recompensa! ¡Un ascenso en la carrera! Yo pico más alto, reverendo
padre. Ahora aspiro a hacerme millonario por medio del matrimonio, y lo
lograré, aunque usted crea lo contrario. Además, a la hora que quiera,
lograré que el Gobierno agradezca mis servicios. Tengo en mi poder los
papeles del capitán Alvarez, y cuando lo juzgue pertinente podré
entregarlos al Gobierno, exigiendo la consabida recompensa.
--Cuidado, Quirós. Juega usted con el fuego, y se expone a que el
Gobierno, conociendo esa conducta extraña, lo considere a usted como
complicado en la conspiración.
--¡Bah! Aunque usted me niegue su protección, no por esto carezco de
buenos y poderosos amigos, que sabrán defenderme. Mire usted qué pronto
he encontrado esta mañana un duque que saliera fiador por mi persona,
pidiendo al gobernador de Madrid que me dejara en libertad. Además,
puedo acreditar mi adhesión inquebrantable a las instituciones.
--Todos sus hábiles preparativos no lograrán oscurecer la verdad y que
triunfe ese error, tan diabólicamente combinado. Queda aún otra persona,
que puede acreditar quién fué el verdadero raptor de Enriqueta, y es esa
testaruda aragonesa, antigua ama de llaves de casa de Baselga.
--Esa no hablará, reverendo padre. Si dijera la verdad, sería
indirectamente a usted y a la baronesa, y ella, con tal de no dar gusto
a ustedes, a quienes odia con toda su alma, es capaz de coserse la boca.
Piense usted, reverendo padre, que ella, según yo creo, ha venido a
Madrid alarmada por lo ocurrido al conde de Baselga, y como de antiguo
le tiene cierta inquina a la Orden, nada tendría de extraño que, después
de declarar ante los Tribunales en mi asunto, y puesta ya a hablar,
promoviera un escándalo, manifestando la mucha intervención que la
Compañía, o más bien dicho, usted, ha tenido en los asuntos de aquella
casa.
El padre Claudio perdía terreno ante aquel discípulo rebelado, y veía
arrollados todos los obstáculos con que procuraba atemorizarlo.
Reconocía en él facultades que hasta entonces no había adivinado, y se
lamentaba de no haber sabido emplearlo en asuntos de gran importancia
para la Orden. Casi se reconocía vencido, pero su orgullo y la necesidad
de sostener sus planes que estaban próximos a zozobrar, por la audacia
de aquel aventurero, le obligaban a permanecer altivo, negándose a toda
transacción.
No; él no concedería ninguna protección al que tan insolentemente se
rebelaba, antes al contrario, le haría una guerra ruda, en la cual no
tardaría el desgraciado en pedir clemencia.
--Hace usted mal, reverendo padre--dijo Quirós--en ser tan inexorable
conmigo. ¡Qué gran discípulo va usted a perder! Juntos podríamos hacer
muy grandes cosas, y combatiéndonos resultará al fin que nos devoraremos
recíprocamente, como el gato y el ratón de la fábula. ¡Y a la verdad!,
no sé por qué me ha de tratar usted con tanta rudeza. Reconozco que he
sido un mal discípulo, un miembro rebelde de la Compañía trabajando por
mi propia cuenta y sin la autorización de usted; pero... ¡qué diablo!,
algún día había yo de emanciparme de esa tutela en que usted me tenía y
que resultaba odiosa. Hombres como yo, que se sienten con fuerzas para
llegar sin descanso a la cumbre, no pueden sufrir que un superior les
vaya marcando a palmos lo que deben avanzar. He visto una ocasión
propicia para coger de los pelos a la fortuna, y la he aprovechado. He
aquí mi crimen. Usted, en mi lugar, hubiese hecho lo mismo.
--Quirós, no se esfuerce usted. Es imposible que yo transija con esa
superchería inventada por usted.
--No transigirá porque es contra sus negocios.
--Mi conciencia me impide aceptar como buena una falsedad tan
censurable.
--No es su conciencia, sino su deseo de coger los millones de Enriqueta,
esos millones que yo también busco.
--Joaquinito, es usted un insolente; pero, a pesar de todo su cinismo,
no saldrá usted triunfante. Enriqueta se negará siempre a ser su esposa.
--Tal vez me pidan que lo sea la baronesa y usted dentro de poco tiempo;
y hasta, si usted mucho me apura, la misma Enriqueta.
--¿Cuenta usted con algún mágico talismán para operar tal prodigio?
--No se burle usted, padre Claudio. Cuento con un suceso que tal vez
ocurra dentro de pocos meses, y que hará llegar el escándalo a su
período álgido.
El jesuíta calló, y por algunos momentos pareció entregado a la
reflexión. Quirós seguía en pie, pues el jesuíta no le había invitado a
sentarse, y sonreía, mirando a su superior, como si gozara al verle tan
mortificado por sus palabras.
--Joaquinito--dijo el padre, saliendo de su meditación--, usted ha dicho
que la antigua ama de llaves está indignada contra la baronesa y contra
mí, y que se propone declarar cosas en perjuicio de nuestra Orden.
--Así es, reverendo padre. Ella misma me lo ha dicho.
El joven mentía, pues en la noche anterior sólo había cruzado breves
palabras con Tomasa; pero de algunas de éstas había sacado la
consecuencia de que la vieja veía en aquella continua serie de
desgracias la mano de los jesuítas, y, además, conocía él el odio que
profesaba a la baronesa.
--Usted, querido Quirós--continuó el padre Claudio--, aunque en estos
momentos se halle frente a mí, no por esto debe mirar con indiferencia
la honra y el prestigio de la Orden, que tanto le ha protegido, y de la
que es hermano laico hace mucho tiempo.
Quirós hizo una señal de asentimiento. Le agradaba el tono de dulzura
que tomaba la voz del padre Claudio, y, más aún, que le llamase
"querido". Aquello hacía ya esperar una reconciliación.
--Celebro mucho--continuó el jesuíta--que usted esté dispuesto, como
siempre, a ayudar a la Orden. Esta necesita librarse cautelosamente de
esa vieja aragonesa, que puede comprometerla con sus declaraciones. Nada
puede probar contra nosotros, pero seguramente hablará de ciertas
indiscreciones que el ya difunto padre Renard cometió en cierto negocio
con los Avellanedas, o sea con el abuelo y la madre de Enriqueta, y
aunque sus palabras no producirían resultado, siempre conviene evitar el
escándalo. Esta mañana, Tomasa, que no se separa de la cama de su
señorita desde que ésta, enferma y avergonzada, llegó del Gobierno
civil, ha tenido una disputa con la baronesa, y a gritos nos ha
amenazado a ella y a mí, diciendo que somos los asesinos del conde de
Baselga. ¡Vea usted qué lenguas tan pecadoras hay en el mundo! ¡Que Dios
perdone a la infeliz tan infernal pensamiento!
--Así sea--contestó Quirós, conteniendo a duras penas una sonrisa
sarcástica.
--La pobre Fernanda está indignada contra la insolente vieja, y me ha
llamado para rogarme que la libre de tal energúmeno. A mí me sobran
medios para alejarla y castigar su procacidad, pero no quiero valerme
para ello del poder de la Compañía, y deseo que sea otro, usted, por
ejemplo, el que se encargue de tal misión.
--Mándeme usted cuanto guste. Con tal de que vuestra paternidad me
devuelva su afecto, soy capaz de todo.
--Ya hablaremos de esto último más adelante. Por ahora, lo que importa
es librarse de esa vieja. Hace un rato, ha dicho usted que poseía los
papeles de la conspiración perseguida, y esto me ha sugerido una idea.
¿No podríamos hacer que esos documentos los encontrase la Policía en
poder de Tomasa? Esto sería suficiente para que nos libráramos de esa
importuna, que iría a dar con su cuerpo en la galera de Alcalá.
Quirós quedó sorprendido por esta idea... ¡No habérsele ocurrido a él!
Rápidamente la apreció en todo su valor, y la tuvo por la más favorable
a sus planes. Librándose de la pobre vieja por tan villano
procedimiento, suprimía la única persona que podía acreditar con datos
quién era el verdadero amante de Enriqueta, y que era capaz de
desbaratar su negocio. Esta consideración, más aún que el deseo de
congraciarse con el padre Claudio, fué lo que decidió a Quirós a aceptar
la idea.
--Estoy conforme, padre Claudio; prestaré ese servicio, y no es
necesario devanarse los sesos buscando el medio de que los papeles de
Alvarez aparezcan en poder de la vieja. La verdad es que ella los tiene
en su poder y que los oculta en el pecho.
--¡Oh, magnífico!--exclamó el padre Claudio--. Entonces sólo falta que
repita usted su delación de ayer, señalando a Tomasa como un agente
secundario de la conspiración, que se encargaba de llevar los documentos
y avisos de un revolucionario a otro. La Policía irá a prenderla a casa
de la baronesa, la registrarán, y después ya me encargaré yo de que la
castiguen con mano fuerte. No pierda usted tiempo; haga la delación
inmediatamente, y evitemos que esa mujer siga por más tiempo dando
escándalo e insultando a nuestra Orden.
--Obedezco inmediatamente a vuestra paternidad--dijo Quirós,
disponiéndose a salir--. Pero antes quisiera saber si quedamos amigos o
enemigos.
--Vaya usted; cumpla lo que le he dicho, y de su negocio ya hablaremos
más adelante.
Quirós adoptó una entonación zalamera:
--Vamos, padrecito; una palabra nada más, y me voy. ¿Puedo contar con su
afecto y su protección?
--Veremos; ya se hablará de ello.
--Pero, ¿qué inconveniente tiene usted en transigir? Es verdad que yo
puedo hacerme dueño de los millones de Enriqueta, pero siempre me tendrá
a sus órdenes; y un agente rico y poderoso vale más que un pelagatos
como hoy soy yo. Además--añadió el joven guiñando un ojo--, siempre le
quedan a usted los millones de Ricardito, mi futuro cuñado, a quien
usted trabaja hábilmente para enfardarlo en la sotana de la Compañía.
El padre Claudio sonrió forzadamente, murmurando:
--¡Pero qué gracioso es este canalla!
--Honro a mi maestro.
Y Quirós, después de decir esto, haciendo una reverencia, salió del
despacho.
--¡Anda, pillete insolente!--murmuró el padre Claudio, al quedarse
solo--. ¡No tendrás tú mala protección! Bien has urdido la trama, pero
yo buscaré el medio de anularte.
Quirós también murmuraba al salir de aquella casa:
--¡Rabia, perro ladrón! ¡Serpiente despellejada! Te sirvo porque me
conviene eso mismo que me encargas. Estás fresco si crees que me fío de
tus medias palabras... ¡Veremos! ¡Veremos!... Siempre veremos... Lo que
tú verás es cómo yo me enriquezco, terminando mi negocio, a pesar de
cuanto contra mi hagas.
QUINTA PARTE
LA SEÑORA DE QUIRÓS
I
Propaganda jesuítica
En marzo de 1866, una de las notabilidades más de moda en Madrid, era un
reverendo padre jesuíta, que en las principales iglesias predicaba
sermones conmovedores, tomando por tema la aflictiva situación en que se
hallaba el Papa, y fustigando de paso con mano fuerte el espíritu del
siglo, que se alejaba rápidamente de la benéfica sombra de la Iglesia,
para arrojarse en el torrente de impiedad revolucionaria que inundaba al
mundo.
Sus sermones valían tanto como las óperas del teatro Real, y si para la
alta sociedad era un sacrilegio no haber oído al tenor Tamberlick, no se
creía menos censurable ser mujer a la moda, buena cristiana y amiga de
las santas tradiciones, sin haber ido nunca a escuchar la ardiente
palabra de aquel buen padre jesuíta, que sabía ensartar los más
manoseados lugares comunes, poniendo los ojos en blanco y empleando
todas las rebuscadas artes de un actor afeminado y dulzón.
La iglesia donde el jesuíta dejaba oir su voz dos veces por semana,
veíase completamente llena desde algunas horas antes de la anunciada
para las conferencias, que tal título daba el buen jesuíta a sus
sermones.
El elocuente padre Luis vió, desde su primer discurso, acrecentarse
rápidamente su fama oratoria, gracias al reclamo hábil que hacía fijarse
en su persona la atención pública.
Era la mano del padre Claudio quien movía aquella máquina que hacía caer
sobre la persona del orador de la Orden una lluvia de aplausos y gloria.
Había que batir a la revolución, que se mostraba ya próxima y
amenazante, y para ello convenía excitar el fervor y la devoción en las
clases poderosas y conservadoras por medio de tales predicaciones.
El padre Claudio lograba los fines que se había propuesto, pues los
sermones de su subordinado alcanzaban un éxito colosal, y aquel público
elegante, perfumado y vestido de riguroso luto, para dar más solemnidad
al acto, salía del templo más dispuesto que nunca a resistir la
impiedad, defendiendo sus santos y tradicionales privilegios, y pidiendo
a los Poderes públicos que no perdonaran ocasión alguna de zurrar al
populacho, revolucionario e irrespetuoso con los que gozaban de todas
las delicias del mundo sin deshonrarse con el trabajo.
La penúltima conferencia del padre Luis vióse aún más concurrida que
todas las anteriores, a pesar de que la tarde era muy lluviosa y
soplaba, un vientecillo helado que ponía en dispersión a los
transeúntes.
A las tres el templo estaba lleno por completo. Desde el altar mayor al
centro de la gran nave, estaba ese "todo Madrid" que los revisteros de
salones consignan en sus artículos; conjunto de mujeres elegantes, con
título nobiliario, o sin él, que antes de ir al templo del Señor
pasábanse media hora en su tocador pensando qué traje negro favorecería
mejor su hermosura y de qué modo sentaría bien a su rostro la clásica
mantilla. El resto de la iglesia ocupábalo la beatería de baja estofa:
viejas rezadoras, ancianos con facha de cura, obreros de rostro obtuso,
infelices mujeres de aspecto resignado, toda esa demagogia fanática, mil
veces más terrible que las turbas revolucionarias, y que vive a la
sombra del clero, en la mayor miseria, mirando sin odio el lujo y
despilfarro de las clases elevadas, convencida por sus protectores de
que hasta en el cielo hay jerarquías, y de que eternamente han de
existir en el mundo ahitos y hambrientos, señores y esclavos.
Habían ya comenzado los cánticos que precedían siempre a la conferencia,
cuando entró en el templo una joven señora vestida de negro y con
mantilla de blonda, llevando en sus manos devocionario y rosario de
nácar y oro.
Para que no existiera en el templo una lamentable confusión de clases y
evitar que el pueblo, con su rudeza maloliente, incomodara al público
privilegiado, los padres de la Compañía, organizadores de aquellas
fiestas, habían colocado en la puerta algunos devotos oficiosos, que,
con gran medalla sobre el pecho y una pértiga rematada en cruz, iban a
guisa de bastoneros de baile, de un extremo a otro de la iglesia,
alineando a la gente y procurando embutirla en aquel espacio, que,
aunque grande, resultaba mezquino para tal aglomeración.
Uno de estos sacros celadores, vejete sonriente y de cabeza blanca y
sonrosada, salió al encuentro de la joven señora, justamente cuando
ésta, después de santiguarse junto a la pila del agua bendita,
permanecía indecisa ante un grupo de mujeres del pueblo, no sabiendo
cómo romper aquella apretada muralla de carne.
--Pase usted, señora--dijo el vejete--. Sígame, que yo la conduciré al
lugar de costumbre. Hoy se ha retrasado usted.
