--Sí, yo; allá en la triste emigración procuré enterarme de tu suerte, y

supe que ese... señor Quirós había fingido ser tu raptor, logrando

casarse mediante tan villana estratagema. Esto me hizo comprender tu

conducta, que no quiero calificar. Para que él apareciera como tu raptor

en aquella terrible noche, preciso es que tú accedieras a todo; que

afirmaras cuanto él dijera, y esto, Enriqueta, me ha producido aún mayor

dolor que la consideración de que ahora eres de otro. Esto me ha

enseñado, para siempre, la fuerza que el juramento tiene en los labios

de mujeres.

La joven, que de vez en cuando se llevaba su pañuelo a los ojos para

secar las lágrimas, no protestó al escuchar las últimas palabras, y

únicamente dijo con ansiedad:

--¿Y no sabes más?

--Nada más. Sólo de tarde en tarde han llegado hasta mí noticias de tu

vida, y éstas siempre confusas. Estando en París, supe tu casamiento;

que habías tenido una niña y que tu marido iba en camino de ser un

personaje de estos que ahora se usan; pero estas fueron las únicas

noticias. Te escribí varias veces, y en vista de tu silencio, decidíme a

hacer lo mismo. Aunque entonces todavía eras soltera, comprendía que, o

interceptaban las cartas, o tú no querías saber más de mí. Esto último

era lo más probable. Es poco grato amar a un hombre perseguido por el

Gobierno, sentenciado a muerte y que se halla en extranjero suelo.

Enriqueta lloraba más aún al escuchar estas palabras.

--¡Oh! ¡Si yo hubiese recibido esas cartas! Tal vez hubiese repetido el

sobrehumano esfuerzo que me condujo hasta tu casa en aquella noche

fatal. Yo no sabía nada de ti, Esteban. Puedes creerme. Ignoraba cuál

era tu suerte, y hasta muchas veces llegaba a dudar si existías. Desde

el instante en que me abandonaste, he ignorado tu paradero, sin duda

porque en torno de mi persona existían seres muy interesados en

conservarme en tal ignorancia. ¡Ah! ¡Si conocieses mi historia!... ¡De

qué distinto modo me juzgarías!...

Y Enriqueta, deseosa de justificarse ante aquel hombre del que le

separaba su presente estado, pero al cual todavía amaba, púsose a

relatar su vida desde el instante en que Alvarez la abandonó en la casa

de huéspedes.

Ella se había confiado por completo a la caballerosidad de Quirós, había

obedecido todas sus órdenes, creyendo que así salvaba a su novio, como

su acompañante le aseguraba, y únicamente cuando en la mañana siguiente,

en el despacho del gobernador de Madrid, este funcionario la dirigió un

largo sermón de moral, reprochando la conducta que había observado

huyendo de su casa con Quirós, y explicándola las consecuencias que

forzosamente había de tener la fuga, fué cuando comenzó a comprender

algo de aquella horrible trama de la que era víctima.

Las emociones sufridas en la noche anterior y el abatimiento moral que

la producía el conocer, aunque vagamente, el conflicto en que había

puesto a su honra por obedecer fielmente las indicaciones de Quirós,

hiciéronla caer enferma en su lecho apenas llegó a su casa.

La fiel Tomasa, que en vano había estado aguardándola toda la noche a la

puerta de la aristocrática vivienda, era la única persona que permanecía

junto a su lecho, prodigándola los más exquisitos cuidados, y sin

separarse de ella un solo instante.

¡Infeliz Enriqueta! Su único consuelo no tardó en serle arrebatado.

--Aquella misma tarde--siguió diciendo la joven señora de Quirós--, unos

hombres de aspecto horrible, que, según supe después, eran de la

policía, entraron en mi cuarto, para arrebatarme casi a viva fuerza a la

desgraciada Tomasa, que gritaba y se defendía como una loca.

--Conozco ese suceso--dijo Alvarez con voz temblorosa por la emoción.

--¡Cómo! ¿Sabes tú lo ocurrido?

