--No, hijo mío.--Era el Parador de diligencias.
A nosotros, como a militares que éramos, nos tuvieron un
poco más de consideración los gendarmes, y nos permitieron
arrimarnos a la puerta.... Pero no así pasar el umbral.
15 De cualquier modo, pudimos ver perfectamente el siguiente
grupo, que ocupaba uno de los ángulos de aquel portal u
oficina.
Dos ancianos..., ¿qué digo? dos viejos decrépitos, cubiertos
de sudor y de polvo, rendidos de fatiga, ahogados de
20 calor, respirando apenas, bebían agua en un vaso de vidrio,
que el uno pasó al otro después de mediarlo. Estaban sentados
en sillas viejas de enea. Sus trajes talares, blanco el uno,
y el otro de color de púrpura, hallábanse tan sucios y ajados
por resultas de aquella larga caminata, que más parecían humildes
25 ropones de peregrinos, que ostentosos hábitos de príncipes
de la Iglesia....
Ningún distintivo podía revelarnos cuál era Pío VII (pues
nada entendíamos nosotros de trajes cardenalicios ni pontificales),
pero todos dijimos a un tiempo: