ataques, pintando a Quirós como un dechado de perfecciones y
caballerosidad. El padre Claudio se enfadaba al notar la antipatía que
la joven profesaba a Joaquinito. ¡Pobre muchacho! ¡Odiarlo, justamente
por una de sus nobles acciones! Porque ahora resultaba, según las
afirmaciones del jesuíta, que si Quirós había mentido, presentándose en
público como el raptor de Enriqueta, era tan sólo por salvar a ésta, a
la que amaba en silencio desde mucho tiempo antes, y evitar que fuese
complicada en la causa que se había formado a Alvarez como conspirador.
Además, su abnegación era sublime y digna de las mayores
consideraciones. Sólo un alma grande, un hombre verdaderamente
enamorado, era capaz de ofrecer su mano y su honor a una joven que casi
había visto en los brazos de otro.
Todo esto impresionaba poco a Enriqueta; pero últimamente el jesuíta la
conmovió profundamente con una proposición que le hizo en nombre de la
baronesa.
El honor de una familia tan ilustre no había de quedar por los suelos. O
se casaba con Quirós, lo que haría terminar tan vergonzosa situación,
cortando de raíz las murmuraciones, o entraba inmediatamente en un
convento, para expiar su falta con continuas oraciones.
Enriqueta, al llegar a este punto de su relación, se detuvo, como si la
vergüenza le impidiera seguir adelante, y al fin dijo con voz
temblorosa:
--Fuí débil y cedí. Los placeres del mundo me atraían y temblaba
solamente al pensar que podía verme encerrada en un convento para
siempre. Por otra parte, me movía una consideración de fuerza
irresistible. Sentía agitarse en mis entrañas un ser al que amaba con
delirio antes de haberlo visto, y con el cual conversaba como una loca
en la soledad de mi cuarto. ¿Iba a ser, por mi culpa, un desgraciado,
sin nombre y sin padres conocidos, al cual mirase la sociedad como un
fruto de deshonra? Esto fué lo que me impulsó a ser perjura, a olvidarme
de ti por el momento, uniéndome a un hombre a quien aborrezco. Fuí
traidora, te ofendí del modo más villano; pero todo lo hice con tal de
borrar el deshonor de la frente de mi hija. Sacrifiqué tu amor a cambio
de la felicidad de un ser que lleva tu sangre.
Esteban, impresionado por las últimas palabras, pareció olvidarse de
todo lo dicho anteriormente por Enriqueta.
Parecía dudar ante una felicidad inesperada.
--¡Pero, esa niña!... ¿Es realmente hija mía?
--Sí, Esteban. Mi María es tan hija tuya como mía. Te lo juro por la
memoria de mi madre, cuyo nombre lleva ella.
--¡Ah! ¡Hija mía!--murmuró Alvarez, con acento inexplicable.
Y las lágrimas asomaron a los ojos de aquel hombre enérgico, cuyo férreo
carácter no habían logrado nunca enternecer las más supremas emociones.
III
El presente de Enriqueta.
Quedaron silenciosos los dos antiguos amantes durante algunos minutos,
como saboreando el placer que les producía pensar en el ser inocente
venido al mundo, cual recuerdo de aquella noche de amor, tan
trágicamente interrumpida.
Enriqueta fué la primera en romper aquel silencio, pues sentía deseos de
hacer olvidar el pasado a Alvarez, hablando únicamente de su hija.
--¡Si vieras cuán hermosa es! Su parecido contigo es tan exacto, que
hasta Fernanda, que te ha visto pocas veces, lo notó desde el primer
instante. Bastaría que vieses a mi Marujita un solo momento, para que
inmediatamente te convencieras de que es tu hija. Hay algo en aquellos
ojitos que es una chispa de la misma luz que brilla en los tuyos.
Alvarez seguía pensativo, y de vez en cuando fruncía las cejas, como
agobiado por una idea penosa. Por fin habló para preguntar a Enriqueta
con cierta rudeza:
--Y tú, ¿amas mucho a tu esposo?
--¡Quién!... ¿Yo? Le aborrezco. Es un infame.
--Entonces serás muy desgraciada.
--Tengo a mi hija, y esto me basta. Nunca he amado a Quirós. En los
primeros días de nuestro matrimonio, le miraba con indiferencia
benévola. Le consideraba como una persona amable, con la que estaba
obligada a vivir, y procuraba tratarle con cierto afecto, aunque
evitando siempre la menor intimidad.
--¿Y las costumbres matrimoniales?--preguntó Alvarez con tono de
incredulidad.
--No han existido nunca para nosotros. Cuando, preparado ya el asunto
por el padre Claudio, vino Quirós a casa a pedir mi mano a Fernanda, yo
le hablé con entera claridad, recordándole el amor que a ti te
profesaba. Fingió él gran desesperación por mis palabras; pero con todo
se conformó, con tal de ser mi esposo, diciendo que el tiempo se
encargaría de hacerle justicia y de procurar que yo le amase, aunque
sólo fuese un poco. Las condiciones que entonces pactamos se han
observado hasta hoy. A la vista de la sociedad somos un matrimonio cual
todos, con nuestras alternativas de cariño y enfado; pero, en la
intimidad, dentro del hogar, Quirós y yo nos tratamos con toda la
ceremoniosa frialdad de los príncipes que, por razón de Estado, se unen
para siempre. Mis habitaciones están a un extremo de la casa y las suyas
al otro; pasan días sin que crucemos más palabras que las que nos obliga
a fingir la presencia de algún extraño. Los dos tenemos muy diversas
ocupaciones, que nos obligan a no pensar en nuestra situación. El sólo
se ocupa de la política, de su periódico y de todos los medios propios
para convertirse en un personaje importante, y yo dedico el día entero
al cuidado de mi hija.
--¿Pero ese hombre nunca ha intentado hacer valer sus derechos de
marido?
--Sí; hubo una época, a raíz de nuestro casamiento, en que emprendió la
conquista de mi afecto en toda regla. Mostrábase amable hasta la
impertinencia, y me asediaba de mil modos; pero de entonces data el odio
que le profeso y que reemplazó a la antigua indiferencia con que le
miraba. Un día, creyendo con ello halagarme y demostrarme la intensidad
de su amor, me hizo una confesión monstruosa, horrible. Desde entonces
le detesto, considerándolo como un ser abyecto y repugnante.
--¿Qué te dijo?--se apresuró a preguntar Alvarez--¿Dudas decírmelo? ¿No
tengo yo derecho para saber todas tus cosas?
Enriqueta no disputaba a su antiguo amante el derecho de saber cuanto le
ocurría, aun aquello de carácter más íntimo; pero se resistía a
revelarle aquella declaración de Quirós, que ponía al descubierto toda
la ruindad de su alma.
Ella no quería crear conflictos ni aumentar la desesperación de su
antiguo amante. Aunque odiase a Quirós, al fin era su marido ante el
mundo, y no debía concitar contra él las iras de nadie.
Alvarez, como si adivinase lo mucho que le importaba aquella
declaración, importunaba a Enriqueta para que hablase.
Rogó, amenazó, manifestóse ofendido en su dignidad, y, al fin, después
de muchas vacilaciones y de hacerle prometer que no intentaría nada
contra Quirós, se decidió Enriqueta a hablar, vencida por la curiosa
tenacidad de su amante.
--Pues bien; ese hombre, que ahora se llama mi esposo, es el autor de tu
desgracia, y por tanto, de la mía. El fué quien te delató al Gobierno
como conspirador, facilitándote después la huída, para, apoderarse mejor
de mí.
Alvarez no esperaba aquella revelación; así es que hizo un marcado
ademán de sorpresa. Pero pronto la reflexión le hizo creer que era
imposible aquello que Enriqueta le revelaba.
--Eso no puede ser--dijo--. Quirós no me conocía, ni sabía que tú me
amabas, y mal pudo averiguar mis compromisos políticos, que yo ocultaba
con tanto cuidado.
--Mi marido fué el delator. Es inútil que te empeñes en reflexionar
sobre la certeza de lo que te digo. El mismo me confesó su crimen un día
que yo resistía, como siempre, a sus halagos amorosos. Me dijo entonces
que me amaba desde el primer día que entró en casa, haciéndose amigo de
mi padre, y, además, que conociendo mis relaciones contigo, y
enloquecido por los celos, te había delatado, con el deseo de que
huyeses o perdieras la vida, pudiendo él entonces dedicarse con entera
libertad a mi conquista. El me hizo tan horrorosa confesión con el
propósito de demostrarme la inmensidad de su amor, que le había
conducido hasta el crimen; pero yo, desde entonces, le odio, y siento
ante él la misma repugnancia que en presencial de una inmunda alimaña.
Debe él haber conocido el horror que me inspira, por cuanto desde
entonces ha cesado de importunarme con sus demandas amorosas, y se
dedica en absoluto a sus aficiones políticas.
Esteban estaba convencido de la maldad de Quirós. Aunque no podía
comprender por qué medios el repugnante aventurero había averiguado sus
compromisos revolucionarios, la declaración de Enriqueta borraba todas
las dudas que pudieran ocurrírsele.
El, durante la época de su emigración en París, y recordando sus
desgracias, había llegado a creer que el delator era el padre Claudio,
terriblemente ofendido y ansioso de venganza por la conferencia, algo
violenta, que ambos habían tenido en la plaza de Oriente; pero ahora
desechaba sus anteriores sospechas, para hacer caer toda la
responsabilidad sobre Quirós.
Ignoraba que el jesuíta y su discípulo iban íntimamente unidos en el
asunto de la delación.
Enriqueta, después de hacer aquella declaración, mostrábase arrepentida
de su femenil ligereza, y procuraba convencerse de que su antiguo amante
no intentaría nada contra Quirós.
--No te preocupes tanto en favor de ese canalla--dijo Alvarez con
rudeza--. Por más que te empeñes y ruegues en su favor, día ha de llegar
en que yo le exija severas cuentas por su infame conducta. Mas por el
momento, permanece tranquila. Pesan sobre mí peligros muy terribles y
tengo demasiado interés en permanecer oculto, para que vaya yo a
comprometerme y a poner en peligro una empresa casi santa presentándome
ante ese miserable. Ya vendrá el tiempo en que a la luz del día podré
retar a tu marido, concediéndole la honra de morir como un caballero.
El interés que manifestaba Alvarez en permanecer oculto, hizo pensar a
Enriqueta en la situación aventurada que atravesaba su amante.
--Haces bien en ocultarte--le dijo--. Según he oído varias veces a mi
hermana, una sentencia de muerte pesa sobre ti, y es realmente una
imprudencia que te presentes en las calles en pleno día... ¿A qué has
venido a Madrid?
Alvarez sonrió con expresión algo feroz.
--No tardarás en saberlo, y contigo todo Madrid. Mi presencia en España
nada bueno indica para lo existente. Soy como esas aves funestas que
vuelan delante de la tempestad, anunciándola, y pronto estallará el
trueno sobre esas santas instituciones de que hablaba hace poco ese
jesuíta empalagoso, que no sé cómo escucháis con calma. Ya veremos si
todo ese público distinguido, que tanto se entusiasmaba hace poco, sabe
salir a la defensa de lo que va a perecer.
Enriqueta, que, a pesar de todo su amor, estaba influída por las
preocupaciones de clase, se estremeció al escuchar tales palabras, y
miró alarmada a Alvarez.
--Pero, ¡Dios mío! ¿Qué vais a hacer?
Esteban no contestó, limitándose a sonreír del mismo modo que antes.
Quedaron silenciosos los dos amantes, y oyeron sonar en el fondo de la
iglesia un ruido de hierros que, poco a poco, iba acercándose.
Era el sacristán que, agitando un gran manojo de llaves, iba por las
capillas, diciendo en alta voz a las beatas rezagadas:
--¡Se va a cerrar! ¡A la calle, pronto, que voy a cerrar!
--Nos tiran de aquí--dijo Esteban.
--Sí; separémonos antes que nos vean juntos en esta capilla oscura.
Adiós, Esteban.
--¡Eh! Aguarda. ¿Crees que podemos separarnos así? ¿No he de volver a
verte? ¿O es que quieres que pase espiando unas cuantas tardes la puerta
de tu casa, aguardando con ansia una ocasión propicia para hablarte?
--No, Esteban; no conviene que nos veamos. En mi estado no son muy
regulares estos encuentros, y aunque yo permanezca fiel a mis deberes,
como estoy dispuesta a hacerlo siempre, nuestras entrevistas serán
conocidas y darán pábulo a la murmuración. Además, a ti te conviene
permanecer oculto.
--¿Y mi hija? ¿Crees tú que podré yo permanecer tranquilo sabiendo que
tengo una hija, y sin haberla visto nunca? No, Enriqueta, es preciso que
yo la vea, para besarla, para experimentar ese goce paternal que hasta
ahora sólo conozco a medias. Enriqueta, ya sabes que yo nunca me detengo
cuando me empeño en conseguir lo que deseo. Déjame ver a nuestra hija, o
me siento capaz de entrar en tu casa a viva fuerza y hacer una locura,
aunque esto me descubra y ponga en peligro mi vida.
Enriqueta sabía que Alvarez era capaz de cumplir su promesa, y como al
mismo tiempo viese en su rostro una expresión conmovedora de súplica, se
decidió en favor de lo que le pedía.
--Bien: verás a María. No debíamos hablarnos más; pero ya que así te
empeñas, volveremos a repetir muestras conferencias, aun cuando tengo la
convicción de que esto ha de producirnos alguna desgracia.
--¿Cuándo veré a la niña?
--No puedo decírtelo; pero buscaré ocasión propicia para ello. Por de
pronto, quedemos acordes sobre el punto donde volveremos a vernos.
--Aquí mismo: es el lugar más seguro para mí.
--Está bien. Pasado mañana dará el padre Luis su última conferencia.
Espérame como hoy, en este mismo sitio, y ya te diré entonces lo que
hemos de hacer para que tú veas a nuestra hija.
--¡Señores! ¡Que voy a cerrar! ¡Que se va a cerrar!--gritó el sacristán,
próximo a la capilla, agitando sus llaves resonantes.
Los dos antiguos amantes se estrecharon las manos, dándose un mudo
adiós.
Alvarez, conmovido sin duda por la dulce tibieza de aquellas finas
manos, acercó su rostro al de Enriqueta; pero ésta se desasió,
separándose rápidamente, con las mejillas teñidas por el rubor.
--¡Aquí!... ¡Oh, no! ¡Qué horror! Piensa en mi estado actual, y no
intentes la menor cosa, si quieres que sigamos viéndonos. Seremos dos
buenos amigos, o, de lo contrario, si eres malo, te odiaré. ¡Adiós,
Esteban!
Cuando el sacristán agitó sus llaves frente a la capilla, los dos
amantes, uno en pos de otro, salían ya de la iglesia.
IV
Renuévanse las relaciones.
Poco a poco fué restableciéndose entre los dos antiguos amantes un
afecto que, si no eran igual a la pasada pasión, equivalía a algo más
que a una intimidad amistosa.
El adormecido amor volvía a renacer en Enriqueta, y aun cuando ella, en
su interior, se dirigía a sí misma sermones morales, recordando sus
deberes y el peligro que corría cediendo a la pasión, lo cierto es que
muchas veces se olvidaba de que a los ojos de la sociedad pertenecía a
otro hombre, y se entregaba sin reserva al trato de Alvarez.
La vigilancia de la baronesa y el género de vida que hasta entonces
había hecho, no la permitían salir con frecuencia de su casa
completamente sola; pero aprovechaba todas las ocasiones que se le
ofrecían para cambiar unas cuantas palabras con Alvarez, unas veces ante
el escaparate de una tienda elegante, otras en las alamedas del Retiro,
y las más en alguna iglesia donde no fuera muy grande la concurrencia de
fieles.
Tanto atrajo a Enriqueta aquel hombre, cuya presencia y palabra parecían
transportarla a la época más feliz de su vida, que comenzaba a vigilar
con menos cuidado a su idolatrada niña, y a permitir que la baronesa la
tuviera horas enteras en su salón, a pesar de que temía que aquel
pequeño ser fuera víctima de alguna asechanza infame.
Enriqueta recordaba aún con horror aquel período de su embarazo, durante
el cual su hermana y el doctor habían empleado todos los medios para
matar la criatura que llevaba en sus entrañas.
Aquella niña estorbaba a doña Fernanda, y, como Enriqueta, conociendo
los sentimientos de su hermana, sabía de lo que era capaz, de ahí que
temiera que con su hija se repitieran las mismas criminales tentativas
que contra ella.
El vehemente deseo que Alvarez sentía de ver a su hija, cumplióse por
fin una tarde, en que Enriqueta, aprovechando una ausencia de su
hermana, salió en coche con la pasiega encargada del cuidado de la niña.
En el paseo, Alvarez, fingiendo ser un amigo íntimo de la familia, para
no excitar las sospechas de los cocheros y de las domésticas, saludó a
Enriqueta, y después de una conversación sin importancia, subió al
carruaje, tomando en sus brazos la niña, que contemplaba aquel rostro
desconocido con marcada alarma.
¡Cuán dolorosos esfuerzos hubo de hacer aquel padre para ocultar sus
impresiones y no derramar lágrimas de alegría al estrechar la niña en
sus brazos!
Aunque muy torpemente, fingió esa indiferencia cariñosa propia de las
personas que por cortesía acarician niños ajenos; pero cuando, molestada
por el roce de sus recios bigotes, la niña rompió a gimotear, agitándose
furiosa en sus brazos, el infeliz padre estuvo próximo a llorar de pena.
Parecíale que su hija se negaba a reconocerle, y sintió impulsos de
decirle, en acento de dulce reproche:
--¡Cállate, pequeñuela! ¿No sabes que soy tu padre?
Varias veces vió del mismo modo el emigrado a su hija, y en todas
ocasiones se separó entristecido, pues notaba en la pequeña María un
desvío y una alarma que le causaban daño.
Durante el tiempo que se verificaron aquellas entrevistas, algunas de
las cuales resultaban audaces, pues eran en puntos donde Enriqueta podía
ser fácilmente conocida, la joven señora notó en su antiguo amante algo
que, despertando sus preocupaciones de clase, la llenaba de terror.
Semanas enteras transcurrían a veces sin que Enriqueta, que salía muchas
veces con la esperanza de ver a Alvarez, que siempre surgía a su paso
como un personaje fantástico, le hallara por parte alguna.
Después, Esteban, durante muchos días, volvía a rondar la calle,
recatándose de ser visto, y aprovechaba la menor ocasión para hablar con
Enriqueta, y cuando ésta se atrevía a interrogarle sobre aquellas
extrañas ausencias, el conspirador sonreía de un modo feroz y hablaba de
tempestades que estaban próximas.
Enriqueta, a pesar de su inocencia en asuntos políticos, comprendía que
algún suceso grave iba a verificarse, y al pensar en el peligro que iba
a correr Alvarez, la figura de éste se agrandaba de un modo heroico en
su imaginación.
Ella, que por haber oído muchas veces a la escogida sociedad que reunía
su hermana hablar de los furores de la demagogia y del salvajismo de las
turbas, odiaba todo lo que significara revolución, no podía menos de
alterarse al ver al hombre adorado expresándose de un modo tan terrible;
pero la pasión hacía enmudecer todas sus preocupaciones, y Alvarez era
siempre para ella aquel ser que la había revelado la existencia del
amor.
Podía ella, escudada en su estado, y recordando sus deberes, oponerse
con tenacidad indomable a aquellas pretensiones atrevidas que renacían
en Alvarez como retoños de la antigua pasión, y que la hacían acoger con
expresión ceñuda todos sus osados avances; pero, a pesar de esto, el
terrible conspirador era el único hombre que moralmente la poseía, y
cuya imagen ocupaba por completo su imaginación.
V
Mal encuentro.
Se hallaba Esteban Alvarez hacía ya dos horas en la calle de Atocha,
espiando desde alguna distancia la casa de Enriqueta.
Era domingo, habían ya dado las diez de la mañana, y Alvarez esperaba,
confiando en que Enriqueta saldría a misa, sola, como otras veces, y
podría cambiar con ella algunas palabras a la puerta de la iglesia.
Paseaba el conspirador embozado en su capa, para no llamar la atención,
y en una de sus vueltas, que le alejó bastante de casa de Enriqueta, al
desandar lo recorrido y volver hacia su punto de partida, o sea cerca de
la casa de Baselga, vió a pocos pasos, en el centro de la acera, a un
caballero que envolvía en un rico gabán de pieles una obesidad extraña
en un hombre joven.
A aquellas horas en que el Madrid elegante todavía estaba en la cama,
descansando de los placeres de la noche anterior, resultaba algo raro
ver en la calle un personaje tan elegantemente vestido, y tal vez por
esto Alvarez fijó en él su atención.
Parecióle en el primer momento al conspirador encontrar algo en aquel
hombre que le era conocido, y le recordaba algún suceso del pasado, que
él no podía explicarse tan de repente; pero pasado el efecto que le
produjo la primera ojeada, aquella reminiscencia fué desvaneciéndose, y
al cruzarse con el bien portado personaje, ya no notaba en él nada
conocido.
No ocurría lo mismo a aquel caballero.
Cuando estaba aún separado de Alvarez por algunos pasos de distancia,
mirábalo con indiferencia, como a un transeúnte desconocido; pero, al
encontrarse junto a él, y fijarse en las facciones de Alvarez, que en
aquel instante dejaba al descubierto el embozo, su rostro palideció, y
toda su persona agitóse con esa conmoción que produce un encuentro
inesperado.
