadillos; pero el

padre Claudio sabía bien el grado de credulidad con que debía acoger

tales manifestaciones.

El jesuíta italiano hablaba el español con bastante corrección, y sin

otro defecto que su acento; y Madrid no era el punto más indicado para

desterrar a un subordinado infiel. Pensando en esto, adivinaba a lo que

aquel hombre venía a Madrid, y aunque lo trataba con paternal

benignidad, no le perdía de vista, y en la casa-residencia tenía algunos

jesuítas fieles, que lo vigilaban de cerca.

Pensaba el padre Claudio sondear hábilmente su ánimo, con el intento de

adivinar sus propósitos; pero, por adelantado, se prometía una derrota,

pues comprendía que aquel italiano no era hombre capaz de dejarse

sorprender.

El hábil intrigante reconocía a su cofrade, bajo la máscara hipócrita de

mansedumbre y humildad con que se ocultaba el taimado italiano.

Preocupado estaba el padre Claudio con las reflexiones que le sugería la

inesperada llegada del padre Tomás a Madrid, cuando entró en su despacho

su protegido Quirós.

Su aspecto azorado y la palidez de su rostro llamó inmediatamente la

atención del jesuíta, quien con una mirada pareció preguntar a su

discípulo lo que le ocurría.

--Reverendo padre--dijo el diputado con precipitación--, ya tenemos aquí

otra vez a ése.

--¡Ah!--contestó el jesuíta con displicencia--. ¿Y quién es ése?

--¿Quién ha de ser? Esteban Alvarez, ese descamisado, enemigo de Dios y

de los reyes, que se encuentra en Madrid, sin temor a la sentencia

terrible que pesa sobre él.

Quirós esperaba que aquella noticia produciría honda sensación en el

padre Claudio, y por esto su sorpresa fué grande cuando vió que la

recibía sin pestañear y con una desesperante frialdad.

--Bueno, pues que esté en Madrid cuanto guste--dijo el jesuíta con

acento despreciativo--. Poco me importa su suerte, y, además, bastante

le ha castigado Dios convirtiéndolo en fugitivo sentenciado a muerte,

para que nosotros volvamos a ocuparnos de él.

La llegada del padre Tomás era lo que preocupaba al jesuíta, y pensando

en sus asuntos íntimos, todo lo demás le tenía sin cuidado.

--¡Pero qué tranquilo está usted, reverendo padre! ¡Parece mentira que

conserve esa flema! ¿No recuerda usted lo terrible que es el tal

personaje, y el interés que usted tenía en otro tiempo en anularlo para

siempre?

--Sí, sí; lo recuerdo--contestó el jesuíta bastante distraído--; pero

ahora me tiene sin cuidado la tal persona. Vaya, Joaquinito, deje usted

en paz a ese infeliz, y pasemos a hablar de otra cosa, si es que usted

quiere algo de mí.

--¡Pero, reverendo padre! ¡Dejar en paz a ese demagogo! ¡A ese

energúmeno! Yo bien lo dejaría tranquilo, pero sería con tal que él no

se acordase de mí. Mas lo terrible es que él, a pesar de estar caído,

nos busca camorra, y dice que no ha de descansar hasta que consiga

vengarse de los que le han conducido a tan triste situación. ¡Si usted

supiera lo que acaba de sucederme! Lo encontré en la misma calle de

Atocha, me abordó..., y aquello fué escandaloso.

Y Quirós comenzó a relatar con lenguaje animado a su poderoso protector

todo lo ocurrido, cuidando de disimular el miedo que sintió al hablar

con Alvarez, y adornando con algunas mentiras su relación, con el objeto

de hacer creer al jesuíta en un valor que había estado muy lejos de

demostrar.

El padre Claudio, al oír a Quirós, se había interesado algo,

desapareciendo en él la anterior distracción.

--En resumen--dijo, cuando el diputado cesó de hablar--, que Alvarez

desea vengarse de las perrerías que usted hizo para casarse con

Enriqueta, y que le esperará esta noche con la intención de meterle una

bala en el cráneo.

--Eso es. ¿Qué le parece a usted que debo hacer?

--Asistir a la cita--contestó el padre Claudio con cierta sorna--. Es lo

propio en un caballero.

--Pero, padre Claudio: ¿cree usted que así puedo yo exponer mi vida, ni

más ni menos que porque se le ocurra matarme a un demagogo, furioso por

ciertos actos que ya no tienen remedio? Cualquiera, al oírle hablar a

usted de ese modo, creería que tiene ganas de librarse de mí, y que

aprovecha la ocasión.