--Mi fiel compañero, Perico, averiguó en la emigración todo lo ocurrido

a su tía, y, del mismo modo, su triste fin. La pobre Tomasa llevaba mis

papeles comprometedores ocultos en el pecho; la Policía los encontró,

sentenciándola un Consejo de guerra a reclusión perpetua, como agente de

nuestra conspiración, y la infeliz fué conducida a la cárcel-galera de

Alcalá, donde murió al poco tiempo. La desgraciada, quebrantada por el

dolor, falta ya de su primitiva energía y agobiada por los achaques de

la vejez, no pudo resistir tan inmenso infortunio.

El recuerdo de su fiel doméstica, a la que consideraba como una segunda

madre, sumió a Enriqueta en un doloroso silencio, del que le sacó la voz

de su antiguo amante.

--Fué aquello un crimen, a cuyo autor le ha de pesar algún día, pues

hechos como éste no deben quedar sin venganza. Tú conoces al criminal

más aún que yo, y, acuérdate bien de lo que te digo: ese miserable será

castigado.

--¿A quién te refieres? ¿De quién sospechas?

--De ese hombre que se llama tu esposo, y cuyo repugnante nombre llevas.

Quirós era el único que sabía dónde estaban mis papeles y cómo los

guardaba Tomasa. El hecho de haber buscado al día siguiente la Policía a

la pobre vieja, sabiendo ya que los papeles los ocultaba en el pecho, da

a entender que tu marido fué quien hizo la delación.

--Tal vez sea así--dijo Enriqueta pensativa--. En ese hombre todo es

creíble, pues está acostumbrado a la delación. Es un monstruo.

Y los dos, impresionados por el recuerdo de la infeliz vieja, quedaron

en silencio algunos instantes, hasta que, por fin, Enriqueta reanudó su

relación.

Tardó mucho en salir de aquella enfermedad, que, por ser más moral que

física, los médicos no sabían cómo combatir.

Cuando entró en una penosa y difícil convalecencia, la baronesa y el

padre Claudio fueron las únicas personas con las que pudo tratarse y que

intentaban ejercer sobre ella una influencia sin límites.

Al principio hablaron sencillamente de cosas religiosas, olvidando el

hacer la menor alusión a su huida, que tantos y tan desfavorables

comentarios había producido en el gran mundo; pero cuando ella estuvo ya

completamente restablecida, los dos compadres religiosos acometieron

francamente la realización de su plan, aconsejándola con acento dulce,

pero imperioso, lo que debía hacer. Ella había agraviado mucho a Dios

con aquella fuga impúdica, indigna de una joven cristiana y bien

educada; por pecados menos importantes iba un alma al infierno por toda

una eternidad, y para que ella alcanzase la salvación era preciso que

expiase su crimen, cumpliendo, por fin, aquella vocación religiosa que

tan general estimación le valía antes de que fuera tentada por el

diablo, e ingresando en un convento, como ya se lo había prometido al

padre Claudio en el sagrado tribunal de la penitencia.

Enriqueta no opuso ninguna objeción. Estaba demasiado abatida su

voluntad por las desgracias para poder presentar una oposición enérgica,

y, además, comprendía que estando completamente sola y a merced de la

baronesa y su director, sería inútil su resistencia.

Por esto se limitó a responder evasivamente a todas aquellas

excitaciones, y con una astucia que sus dos consejeros no podían recelar

en ella, dióles a entender que estaba dispuesta a abrazar la vida

monástica, pero que deseaba un plazo para dedicarse a preparar su alma y

fortificar su débil cuerpo.

Enriqueta hacía una vida casi claustral, pues su hermanastra era una

especie de cancerbero que, interponiéndose entre ella y el mundo,

impedía a la joven todo contacto con la sociedad.

Quirós no visitaba ya a la baronesa, y Enriqueta sorprendió a ésta

hablando un día con su poderoso director y aplicando los más denigrantes

calificativos al escritor católico.

Dos meses después de aquella fatal noche, Enriqueta salió por fin a la

calle, acompañada de su hermanastra, la cual accedía por fin a los

consejos del doctor Peláez, que pedía para la joven muchos paseos y

ejercicios corporales, so pena de que volviese a aparecer la enfermedad

con más terrible carácter.

Enriqueta, a poco de entrar en el paseo de la Castellana, conoció su

situación social. Sus antiguas amigas volvían el rostro por no

saludarla; cientos de ojos se fijaban en ella insolentemente, con

maliciosa curiosidad, y varias veces sorprendió a muchas personas

señalándola con expresivo ademán, que la llenaba de rubor. La presencia

de Quirós, que, con aire triunfal, se paseaba a pie, siendo objeto de la

curiosidad de la gente que ocupaba los coches, dió a entender a

Enriqueta el significado de aquella general murmuración.

La virtuosa sociedad aristocrática, clase digna del mayor respeto, por

lo bien que sabe sofocar el escándalo, poniendo a un lado el amante y al

otro el confesor, señalaba a Enriqueta con el dedo, como la amante de

una noche del simpático Quirós, indignándose santamente al ver que su

familia no se apresuraba a remediar por medio del matrimonio aquel

suceso, que redundaba en desprestigio de la privilegiada clase.

La joven, irritada por aquel engaño general, hubiese querido protestar;

creía preciso decir que Quirós era un falsario, y que el único hombre a

quien ella había amado era el revolucionario Esteban Alvarez...; pero,

¿para qué? Nadie la creería; resultaban muy novelescos e inverosímiles

los amoríos de una joven aristocrática con un conspirador que estaba

sentenciado a muerte, y, además, era ya tarde para hacer tal

declaración. Ella, vigilada por su hermana, no podía ir de una en otra

persona dando explicaciones que nadie la pedía, y Quirós había sabido

manejarse tan hábilmente, que era general y arraigada la opinión que le

consideraba como raptor de Enriqueta.

Tan terrible fué la impresión que experimentó la joven, que ya no quiso

salir más de paseo, y permaneció encastillada en su cuarto, evitando

hasta el entrar en el salón de la baronesa, como si las pocas personas

que visitaban a ésta pudieran hacer al verla los mismos comentarios

infamantes que la producían un terrible remordimiento.

Pero entonces comenzó a experimentar con mayor fuerza ciertos síntomas

que ya se habían marcado antes en su organismo, aunque ella no les daba

gran importancia.

Tuvo continuamente náuseas, vomitó con frecuencia, y algunas noches

sintió algo extraño y doloroso en sus entrañas.

Enriqueta no era tan inocente que no llegase a comprender lo que aquello

significaba, y por eso su terror fué inmenso cuando, a pesar de todas

las precauciones martirizantes a que obligaba su cuerpo, para ocultar su

estado, doña Fernanda se enteró de lo que ocurría.

La ira de la baronesa no tuvo límites. Dió dos soberbias bofetadas a

Enriqueta, y en este mismo tono hubiera seguido, a no ser porque la

detuvo alguna oculta consideración. Pero de palabra supo desahogar su

rabia.

--¡Ah, grandísima cochina! ¡En buena nos has metido! Ahora te salen a la

cara tus porquerías con aquel pillete, que debía estar en España para

que le dieran garrote.

Así nombraba doña Fernanda al capitán Alvarez, por primera vez, después

de la célebre noche de la fuga.

Desde que la baronesa hizo tan fatal descubrimiento no hubo ya

tranquilidad en aquella casa.

Sus conferencias con el padre Claudio fueron numerosas, y Enriqueta no

tardó en notar que algo muy importante inquietaba al director y su

penitenta.

Las desgracias, y, más que todo, aquella existencia árida y monótona,

habían modificado el carácter de la joven, haciéndola curiosa hasta la

imprudencia. Por mil medios procuraba ella escuchar los diálogos entre

el jesuíta y la baronesa, y así pudo saber lo que ocurría.

Aquel Quirós o era el mismo diablo, o, por lo menos, tenía hecho pacto

con Satanás, pues únicamente de este modo podía comprender doña Fernanda

que sin entrar en la casa ni mantener con su persona la menor relación,

tuviera conocimiento del estado en que se hallaba Enriqueta.

--Ese canalla--decía el padre Claudio a su penitenta, refiriéndose a

Quirós--se da buena maña en deshonrar a Enriqueta para conseguir sus

fines. Ahora va proclamando por todas partes el estado en que se halla

la niña, y dice a cuantos le quieren oir, que nosotros, por nuestro

egoísmo, nos oponemos a que él y Enriqueta se casen, a pesar de lo mucho

que se aman.

La baronesa desesperábase al saber las tretas de su antiguo amigo, que

demostraba ser un perfecto aventurero.