Esta impresión no pasó desapercibida para Alvarez, que volvió a fijarse
en el desconocido, haciendo esfuerzos mentales para recordar quién era.
Ya había pasado el caballero de las pieles, y se alejaba, volviendo la
espalda, a pesar de lo cual, todavía Alvarez, parado y con la mirada
fija, siguió examinándolo.
Volvió la cabeza un poco el desconocido, para ver si le miraba Alvarez,
y entonces, al presentar su rostro de perfil, fué reconocido
inmediatamente.
Los rasgos típicos de Quirós surgieron a los ojos de Alvarez,
destacándose de aquel rostro grasoso y prematuramente marchito.
Aquel descubrimiento conmovió profundamente al conspirador.
Era la primera vez que veía a aquel hombre después de la triste noche en
que le conoció, y el recuerdo de su infame traición surgió
inmediatamente en su cerebro.
Aquél era el hombre que le había robado la mujer amada; el cínico
aventurero que ahora gozaba la opulencia conquistada por medio de sus
infamias, y que salía de su casa contento y satisfecho, como un
ciudadano que siente tranquila su conciencia.
Esteban experimentó una repentina indignación, que rápidamente se
apoderaba de él, hasta embriagarlo de rabia, e instintivamente, sin
darse cuenta de lo que hacía, siguió a Quirós, quien había apresurado el
paso al notar que acababa de reconocerle aquel hombre a quien tanto
temía.
En la plaza de Antón Martín fué alcanzado por Esteban, quien se colocó
familiarmente a su lado.
Quirós temblaba al sentir a sus espaldas los pasos de aquel hombre que
se acercaba rápidamente; pero al verle a su lado, hizo, como vulgarmente
se dice, de tripas corazón, y asomó a sus labios la más amable de las
sonrisas.
--¿Me conoce usted?--preguntó Alvarez con voz que enronquecía la ira.
--No tengo el honor...--contestó Quirós, siempre sonriente, y deseoso de
prolongar aquella situación difícil con amables palabras.
--Pues soy Esteban Alvarez--le interrumpió el conspirador--. Ya sabe
usted que tenemos una antigua cuentecita que saldar y aprovecho la
ocasión de encontrarle. A un canalla como usted hay derecho de sobra
para aplastarlo aquí mismo; pero soy generoso, y le doy tiempo para
morir como un caballero. ¿Cuándo estará dispuesto a romperse el
bautismo conmigo?
--Pero, ¡por Dios!, señor Alvarez. ¿Por qué hemos de reñir dos buenos
amigos, como nosotros lo somos? Usted está en un error; no conoce mis
actos, y me toma por algo que yo no soy. Comprendo que usted esté
enfadado conmigo, pero esto es porque no conoce mi verdadera conducta.
En el momento que usted sepa la verdad de cuanto yo hice, me lo
agradecerá, y hasta es posible que se convierta en mi mayor amigo.
Alvarez quedó pasmado ante el cinismo de aquel hombre.
--¡Cómo, miserable!--dijo indignado--. ¿Qué es lo que yo te he de
agradecer? Me pasma tu sangre fría, ¡gran canalla! Basta de palabras. O
te bates conmigo hoy mismo, o te estrangulo inmediatamente.
--Pero, señor Alvarez, ¡por la sangre de Cristo! No se sulfure usted ni
me trate de un modo que no merezco. Es cierto que yo soy hoy el esposo
de la mujer que usted amaba; pero esto ha sido contra mi voluntad; a las
circunstancias hay que culpar más que a mi persona. Por evitar
compromisos a Enriqueta, y buscando que no apareciera complicada en la
causa que a usted le formaron, creí útil el fingir que era yo su raptor;
esto, sin ninguna intención malvada; después, el mundo, con sus
murmuraciones, agravó lo que yo había hecho, sin proponerme ningún fin
determinado, y merced a las gestiones de respetables personas que
querían evitar el escándalo, me vi en la precisión de optar entre la
deshonra de Enriqueta o el darla mi mano. ¿Qué hubiera usted hecho en mi
caso? Lo mismo que yo, indudablemente. Había que salvar el honor de una
mujer, a quien usted no podía devolvérselo, y usted mismo debía
agradecerme este noble sacrificio que hice.