El autor de todo lo creado, del que era en aquellos momentos fiel

representante el padre Luis, no quería el castigo del pecador, sino su

arrepentimiento; no era tan inexorable que por un crimen más o menos

cerrara para siempre a una criatura la puerta de la misericordia; el

Señor era iracundo, inflexible y justiciero algunas veces; pero sus

cóleras sólo las guardaba para los impíos que le desconocían, yendo

contra la Iglesia v contra sus ministros, que eran sus sacerdotes. Poco

importaba ser bueno, si a esta condición no iba unida la de hijo fiel y

sumiso de la Iglesia. Se podía ser un honrado padre de familia, un buen

ciudadano, un hombre respetuoso con sus semejantes e incapaz de cometer

contra éstos el menor atentado, y, sin embargo, caer de cabeza, en el

infierno por el horripilante delito de no creer en el dogma que enseña

la Santa Madre Iglesia, y mirar con la mayor indiferencia la triste

suerte del Papa y denigrar a los sacerdotes representantes del Altísimo;

en cambio, se podía arrastrar una vida indigna, de maldición, atentar

contra todo lo humano, ser un peligro para la sociedad, y, a pesar de

esto, no desconfiar de la eterna salvación. Al más criminal le bastaba

para entrar en el cielo un acto de verdadera contrición, un

arrepentimiento de última hora, y, sobre todo, no haber atacado nunca la

legitimidad de la Iglesia y sus sacrosantos derechos; con esto, la

salvación era segura, pues Dios es tan infinitamente misericordioso con

el pecador que nunca duda de las buenas ideas que le inculcaron en su

niñez, como inexorable con el impío, aunque éste no cometa en su vida

ningún acto reprobable. Con el escándalo basta para que arda eternamente

en las llamas del infierno.

¡Pero qué bien hablaba, el padre Luis! No había que dudar que en la

Compañía de Jesús estaban los sacerdotes de mayor talento, santos

varones, que no contentos con salvar las almas, cubrían de blandas

alfombras y de olorosas flores el camino del cielo, para que las gentes

distinguidas pudieran hacer con más comodidad el viaje.

Una emoción enternecedora se difundía por todos aquellos aristocráticos

pechos, cubiertos de raso y terciopelo, y las lágrimas velaban las

dulces miradas, que algunos cientos de ojos femeniles lanzaban al

elocuente orador.

¡Oh, qué delicia! ¡Si Arturo, Pepito o algún otro pollo de sangre azul,

en vez de hablar en el fondo de la alcoba, entre beso y beso, de la

yegua recién comprada, o del traje que fulanita iba a estrenar en el

próximo baile de la embajada, supiera expresarse con aquella dulce

elocuencia, que hacía amar más aún las cosas mundanas y reconciliaba con

las divinas!

En cuanto a los hombres, no se enternecían menos. Aquellos condes y

marqueses que, confundidos con banqueros y políticos de oficio y

formando grupos en torno de las columnas, o en el fondo de las capillas,

escuchaban el sermón, mirando a las mujeres, entre las que estaban sus

esposas e hijas, sentíanse invadidos por una seráfica tranquilidad

oyendo las palabras del padre Luis. ¡Oh, no debían ya tener miedo! Para

ellos no estaban cerradas las puertas del cielo. Nunca se les había

ocurrido dudar de lo que la Iglesia predica, ni atacar a sus sacerdotes;

les bastaba, pues, con arrepentirse a última hora, y entretanto podían,

con toda tranquilidad, escarbar por hábiles medios la bolsa del

prójimo, jurar en falso, mentir a todas horas y mirar sin cólera su

casa convertida en un burdel, mientras ellos iban en busca de la mísera

obrera, para seducirla, o robaban el pan a sus hijos para satisfacer los

caprichos de una mundana. ¡Oh cuán bueno era aquel Dios, bonachón y

sencillo, que cerraba sus ojos a todos los crímenes de sus criaturas,

esperando pacientemente la hora de su arrepentimiento! ¡Qué divino

consuelo proporcionaba al alma aquella santa doctrina! Que se

presentaran allí esos impíos revolucionarios, que en su afán demoledor

quieren privar a las almas católicas de los consuelos que proporciona la

religión.