Lo que más excitaba su rabia era el reconocer que el padre Claudio se

declaraba impotente para combatir a aquel travieso enemigo. Recordaba el

jesuíta lo mucho que el escritor católico podía decir contra la Orden y

sus negocios, y esto hacía que se limitase a lamentarse de su audacia,

sin atreverse a poner en juego contra él su poderosa influencia.

La cínica propaganda de Quirós dió pronto sus resultados.

La baronesa apenas si podía salir de su casa sin verse obligada a tratar

tan enojoso asunto, emprendiendo agrias discusiones con sus antiguas

amigas, que en nombre de la moral, y para evitar un escándalo deshonroso

para la clase, la pedían que casase a la niña cuanto antes. En las

juntas de cofradía veíase obligada a disputar muchas veces con beatas

aristocráticas, a las que consideraba como amigas inseparables, las

cuales, llevadas de esa falsa bondad que obliga a mezclarse en todos los

negocios que nada importan, tomaban la defensa de Quirós, al cual

elogiaban como buen muchacho y de sanos principios, y dando por seguro

que Enriqueta y él se amaban desde mucho tiempo antes, pedían a doña

Fernanda que remediase el terrible escándalo e hiciese la felicidad de

aquellos muchachos, casándolos.

Bien había sabido urdir su plan aquel infame Joaquinito, impidiendo a la

baronesa que lo deshiciera relatando la verdad de todo lo ocurrido.

Doña Fernanda, para desenmascarar a aquel farsante, podía decir que el

verdadero amante de su hermana, el hombre tras el cual ésta había huído,

era un pobre militar, y, por añadidura, revolucionario; pero el orgullo

de clase--circunstancia sabiamente prevista por Quirós--se rebelaba,

impidiendo a la baronesa hacer tal declaración, que atacaba el prestigio

de la familia y su tradición religiosa y monárquica, y una vez que,

hablando con la más íntima de sus amigas, se atrevió a iniciar algo de

lo ocurrido, revelando el nombre del verdadero seductor, se detuvo, al

ver la sonrisa incrédula con que sus palabras eran acogidas.

Era inútil decir la verdad, pues aquel público, preocupado de antemano y

hábilmente influído por Quirós, la acogería como una pura novela.

Conforme crecían el escándalo y la murmuración, la rabia del jesuíta y

su penitenta iban en aumento. Urgíales tomar una resolución para poner

término a aquel estado de cosas, que era el continuo tema de

conversación en los salones.

Llevar a Enriqueta a un convento, era imposible. La joven se resistía,

y, además, esto hubiera recrudecido la cruzada que Quirós levantaba

contra la baronesa y su director, pintándolos como monstruos que, por

egoísmo, se oponían a la unión santa de dos jóvenes amantes.

Pero el padre Claudio, conforme aumentaban los obstáculos, se revolvía

más furioso contra ellos, y, además, le ponía fuera de sí el aire

triunfal y la sonrisita de superioridad que Quirós ostentaba cada vez

que lo encontraba a su paso.

No eran ya sus planes sobre el porvenir de Enriqueta lo que le hacía

defenderse tercamente de las maniobras de aquel aventurero; era su

orgullo herido, pues la consideración de que el maestro pudiera ser

vencido por aquel intrigantuelo audaz, le ponía fuera de sí.

Casi al mismo tiempo se le ocurrió a él y a la baronesa idéntica idea.

Llamaron al doctor Peláez, y el padre Claudio, con la "superi" confianza

que le daba la superioridad sobre el protegido, ordenóle, sin duda el

aborto; pero Enriqueta estaba sobre aviso. Palabras sueltas, oídas al

descuido, y su instinto de mujer, que parecía haberse aguzado con tan

continuas peripecias, le hacían presentir lo que contra ella se tramaba,

y por esto se negó rotundamente a tomar cuantas medicinas le ordenaba

Peláez, ni cumplir muchos de los mandatos de su hermanastra.

Hubo a diario escandalosos altercados y golpes a granel en la casa de

Baselga; la servidumbre, siempre curiosa, se enteró de cuanto ocurría

entre las dos hermanas, y aquel endiablado Quirós, que estaba al

corriente de todo lo que sucedía (como si algún duende, en forma de

doncella o de lacayo, fuera a hablarle al oído a cambio de un billete de

cinco duros), extremó más que nunca sus ataques contra la baronesa y su

director, diciendo que querían envenenar a la pobre Enriqueta, o, por lo

menos, hacerla abortar, para lo cual recibía los más bárbaros

tratamientos.