Quirós había adivinado el pensamiento del padre Claudio, y éste que,

preocupado por sus asuntos dentro de la Orden, olvidaba el disimulo,

contestó con brutalidad:

--Tal vez acierta usted.

--Sí, ¿eh?--exclamó el diputado, indignado por aquella ruda franqueza--.

Pues en justa reciprocidad, también se me puede ocurrir el librarme de

un protector tan enojoso como lo es vuestra paternidad en ciertas

ocasiones, y, para ello, tal vez no tenga más que decir a ese energúmeno

toda la verdad, o sea que, si yo lo delaté al Gobierno, fué por mandato

del reverendo padre Claudio, de la Compañía de Jesús.

El jesuíta no se inmutó, limitándose a contestar con desprecio:

--¡Bah! Estoy yo demasiado alto para que llegue hasta mí la mano

vengativa de ese sujeto.

--No hay enemigo pequeño. Más altos que vuestra paternidad están los

reyes, y, sin embargo, muchas veces ha llegado hasta ellos la bala de

una pistola.

El padre Claudio volvió a hacer un gesto de desprecio.

--No sea usted tan altivo y confiado--continuó Quirós--. Yo sé bien lo

ocurrido entre usted y Alvarez, y tengo el convencimiento de que el

hombre que en medio de la plaza de Oriente estuvo a punto de

abofetearle, no vacilará en tratarlo de un modo más terrible así que se

convenza de que a usted debe todas sus desgracias y de que yo sólo he

sido un ejecutor de todos sus mandatos. Si a usted le parece bien,

haremos la prueba, revelando yo al tal Alvarez la participación que

usted tuvo en todo cuanto le ocurrió.

El padre Claudio permaneció en apariencia inmutable; pero Quirós

comprendió que sus palabras le habían producido alguna mella, cuando,

poco después, le oyó expresarse de este modo, con acento fingidamente

burlón:

--¡Pero qué farsante es usted! ¡Cómo exagera las cosas cuando se cree en

peligro y ve en estado crítico la integridad de su persona! ¡A qué

hablar tanto! ¿Tiene usted miedo a Alvarez? ¿Quiere usted no verse

frente a él pistola en mano? Conforme; por ahí debía haber empezado.

Teme usted a ese enemigo y viene a buscar una ayuda, que yo no le puedo

negar.

Quirós, conociendo que el jesuíta, por la solidaridad que entre ambos

existía, estaba dispuesto a ayudarle, y seguro ya de su valioso apoyo,

intentó echarlas de valiente, protestando contra aquella opinión de

cobardía en que le tenía el padre Claudio; pero éste le impidió seguir

adelante, diciéndole con la misma brusquedad de antes:

--Tonterías aparte, amigo Quirós: tiene usted miedo, y no es necesario

que se extreme en demostrarme lo que no es verdad. Por eso mismo que lo

veo tan apocado, me decido a prestarle mi auxilio.

--Es que usted también está interesado en librarse de ese hombre.

El padre Claudio sonrió con expresión tan cínica como feroz.

--¡Bah! Si yo no vistiera esta sotana y fuese lo que usted es, ya sabría

librarme por mi propia mano de un hombre que me estorbara, sin necesidad

de implorar la ayuda de nadie.

Y al hablar así, había tal expresión en el rostro del jesuíta, que se

adivinaba cómo, a pesar de sus años, era capaz aquel perfumado bandido

de cometer los más horripilantes actos sin el menor remordimiento.

Quirós, que una vez más comprendía la superioridad de aquel hombre,

nacido para el mal, se abstuvo de reclamaciones y fingimientos.

--Tranquilícese usted--continuó el jesuíta--, que yo le libraré esta

misma noche de ese enemigo que le ha salido. Además, prestaremos un gran

servicio al Gobierno y a la causa del orden. La aparición de ese hombre

en Madrid, nada bueno indica.

--Eso mismo he pensado yo. Alvarez debe haber entrado en España para

hacer algún trabajo revolucionario.

--El general Prim, después del levantamiento fracasado que le obligó a

refugiarse en Portugal, conspira desde París con los militares

emigrados, y nos prepara otra insurrección. El Gobierno está sobre la

pista, y, prendiendo a un agente revolucionario tan acreditado como

Alvarez, tal vez se descubra todo el plan.

--Haga usted, pues, que lo prendan, padre Claudio, y así me evitaré yo

otro abordaje como el de hoy.

--Pero, ¿dónde está, criatura? ¿Dónde está ese hombre, para que la

Policía pudiera echarle el guante? Usted no sabe dónde se oculta, y hay

que aprovechar la cita de esta noche para prenderle. Yo creo conocer su

carácter, y tengo la seguridad de que no dejará de acudir al punto

citado y a la misma hora fijada por usted.