--Sí, señor--contestó la joven, con voz queda, no atreviéndose a
producirse en el templo con la desenvoltura que al viejo devoto daba la
costumbre--. He tardado un poco. Ocupaciones.
--¿Y la señora baronesa? ¿Cómo no ha venido?
--Está algo enferma. Por esto he tardado. Está muy disgustada por no
poder oír esta vez al padre Luis.
--Lo comprendo. Es una señora modelo de cristianas. Yo me honro siendo
amigo de ella. Hemos trabajado juntos en varios asuntos de cofradía.
Y el devoto, que mientras decía esto iba haciendo sonar su pértiga
contra el suelo con aire de autoridad y repartiendo sendos empujones a
diestro y siniestro, consiguió abrirse paso y conducir a la joven, a
quien trataba con gran consideración, a un pequeño claro que existía
entre aquellos grupos de aristocráticas damas esparcidos al pie del
púlpito.
La señora, después de arrodillarse y rezar breve rato, sentóse en una
silla que le buscó el oficioso viejo, y una vez habituada a la difusa
claridad que existía en el interior de la iglesia paseó su mirada por
las personas que la rodeaban, y contestó con graciosa inclinación de
cabeza al mudo y sonriente saludo de algunas caras conocidas.
Aquella aparición de la recién llegada parecía, entretener e interesar
mucho a las aristocráticas damas, que sólo en fiestas como aquella
conseguían ver a la joven señora de Quirós. Todas aquellas mujeres que,
mientras llegaba el instante de escuchar la palabra de Dios, se
entretenían en despellejarse unas a otras interiormente, examinando los
trajes de las demás y buscándoles los defectos, tenían idéntico
pensamiento contemplando a hurtadillas a la recién llegada.
¡Pobrecilla! ¡Cuán cambiada estaba! Todavía era hermosa; eso sí; pero en
ella no quedaba nada de aquella frescura juvenil, de aquella vivacidad
graciosa, que tan atractiva la hacían tres años antes.
Desde su casamienito, que tanto ruido produjo en la alta sociedad
madrileña, a causa de las circunstancias novelescas de que fué
precedido, la vida de la señora de Quirós se había oscurecido,
encerrándose en lo más sagrado del hogar. La hija del conde de Baselga
procuraba el menor contacto posible con la sociedad, como si se sintiera
avergonzada ante aquellas gentes que conocían el secreto de su vida.
Este mismo rubor envalentonaba a todas aquellas damas que tenían en su
vida faltas mayores que la cometida por Enriqueta, a pesar de lo cual
elogiaban con aire de compasión a aquella infeliz (así la llamaban), que
sufría el remordimiento producido por la ruidosa ligereza que la había
conducido al matrimonio.
Para nadie era un secreto la existencia que hacía la señora de Quirós.
Vivía separada por completo de su marido, que ya no era el alegre y
servicial Joaquinito de otros tiempos, pues desde que tenía millones las
echaba de personaje grave, había fundado un periódico ultramontano y
figuraba en las Cortes entre la minoría reaccionaria, con la que
transigían todos los Gobiernos, así los presidiera O'Donnell como
Narváez, por saber éstos que el tan grupo político estaba protegido por
la gente del Palacio.
Enriqueta pasaba su existencia entregada al cuidado de su hija, la
pequeña María, que ella criaba, a pesar de que su naturaleza se mostraba
rebelde a cumplir las funciones de la maternidad.
Su cariño a aquella niña prueba palpable del escándalo deshonroso que la
había obligado a casarse con Quirós rayaba en los límites de lo absurdo,
y hacía creer a muchos que los incidentes novelescos de su vida la
habían perturbado la razón. No se separaba un solo instante de su hija
sin tomar antes grandes precauciones, v reñía muchas veces con su
hermana, la baronesa, cuando ésta mostraba empeño en acariciar a la niña
o en conservarla en sus habitaciones.
Tenía Enriqueta, en concepto de aquellas elegantes señoras, la manía de
las persecuciones, y por esto, sin duda, se mostraba tan recelosa al
tratarse de su hija, y profería ciertas palabras que hacían pensar que
la joven madre creía en alguna absurda conspiración fraguada para
robarle aquel pedazo de sus entrañas.