El daba detalles a cuantos se los pedían en los salones, sobre los

tormentos sufridos por Enriqueta, y aseguraba que la infeliz cediendo a

las amenazas de sus tiranos, tercos en su propósito de impedir el

casamiento, aseguraba que no era con él con quien se había fugado, sino

con un capitán que ahora estaba emigrado. Y todos los oyentes de Quirós

sonreían sarcásticamente al escuchar esto, confesando que la baronesa

demostraba poca imaginación al inventar una historia tan ridícula e

inverosímil como era la de los amores de su hermana con un

revolucionario.

Por aquella afirmación, que la infeliz Enriqueta hacía para contentar a

su hermana, de que Quirós no había sido su raptor, permanecía inactivo

el escritor católico y no solicitaba el auxilio de los Tribunales; pero

ya que le era imposible valerse de su derecho, se defendía con la pluma,

su única arma, y ya estaba preparando un folleto, en el que relataría

todo lo ocurrido, demostrando quiénes eran la baronesa y su director.

Crecía con esto la importancia de Quirós que considerado por muchos

como un segundo Abelardo, separado violentamente de su Eloísa, paseaba

por los salones su romántica aureola de amante desgraciado.

El padre Claudio rugía de furor contra aquel farsante, que parecía

gozarse en su desesperación.

Intentó poner en juego todos los ocultos resortes de que disponía, para

mover y transformar la opinión; pero fué en vano. Sus subordinados, en

los confesonarios, en las visitas y hasta en el púlpito, con alusiones

bastantes claras, intentaron hacer saber toda la verdad al aristocrático

público; pero el trabajo resultó infructuoso. Aquella sociedad elegante

respetaba mucho al padre Claudio, pero no tenía en menos aprecio el

satisfacer su curiosidad maligna, hambrienta de escándalos, y entre el

jesuíta y el placer que la proporcionaban el comentar aquella lucha,

despreciaba al primero y se ponía resueltamente al lado de Quirós.

Mientras tanto, adelantaba el embarazo, y aquel escándalo del cual

Enriqueta apenas si tenía noticias, se hacía cada vez más intolerable

para la baronesa, que casi había roto las relaciones con todas sus

amigas y evitaba el presentarse en público como si ella fuese la que se

hallaba en un estado deshonroso.

Un día Enriqueta recibió del padre Claudio, y como a quemarropa, la

proposición de casarse con Joaquinito Quirós.

Ella jamás supo la causa de aquella rápida transformación, ni la

baronesa pudo explicarse claramente el rápido cambio que experimentó su

director, antes tan tenaz en combatir a Quirós y "su infame canallada",

como decía en sus momentos de desesperación impotente; pero todo se

explicaba sabiéndose que Joaquinito había estado el día anterior en el

despacho del padre Claudio.

Audaz era éste, y, sin embargo, quedó pasmado ante la insolencia de

aquel mozo, que, sin inmutarse, al ver la acogida casi feroz que le

hacía el jesuíta, le dijo así:

--Creo que ya nos hemos hecho bastante la guerra, y que no es necesario

pasemos adelante para saber quiénes son el vencedor y el vencido. ¿No es

lástima, querido maestro, que dos hombres de nuestro valor se hagan la

guerra y se destrocen para servir de diversión a toda esa gente

aristocrática, estúpida de nacimiento? Que esto cese y a ver si nos

arreglamos. Yo lo necesito a usted para que me proteja y encumbre y a

vuestra paternidad le resultan muy buenos mis servicios en ciertas

ocasiones. Recuerde usted hace pocos meses lo bien que le serví en el

asunto de Tomasa, aquella vieja gruñona, ¡Vaya, querido maestro! Nos

acreditamos esta vez de imbéciles si no nos entendemos. Usted le busca a

Enriqueta sus millones y yo también; en este punto estamos de perfecto

acuerdo; a ver si nos ponemos del mismo modo en los demás. Usted tiene

ya seguros los millones de Ricardito Baselga, a quien ya me parece

testar viendo embutido en la sotana de la Compañía. Los de Enriqueta

serán también de usted con el tiempo; pero cáseme usted con ella: déjeme

que goce sus riquezas en usufructo y me proporcione otras con audaces

especulaciones, que yo le aseguro ser su más fiel discípulo, y antes que

defraudarle, cuidaré de administrar acertadamente los bienes de mi

mujer. La fortuna de Enriqueta, será de la Orden: todo consistirá en que

ingrese en el tesoro de la Compañía algunos años después de lo que usted

había pensado. ¡Qué!... ¿Estamos acordes, querido maestro? ¿Volveremos a

ser otra vez buenos amigos?