Ni con los muchos millones que representaban unidas las fortunas de

todos aquellos aristocráticos seres, podía pagarse la dulce emoción, el

angélico placer, producido por las palabras del orador de la Compañía.

¡Y qué sencillez la suya al señalar los vicios de la época, los escollos

que levantaba el pecado para que naufragase toda virtud, y de los cuales

él rogaba a sus oyentes que se alejasen!

Huid, ¡oh, cristianos!, del teatro, de ese centro de perversión y malas

costumbres, donde se excitan las pasiones y se tienta de mil modos la

carne, siempre flaca; no presenciéis las representaciones de esas

operetas francesas, obras inmorales y corruptoras que bailando conducen

a un hombre al infierno; no repitáis esas canciones infames, que hacen

asomar el rubor a las mejillas: ese "¡ay, mamá, qué noche aquella!...",

y otras que hacen pensar en cosas sucias y pecaminosas.

Y el elocuente jesuíta, deseoso de dar color a su peroración, repetía

las mismas canciones que anatematizaba, produciendo gran contento en sus

oyentes.

Francia, la impía Francia, la nación que produjo al infernal Voltaire y

a la horripilante Revolución del pasado siglo, era culpable de aquella

corrupción universal llevada a cabo por medio del "can-can" y de las

inmorales canciones, y el predicador se deshacía en denuestos contra el

pueblo galo, como si en él hubiese surgido espontáneamente tal

podredumbre, guardándose de hacer caer la responsabilidad sobre el

segundo Imperio, que era su verdadero autor, y sobre todo, aquel

Napoleón III, al que respetaba la Iglesia a pesar de todos sus crímenes,

por ser el asesino de la segunda República francesa y el protector

interesado de Pío IX.

Pero cuando el padre Luis se remontaba a las alturas de la sabiduría y

hacía la crítica histórica de las naciones impías y de todas las

religiones falsas, el auditorio sentíase conmovido y apreciaba una vez

más la ciencia sublime de los padres de la Compañía.

¡Con qué sencillez y rápidos rasgos sabía retratar el elocuente jesuíta

todas las creencias que hacían la guerra al catolicismo! ¡Con qué sátira

tan fina las ridiculizaba, desentrañando su verdadero significado! Para

el padre Luis no existían problemas históricos, y todas las creencias, a

excepción de la suya, eran producto del egoísmo o de las más bajas

pasiones.

La revolución religiosa del siglo XVI era para él la obra de un

frailecillo ignorante, llamado Lutero, gran aficionado al escándalo que

revolvió el mundo porque el Papa le había negado el monopolio de las

indulgencias, que producía muy buenos cuartos, y porque estaba harto de

ser célibe y buscaba casarse con una monja; el islamismo era una

doctrina fantástica inventada por un hombre sensual y lujurioso como un

mico, que soñaba en huríes de eterna virginidad, y quiso consagrar su

insaciable apetito, dándole un carácter religioso; los adoradores de

Brahma eran unos indios imbéciles, que se sentían poseídos de santo

respeto en presencia de una vaca; y todos los sectarios, en fin, de

todas las religiones conocidas, eran una turba de malvados o estúpidos,

a juzgar por las palabras del padre Luis, quien punzaba todos los dogmas

con el fin de librarlos de la hinchazón del error y hacer que el

catolicismo surgiera victorioso por encima de ellos.

Su crítica de las creencias impías, que germinaban dentro de las

naciones cristianas, no era acogida por aquel auditorio con menos

entusiasmo y respeto. ¡Qué inspirados acentos de indignación le

arrancaba la Revolución francesa, aquel nido de horribles ideas que como

voraces serpientes, se enroscaban a las más santas y tradicionales

doctrinas, intentando exterminarlas con el veneno de la impiedad! El

republicanismo combatíalo con una fiereza sin límites, demostrando hasta

la saciedad al honorable concurso que le escuchaba, cómo era imposible

que las naciones subsistieran sin reyes que se encargaran de guiarlas

como el pastor a sus rebaños.

¡La República! ¡Horror! Había que estremecerse ante tal nombre, pues

recordaba el año 93 con todos sus crímenes.

La más cruel inflexibilidad no era aún suficiente para los que

defendían tan absurda forma de gobierno; había que sellar para siempre

sus bocas; había que exterminar a sus audaces propagandistas, que, no

contentos con despreciar a los reyes, atacaban a los sacerdotes de

Cristo, o, de lo contrario, se corría el peligro de que, por arte del

demonio, triunfase tan horripilante doctrina algún día, viéndose

obligadas a emigrar a Marruecos todas las personas decentes.

¿Y dónde estaba la causa infernal de aquella propaganda revolucionaria e

impía, que tanto agitaba a España?... ¿Dónde estaba?

Y el padre Luis, después de hacer estas preguntas con voz atronadora a

su silencioso auditorio, que le escuchaba cada vez más fervoroso y

convencido, miraba a la bóveda del templo, paseaba sus ojos de águila

por aquel mar de cabezas, que, a impulsos de la emoción, se agitaba bajo

el púlpito, y, por fin, con la misma expresión de Arquímedes al hacer su

inmortal descubrimiento, manifestaba que el motivo de todos los males de

la Patria residía en la masonería, institución infernal que vivía en la

sombra, congregándose en lóbregos subterráneos, y allí, con el mismo

aparato que las antiguas brujas en los aquelarres, en torno de una

peluda efigie de Satanás, juraban, puñal en mano, todos los iniciados,

el exterminio de los buenos, la destrucción de la religión y hacer una

guerra a muerte a Dios y a la virtud.

¡Qué imaginación la del padre Luis! ¡Con qué colores tan vivos sabía

pintar todos los crímenes y desafueros de los masones! ¡Cuán listamente

había procedido para enterarse de todos los misterios de la horrible

sociedad secreta!

Lágrimas de triste emoción y suspiros angustiosos escapábanse a todas

aquellas señoras oyendo al predicador, y más de una condesa delicada

hubiera dado algo por tener al alcance de sus uñas a uno de aquellos

masones que se imponían la obligación de cometer un crimen todos los

días; que deseaban triunfasen sus ideas para comerse a los curas, y que

en sus infernales francachelas aullaban de placer cuando, en vez de

vino, bebían la sangre de algún acólito recién degollado o de un niño

cristiano inmolado por saber al dedillo el catecismo.

¡Oh! Aquéllo era abominable y producía escalofríos de terror. Bien hacía

el padre Luis en dolerse de que la impiedad del siglo hubiese suprimido

la Inquisición y en pedir a Dios que iluminase a los monarcas

cristianos, impulsándolos a exterminar a tales monstruos.

La muchedumbre que llenaba el templo estaba agitada por la ebullición

del entusiasmo. Nunca el sacro orador se había mostrado tan elocuente, y

entre él y los oyentes existía esa corriente simpática que hace que con

la menor palabra se inflame al auditorio.

Podía ser momentáneo aquel entusiasmo, pero resultaba altamente

consolador para todo buen católico. Aquellos ojos brillantes, aquel

sordo rugido de indignación que se elevaba sobre la confusa masa y

aquella voz meliflua en unos pasajes y en otros tonante, como la

trompeta del Juicio, recordaban a Pedro el Ermitaño, predicando la

primera Cruzada.

Eran aquel tropel de hombres y mujeres los cruzados de las santas ideas,

prontos a caer sobre la impiedad, para exterminarla a la voz de su

tribuno; pero..., ¡ay!, había algo en aquella muchedumbre que olía a

muerto.

La fe se movía, se agitaba; pero con los inconscientes y rígidos

movimientos de un cadáver galvanizado.

Tal vez entre aquella demagogia negra, que estaba en último término,

surgieran hombres ignorantes y rudos, capaces de obedecer

automáticamente a la Iglesia y de defender su religión con todas las

intransigencias del fanatismo; pero bajo aquellas blondas que se movían

a impulsos de agitados pechos, no había un solo corazón que pudiera

conservar mucho tiempo el entusiasmo que allí sentía.

Cuando aquel público elegante y sensible se viera en la calle, la

insustancialidad de su existencia se encargaría de borrar las

impresiones recibidas en el templo, y, como único comentario, recordaría

a la noche en los aristocráticos salones el sermón del padre Luis junto

con el "do de pecho" de Tamberlick o la última estocada del Tato.

Sobre flojos cimientos elevaba la Compañía el edificio de la nueva fe.

En medio de aquel entusiasmo, de aquella santa agitación que predominaba

en el templo, sólo una persona permanecía indiferente.

Era la señora de Quirós.

Gustábale a Enriqueta la oratoria del padre Luis; acudía a todas sus

conferencias, ansiosa de gozar de cierta emoción artística y de ser

acariciada por aquella elocuencia dulzona y pegajosa, que le producía el

efecto de una embriaguez de jarabe; pero, en aquella tarde, se sentía

tan obsesionada por una idea, que apenas si atendía ni se daba cuenta

del lugar donde estaba.

Las palabras del jesuíta se estrellaban en sus oídos, pues el

pensamiento se negaba a admitirlas, ocupado, como estaba, en ciertas

reflexiones.

Al salir Enriqueta de su casa, y al ir a subir en su elegante berlina,

había visto parado en la acera de enfrente un hombre que,

inmediatamente, llamó su atención, sin que ella pudiera explicarse la

causa.

Nada tenía aquel hombre que excitase la curiosidad. Iba embozado en una

capa, con vueltas de grana y llevaba el sombrero hongo tan encasquetado,

que apenas si se le veían los ojos.

En una tarde tan fría, no era extraño ver a un hombre cubriéndose el

rostro con tanto cuidado; pero, a pesar de esto, Enriqueta le miró

varias veces antes de entrar en su carruaje.

Parecíale adivinar en aquella figura que se ocultaba bajo la nube de

paño, algo que despertaba en ella antiguos y adormecidos pensamientos.

Pero apenas estuvo algunos minutos en el interior abrigado de su

berlina, que corría veloz por las calles de Madrid, se fué borrando

aquella impresión.

¡Cuán loca estaba! ¡Pensar que aquel hombre pudiera ser...! ¡Bah!

Aquello había sido un hermoso sueño de la juventud que se desvaneció

para no reproducirse jamás.

¡Qué ideas tan extrañas la acometían en aquella tarde! Ya adivinaba lo

que ocurría. Eran los nervios excitados por la temperatura. Aquella

lluvia incesante y el cielo oscuro y monótono la excitaban de un modo

horrible. Pronto pasaría aquello; necesitaba distraerse, y en la iglesia

lograría calmarse.

Cuando ya estaba próxima a la iglesia, pasó rozando su berlina un veloz

coche de alquiler, a través de cuyos cristales, empañados por el frío y

la lluvia, creyó distinguir la misma capa de embozos grana y algo más,

que le produjo un repentino estremecimiento.

¿Todavía aquella absurda ilusión?

Pasó el carruaje como visión fantástica, arrastrando lejos, muy lejos,

los retazos de grana y aquellos ojos que ella había visto brillar por un

instante, y cuando la joven señora, transcurridos algunos minutos, se

apeó a la puerta de la iglesia, vió, próximo a ésta, al mismo hombre de

la capa, en igual posición que lo había mirado por primera vez en la

calle de Atocha.

Enriqueta tuvo miedo al desconocido, y apresuradamente entró en el

templo, temorosa de que aquél fuese tras sus pasos.

Creía ella que la fiesta religiosa y aquella oratoria, que otras veces

tanto la deleitaba, borrarían de su ánimo la extraña preocupación

causada por tal encuentro; pero no pudo ni por un solo momento

despojarse del recuerdo de aquel embozado, que creía conocer.

¡Si fuera el!... Y Enriqueta, al formular tal pensamiento, estremecíase,

unas veces de alegría y otras de terror.

Parecíale grato el recordar aquella época pasada, que había sido la mas

feliz de su vida; pero, al mismo tiempo, experimentaba un interno terror

al imaginarse que se podía encontrar frente al hombre que tanto había

amado.

Reconocíase débil para resistir la impresión que el antiguo amante

causaría en ella, y su pudor sublevábase anticipadamente ante el peligro

que pudiera correr su virtud.

--Por fortuna--decíase Enriqueta, deseosa de aplacar aquella indignación

de mujer honrada que se apoderaba de ella al pensar en la posibilidad de

ser débil ante el amor--, por fortuna, todas estas ideas no son más que

ilusiones absurdas. ¡Cuán loca estoy! ¿Por qué ha de ser él ese embozado

desconocido que he visto? Algo hay en ese hombre que interesa a mi

corazón y le hace latir como en presencia de un ser conocido. Pero

no...; esto son locuras, cosas de mis nervios, que están hoy más

excitados que de costumbre. Aquél se halla muy lejos; nunca volverá, y

tal vez a estas horas no se acuerde de que yo existo en el mundo...

Y Enriqueta se esforzaba en tranquilizarse, demostrando con valiosas

razones a su exaltada imaginación, lo infundadas que eran sus sospechas.

Preocupada con tales pensamientos, transcurrió para Enriqueta más de

hora y media, que fué el tiempo que el padre Luis invirtió en su

conferencia.

Por fin, el orador lanzó su párrafo final con los brazos extendidos y

los ojos fijos en la bóveda, pidiendo a Dios el exterminio de la

impiedad y que derramase su santa gracia sobre aquel cristiano

auditorio, y sus últimas palabras fueron acogidas con un gigantesco

murmullo de satisfacción, que exhaló aquella multitud, libre ya del

encanto que obraba sobre ella la elocuencia del jesuíta.

El público comenzó a desfilar, encaminándose a las puertas del templo,

en las cuales se estrujaba la muchedumbre, ansiosa de salir. Tras la

gente menuda, que ocupaba el fondo de la iglesia, salió el público

elegante, no sin antes formar corrillos en la nave central, en los que

se cambiaban saludos y se daban citas para las diversiones de la noche.

Enriqueta seguía inmóvil y cabizbaja en su asiento, no habiéndose aún

dado cuenta exacta del final del discurso.

El vacío que se fué extendiendo en torno de ella hízole salir de su

abstracción, y al ver la iglesia desocupada y casi desierta, levantóse

de su asiento, disponiéndose a salir.

Sólo quedaban algunos grupos de beatas, que, arrodilladas cerca del

altar mayor, rezaban las oraciones, y el sacristán, que, seguido de sus

acólitos, iba de una capilla a otra, apagando las luces de las lámparas

de cristal.

Enriqueta se arrodilló, para rezar una corta oración, y un vez terminada

ésta, dirigióse a la puerta del templo.

--Es tarde--iba pensando--; Fernanda me esperará, y, además, ¡sabe Dios

cómo habrán cuidado a la niña!

El temor que la inspiraba su hermana, la baronesa, y sus alarmas

maternales, la hicieron olvidar la impresión producida por la presencia

del desconocido.