La historia de la joven, su novelesco casamiento, la vida retirada y
modesta que hacía, a pesar de sus riquezas y sus continuas disensiones
con la baronesa, aunque eran cosas que sólo incompletamente y
desfiguradas por la murmuración, conocían las gentes elegantes, hacían
que Enriqueta fuera mirada con interés, o, más bien, con curiosidad,
siempre que se presentaba en público entre las personas de su clase.
Aquella curiosidad resultaba justificada por la conducta que observaba
la joven. Si después de su casamiento hubiese vuelto a los dorados
salones solicitando con una sonrisa alegre el olvido de todo lo
anterior, Enriqueta hubiese sido una de tantas, y el bullicio de la vida
elegante, como onda de agua lustral, hubiese pasado sobre su vida,
borrándolo todo: pero era altiva obstinábase en no pedir clemencia a
aquella sociedad hipócrita, deslumbrante por fuera y corrompida por
dentro, que tan mal había hablado de ella, y esta soberbia era la
principal causa de la despreciativa y curiosa compasión que la rodeaba,
siempre que se confundía entre las gentes de su clase.
Aquellas mujeres, elegantes figuras de baile cuando solteras y ornato de
los salones y consuelo de célibes hermosos cuando casadas, no podían
comprender los sentimientos de una joven que, por cuidar una niña, fruto
de unos amores que tardaron en legalizarse más de lo conveniente,
renunciaba a todos los placeres y atractivos de la vida elegante.
La curiosidad de aquellas damas, sus cuchicheos y miradas de
inteligencia, no tardaron en extinguirse.
Habían ya terminado los cánticos en el coro, y a los acordes misteriosos
de un armonium, que entonaba una dulce melodía, acababa de subir al
púlpito el padre Luis, ni más ni menos que en el pasaje culminante de
una ópera aparece el tenor acompañado por vigoroso y fantástico trémolo
de violines.
¡Qué buena mano tenían los padres de la Compañía para revestir la
devoción de un aparato poético y teatral!
Las elegantes damas fijaron enternecidas sus ojos en aquella figura
cortesana, de rizado y alto sobrepelliz, que se erguía en el púlpito,
mirando como un sublime inspirado el rayo de luz blanquecina y difusa
que, filtrándose por un ventanal, venía a caer sobre su cabeza,
rodeándola de una aureola brillante.
Guapo mozo era el tal padre Luis, y razón tenían las aristocráticas
devotas para dividirse en bandos al tratar de sus prendas físicas,
discutiendo en los salones con gran calor qué era en él más notable: si
sus ojos grandes y ardientes, como los de un moro; su boca fresca y
entreabierta, como una rosa, que, en vez de perfumes, exhalaba torrentes
inagotables de mística elocuencia, o aquella postura majestuosa, que le
hacía lucir la sotana con la misma majestad que un patricio romano
ostentara su toga viril.
El padre Claudio había sabido escoger bien el hombre encargado de
conducir al cielo a aquellas buenas y delicadas católicas, que no
reconocían a Dios más que sentadas cómodamente en un templo bien
iluminado, que permitiera ver los trajes de las compañeras y al arrullo
de una música de opereta.
La voz meliflua del padre Luis, que modulaba todos los sonidos de una de
aquellas flautas pastorees de los melosos idilios sumió de pronto al
ilustrado concurso en un dulce estado de somnolencia, a través del cual
llegaban las palabras del orador vagas y halagadoras, como las notas
sueltas de una sinfonía fantástica.
¡Qué elocuencia tan dulce! ¡Qué facilidad para convencer los ánimos más
obstinados, haciéndoles comprender las ventajas de ser fieles a Dios y
lo poco que cuesta estar en gracia! Se necesitaba tener el corazón muy
duro y estar poseído del demonio, para no cumplir lo mandado por el
Señor y ganarse un puesto en el cielo.