Y el aventurero tendió su mano al poderoso jesuíta.

Pudo ser convencimiento de la propia impotencia, simpatía por un

discípulo tan hábil y aprovechado, o ambas cosas a un mismo tiempo, pero

lo cierto es que el padre Claudio, cediendo repentinamente, estrechó la

mano de Quirós, y la unión de tambos quedó pactada.

El resultado de esta escena, que quedó en secreto aun para la misma

baronesa, fué que el jesuíta se declarara partidario repentinamente de

una solución antes tan odiada, como era la de casar a Enriqueta con

Quirós.

Doña Fernanda, acostumbrada a obedecer sin réplica a su poderoso

director, ayudóle en la tarea de convencer a Enriqueta, y hasta el padre

Felipe, el bonachón "caballo padre" de la Compañía, que, como de

costumbre, pegado a las faldas de la baronesa era el más sólido lazo que

unía a ésta con la Orden, puso de su parte cuanto pudo para convencer a

la joven de que debía dar su mano a un muchacho tan honrado y buen

católico.

Enriqueta que, aunque no por completo, conocía algo del escándalo que

hacía trizas su nombre, y que sabía que el mundo la suponía enamorada de

Quirós, odiaba a éste, a pesar de que en aquella noche fatal él había

sido el salvador del capitán Alvarez.

La consideración de que aquel hombre aparecía a los ojos del mundo

ocupando el lugar que únicamente correspondía a Alvarez, era suficiente

para que ella lo mirase con marcada antipatía, y por esto, cuando el

jesuíta la propuso el casamiento con Quirós, contestó con una negativa

rotunda.

Cuando Enriqueta, en el fondo de la obscura capilla, al relatar a su

antiguo amante su vida durante tan larga ausencia, llegó al punto de su

matrimonio con Quirós, su voz se hizo aún más débil y temblorosa, y las

lágrimas volvieron a correr por su rostro.

Ella sabía bien que no podía justificar la locura y la infidelidad con

que había procedido al dar su mano a Quirós; pero quería demostrar que

no era por completo culpable de tal veleidad, y que a las circunstancias

era a quien debía hacerse responsables antes que a ella.

El padre Claudio la asedió a todas horas con sus consejos, dichos en

tono paternal, demostrando, bajo los más diversos aspectos, que su

casamiento con Quirós era lo único que podía poner a salvo su honra y la

de la familia. Era inútil que ella se extremase en demostrar que el

capitán Alvarez era su verdadero seductor, y que en aquella noche

infausta Quirós no había desempeñado otro papel que el de amigo

oficioso. La sociedad creía tenazmente lo contrario, y consideraba los

amores de Enriqueta con un revolucionario como una fábula ridícula

inventada por la baronesa y su director. Tomasa, que era el único

testigo que podía probar lo contrario, había muerto.

Comprendía el jesuíta que la resistencia de la joven descansaba

principalmente en el amor que aún sentía por Alvarez, y a combatir esta

pasión dirigiéronse todos sus esfuerzos.

Con aquella facilidad de expresión que tan convincentes hacia sus

palabras, el padre Claudio turbó la firmeza amorosa de la joven,

haciéndola ver que era una locura seguir adorando a un hombre que la

abandonó en críticas circunstancias, y que ahora, viviendo en París,

halagado por todas las impúdicas seducciones de la gran metrópoli, no se

acordaba de ella.

Esto producía mucho daño a Enriqueta, la cual, condoliéndose de que

Alvarez no la hubiera escrito desde que huyó, se inclinaba a creer en

aquel olvido que, para martirizarla, le recordaba el padre Claudio.

Ignoraba la infeliz que la baronesa llevaba ya quemadas unas cuantas

cartas de Alvarez.

La araña negra, t. 5/9 · 第 6 / 14 段