Avanzó rápidamente, y en la obscuridad proyectada por las dos columnas

que orlaban la puerta interior, y al lado de la pila de agua bendita,

vió marcarse la silueta confusa de un hombre.

Enriqueta se estremeció, sintiendo que los anteriores terrores volvían a

reaparecer; pero siguió adelante, dirigiéndose a la pila bendita y

procurando aparentar indiferencia.

Conforme se acercaba iba aumentando su alarma.

No había duda. Era él: el hombre cuya misteriosa presencia tanto la

preocupaba aquella tarde, y que, aunque ahora, por hallarse dentro del

templo, tenía la cabeza descubierta, ocultaba su rostro inclinado, entre

los embozos de su capa, que sostenía con una mano.

La agitación de Enriqueta iba en aumento.

II

A la puerta de la iglesia

Fingiendo la joven señora de Quirós una serenidad que no tenía, y con la

vista fija en el suelo, para no ver a aquel hombre, llegó a la pila, y

al avanzar su mano para tomar agua, sintió en sus dedos el contacto de

una mano ardiente.

Levantó la cabeza, y a pesar de que después de las anteriores

reflexiones se encontraba preparada para recibir la más inesperada

emoción, no pudo contener un ligero grito de sorpresa, ni evitar el

retroceder algunos pasos.

Parecía fascinada por aquel hombre, que había dejado caer el rojo

embozo, mostrando su rostro y figura.

Era él; era Esteban Alvarez, que aún conservaba en su rostro aquella

belleza varonil, que ahora parecía realzada por las huellas dolorosas

que tremendas aventuras y luchas gigantescas habían impreso en su

rostro.

Silencioso, inmóvil y erguido, miraba a Enriqueta fijamente, sin que en

sus ojos se notara el menor signo de reproche, y la joven, por su parte,

no se atrevía a moverse, como si estuviera sugestionada por la

inesperada aparición de aquel hombre.

Transcurrieron algunos momentos, que parecieron interminables a

Enriqueta, y sólo recobró algo de su serenidad cuando Esteban le dirigió

la palabra.

--Soy yo, Enriqueta. Comprendo tu sorpresa; no es fácil encontrar en una

iglesia a un revolucionario emigrado, sobre el que pesa una sentencia de

muerte. Tranquilízate, Enriqueta. No vengo aquí a dar una escena. Quería

verte..., hablarte: nada más. Ahora mismo me iré.

La joven señora, aunque intranquila y temblorosa, había ido acercándose

a su antiguo amante, como cediendo a un poder irresistible que la

empujaba.

A pesar de esto, permanecía muda.

--Nada temas, Enriqueta, tranquilízate--continuó el conspirador--.

¿Crees acaso que voy ahora a recordarte tiempos pasados, que son ya para

nosotros como bellos sueños, que se desvanecieron para no volver? No;

demasiado comprendo nuestra respectiva situación. Tú eres la señora de

Quirós, de un hombre respetable y digno, y no puedes permitirte volver

la vista atrás, para contemplar, aunque sólo sea por una vez, el corazón

que pisoteaste, y yo soy un desgraciado, un criminal fugitivo, que se

oculta al ir por las calles, con el que no se puede hablar, so pena de

comprometerse, y que no puede pedir cuentas a nadie de su conducta, pues

se expone a ser conocido y a morir inmediatamente. Hoy ni tú ni yo somos

ya lo mismo. Tú eres un sol esplendoroso y yo un astro errante y muerto;

nos hemos encontrado en nuestro camino, nos vemos, cruzamos un saludo, y

a seguir cada uno su ruta para no volver a tropezamos en toda una

eternidad. ¿Qué importa lo que entre nosotros pueda haber existido?

¿Qué importa que nos hayamos amado? Ya te he visto, ya he podido

recordarte que existo aún... Era mi único deseo. Ahora... ¡adiós!