--¿Qué es, pues, lo que usted me aconseja que haga?

--Usted debe estar esta noche frente a las Caballerizas Reales a la hora

indicada, y allí aguardar la llegada de Alvarez. Sin mostrar miedo

alguno le recibirá usted, diciendo que está dispuesto a ir junto a las

tapias de la Casa de Campo, y, ¡no tema usted!, pues antes de emprender

la marcha, ya caerá sobre él la Policía, que estará oculta en las

inmediaciones. Yo me encargo de que el gobernador envíe allí esta noche

los más listos de sus agentes.

A Quirós no le agradaba la combinación.

--Mire usted, padre. Francamente, no me gusta eso de que tenga yo que

desempeñar siempre los más odiosos papeles, y repugnante resulta el que

en mis propias barbas prendan a un hombre que acude a un punto citado

por mí. Eso es proceder del mismo modo que un traidor de melodrama.

--¡Vaya unos escrúpulos! Está usted hecho un diablo predicador, y, desde

que es rico y aspira a convertirse en personaje político, todo le parece

denigrante y poco digno.

--Yo lo que quisiera es no mezclarme en el asunto, tanto más cuanto que

mi presencia no es necesaria. ¿No podía estar la Policía oculta, y al

ver llegar a Alvarez, buscándome en vano por el lugar indicado,

arrojarse sobre él?

--Eso estaría muy bien si la Policía conociera a Alvarez; pero, aunque

su nombre sea conocido por todos los agentes del gobernador, como

temible revolucionario, no hay uno solo que sepa cómo es él

personalmente.

--Podía dar sus señas.

--Eso no basta, y con ellas podría la Policía equivocarse y prender a

otro individuo, al primer transeunte que se le ocurriera detenerse en la

calle de Bailén, frente a las Caballerizas. Total, que por un necio

escrúpulo de usted, daríamos un golpe en vago, del que mañana hablaría

la prensa de oposición, y advertiríamos a Alvarez, el cual se pondría en

salvo.

Quirós pareció convencido.

--¡Bien! ¡Conforme, reverendo padre! Lo que usted quiera. Vuestra

reverencia siempre hace de mí lo que mejor le parece, y me maneja como a

un niño. Estaré en la calle de Bailén a la hora indicada. Usted se

encargará de enviar la Policía, ¿no es eso?

--Sí, señor. Esté usted tranquilo, que antes de que ustedes se dirijan

hacia la Casa de Campo, apenas la Policía vea a usted hablando con

Alvarez, se arrojará sobre éste, maniatándole, para que no se escape ni

se defienda.

El diputado ultramontano manifestóse muy alegre por aquella solución,

que evitaba todo peligro para su vida y le libraba de un temible

enemigo; pero, de pronto, sus ojuelos brillaron con cierta malicia, y se

rascó su colgante y grasosa sotabarba con expresión de incertidumbre.

Miró fijamente al padre Claudio, y después dijo con lentitud:

--Reverendo padre: hablemos claro. ¿Es seguro que la Policía vendrá esta

noche?

El jesuíta extrañó mucho la pregunta.

--¿Y por qué no ha de ir? Yo en persona iré a hablar con el gobernador.

Me extrañan sus palabras.

--Tengo bastante memoria y recuerdo la franqueza con que me habló usted

hace poco. A vuestra paternidad no le parecería mal el librarse de mí, y

sería una jugada bonita el dejarme solo esta noche en poder de ese bruto

de Alvarez, para que me espachurrara sin compasión. Sería un golpe que

haría honor a la travesura de vuestra reverencia.

--¡Bah! Es usted un malicioso sin objeto. Yo nunca empleo tales

procedimientos para librarme de mis enemigos, y si usted me estorbase

realmente, crea que no me faltarían medios mejores para anularlo. Vaya

usted tranquilo esta noche, que yo no faltaré. Lo que dije antes fué

solamente un arranque propio del mal humor que hoy me domina. Aunque

usted no quiera creerlo, le aprecio a usted, por lo mismo que lo

necesito, y aún podemos hacer muchas cosas juntos.

Poco después, Quirós, ya más tranquilizado, salía de la casa del padre

Claudio.

Creía que éste cumpliría su palabra por estar tan interesado como él en

librarse de Alvarez.

¿Y si lo engañaba? ¿Y si no acudía la Policía, y él, cumpliendo su

palabra, se veía obligado a ir hasta la Casa de Campo para cambiar

algunos tiros?

La araña negra, t. 5/9 · 第 8 / 14 段