Y el desgraciado Alvarez no podía contener en su pecho la amargura que

rebosaban sus palabras, y sus ojos comenzaron a empañarse de lágrimas.

Iba ya a alejarse con paso lento, pero la miraba con indecisión, como

esperando una palabra, un suspiro, algo que le demostrase que su

recuerdo no había muerto en la memoria de Enriqueta.

Esta se sintió más conmovida por el desaliento de su amante que por la

alarma que antes había experimentado.

Le pareció que en su interior se rompía algo, inundando su pecho de

súbita ternura; el pasado surgió con fuerza en su imaginación, borrando

el presente; se olvidó de su esposo y de la familia, pensando únicamente

en el desgraciado conspirador, y avanzando más, cogió sus manos,

diciendo con acento de ruego:

--No huya usted: antes tenemos que hablar.

Enriqueta notó el gesto de extrañeza que hizo su antiguo amante al oir

un tratamiento tan ceremonioso, y como si temiera que se escapara, dijo,

instintivamente, y sin comprender a lo mucho que se comprometía con

tales palabras:

--¡Esteban!... ¡Esteban mío! Quédate, te lo ruego. No huyas de mí sin

oirme antes.

El rostro de Alvarez se iluminó con una sonrisa de alegría.

También para él parecía haberse desvanecido el pasado, y oprimiendo las

manos de Enriqueta, se creía aún en aquella feliz época en que ambos se

sentían acariciados por las más risueñas ilusiones.

Transcurrieron algunos minutos, sin que los dos se atrevieran a hablar.

Después de su separación habían ocurrido sucesos que ambos temían

abordar, aunque no por esto estaban menos deseosos de hablar de ellos.

La importuna presencia de dos beatas que, cuchicheando y mirándolos

maliciosamente, se dirigían hacia la puerta, los obligó a retirarse al

fondo de una capilla lateral, cuya oscuridad apenas si disipaba el rojo

chisporroteo de una lámpara de aceite.

Alvarez fué el primero en romper aquel silencio, que se hacía

embarazoso.

--Somos unos niños al permanecer de este modo, mudos y temerosos, sin

atrevernos a hablar de lo que deseamos. ¡Cuánto tiempo sin vernos! Es

posible que tú creyeses que ya jamás volveríamos a encontrarnos en este

mundo; pero la vida tiene sorpresas inesperadas, y a lo mejor surge a

nuestro paso la persona, a quien creíamos haber perdido para siempre.

Hace una semana estaba yo muy lejos de imaginarme que podría volver a

verte como ahora te veo. ¡Si supieras cuánto he sufrido desde que nos

separamos de un modo tan extraño en aquella aciaga noche!

Y el acento con que Alvarez decía estas palabras, era todo un poema de

tristeza. ¡Quién sabe las aventuras, las empresas abortadas con riesgo

de la vida y las audaces comisiones que habrían constituído la

existencia azarosa y novelesca de Esteban Alvarez en aquellos años de

ausencia!

--Tú, en cambio--continuó--, no debes haber sufrido. Te casaste y eres

feliz, porque de otro modo, no comprendo cómo te decidiste a unirte con

un hombre que no amabas. ¡Oh! No te alteres por esto que te digo; no

vayas a llorar. Te engañas si crees que abrigo algún resentimiento

contra ti. Todo pasó ya, y en las cosas que no tienen remedio, lo mejor

es no hablar de ellas.

Enriqueta lloraba al oir expresarse de tal modo a su antiguo amante.

--¡Oh! ¡Si supieras!...--murmuró--. ¡Si supieras todo lo sucedido desde

aquella noche en que me abandonaste para ponerte en salvo! ¡Si

conocieras todos mis sufrimientos desde entonces!

--Enriqueta, yo lo sé todo.

--¿Tú?--preguntó con extrañeza la joven.

La araña negra, t. 5/9 · 第 5 / 14 段